Crónica de Chichucancha: Por las rutas del Taita Cáceres en Chavín de Huántar (1883).- El caserío de Chichucancha pertenece al distrito de Chavín de Huántar, en la provincia de Huari, Ancash. Se ubica a 4,000 metros sobre el nivel del mar, muy cerca de los dominios del majestuoso nevado Jatun Jirka Huantsán, cuya imponente cumbre de 6,395 metros de altura resguarda la región; cuenta la leyenda que en el año de 1945, su poder mágico evitó el traslado del Dios Lanzón desde el Monumento Arqueológico de Chavín hacia la ciudad de Lima.
Chichucancha se encuentra
poblado por descendientes de los mitimaes, comunidades de origen cuzqueño y
baja estatura que en el idioma castellano se traduce como
"desterrados", conocidos localmente como wichus. Estos grupos
fueron trasladados a territorios conquistados, posiblemente durante el reinado
del Inca Túpac Yupanqui, con la misión de enseñar el idioma imperial, difundir
la religión oficial, el trabajo comunitario y las costumbres del Tahuantinsuyo.
Por las inmediaciones de este
hermoso y milenario caserío discurre el uné chakinaani, un camino
ancestral preinca construido probablemente en la época del Templo Viejo de
Chavín, mucho antes del surgimiento de la cultura Wari y del Imperio Incaico.
Esta ruta conecta los distritos de Chavín de Huántar y Olleros, en la provincia
de Huaraz, prolongándose hacia el paraje de la puna Shongu y la cordillera de
Yanashallas Punta, para luego descender hacia el paraje de la puna Arhuacancha
y el caserío de Huaripampa. Antes de la construcción de las carreteras modernas
en el departamento de Ancash, esta vía peatonal era sumamente transitada por
viajeros, arrieros y comerciantes que se desplazaban desde el Callejón de
Huaylas hacia el Callejón de Conchucos y las zonas cocaleras de Huánuco.
Siempre fue una ruta implacable, donde las mayores dificultades radicaban en
las inclemencias meteorológicas como el frío extremo, las lluvias torrenciales
y las nevadas. En la actualidad, este sendero cargado de historias y anécdotas
se ha convertido en una de las principales rutas de senderismo y trekking
para los jóvenes que visitan Huaraz.
Durante el convulsionado mes
de junio de 1883, las tropas del ejército chileno —con sus tres armas:
infantería, caballería y artillería— comenzaron a transitar por el territorio
ancashino. En el caserío de Chichucancha, un día de aquel verano serrano, doña
Eulogia se levantó muy temprano, como era su costumbre. Al abrir la puerta de
su choza, colocó en la parte más alta una pequeña bandera de lana blanca de
oveja que ondeaba con el viento de la mañana, junto a una pequeña antorcha
confeccionada con hojas secas de maíz. La bandera anunciaba la venta de pan
elaborado con harina de trigo, mientras que la antorcha señalaba que había
chicha de jora disponible.
—Buenos días, doña Eulogia.
—Buenos días, Santosa. ¿Cómo has amanecido? —respondió la mujer.
—Anoche tuve un mal sueño —contestó Santosa con evidente preocupación—. Yawar
mayutami sueñorgho, yawar mayutami sueñorgho, imarak pasangha, imarak pasangha
(he soñado con un río de sangre, he soñado con un rio de sangre, no sé qué sucederá). Al despertarme, me puse a
cavilar acompañada por una pena muy grande que me dio ganas de llorar. No he
podido conciliar el sueño.
—Yo tampoco he podido dormir —agregó doña Eulogia—. Los
perros comenzaron a aullar a la medianoche y no pararon hasta el amanecer. ¿Qué
irá a suceder? Hoy tienes que llevar a los animales con mucho cuidado por las
alturas de Jato. No te alejes mucho, anda por Mitupampa; en esa pampa hay
suficiente pasto verde y pozos con agua cristalina. Luego regresas temprano.
—Está bien, doña Eulogia. Si ocurre algo extraño, vendré corriendo a avisarle.
Que Diosito nos cuide en todo momento —asintió Santosa.
Doña Eulogia, una mujer de baja estatura y amplias polleras
negras, intentó tranquilizarla:
—No te preocupes, Santosa. Mañana por la tarde deben regresar Caurino y Viviano
desde el distrito de Chavín. Traerán las ganancias de la venta de quesos, dos
sacos de papa y las compras del mes: tres onzas de coca, azúcar y sal. Ya
tendremos compañía.
