sábado, 29 de agosto de 2020

NICOLÁS DE PIÉROLA LA HISTORIA OCULTA DE LA TRAICIÓN AL PERÚ DURANTE LA GUERRA CON CHILE

La indignante historia del traidor Nicolás de Piérola y del General Mariano Ignacio Prado, historia de dos traidores a la patria que se encarnan en los gobernantes de los tiempos de la guerra con Chile. Este es la historia que nunca nos enseñaron en el colegio por conveniencia de los gobernantes traidores y corruptos. 

Durante el gobierno del General Prado corría un estribillo que decía “este jabón lava, pero nunca sacará la mancha” y todo aquel que lo decía o escribía terminaba en la cárcel, compatriotas no olvidemos la verdadera historia.

Seguramente Nicolás de Piérola debe ser uno de los personajes que más daño ha causado al Perú, y sin embargo a través del tiempo las autoridades le han mostrado admiración, como prueba de ello una de las avenidas de la ciudad de Lima, lleva su nombre. En las escuelas y colegios del país, nunca se narró la verdadera historia de este político que le tocó ser una figura preponderante en los funestos años de la guerra con Chile, por el contrario, se le menciona como el patriota que dio todo de sí por su patria, ni los conocidos historiadores como Jorge Basadre, Gustavo Pons Muzzo, ni otros se atrevieron a escribir la verdadera historia sobre Piérola, y no porque no supieran cual era lo cierto, sino porque siempre estos intelectuales han tenido miedo a la clases dominantes y poderosos del Perú; además sabiendo que pasando por encima las monstruosas verdades podrían sus libros ser aceptados por el Ministerio de Educación del Perú y por otro lado también serían reconocidos como hombres ilustres.

Ningún historiador dijo que en realidad que la guerra del año 1879 no fue con Chile, sino que fue contra un país muy poderoso, ese país fue Inglaterra, la primera potencia del mundo en esos años que usó a Chile como instrumento para arrebatarle a Perú y Bolivia sus riquezas que guardaban en sus suelos en Antofagasta y Tarapacá; riquezas, que finalizado la guerra, fueron a parar a las empresas inglesas, como una muestra de esto se puede señalar, que Chile por la compra de sus modernos blindados Cochrane y Blanco Encalada no pagó ni un solo peso a Inglaterra que los construyó, sin embargo es importante que la historia real se vaya abriendo campo para conocimiento de las futuras generaciones, pues como es de conocimiento general solo los pueblos que conocen y respetan su historia pueden aspirar a un futuro mejor.

8 de octubre de 1879, en la punta de Angamos, Mejillones, en aquellos tiempos mar boliviano, el Perú ya había perdido el monitor Huáscar y solo le quedaba un pequeño barco que era la corbeta Unión. El gobierno del traidor Mariano Ignacio Prado resolvió hacer una colecta nacional para comprar dos blindados que podían significar la salvación del Perú, esta se llevó a cabo en el último domingo del mes de noviembre del año en curso, cuentan los que vivieron en aquellos tiempos que todo el Perú había acudido a ese llamado, desde las esferas más acaudaladas hasta los más pobres, las mujeres entregaron sus joyas y los niños sus alcancías. Por los mismos días llegaba al puerto del Callao procedente de Santiago de Chile, don Nicolás de Piérola, país donde se encontraba exiliado con el amparo de la burguesía chileno que tenía el poder en esa nación. Apenas desembarcó comenzó a conspirar en la oscuridad contra el gobierno cosa que era costumbre en él, porque este fue el eterno revoltoso con sus montoneras y que siempre fueron derrotadas por el gobierno de turno.

La huida de Prado significó el momento preciso que buscaba Piérola para hacerse del poder y así al frente de una montonera entró a la ciudad de Lima para derrocar al gobierno que estaba a cargo del vicepresidente General La Puerta, un hombre enfermo y de poco carácter que no puso mayor resistencia, además las tropas acantonadas en la ciudad de Lima a través de sus jefes anunciaron que no se enfrentaría entre peruanos en un momento tal difícil para la patria por lo que aceptaron el gobierno del traidor Piérola para no causar más males a la nación. A penas Piérola asumió el cargo como presidente dictador, inició el monstruoso plan contra su propio país, para hacerse fuerte en el poder nombró como Ministro de Guerra a otro traidor General Miguel Iglesias Pino de Arce, quien se había desplazado desde Cajamarca al mando de 3000 hombres. Este hombre por demás conocido como vanidoso, engreído y egocentrista comenzó a dar los primeros pasos para hundir el Perú. Está claro todo lo que hizo fue cumpliendo las consignas de sus amos chilenos de quien él fue siempre un especial huésped. Lo primero que hizo como presidente fue cortar todo tipo de apoyo y abastecimiento al Ejército del Sur acantonado en Tacna y Arica, sitio donde se llevó a cabo la segunda etapa de la campaña terrestre contra las tropas chilenas- inglesas. 

