«La Tragedia de Purrumpampa: Entre la Traición Política y el Martirio de los combatientes de la Breña».- El martes 10 de julio de 1883,
en la trascendental batalla de Huamachuco, los llanos de Purrumpampa se
convirtieron en el escenario donde chocaron traidores y patriotas. Allí, el
«Taita» Andrés Avelino Cáceres comandó a las cuatro divisiones peruanas en contra
de las fuerzas chilenas dirigidas por el coronel Alejandro Gorostiaga. El
general Cáceres, en estrecha coordinación con su Estado Mayor, había diseñado
un plan estratégico para atacar al enemigo y desgastarlo gradualmente. Sin
embargo, el factor tiempo y la coyuntura en los siete departamentos del norte
se alzaron como sus principales oponentes; las autoridades políticas de la
región respaldaban a Miguel Iglesias, considerado por los patriotas un traidor,
quien ya se encontraba bajo la protección de las poderosas fuerzas de ocupación
chilenas. En esta etapa del conflicto, el mando chileno y sus aliados internos
comenzaron a estructurar el denominado «Ejército Pacificador del Perú» para
sostener a Iglesias, quien ya ejercía el cargo de presidente provisorio.
En medio de esa compleja
realidad de divisiones e intrigas políticas, la batalla inició en la mañana de
aquel 10 de julio con avances sumamente favorables para las armas peruanas. La
victoria parecía sonreír a las fuerzas patriotas. No obstante, tanto la escasez
logística como la falta de disciplina en el tramo final jugaron en su contra.
Tras dominar la llanura de Purrumpampa y superar los parapetos preincas del
monumento arqueológico de Marcahuamachuco en el cerro Sazón, obligando a las
tropas chilenas a retroceder en desbandada hacia la cima, las fuerzas peruanas
iniciaron un repliegue desesperado en busca de pertrechos. Tal como lo
registran las memorias del general Cáceres y las investigaciones del
historiador Jorge Basadre: «Seis horas de combate intenso habían consumido por
completo los suministros peruanos. A la acuciante escasez de municiones se
sumaba la total carencia de bayonetas, elementos esenciales para sostener el
combate cuerpo a cuerpo».
Al percatarse del repentino repliegue peruano —motivado exclusivamente por la falta de municiones y armas blancas—, el mando chileno ordenó un contrataque fulminante y efectivo. La caballería y la infantería chilena descendieron sobre el campo, capturando de inmediato una fracción de la artillería peruana que había sido desplegada en los llanos de Purrumpampa. A partir de ese instante, se desató una feroz carnicería contra los combatientes rezagados, los heridos y aquellos que intentaban rendirse en el campo de batalla, sepultando trágicamente el último gran esfuerzo de la resistencia en la Breña.
El desenlace de la batalla fue
profundamente trágico: más de mil muertos en las filas peruanas y un número
considerable de prisioneros, heridos y rendidos ejecutados cruelmente durante
el posterior «repase» chileno. A pesar del dolor, hoy reconocemos con honor el
valor, el sacrificio y el patriotismo de las fuerzas patriotas del Ejército del
Centro unido al Ejército del Norte, integrados casi en su totalidad por hombres
del ande y tropas campesinas. En contraparte, la historia debe condenar a los
grupos de poder económico del norte del Perú, quienes celebraron la derrota;
tras el combate, felicitaron al coronel chileno Alejandro Gorostiaga,
organizando banquetes en honor a las fuerzas de ocupación en ciudades como
Cajamarca y Trujillo. Incluso, estas élites norteñas reunieron una recompensa
de 30,000 soles de la época para quien entregara, vivo o muerto, al general Andrés Avelino Cáceres Dorregaray.
Esta dolorosa cadena de
traiciones e inestabilidad política se hizo evidente desde que el presidente
Mariano Ignacio Prado abandonó el país con rumbo a Europa en diciembre de 1879,
tras la batalla de Tarapacá. A partir de ese momento, el Perú presenció una
nefasta sucesión de mandatarios hasta 1884:
- Nicolás de Piérola Villena:
Tras los desastres militares en las batallas de San Juan y Miraflores,
huyó hacia la sierra central del país y posteriormente se embarcó hacia
Europa.
- Francisco García Calderón Landa:
El conocido «presidente de La Magdalena» fue designado para entablar
negociaciones de paz con Chile. Sin embargo, al negarse rotundamente a
aceptar la exigencia chilena de una cesión territorial definitiva de
Tarapacá, Tacna y Arica, fue apresado por los invasores y enviado a una
prisión en Valparaíso.
- Lizardo Montero Flores:
El contralmirante permaneció inactivo en Arequipa a pesar de contar con un
ejército bien armado de 8,000 efectivos, provistos con armamento enviado
desde Bolivia. Ante la inminente proximidad de las divisiones chilenas, el
25 de octubre de 1883 escapó hacia Bolivia, trasladándose luego a Buenos
Aires y finalmente a Europa.
- Miguel Iglesias Pino:
El 25 de diciembre de 1882, una asamblea de los siete departamentos
norteños lo proclamó presidente. El 1 de enero de 1883, recibió la banda
como «presidente Regenerador del Perú» de manos del vicepresidente de
dicha asamblea, Vidal García y García (diputado por Moyobamba), gobernando
bajo el amparo directo y la protección de las bayonetas chilenas.
Cada uno de ellos careció de
una visión unificada y estratégica para contener la invasión; en su lugar,
priorizaron sus egos, ambiciones mezquinas, rivalidades políticas y una
absoluta falta de cohesión social frente al bien común, sumiendo a la república
en el abismo.
Al cumplirse 140 años de la batalla de Huamachuco, el sacrificio de miles de vidas en los llanos de Purrumpampa exige un justo lugar en la memoria nacional. Es fundamental reivindicar al soldado andino y anónimo, personificado de manera ejemplar en el soldado Lorenzo Yupanqui Berríos del Batallón Concepción. Asimismo, merece un reconocimiento permanente la entrega de los oficiales de la Marina de Guerra del Perú, representados por el capitán de navío Germán Astete Fernández, y de los mandos de las fuerzas de tierra como Máximo Tafur, Pedro Silva, el inolvidable coronel Leoncio Prado Gutiérrez y el comandante y abogado Emiliano José Vila Licera. Finalmente, la historia debe exaltar la valentía de los 200 guerrilleros de Santiago de Chuco, liderados por el patriota Santiago Calderón y los hermanos Porturas, quienes defendieron con el honor patrio en el último campo de batalla de la Breña.
