El misterio de la enfermería
vacía y la bolsa del capitán Jorge Ton Sam.- En el año de 1985, los vientos
polvorientos del distrito de Lobitos, en Talara, custodiaban un secreto militar
que no figuraba en ningún manual de estrategia. En la Compañía de Comando y Servicios del
Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N.° 31, la sección de Sanidad
poseía una pequeña enfermería de doce camas que parecía extraída de un hospital
fantasma. Los catres relucían en un blanco inmaculado, las sábanas permanecían
tensas y las colchas, perfectamente alineadas, jamás conocían una arruga. El
milagro de aquella pulcritud no se debía a la higiene, sino al terror sagrado
que infundía su jefe: el capitán asimilado Jorge Ton Sam.
Ton Sam era un médico civil
vestido de uniforme, carente del porte atlético y la estampa recia de los
oficiales de armas. El reglamento le prohibía comandar tropas o imponer
castigos, pero él había diseñado su propio método de persuasión. Cada mañana,
durante la Lista de Diana, cuando algún recluta daba un paso al frente
quejándose de alguna dolencia, los capitanes de armas exclamaban con ironía:
«¡Capitán Ton Sam, accione!». El médico, girando con lentitud, clavaba sus ojos
en el desdichado y sentenciaba con una sonrisa gélida: «No se preocupen,
cholitos, terminando la lista los pongo operativos en el acto».
La farsa de la sanación
comenzaba en la sala de Sanidad. Ton Sam ordenaba a los soldados desnudarse por
completo para dar inicio a lo que él llamaba «la prueba de valor». Uno a uno,
los hombres debían apoyar el pecho contra la pared. El capitán tomaba una
distancia reglamentaria de dos metros hacia atrás, medía el aire y, dando un
zancada larga y teatral, clavaba una enorme jeringa directamente en la nalga
del soldado a medio metro de distancia. La escena era tan dantesca que los
sargentos y conscriptos que esperaban en la fila, presas del pánico, preferían
recoger sus prendas y huir corriendo descalzos hacia las cuadras. Nadie volvía
a enfermarse en Lobitos. La enfermería permanecía en un silencio sepulcral,
siempre impecable para el ojo clínico de la superioridad.
A espaldas del médico, la
tropa masticaba su desprecio. «Este civil uniformado no sabe ni ponerse en la
posición de atención, pero se cree el más cachacazo del cuartel», murmuraban
los clases en las sombras del patio de armas, soportando los castigos físicos
que Ton Sam imponía de manera ilegal: ranas, planchas y extenuantes
polichinelas que incluso pretendía aplicar a los suboficiales antiguos.
El destino, sin embargo,
aguardaba pacientemente su turno en el caluroso febrero de 1995. El termómetro
en Talara arañaba los 35 grados a la sombra cuando el batallón entero abandonó
el vivac para adentrarse en la Quebrada Pariñas. El ejercicio de campaña exigía
que todos los oficiales, técnicos y suboficiales marcharan a pie cargando sus
pesadas bolsas de impedimenta en la espalda, mientras la tropa avanzaba con
mochilas y morrales bajo un sol que abrazaba el desierto. Remolinos de viento
blanco jugaban sobre las dunas y los soldados apenas calmaban la sed con sorbos
medidos de sus cantimploras. Allí marchaba también Ton Sam, con el rostro
empapado en sudor, el casco de acero mal encajado y la hidalguía desmoronándose
a cada paso junto a los camilleros.
La mañana del viernes 22 de
febrero, el teniente coronel Jorge Ramos Varillas dictó la orden de repliegue
general. El retorno al cuartel se realizaría a pie, entre senderos secos y
algarrobos espinosos. Mientras yo me encontraba en la Sección Comunicaciones,
desconectando cables y cargando el material pesado en el camión Unimog, el
capitán Ton Sam apareció de la nada junto a sus asistentes de Sanidad. Con un
tono de voz que pretendía ser una orden incuestionable, dejó caer su bolsa de
lona a mis pies:
—Suboficial, lleve mi bolsa de
impedimenta y me la entrega en el cuartel.