Al mando del Ejército del Sur estaba el contralmirante Lizardo Montero, hombre que había combatido y derrotado a Piérola años antes en uno de tantos levantamientos que éste levanto, por lo tanto, lo tenía como enemigo político y sentía celos de él porque si tenía éxitos en la Campaña del Sur podría ser bien visto por el pueblo peruano y podría arrebatarle el cargo de la presidencia, pesando de esa forma mezquina abandonó a las fuerzas peruanas en momentos que se jugaba el destino del país. El pueblo peruano al notar esta actitud por demás reprochable del dictador salió a las calles en ruidosas manifestaciones, pidiendo que se envié socorro a los Defensores del Sur que sufrían por escasez de alimentos, municiones, armas, vestuario y refuerzos necesarios para enfrentar al fuerte y numeroso ejército chileno- ingles que empezaba a desembrar en Ilo en ese tiempo llamado Pacocha. 

En Lima, en ese momento había dos divisiones de 8,000 soldados que había formado el General Lacotera por orden del gobierno anterior y que permanecían inmóviles en sus cuarteles, Piérola para acallar las protestas ordenó enviar cargamento secreto hacia Arica con la corbeta Unión, así fueron embarcadas con mucha fanfarria un cargamento que se suponía iba para la salvación del Ejército del Sur, la misión era muy difícil porque el puerto de Arica estaba bloqueado por la escuadra chilena. El contralmirante Manuel Villavicencio, marino hábil e inteligente fue el encargado de llevar a la Unión a su destino. Transcurrían los últimos días del mes de febrero de 1880, la corbeta Unión se acercó al puerto de Arica en la madrugada del 26 de ese mes, y empleando buenos movimientos pasó en la oscuridad entre los buques chilenos y ancló en el muelle del puerto peruano, e inmediatamente comenzó con la labor de descarga, sin ocuparse de contestar al cañoneo de la escuadra chilena. El monitor Huáscar que ya estaba al servicio de la escuadra chilena, intentó espolonear a la Unión, pero un certero cañonazo de una batería de tierra impidió el accionar enemigo y además causó la muerte de su comandante de apellido Thomson. Siendo las 16:00 horas, la faena había terminado y sin perder tiempo aun cuando el sol no se perdía en el horizonte, la Unión con una hábil maniobra logra romper el cerco de la poderosa escuadra chilena. La Unión llegó al puerto del Callao sana y salva. Pasado la euforia los peruanos en Arica comenzaron a desempacar el cargamento que fue trasladado en cajas herméticamente cerradas y se dieron con la triste sorpresa de que solo le había enviado montones de tela blanca y dos ametralladoras malogradas e inservibles. Una vez más Piérola se había burlado de los combatientes del Sur y del pueblo peruano en la forma más cruel que se le pudo ocurrir. Este hecho que había levantado la moral peruana en un principio significó un terrible golpe al animo a los defensores del Perú. Respecto a esto el famoso historiador chileno Vicuña Mackenna dice: “Este hecho trajo total desazón en los espíritus de la oficialidad y tropas peruanas. Con esta demostración del traidor Piérola ya sabían los defensores del Ejército del Sur que estaban abandonados a su suerte y que no recibirían nada de su propio gobierno. El dictador estaba cumpliendo su cometido, con facilitar la derrota del Perú. 

