MEMORÁNDUM DEL ÚLTIMO SOLDADO PATRIOTA
miércoles, 17 de junio de 2026
Poema a la “Patrulla Huascarán” Tayabamba Pataz
viernes, 12 de junio de 2026
LA PATRULLA "HUASCARÁN" TRASLADA DESDE TAYABAMBA A HUAMACHUCO 70 RECLUTAS 8 DE ABRIL DE 1993
Aquel jueves 8 de abril de 1993, a las ocho de la mañana, el rugido bronco de dos camiones casi seminuevos contratados rompió el tenso silencio del alejado distrito de Tayabamba. En la Oficina de Reclutamiento, setenta jóvenes de la zona acababan de ser convertidos, de un plumazo y por la fuerza de la leva, en reclutas del Ejército del Perú. Bajo la mirada vigilante de la patrulla “Huascarán”, los muchachos subieron a las tolvas con el corazón en un puño. Entre sus manos apretaban rústicos costalillos llenos con algunas mudas de ropa y fiambres preparados a prisa por sus madres, muchas de las cuales se quedaban atrás, en la plaza, con las lágrimas en los ojos viendo partir a sus hijos hacia la incertidumbre. Les esperaba un viaje agónico y eterno de veinticuatro horas hacia el sector de La Cuchilla, sede del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.
El miedo se sentaba con ellos
en la madera del camión. Nadie podía olvidar que las rutas de Buldibuyo y
Molino Viejo estaban malditas; hacía muy poco, la tierra aún sangrante de
Frailones había sido testigo de una feroz emboscada que costó la vida a veintidós
personas entre militares, policías y civiles. Con ese recuerdo quemándoles la
mente, los motores arrancaron.
A paso lento, devorando las
sinuosas curvas de la sierra, los camiones se internaron en la inmensidad de
los Andes. La ruta era una trocha angosta, un serpentín de tierra y piedra
suelta tallado a golpes en la falda de la cordillera, flanqueado por abismos
verticales que devoraban la mirada. El traqueteo del viaje se mezclaba con un
silencio espeso, casi asfixiante. Nadie hablaba; todos miraban hacia los cerros
con los ojos muy abiertos, buscando entre las rocas escarpadas y el ichu seco
cualquier destello de metal o movimiento sospechoso que anunciara el desastre.
La noche nos cayó encima al pasar por la profundidad de la localidad de
Chagual, justo donde la geografía se vuelve más hostil, encajonada entre cerros
gigantescos que parecían cerrarse sobre nosotros como un manto pesado,
agudizando la paranoia y el frío de la puna.
Como jefe de la patrulla,
recuerdo perfectamente cuando nos cubrió el manto negro de la noche. Bajo esa
inmensa penumbra avanzaban los camiones. Pasando Chagual, el relieve se volvió
aún más traicionero, quebrado por curvas ciegas donde la visibilidad era nula.
Cada cierto tramo, el primer vehículo se detenía en seco ante el peligro de un
derrumbe provocado o una barricada oculta en la oscuridad. En esos momentos de
máxima tensión, bajaban dos hombres de mi patrulla y avanzaban a pie con el
fusil amartillado para verificar minuciosamente el camino, palpando el fango y
las piedras, acompañados por el chulillo —el ayudante del camionero—. En esa
ruta de muerte, rodeada de peñascos ideales para el ocultamiento del enemigo,
los choferes sabían que el más mínimo error de cálculo los despeñaría al vacío
o los entregaría a una emboscada, por lo que se aseguraban su propia
supervivencia palmo a palmo a lo largo del camino.
Fue recién en las primeras
horas de la mañana del viernes 9 de abril cuando la luz del nuevo día trajo
consigo el milagro de la supervivencia, disipando la densa neblina que flotaba
sobre los desfiladeros. Al fondo del camino divisaron los muros del cuartel en
Huamachuco. El convoy logró ingresar a la base sin novedad alguna. Un suspiro
colectivo de alivio recorrió el cuerpo de los setenta muchachos y de los
soldados de la patrulla: atrás, perdido en la lejanía, había quedado el temido
desfiladero de Molino Viejo, en el distrito de Cochorco. Aquel cañón era
territorio de nadie, una garganta profunda de roca viva y pasajes estrechos,
una zona de peligro absoluto donde las columnas del PCP Sendero Luminoso y sus
aliados del narcotráfico solían aprovechar la ventaja de la altura para
ejecutar emboscadas relámpago y robar armamento, sobre todo a los efectivos de
la policía.
Para los hombres de la patrulla “Huascarán”, cruzar ese infierno geográfico sin pegar un ojo, con el camión intacto y la vida de los setenta civiles a salvo, significó la primera gran victoria de una guerra que apenas comenzaba.
miércoles, 10 de junio de 2026
DESPLIEGUE DE TROPAS EN EL SECTOR CHIRINOS SUYO PIURA TENSIÓN EN LA FRONTERA NORTE DEL PERÚ 1997
Ante la inminencia del
conflicto, los entrenamientos se intensificaron para el personal de la 32ª
División de Infantería, con sede en el cuartel "Ramón Zavala" de la
ciudad de Trujillo. Fue así como el 21 de diciembre de 1997, por tercera vez en
medio de la emergencia, un convoy militar partió desde aquellas instalaciones.
En esa oportunidad, me desplacé junto al personal de la compañía de
comunicaciones en una época marcada por el inicio de las lluvias y una densa
humedad. Tras una dura jornada en la que tuvimos que cruzar un río empujando
los vehículos, logramos ocupar nuevamente la llanura boscosa de la región de
Chirinos, en el distrito de Suyo, departamento de Piura, justo al frente de la
ciudad ecuatoriana de Macará.
