martes, 27 de noviembre de 2018

SOLDADOS CHILENOS MURIERON ENVENENADOS EN CHICHUCANCHA CHAVÍN DE HUÁNTAR HUARI 18 DE JUNIO 1883

Crónica de Chichucancha: Por las rutas del Taita Cáceres en Chavín de Huántar (1883).- El caserío de Chichucancha pertenece al distrito de Chavín de Huántar, en la provincia de Huari, Ancash. Se ubica a 4,000 metros sobre el nivel del mar, muy cerca de los dominios del majestuoso nevado Jatun Jirka Huantsán, cuya imponente cumbre de 6,395 metros de altura resguarda la región; cuenta la leyenda que en el año de 1945, su poder mágico evitó el traslado del Dios Lanzón desde el Monumento Arqueológico de Chavín hacia la ciudad de Lima.

Chichucancha se encuentra poblado por descendientes de los mitimaes, comunidades de origen cuzqueño y baja estatura que en el idioma castellano se traduce como "desterrados", conocidos localmente como wichus. Estos grupos fueron trasladados a territorios conquistados, posiblemente durante el reinado del Inca Túpac Yupanqui, con la misión de enseñar el idioma imperial, difundir la religión oficial, el trabajo comunitario y las costumbres del Tahuantinsuyo.

Por las inmediaciones de este hermoso y milenario caserío discurre el uné chakinaani, un camino ancestral preinca construido probablemente en la época del Templo Viejo de Chavín, mucho antes del surgimiento de la cultura Wari y del Imperio Incaico. Esta ruta conecta los distritos de Chavín de Huántar y Olleros, en la provincia de Huaraz, prolongándose hacia el paraje de la puna Shongu y la cordillera de Yanashallas Punta, para luego descender hacia el paraje de la puna Arhuacancha y el caserío de Huaripampa. Antes de la construcción de las carreteras modernas en el departamento de Ancash, esta vía peatonal era sumamente transitada por viajeros, arrieros y comerciantes que se desplazaban desde el Callejón de Huaylas hacia el Callejón de Conchucos y las zonas cocaleras de Huánuco. Siempre fue una ruta implacable, donde las mayores dificultades radicaban en las inclemencias meteorológicas como el frío extremo, las lluvias torrenciales y las nevadas. En la actualidad, este sendero cargado de historias y anécdotas se ha convertido en una de las principales rutas de senderismo y trekking para los jóvenes que visitan Huaraz.

Durante el convulsionado mes de junio de 1883, las tropas del ejército chileno —con sus tres armas: infantería, caballería y artillería— comenzaron a transitar por el territorio ancashino. En el caserío de Chichucancha, un día de aquel verano serrano, doña Eulogia se levantó muy temprano, como era su costumbre. Al abrir la puerta de su choza, colocó en la parte más alta una pequeña bandera de lana blanca de oveja que ondeaba con el viento de la mañana, junto a una pequeña antorcha confeccionada con hojas secas de maíz. La bandera anunciaba la venta de pan elaborado con harina de trigo, mientras que la antorcha señalaba que había chicha de jora disponible.

 A las primeras horas, caminando sobre una gruesa capa de escarcha, apareció la wicha Santosa, una joven pastora ataviada con amplias polleras de saya negra. Fiel a su rutina, saludó afectuosamente a la anciana:

—Buenos días, doña Eulogia.
—Buenos días, Santosa. ¿Cómo has amanecido? —respondió la mujer.
—Anoche tuve un mal sueño —contestó Santosa con evidente preocupación—. Yawar mayutami sueñorgho, yawar mayutami sueñorgho, imarak pasangha, imarak pasangha (he soñado con un río de sangre, he soñado con un rio de sangre, no sé qué sucederá). Al despertarme, me puse a cavilar acompañada por una pena muy grande que me dio ganas de llorar. No he podido conciliar el sueño.