Durante este escenario se dio la batalla de Tacna o del Alto de la Alianza el 26 de mayo de 1880. Los chilenos-ingleses avanzaron desde el Norte (Moquegua) con 18 mil solados bien apertrechados con armas de última tecnología, con 1200 hombres de caballería y con numerosa artillería manejada magistralmente por los artilleros ingleses. Las fuerzas peruanas que estaban aliados con las fuerzas bolivianas para este enfrentamiento se presentaron con 6500 peruanos y 3000 bolivianos, sin caballería y 12 piezas de artillería. El llamado ejército de Arequipa que había salido hacia dos meses antes al mando del coronel Segundo Leyva con 3000 mil hombres para unirse al Ejercito de Tacna, jamás llegó, avanzó tan lentamente que el día 26 mayo, día de la batalla se encontraba descansando en la ruta hacia Tacna, a 130 kilómetros del lugar del combate, de donde regresó a Arequipa por orden de Piérola, este coronel también fue un traidor, amigo y paisano del dictador. A pesar de la tremenda diferencia de fuerzas el encuentro fue muy parejo, sobresaliendo el batallón Zepita al mando del coronel Cáceres y por el lado boliviano los colorados hicieron su fama de aguerridos, ante el tremendo coraje y empuje del ejercito aliado, las fuerzas chilenas comenzaron a retroceder y parecía que la victoria sería de las fuerzas patriotas (peruano – boliviano), los batallones chilenos retrocedían y estaban a punto de entrar en pánico. Sobre este momento el historiador Vicuña, escribe: “Los batallones chilenos retrocedían y parecían que iban a entrar en pánico, en ese momento la suerte de Chile pendía de un hilo” y lo que decía este historiador era cierto porque Chile había invertido todo lo que tenía en esta batalla, si la perdía simplemente perdía la guerra, porque les hubiera sido imposible volver a formar otro ejercito poderoso, pero fue en esas circunstancias que se detuvo el avance peruano, lo que había sucedido era que se habían agotado las municiones, entonces los chilenos volvieron a la carga y a nuestros compatriotas no les quedó más que batirse a bayonetas, se perdió la batalla y con ello la oportunidad de salvar a la nación, todo este revés sufrido por nuestras fuerzas fue por la traición de un cucufato que se cría superdotado y que por lo bajo servía a los intereses chilenos. 

La derrota del Ejército de Tacna agobio al pueblo peruano y muchas lágrimas corrieron cuando se difundió la noticia de la derrota, sin embargo, en el palacio de gobierno en la ciudad de Lima, hubo fiesta. El 28 de mayo de ese mismo año, dos días después de la batalla se publicó en el diario oficial de Piérola, llamado “La Patria” un editorial que iniciaba con las siguientes palabras: “Hace dos días atrás fue destruido en Tacna el último reducto del corrupto régimen anterior”, se refería a los mártires del Alto de la Alianza, que todo el Perú lloraba, a ese punto llegó la insania mental de este dictador al servicio de Chile. Pasaron los meses el ejército invasor comenzó a desembarcar en las cercanías al sur de Lima. Todos los militares conocedores de su oficio, le recomendaban salir al encuentro de esas tropas invasoras para batirlas por separado, impidiendo que puedan concentrarse. El diario el Comercio en sus artículos y editoriales también exigía eso, sin embargo, el dictador reacio a todo consejo permaneció inmóvil permitiendo que los chilenos tranquilamente se desembarcaran y se trasladaran a Lurin, en el fondo no quería delegar a nadie el mando del Ejército, tampoco quería dejar el palacio de gobierno, por eso decidió esperar al ejército invasor en las puertas de la ciudad de Lima. Así llego el 13 de enero de 1881, en San Juan se dio la primera batalla ante un compacto ejército invasor apoyado por su escuadra contra un ejército peruano totalmente mal dirigido por un miserable traidor como como era Piérola. Naturalmente el resultado no pudo ser bueno para la débil fuerza peruana conformado por civiles en su mayoría armados con fusiles muy anticuados y que tenían que retroceder a la segunda línea de defensa colocada en Miraflores. 

