En esta etapa de la guerra, principalmente después del grito o manifiesto en la hacienda Montan en Cajamarca llevado a cabo el 31 de agosto de 1882, la situación para el Perú se puso muy difícil, debido a la presencia claudicante de muchos oficiales y civiles del grupo de poder económico, adeptos al General traidor Miguel Iglesias Pino, quienes a nivel nacional comenzaron a colaborar con los altos mandos del Ejército chileno, ya no querían que se prosiga la guerra, porque la permanencia de los chilenos en el Perú a los grupos de poder económico no les convenía por que los invasores les imponía fuertes cupos. Grupos de poder como los grandes hacendados, mineros, guaneros, grandes comerciantes, como apátridas se unieron al bando enemigo como parte del "Ejército Pacificador del Perú", estos traidores sirvieron como propagandistas, guías, acopiadores de provisiones y principalmente como informantes en contra de sus propios connacionales que luchaban al mando del General Cáceres para expulsar a las fuerzas invasoras.
jueves, 17 de diciembre de 2020
CAMPAÑA DE LA BREÑA: LLEGADA DEL EJÉRCITO PATRIOTA AL DISTRITO DE AGUA MIRO HUÁNUCO 7 JUNIO 1883
miércoles, 16 de diciembre de 2020
CAMPAÑA DE LA BREÑA: LAS FUERZAS PATRIOTAS MARCHAN DESDE CHAVÍN DE HUÁNTAR A HUARAZ 14 JUNIO 1883
Hazaña en Yanashallas: El heroico cruce del Ejército del Centro a 4700 metros de altura.- Durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña, a las 07:00 horas del jueves 14 de junio de 1883, el Ejército del Centro del Perú —conformado por 2240 valientes de las tres armas bajo el mando del general Andrés Avelino Cáceres— abandonó el distrito de Chavín de Huántar, en la provincia de Huari, con dirección a la ciudad de Huaraz. En ese momento, los patriotas marchaban ignorando la magnitud de las poderosas fuerzas chilenas de las tres armas que se desplegaban en su retaguardia con la firme intención de cercarlos en el Callejón de Huaylas.
Desde Chavín de Huántar, las fuerzas peruanas de las tres armas emprendieron la ruta ancestral preinca que cruzaba los
sectores de Nunupata, Lanchán y Chichucancha. Tras recorrer la gélida planicie
de Shongo Pampa, las tropas alcanzaron a las 12:00 del mediodía el abra de
Yanashallas, situada a más de 4700 metros sobre el nivel del mar. La ascensión
de este paso cordillerano se presentó como un verdadero desafío físico y
logístico, teniendo como testigo al imponente nevado Huantsán con sus 6395
metros de altitud. Al coronar la cumbre, los incansables combatientes breñeros
contemplaron un espectáculo impresionante: desde aquella enorme altura se
divisaba el majestuoso nevado Huascarán y el hermoso Callejón de Huaylas,
enmarcado por las cordilleras Blanca y Negra.
A las 17:00 horas de ese mismo
día, bajo una tarde todavía radiante, el ejército patriota plantó su campamento
en las faldas de la puna de Arhuaycancha, en la jurisdicción de Olleros.
Soportando los rigores de un frío congelante propio del invierno serrano, a
unos 4400 metros de altitud, las tropas consolidaron un esfuerzo admirable al
completar el cruce de la cordillera de los Andes, trasladándose con éxito desde
el Callejón de Conchucos hasta el Callejón de Huaylas.
Consciente de las severas
limitaciones materiales, el general Cáceres envió desde la puna de Arhuaycancha
una comisión de servicio integrada por los oficiales De los Heros, Manuel
Rodríguez y Elespuru. Su misión era adelantarse al distrito de Olleros para
solicitar con urgencia acémilas de carga a las autoridades de Recuay y Huaraz;
de lo contrario, el ejército se vería obligado a abandonar más cajas de
municiones y el equipaje pesado, especialmente el correspondiente a la
artillería. Sin embargo, las mulas y caballos que el ciudadano Jesús Elías
logró enviar desde Olleros resultaron insuficientes, lo que obligó nuevamente a
los oficiales a desmontar de sus cabalgaduras para permitir el acarreo manual
de los pertrechos de guerra.
martes, 8 de diciembre de 2020
ALBERTO KENYA FUJIMORI: BUSCANDO LA REELECIÓN UTILIZÓ LOS CUARTELES COMO SU LOCAL PARTIDARIO
Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 Caraz Huaylas: Las fechorías de Fujimori, dádivas, maletines con dinero y censura en el Callejón de Huaylas (1999 – 2000).- El galpón del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, en Caraz, Huaylas, nunca había tenido ese olor a fechorías políticas. Aquel viejo galpón construido en la época del general Velasco para maquinaria pesada de ingeniería, acostumbrado al aroma de la grasa y aceite para tractores, fusiles, vehículos, herramientas de zapadores y a la lona de las mochilas, cambió de pronto su rutina. En la madrugada andina del 20 de enero del año 2000, bajo el silencio cómplice de los generales del Ejército y del comandante del batallón, el recinto se llenó de pesados tráileres procedentes de Lima que apagaron sus motores justo frente a la cocina de la tropa.