—Yo tampoco he podido dormir —agregó doña Eulogia—. Los perros comenzaron a aullar a la medianoche y no pararon hasta el amanecer. ¿Qué irá a suceder? Hoy tienes que llevar a los animales con mucho cuidado por las alturas de Jato. No te alejes mucho, anda por Mitupampa; en esa pampa hay suficiente pasto verde y pozos con agua cristalina. Luego regresas temprano.
—Está bien, doña Eulogia. Si ocurre algo extraño, vendré corriendo a avisarle. Que Diosito nos cuide en todo momento —asintió Santosa.

Doña Eulogia, una mujer de baja estatura y amplias polleras negras, intentó tranquilizarla:
—No te preocupes, Santosa. Mañana por la tarde deben regresar Caurino y Viviano desde el distrito de Chavín. Traerán las ganancias de la venta de quesos, dos sacos de papa y las compras del mes: tres onzas de coca, azúcar y sal. Ya tendremos compañía.

Para el fiambre (mirkapa) de Santosa, doña Eulogia le entregó, envueltos en un paño de tela blanca (ghepina), dos recipientes de mate con porciones de garamphis y cuero de cerdo (garán de jatun rahuash cuchi), sazonados con abundante chincho y cebolla. En otro fardo llevó un plato (huk puku) de suculenta papa huayro acompañada de rocoto molido. La noble pastora se levantó, acomodó su colorido manto (jaku) en la espalda con el alimento para el mediodía e inició la marcha con pasos vacilantes, pues en su interior presentía malos augurios. Tras persignarse, comenzó a arriar a sus ovejas, burros y vacas lecheras. Junto a ella marchaba su inseparable perra Yanaurko, madre de los cachorros Muru Pachu y Yana Cutus. Al llegar a Mitupampa, los animales comenzaron a pastar el forraje fresco, mientras los perros descansaban bajo la sombra de unos pequeños árboles. Satisfecha, la pastora los observaba sentada entre el ichu del Jatun Jirkan, un mirador sumamente estratégico. Al mediodía, apostada en una lomada y siempre alerta, consumió su almuerzo; luego permaneció pensativa, contemplando los cerros circundantes, aquellos colosos de piedra que, según la cosmovisión del hombre andino, viven y se comunican entre sí.

Crónica de Chichucancha: El Encuentro con el Ejército de la Breña y la Noche de la Espera.- El jueves 14 de junio de 1883, antes del mediodía del verano serrano, la pastora Santosa observó a lo lejos, en la parte baja de Chichucancha, a un grupo de personas con vestimentas del mismo color que avanzaban apresuradamente hacia su posición. Asustada, corrió a ocultarse detrás de una gran roca para vigilar sus movimientos. Conforme el contingente se aproximaba, distinguió que algunos marchaban montados a caballo y que portaban armas de fuego, lo que incrementó su temor. Sin embargo, al divisar la bandera peruana, las gorras rojas y los uniformes de bayeta blanca que vestía la mayoría de los hombres, el miedo dio paso a un leve alivio: «¡Son nuestros soldados!», se dijo a sí misma.

En ese instante recordó los relatos de unos arrieros que, días atrás, habían pernoctado en casa de doña Eulogia. Ellos advirtieron que la guerra contra Chile continuaba a nivel nacional y que las tropas invasoras ya habían penetrado en el departamento de Ancash. Según los testimonios, los soldados extranjeros registraban las humildes viviendas campesinas en busca de oro y plata; si los pobladores no cumplían con sus exigencias, destruían todo a su paso y asesinaban sin distinción a niños, mujeres o ancianos. Lo más ultrajante e indignante era que, antes de ejecutarlas, violaban a las mujeres de los pueblos.