Mientras las tropas
permanecíamos desplegadas en el terreno, los diplomáticos de Perú y Ecuador
intensificaban sus labores para lograr la ejecución definitiva del Protocolo de
Río de Janeiro y el fallo arbitral de Braz Dias de Aguiar. Estos instrumentos jurídicos
ratificaban al Perú la posesión total de todo el valle del Cenepa —un
territorio que hasta entonces estaba delimitado pero no demarcado—, incluyendo
la cota 1061, conocida como la falsa Tiwinza. Asimismo, se buscaba trazar la
línea fronteriza en los 78 kilómetros pendientes comprendidos entre los hitos
Cunhime Sur, 20 de Noviembre, Cusumaza Bumbuiza y Yaupi Santiago. No obstante,
alegando razones de dignidad nacional, Ecuador condicionaba las negociaciones
exigiendo la entrega de la falsa Tiwinza como parte de su territorio, aduciendo
que allí descansaban sus muertos, que sus soldados habían resistido en ese
lugar hasta la llegada de la misión de observadores militares de los países
garantes y que jamás se habían rendido. Esta petición fue rechazada reiteradamente
por el gobierno peruano, prolongando por más de dos años y medio unas intensas
y estériles negociaciones diplomáticas que no lograban colmar las expectativas
de ninguna de las dos naciones.
El sector de responsabilidad
de la 32ª División de Infantería, con sede en la ciudad de Trujillo, comprendía
los hitos Chiqueros y Gramalotal; un área extensa y accidentada donde
realizamos minuciosos reconocimientos a pie. En la llanura de la región de Chirinos,
el personal de comunicaciones nos desplegamos para tender cables de campaña
WD-1/TT. Este cableado estructuró la red telefónica alterna, un elemento
táctico indispensable para garantizar los enlaces durante el estacionamiento y
el relevo de posiciones de las unidades de maniobra y de apoyo de combate.
Asimismo, en la posición estratégica del cerro Chivato, instalamos estaciones
de radio relay equipadas con sistemas IRA. Fue en ese exigente escenario donde
probamos por primera vez en el campo el moderno sistema de comunicaciones
asignado a las unidades de combate: el radio VHF-FM/PRC-730 V (S) CNR 900. Este
equipo transmisor-receptor portátil de mochila operaba en muy alta frecuencia
(VHF), ofreciendo 2320 canales de radiofrecuencia con una separación de 25 kHz
en una gama de 30.00 a 87.975 MHz, lo que representaba un salto tecnológico
crucial para la seguridad de nuestras transmisiones.
Mientras los diplomáticos de
ambos países agotaban las vías políticas, principalmente a lo largo de 1997 y
parte de 1998, las brigadas de la Región Militar del Norte intensificaron el
entrenamiento en sus respectivas áreas de operaciones. Los batallones de infantería, grupos de artillería del
entonces 32ª Brigada de Infantería ejecutaron un riguroso completamiento de
cuadros, intensas prácticas de tiro y una revisión minuciosa de los planes de
operaciones vigentes. Como parte de esta preparación disuasiva, realizamos
patrullajes y reconocimientos a pie directamente sobre la línea de frontera,
cubriendo sectores críticos como el centro poblado de La Tina, bajo la
jurisdicción del distrito de Suyo, y la provincia de Ayabaca, región Piura
El esfuerzo logístico fue
extremo: durante una semana completa marchamos por los cerros tendiendo el
cable de campaña WD-1/TT. En misiones de reconocimiento, patrullamos varios
kilómetros por las riberas del caudaloso y turbulento río Calvas, desplazándonos
río abajo y río arriba en las inmediaciones del Puente Internacional que separa
a ambas naciones. Durante estas incursiones, constatamos que en las faldas de
los cerros que circundan la ciudad de Macará, las tropas ecuatorianas habían
construido complejas líneas defensivas compuestas por trincheras y casamatas de
concreto y ladrillo. Estas fortificaciones estaban dispuestas de forma
escalonada para albergar a fusileros, sirvientes de armas colectivas y
francotiradores, permaneciendo meticulosamente camufladas por la densa
vegetación de la zona.
Hacia el mes de julio de 1998,
la crisis alcanzó su punto de máximo retorno cuando se detectó que las tropas
ecuatorianas se habían instalado nuevamente en diversos sectores del valle del
Cenepa, en la región Amazonas. Con las negociaciones diplomáticas completamente
estancadas, el escenario se redujo drásticamente a dos opciones: alcanzar una
salida pacífica forzada o desatar una guerra a gran escala por todos los
frentes. En este contexto de alta tensión, y como una primera medida orientada
a desestabilizar el frente interno de Ecuador, el Servicio de Inteligencia del
Perú llegó a planificar operaciones asimétricas extremas, incluyendo la
ejecución de atentados con coches bomba en la ciudad de Quito, la capital
ecuatoriana. Esta estrategia de guerra psicológica complementaba los planes de
un ataque masivo y abierto, para el cual se habían analizado minuciosamente
todas las capacidades y vulnerabilidades militares del adversario.
A la par de estos movimientos
estratégicos, la vida diaria en los cuarteles reflejaba la excepcionalidad del
momento. Entre 1997 y 1998, el pago de las remuneraciones a los oficiales,
técnicos, suboficiales y personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio se
realizaba en efectivo a través de las tesorerías de los batallones y
subunidades. En medio de las planillas de pago y las boletas, comenzaron a
distribuirse afiches oficiales firmados de puño y letra por el general de
ejército y jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Nicolás de Bari
Hermoza Ríos. Las proclamas contenían un mensaje tajante: "Ecuador
no quiere firmar la paz, tenemos que actuar con decisión y valor atacándolos
por todos los frentes hasta la victoria final, confío en ustedes".
Sin embargo, esta consigna de ofensiva total colisionaba con los movimientos de
la diplomacia. Ante la creciente sospecha de que el presidente Alberto Fujimori
pretendía ceder territorio en Tiwinza con tal de asegurar el tratado, en las
filas militares circulaban fuertes rumores de resistencia interna; la postura
institucional del Ejército era clara en no ceder un solo centímetro de
soberanía. Esta coyuntura dejó en evidencia los profundos desacuerdos y la
fractura táctica que existía entre la clase política de turno y los altos
mandos de las Fuerzas Armadas, quienes veían con desconfianza las concesiones
en la mesa de negociaciones tras el esfuerzo desplegado en el terreno.
