En
la tarde del 3 de enero de 1977, los 180 reclutas que integrábamos el
contingente del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N°
112, acantonado en el distrito de Caraz (Huaylas, Áncash), llevábamos ya varias
horas de pie en el patio de armas. Los sargentos monitores, con sus galones
metálicos reluciendo en el pecho, eran implacables; nos habían mantenido
rugiendo bajo el sol y la tensión. Sin embargo, a medida que las horas
avanzaban en medio de aquel desgaste, escuchamos por primera vez desde la
guardia de prevención el toque de corneta para el rancho. Entre los soldados
antiguos corría el chusco rumor de que aquella melodía repetía: «Se quema la
papa y se quema el arroz, se quema la papa y se quema el arroz y los soldados
ni cuenta se dan». Recibiríamos, por fin, el primer rancho de tropa de nuestras
vidas, preparado en unas pailas de gran tamaño: sopa de verduras, guiso de
carne de res, un pan y café.
Aunque
en el patio de armas habíamos pasado las horas entre las voces de mando de
«¡Atención!» y «¡Descanso!», aquella tarde, para conducirnos al comedor, los
monitores nos obligaron a adoptar la posición de «marcha de pato» a lo largo de
los ciento cincuenta metros que separaban el patio de la explanada de la zona
de rancho. El ejercicio consistía en avanzar en cuclillas, con las manos firmes
en la cintura, imitando el andar de estas aves mientras exclamábamos a coro:
«¡Cua, cua, cua, cua!». Muchos de mis promocionales, especialmente los de
extracción campesina, jamás habían sometido su cuerpo a semejante exigencia.
Tras escasos veinte metros de avance, el dolor en las articulaciones se tornó
agudo y los muslos comenzaron a arder con intensidad. El deseo de ponernos de
pie era generalizado, pero los monitores se mostraban inflexibles y prohibían
cualquier queja en las filas. Con sarcasmo, nos inquirían en plena marcha:
—«Perros»,
¿quema?
Al
responder la formación en unísono:
—¡Sí!
Los
instructores replicaban con dureza:
—¡Soplen
pues, carajo!
Aquel
que cedía al cansancio y se enderezaba para aflojar los músculos era confinado
de inmediato a la retaguardia del contingente para reiniciar el trayecto bajo
un castigo mayor.
Con
gran dificultad alcanzamos la explanada del rancho portando nuestras bandejas
de guarnición, tazones y cubiertos metálicos. El protocolo militar imponía un
orden estricto: primero desfilaron ante las pailas las cinco compañías del
personal más antiguo de la unidad. Nosotros, en nuestra condición de reclutas,
observábamos con atención cada movimiento, especialmente cuando los sargentos
de semana coordinaban las raciones de los denominados «racioneros» —el personal
asignado a comisiones de servicio fuera del cuartel, a quienes se les debía
reservar el alimento reglamentario—.
Para
nuestra promoción, la cena constituyó una verdadera prueba de resistencia para
gobernar el apetito, pues el avance hacia las pailas era exasperantemente
lento. En ese intermedio aprendimos el manejo de las «gamelas de guarnición»
—el juego de cubiertos de campaña— y la estricta etiqueta del comedor: sentarse
y comer en «escuadra», manteniendo la cuchara en un ángulo vertical perfecto
hasta la altura de la boca para luego introducirla en sentido horizontal.
Asimismo, descubrimos que toda interacción verbal debía estar precedida por el
vocativo «Mi...», una fórmula obligatoria que expresaba subordinación
jerárquica. El tuteo estaba proscrito y el mando se manifestaba de forma
vertical, bajo la premisa indiscutible de que «las órdenes se cumplen sin dudas
ni murmuraciones; el superior que las imparte es el único responsable de la
orden emitida».
