viernes, 28 de agosto de 2015

CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995 VICTORIA MILITAR DEL PERÚ Y LAS TRES PUÑALADAS DE A. FUJIMORI

Memorias del Cenepa: El Verdadero Valor en las Trincheras. -El 22 de febrero de 2020 se cumplieron veinticinco años de la Campaña Militar del Alto Cenepa de 1995, un escenario donde estuve presente como combatiente del Perú. Hoy, a pesar del tiempo transcurrido, no se han borrado de mi mente las imágenes y emociones que experimenté durante aquellos días de combate. Sigo recordando lo frondoso de la vegetación, la densa neblina que oscurecía y entristecía el cielo, y el sobrecogedor olor a muerte en las trochas. Aún siento la humedad, el caminar sobre el fango pantanoso, el ataque silencioso de la «manta blanca» y el bombardeo incesante de la artillería ecuatoriana que, durante el día y gran parte de la noche, resonaba como un desesperado manotazo de ahogado. También permanece el miedo latente a las minas sembradas a discreción por el enemigo en cada sendero, así como el recuerdo de los errores que cometimos por exceso de confianza y la valiente reacción de nuestro personal ante las emboscadas. Todo lo que pasé me hace volver a vivir aquellos momentos como si estuviera allí nuevamente; me hace recordar y sentirme profundamente orgulloso de ser un soldado patriota que contribuyó con su propia sangre para alcanzar la ansiada paz esperada por siglos.

Es imposible olvidar la muerte del sargento segundo EP Inocente Nicolás Vásquez Gonzales, conocido como «Lechuza», ocurrida en la cota 1232 aquel 13 de febrero. Cayó en medio de la densa vegetación durante un duro combate contra el personal de la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 «Patria» de Ecuador. Tampoco puedo olvidar a nuestros prisioneros ni a los más de treinta y cinco heridos del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, San Martín.

Desde la fecha en que regresé de las operaciones militares, he escuchado innumerables comentarios sobre lo sucedido en el valle del Cenepa. Por un lado, los ecuatorianos se consideran vencedores; por el otro, los peruanos celebramos el triunfo cada 22 de febrero. Más adelante, el 26 de octubre de 1998, se suscribió el tratado de Itamaraty bajo el mandato de Alberto Fujimori, a quien considero un traidor por habernos dejado tres puñaladas en el corazón de nuestra Amazonía: dos en Loreto (Pijuayal y Saramiriza) y una en el departamento de Amazonas (Tiwinza). Los dimes y diretes de los combatientes, altos mandos y gobernantes de Ecuador solo han servido para engañar a sus connacionales con una falsa victoria que ellos también celebran. Incluso en nuestro país, algunos periodistas cuestionan el triunfo de las fuerzas peruanas o afirman que solamente empatamos. Sin embargo, en la campaña de 1995, los ecuatorianos fueron derrotados tanto militar y politicamente; como dice el refrán: «Fueron por lana y volvieron trasquilados».

Cuando los recuerdos te calan el alma es porque por tus venas corre la sangre del soldado que un día se encomendó a Dios y marchó a la frontera con la blanquirroja en el pecho. Por ello, desde 1995 me prometí no leer ni un solo libro más de las «memorias» peruanas o ecuatorianas. Asumí que fueron escritos por oficiales y periodistas que estuvieron muy lejos de las trincheras, basándose únicamente en reportes de terceros y en comentarios populares que bien podrían ser falsos o ciertos. Es obvio que, tras un conflicto, las partes involucradas orientan sus esfuerzos a maquillar sus errores y justificar sus acciones con resultados a conveniencia. Tanto el Perú como Ecuador aplicaron esta tradicional forma de evaluar una guerra, lo que ha llevado a que, por desconocimiento de muchos y el silencio de otros, no se diga la verdad hasta el día de hoy.

