sábado, 22 de agosto de 2026

LA MARCHA DE LA 8VA DIVISION DE INFANTERÍA DE LOBITOS PARA LA CONQUISTA DEL CERRO "COYONITAS" 1987

La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas. - El 10 de julio de 1987 el viento del desierto de Lobitos soplaba y el norte peruano parecía querer tragarse a los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio. Los cuatro batallones de infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios y el de Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de Infantería de Lobitos— se habían convertido en una hilera de fantasmas. Al frente de la división, el General Brigada Atilio Rojas Herrada sabía que el desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército extranjero. El reto: cuarenta kilómetros a pie, a través de laberintos de arena y sombras, con un único destino final: la conquista del cerro Coyonitas.

Eran las dieciocho horas cuando el portón de la guardia de prevención del Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en el aire como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de soldados. Al cruzar el Puesto de Control N° 2, pisando la arena carrozable que conectaba con la antigua Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición suave; fue un apagón que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz de las estrellas.

A la vanguardia, devorando kilómetros con paso firme, marchaba el mayor Fidel Vivar Anaya. A su lado, el operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso del equipo. Vivar era un jefe de los que ya escaseaban: campechano, de mirada franca, pero con una autoridad de hierro que no necesitaba gritos para hacerse respetar. En su mente, sin embargo, la procesión iba por dentro. Sabía que el éxito de la infiltración dependía de un hilo invisible.

Pronto, el plan táctico comenzó a fracturarse en la oscuridad. Las compañías empezaron a disgregarse, tomando rumbos distintos por las quebradas profundas del terreno. En esos cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció. El silencio se volvió denso, roto únicamente por el silbido agudo del viento y el latido acelerado en las sienes de los soldados.

—Mantenga el paso, operador —susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.

—Sí, mi mayor… pero la arena está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas que le cortaban la circulación de los hombros.

A la espalda de la tropa, las mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de plomo con cada hora transcurrida. Cada compañía dependía por completo de su operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a la cordura. Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta. El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.

A la medianoche, el mayor Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo. El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra, encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de fijarse.

—Dos grados a la izquierda… —manifestó para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con los fusileros y la Compañía de Morteros.

Vivar se puso de pie y miró hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando el destello de un casco o el roce de un uniforme. Nada. El desierto se había tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el estómago. Sabía que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.

Junto al personal de la Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor, Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.

—¿Dónde estamos, mi mayor? —preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a calarles los huesos.

Vivar miró a su alrededor. Las dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.

—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los hombros.

El operador de radio interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.

—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada! ¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había dispersado las piezas del tablero.

No había tiempo para lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo. El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.

Cuando los primeros hilos dorados del amanecer comenzaron a rasgar el horizonte, tiñendo el desierto de un tono violáceo, la vanguardia del mayor Vivar alcanzó por fin la base del cerro Coyonitas. El oficial miró hacia la cima asignada, pero en su rostro no había alegría. Estaban solos. El objetivo militar estaba en ruinas.

Horas más tarde, las primeras columnas de las otras compañías empezaron a materializarse en la distancia. Avanzaban en un silencio sepulcral, como procesión de penitentes. Venían con los uniformes rasgados, los rostros cubiertos de costras de polvo y los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo sobrehumano. Tenían la mirada fija en el frente, vacía pero digna. Aquellos hombres habían derrotado al desierto en su noche más hostil, habían sobrevivido a la sed y a las trampas de la arena; sin embargo, el veredicto militar era inapelable: habían llegado demasiado tarde para el asalto final. El enemigo simulado seguía dueño de la altura.

 

 

RECUERDOS DEL CUARTEL: BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ 1977

El costo del Juramento con sangre. - La mañana del 5 de junio de 1977, el personal del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado Huascarán N° 112 se encontraba acantonado en el distrito de Caraz. Aquel día, el capitán de ingeniería Raúl Hermosa Ramírez, natural del Cusco, se desempeñaba como jefe de línea. Mientras ensayábamos para la ceremonia del Juramento de Fidelidad a la Bandera del 7 de junio, el oficial, enfurecido por una simple equivocación en un movimiento a pie firme, me propinó una feroz patada debajo de la rodilla izquierda.

El impacto me abrió la piel de inmediato. La herida lacerada quedó expuesta y comenzó a sangrar profundamente. Más tarde, durante las horas de descanso, cuando logré retirarme el borceguí, descubrí que la media estaba completamente empapada de sangre; aun así, guardé silencio y no me quejé. En esas deplorables condiciones tuve que continuar marchando toda la mañana bajo una radiación solar abrasadora.

Con el paso de los días, la zona afectada en mi pierna izquierda se tornó morada y se hinchó considerablemente. El dolor se volvió tan intenso que ya no podía caminar, pero los sargentos de sección eran implacables y me amenazaban constantemente para evitar que acudiera a la enfermería. Con desdén, me decían:

—Soldado, si por esa simple herida pretendes visita médica, en una guerra con Chile no soportarás los rigores de la vida extrema.