Para el fiambre (mirkapa) de Santosa, doña Eulogia le entregó, envueltos en un paño de tela blanca (ghepina), dos recipientes de mate con porciones de garamphis y cuero de cerdo (garán de jatun rahuash cuchi), sazonados con abundante chincho y cebolla. En otro fardo llevó un plato (huk puku) de suculenta papa huayro acompañada de rocoto molido. La noble pastora se levantó, acomodó su colorido manto (jaku) en la espalda con el alimento para el mediodía e inició la marcha con pasos vacilantes, pues en su interior presentía malos augurios. Tras persignarse, comenzó a arriar a sus ovejas, burros y vacas lecheras. Junto a ella marchaba su inseparable perra Yanaurko, madre de los cachorros Muru Pachu y Yana Cutus. Al llegar a Mitupampa, los animales comenzaron a pastar el forraje fresco, mientras los perros descansaban bajo la sombra de unos pequeños árboles. Satisfecha, la pastora los observaba sentada entre el ichu del Jatun Jirkan, un mirador sumamente estratégico. Al mediodía, apostada en una lomada y siempre alerta, consumió su almuerzo; luego permaneció pensativa, contemplando los cerros circundantes, aquellos colosos de piedra que, según la cosmovisión del hombre andino, viven y se comunican entre sí.
Crónica de Chichucancha: El Encuentro con el Ejército de la Breña y la Noche de la Espera.- El jueves 14 de junio de 1883, antes del mediodía del verano serrano, la pastora Santosa observó a lo lejos, en la parte baja de Chichucancha, a un grupo de personas con vestimentas del mismo color que avanzaban apresuradamente hacia su posición. Asustada, corrió a ocultarse detrás de una gran roca para vigilar sus movimientos. Conforme el contingente se aproximaba, distinguió que algunos marchaban montados a caballo y que portaban armas de fuego, lo que incrementó su temor. Sin embargo, al divisar la bandera peruana, las gorras rojas y los uniformes de bayeta blanca que vestía la mayoría de los hombres, el miedo dio paso a un leve alivio: «¡Son nuestros soldados!», se dijo a sí misma.
En ese instante recordó los
relatos de unos arrieros que, días atrás, habían pernoctado en casa de doña
Eulogia. Ellos advirtieron que la guerra contra Chile continuaba a nivel
nacional y que las tropas invasoras ya habían penetrado en el departamento de
Ancash. Según los testimonios, los soldados extranjeros registraban las
humildes viviendas campesinas en busca de oro y plata; si los pobladores no
cumplían con sus exigencias, destruían todo a su paso y asesinaban sin
distinción a niños, mujeres o ancianos. Lo más ultrajante e indignante era que,
antes de ejecutarlas, violaban a las mujeres de los pueblos.
Mientras estos pensamientos la
abrumaban, sus perros comenzaron a ladrar desesperados ante la inminente
cercanía de la vanguardia. De pronto, una voz interrumpió el silencio:
—¡Hola! No te escondas, no tengas miedo —gritó uno de los hombres—. No te va a
pasar nada. Solo dinos si hay alguna casa cerca; estamos hambrientos y traemos
soldados enfermos.
La joven pastora temblaba sin saber cómo proceder, mientras las advertencias de
los arrieros se agolpaban en su mente, haciéndola romper en llanto.
—Somos soldados del Ejército
peruano —habló el jefe de la columna, quien montaba un hermoso caballo negro
con una mancha blanca en la frente—. Ayúdanos, hija, no temas. Llevamos en las
venas la sangre incaica, la misma que tú posees. Somos peruanos, somos tus
hermanos.
Ante tales palabras de fraternidad, la joven campesina no tuvo más alternativa
que mostrarse. Frente a ella se desplegaban cientos de soldados andinos con
ropajes de bayeta blanca y rostros cubiertos de sudor; llevaban amarrados a la
cintura ponchos de lana de oveja de color marrón claro y, en su mayoría,
portaban fusiles desgastados y sin bayonetas.
—No me hagan daño, por favor
—suplicó la pastora con voz trémula.
—No te preocupes, hermana. ¿Cuál es el camino hacia la ciudad de Huaraz?
—preguntó el oficial.
—Por aquí, hacia las alturas, existe desde hace muchos siglos un camino antiguo
—contestó Santosa.
