"El Canto de Chiquián: El Nacimiento Inmortal del Nombre de la Breña".-Finalizada la batalla de
Huamachuco el 10 de julio de 1883, el general Andrés Avelino Cáceres,
acompañado por el coronel Justiniano Borgoño, el comandante Florentino
Portugal, el sargento mayor Félix Costa Laurent y su fiel asistente Saavedra,
se desplazó durante toda la noche a través del Camino Inca. Las fatigas de la
jornada los llevaron hasta la localidad de Mollepata, en Santiago de Chuco,
lugar donde pudieron descansar apenas algunas horas antes de reanudar la
marcha.
El sábado 14 de julio de 1883,
tenazmente perseguido por las columnas chilenas y sus aliados colaboracionistas
adeptos al traidor Miguel iglesias, el «Taita» Cáceres retornó a la ciudad de
Huaraz. El estratega militar pudo arribar con relativa tranquilidad a la
capital ancashina gracias al apoyo del guerrillero Hidalgo Zavala y sus
doscientos hombres, quienes contuvieron con éxito a las fuerzas enemigas de
chilenos y peruanos traidores que le pisaban los talones desde el norte. Al día
siguiente, 15 de julio, cobijado por un núcleo de fervientes patriotas y
allegados, el general permaneció en la ciudad para reponer fuerzas, curar
heridas y planear meticulosamente los siguientes pasos de la resistencia contra
el invasor y la facción entreguista de Miguel Iglesias.
El 16 de julio de 1883, aún en
Huaraz, Cáceres tomó la firme decisión de regresar a la sierra central del
país, sentenciando una frase que quedaría esculpida en la historia nacional:
«Seguiré al interior para formar un nuevo ejército y combatir hasta arrojar de
la patria a los invasores». Al iniciar este largo y azaroso periplo, una
multitud de ciudadanos huaracinos decidió escoltarlo a pie hasta el distrito de
Olleros. Desde ese punto, otro grupo de voluntarios lo acompañó hasta Recuay y,
prosiguiendo la marcha al amparo de las sombras de la noche, hicieron su
ingreso a la histórica villa de Chiquián.
Allí fueron recibidos con
desbordante entusiasmo por un grupo de patriotas locales, entre quienes
destacaba Luis Pardo, jefe de las guerrillas de la zona y vencedor en el
reciente combate de El Infiernillo, en Ocros. Fue en esta plaza donde aconteció
un singular y conmovedor episodio que el propio mariscal Cáceres describiría
posteriormente con honda emoción en sus memorias: «Al hacer alto en la cumbre,
me ofrecieron coñac y aguardiente de pisco, y luego, templando las guitarras
que habían llevado consigo, pusiéronse a cantar, improvisando los siguientes
versos que copió uno de mis ayudantes y que los consigno aquí como un recuerdo
de la emoción que me produjeron»:
«Cuando
el peruano pelea y pierde,
no se desespera de la victoria,
porque el coraje crece y se enciende
y en nueva empresa verá la gloria.
¡Oh
Patria mía! No me maldigas
porque al chileno no lo vencí,
que bien quisiera haber perdido
la vida entera que te ofrecií.
Más
queda un bravo, noble soldado,
que aquí en la breña luchando está;
tú eres ¡oh Cáceres!, nuestra esperanza,
tu fe y constancia te harán triunfar»
Aquella improvisación musical
constituyó la demostración más pura de la perfecta amalgama entre el sentir
popular y los ideales proclamados por el líder de la resistencia. Con
seguridad, las trágicas noticias de Huamachuco habían llegado a Chiquian a
través del relato de algún combatiente anónimo; una narración que debió de
poseer tal carga emotiva que inspiró a los guerrilleros locales a componer
estos versos de reafirmación patriótica. Este canto posee un valor histórico
incalculable, pues representa el primer registro donde se citó el término «La
Breña» para bautizar, de manera inmortal, a la epopeya de la resistencia civil
peruana.
De este modo, a pesar de la derrota material, la batalla de Huamachuco se transmutó para los peruanos y para su líder en la Senda del Honor: el pilar ético y espiritual que sostuvo la voluntad inquebrantable de una nación decidida a no doblegarse ante la adversidad y a continuar combatiendo, palmo a palmo, contra el invasor extranjero y sus aliados traidores.

















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