Mientras estos pensamientos la abrumaban, sus perros comenzaron a ladrar desesperados ante la inminente cercanía de la vanguardia. De pronto, una voz interrumpió el silencio:
—¡Hola! No te escondas, no tengas miedo —gritó uno de los hombres—. No te va a pasar nada. Solo dinos si hay alguna casa cerca; estamos hambrientos y traemos soldados enfermos.
La joven pastora temblaba sin saber cómo proceder, mientras las advertencias de los arrieros se agolpaban en su mente, haciéndola romper en llanto.

—Somos soldados del Ejército peruano —habló el jefe de la columna, quien montaba un hermoso caballo negro con una mancha blanca en la frente—. Ayúdanos, hija, no temas. Llevamos en las venas la sangre incaica, la misma que tú posees. Somos peruanos, somos tus hermanos.
Ante tales palabras de fraternidad, la joven campesina no tuvo más alternativa que mostrarse. Frente a ella se desplegaban cientos de soldados andinos con ropajes de bayeta blanca y rostros cubiertos de sudor; llevaban amarrados a la cintura ponchos de lana de oveja de color marrón claro y, en su mayoría, portaban fusiles desgastados y sin bayonetas.

—No me hagan daño, por favor —suplicó la pastora con voz trémula.
—No te preocupes, hermana. ¿Cuál es el camino hacia la ciudad de Huaraz? —preguntó el oficial.
—Por aquí, hacia las alturas, existe desde hace muchos siglos un camino antiguo —contestó Santosa.

—¿Hay alguna vivienda cerca? —reiteró el militar.
—Sí, la casa de mi patrona queda aquí nomás. Por ese sendero pasan los viajeros que van desde Chavín de Huántar hacia Huaraz y otros lugares.
En tono paternal, el jefe concluyó:
—Vamos, hija, es de suma importancia hablar con ella.

Santosa, ya más calmada, guio al oficial al mando por el sendero. Al cabo de quince minutos arribaron al pequeño caserío de la etnia wichu. Al divisar al contingente, doña Eulogia se sorprendió y corrió apresurada a refugiarse en su vivienda. La pastora ingresó de inmediato para explicarle la situación a su patrona, quien, a pesar del susto inicial, comprendió la urgencia de brindar apoyo a los compatriotas. Salió al encuentro de los jefes de los batallones y los invitó a pasar a la pequeña propiedad, mientras el grueso de la tropa ocupaba los amplios corrales de piedra del entorno.

Una vez que los oficiales explicaron a doña Eulogia la crítica situación que atravesaba la patria, la mujer dispuso de inmediato leche fresca, pan serrano y cancha para mitigar las necesidades de los oficiales y heridos. Al mismo tiempo, bajo un cobertizo techado con paja de cebada, Santosa colaboraba activamente con el personal de tropa. A cada soldado le recomendaba chacchar la sagrada hoja de coca para contrarrestar los efectos del soroche y aplacar el hambre, advirtiéndoles: «En esta larga marcha, sin las hojas de coca no podrán sobrevivir». En poco tiempo, la pastora se convirtió en una diestra enfermera: al ver a numerosos combatientes con los pies ulcerados debido a la extenuante caminata iniciada en Tarma (Junín), les ordenó despojarse de sus ojotas. Acto seguido, lavó las heridas con una infusión caliente de las hojas de rayán y congona mezclada con sal, logrando aliviar el dolor y favorecer una rápida cicatrización. A cada uno le ofreció también una taza de agua de coca caliente, devolviéndoles el bienestar. Tras este breve pero vital descanso, los soldados andinos se pusieron de pie, listos para reanudar la marcha.

Al concluir las atenciones, el soldado Lorenzo Yupanqui Berríos, perteneciente al Batallón Concepción, expresó su gratitud en nombre de sus compañeros:
—Joven Santosa, usted es muy buena, ágil y sumamente inteligente. Muchas gracias. El enemigo que nos persigue se encuentra muy cerca; nuestras heridas terminarán de cicatrizar sobre la marcha y el hambre pasará. Nosotros proseguiremos el avance hasta el paraje de Arhuaycancha, lugar donde pernoctaremos.