Al concluir la Campaña Militar
del Alto Cenepa en 1995, el gobierno peruano concretó la adquisición a
Bielorrusia de veintiún aviones de combate MiG-29 y dieciocho Sukhoi Su-25. Se
trataba de material de segunda mano, cuyas deficientes condiciones técnicas
generaron un profundo malestar en la Fuerza Aérea del Perú, debido a la
alarmante falta de repuestos y de soporte técnico oficial por parte del
fabricante. Las sospechas sobre este millonario desembolso de 536.6 millones de
dólares se confirmaron trágicamente el 2 de diciembre de 1997, cuando un caza
MiG-29 se precipitó a tierra en Chiclayo durante un vuelo de entrenamiento.
Este accidente desveló que las aeronaves, presentadas meses antes con una
espectacular campaña publicitaria, operaban en un estado deplorable y rayano en
la chatarra. El valor real de la flota apenas alcanzaba los 132.2 millones de
dólares, lo que evidenció una gigantesca sobrevaloración destinada al pago de
comisiones ilegales. Investigaciones posteriores determinaron que esta red de corrupción
benefició directamente a Vladimiro Montesinos Torres y al presidente Alberto
Fujimori con sobornos individuales que superaron los 50 millones de dólares
para cada uno, repartiéndose el resto del botín entre otros cómplices de la
cúpula gubernamental.
La búsqueda de justicia frente
a este oscuro negociado que puso en riesgo la soberanía nacional se prolongó
por cerca de veinticinco años, alcanzando su sentencia definitiva en el año
2021. Para entonces, tanto Fujimori como Montesinos ya se encontraban purgando
condenas de veinticinco años de prisión por graves delitos de corrupción y
violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, el dictamen final generó una
profunda indignación: a los demás coautores e implicados en la millonaria
estafa se les impuso una pena de apenas cuatro años de privación de la
libertad. De esta manera, la organización criminal logró retener e impunemente
licuar aproximadamente el 66% del dinero total desembolsado por el Estado
peruano, distribuyendo esa colosal fortuna entre utilidades ilícitas y el pago
de dádivas.
Frente a las graves
deficiencias de la flota aérea, el gobierno se vio obligado a repotenciar los
aviones de origen francés Mirage 2000, así como los ya obsoletos
cazabombarderos soviéticos Sukhoi Su-22, entre otras aeronaves. En lo que
respecta al Ejército, la administración de Fujimori no adquirió material bélico
de última generación ni sistemas modernos de comunicaciones de campaña para
ejecutar la proyectada invasión a Ecuador. En su lugar, la estrategia se limitó
a un masivo redespliegue logístico internos: desde la Región Militar del Sur,
específicamente de Arequipa y Moquegua, se movilizaron los batallones de
blindados con sus antiguos tanques rusos T-55, arrastrando consigo también a
batallones de artillería e infantería del centro y sur del país. De este modo,
cerca del 80% del material bélico destinado a la línea de fuego correspondía a
adquisiciones realizadas durante el gobierno institucional del general Juan
Velasco Alvarado en la década de 1970. En las trincheras, los fusileros
dependíamos de nuestros viejos fusiles FAL, ametralladoras Uzi y ametralladoras
MAG de los modelos 1958 y 1969; armamento que, en su gran mayoría, solo había
sido repotenciado.
Esta falta de inversión derivó
en un desorden y una improvisación absoluta en el frente logístico. Los
batallones de combate carecían de camiones de apoyo orgánicos para trasladar al
personal y los pertrechos hacia la frontera. El uso de vehículos civiles —como
los volquetes requisados a las municipalidades y al Ministerio de Transportes—
desató un grave conflicto técnico para las transmisiones: estos camiones
operaban con baterías de 12 voltios de corriente continua (VDC), mientras que
los equipos de radio vehiculares de VHF y HF del Ejército requerían
estrictamente una alimentación de 24 VDC. Esta incompatibilidad impidió la
instalación del soporte de comunicaciones en el transporte civil, quebrando la
cadena de mando móvil. Pese a este caos organizativo, la moral del soldado
peruano se mantuvo incólume; permanecíamos completamente mentalizados en la
captura de la ciudad ecuatoriana de Macará, con la consigna táctica de asaltar
sus entidades financieras y confiscar sus vehículos para sostener la marcha. No
obstante, los planes de contingencia diseñados por las secciones de instrucción
(S-3) demostraron ser inviables en la práctica: el plan de requisición de
transporte privado fracasó rotundamente en zonas como Caraz, donde las empresas
se negaron de forma tajante a entregar sus unidades y chóferes para el esfuerzo
bélico.
El 30 de julio de 1998, tras
participar en los desfiles por Fiestas Patrias, inicié un periodo de vacaciones
por quince días con destino a la ciudad de Lima. Sin embargo, esa misma tarde,
el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, con sede en el
distrito de Caraz, provincia de Huaylas, se comunicó telefónicamente con mis
familiares en la capital para disponer mi retorno inmediato a la subunidad. Al
llegar al domicilio e informarme de la urgencia, me comuniqué de inmediato con
el despacho del Mayor EP Carlos Romero, quien de forma tajante ordenó: "Suboficial
Pineda, por los medios más rápidos tiene que retornar a esta. Mañana pasa lista
a las 06:00 horas, ¿comprendido?". Tras confirmar la orden, colgué la
llamada sumida en la incertidumbre. Debido a la escasez de oficiales en aquella
época, yo desempeñaba las funciones de Oficial de Logística (S-4), custodiaba
los almacenes de repuestos de maquinaria pesada y de armamento, y además
ejercía como jefe del Centro de Comunicaciones. Ante tales responsabilidades,
supuse que se trataba de alguna pérdida en las instalaciones o del extravío de
las llaves por parte de los sargentos que trabajaba con el suscrito. Cavilando
sobre estos escenarios, me despedí presurosamente de mi familia y me dirigí al
paradero informal de autobuses de Fiori, en la Panamericana Norte, donde abordé
el primer vehículo hacia la ciudad de Huaraz. Tras viajar toda la noche, arribé
a la capital de Áncash a las 05:30 horas del día siguiente, transbordando de
inmediato a una combi hacia Caraz, adonde llegué a las 06:45 horas.
