martes, 3 de octubre de 2017

COMPANÍA "A" INGENIERÍA N° 112 DE CARAZ CONSTRUCCIÓN DE CARRETERA DE YAUYA - SAN NICOLÁS (1997 - 1998)

Las Rocas de los Andes de Yauya Ancash y la Ineficacia de Maquinaria de Fabricación China donado por el gobierno de Fujimori.- En el mes de marzo de 1997, en el distrito de Caraz provincia de Huaylas, el Comando de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112 recibió una orden tan clara como ambiciosa: destacar un contingente de militares y civiles hacia el distrito de Yauya. La misión que tenían por delante era titánica: abrir una carretera en la dura geografía andina con destino al lejano distrito de San Nicolás, en la provincia de Carlos Fermín Fitzcarrald.

Eran los años en que el gobierno del ingeniero Alberto Fujimori utilizaba a los batallones y compañías de ingeniería del Ejército como el brazo constructor del Estado. La consigna nacional consistía en apoyar a las poblaciones de escasos recursos mediante la apertura, afirmamiento y ampliación de carreteras. Para cumplir con este encargo, la subunidad de Caraz recibió una vistosa dotación de maquinarias de fabricación china.

Junto con las maquinarias también llegaron cuatro mecánicos de esa misma nacionalidad. Estos técnicos chinos permanecían a tiempo completo dentro de las instalaciones del cuartel, dedicados en exclusiva al mantenimiento junto al personal técnico del Ejército peruano. Sobre el papel, el inventario resultaba imponente: tractores a oruga pesados Shantui TY 220 NT, tractores a oruga medianos Shantui TY 160 WD, tractores a rueda Shantui TL 210A y la motoniveladora Tianjin PY 160 B. Además, por convenio con el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, asumieron el control de volquetes y camionetas.

 La logística en el Frente de Trabajo

Por aquellos meses, ante la falta de oficiales con el grado de capitán, el comando nombró a un joven suboficial Miguel Pineda para cumplir las funciones de Oficial de Logística (S-4). Aquella designación lo obligaba a permanecer la mayor parte del tiempo entre los escritorios y los papeles de la oficina del Estado Mayor de la Compañía. Sin embargo, la verdadera logística no se hace detrás de un escritorio. Cada cierto tiempo, él dejaba la rutina administrativa del cuartel de Caraz y subía a la zona de construcción en Yauya.

Allí, en el corazón de la obra, el campamento cobraba vida gracias a un grupo humano singular. Entre los mandos militares destacaba el subteniente Fernández, siempre al pie en la obra, y el experimentado técnico Pachas Acevedo, cuya disciplina guiaba el día a día. El nexo directo con los ingenieros orientales recaía en los operarios civiles: el empleado civil apodado "Mosca", un mecánico hábil que trabajaba codo a codo descifrando los motores chinos; el empleado civil Arica, también mecánico de pulso firme; y el empleado civil conocido como "Venado", un personaje infaltable en las faenas. Junto a ellos, la verdadera fuerza bruta y el motor de la obra lo ponían cuarenta hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio, jóvenes reclutas que entregaban su juventud al rigor de los Andes.

Las inspecciones en el terreno eran rigurosas. El Oficial de Logística se desplazaba a pie por los sectores de Maribamba y San Francisco para constatar in situ el estado de todos los materiales pertenecientes a los Servicios Técnicos de Ingeniería, Intendencia y Material de Guerra. En cada una de estas fiscalizaciones, tal como lo estipulaba el reglamento, la máxima prioridad era la seguridad del armamento; los fusiles FAL bajo la responsabilidad de los cuarenta soldados debían estar siempre en perfecto estado y completos.

Choque Cultural y Mascotas en Peligro

Para quebrar la monotonía del cuartel, el Oficial de Logística decidía a veces quedarse hasta diez días continuos en el campamento, compartiendo el rancho y las anécdotas con Fernández, Pachas Acevedo, los civiles y la tropa. Fue justamente durante esas estancias de convivencia donde se hicieron evidentes los choques culturales y las tensiones del día a día.