Las tropas procedentes de Junín continuaron su repliegue estratégico por la ruta de la puna Shongu, con la intención de franquear el paso de Yanashallas Punta a más de 4,700 metros sobre el nivel del mar. Tras la partida de los soldados peruanos, las mujeres quedaron sumidas en una profunda incertidumbre. A cada instante acudían al gran mirador de Jatun Jirkan para otear el horizonte y descubrir el motivo de los esporádicos ladridos de los perros. Afortunadamente, la tarde transcurrió sin mayores novedades.

Al caer la noche, doña Eulogia se dirigió a la pastora:
—Prende una vela, Santosa. Vamos a rezar a la Virgen del Carmen de Chavín de Huántar antes de acostarnos.
Ambas se encomendaron también a los cerros tutelares de la región: el Pogoc, el Huacac y el Huantsán. Mirando hacia las alturas y con las palmas de las manos juntas, imploraron:
—Señor Todopoderoso, te lo pedimos por nuestras familias, por nuestros soldados, por nuestra patria y por la paz.

Las dos mujeres acordaron dormir juntas en la misma habitación para hacerse compañía y protegerse mutuamente ante cualquier eventualidad. Aunque la noche transcurrió en aparente calma, el sueño les fue esquivo debido al temor constante de que irrumpieran las vanguardias chilenas. Sabían que el ejército enemigo perseguía de cerca al general Andrés Avelino Cáceres y a sus desgastadas tropas de 2,240 hombres, quienes se desplazaban a pie desde Tarma con dirección definitiva al distrito de Huamachuco.

Crónica de Chichucancha: La Llegada de las Fuerzas Chilenas y el Sacrificio de Eulogia y Santosa (1883).- El lunes 18 de junio de 1883, en horas de la mañana, los perros comenzaron a ladrar de forma desesperada. Poco después, el eco de tres disparos de fusil resonó a lo lejos. Confundidas y dominadas por el temor, las mujeres corrieron hacia Jatun Jirkan, el mirador ubicado frente al paraje de Jato. Desde aquella elevación observaron con pavor cómo se aproximaba una columna de hombres a pie y a caballo que vestían pantalones rojos y polacas azules: eran, sin lugar a dudas, las fuerzas expedicionarias de Chile al mando del coronel Juan León García. 

Presas del pánico, las campesinas regresaron a sus chozas para intentar proteger sus animales y cosechas. De pronto, los uniformados se apersonaron en el lugar y una voz fuerte y desagradable ordenó:

—¡Todos los que estén adentro, salgan con las manos en alto! Si obedecen, no les pasará nada.

Sin saber qué hacer, las mujeres vacilaron entre acatar la orden o intentar escapar por la parte posterior de la choza hacia el cerro Condorsharinan. No obstante, el fervor patriótico de doña Eulogia se impuso:
—¡Vamos, Santosa! En el nombre de Dios del cielo y por nuestra patria, salgamos. Debemos cumplir con el pacto que hicimos con nuestro glorioso ejército.
Con las manos en alto, ambas mujeres cruzaron el umbral de la puerta.

—¿Y los demás por qué no salen? —reclamó enérgicamente el jefe de la vanguardia—. ¿Dónde están los varones de esta casa?
—No hay nadie más, señor; estamos solas —contestó Eulogia.
—¿Cómo que están solas? —replicó el oficial, ordenando de inmediato a sus subordinados registrar hasta el último rincón. Los soldados irrumpieron en las viviendas, destrozando todo a su paso—. No hay nadie más, mi jefe —informó uno de ellos tras la requisa.