Una madrugada, le pedí permiso al soldado que cubría el segundo turno de imaginaria y salí cojeando de la cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Desde allí, aprovechando las sombras, me desvié directamente hacia la enfermería del batallón e ingresé en total silencio. Al ver la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de servicio exclamó sorprendido:

—¡Huevón! Estando con la pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habías pedido visita médica?

Desde ese momento, ya no regresé a la cuadra de la Compañía de Comando y Servicios. Quedé internado y, tras tres semanas de recibir decenas de dosis de penicilina, comencé a recuperarme lentamente. En aquella época, nadie se quejaba por esa clase de golpes o maltratos físicos y psicológicos, los cuales llegaban a ser peores para los soldados considerados indisciplinados.

viernes, 21 de agosto de 2026

SERVICIO DE GUARDIA EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO HUASCARÁN N° 112 CARAZ 1977

Corría el año de 1977 cuando formé parte de la Compañía Comando y Servicios del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas, Ancash. El 29 de septiembre de aquel año, el mismísimo día de mi onomástico, me nombraron de servicio de guardia. Por entonces ostentaba el grado de cabo del Servicio Militar Obligatorio y, al llegar la medianoche, me tocó ocupar el puesto de centinela en la puerta principal durante el segundo turno, que se extendía desde las 00:00 hasta las 03:00 horas.

Permanecí esas tres interminables horas en el torreón principal, con el fusil FAL dotado de cacerina abastecida con 20 municiones y la bayoneta calada. En aquella soledad dentro del torreón, cada cinco minutos tenía que "rugir" dar la voz de alerta a todo pulmón al centinela del torreón número uno. Mi grito debía rasgar el silencio de la noche caracina: «Para el Perú la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la puerta principal, sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno, canta en tu puesto!». De inmediato, desde la oscuridad de las instalaciones, el otro centinela contestaba: «¡Puesto de vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia número dos, canta en tu puesto!». Así, en una cadena perfecta de voces permanecíamos en alerta permanente.

A pesar de los gritos desesperados, el cansancio de la madrugada vencía a algunos soldados. Quedarse dormido en los torreones significaba arriesgarse a que te quitaran el fusil FAL. En aquellos tiempos, permitir que te arrebataran el armamento estando de servicio era considerado una falta gravísimo. Desde ese instante, uno ya se sabía hombre muerto; la masacre que esperaba al infractor al finalizar la guardia, ya fuera a manos del oficial de guardia o del sargento de guardia, era implacable. No existía el perdón. El castigo se cobraba de inmediato: el infractor amanecía haciendo ranas, rampando sobre la tierra o de plantón bajo el frío glacial del callejón de Huaylas.

El día de mi cumpleaños pasé toda la jornada de servicio con el casco de fibra puesto, cubriendo turnos en los torreones, antes de asumir ese segundo turno en la puerta principal. Aquella noche, el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez se encontraba como oficial de guardia. Al finalizar mis tres horas, cuando el turno de facción relevaba los puestos, el suboficial me separó de la fila. Se plantó frente a mí y me recriminó con dureza: «Perro, no has rugido ni mierda».

Bajo el pretexto de que no había cumplido bien mis funciones, me mandó repetir el turno como castigo, obligándome a enganchar el tercero turno, desde las 03:00 hasta las 06:00 horas. Para colmo de males, en este nuevo lapso me ordenó colocarme en el torreón "de cabeza", de modo que mis borceguíes quedaran apuntando hacia arriba, simulando ser mi testa. Por fortuna, como el servicio se realizaba estrictamente con el casco de fibra puesto, pude soportar el castigo apoyando la cabeza contra el suelo del puesto.

En aquellos tiempos la vida en el cuartel era muy exigente en cuanto tratos con sanciones extremas. Hoy, después de casi cinco décadas, escribo este recuerdo para que las nuevas generaciones conozcan la verdadera naturaleza de lo que fue el Servicio Militar Obligatorio de antaño. No había quejas, no había llantos; no existían la Defensoría del Pueblo ni los Derechos Humanos. Eran, simplemente, etapas duras de la vida que, para bien o para mal, los soldados del Perú supimos soportar con el frente en alto.

viernes, 14 de agosto de 2026

ENTREVISTA CON EL GENERAL DE BRIGADA MARCELO VALVERDE NEYRA EN EL CUARTEL GENERAL DE PUNO PERÚ

Testimonio de Dignidad en el Altiplano: Frente a la Injusticia y el Hostigamiento Laboral. - El 28 de febrero de 2014, cuando llevaba casi un mes asignado a la Compañía de Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña en la ciudad de Puno, recibí la orden de presentarme en el despacho del señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra, comandante general de la gran unidad de combate. Siendo las 09.00 me desplacé a pie desde el cuartel Manco Cápac, vestido rigurosamente con el uniforme de diario A1, llegando a la comandancia general subí al segundo piso. Ingresé a la oficina cumpliendo estrictamente el protocolo y las normas reglamentarias para la entrevista con el señor Comandante General de la Gran Unidad de Combate.