Los cuatro mecánicos chinos eran el centro de atención del campamento, no solo por sus costumbres extrañas, sino por sus hábitos culinarios que causaban asombro y cuchicheos entre los soldados: comían carne de perro. En el campamento militar vivían cuatro compañeros de cuatro patas: el perro Brandon, y las perras Magaly, Tula y Gisela. Los chinos, mirando con recelo y apetito a las mascotas de la tropa, solían decir con su marcado acento:

Blandon y Magaly ya estar bueno, salir lico y sabroso estofado.

Los soldados peruanos, entre el cansancio y el humor propio del cuartel, no perdían la oportunidad de romper el hielo. A modo de broma pesada, se acercaban a los técnicos chinos y, arrastrando las palabras para hacerse entender, les decían directamente en la cara:

—La maquinaria china es mala. Las herramientas chinas son malas.

Acto seguido, gesticulando con orgullo, enaltecían frente a ellos la superioridad de la maquinaria de procedencia norteamericana o alemana. Los orientales, acorralados entre su idioma, las réplicas de "Mosca" y Arica, y la dura realidad del frente, solo atinaban a defenderse:

Herramienta china ser bueno solamente seis meses, después desechar. Peruano hacer durar muchos años las herramientas alemanas Proto.

 El Accidente de Liu Chen

Las bromas, sin embargo, guardaban una verdad innegable: aquellos equipos simplemente no estaban hechos para la hostilidad de la geografía andina, especialmente cuando se trataba de abrir trochas en tramos de pura roca. El tractor a oruga mediano Shantui TY 160 WD perdía toda su fuerza al enfrentarse a las zonas rocosas. Peor aún, sus cantoneras —las piezas críticas ubicadas en ambos extremos del lampón— se desgastaban con una rapidez alarmante ante la fricción con la piedra, lo que obligaba a cambiar la pieza casi mensualmente.

Pronto se hizo evidente que la tecnología de Oriente no podía sola contra los Andes. Un día, mientras los técnicos chinos, "Mosca", Arica y los técnicos peruanos trabajaban desde tempranas horas colocando la torreta de un tractor pesado Shantui TY 220 NT, ocurrió la tragedia. En una mala maniobra, el técnico Liu Chen se voló los cuatro dedos de la mano derecha. En medio del dolor punzante, el ciudadano chino saltaba y gritaba, tiñendo de drama y sangre el campamento ante la mirada atónita de la tropa.

Aquel accidente pareció marcar el inicio del fin de la misión. Los años pasaron volando entre el polvo de la carretera y los cambios políticos del país. Para cuando la labor de los técnicos orientales culminó, el panorama del Perú era completamente distinto: el presidente Fujimori se había marchado a Japón y el país se encontraba bajo el mandato provisorio de Valentín Paniagua. Los mecánicos chinos regresaron finalmente a su país, dejando atrás aquellas maquinarias que, desgastadas por el implacable suelo ancashino, terminaron convertidas en chatarra.

La Vieja Guardia

Al final, ante el fracaso del metal importado, el mando tuvo que apelar a la vieja y confiable guardia que mantenían en sus cargos: un tractor mediano Caterpillar de fabricación norteamericana y un tractor Komatsu de fabricación brasileña. Solo gracias al empuje de estas últimas máquinas, al acero resistente, a la dirección de Fernández y Pachas Acevedo, y al esfuerzo inquebrantable de los cuarenta hombres de tropa, los trabajos pudieron continuar durante el año 1998.

Contra la roca, el olvido y el tiempo, la nueva carretera avanzó con paso firme hasta el caserío de San Francisco, dejando grabado en la memoria de Yauya el día en que los soldados y los fierros desafiaron a los Andes.