Terminada la batalla de San Juan la tropa chilena se desbandó y comenzaron a saquear las residencias de Chorrillos y alrededores donde había mucho comercio de licores de vino y otros licores, productos que los soldados chilenos comenzaron a beber en forma desenfrenada, mientras incendiaban todas las viviendas. Preocupado por los actos reprochables de sus tropas el General Baquedano (jefe máximo del ejército chileno) pidió una tregua al presidente Piérola, pedido que éste acepto inmediatamente, naturalmente tenía que ser así. Piérola no podía permitir el fracaso del ejército chileno; en la noche, mientras el fuego consumía las casas y residencias, las tropas chilenas se mataban entre si y otros dormían totalmente embriagos en las calles y otros deambulaban sin control por las calles, en esas circunstancias se presentó ante el dictador el coronel Cáceres para pedirle permiso y atacar con su batallón de 2000 hombres a los chilenos en la absoluta convicción que con esa acción terminaría con el ejército invasor cuyas tropas se hallaba desbandado sin control de sus oficiales, naturalmente Piérola le negó el permiso, aduciendo que le había dado su palabra al comandante en jefe del ejército chileno, de que no atacaría por ningún motivo ni circunstancia. Una prueba más que este miserable traidor servía a los intereses chilenos. 

Cuando a las tropas chilenas se les paso la borrachera, se reagruparon, se olvidaron de la tregua y empezaron el ataque contra la segunda línea defensiva que estaba en Miraflores, esto ocurrió al medio día del 15 de enero de 1881. Las mal distribuidas fuerzas peruanas no resistieron, a Piérola en su condición de comandante en jefe no se le vio dar ni una sola orden y ya cuando todo estaba consumado se retiró del campo de batalla hacia la ciudad de Lima y para no dejar inconclusa su obra contra la patria, Piérola ordenó a todos los batallones a depositar sus armas en el cuartel Santa Catalina, por esta acción los chilenos cuando ocuparon la ciudad de Lima encontraron 15000  fusiles almacenados en el mencionado cuartel. Como es de conocimiento general, Piérola después de haber dado esta orden huyó a la sierra central donde permaneció escondido, en el año de 1882 de manera clandestina se escapó hacía Europa, pero después de algunos años como si nada hubiera pasado con la patria, volvió a la escena política siempre apoyado por sus montoneras, y como es normal el mal de ignorancia en el grueso de la población peruana y por la amnesia de otros, fue presidente nuevamente en el periodo de: (8 de setiembre de 1895 al 8 de setiembre de 1899). Este es la verdadera historia del traidor miserable en la etapa de la guerra con Chile.                                                                                                                                      

PATRULLA "HUASCARÁN": LA NOCHE DEL ENCUENTRO CON FENOMENO PARANORMAL URPAY PATAZ OCTUBRE 1993

Urpay Pataz 31 octubre 1993: La noche que el Jefe de la Patrulla Huascarán vio a la muerte

El día domingo 31 de octubre de 1993, la patrulla “Huascarán” había dado por terminada sus labores de seguridad en el colegio César Vallejo Mendoza, tras una intensa jornada de Referéndum Nacional, el frío de la tarde llegaba hasta los huesos, por ello, los veintiún hombres de la patrulla ocupamos el segundo piso de la humilde municipalidad que en el mes de julio había sido quemado por las huestes del PCP Sendero Luminoso al mando del camarada “Gerardo”. El país vivía los años del primer gobierno de Alberto Kenya Fujimori. Tiempos las huestes de Sendero Luminoso acechaban desde las sombras de la sierra liberteña.

A las nueve de la noche se organizaron los tres turnos de vigilancia. Mientras el personal de primer turno salía a los exteriores, los soldados de retén y la reserva buscamos el descanso en el piso. Desplegué una frazada sobre el frío suelo para que me sirviera de colchón y me cobijé bajo mi capotín de campaña, ansiando recuperar las fuerzas necesarias para el repliegue a pie que, al amanecer, nos llevaría de regreso a Tayabamba una distancia de 38 kilómetros en las escarpadas punas. A la medianoche, el relevo del personal de servicio se ejecutó sin novedad. Seis centinelas del segundo turno bajaron a custodiar el perímetro bajo un cielo gobernado por una luna en cuarto menguante, cuya pálida claridad recortaba las siluetas del pueblo.

Fue a la una y cuarenta y cinco cuando mi cuerpo se rebeló. Un dolor estomacal agudo, punzante e insoportable, me despertó de golpe. En una patrulla militar que carecía de bolsón de primeros auxilios, la única opción era resistir o buscar un lugar donde aliviarse. Decidí bajar. Aseguré mi fusil FAL, lo abastecí con una cacerina de veinte municiones y deslicé un proyectil en la recámara; el arma estaba cargada, lista para abrir fuego. Por si acaso, guardé una segunda cacerina llena en el bolsillo del capotín.