—Seguramente han huido esos cobardes —añadió el oficial chileno—. A propósito, ¿a qué hora pasó la tropa de soldados peruanos por este lugar?
—Pasaron el mediodía del 14, señor —respondió Eulogia con presteza, recordando las instrucciones de los oficiales peruanos—. Cruzaron en las horas en que nosotras permanecíamos pastando a nuestros animales por Inca Cancha, al frente de aquí.
Con este engaño, la mujer desvió deliberadamente la atención del enemigo. El jefe chileno, observando el terreno, comentó:
—Las huellas aún están frescas; es probable que se encuentren en Arhuaycancha o Huaripampa. No hay por qué apresurarse, primero debemos alimentarnos bien para soportar la larga caminata.

Tras impartir las órdenes de descanso a su tropa, el oficial desmontó de su cabalgadura. En ese instante, un soldado araucano, armado con un fusil casi nuevo con bayoneta calada y un cuchillo corvo en la cintura, inquirió:
—¿Hay algo de comer aquí?

—Jefe, solo tenemos pan serrano de trigo y chicha de jora —contestó Eulogia.
—¿Y esas vacas no dan leche? Si no dan leche, que den carne —intervino otro oficial de abundante barba.
—No se preocupen, jefes, tenemos abundante leche; solo falta hervirla —aseguró doña Eulogia.
—¿Y qué esperan? La tropa tiene hambre y sed —reclamó el mando.

Las mujeres se dirigieron con premura a la cocina para encender el fogón. Mientras tanto, los militares chilenos se dirigieron al corral y mataron a balazos a las vacas lecheras. Con sus cuchillos corvos, desangraron y desollaron a tres de los animales, dejando la carne lista. Acto seguido, obligaron a las campesinas a preparar una de las reses para el contingente, advirtiendo que se llevarían el resto como provisión para el viaje. Al ver a sus animales sacrificados, a las mujeres se les desgarró el alma; rompieron en llanto, embargadas por una profunda tristeza, ira e impotencia, obligadas a obedecer con total sumisión bajo la estricta vigilancia de los hambrientos soldados.

Mientras cocinaban, intercambiaban susurros en absoluto secreto, recordando el plan original de envenenar a las tropas invasoras. No disponían de vidrio molido ni de yeso para mezclarlo con la mazamorra, por lo que debieron improvisar otra alternativa. Los exhaustos soldados devoraron los panes en un abrir y cerrar de ojos, vaciaron los cántaros de leche caliente y bebieron copiosamente la chicha de jora mientras esperaban que la carne estuviera lista. Horas después, las mujeres sirvieron el suculento potaje, sazonado generosamente con ají, lo que incitó a los chilenos a pedir más chicha de jora, la cual resultaba sumamente agradable y dulce al paladar. Sin embargo, aquella bebida albergaba un ingrediente letal. Aunque los soldados quedaron complacidos con el banquete y el exquisito aderezo a base de hierbas silvestres como el orégano, el chincho y el huacatay, ignoraban que los alimentos contenían un veneno incoloro, inodoro e insípido. Según las crónicas y relatos orales de los antiguos pobladores de la zona, doña Eulogia empleó una pócima fulminante elaborada a base de hierbas nativas que le había sido provista por dos curanderas que habitaban en las punas del cerro Chichucancha. Satisfechos por el festín, los enemigos reanudaron la marcha en persecución de las fuerzas peruanas; no obstante, a escasa distancia del caserío, los efectos del veneno se manifestaron de forma fulminante y los cincuenta hombres de la vanguardia cayeron muertos en el camino.

Las mujeres celebraban el éxito de su cometido cuando, transcurrida una hora y media, el estruendo de tres nuevos disparos de fusil rompió la calma. Alarmadas, corrieron una vez más hacia el mirador de Jatun Jirkan. Desde allí contemplaron con asombro la aproximación del grueso del ejército chileno, una inmensa columna de más de mil efectivos de caballería e infantería que avanzaba por las rutas de los caseríos de Nunupata y Lanchán. Presas del terror, se encomendaron al Todopoderoso, sabiendo que escapar era imposible.