Al trasponer la puerta del
cuartel tras una caminata apresurada, la escena me dejó completamente
estupefacto. Lejos de un problema de almacenes, todo el personal militar se
encontraba ya aprestado a bordo de los viejos volquetes de la Municipalidad de
Caraz y del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. La subunidad permanecía
en "Alerta Azul", el estado de máxima disposición que ordenaba el
desplazamiento inmediato hacia la frontera para ocupar las posiciones asignadas
frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, bajo el mando de la 32ª División de
Infantería de Trujillo. Durante el 31 de julio y el 1 de agosto, las tropas
permanecimos embarcadas y listas para marchar, en una tensa espera que encendía
la ansiedad de todo el contingente. Finalmente, en la tarde del 2 de agosto, el
Centro de Comunicaciones recibió un radiograma criptografiado de carácter
"Oscar Papa" proveniente de la jefatura de división en Trujillo. El
mensaje ordenaba suspender el desplazamiento a la línea de frontera hasta nueva
orden. Con un profundo alivio mezclado con la adrenalina acumulada, procedimos
a descargar los pertrechos de guerra, las provisiones y los equipos, mientras
el personal de todos los grados guardaba sus bolsas de impedimenta y mochilas,
desactivando así el amago de una invasión inminente.
El 10 de agosto de 1998, el
abogado Jorge Jamil Mahuad Witt asumió la presidencia de Ecuador, cumpliendo el
anhelo de Alberto Fujimori de negociar directamente con un nuevo interlocutor
para alcanzar la paz. Ambos mandatarios implementaron una estrategia vertical
denominada "diplomacia presidencial", un controvertido mecanismo que
provocó la inmediata renuncia del ministro de Relaciones Exteriores del Perú,
Eduardo Ferrero Costa. Entre septiembre y octubre de 1998, Fujimori y Mahuad
sostuvieron reuniones bilaterales en diversos países; si bien los detalles
íntimos de aquellas citas quedaron en el campo de la especulación, los
resultados jurídicos no tardaron en materializarse. En Brasilia, Mahuad aceptó
finalmente la opinión técnica de los Países Garantes respecto a la demarcación
de la Cordillera del Cóndor, validando el Protocolo de Río de Janeiro de 1942.
Días después, el 5 de octubre en Washington, Fujimori accedió a una fórmula
para salvar el honor militar ecuatoriano: otorgar a perpetuidad un terreno de
un kilómetro cuadrado como propiedad privada, pero sin soberanía, en el área de
la "Falsa Tiwinza", lugar donde se ubicaba el cementerio de las
tropas de Ecuador. Conscientes de que esta salida encendería el debate público
y militar en ambas naciones, los presidentes solicitaron formalmente al
mandatario brasileño, Fernando Henrique Cardoso, y al presidente
estadounidense, Bill Clinton, que los Países Garantes presentaran dicha fórmula
como un arbitraje vinculante de "terceras partes", instando a los
congresos de Lima y Quito a ratificarlo de forma inapelable. Esta concesión se
materializaría meses después, el 11 de mayo de 1999, con la publicación de los
Decretos Supremos N.º 011 y 012-99-PCM; resoluciones consideradas
inconstitucionales por diversos juristas, mediante las cuales el Ejecutivo
peruano declaró de necesidad pública y autorizó la transferencia formal de
dicha propiedad en el distrito del Cenepa a favor del gobierno ecuatoriano.
El 26 de octubre de 1998 se
selló formalmente la paz definitiva con la firma del Acta de Brasilia. Para
legitimar el acuerdo, el gobierno de Fujimori declaró feriado nacional, dispuso
el abanderamiento obligatorio de las ciudades y ordenó la realización de
desfiles festivos en las plazas de armas de todo el país, movilizando a
colegios, instituciones públicas y comités de programas sociales como el
"Vaso de Leche". Sin embargo, las celebraciones civiles contrastaban
drásticamente con el profundo descontento y la indignación que se respiraba en
las instalaciones militares debido a la sesión de Tiwinza. Aquella mañana, en
el cuartel de Caraz, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112
decretó día libre para el contingente: los oficiales, técnicos y suboficiales
se replegaron a sus domicilios y el personal de tropa salió de paseo. Yo
permanecí en el cuartel cumpliendo mis funciones como Oficial de Guardia en la
puerta principal. Desde el puesto de prevención observaba en televisión las
transmisiones desde Brasilia con un profundo sentimiento de frustración,
mientras afuera las viviendas lucían la bandera nacional y la población se
congregaba en la plaza de armas local para festejar una paz que sacrificaba
territorio.