—Mi capitán —le respondí,
mirándolo fijamente—, la orden del comandante del batallón ha sido muy clara:
todos regresamos a pie con nuestro propio equipo al hombro.
Al médico no le importó la
advertencia. Dio media vuelta y se marchó con paso apurado, confiando en que el
peso de sus galones movería la lona. Yo, simplemente, di media vuelta y
abandoné la bolsa en el mismo sitio, bajo la sombra indiferente de un algarrobo.
El regreso fue un calvario de
35 kilómetros de polvo y calor. Por la tarde, las cinco compañías del batallón
ingresaron al cuartel formadas en columnas compactas, con los uniformes rígidos
por la sal del sudor y las botas cubiertas por la tierra del desierto. Tras la
rigurosa revisión del armamento en el patio de armas, el mayor Grados, oficial
de instrucción (S-3), avanzó entre las filas de oficiales y técnicos pasando
una estricta revista de equipo.
Fue en ese preciso instante
cuando el mayor S-3 clavó su mirada en el espacio vacío sobre los hombros del
médico. Ton Sam, percatándose del peligro, estiró el cuello hacia la
retaguardia y, con los ojos desorbitados por el nerviosismo, me buscó entre la formación:
—¿Suboficial, mi bolsa?
¿Suboficial, mi bolsa? —susurró con desesperación.
—Mi capitán —le respondí en un
tono lo suficientemente claro para que resonara en el patio—, su bolsa se quedó
en la Quebrada Pariñas.
El rostro del médico pasó del
sudor a la palidez. Renegó entre dientes, murmuró maldiciones y despotricó
contra el desierto, pero el daño ya estaba hecho. Aunque la bolsa de
impedimenta fue rescatada al día siguiente por un vehículo de apoyo, el mayor
S-3 no tuvo compasión: le impuso de inmediato seis días de arresto simple por
desobedecer una orden directa del comando. Aquella tarde, en el patio de armas
de Lobitos, la tropa comprendió que ni la jeringa más larga del capitán Ton Sam
podía salvarlo de las leyes implacables del desierto.
El último diagnóstico del
capitán Ton Sam.- El sábado 17 de agosto de 1985
comenzó con el ajetreo propio del mantenimiento general en el cuartel de
Lobitos. Entre el polvo y el calor, un grupo de reclutas subió a reparar los
precarios techos de calamina y eternit de la Compañía «C». En medio de la
faena, el soldado Mauro Chiroque, un muchacho noble natural del Bajo Piura,
pisó en falso y cayó pesadamente al vacío. Aunque se golpeó la cabeza, Chiroque
se levantó como si nada, se sacudió el uniforme y continuó limpiando el resto
del día sin quejarse. Sin embargo, la muerte ya caminaba silenciosa a su lado.
A las 20:25 de la noche, el
destino cobró la factura: un dolor de cabeza insoportable y fulminante dobló al
soldado. Ante la gravedad de los síntomas, la comandancia ordenó alistar la
ambulancia de inmediato para trasladarlo de urgencia al Hospital Militar
Regional en la ciudad de Piura. Al mando de la misión médica partió el capitán
asimilado Jorge Ton Sam, acompañado por el suboficial de tercera Rodríguez, un
enfermero militar apodado por todos como «Choches».
El viaje transcurrió en
aparente calma. Al llegar a Sullana, al ver que el paciente permanecía
completamente estable en su camilla, el capitán Ton Sam decidió que su
presencia ya no era necesaria. Recordando sus viejos tiempos como oficial
«reclutero» en esa provincia, donde había conocido a una hermosa mujer, le
ordenó al enfermero: «Choches, el muchacho está bien. Quédate tú al frente, yo
me bajo aquí en la avenida José de Lama. Internas al paciente en Piura y
regresas a Sullana por mí». Rodríguez asintió, y la ambulancia continuó su
marcha bajo el mando del sargento chofer.