Se trataba de la división chilena que subía desde el distrito de Chavín de Huántar bajo el mando del coronel Juan León García, guiada por el coronel peruano y huancaíno Luis Milón Duarte, quien se había plegado al bando enemigo en un claro acto de traición a la patria. Al arribar a las inmediaciones del camino, las tropas descubrieron los cadáveres de los cincuenta soldados de su vanguardia. Un oficial chileno, de tez blanca y poblada barba, increpó con furia:
—¿Qué les han dado de comer a mis compañeros, mujeres de mierda?
—Jefe, ellos ya venían enfermos desde Chavín —respondió una de ellas—. Aquí solo han comido un poco de pan serrano.
—¡No, mierdas! Ustedes han envenenado a la vanguardia. El jefe y toda la tropa han muerto —bramó el oficial.

—Yo no sé de qué habla, señor; no les hemos dado nada malo —insistió Santosa con absoluta serenidad, sosteniendo que los soldados ya arrastraban dolencias desde su partida de Chavín.
—¿Cómo que llegaron enfermos, india de mierda? ¡Mentirosa! —exclamó el militar, descerrajándole un tiro en la sien.

Doña Eulogia vio caer el cuerpo inerte de su compañera. En ese instante, una mezcla de rabia, dolor y recuerdos de la infancia de Santosa —su bella sonrisa y sus cantos mientras pastaba ovejas en las laderas— inundó sus ojos de lágrimas. Sin embargo, el pecho se le inflamó de un indomable orgullo patriótico y, recordando la promesa hecha al ejército peruano, comenzó a gritar con un valor desafiante:
—¡Viva el Perú! ¡Mátenme si quieren! Yo he envenenado a esos perros abusivos.
Con las manos juntas y la mirada hacia el firmamento, parecía encomendar su alma a Dios.

—¡Maldita india, hasta aquí llegaste! Te llegó tu hora final —sentenció el jefe chileno—. A ver, mujercita valiente, ¿ahora qué dices?
Eulogia, sosteniendo un pañuelo rojo y blanco en la mano derecha, lo elevó lo más alto que pudo y, extrayendo fuerzas de lo más profundo de su ser, exclamó con voz atronadora:
—¡¡¡Viva el Perú!!!
—¡Cállate, india de mierda! —rugió el oficial, propinándole un violento culatazo con el fusil. La mujer se desplomó, retorciéndose de dolor y presionándose el abdomen—. Vamos a ver si eres tan valiente como dices —añadió el abusivo dos patadas 
...oficial chileno le propinó dos patadas. «¡Párate!», le gritó furioso. La tomó de los pelos, la arrastró y la levantó con violencia: «¡Párate! Vas a morir como cualquier cosa, india de mierda».

El jefe se retiró a unos cuantos metros de la mujer y llamó a tres de sus soldados: «Vengan. A mi voz van a fusilar a esta mierda. A la voz de uno... dos... ¡tres!». Sonaron los disparos y, de golpe, todo se quedó en un total y sepulcral silencio.

Fue en ese preciso instante cuando el nevado Huantsán se enfureció. Su imponente cumbre se cubrió de una densa neblina negra y un violento tormento de lluvias y truenos comenzó a azotar la cordillera. La neblina, como un manto negro de luto, se descolgó pesadamente por los cerros de Chichucancha, mientras los perros aullaban con dolor en dirección a los cuatro puntos cardinales, despidiendo a las heroínas de la resistencia andina

lunes, 12 de noviembre de 2018

EL CAMINO INCA "LA ESCALERILLA" QUE GUIO AL "BRUJO DE LOS ANDES" Y GUARDÓ EL SECRETO DE LOS HÉROES

El camino inca «La Escalerilla» es una notable vía construida durante el incanato que se prolonga por la inhóspita puna, entre el cerro Huaylillas y la laguna Cushuro. A pesar de atravesar terrenos empinados y deshabitados, esta ruta fue el eje preferido por el Imperio incaico para el tránsito hacia el norte, conectando la capital, el Cuzco, con Quito (en la actual República del Ecuador). Es admirable la capacidad de la ingeniería inca para edificar una obra de tal magnitud en un territorio tan difícil. En varios de sus tramos aún se aprecian numerosas escalinatas de piedra que, aunque hoy lucen cubiertas de ichu y pasto por el paso de los años, se mantienen notablemente conservadas y transitables en la actualidad.