De sus remolques descendió la
última estrategia de Alberto "El Chino" Fujimori: ciento treinta y
cinco motocarros celestes de fabricación china, con llantas diminutas,
idénticos a los que se ven transitar en los Pueblos Jóvenes de Lima. Llegaron
flanqueados por cinco camiones repletos de frazadas y platos de plástico. El
cuartel de Caraz ya no parecía una instalación militar para la defensa; se
había convertido en el almacén logístico de un partido político en campaña que aspiraba a una reelección. Era
el plan del ingeniero agrónomo quien, buscando su tercera reelección, decidió
regalarlo todo, canjear el descontento popular por dádivas y comprar la
conciencia de los pobladores pobres en los caseríos y distritos más altos de la
provincia de Huaylas.
Durante ocho días, los pequeños
vehículos celestes, las frazadas y otros permanecieron bajo control militar en los galpones. Luego,
las autoridades de los distritos y centros poblados como gobernadores, alcaldes y subprefectos desfilaron por la puerta
del batallón para recoger la carga. Pero el engaño gubernamental tiene patas
cortas. En menos de tres meses, los frágiles motocarros colapsaron ante la
accidentada geografía del Callejón de Huaylas y sus repuestos resultaron
impagables para las comunidades. El mismo galpón que los vio partir los recibió
de vuelta, mudos y averiados, antes de ser despachados a Lima para ser
rematados como chatarra. Para entonces, Fujimori y su socio Vladimiro
Montesinos ya estaban en la cuerda floja.
Mientras tanto, en las calles
del distrito de Caraz el ambiente se cortaba con navaja. Ni las frazadas, ni
los motocarros chinos, ni los tápers de plástico lograban apagar el fuego del
descontento. La televisión, la radio y la prensa escrita denunciaban a diario
las maniobras de la cúpula cívico-militar. En las plazas, la doctora Vilma Melo
encabezaba marchas civiles que desafiaban el miedo.
Dentro del cuartel, el trabajo
no se detenía. La Sección de Inteligencia, el S-2, operaba en la penumbra. En
sus archivadores descansaba el mapa de la disidencia local: listas detalladas
con los nombres, apellidos, direcciones y filiaciones políticas de cada
director de medio de comunicación de la provincia. Teníamos los ojos puestos en
todos lados. Infiltramos al sargento primero reenganchado José Alegre, quien
logró colocarse como chofer del propio alcalde de Caraz; cada noche, Alegre
traía el eco de los pasillos municipales. Otros soldados de tropa,
seleccionados por su astucia, andaban con el cabello largo y vestidos de civil,
mimetizados entre la multitud de las protestas para tomar fotos y grabar
casetes de audio.
En la oficina de inteligencia
bajo mi comando, cinco sargentos trabajaban a contrarreloj redactando las Notas
de Información. Mis dedos digitaban el teclado de los aparatos de cifrado
GRETAG, transformando la realidad en hileras de códigos secretos. Luego, el
equipo de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC 2200 lanzaba esos datos
encriptados hacia los receptores del Servicio de Inteligencia en la ciudad de
Trujillo.
Afuera, la noche de Caraz era
oscura, pero el eco de las consignas contra la dictadura se colaba por las
rendijas de las ventanas. El país se caía a pedazos debido a la corrupción
generalizada, las radios seguían gritando la verdad y nosotros, encerrados en
el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un gobierno al que
se le acababa el tiempo.
El mes de febrero trajo
consigo una tensión diferente. Una mañana, el comandante G-2 (Inteligencia) de
la 32ª Brigada de Infantería de Trujillo, perteneciente a la Región Militar del
Norte, cruzó por sorpresa la guardia de prevención del batallón. Entró directo
a la oficina del comandante Gálvez, jefe de nuestra unidad. Tras una larga
reunión a puerta cerrada, el oficial de Inteligencia procedente del Cuartel
Ramón Zavala apareció en el Centro de Comunicaciones portando un pesado maletín
de cuero marrón.
—Técnico, ¿usted ha leído el Mensaje a García? —me
preguntó a quemarropa apenas tomó asiento.
—Afirmativo, mi comandante —le respondí.
—Yo necesito hombres como García —sentenció con frialdad, antes de exigirme el
legajo secreto de los directores de medios de comunicación locales.
Al revisar la carpeta y constatar que la columna de
observaciones marcaba a todos como opositores recalcitrantes al régimen, el
comandante dudó. Primero me ordenó acompañarlo, pero luego cambió de parecer:
—Tú quédate enviando los reportes al G-2 de Trujillo. Saldré solamente con el
sargento.
A las de diez de la mañana, el oficial abandonó el cuartel
junto a mi adjunto, el sargento segundo SMO Luis Melgarejo Pineda, llevando
consigo el maletín y la lista de direcciones. Regresaron cerca de las dos de la
tarde. El comandante se encerró nuevamente con el jefe de batallón sin
dirigirme la palabra. Fue el sargento Melgarejo quien entró al Centro de
Comunicaciones, desencajado y riendo a carcajadas por los nervios.
—¡Mi técnico, ni se lo imagina! ¡Aquel maletín estaba
forrado en millones! He visto fajos y fajos de billetes —exclamó con los ojos
abiertos.
—¿Y qué hicieron con tanto dinero? —le pregunté en un susurro.
—El comandante ingresó a las sedes de todos los medios de comunicación con su
maletín. Sobornó a los dueños y a los locutores. Al final, el maletín regresó
totalmente vacío. Con ese dinero lo ha arreglado todo para que dejen de joder
al "Chino" Fujimori.