Fue entonces cuando la
negligencia y la fatalidad se vistieron de comedia negra. En la carretera que
une Sullana con Piura se erguía un prostíbulo muy antiguo y concurrido. Cerca
de las luces de neón, «Choches» no pudo resistir la tentación y ordenó detener
el vehículo militar por escasos cinco minutos. Dejando la ambulancia y al
convaleciente bajo la custodia del chofer, el enfermero ingresó al lenocinio
para «verificar la calidad del ambiente». Se paseó rápidamente entre las luces
de colores y los cuerpos de las mujeres; insatisfecho con lo que vio, decidió
marcharse. Sin embargo, al abrir la puerta de la ambulancia para reanudar el
viaje, se topó con una ingrata sorpresa: el soldado Chiroque ya no respiraba;
había fallecido en el absoluto abandono de la carretera.
Preso del pánico, el enfermero
pensó en dar marcha atrás para buscar al capitán Ton Sam en Sullana, pero
comprendiendo que el tiempo jugaba en su contra, ordenó al chofer acelerar
hacia Piura. La ambulancia ingresó al hospital militar a las 23:45 de la noche,
entregando un cadáver en lugar de un paciente.
A primera hora del domingo 18
de agosto, un radiograma con carácter de urgencia máxima (OP) hizo temblar el
Batallón «Iquique» N.° 31. El comandante, consternado, ordenó al capitán de la
Compañía «C» y al jefe de sección viajar de inmediato a Piura para hacerse
cargo de los funerales. Todo el proceso, entre los trámites y el entierro en el
Bajo Piura, duró tres agobiantes días. Los comisionados regresaron al cuartel
con el peso de la tragedia a cuestas. Mientras tanto, el capitán Ton Sam,
completamente enamorado y feliz en Sullana, ignoraba por completo la muerte de
su soldado.
La farsa terminó al quinto
día. Eran las 15:00 horas cuando me encontraba cumpliendo mi servicio en la
guardia de prevención. De pronto, el capitán Ton Sam apareció cruzando la
entrada principal con una sonrisa de oreja a oreja. Al verme, levantó el pulgar
y exclamó con el clásico dejo norteño:
—¡Cachete, suboficial! El
chiquillo Chiroque ya se está recuperando en el hospital de Piura. Todo está
OK.
En ese preciso instante, la
sonrisa se le congeló en el rostro. Detrás de él aparecieron, en formación de
tormenta, el comandante Ramos, el mayor Grados (S-3) y el capitán de personal
(S-1). Lo que siguió fue una reprimenda feroz que retumbó en todo el cuartel.
Al principio, Ton Sam sonrió con nerviosismo, pensando que se trataba de una
broma pesada de sus superiores, pero cuando la frialdad de las palabras le
demostró la terrible realidad, el miedo lo paralizó.
Sabiéndose responsable de
abandonar a un paciente en estado crítico para irse de juerga, y consciente de
las implicancias penales, el oficial asimilado apeló al último recurso de los
cobardes. Perdiendo toda la soberbia que solía mostrar con sus jeringas en la
enfermería, exclamó con voz temblorosa:
—¡Me voy de baja y punto!
¡Pido mi baja en este acto!
Nadie lo detuvo. Al día
siguiente, el ahora ex capitán Ton Sam se paseaba por el patio de armas vestido
con ropa civil, fingiendo una indiferencia que no sentía. Con la maleta en la
mano y tratando de limpiar su orgullo, le comentaba a quien quisiera escucharlo
que se marchaba a Lima para trabajar en el prestigioso Hospital Edgardo
Rebagliati. A media tarde, cruzó la guardia de prevención y se perdió en el
horizonte de Lobitos para siempre, dejando tras de sí la memoria de un soldado
del Bajo Piura que pagó con su vida la negligencia de sus cuidadores.
Moraleja: La
autoridad de un líder no se mide por la rigidez de sus castigos ni por el temor
que infunde en la tranquilidad de un despacho, sino por el nivel de
responsabilidad y lealtad que demuestra hacia sus subordinados en el momento de
la verdad. En la vida militar, la soberbia y el abandono del deber no solo
quiebran la cadena de mando; destruyen vidas y se pagan con el deshonor y el
olvido.