Alrededor de las 11:00 horas,
la tensa calma de la guardia se rompió con la llegada apresurada de Héctor
Crivilleros, subprefecto de la provincia de Huaylas. Exaltado, la autoridad
política increpó: “¿Dónde está el jefe de la Compañía? ¿Por qué el personal
militar no está en la plaza para iniciar la ceremonia?”. Le informé con
serenidad que el jefe se encontraba en la ciudad de Huaraz y que la tropa
gozaba de franco, permaneciendo únicamente el personal de servicio básico. La
respuesta exasperó aún más al funcionario oficialista, quien pretendió imponer
su jerarquía: “Yo soy el representante del gobierno y en este momento te
ordeno que organices una escolta y te presentes en la plaza de armas para
iniciar el desfile”. Ante su insistencia y su intento de trasponer la línea
de la puerta principal por la fuerza, cerré el paso con firmeza militar y le
ordené tajantemente que se retirara. Frente a su porfía, la indignación
contenida por los manejos de la cúpula política se desbordó en una frase
categórica: “Usted y su presidente traidor váyanse a la mierda y no me joda
más”. Obligado a replegarse, el subprefecto se retiró murmurando amenazas
de denuncias ante las instancias superiores, a lo que respondí con absoluta
indiferencia y honor: “Informa a quien quieras y retírese”. Quince
minutos después, los acordes de la banda de músicos marcaron el inicio del
desfile en la capital de Huaylas; un acto donde, de manera inusual y como mudo
testimonio de la digna resistencia de nuestra subunidad, ese día solo marcharon
los civiles.
Desde la cúspide del poder
político, los hilos de la crisis de agosto de 1998 se movían bajo una presión
asfixiante. El propio presidente Alberto Fujimori calificaría posteriormente
aquellos días como uno de los momentos más decisivos de su década de gobierno,
consciente de que los ejércitos de Perú y Ecuador se encontraban una vez más
frente a frente en la frontera, en una escalada que amenazaba con rebasar los
límites de la Cordillera del Cóndor. La gravedad de la situación quedó al
descubierto tras el retorno del canciller Eduardo Ferrero Costa de su último
intento por frenar las hostilidades. Desconcertado, el mandatario escuchó al
jefe de las relaciones internacionales admitir ante el Consejo de Defensa: “Presidente,
me arrepiento de haber propuesto una solución diplomática, los ecuatorianos nos
han traicionado. Ya no hay nada que hacer”. Con la diplomacia aparentemente
agotada, las Fuerzas Armadas peruanas completaron sus aprestos para ejecutar
una acción de fuerza inmediata orientada a desalojar las tropas infiltradas; un
movimiento táctico que sumiría inevitablemente a ambas naciones en una guerra
total. Sin embargo, en medio del inminente estallido, Fujimori apostó por un
último margen de maniobra temporal: a escasos días de que el abogado Jamil
Mahuad Witt asumiera la presidencia de Ecuador, intuyó que este nuevo
gobernante sería el interlocutor definitivo para alcanzar un entendimiento.
Bajo esa premisa, emitió una orden estricta de no iniciar ninguna medida de
fuerza hasta que el mandatario electo tomara posesión del cargo.
La transición política del 10
de agosto de 1998 destrabó el conflicto. Durante su discurso de investidura
ante el Congreso ecuatoriano, y frente a los dignatarios internacionales
concurrentes, Mahuad formuló un llamado abierto a buscar de manera conjunta el
camino definitivo hacia la paz. El gesto otorgó un respiro a la administración
peruana e inauguró la fase de "diplomacia presidencial", un canal de
comunicación directo entre ambos jefes de Estado que avanzó en la resolución de
los asuntos pendientes hasta encallar en el punto más espinoso: la delimitación
de la frontera. Para superar el entrampamiento sin romper la voluntad de
pacificación, ambos mandatarios tomaron la determinación de someter el trazo
final al arbitraje vinculante e inapelable de los Países Garantes. Previamente,
y tras un arduo debate político en Lima y Quito, los congresos de las dos
naciones aprobaron por amplia mayoría el compromiso de acatar el dictamen
técnico de los garantes antes de que este fuese siquiera redactado, sellando
así una apuesta histórica por la vía pacífica.
No obstante, esta alta arquitectura diplomática ignoraba el sentir y el pundonor militar que se custodiaba en las guarniciones. El 26 de octubre de 1998, mientras los presidentes rubricaban el Acta de Brasilia y el gobierno fujimorista decretaba el abanderamiento nacional en medio de festejos populares, las subunidades del Ejército masticaban la amargura de lo que consideraban una claudicación territorial. Fue en ese escenario de descontento generalizado donde las tensiones entre la clase política y los defensores de la frontera se hicieron tangibles en el cuartel de Caraz. El intento de instrumentalización por parte de las autoridades civiles del régimen, encarnadas en la figura del exasperado subprefecto provincial que pretendió forzar la participación de una escolta militar en las celebraciones de la plaza de armas, colisionó directamente con la dignidad del personal de guardia. El rechazo categórico a desfilar ante una paz que entregaba Tiwinza y la expulsión de la autoridad gubernamental del recinto militar no hicieron sino materializar la profunda fractura existente: aquel día, la firme resistencia de la guardia de prevención dejó los cuarteles en silencio, permitiendo que únicamente los civiles marcharan bajo los acordes de la banda.
martes, 2 de junio de 2026
LA PATRULLA "HUASCARÁN" : CASERÍO DE HUANAPAMPA TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 16 DE JULIO DE 1993
Huanapampa, Pataz: El retorno
de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993)
El reloj marcaba las 19:30
horas del 16 de julio de 1993 cuando los veintiún hombres de la patrulla
«Huascarán» divisaron a lo lejos, bajo la inmensa penumbra, la luz tenue de
algunos mecheros del caserío de Huanapampa. Atrás quedaban nueve días de caminata
ciega e interminable por el distrito de Ongón; días de mucho peligro ante un
inminente enfrentamiento contra las huestes subversivas del PCP-Sendero
Luminoso, marcados por el hambre, la lluvia y una frustración silenciosa que
les pesaba tanto como el armamento.
Horas antes, en el paraje
conocido como la Puerta del Monte, la fortuna les había dado la espalda. Una
columna de ciento veinte combatientes del Partido Comunista del Perú - Sendero
Luminoso, liderada por el implacable camarada «Gerardo», se les había escapado
entre los cerros. El clima andino jugaba a favor de la subversión: los
helicópteros de apoyo MI-8 jamás pudieron romper la muralla de neblina densa y
lluvia eterna que cubría el valle. Protegidos por esa mortaja gris, los
subversivos lograron huir de la selva hacia la sierra de Pataz por la ruta del
caserío de Pachacrahuay.