El efecto fue fulminante. Al día siguiente, Caraz amaneció
bajo un silencio cómplice. Ningún medio de comunicación local volvió a emitir
una sola consigna en contra de la dictadura. De un momento a otro,
absolutamente todos se volvieron fujimoristas.
La paranoia del S-2 no perdonaba nada y la búsqueda de
información era insaciable. Enviábamos al personal de tropa a sus lugares de
origen en calidad de franco, pero con la misión específica de actuar como
órganos de búsqueda; al retornar, me informaban de cada novedad en sus
localidades. En la ciudad, obligábamos a los hoteles y hospedajes a llenar
minuciosamente un formato nocturno con el registro de cada extranjero que
ingresaba o salía.
Fue mediante ese control que saltaron las alarmas.
Identificamos a un ciudadano chileno que llevaba muchos años viviendo en el
Perú, oculto bajo el oficio de chofer. Tras rastrear su historial, supimos que
había trabajado en la empresa de transportes Tepsa y que, en ese momento, se
desempeñaba nada menos que como conductor personal del alcalde del distrito de
Santa Cruz, en la provincia de Huaylas. Fue detenido de inmediato. Era un
eslabón más en la interminable red de sospechas, control y espionaje.
Afuera, la noche de Caraz era oscura, pero el eco de las
consignas contra la dictadura se colaba por las rendijas de las ventanas. El
país se caía a pedazos, las radios seguían gritando la verdad y nosotros,
encerrados en el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un
gobierno al que se le acababa el tiempo; un régimen que luego se fugó y cuyos
descendientes, hoy en pleno 2026, pretenden nuevamente capturar el poder.
martes, 24 de noviembre de 2020
CAMPAÑA DE LA BREÑA: EL GENERAL CÁCERES REGRESA DE HUAMACHUCO A HUARAZ 14 DE JULIO DE 1883
"El Canto de Chiquián: El Nacimiento Inmortal del Nombre de la Breña".-Finalizada la batalla de
Huamachuco el 10 de julio de 1883, el general Andrés Avelino Cáceres,
acompañado por el coronel Justiniano Borgoño, el comandante Florentino
Portugal, el sargento mayor Félix Costa Laurent y su fiel asistente Saavedra,
se desplazó durante toda la noche a través del Camino Inca. Las fatigas de la
jornada los llevaron hasta la localidad de Mollepata, en Santiago de Chuco,
lugar donde pudieron descansar apenas algunas horas antes de reanudar la
marcha.
El sábado 14 de julio de 1883,
tenazmente perseguido por las columnas chilenas y sus aliados colaboracionistas
adeptos al traidor Miguel iglesias, el «Taita» Cáceres retornó a la ciudad de
Huaraz. El estratega militar pudo arribar con relativa tranquilidad a la
capital ancashina gracias al apoyo del guerrillero Hidalgo Zavala y sus
doscientos hombres, quienes contuvieron con éxito a las fuerzas enemigas de
chilenos y peruanos traidores que le pisaban los talones desde el norte. Al día
siguiente, 15 de julio, cobijado por un núcleo de fervientes patriotas y
allegados, el general permaneció en la ciudad para reponer fuerzas, curar
heridas y planear meticulosamente los siguientes pasos de la resistencia contra
el invasor y la facción entreguista de Miguel Iglesias.
El 16 de julio de 1883, aún en
Huaraz, Cáceres tomó la firme decisión de regresar a la sierra central del
país, sentenciando una frase que quedaría esculpida en la historia nacional:
«Seguiré al interior para formar un nuevo ejército y combatir hasta arrojar de
la patria a los invasores». Al iniciar este largo y azaroso periplo, una
multitud de ciudadanos huaracinos decidió escoltarlo a pie hasta el distrito de
Olleros. Desde ese punto, otro grupo de voluntarios lo acompañó hasta Recuay y,
prosiguiendo la marcha al amparo de las sombras de la noche, hicieron su
ingreso a la histórica villa de Chiquián.
Allí fueron recibidos con
desbordante entusiasmo por un grupo de patriotas locales, entre quienes
destacaba Luis Pardo, jefe de las guerrillas de la zona y vencedor en el
reciente combate de El Infiernillo, en Ocros. Fue en esta plaza donde aconteció
un singular y conmovedor episodio que el propio mariscal Cáceres describiría
posteriormente con honda emoción en sus memorias: «Al hacer alto en la cumbre,
me ofrecieron coñac y aguardiente de pisco, y luego, templando las guitarras
que habían llevado consigo, pusiéronse a cantar, improvisando los siguientes
versos que copió uno de mis ayudantes y que los consigno aquí como un recuerdo
de la emoción que me produjeron»:
«Cuando
el peruano pelea y pierde,
no se desespera de la victoria,
porque el coraje crece y se enciende
y en nueva empresa verá la gloria.
¡Oh
Patria mía! No me maldigas
porque al chileno no lo vencí,
que bien quisiera haber perdido
la vida entera que te ofrecií.
Más
queda un bravo, noble soldado,
que aquí en la breña luchando está;
tú eres ¡oh Cáceres!, nuestra esperanza,
tu fe y constancia te harán triunfar»
Aquella improvisación musical
constituyó la demostración más pura de la perfecta amalgama entre el sentir
popular y los ideales proclamados por el líder de la resistencia. Con
seguridad, las trágicas noticias de Huamachuco habían llegado a Chiquian a
través del relato de algún combatiente anónimo; una narración que debió de
poseer tal carga emotiva que inspiró a los guerrilleros locales a componer
estos versos de reafirmación patriótica. Este canto posee un valor histórico
incalculable, pues representa el primer registro donde se citó el término «La
Breña» para bautizar, de manera inmortal, a la epopeya de la resistencia civil
peruana.