El general, quien me esperaba a solas, me invitó a sentarme y abrió la conversación de manera directa:
—Técnico Miguel Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con su persona y su conducta. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus superiores, principalmente con sus comandantes de batallón. Hay que vivir en paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca. Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4. ¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?

Le contesté con firmeza, pero con absoluto respeto:
—Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos comandantes de batallón. Sin embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las leyes y de nuestros reglamentos; sobre todo, amo a esta institución y siempre trabajo para que el Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos batallones el Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He trabajado con comandantes de batallón que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE para los procesos electorales; también con comandantes que le robaban los uniformes a la tropa o que sustraían el combustible de los vehículos de combate y de apoyo. Incluso permitían el robo del combustible destinado a la cocción de alimentos, el cual se quedaba en el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las unidades, terminando ese dinero en los bolsillos de los señores generales.

Hice una pausa y continué detallando la precariedad a la que nos exponían:
—Mientras eso ocurría, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por todos lados para poder cocinarle a la tropa del servicio militar. En ocasiones, me vi obligado a utilizar el dinero destinado a la compra de víveres frescos y carne para adquirir esa leña. Cuando reclamé por estas injusticias a algunos comandantes y capitanes, bajo la sombra comenzaron a tildarme de resentido social, terrorista y comunista. Mi General, soy veterano de guerra; participé en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los miles de soldados que nada han recibido de la institución ni del Estado. El 9 de diciembre de 1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la presidencia de Alberto Fujimori, un grupo de 1200 combatientes calificados como Defensores de la Patria recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares americanos y un incentivo económico de tres mil soles. En cambio, el otro grupo de 2800 Defensores de la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos siquiera un saludo del Comando del Ejército ni del gobierno peruano.

Concluí mi descargo mirando fijamente la realidad de mi legajo:
—Es cierto que cada vez que presenté mis reclamos para recibir estos beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones amañadas. También es verdad que por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; las inspectorías, de manera abusiva, archivaron todas mis peticiones. Los malos elementos del Ejército han difundido informes falsos sobre mí sin prueba alguna. En las diferentes inspectorías de la Región Militar del Norte y en la inspectoría de la Segunda Región Militar en la ciudad de Lima, me han interrogado por resentido social, terrorista y comunista porque, para ellos, ser patriota y anti corrupto significa ser un criminal.

El general intervino nuevamente y concluyó de forma diplomática:
—Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones y ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí para actuar con justicia.

A lo largo del camino también encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad. Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la espera de un memorándum de destaque, me advirtió:
—No vaya a ser que te destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a tener problemas con el comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si fueran sus domésticos. Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho.

El capitán prosiguió explicándome su propia situación:
—Dueño de los malos tratos de ese comandante hacia mi persona, decidí solicitar mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo tranquilo.

Pasamos un par de horas conversando; yo le compartí mis experiencias en las operaciones del Alto Cenepa y él me relató sus vivencias en el VRAEM.

Llegó el mes de marzo y pensé que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones. Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los batallones se negaban a recibirme en sus unidades debido a los informes falsos que circulaban sobre mí.

Un día de ese mes, mientras cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, me miró sorprendido y me dijo en tono desafiante:
—¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una investigación y es muy posible que te sancionen con rigor.

En el acto, le respondí de frente y sin titubear:
—Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No gasten papel por gusto.

El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares; una vez allí decidí mi pase a la situación militar de retiro, me apersoné a la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General del Ejército y solicité mi pase a la situación militar de retiro.

jueves, 30 de julio de 2026

"LOS HUEVEROS" : BATALLON DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

Bautizo de fuego: El primer tiro con FAL

«¡Frente a sus respectivos blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar, cargar!».

La orden del oficial de tiro resonó en el aire frío como un latigazo. De inmediato, los doce reclutas repetimos la frase a todo pulmón; una respuesta mecánica que buscaba espantar el miedo mientras nos arrojamos al suelo polvoriento. Con los fusiles ya apuntando al frente, la voz del instructor volvió a quebrar el silencio: «¡Apunten... fuego!». Al mismo tiempo, el toque estridente del cornetero de servicio anunció el inicio de la descarga.

Apretar el gatillo por primera vez, sintiendo el rugido y el retroceso violento de la munición de guerra, es una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquier soldado recluta. El nerviosismo flotaba en el ambiente, espeso y contagioso. A la espalda de cada fusilero, los sargentos monitores vigilaban como sombras, listos para corregir el más mínimo titubeo. De pronto, alguien rompió la tensión con el primer estallido y el resto lo secundó de inmediato en una reacción en cadena. Disparamos apurados, temiendo quedar rezagados ante un cronómetro implacable que devoraba los segundos de la serie.