A las 15:10 horas, el
suboficial EP Miguel Pineda ordenó el repliegue definitivo desde la Puerta del
Monte. El cansancio mordía los huesos, pero los jóvenes y experimentados
hombres del Servicio Militar Obligatorio intentaban engañar a la fatiga con la
ilusión del regreso.
—Mi suboficial, hay fiesta en Huanapampa —le decían con los ojos brillando de
anticipación—. Ahí nos van a invitar comida en abundancia y harta chicha de
jora. Hay que avanzar como sea.
El camino no tenía piedad; era
una cuesta empinada que arañaba el cielo de la puna. A más de 4200 metros sobre
el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso exigía un tributo de sangre y
sudor. Aquel era un territorio reservado solo para los verdaderos hombres de
infantería. A mitad del ascenso, la patrulla descubrió trincheras de piedra
construidas por el enemigo. Como respuesta defensiva y advertencia, el
suboficial alzó su arma y disparó una granada de fusil Strin contra uno de los
parapetos; la explosión retumbó en la inmensidad del cerro, dejando un eco de
pólvora en el viento helado.
La subida se volvió un
calvario. Avanzaban quince o veinte metros y las piernas, extenuadas, se
quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no daba más. Con un
esfuerzo supremo y el orgullo militar como único motor, coronaron la cima: un
paraje desolado donde el frío calaba hasta el alma. Tras un breve descanso de
treinta minutos en la cumbre de la montaña, por donde existe desde hace siglos
un camino intermedio, iniciaron el descenso siguiendo el mismo sendero.
Al llegar a Huanapampa, el
ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las
autoridades y los comuneros salieron a su encuentro, mirándolos como si vieran
a un pelotón de fantasmas. En la zona se rumoreaba lo peor.
—¿Hay muertos en la patrulla? —preguntaban algunos curiosos entre murmullos.
De pronto, entre la multitud,
apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado al suboficial
Pineda que desistiera de marchar hacia Ongón. Al verlo con vida, la mujer
rompió en llanto, lo abrazó con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento
al Dios Todopoderoso. Segundos después, una joven estudiante de pedagogía
llegada de Tayabamba se abrió paso sollozando:
—Suboficial, todos comentaban que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo
vivo —dijo, estrechándolo en un abrazo genuino.
El pueblo entero se volcó a
atender a sus protectores. Las autoridades los condujeron al local comunal,
donde aquella promesa de los soldados se hizo realidad: platos rebosantes de
comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en mano. Para combatir
la gélida noche, los campesinos les entregaron frazadas de lana de oveja
tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional cama del hombre
andino rural.
Sin embargo, el peligro no
había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas,
el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de
guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una
pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca
de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de
evitar una sorpresa del PCP-Sendero Luminoso.
Aquella noche, el suboficial
Pineda acomodó dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo de tierra,
justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras conciliaba
el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación le amargaba el
pecho. Sabía que el hambre padecida durante esos diez días no era culpa de la
geografía, sino de los generales delincuentes que, en complicidad con el
comandante del Batallón Contrasubversivo N.° 323 de Huamachuco, se habían
robado a manos llenas los viáticos de los soldados que ponían el pecho en el
frente.
Treinta y tres años después, la pequeña iglesia de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo al suboficial; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».
lunes, 25 de mayo de 2026
LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE CRUDA DE RES "LA PUERTA DEL MONTE" PATAZ 1993
Testimonio de la patrulla
"Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz, julio de 1993
El sol de aquel viernes 16 de julio de 1993 no tenía piedad. Era un resplandor de fuego andino que caía a plomo sobre las espaldas de los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán". Llevaban el mismo uniforme, las botas gastadas y el alma en un hilo, persiguiendo a pie, desde el caserío de Utcubamba a las huellas frescas de una columna del PCP Sendero Luminoso. No era un enemigo cualquiera: eran ciento veinte combatientes de la fuerza principal procedente de la provincia de Tocache, región San Martín; un ejército guerrillero bajo el mando del camarada "Gerardo" que avanzaba hacia la zona andina de la provincia de Pataz con consignas de apología, adoctrinamiento, propaganda y aniquilamiento de autoridades del estado.
La distancia en la guerra no
se mide en kilómetros, sino en el hambre que se arrastra. La patrulla llevaba
nueve días flotando en un limbo de privaciones, desde el jueves 8 de julio.
Nueve días de marcha constante, durmiendo con el fusil al pecho y sobreviviendo
a base de tragos de agua y plátanos verdes arrancados a la prisa de las chacras
que bordeaban los caminos de Ongon.
A las trece y cuarenta y cinco
horas, tras quince kilómetros de una marcha forzada que calaba hasta los
huesos, el terreno cedió. Llegaron a la "Puerta del Monte", un paraje
desolado suspendido a 3365 metros sobre el nivel del mar. Aquel lugar era una
bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de selva; hacia adelante, la
helada puna.
Allí, donde el viento empezaba
a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan
Montes, un campesino ganadero de mirada esquiva y manos curtidas por el frío.
Al romper la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de la
patrulla "Huascarán", contuvo el aliento: sobre el suelo de tierra
descansaban dos piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado ovino que
aún goteaban sangre fresca.
—Jefe —habló el campesino Juan Montes con
voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del suboficial—. Ayer llegaron los
"compañeros" antes del mediodía. La mayoría se atrincheró en las
alturas de esos cerros, esperando emboscarlos a ustedes. Otros bajaron a la
pampa, fusilaron a dos de mis toros bravos y comieron harta carne hasta
saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del
helicóptero del Ejército. Hoy a las once de la mañana se quitaron con rumbo a
Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son como más de cien
hombres, jefe. Tienen leñadores y cargadores para sus medicinas.