De este modo, a pesar de la derrota material, la batalla de Huamachuco se transmutó para los peruanos y para su líder en la Senda del Honor: el pilar ético y espiritual que sostuvo la voluntad inquebrantable de una nación decidida a no doblegarse ante la adversidad y a continuar combatiendo, palmo a palmo, contra el invasor extranjero y sus aliados traidores.
CAMPAÑA DE LA BREÑA: EN CACHICADÁN SE FRUSTRA EL PLAN DE ATAQUE A LAS FUERZAS CHILENAS JULIO 1883
Campaña de la Breña: La marcha hacia Tres Cruces, Logística y crisis en la víspera de Huamachuco. - El jueves 5 de julio de 1883, en Angasmarca, una improvisada Junta de Guerra expuso el plan para atacar a las fuerzas chilenas que se dirigían desde Trujillo hacia Huamachuco con el fin de reforzar al coronel Gorostiaga.
El
general Andrés Avelino Cáceres calculó que las tropas enemigas —compuestas por
710 hombres de tres armas y cinco piezas de artillería al mando del comandante
Herminio González— pernoctarían inevitablemente en Porcón. Según sus
previsiones, al día 6 de julio, entre las 14:00 y las 15:00 horas, las fuerzas enemigas pasaría por la localidad de Tres Cruces, en Cachicadán. Este punto, situado
entre Porcón y Tres Ríos, le pareció al jefe peruano el escenario ideal para
ejecutar un ataque sorpresa. El plan fue aprobado con entusiasmo por todos los
jefes y oficiales, quienes lo calificaron de magnífico y de éxito seguro. Tras
la reunión, el Estado Mayor regresó a Tulpo, localidad a la que llegaron a las
19:00 horas, donde el general impartió las órdenes pertinentes. La marcha se
iniciaría al amanecer del día 6; el triunfo dependería fundamentalmente de la
celeridad y la exactitud con que se movilizaran las tropas.
Mientras el general Cáceres se
retiraba a descansar en una miserable choza de paja, sus soldados ocupaban un
potrero para pasar la noche a la intemperie. Durante la madrugada llegó un
correo del norte con la noticia de que los guerrilleros del coronel José
Mercedes Puga, a quienes se creía en Cajabamba, se encontraban en realidad en
Ichocán. De inmediato se remitieron instrucciones al jefe de la guerrilla, pero
el mensaje ya no llegaría a tiempo para que este pudiera avanzar oportunamente
sobre Huamachuco.
A las 05:00 horas del 6 de
julio, la tropa en Tulpo ya estaba en pie consumiendo el rancho. El general
Cáceres fue el primero en dejar el campamento, adelantándose con su escolta hacía
Tres Cruces para elegir las posiciones de combate. En Tulpo, tras cargarse dos
piaras de mulas enviadas desde Angasmarca por los hermanos Porturas para apoyar
el transporte, todo parecía listo para iniciar la marcha a las 06:00 horas.
Desgraciadamente, el coronel Isaac Recavarren, quien debía marchar a la
vanguardia, perdió un tiempo valioso al castigar a algunos soldados de su
destacamento que intentaron desertar. Debido a este incidente, el movimiento
comenzó recién a las 08:00 horas, con Recavarren avanzando por el flanco
derecho y el coronel Secada tomando el difícil camino de la izquierda.
El destacamento del norte tuvo pocos problemas geográficos durante el trayecto, aunque su jefe debió imponer una severa disciplina ante el visible desgano de la tropa y el constante temor a una deserción en masa. Por el contrario, el coronel Secada enfrentó múltiples contratiempos que retrasaron la marcha, provocando la desesperación del comandante en jefe, quien intentó infructuosamente ordenar el paso a la derecha a mitad del camino. Cerca de Pampamarca, el Ejército del Centro se vio obligado a avanzar en columna de a uno para cruzar un estrecho sendero. Más adelante, al llegar al primer vado de Angasmarca, el agotamiento de las mulas obligó a los soldados a descargar y trasladar a pulso toda la artillería para cruzar un pequeño río. La marcha continuó por un terreno pantanoso y a través de repetidas cuestas sumamente pendientes y accidentadas, un trayecto hostil que terminó por fatigar gravemente a la tropa y causó que los animales de carga se fueran quedando rezagados, completamente extenuados.
La trampa frustrada de Tres
Cruces y el desastre de la marcha nocturna. - El
destacamento del Norte llegó al paraje de Tres Cruces a las 15:30 horas, solo
para presenciar con impotencia cómo el enemigo ya desfilaba con dirección a la
llanura de Yamobamba. Anticipando que el coronel Secada tardaría demasiado en
llegar, el general Andrés Avelino Cáceres preguntó a Recavarren si estaba en
condiciones de lanzar un ataque inmediato. La respuesta del coronel fue
negativa, argumentando que no tenía confianza en sus soldados. Ante tan ingrata
contestación, Cáceres envió a uno de sus ayudantes hacia el coronel Secada con
la orden perentoria de forzar la marcha. Sin embargo, todo esfuerzo resultó
inútil. El general, profundamente contrariado, vio al enemigo avanzar desde
Tres Cruces hacía Tres Ríos sin poder hacer nada para evitarlo. Al respecto, el
jefe peruano recordaría más tarde con amargura: «Mis miradas dirigíanse
impacientes, escudriñando los puntos por donde debían aparecer las tropas de
Secada, pero estas no aparecían. Esperé con ansiedad hasta las cinco de la
tarde. Los chilenos llegaban a Tres Ríos. Mi propósito se frustraba».