—¿Hay alguna vivienda cerca? —reiteró el militar.
—Sí, la casa de mi patrona queda aquí nomás. Por ese sendero pasan los viajeros
que van desde Chavín de Huántar hacia Huaraz y otros lugares.
En tono paternal, el jefe concluyó:
—Vamos, hija, es de suma importancia hablar con ella.
Santosa, ya más calmada, guio al oficial al mando por el
sendero. Al cabo de quince minutos arribaron al pequeño caserío de la etnia wichu.
Al divisar al contingente, doña Eulogia se sorprendió y corrió apresurada a
refugiarse en su vivienda. La pastora ingresó de inmediato para explicarle la
situación a su patrona, quien, a pesar del susto inicial, comprendió la
urgencia de brindar apoyo a los compatriotas. Salió al encuentro de los jefes
de los batallones y los invitó a pasar a la pequeña propiedad, mientras el
grueso de la tropa ocupaba los amplios corrales de piedra del entorno.
Una vez que los oficiales explicaron a doña Eulogia la
crítica situación que atravesaba la patria, la mujer dispuso de inmediato leche
fresca, pan serrano y cancha para mitigar las necesidades de los oficiales y
heridos. Al mismo tiempo, bajo un cobertizo techado con paja de cebada, Santosa
colaboraba activamente con el personal de tropa. A cada soldado le recomendaba chacchar
la sagrada hoja de coca para contrarrestar los efectos del soroche y aplacar el
hambre, advirtiéndoles: «En esta larga marcha, sin las hojas de coca no podrán
sobrevivir». En poco tiempo, la pastora se convirtió en una diestra enfermera:
al ver a numerosos combatientes con los pies ulcerados debido a la extenuante
caminata iniciada en Tarma (Junín), les ordenó despojarse de sus ojotas. Acto
seguido, lavó las heridas con una infusión caliente de las hojas de rayán y
congona mezclada con sal, logrando aliviar el dolor y favorecer una rápida
cicatrización. A cada uno le ofreció también una taza de agua de coca caliente,
devolviéndoles el bienestar. Tras este breve pero vital descanso, los soldados
andinos se pusieron de pie, listos para reanudar la marcha.
Al concluir las atenciones, el soldado Lorenzo Yupanqui
Berríos, perteneciente al Batallón Concepción, expresó su gratitud en nombre de
sus compañeros:
—Joven Santosa, usted es muy buena, ágil y sumamente inteligente. Muchas
gracias. El enemigo que nos persigue se encuentra muy cerca; nuestras heridas
terminarán de cicatrizar sobre la marcha y el hambre pasará. Nosotros
proseguiremos el avance hasta el paraje de Arhuaycancha, lugar donde
pernoctaremos.
Las tropas procedentes de Junín continuaron su repliegue
estratégico por la ruta de la puna Shongu, con la intención de franquear el
paso de Yanashallas Punta a más de 4,700 metros sobre el nivel del mar. Tras la
partida de los soldados peruanos, las mujeres quedaron sumidas en una profunda
incertidumbre. A cada instante acudían al gran mirador de Jatun Jirkan para
otear el horizonte y descubrir el motivo de los esporádicos ladridos de los
perros. Afortunadamente, la tarde transcurrió sin mayores novedades.
Al caer la noche, doña Eulogia se dirigió a la pastora:
—Prende una vela, Santosa. Vamos a rezar a la Virgen del Carmen de Chavín de
Huántar antes de acostarnos.
Ambas se encomendaron también a los cerros tutelares de la región: el Pogoc, el
Huacac y el Huantsán. Mirando hacia las alturas y con las palmas de las manos
juntas, imploraron:
—Señor Todopoderoso, te lo pedimos por nuestras familias, por nuestros
soldados, por nuestra patria y por la paz.
Las dos mujeres acordaron
dormir juntas en la misma habitación para hacerse compañía y protegerse
mutuamente ante cualquier eventualidad. Aunque la noche transcurrió en aparente
calma, el sueño les fue esquivo debido al temor constante de que irrumpieran
las vanguardias chilenas. Sabían que el ejército enemigo perseguía de cerca al
general Andrés Avelino Cáceres y a sus desgastadas tropas de 2,240 hombres,
quienes se desplazaban a pie desde Tarma con dirección definitiva al distrito
de Huamachuco.