Dejé atrás el calor del grupo y a los centinelas que vigilaban el edificio municipal. Crucé la plaza de armas a paso largo, espoleado por los cólicos. El silencio en Urpay era total, sepulcral. Caminé algo más de cien metros guiado por el resplandor de la luna, suficiente para no tropezar en la penumbra. Al doblar una curva por un sendero estrecho, me adentré en un terreno desolado donde se ubicaba un rústico baño público. Era una letrina abandonada: un silo sin techo, sin puerta, sin agua ni desagüe, dividido únicamente por toscos muros de adobe.

Obligado por la urgencia del dolor, ingresé a tropezones al oscuro cubículo. Avancé con la mirada clavada en el suelo para no errar el paso y caer en el foso. Busqué firmeza en mis pies, giré sobre mis talones para quedar de espaldas al silo y, justo antes de bajarme el pantalón, levanté la cabeza.

El aire se congeló en mis pulmones.

A escasos cuatro metros de mí, suspendida en la nada, se erigía una entidad espantosa. Tenía la estatura de un hombre promedio, apenas un metro sesenta, pero vestía un ropaje negro y pesado, idéntico al hábito de una monja, con una falda larga que llegaba a la altura de las pantorrillas. Su rostro poseía una palidez espectral, una tez tan blanca que brillaba con luz propio en la oscuridad del adobe. Lo más terrorífico eran sus ojos: fijos, inhumanos, carentes de parpadeo o emoción, clavados directamente en los míos. El ser no tenía pies; flotaba en el aire estancado del baño, balanceándose levemente de izquierda a derecha, como una hoja pendiendo de un hilo invisible, pero sin moverse de su sitio.

En ese instante, el terror biológico anuló mi condición de soldado. Aquella entidad sobrenatural me despojó de toda voluntad y bloqueó mis terminales nerviosas. Quise mover las piernas para huir, pero mis botas parecían fundidas al cemento. Quise levantar el fusil FAL que colgaba de mi hombro derecho, pero mis brazos pesaban como el plomo. Intenté abrir la boca para lanzar un grito de guerra, para pedir auxilio a los centinelas que estaban a cien metros, pero de mi garganta no brotó el más mínimo sonido. Quedé mudo, petrificado, transformado en una estatua de carne y uniforme de campaña ante la mirada de la muerta.

El cuerpo, sometido a un pánico indescriptible que la mente no alcanzaba a procesar, comenzó a colapsar por sí solo. Desde mi boca salió una espumosa baba que se deslizaba sin control en hilos blanquecinos hacia mi pecho. Mis ojos, obligados a sostener el duelo de miradas con el espectro paranormal derramaban lágrimas en abundancia, nublándome la vista. Finalmente, el calor de la orina corrió por mis piernas, empapando el pantalón de campaña. Estaba completamente indefenso, atrapado en la peor de las emboscadas: una donde las balas de mi fusil no servían de nada y donde el enemigo no era de este mundo, sino un ánima que reclamaba su territorio en la madrugada del Día de los Muertos.

En total silencio, la eternidad se contrajo en aquellos cuatro metros que nos separaban. Permanecimos frente a frente por un lapso que calculo en veinte agónicos minutos. Aunque mis músculos estaban adormecidos como anestesiado, mis sentidos permanecieron extrañamente funcionado: mi cerebro, la vista y el oído me funcionaban con una nitidez quirúrgica. Eso me permitió observarla al detalle. Miré su rostro redondo, de una blancura de cal, perfectamente enmarcado por la tela negra, y contemplé esas pantorrillas flotantes que terminaban en la nada. La silueta no era del todo sólida; se mecía de forma inestable, cediendo levemente ante las ráfagas del viento andino como si fuera una cortina de humo denso. Esos minutos fue un suplicio. Mi mente era un hervidero: hacía esfuerzos sobrehumanos por gritar, por levantar el fusil FAL, por reaccionar, pero la parálisis corporal reducía mis intenciones a meras ilusiones. Yo era un prisionero dentro de mi propio uniforme.

