jueves, 8 de octubre de 2020

"LAS HEROÍNAS DE LA RETAGUARDIA": EL LEGADO OLVIDADO DE LAS RABONAS EN LA HISTORIA MILITAR DEL PERÚ

"De las Breñeras de Cáceres al Rancho de Imazita: La Fibra Inquebrantable de la Mujer Peruana".- En el hogar o en la escuela, se nos relatan con frecuencia las historias de las grandes batallas y guerras del Perú, tales como: La batalla de Junín, Ayacucho, Angamos, Tarapacá, Arica, el Alto de la Alianza, San Juan y Miraflores, o Huamachuco, entre otras. De estos acontecimientos, la memoria colectiva suele evocar únicamente a los grandes personajes masculinos que despiertan una profunda admiración, como Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Miguel Grau, Andrés Avelino Cáceres, Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, Leoncio Prado, Eloy Ureta, José Abelardo Quiñones. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿por qué en los colegios nunca se nos enseñó la relevancia de la «rabona» en las guerras de la independencia y durante la Guerra con Chile? Lamentablemente, las acciones de las mujeres peruanas sobre todo andinas en estos sucesos históricos han quedado sumidas en la oscuridad y el olvido, como si no hubieran aportado nada a la patria; un olvido que afecta a todas ellas, sin distinción de clase social.

Las rabonas eran mujeres campesinas, muchas de ellas esposas o compañeras sentimentales de los ciudadanos y campesinos reclutados para conformar los batallones. Recibieron ese apelativo debido a que marchaban en la retaguardia —al rabo— de las columnas de combatientes. Su existencia se remonta a los improvisados ejércitos creados durante las guerras de la emancipación y a las huestes organizadas por los caudillos militares que se disputaron el poder en los albores de la república; no obstante, su accionar más decisivo tuvo lugar durante la Guerra del Pacífico.

Flora Tristán, testigo de la época postindependiente, relata con asombro en su obra Las peregrinaciones de una paria: «Estas forman una tropa considerable y preceden al ejército por un espacio de cuatro o cinco horas para tener tiempo de conseguir víveres, cocinarlos y preparar todo el albergue que iban a ocupar. Ellas atraviesan los ríos llevando uno y a veces dos hijos sobre sus espaldas; siempre están atentas a las necesidades del soldado, lavan y componen sus vestidos [...]. Además de llevar esta vida de penuria y peligros, cumplen los deberes de la maternidad; se admira uno de lo que puedan resistir». En un segundo momento, durante el conflicto de 1879, otro autor describió la multiplicación de sus labores: «[...] desde entonces la compañera del soldado tiene que multiplicar sus labores: guisa, barre, cose, limpia las armas de su “cholo”, recoge sus haberes, asiste a sus ejercicios y, cuando hay orden de emprender una marcha, carga con todo el ajuar para la guerra, equipo que trasladaba a la espalda».

Cuando el ejército iniciaba largas y extenuantes marchas por los desiertos costeños o las gélidas punas andinas, las rabonas asumían la tarea de conseguir provisiones para preparar el rancho de las tropas. Iban de casa en casa solicitando alimentos y leña de forma voluntaria; en ocasiones, los pueblos les cerraban las puertas, no por hostilidad hacia la causa nacional, sino debido a ciertos excesos que ellas cometían por la desesperación de alimentar a los suyos. Una vez que las tropas acampaban tras una jornada agotadora, estas mujeres, organizadas eficazmente en grupos, preparaban de inmediato el rancho caliente para los combatientes y, durante las caminatas, transportaban agua en porongos para saciar la sed de la soldadesca.

Sin embargo, su labor no se limitaba a la logística. A pesar de las precarias condiciones y del peligro constante, las rabonas se hicieron presentes en el mismo campo de batalla. Ya fuera recargando los fusiles de sus compañeros, prestando servicios de enfermería improvisada, enterrando a los caídos o, en ocasiones, entrando directamente en el combate cuerpo a cuerpo. Asimismo, desempeñaron un papel crucial en el espionaje. Doña Antonia Moreno de Cáceres relata en sus memorias cómo «una indiecita frutera, fingiendo no saber hablar castellano, se infiltró en el campamento chileno y escuchó un complot para asesinar al mariscal Cáceres; gracias a esta valiosa información, el líder de la Breña pudo salvar su vida».

Por todo ello, no deberían pasar desapercibidos los actos heroicos de mujeres como «Dolores», una heroína anónima de la batalla de San Francisco. Nunca se conoció su verdadero nombre y se la denominó así por el cerro donde protagonizó su primera hazaña. Cuentan las crónicas que, al caer mortalmente herido su esposo —un sargento del ejército—, ella tomó el mando de la unidad y, con desbordante osadía, ayudó a desalojar al enemigo peleando junto a los soldados. Posteriormente, se trasladó a Tarapacá, donde volvió a tomar parte activa en el combate hasta consolidar la victoria; lamentablemente, fue herida en un brazo y falleció antes de poder llegar a la plaza de Arica.

Otra figura destacable fue doña Antonia Moreno de Cáceres, llamada cariñosamente Hatun Mamay. Ella se encargó de la organización del Comité de Resistencia en la ciudad de Lima bajo la ocupación enemiga, liderando actividades de gran riesgo como la recolección clandestina de armas, así como el envío secreto de víveres, pertrechos y medicinas al interior del país. Además, como esposa del mariscal, ejerció una crucial labor de intermediación diplomática entre Cáceres y otros jefes militares con los que este discrepaba políticamente.

En conclusión, la participación de las rabonas en la guerra fue decisiva y esencial para el sostenimiento de nuestros soldados; sin ellas, las tropas no habrían tenido las fuerzas ni el soporte moral necesarios para enfrentar al invasor. Así lo reconocieron los propios combatientes, quienes llegaron a protestar enérgicamente cuando los mandos oficiales pretendieron prohibir la presencia de estas mujeres en las campañas, conscientes de que la deficiente administración militar jamás sería capaz de suplantar sus abnegados servicios. Aquellas mujeres valientes, osadas y corajudas demostraron un patriotismo inquebrantable; mujeres que, antes de aceptar cualquier retirada, exclamaban con orgullo: «¡Yo muero matando!».

Esta presencia femenina y su apoyo antes, durante y después del combate ha sido una constante imprescindible en nuestra historia militar. Ciento doce años después de la epopeya de la Breña, durante la campaña militar del Alto Cenepa, volvimos a ser testigos de esa misma fibra patriótica. El 7 de febrero de 1995, las mujeres del centro poblado de Imazita, en el distrito de Mesones Muro (Amazonas), se organizaron de forma voluntaria para preparar alimentos destinados a las tropas de los diferentes batallones que atravesaban el caserío con rumbo al puerto fluvial, para luego dirigirse a la base militar de Ciro Alegría. Aquellas compatriotas nos sirvieron con infinito afecto un plato de guiso de pallar con arroz y pescado de río. Tras esa comida, ningún soldado de nuestra unidad volvió a probar un alimento caliente por un lapso de tres meses en el Puesto de Vigilancia N° 1 Alto Cenepa.

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