En mi condición de veterano de esta campaña militar, reafirmo que el Perú derrotó a Ecuador en el campo de batalla. Es cierto que nos derribaron nueve aeronaves entre aviones y helicópteros: un bombardero Canberra, dos cazabombarderos Sukhoi Su-22, un avión subsónico A-37, un helicóptero Mi-25, tres helicópteros Mi-8 y un helicóptero Twin Bell. Asimismo, perdimos la vida de valiosos oficiales, técnicos, suboficiales y personal de tropa, sumando ochenta y tres efectivos del Ejército y siete de la Fuerza Aérea del Perú; en total, sufrimos noventa muertos y ochocientos treinta y seis heridos, de los cuales sesenta y seis quedaron con invalidez permanente.

Las acciones en el Alto Cenepa siempre fueron sumamente sacrificadas para las tropas peruanas debido a lo agreste del terreno, la falta de suministros esenciales como rancho, agua, medicinas y uniformes, y la carencia de un poder de fuego de infantería acorde con la doctrina, lo que hacía imposible batir frontalmente las posiciones de la artillería enemiga ubicadas en las partes altas de puestos como Coangos, Cóndor Mirador y Banderas. Sin embargo, ante todo tipo de carencias, lo que más nos sobró fue valor y moral para vencer. Y vencimos, respetando la decisión del gobierno de turno de no avanzar más allá de las líneas de nuestra frontera.

Para las Operaciones Militares del Alto Cenepa en 1995, las Fuerzas Armadas de Ecuador se habían preparado minuciosamente durante catorce años. Mediante la adquisición de armamento con tecnología de última generación, equiparon óptimamente a sus tropas para luego infiltrarse en territorio peruano. Una vez allí, adoptaron una sólida posición defensiva y recurrieron a la estrategia de la doble toponimia para confundir tanto a sus propios ciudadanos como a la opinión pública internacional. Un claro ejemplo de esto fue la existencia de dos bases llamadas Cueva de los Tayos: la original, ubicada en el lado ecuatoriano, y una falsa, instalada de forma clandestina en suelo peruano.

En el teatro de operaciones, las tropas del norte aguardaban sistemáticamente en sus trincheras, minaron las trochas y posicionaron a sus observadores avanzados (OA) en las copas de los árboles para reglar el fuego de artillería. A pesar de estas ventajas tangibles, ante la arremetida de la gloriosa infantería peruana, el enemigo se vio obligado a retroceder de forma constante, abandonando sus posiciones día tras día. De este modo, las fuerzas peruanas recuperaron sectores clave como la "Y", Cueva de los Tayos, Base Sur, Base Norte y el Helipuerto Tormenta. Aunque el adversario pretenda negar su repliegue frente al avance terrestre del Perú, la realidad militar demuestra que las batallas se deciden y consolidan en tierra firme, donde las tropas invasoras terminaron huyendo. Ciertamente combatieron, pero lo hicieron en constante retirada, a pesar de haber causado un daño material y humano innegable que el Perú no oculta: el derribo de nueve aeronaves —entre aviones y helicópteros—, así como un saldo de 90 caídos y 836 heridos.

Esta infiltración generalizada tuvo un antecedente crítico en 1991, cuando Ecuador instaló el puesto de vigilancia teniente Hugo Ortiz frente al puesto peruano Pachacútec, desplazándose nueve kilómetros hacia el interior de nuestra frontera original. Toda esta maniobra se ejecutó ante la mirada pasiva del personal militar acantonado en el Puesto de Vigilancia N° 1 y contó con el consentimiento temporal de los altos mandos y del gobierno de turno, quienes optaron por dilatar el tiempo debido a las carencias operativas de las Fuerzas Armadas peruanas. En aquella oportunidad, el presidente Alberto Fujimori intentó buscar una salida distinta a la de sus antecesores y nombró al canciller Carlos Torres y Torres Lara para entablar una negociación pacífica. Esto derivó en el célebre "Pacto de Caballeros" con el ministro ecuatoriano Diego Cordobés, acuerdo mediante el cual el Perú aceptó provisionalmente la permanencia del puesto Teniente Hugo Ortiz dentro de su territorio, así como la estancia de las tropas norteñas en la zona de la falsa Tiwinza (Cota 1061). Debido a esta extrema cercanía, los soldados de ambas naciones convivieron casi de forma hermanada: jugaban partidos de fulbito, intercambiaban provisiones y compartían la presencia de mujeres que ejercían la prostitución y rotaban constantemente entre las bases.