«¡Alto el fuego! ¡Nadie dispara! ¡Fusileros... de pie!».

La contraorden suspendió el estruendo. Los tiradores se incorporaron con movimientos torpes y pensativos. Arrastrando las botas, caminamos junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de blancos. El momento de la verdad aguardaba en las siluetas de cartón. Al tratarse del debut con el arma, la cruda realidad no tardó en aparecer: varios no habían acertado un solo impacto.

En la jerga del cuartel, a estos desafortunados se les llamaba coloquialmente «hueveros», y para ellos no había compasión. La sanción cayó de inmediato, severa y humillante. Consistía en cargar una pesada piedra sobre el hombro y emprender una marcha forzada hacia la cumbre del cerro más cercano. Desde la cima, con el pecho exigido por la altura y la vergüenza, cada uno debía gritar a los cuatro vientos: «¡Soy un huevero por no darle al blanco!», dejando que el eco de la cordillera multiplicara su castigo.

—¡Soldado Juan Pérez Valverde, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!

Las voces se escuchaban en la inmensidad del paisaje. Tras cumplir la penitencia en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, exhaustos y con el hombro magullado. Ahí no terminaba el calvario: los monitores los aguardaban con los brazos cruzados, listos para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a la nada. Mientras el sol seguía su curso, los ejercicios continuaban.

miércoles, 15 de julio de 2026

POEMA AL CAERÍO DE PAMPA SECA ONGON PATAZ

 Caserío de Pampa Seca: El Camino de las Tres Sombras

Hay un camino dentro de la selva alta que muerde la roca,
un cordón de herradura que une dos mundos,
donde la sierra en la selva desboca
sus dolores más hondos y profundos.

Por esa ruta de frío y de ceja espinosa,
bajó la Patrulla Huascarán un día,
compartiendo la yuca y la mesa rústica,
siendo el único escudo en la noche sombría.
Soldados humildes de fusil y uniforme desgastado,
que en Pampa Seca hallaron un hogar hermano,
mientras el viento silbaba su desgarro
en el olvido eterno del suelo peruano.

Pero el sendero también guarda el espanto,
la huella sangrienta, el paso maldito,
las huestes rojas que sembraron llanto,
rompiendo la paz con su oscuro mito.
Sendero cruzaba con armas de muerte,
buscando el refugio de la densa neblina,
dejando a los pueblos a su mala suerte,
bajo la sombra que todo camina.

Y tras el terror, la miseria que empuja,
los traqueteros de carga pesada,
mochilas de polvo que el diablo dibuja,
subiendo la cuesta de madrugada.
Hombres de Urpay, de Tayabamba valientes,
que cargan la droga por falta de pan,
cruzando los ríos, doblando los dientes,
jugando la vida por donde se van.

Pampa Seca es testigo de lo que se esconde,
camino de sangre, de lucha y valor;
un pueblo olvidado que a nadie responde,
pero que resiste con fuerza y honor.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Poema a la “Patrulla Huascarán” Tayabamba Pataz

De Tayabamba salieron los soldados,
Base Trescientos Veintitrés de Pataz,
jóvenes del servicio, obligados,
a devolverle a la nación su paz.
Fue en las jornadas de un julio de fuego,
guerra interna de amargo sinsabor,
donde la vida se volvía un juego
frente al embate del bando subversivo.

Desde Pampa Seca, allá en Ongón,
se inició la marcha sin vacilar,
siguiendo el rastro, con resolución,
que el enemigo pretendía dejar.
Ciento veinte huestes de la subversión,
bajo el mando del «camarada Gerardo»,
marchaban con rumbo de destrucción,
desde Tocache sembrando su dardo.

Somos de la patrulla «Huascarán»,
glorioso brazo del suelo peruano,
ciento cincuenta y seis kilómetros de marcha van
a pie, cruzando el abismo serrano y la selva.
Día y noche en la puna inclementes,
en la densa vegetación de la selva,
dormitando a la intemperie, valientes,
esperando que la aurora devuelva.

Bajo un frío infernal de la altura,
sin rancho, sin viáticos ni un botiquín,
el soldado SMO con premura
marcha firme cuidando el confín.
Los políticos dicen sin pena
que presupuesto jamás ha existido,
mientras la tropa su copa llena
con el sueldo de hambre y olvido.

Sus hijos no van a las patrullas,
los ricos no arriesgan su propia piel,
mientras las calles se visten de bullas
ellos gobiernan desde su tropel.
Pero el soldado no pide favores,
la patria es el único y fiel ideal,
mis pies encallecidos, señores,
nunca exigieron descanso fatal.