El hombre hizo una pausa,
queriendo dar un aliento de paz que en esa cordillera no existía.
—No se preocupe, le doy mi
palabra de que ya están lejos. Eso sí, andan bien armados. Dicen que tienen
treinta licenciados del Ejército y dos sargentos reenganchados entre sus filas,
aunque andan con pocas municiones entre sus combatientes.
Pero en ese momento, a los
hombres de la patrulla "Huascarán" no les importaban los fusiles
enemigos. El hambre acumulada durante una semana era un monstruo más feroz que
cualquier columna subversiva. Olvidando el protocolo y la prudencia, los soldados
del Servicio Militar Obligatorio se abalanzaron sobre los restos de carne que
los terroristas del PCP Sendero Luminoso habían dejado abandonados esa misma
mañana.
En las inmediaciones de la
choza del campesino se convirtió en un escenario de supervivencia pura. Algunos
soldados improvisaron con las pequeñas ollas del campesino y con lo que tenían
a la mano para preparar un caldo de res; otros, más desesperados, filetearon
los trozos de res y los arrojaron directamente sobre las piedras calientes que
el sol de mediodía había convertido en planchas de cocina.
No hubo banquetes solemnes,
pero sí una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los
veintiún soldados compartieron los trozos con los perros de la patrulla:
«Cuto», «Cucurucha» y «Blanca», los tres animalitos que siempre nos acompañaban
en esos ajetreos sin descanso. Con las costillas marcadas por la caminata,
ellos también esperaban su ración. Comieron en silencio. Era un caldo de res casi
crudo, hervido apenas con un puñado de sal, y un asado que todavía chorreaba
sangre viva entre los dientes. A pesar de la crudeza del bocado, el estómago
lleno trajo una bendición momentánea. Por fin, después de una semana de agonía,
estaban satisfechos.
Sin embargo, la cordillera
andina no perdona los regalos del enemigo.
Pocas horas después, la patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó, obligándolos a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4000 metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura. Las entrañas de los soldados se convirtieron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos, transformando el ascenso a las alturas en un calvario donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.
LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE DE CHANCHO AGUSANADO EN TAYABAMBA PATAZ 1993
Testimonio de la patrulla
"Huascarán" — Tayabamba, Provincia de Pataz, el puchero de chancho
serrano agusanado
El calendario marcaba el lunes 1
de noviembre de 1993 cuando la patrulla "Huascarán", al mando del
suboficial EP Miguel Pineda, compuesta por veintiún hombres, emprendió el
regreso a pie. Atrás quedaba el distrito de Urpay, donde habían custodiado el
orden durante el referéndum constitucional convocado bajo el primer gobierno
del ingeniero Alberto Fujimori Fujimori. Por delante se extendían treinta y
cinco kilómetros de un terreno que no perdonaba: la geografía accidentada,
caprichosa y hostil de la sierra de la provincia de Pataz, en la región La
Libertad.
Los soldados muy experimentado en largas marchas en los andes, caminaban con el
peso de setenta y dos horas de un hambre severa que les vaciaba las entrañas.
Para colmo, la puna los recibió con una lluvia incesante que no dejó de
castigarlos en todo el día, calando sus uniformes y enfriando el ánimo. Al
alcanzar las altas cumbres que vigilan el distrito de Tayabamba y sus caseríos
circunvecinos, el jefe de la patrulla ordenó un descanso de media hora. Era un
respiro necesario antes de iniciar el descenso final por el único acceso
posible: la ruta sinuosa que bajaba directo hacia el cementerio del distrito.
En el ande peruano, las tres de
la tarde es una hora sagrada. Es el momento en que las campesinas de los
caseríos colocan sus ollas para preparar la cena. A esa hora, como una señal
inequívoca en el horizonte, el humo blanco comienza a brotar de los techos; un
humo claro si se cocina con leña seca, o un manto blanco oscuro y semioscuro si
la madera está húmeda. Son las costumbres del campesino de la sierra norte, muy
similares en Áncash, Cajamarca y La Libertad, donde la dieta cambia según el
capricho de las estaciones. En los meses de invierno, de febrero a mayo, se
sobrevive con abundante papa blanca sancochada con ají molido y huacatay, sopa
de papa e infusiones calientes de muña y huamanripa. En el verano serrano, la
mesa se llena con sopa de trigo, mazamorra de calabaza, mote, oca sancochada,
mazamorra de caya o de cebada y, en ocasiones especiales, el picante de cuy con
papas, el caldo de gallina, el de cordero o el puchero con jamón serrano.
A las diecisiete horas, tras una
hora de marcha cuesta abajo, la patrulla divisó un caserío de unas treinta
casas. El hambre aguzaba el ingenio y los soldados comentaban en voz baja que a
esa hora la cena ya debía estar lista. Consciente de la necesidad de sus
hombres, pero firme en la disciplina, el jefe de patrulla ya había coordinado
la estrategia de ingresar en parejas y antes de romper filas impartió la orden
reglamentaria:
—Van a ingresar a las casas en
parejas y van a pedir comida con mucho respeto, sin forzar a nadie.
Los soldados entraron a la
carrera y por sorpresa en las viviendas, que por tradición de los pobladores
del ande permanecen siempre sin puertas. Los humildes campesinos quedaron
atónitos al ver aparecer en sus cocinas a los uniformados hambrientos solicitando
alimento. El jefe de patrulla, por su parte, entró en una vivienda situada al
borde del camino. Allí, una pobladora permanecía sentada frente a sus ollas de
barro o allpa mancas, dando los últimos toques de sabor a la comida. El
militar le pidió algo de alimento, pero la mujer, con voz firme, se negó:
—Soldado, no te puedo invitar la
cena porque he cocinado para mis hijos, que esta noche llegarán desde la ciudad
de Lima.