La falsa Tiwinza (Cota 1061) se convirtió en el último bastión de la resistencia ecuatoriana. Allí se libraron los combates más sangrientos de la campaña, pues los peruanos tenían la misión inquebrantable de recuperar el sector, mientras que los ecuatorianos cargaban con la obligación de retenerlo. Engañados por sus gobernantes y mandos militares, los combatientes del norte creían legítimamente que defendían su propio suelo, por lo que resistieron hasta la llegada de la Misión de Observadores Militares de los Países Garantes (MOMEP). Finalmente, en estricto cumplimiento del Protocolo de Río de Janeiro de 1942, los invasores se vieron obligados a desocupar el territorio, quedando dicho sector bajo la soberanía definitiva del Perú. Aunque en el relato ecuatoriano se afirme que jamás abandonaron Tiwinza, la historia registra que el miércoles 22 de febrero de 1995 las fuerzas peruanas lanzaron una ofensiva masiva por diversos flancos sobre la Cota 1061. Como consecuencia de este feroz asalto, el enemigo sufrió un colapso total con numerosas bajas, un episodio que el propio gobierno de Ecuador reconoció trágicamente como el "Miércoles Negro" y donde sus muertos quedaron sepultados para siempre.

Esta crisis final estuvo directamente ligada a las decisiones estratégicas de los gobiernos peruanos previos. Durante su segundo mandato (1980-1985), el arquitecto Fernando Belaúnde Terry enfrentó en los primeros meses de 1981 el conflicto del "Falso Paquisha" en la Cordillera del Cóndor, departamento de Amazonas, donde las tropas ecuatorianas ya habían intentado invadir el territorio nacional antes de ser desalojadas por el Ejército y la Fuerza Aérea del Perú. Posteriormente, en el primer semestre de 1982, la FAP participó en apoyo a la República Argentina durante la Guerra de las Malvinas, enviando aviones Mirage M-5, lo que disminuyó temporalmente la capacidad operativa y disuasiva del país. Previendo que las invasiones ecuatorianas podrían repetirse a mayor escala en la frontera nororiental —como en efecto ocurrió en las cabeceras del río Cenepa—, Belaúnde tomó la decisión de adquirir en Francia una flota de 26 cazas Mirage 2000 a las empresas Aviones Marcel Dassault, Thomson-CSF y Snecma por un valor de 650 millones de dólares. Para el mandatario, esta compra no fue un gasto inútil ni demagógico, sino una medida de previsión geopolítica crucial.

Sin embargo, al asumir la presidencia el 28 de julio de 1985, Alan García Pérez se presentó ante la comunidad internacional como un promotor del desarme regional. Con gran solemnidad y ante la presencia de mandatarios extranjeros en el Congreso de la República, anunció la reducción drástica de las compras de material bélico, recortando la adquisición de los Mirage 2000 de 26 a solo 12 unidades, modificando los contratos Júpiter I y Júpiter II. Aunque este discurso compasivo hacia las necesidades del pueblo fue aplaudido unánimemente, entre los invitados en el hemiciclo se encontraba un amigo cercano del presidente, el ciudadano libanés Abdul Rahman El Assir, conocido traficante de armas. Detrás de aquella supuesta búsqueda de la paz se escondía uno de los escándalos de corrupción y negociación ilícita más graves de la historia republicana. Durante su gestión, el gobierno aprista redujo los presupuestos de Defensa a su mínima expresión, provocando que el material bélico del Perú quedara obsoleto y desatendido por falta de mantenimiento, una debilidad estructural que las fuerzas nacionales tuvieron que suplir con puro heroísmo una década después en el Valle del Cenepa.