Las tropas de Secada
alcanzaron finalmente la cumbre de Tres Cruces tres horas después de que el
enemigo hubiera pasado. Aunque tampoco en esta ocasión hubo recriminaciones
explícitas, se hizo evidente un tenso enfrentamiento silencioso entre
Recavarren y Secada, así como entre este último y los secretarios del general,
a pesar de que nadie señalara públicamente a un responsable del percance. Casi
al mismo tiempo, se presentaron unos lugareños con el informe falso de que el
comandante Herminio González había decidido acampar en Mollebamba. Aquellos
hombres eran adictos al hacendado Bartolomé Terry, quien llegó poco después y
proporcionó a Cáceres otra información bastante alejada de la realidad,
asegurándole que las fuerzas del coronel Gorostiaga no pasaban de los 500
hombres.
Cáceres dio crédito
especialmente al primer informe, calculando que González tendría que pernoctar
en algún punto distante a cinco leguas de Tres Ríos. Convencido de que aún era
posible sorprenderlo si se continuaba la persecución a marchas forzadas, el general
recibió el respaldo de Recavarren y de sus secretarios. No obstante, el coronel
Secada manifestó su total disconformidad, advirtiendo sobre el extremo
cansancio de sus tropas y señalando que avanzar en medio de la oscuridad
constituía una invitación abierta para que se produjeran deserciones en masa.
Pese a sus advertencias, se impuso el parecer de la mayoría y, a las 19:00
horas, la hueste patriota comenzó a bajar la escarpada cuesta para luego
adentrarse en una extensa pampa salpicada de ciénagas.
Cáceres, que marchaba en la
vanguardia junto a su escolta, permaneció ajeno a la dispersión que empezó a
declararse a mitad del camino en varios batallones, especialmente en los que
conformaban el destacamento del Norte. Ante la impotencia de los oficiales, se
desataron deserciones masivas cuya verdadera magnitud recién pudo comprobarse
al amanecer. Secada apuntaría más tarde sobre este episodio: «El resultado de
esa marcha nocturna e infructuosa, sugerida por el doctor Manuel Rodríguez y
Recavarren, fue que este perdiera más de 300 hombres, y yo 82. La tropa no
había tomado más que un solo rancho ese día, y estaba mucho más fatigada que en
la víspera». Sin embargo, las bajas reales no se limitaron a 382 soldados, sino
que ascendieron a 600, cifra que posteriormente reconocieron tanto Abelardo
Gamarra como el propio Cáceres.
Para colmo de males, al llegar
a la llanura de Tres Ríos a las 04:00 horas del 7 de julio, tras una
ininterrumpida y agobiante marcha de veinte horas, los patriotas no encontraron
rastro de los chilenos. El comandante González, quien había divisado a las
tropas peruanas en las alturas de Tres Cruces, había acelerado el paso de su
columna sin detenerse hasta Huamachuco, ciudad a la que ingresó esa misma noche
del 6 de julio.
De este modo, en Tres Cruces de Cachicadán, en la provincia de Santiago de Chuco, se consumó uno de los peores reveses estratégicos del general Cáceres. Lo que se planificó como una emboscada perfecta contra un destacamento chileno que se trasladaba desde Trujillo hacia Huamachuco, terminó costándole al ejército peruano la pérdida de 600 hombres por deserción masiva, sin haber logrado causar una sola baja al enemigo. Pocas horas después, el mismo 7 de julio de 1883, en la localidad de Tres Ríos —a 24 kilómetros de Huamachuco—, el Ejército del Centro y el Ejército del Norte, diezmados por las deserciones y exhaustos tras la frustrada persecución nocturna, se reunieron en una nueva e irreversible junta de guerra.
sábado, 21 de noviembre de 2020
CAMPAÑA DE LA BREÑA: DESPLAZAMIENTO DEL EJÉRCITO CHILENO DESDE CHAVÍN A HUARAZ 18 DE JUNIO DE 1883
Durante la Campaña de la
Breña, a las 05:00 horas del lunes 18 de junio, las fuerzas chilenas
—compuestas por 1200 hombres de las tres armas bajo el mando del coronel Juan
León García— abandonaron el distrito de Chavín de Huántar. Iniciaron así un
exigente desplazamiento con destino al distrito de Olleros, en la provincia de
Huaraz, Áncash.
Para su avance, los
expedicionarios utilizaron la misma ruta del camino preinca que previamente
habían empleado las fuerzas peruanas del Ejército del Centro al mando del tayta Cáceres; es decir, marcharon a través de los
caseríos de Nunupata, Chuna, Lanchán y Chichucancha, ascendiendo por Puna
Shongu hasta coronar el abra de Yanashallas a más de 4700 metros sobre el nivel
del mar. Tras trasponer la cumbre, iniciaron el descenso por la puna de
Arhuaycancha con dirección al caserío de Huaripampa y el distrito de Olleros. A
las 17:00 horas de ese mismo día, la vanguardia chilena alcanzó finalmente el
caserío de Huaripampa, exhibiendo un estado de absoluto agotamiento físico
debido a los cinco días de penosa y desgastante marcha que arrastraban desde el
distrito de Aguamiro, en Huánuco.