El instinto de supervivencia, sin
embargo, nubló cualquier rastro de paciencia. Incapaz de contener la necesidad
o de comprender los argumentos de la señora, el suboficial dio un salto y
destapó las ollas una por una. En la olla de barro más grande hervía el famoso
puchero serrano, preparado con coliflor y jamón de chancho seccionado las dos
piernas. Ante la mirada atónita de la mujer, el hombre hundió las manos,
extrajo dos pedazos de carne —uno grande y otro mediano— y procedió a engullir
el primero para saciar la debilidad que lo hacía tambalear. Una vez atenuada la
falta de fuerzas con el primer trozo, miró a la pobladora y sentenció:
—Muchas gracias, señora. Me
retiro.
Salió y retomó el camino cuesta
abajo hacia el distrito de Tayabamba, llevando en la mano izquierda el pedazo
restante de jamón, que pesaba cerca de un kilo. Mientras caminaba, con la firme
intención de saborearlo, comenzó a deshilachar la fibra de la carne con los
dedos. Fue entonces cuando se dio con una gran sorpresa: la carne estaba
plagada de una gran cantidad de gusanos entre el tejido.
A pocos metros, los soldados de
la tropa lo observaban con envidia y exclamaron:
—Jefe de patrulla, ¿qué buen
pedazo de jamón le ha tocado?
Sin mencionarles jamás el
hallazgo, el jefe le regaló la carne a uno de los soldados. En un par de
segundos, los elementos de la tropa SMO se repartieron los pedazos y devoraron
la carne agusanada del chancho serrano con una voracidad salvaje. En diversas
zonas de la sierra, los campesinos consumen habitualmente el jamón agusanado
bajo la firme creencia de que el gusano es parte de la misma carne, no causa
ningún daño y, por el contrario, le añade un mayor sabor. Para los hombres de la
patrulla "Huascarán", aquella carne viva fue simplemente el
combustible necesario para coronar la jornada.
viernes, 22 de mayo de 2026
LA PATRULLA "HUASCARÁN" LOS CENTINELAS DE LA NIEBLA EN LOS ANDES DEL DEPARTEMNTO DE LA LIBERTAD
La patrulla “Huascarán” Los
centinelas de la niebla en los andes del departamento de La Libertad
El valor no se mide en el
estruendo de los fusiles, sino en el silencio con que se aguanta el frío cuando
el cuerpo ya no puede más. Entre los años de 1992 y 1993, los veintiún hombres
de la patrulla "Huascarán" al mando del suboficial EP igual Pineda aprendieron
que el verdadero enemigo no siempre vestía trapos oscuros ni cargaba consignas
de muerte. A veces, el adversario era la misma dureza de la naturaleza andina, el
viento sopla con furia a más de 4200 metros sobre el nivel del mar, en los
dominios del distrito de Quiruvilca. Allí arriba, donde el aire escasea y los
cerros hablan, el soldado andaba harapiento bajo las nubes pesadas, arrastrando
los pies, pero llevando en el pecho un orgullo limpio y una moral que no se
doblegaba ante la puna de Santiago de Chuco y la provincia de Sánchez Carrión.
El hambre ya era un viejo
conocido, como siempre el perro “cuto” caminaba al lado de la tropa. Mientras
los hombres avanzaban entre los roquedales grises, esquivando las piedras
filudas, el pensamiento volaba lejos, cruzando las cordilleras para buscar el
recuerdo de la madre, de la esposa, de los hijos que se habían quedado allá
abajo, muy lejos del alcance de los brazos. Al caer la tarde, cuando el sol se
escondía con un brillo desolado, la madre naturaleza les extendía una mano de
color verdusco en los campos de Quesquenda. Era una soledad inmensa la que
acompañaba la carretera, donde solo el ichu se mecía con el viento, custodiando
el camino que unía a Quiruvilca con Huamachuco, entre los parajes sagrados y
temidos de la Laguna "El Toro", Quesquenda y los gigantes de piedra
conocidos como los Frailones.
Del miércoles 8 al domingo 12
de septiembre de 1993, la patrulla pareció volverse parte de la misma niebla.
Durante cinco días eternos permanecieron en las alturas, siempre en movimiento,
como almas en pena que no debían detenerse. Su misión era sagrada para los
pueblos: patrullar de día y de noche para que los buses de pasajeros, los
camiones cargados de papa y todo viajero de la carretera pudieran cruzar en
paz, libres del fantasma del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, que
acechaba el ande liberteño con la sombra del terror. Por esos días, el cielo se
cerró con rabia y la lluvia se desató con una fuerza salvaje. La nevada y la
neblina espesa envolvieron las cumbres, tragándose por completo la silueta del
imponente cerro Huaylillas y las laderas del cerro Cuyulga, dejando a los
hombres a merced de la penumbra.
A las veinte horas del domingo
12 de septiembre, con la noche encima y el frío congelando la sangre, se dio la
orden de iniciar el repliegue a pie desde las alturas de la Laguna
"El Toro". El destino era el distrito de Huamachuco, donde aguardaba
el Batallón Contrasubversivo N° 323 en el sector La Cuchilla. Sabían que les
tocaba marchar la distancia de 38 kilómetros (treinta y ocho kilómetros) de distancia de subidas
y bajadas.
En el mundo de arriba, la oscuridad de la noche es como una manta pesada que te teje el cerro alrededor; te oculta de los ojos del enemigo, sí, pero jamás te salva de sus balas si te descubren. Caminar en esa negrura era andar a ciegas por senderos sinuosos que entraban y salían como serpientes entre los roquedales antiguos. En medio de ese silencio sepulcral, con los oídos atentos al menor crujido de la paja y el corazón latiendo con fuerza en la garganta, cada soldado avanzaba con el dedo pegado al guardamonte del fusil FAL. Sabían muy bien que, en esas soledades, ante un encuentro inopinado o una emboscada nacida de la nada, no habría tiempo para palabras: solo el trueno del acero decidiría quién de los veintiuno volvería a ver el sol del amanecer.