El 28 de julio de 1990, el ingeniero Alberto Fujimori Fujimori asumió la presidencia del Perú y fue inmediatamente informado sobre la gravedad de la situación fronteriza. Sin embargo, las Fuerzas Armadas no estaban en condiciones de afrontar una guerra con el vecino país del norte. La Fuerza Aérea del Perú (FAP) contaba con una flota mayoritariamente obsoleta e inoperativa, mientras que el Ejército y la Marina de Guerra carecían de los recursos necesarios para encarar con éxito un conflicto total en múltiples frentes. Ante este escenario, el mandatario recorrió los principales cuarteles del país y constató personalmente una triste realidad: el parque automotor y de blindados sufría una alarmante inoperatividad, afectando especialmente a los tanques T-55 de origen soviético. Del mismo modo, el material de comunicaciones —que incluía radios de alta frecuencia (HF) y muy alta frecuencia (VHF), centrales telefónicas y teléfonos de campaña— se encontraba en un estado crítico de obsolescencia.

Dado que la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas no garantizaba una victoria militar, el presidente Fujimori tomó el control directo de la política exterior y viajó en varias ocasiones a Ecuador con el propósito de alcanzar un arreglo pacífico. Sin embargo, estas gestiones diplomáticas ante su homólogo ecuatoriano no dieron los frutos esperados, dejando las armas como la única vía para desalojar al invasor del territorio nacional.

Una vez más, la guerra sorprendió al Perú en una situación de total desprevención. Los cazas Mirage 2000, considerados en el papel como las mejores aeronaves de combate de Sudamérica, eran prácticamente un cascarón vacío: carecían de sensores avanzados, radares modernos y sistemas misilísticos de mediano o largo alcance. En el ámbito marítimo, el histórico crucero BAP Almirante Grau padecía una obsolescencia similar; aun así, fue desplegado estratégicamente en la zona de El Salto, en Tumbes. Con el tiempo, marinos de aquella época que participaron en la movilización revelarían en conversaciones que ninguno de los cañones del buque insignia estaba operativo, evidenciando que su traslado se realizó únicamente con fines de disuasión y engaño psicológico frente al enemigo.

En el frente terrestre, la situación de la tropa reflejaba el mismo abandono presupuestario. Los batallones contrasubversivos desplegados desde el Frente Huallaga, en los departamentos de San Martín y Huánuco, marcharon hacia la zona de combate pésimamente uniformados y en condiciones casi harapientas. El armamento individual consistía en viejos fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969 repotenciados, ametralladoras MAG y lanzacohetes RPG-7V, material que había sido adquirido en la década de 1970 durante el régimen del general Juan Velasco Alvarado.

 La escasez del material bélico era generalizada: no se disponía de morteros de 81 ni de 120 milímetros, y los oficiales de dicha especialidad se encontraban desactualizados. Asimismo, los batallones combaten carecían de herramientas básicas de navegación como brújulas o dispositivos GPS. Mientras que unidades de élite como el Batallón de Comandos "Comandante Espinar" N° 19 y el Batallón de Paracaidistas N° 61 de la Primera Brigada de Fuerzas Especiales combatieron utilizando fusiles Galil de calibre 5.56 mm, la gran mayoría de los contingentes —incluyendo a la Compañía Especial N° 115 de Tarapoto, el Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 de Cañete, así como diversos batallones provenientes de Huancayo y de la 5ª División de Infantería de Selva— tuvieron que enfrentar al enemigo equipados únicamente con los repotenciados fusiles FAL de calibre 7.62 mm.



3 comentarios:

  1. El helipuerto Tormenta estaba cerca a Falsa Tiwinza?

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  2. https://www.youtube.com/watch?v=GetJ7QxI7bc VIDEO TESTIMONIAL DE LA DERROTA ECUATORIANA

    HONOR Y GLORIA A LOS BRAVOS SOLDADOS DE LA PATRIA COMO UD!! TCO1 EP MIGUEL PINEDA RAMIREZ

    COMO CIUDADANO PERUANO LE ESTOY AGRADECIDO DE POR VIDA. GRACIAS POR ARRIESGAR SU VIDA DEFENDIENDO LA PATRIA!!

    MIENTRAS LOS TRAIDORES FUJIMORI Y MONTESINOS HACIAN LO CONTRARIO.

    LARGA VIDA A UD QUE DIOS LE BENDIGA A UD Y A SU HONORABLE FAMILIA!!

    VIVA EL PERU!!

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  3. Viva el Perú carajo .. y los mo... abajo...

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