Presas del pánico, las campesinas regresaron a sus chozas para intentar proteger sus animales y cosechas. De pronto, los uniformados se apersonaron en el lugar y una voz fuerte y desagradable ordenó:
—¡Todos los que estén adentro, salgan con las manos en alto! Si obedecen, no
les pasará nada.
Sin saber qué hacer, las mujeres vacilaron entre acatar la
orden o intentar escapar por la parte posterior de la choza hacia el cerro
Condorsharinan. No obstante, el fervor patriótico de doña Eulogia se impuso:
—¡Vamos, Santosa! En el nombre de Dios del cielo y por nuestra patria,
salgamos. Debemos cumplir con el pacto que hicimos con nuestro glorioso
ejército.
Con las manos en alto, ambas mujeres cruzaron el umbral de la puerta.
—¿Y los demás por qué no salen? —reclamó enérgicamente el
jefe de la vanguardia—. ¿Dónde están los varones de esta casa?
—No hay nadie más, señor; estamos solas —contestó Eulogia.
—¿Cómo que están solas? —replicó el oficial, ordenando de inmediato a sus
subordinados registrar hasta el último rincón. Los soldados irrumpieron en las
viviendas, destrozando todo a su paso—. No hay nadie más, mi jefe —informó uno
de ellos tras la requisa.
—Seguramente han huido esos cobardes —añadió el oficial
chileno—. A propósito, ¿a qué hora pasó la tropa de soldados peruanos por este
lugar?
—Pasaron el mediodía del 14, señor —respondió Eulogia con presteza, recordando
las instrucciones de los oficiales peruanos—. Cruzaron en las horas en que
nosotras permanecíamos pastando a nuestros animales por Inca Cancha, al frente
de aquí.
Con este engaño, la mujer desvió deliberadamente la atención del enemigo. El
jefe chileno, observando el terreno, comentó:
—Las huellas aún están frescas; es probable que se encuentren en Arhuaycancha o
Huaripampa. No hay por qué apresurarse, primero debemos alimentarnos bien para
soportar la larga caminata.
Tras impartir las órdenes de descanso a su tropa, el
oficial desmontó de su cabalgadura. En ese instante, un soldado araucano,
armado con un fusil casi nuevo con bayoneta calada y un cuchillo corvo en la
cintura, inquirió:
—¿Hay algo de comer aquí?
—Jefe, solo tenemos pan
serrano de trigo y chicha de jora —contestó Eulogia.
—¿Y esas vacas no dan leche? Si no dan leche, que den carne —intervino otro
oficial de abundante barba.
—No se preocupen, jefes, tenemos abundante leche; solo falta hervirla —aseguró
doña Eulogia.
—¿Y qué esperan? La tropa tiene hambre y sed —reclamó el mando.
Las mujeres se dirigieron con
premura a la cocina para encender el fogón. Mientras tanto, los militares
chilenos se dirigieron al corral y mataron a balazos a las vacas lecheras. Con
sus cuchillos corvos, desangraron y desollaron a tres de los animales, dejando
la carne lista. Acto seguido, obligaron a las campesinas a preparar una de las
reses para el contingente, advirtiendo que se llevarían el resto como provisión
para el viaje. Al ver a sus animales sacrificados, a las mujeres se les
desgarró el alma; rompieron en llanto, embargadas por una profunda tristeza,
ira e impotencia, obligadas a obedecer con total sumisión bajo la estricta
vigilancia de los hambrientos soldados.
Mientras cocinaban,
intercambiaban susurros en absoluto secreto, recordando el plan original de
envenenar a las tropas invasoras. No disponían de vidrio molido ni de yeso para
mezclarlo con la mazamorra, por lo que debieron improvisar otra alternativa. Los
exhaustos soldados devoraron los panes en un abrir y cerrar de ojos, vaciaron
los cántaros de leche caliente y bebieron copiosamente la chicha de jora
mientras esperaban que la carne estuviera lista. Horas después, las mujeres
sirvieron el suculento potaje, sazonado generosamente con ají, lo que incitó a
los chilenos a pedir más chicha de jora, la cual resultaba sumamente agradable
y dulce al paladar. Sin embargo, aquella bebida albergaba un ingrediente letal.
Aunque los soldados quedaron complacidos con el banquete y el exquisito aderezo
a base de hierbas silvestres como el orégano, el chincho y el huacatay,
ignoraban que los alimentos contenían un veneno incoloro, inodoro e insípido.