El plan estratégico trazado
por los mandos chilenos estipulaba que, si las fuerzas peruanas persistían en
su desplazamiento hacia el norte, las columnas de persecución debían
reagruparse en el distrito de Olleros. En efecto, el acuerdo se cumplió rigurosamente
la mañana del martes 19 de junio. Al unirse las divisiones de los coroneles
Marco Aurelio Arriagada y Juan León García, el contingente chileno consolidó
una fuerza de 3200 hombres de las tres armas. Sin perder tiempo, continuaron la
marcha hacia la ciudad de Huaraz, capital de Áncash, a donde arribaron por la
tarde de ese mismo día.
Mientras las fuerzas de
ocupación se concentraban en Huaraz, ese mismo martes 19 de junio, el glorioso
Ejército del Centro, conformado por 2240 patriotas al mando del general Andrés
Avelino Cáceres, ya se encontraba a buen recaudo y posicionado estratégicamente
en el distrito de Yungay.
viernes, 20 de noviembre de 2020
CAMPAÑA DE LA BREÑA: TROPAS CHILENAS EN LA PUNA TORRES HUALLANCA BOLOGNESI ANCASH 16 JUNIO 1883
«Persecución de las Fuerzas del Tayta Cáceres en las Alturas de Ancash: La Marcha de marco Aurelio Arriagada por la Cordillera de Yanashallash» junio 1883.- Durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña, el sábado 16 de junio de 1883 a las 08:00 horas, un contingente chileno de 2000 hombres de las tres armas, bajo el mando del coronel Marco Aurelio Arriagada Palacios, abandonó la Puna Torres en el distrito de Huallanca (provincia de Bolognesi, Áncash). Estas poderosas fuerzas invasoras se desplazaron con destino a la ciudad de Huaraz, ascendiendo por el abra de Yanashallash, a más de 4600 metros sobre el nivel del mar. Continuaron su avance por las gélidas rutas de la cordillera de Huarapasca, Puncu Ruri y la zona de Pastoruri; tras doce horas de una penosa y sacrificada marcha alpina, ocuparon la hacienda ganadera Pumapampa, en la jurisdicción del distrito de Cátac (provincia de Recuay), lugar donde pernoctaron y esperaron la reagrupación de las tropas rezagadas.
La división del coronel
Arriagada avanzaba decidida hacia la ciudad de Huaraz con el objetivo de dar
caza a las fuerzas patriotas del general Andrés Avelino Cáceres. El «Taita», en
una hábil maniobra evasiva, se había dirigido previamente desde el distrito de
Aguamiro (La Unión) a través de las rutas de Tambillo, Taparaco, Ichik Kolla y
Jatum Kolla con destino al distrito de Chavín de Huántar; para el día 15 de
junio, las fuerzas caceristas ya se encontraba a buen recaudo en la ciudad de
Huaraz.
En esta fase del conflicto, a
las poderosas columnas chilenas se sumaron los peruanos adeptos a la facción de
Miguel Iglesias Pino. Tras el Manifiesto de Montán, proclamado en Cajamarca el
31 de agosto de 1882, los invasores y sus aliados peruanos comenzaron a
estructurar el denominado «Ejército Pacificador del Perú». De este modo, las
tropas chilenas pudieron transitar y operar en la abrupta geografía de los
Andes peruanos guiadas eficazmente por colaboradores locales.
Geográficamente, el paso cordillerano de Yanashallash, en el distrito de Huallanca, se sitúa a 200 kilómetros al sur de la ciudad de Huaraz, capital de Áncash. El punto urbano más cercano es el centro poblado de Pachapaqui, a solo 15 kilómetros de distancia, mientras que la capital distrital de Huallanca se encuentra a 17 kilómetros. Debido a su altitud, superior a los 4600 m. s. n. m., la región presenta un clima extremo, caracterizado por un frío gélido y lluvias persistentes que pusieron a prueba la logística de ambos ejércitos.
domingo, 25 de octubre de 2020
LA PATRULLA "HUASCARÁN": EN CASERÍO DE GOCHAPITA TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ OCTUBRE DE 1993
Entre Sonrisas y Fusiles: El Abrazo de Gochapita.- El 28 de octubre de 1993, el cielo de la provincia de Pataz era un manto azul infinito. Solo las cumbres andinas desafiaban la gravedad. A bordo del rugiente helicóptero ruso MI-8, veintiún hombres de la patrulla «Huascarán» guardaban silencio. Sus manos se aferraban con fuerza a los fusiles FAL. Habían despegado cuarenta y cinco minutos antes desde el Batallón Contrasubversivo N° 323 en Huamachuco. El terreno se aproximaba con prisa. La nave comenzó su descenso. Levantó una densa nube de polvo al posarse sobre el aeródromo de tierra afirmada del caserío de Gochapita. Era un paraje suspendido a más de 3,800 metros sobre el nivel del mar.
En los años noventa,
sobrevivir en Gochapita era un acto de fe. Sus pobladores mitigaban el olvido
del Estado. La zona carecía de servicios básicos de agua, desagüe y
electricidad. La gente labraba la pequeña agricultura. También pastoreaban el
ganado en las faldas de la cordillera.