Siglos después, durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña en la Guerra del Pacífico, este histórico sendero fue aprovechado por el general Andrés Avelino Cáceres para trasladar a su ejército desde la localidad de Tres Ríos hacia Huamachuco. El avance comenzó la mañana del domingo 8 de julio de 1883; al marchar entre las altas cumbres de la cordillera Huaylillas, Cáceres logró sorprender a las tropas chilenas, que se encontraban cómodamente instaladas en el pueblo. A las 13:00 horas, el general y sus oficiales ya se habían posicionado en las alturas del cerro Cuyulga, un punto estratégico que dominaba toda la ciudad y la llanura de Purrumpampa.

Dos días más tarde, el 10 de julio, tras sufrir una dolorosa derrota, Cáceres y los sobrevivientes de su estado mayor y la tropa —entre heridos e ilesos, incluido el coronel Leoncio Prado Gutiérrez— se vieron obligados a escapar por la misma vía por la que habían ingresado. Tomaron nuevamente el camino de «La Escalerilla» a través del cerro Cuyulga y la cadena del Huaylillas, fijando el caserío de Cushuro como su punto de reunión.

Durante esta retirada, el general peruano fue tenazmente perseguido por el enemigo. Al respecto, el teniente del ejército chileno Abel Policarpo Llabaca narró en sus memorias que intentó capturarlo durante varias horas, y que Cáceres logró salvarse únicamente gracias a las condiciones de su magnífica cabalgadura. Llabaca relató: «Si nuestra caballería no hubiera estado en la imposibilidad absoluta de dar siquiera un galope, el héroe cae en nuestras manos. Cáceres, montado en un excelente caballo, pudo ganar distancia cuando nuestros soldados lo llevaban tal vez a un cuarto de cuadra. El famoso guerrillero logró así escapar, acompañado de dos o tres oficiales».

Montado sobre su fiel caballo «Elegante», Cáceres ascendía por el camino inca mientras los jinetes chilenos lo acechaban a escasos cincuenta metros de distancia. Al voltear una curva, el animal dio un salto limpio sobre una profunda zanja, salvándole la vida a su jinete. Al llegar a ese punto, la caballería perseguidora se vio obligada a detenerse, totalmente extenuada. Ante la frustración de perderlo de vista, los soldados chilenos no encontraron más consuelo que atribuirle propiedades místicas al general peruano, afirmando que Cáceres era realmente un «brujo» que se había desvanecido entre los roquedales.

La tragedia de la batalla también alcanzó a otros héroes en esta ruta. La mañana del 13 de julio de 1883, el teniente de artillería chileno Aníbal Fuenzalida Lazo, al mando de cincuenta jinetes y guiado por el campesino local Julián Carrión, ascendió por «La Escalerilla» con rumbo a Cushuro. El destacamento llegó hasta una cueva en el cerro Huaylillas donde se refugiaba el coronel Leoncio Prado Gutiérrez, quien yacía herido sobre pellejos de carnero, cubierto con mantas y con la pierna izquierda completamente destrozada.

Tras ser capturado junto a sus ayudantes —los soldados Patricio Lanza y Felipe Trujillo— y el propio guía Julián Carrión, el oficial peruano fue conducido por la tarde, en calidad de prisionero, de regreso a Huamachuco. Allí lo confinaron en la vivienda del ciudadano huamachuquino Marino Acosta, inmueble que las fuerzas de ocupación habían convertido en el Cuartel General de la artillería chilena, donde poco después se escribiría el capítulo final de su vida.