Aquella
primera cena fue una auténtica odisea que, no obstante, aguardábamos con
ansiedad. Aunque en las pailas el servicio era equitativo, no todos lograban
alimentarse por igual; con frecuencia, sargentos abusivos actuaban como aves de
rapiña, despojando a los reclutas de sus raciones de pan o frutas. Además, el
cuartel obligaba a adaptarse a un nuevo régimen alimenticio: si en la vida
civil no se acostumbraba consumir menestras, allí era mandatorio hacerlo. El
nerviosismo y el miedo hacían que algunos soldados derramaran gotas de sopa
sobre la mesa, un error que resultaba fatal. Quien lo cometía era privado de
inmediato del alimento bajo el argumento de los monitores de que se estaba
despericiando una comida que bien podría mitigar el hambre de los desposeídos,
acusando al infractor de ser un «perro miserable» que arruinaba el rancho
adrede. Habíamos probado un poco de todo, pero la instrucción no otorgaba
tregua. Cuando nos disponíamos a consumir el camote que integraba la ración, un
sargento ordenó con voz enérgica:
—Dejen
el camote y, a la cuenta de tres, se han comido la cáscara. ¡Uno, dos, tres!
Sin
más opción, la deglutimos de inmediato.
Poco
después, el Oficial de Día, quien supervisaba el comedor, irrumpió con un
grito:
—¡Perros...
atención!
Ante
la orden, nos pusimos de pie de forma instantánea; sin embargo, el violento
estrépito provocado por el choque de las bandejas, tazones y cucharas sobre las
mesas enfureció al oficial.
—¡Sentarse!...
¡Carajo, esto es un alboroto! En el comedor están prohibidos los escándalos
—bramó.
Acto
seguido, repitió la secuencia con severidad: «¡De pie!... ¡Sentarse!... ¡De
pie!», reiterando los comandos hasta lograr que el comedor quedara sumido en un
silencio absoluto. El despliegue formaba parte de un Brindis de Bienvenida
previamente planificado. Uno de los sargentos más antiguos entre los monitores
tomó la palabra para pronunciar un breve discurso de recepción:
—¡Brindemos
por los reclutas del primer contingente de enero de 1977, quienes tienen el
altísimo honor de pertenecer a las filas del Ejército! ¡Salud, señores!
La
tropa respondió al unísono:
—¡Salud!
En
ese instante, la mayoría supuso que el tazón contenía vino; no obstante, se
trataba de un bautizo castrense: una densa mixtura elaborada con desperdicios
de ensalada, azúcar, ají, sal, vinagre, limón y pimienta. Impulsados por una
sed extrema, bebimos el brebaje por completo.
Concluido
el rancho, procedimos al lavado reglamentario de las bandejas antes de volver a
formar en el patio exterior. Los castigos disciplinarios se sucedían sin
interrupción. Cualquier infracción menor —como un leve movimiento en las filas,
hablar sin autorización o mostrar lentitud en los desplazamientos— se saldaba
con una sanción de «cien completas», es decir: cien ranas, veinte planchas y
veinte monos. Tras cumplir rigurosamente el castigo, el recluta debía ponerse
en pie de inmediato y reportar en voz alta y firme: «Orden cumplida, mi
sargento», «mi cabo» o «mi antiguo», según correspondiera. Los instructores nos
repetían de manera incesante una máxima del adiestramiento: «La mente domina al
cuerpo; tienen que endurecer esos cuerpos acostumbrados a la vida ociosa».
Han pasado ya 49 años de aquella rudeza del primer contingente de 1977. Sin embargo, el tiempo no ha podido borrar de mis recuerdos a los instructores de aquella época: el subteniente Juan Huamán Traverso, el subteniente Walter Villanueva Cerpa y los doce sargentos monitores. Entre ellos destaca con especial nitidez el sargento segundo Víctor Solís, a quien todos conocíamos como el "Sargento Mira con Truco" debido a su mirada estrábica, pero quien, paradójicamente, era un tirador excepcional con el fusil FAL. Sus nombres y sus voces siguen resonando hoy en el eco del viejo cuartel de Caraz.