La patrulla, bajo mi mando
como Suboficial EP Miguel Pineda Ramírez, desembarcó. Las hélices del MI-8 ruso
volvieron a rugir de inmediato. El deber reclamaba a la nave de regreso en
Huamachuco. Debía trasladar más hombres a otros rincones del departamento de La
Libertad. Nos quedamos solos con el viento de la altura.
A las 12:30 horas, iniciamos
el descenso a pie con rumbo al distrito de Tayabamba. En medio de aquella
inmensidad, pasamos junto a una humilde escuela de educación primaria. La
solemnidad de la guerra se rompió por un instante. Un grupo de niños y niñas salió
corriendo al camino. Sus rostros estaban curtidos por el frío andino. Se
iluminaron con una alegría pura. «¡Soldados del Perú!, ¡soldados del Perú!,
¡soldados del Perú!», exclamaban entusiasmados. Rompieron filas para acercarse
y abrazarnos. Nos regalaron una calidez que brotaba directo de sus pequeños
corazones.
El camino hacia el distrito de
Tayabamba era un testigo milenario de la geografía. Los siglos y las fallas
geológicas habían esculpido quebradas profundas y medianas. Eran senderos
angostos, pedregosos y sinuosos. Los hombres andinos los habían marcado con sus
huellas a través de los tiempos. Por ese sendero de piedra bajó la patrulla
«Huascarán». Estaba conformada por jóvenes soldados del Perú profundo.
Al asomar por la parte alta
del distrito, rompimos el viento. Bajamos entonando canciones de guerra,
canciones de muerte, canciones de sangre. Las letras resonaban con fuerza en
las paredes de adobe. Cruzamos frente al pequeño mercado de abastos y la iglesia.
Finalmente, formamos filas frente a la Municipalidad. Allí operaba la Base
Militar Contrasubversiva.
En la instalación nos esperaba
el jefe de la base. Era un capitán de infantería conocido bajo el seudónimo de
«Águila». Tras su fachada de autoridad se escondía una realidad sombría. El
oficial estaba coludido con los narcotraficantes de la zona. Mantenía un pacto
de silencio y corrupción en contubernio con casi todas las autoridades
políticas y policiales del distrito.
Gochapita, por su ubicación
estratégica, era una frontera invisible y paso obligado. Por sus senderos
transitaban de noche las columnas combatientes del Partido Comunista del Perú -
Sendero Luminoso. De día y de noche, caminaban los "mochileros"
cargados con droga. Ellos procedentes de Tocache salían por la ruta del
distrito de Ongón con destino al distrito de Urpay.
Al día siguiente, el 29 de
octubre, el reloj de la base militar marcaba las 05:00 horas. El frío de la
madrugada calaba los huesos. Los veintiún hombres salimos al pequeño patio de
armas con los fusiles listos en la mano. Esperábamos tan solo la orden para el
desplazamiento a pie. Nos aguardaba, por tercera vez, el pequeño distrito de
Urpay a 2,688 metros de altitud.
Las dos ocasiones anteriores
nos habían llevado allí los motivos del terrorismo y el narcotráfico. Esta vez,
sin embargo, la misión era distinta. Íbamos a dar seguridad en el local de
votación instalado en el colegio César Vallejo del distrito. Custodiaríamos las
urnas para el cambio de la Constitución mediante el proceso de Referéndum. La
orden venía directamente del presidente Alberto Kenya Fujimori.
jueves, 8 de octubre de 2020
"LAS HEROÍNAS DE LA RETAGUARDIA": EL LEGADO OLVIDADO DE LAS RABONAS EN LA HISTORIA MILITAR DEL PERÚ
"De las Breñeras de Cáceres al Rancho de Imazita: La Fibra Inquebrantable de la Mujer Peruana".- En el hogar o en la escuela,
se nos relatan con frecuencia las historias de las grandes batallas y guerras
del Perú, tales como: La batalla de Junín, Ayacucho, Angamos, Tarapacá, Arica, el Alto de la
Alianza, San Juan y Miraflores, o Huamachuco, entre otras. De estos acontecimientos,
la memoria colectiva suele evocar únicamente a los grandes personajes
masculinos que despiertan una profunda admiración, como Simón Bolívar, Antonio
José de Sucre, Miguel Grau, Andrés Avelino Cáceres, Francisco Bolognesi,
Alfonso Ugarte, Leoncio Prado, Eloy Ureta, José Abelardo Quiñones. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿por
qué en los colegios nunca se nos enseñó la relevancia de la «rabona» en las
guerras de la independencia y durante la Guerra con Chile? Lamentablemente, las
acciones de las mujeres peruanas sobre todo andinas en estos sucesos históricos han quedado
sumidas en la oscuridad y el olvido, como si no hubieran aportado nada a la
patria; un olvido que afecta a todas ellas, sin distinción de clase social.
Las rabonas eran mujeres
campesinas, muchas de ellas esposas o compañeras sentimentales de los
ciudadanos y campesinos reclutados para conformar los batallones. Recibieron
ese apelativo debido a que marchaban en la retaguardia —al rabo— de las
columnas de combatientes. Su existencia se remonta a los improvisados ejércitos
creados durante las guerras de la emancipación y a las huestes organizadas por
los caudillos militares que se disputaron el poder en los albores de la
república; no obstante, su accionar más decisivo tuvo lugar durante la Guerra
del Pacífico.