Según las crónicas y relatos orales de los antiguos pobladores de la zona, doña
Eulogia empleó una pócima fulminante elaborada a base de hierbas nativas que le
había sido provista por dos curanderas que habitaban en las punas del cerro
Chichucancha. Satisfechos por el festín, los enemigos reanudaron la marcha en
persecución de las fuerzas peruanas; no obstante, a escasa distancia del
caserío, los efectos del veneno se manifestaron de forma fulminante y los
cincuenta hombres de la vanguardia cayeron muertos en el camino.
Las mujeres celebraban el éxito de su cometido cuando,
transcurrida una hora y media, el estruendo de tres nuevos disparos de fusil
rompió la calma. Alarmadas, corrieron una vez más hacia el mirador de Jatun
Jirkan. Desde allí contemplaron con asombro la aproximación del grueso del
ejército chileno, una inmensa columna de más de mil efectivos de caballería e
infantería que avanzaba por las rutas de los caseríos de Nunupata y Lanchán.
Presas del terror, se encomendaron al Todopoderoso, sabiendo que escapar era
imposible.
Se trataba de la división chilena que subía desde el
distrito de Chavín de Huántar bajo el mando del coronel Juan León García,
guiada por el coronel peruano y huancaíno Luis Milón Duarte, quien se había
plegado al bando enemigo en un claro acto de traición a la patria. Al arribar a
las inmediaciones del camino, las tropas descubrieron los cadáveres de los
cincuenta soldados de su vanguardia. Un oficial chileno, de tez blanca y
poblada barba, increpó con furia:
—¿Qué les han dado de comer a mis compañeros, mujeres de mierda?
—Jefe, ellos ya venían enfermos desde Chavín —respondió una de ellas—. Aquí
solo han comido un poco de pan serrano.
—¡No, mierdas! Ustedes han envenenado a la vanguardia. El jefe y toda la tropa
han muerto —bramó el oficial.
—Yo no sé de qué habla, señor;
no les hemos dado nada malo —insistió Santosa con absoluta serenidad,
sosteniendo que los soldados ya arrastraban dolencias desde su partida de
Chavín.
—¿Cómo que llegaron enfermos, india de mierda? ¡Mentirosa! —exclamó el militar,
descerrajándole un tiro en la sien.
Doña Eulogia vio caer el
cuerpo inerte de su compañera. En ese instante, una mezcla de rabia, dolor y
recuerdos de la infancia de Santosa —su bella sonrisa y sus cantos mientras
pastaba ovejas en las laderas— inundó sus ojos de lágrimas. Sin embargo, el pecho
se le inflamó de un indomable orgullo patriótico y, recordando la promesa hecha
al ejército peruano, comenzó a gritar con un valor desafiante:
—¡Viva el Perú! ¡Mátenme si quieren! Yo he envenenado a esos perros abusivos.
Con las manos juntas y la mirada hacia el firmamento, parecía encomendar su
alma a Dios.
—¡Maldita india, hasta aquí llegaste! Te llegó tu hora
final —sentenció el jefe chileno—. A ver, mujercita valiente, ¿ahora qué dices?
Eulogia, sosteniendo un pañuelo rojo y blanco en la mano derecha, lo elevó lo
más alto que pudo y, extrayendo fuerzas de lo más profundo de su ser, exclamó
con voz atronadora:
—¡¡¡Viva el Perú!!!
—¡Cállate, india de mierda! —rugió el oficial, propinándole un violento
culatazo con el fusil. La mujer se desplomó, retorciéndose de dolor y
presionándose el abdomen—. Vamos a ver si eres tan valiente como dices —añadió
el abusivo dos patadas
El jefe se retiró a unos
cuantos metros de la mujer y llamó a tres de sus soldados: «Vengan. A mi voz
van a fusilar a esta mierda. A la voz de uno... dos... ¡tres!». Sonaron los
disparos y, de golpe, todo se quedó en un total y sepulcral silencio.
Fue en ese preciso instante cuando el nevado Huantsán se enfureció. Su imponente cumbre se cubrió de una densa neblina negra y un violento tormento de lluvias y truenos comenzó a azotar la cordillera. La neblina, como un manto negro de luto, se descolgó pesadamente por los cerros de Chichucancha, mientras los perros aullaban con dolor en dirección a los cuatro puntos cardinales, despidiendo a las heroínas de la resistencia andina


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