La salvación llegó de la forma más mundana. A unos ochenta metros de distancia, en una de las pocas casas del pueblo, un perro rompió el silencio con un ladrido seco. El efecto fue inmediato. El ser extraño giró violentamente sobre sí mismo y, cortando el aire a ras del suelo sobre las chacras, se alejó a una velocidad inverosímil con dirección al distrito de Santiago de Challas. No caminaba; se desplazaba flotando como un trozo de papel arrastrado por un torbellino. Aún semiparalizado, la seguí con la mirada a lo largo de trescientos metros. Conforme avanzaba, los perros de las otras estancias despertaron en cadena, saliendo a perseguir la sombra y rompiendo a aullar en la oscuridad de las chacras. El espectro se disolvió en la noche profunda.

El hechizo se rompió. Sentí cómo la anestesia que congelaba mis extremidades cedía gradualmente. No llegué a defecar, pero el agudo dolor estomacal había desaparecido por completo, borrado por la descarga de adrenalina. Con el pecho surcado por cantidad de baba espumosa y el pantalón empapado en orina, salí de la letrina y doblé la curva del camino a velocidad entre los magueyes. Me faltaban piernas para correr. Crucé la plaza de armas como alma que lleva el diablo con dirección al local municipal, al que ingresé sudoroso, jadeante y con la conciencia a medio recuperar.

Subí al segundo piso en silencio. Sin decir una sola palabra a mis compañeros de armas, me eché de nuevo sobre la frazada. El pantalón seguía húmedo y la espuma seca manchaba el tejido de mi capotín de campaña, pero el orgullo y el código militar me obligaron a morder el secreto. No volví a pegar el ojo. Pasé el resto de la madrugada con la mirada fija en el techo, presagiando oscuros augurios para mi vida.

El lunes primero de noviembre amaneció fiel al Día de los Muertos: una mañana fría, encapotada por una lluvia persistente y una densa nubosidad que devoraba las cumbres de los cerros circundantes. A las ocho y media, la empobrecida y silenciosa plaza de armas de Urpay vio salir a los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán". En las fachadas de adobe aún se borraban las pintas del Partido Comunista del PCP-Sendero Luminoso, recuerdo de la violenta incursión que el pueblo había sufrido en julio de ese mismo año.

La marcha de repliegue comenzó bajo la llovizna. La nubosidad baja borraba el sendero sinuoso. Aunque éramos soldados andinos, con los pulmones templados para la altura, el ascenso entre eucaliptos, magueyes y pastos naturales se volvió cada vez más empinado, obligándonos a detenernos cada quince minutos para recuperar el aliento. Durante todo el camino anduve sumido en mis pensamientos. Sentía que mis pasos ya no eran los mismos. Avanzaba a tropezones, como si continuara escapando de la letrina en la madrugada, con el rostro al frente y sin atreverme a voltear ni una sola vez hacia el distrito de Urpay. Cargaba en mi mundo interno el peso de un encuentro para el que ningún manual de combate me había preparado. Por muchos años, fiel a mi cosmovisión y al temor de ser juzgado, decidí callar.

Sin embargo, el fantasma de Urpay no se quedó en Pataz; se mudó a mis sueños. Durante décadas, la experiencia se transformó en una tortura iterativa. En mis pesadillas, la silueta negra me perseguía en parajes desolados y desconocidos, a veces con el rostro ensangrentado. En ese plano onírico, yo luchaba con desesperación para no ser secuestrado por el ser paranormal, logrando escapar la mayoría de las veces al levantar el vuelo hacia el espacio infinito o saltando de la cumbre de un cerro a otro. Cada vez que el ser paranormal estaba a punto de atraparme, despertaba de golpe: sudoroso, jadeando con violencia y con el corazón golpeándome las costillas. Pasar el resto de la noche en vela, caminando por la casa o viendo la televisión hasta el amanecer, se volvió mi rutina.

Cuando se cumplieron veinte años de aquella madrugada, decidí romper el silencio. Comencé a relatar el encuentro a mis familiares y a mis colegas del Ejército en los diferentes cuarteles donde estuve destacado. La respuesta fue la muralla del escepticismo. Nadie me cree. Algunos lo toman a burla, otros deslizan con ligereza que he perdido la cordura, y los más escépticos se escudan en que, para la ciencia, tales apariciones son imposibles. Pero no me importa. Sé lo que vi, sé lo que mi cuerpo sintió bajo la luna menguante de Urpay, y sé que aquella madrugada, mientras mis compañeros cuidaban el perímetro de los vivos, a mí me tocó hacerle guardia a la muerte.