Flora Tristán, testigo de la
época postindependiente, relata con asombro en su obra Las peregrinaciones
de una paria: «Estas forman una tropa considerable y preceden al ejército
por un espacio de cuatro o cinco horas para tener tiempo de conseguir víveres,
cocinarlos y preparar todo el albergue que iban a ocupar. Ellas atraviesan los
ríos llevando uno y a veces dos hijos sobre sus espaldas; siempre están atentas
a las necesidades del soldado, lavan y componen sus vestidos [...]. Además de
llevar esta vida de penuria y peligros, cumplen los deberes de la maternidad;
se admira uno de lo que puedan resistir». En un segundo momento, durante el
conflicto de 1879, otro autor describió la multiplicación de sus labores:
«[...] desde entonces la compañera del soldado tiene que multiplicar sus
labores: guisa, barre, cose, limpia las armas de su “cholo”, recoge sus
haberes, asiste a sus ejercicios y, cuando hay orden de emprender una marcha,
carga con todo el ajuar para la guerra, equipo que trasladaba a la espalda».
Cuando el ejército iniciaba
largas y extenuantes marchas por los desiertos costeños o las gélidas punas
andinas, las rabonas asumían la tarea de conseguir provisiones para preparar el
rancho de las tropas. Iban de casa en casa solicitando alimentos y leña de
forma voluntaria; en ocasiones, los pueblos les cerraban las puertas, no por
hostilidad hacia la causa nacional, sino debido a ciertos excesos que ellas
cometían por la desesperación de alimentar a los suyos. Una vez que las tropas
acampaban tras una jornada agotadora, estas mujeres, organizadas eficazmente en
grupos, preparaban de inmediato el rancho caliente para los combatientes y,
durante las caminatas, transportaban agua en porongos para saciar la sed de la
soldadesca.
Sin embargo, su labor no se
limitaba a la logística. A pesar de las precarias condiciones y del peligro
constante, las rabonas se hicieron presentes en el mismo campo de batalla. Ya
fuera recargando los fusiles de sus compañeros, prestando servicios de enfermería
improvisada, enterrando a los caídos o, en ocasiones, entrando directamente en
el combate cuerpo a cuerpo. Asimismo, desempeñaron un papel crucial en el
espionaje. Doña Antonia Moreno de Cáceres relata en sus memorias cómo «una
indiecita frutera, fingiendo no saber hablar castellano, se infiltró en el
campamento chileno y escuchó un complot para asesinar al mariscal Cáceres;
gracias a esta valiosa información, el líder de la Breña pudo salvar su vida».
Por todo ello, no deberían
pasar desapercibidos los actos heroicos de mujeres como «Dolores», una heroína
anónima de la batalla de San Francisco. Nunca se conoció su verdadero nombre y
se la denominó así por el cerro donde protagonizó su primera hazaña. Cuentan
las crónicas que, al caer mortalmente herido su esposo —un sargento del
ejército—, ella tomó el mando de la unidad y, con desbordante osadía, ayudó a
desalojar al enemigo peleando junto a los soldados. Posteriormente, se trasladó
a Tarapacá, donde volvió a tomar parte activa en el combate hasta consolidar la
victoria; lamentablemente, fue herida en un brazo y falleció antes de poder
llegar a la plaza de Arica.
Otra figura destacable fue
doña Antonia Moreno de Cáceres, llamada cariñosamente Hatun Mamay. Ella
se encargó de la organización del Comité de Resistencia en la ciudad de Lima
bajo la ocupación enemiga, liderando actividades de gran riesgo como la
recolección clandestina de armas, así como el envío secreto de víveres,
pertrechos y medicinas al interior del país. Además, como esposa del mariscal,
ejerció una crucial labor de intermediación diplomática entre Cáceres y otros
jefes militares con los que este discrepaba políticamente.
En conclusión, la
participación de las rabonas en la guerra fue decisiva y esencial para el
sostenimiento de nuestros soldados; sin ellas, las tropas no habrían tenido las
fuerzas ni el soporte moral necesarios para enfrentar al invasor. Así lo
reconocieron los propios combatientes, quienes llegaron a protestar
enérgicamente cuando los mandos oficiales pretendieron prohibir la presencia de
estas mujeres en las campañas, conscientes de que la deficiente administración
militar jamás sería capaz de suplantar sus abnegados servicios. Aquellas
mujeres valientes, osadas y corajudas demostraron un patriotismo
inquebrantable; mujeres que, antes de aceptar cualquier retirada, exclamaban
con orgullo: «¡Yo muero matando!».
Esta presencia femenina y su apoyo antes, durante y después del combate ha sido una constante imprescindible en nuestra historia militar. Ciento doce años después de la epopeya de la Breña, durante la campaña militar del Alto Cenepa, volvimos a ser testigos de esa misma fibra patriótica. El 7 de febrero de 1995, las mujeres del centro poblado de Imazita, en el distrito de Mesones Muro (Amazonas), se organizaron de forma voluntaria para preparar alimentos destinados a las tropas de los diferentes batallones que atravesaban el caserío con rumbo al puerto fluvial, para luego dirigirse a la base militar de Ciro Alegría. Aquellas compatriotas nos sirvieron con infinito afecto un plato de guiso de pallar con arroz y pescado de río. Tras esa comida, ningún soldado de nuestra unidad volvió a probar un alimento caliente por un lapso de tres meses en el Puesto de Vigilancia N° 1 Alto Cenepa.


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