miércoles, 10 de junio de 2026

DESPLIEGUE DE TROPAS EN EL SECTOR CHIRINOS SUYO PIURA TENSIÓN EN LA FRONTERA NORTE DEL PERÚ 1997

En 1997, el Perú era gobernado por el ingeniero Alberto Kenya Fujimori en un contexto de profunda incertidumbre geopolítica. Dos años antes, el 17 de febrero de 1995, se había firmado la Declaración de Paz de Itamaraty en la ciudad de Brasilia. Este documento se suscribió en presencia de los representantes de Argentina, Brasil, Chile y los Estados Unidos de América, en su condición de países garantes del Protocolo de Río de Janeiro del 29 de enero de 1942. A pesar de que dicho acuerdo se consolidó mientras las tropas de ambos países aún sostenían cruentos combates en el valle del Alto Cenepa, el paso del tiempo no había frenado las intenciones del gobierno de Ecuador de buscar una salida soberana hacia el río Amazonas. Por el contrario, la situación para ambos gobernantes se tornaba cada vez más difícil de manejar, dejando a las armas y a la guerra total como la única alternativa viable.

Ante la inminencia del conflicto, los entrenamientos se intensificaron para el personal de la 32ª División de Infantería, con sede en el cuartel "Ramón Zavala" de la ciudad de Trujillo. Fue así como el 21 de diciembre de 1997, por tercera vez en medio de la emergencia, un convoy militar partió desde aquellas instalaciones. En esa oportunidad, me desplacé junto al personal de la compañía de comunicaciones en una época marcada por el inicio de las lluvias y una densa humedad. Tras una dura jornada en la que tuvimos que cruzar un río empujando los vehículos, logramos ocupar nuevamente la llanura boscosa de la región de Chirinos, en el distrito de Suyo, departamento de Piura, justo al frente de la ciudad ecuatoriana de Macará.

Mientras las tropas permanecíamos desplegadas en el terreno, los diplomáticos de Perú y Ecuador intensificaban sus labores para lograr la ejecución definitiva del Protocolo de Río de Janeiro y el fallo arbitral de Braz Dias de Aguiar. Estos instrumentos jurídicos ratificaban al Perú la posesión total de todo el valle del Cenepa —un territorio que hasta entonces estaba delimitado pero no demarcado—, incluyendo la cota 1061, conocida como la falsa Tiwinza. Asimismo, se buscaba trazar la línea fronteriza en los 78 kilómetros pendientes comprendidos entre los hitos Cunhime Sur, 20 de Noviembre, Cusumaza Bumbuiza y Yaupi Santiago. No obstante, alegando razones de dignidad nacional, Ecuador condicionaba las negociaciones exigiendo la entrega de la falsa Tiwinza como parte de su territorio, aduciendo que allí descansaban sus muertos, que sus soldados habían resistido en ese lugar hasta la llegada de la misión de observadores militares de los países garantes y que jamás se habían rendido. Esta petición fue rechazada reiteradamente por el gobierno peruano, prolongando por más de dos años y medio unas intensas y estériles negociaciones diplomáticas que no lograban colmar las expectativas de ninguna de las dos naciones.

El sector de responsabilidad de la 32ª División de Infantería, con sede en la ciudad de Trujillo, comprendía los hitos Chiqueros y Gramalotal; un área extensa y accidentada donde realizamos minuciosos reconocimientos a pie. En la llanura de la región de Chirinos, el personal de comunicaciones nos desplegamos para tender cables de campaña WD-1/TT. Este cableado estructuró la red telefónica alterna, un elemento táctico indispensable para garantizar los enlaces durante el estacionamiento y el relevo de posiciones de las unidades de maniobra y de apoyo de combate. Asimismo, en la posición estratégica del cerro Chivato, instalamos estaciones de radio relay equipadas con sistemas IRA. Fue en ese exigente escenario donde probamos por primera vez en el campo el moderno sistema de comunicaciones asignado a las unidades de combate: el radio VHF-FM/PRC-730 V (S) CNR 900. Este equipo transmisor-receptor portátil de mochila operaba en muy alta frecuencia (VHF), ofreciendo 2320 canales de radiofrecuencia con una separación de 25 kHz en una gama de 30.00 a 87.975 MHz, lo que representaba un salto tecnológico crucial para la seguridad de nuestras transmisiones.

Mientras los diplomáticos de ambos países agotaban las vías políticas, principalmente a lo largo de 1997 y parte de 1998, las brigadas de la Región Militar del Norte intensificaron el entrenamiento en sus respectivas áreas de operaciones. Los batallones de infantería, grupos de artillería del entonces 32ª Brigada de Infantería ejecutaron un riguroso completamiento de cuadros, intensas prácticas de tiro y una revisión minuciosa de los planes de operaciones vigentes. Como parte de esta preparación disuasiva, realizamos patrullajes y reconocimientos a pie directamente sobre la línea de frontera, cubriendo sectores críticos como el centro poblado de La Tina, bajo la jurisdicción del distrito de Suyo, y la provincia de Ayabaca, región Piura

En el distrito de Suyo, perteneciente a la provincia de Ayabaca, Piura, se consolidó nuestro teatro de operaciones. Entre los sectores de Cachaco, Cachaquito, el cerro Chivato y la llanura boscosa de la región de Chirinos, el personal de reconocimiento, comunicaciones, artillería y morteros entrenamos intensamente en el mismo terreno. Estas localidades peruanas se sitúan estratégicamente frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, cuyo aeropuerto, el José María Velasco Ibarra, constituía nuestra meta principal de conquista en caso de iniciarse el conflicto. Para alcanzar este objetivo, el contingente de diversos batallones se sometió a un riguroso adiestramiento en una calurosa zona tropical. La instrucción abarcó desde el manejo analítico del fusil de dotación individual hasta el dominio de medios alámbricos —como el teléfono de campaña TA-312/PT y la central telefónica de doce abonados SB-22/PT— y sistemas inalámbricos en frecuencias VHF (muy alta frecuencia) y HF (alta frecuencia). Asimismo, perfeccionamos el tiro indirecto con morteros de 80 y 120 milímetros, posicionando al Observador Adelantado (OA) en la cima del cerro Chivato, y ejecutamos prácticas con ametralladoras, lanzacohetes RPG y los sistemas de armas más sofisticados de la época. En este proceso de adaptación, comprendimos que el éxito en el combate dependía de la resistencia física, el valor y la inteligencia de los combatientes; factores decisivos en la guerra moderna.

El esfuerzo logístico fue extremo: durante una semana completa marchamos por los cerros tendiendo el cable de campaña WD-1/TT. En misiones de reconocimiento, patrullamos varios kilómetros por las riberas del caudaloso y turbulento río Calvas, desplazándonos río abajo y río arriba en las inmediaciones del Puente Internacional que separa a ambas naciones. Durante estas incursiones, constatamos que en las faldas de los cerros que circundan la ciudad de Macará, las tropas ecuatorianas habían construido complejas líneas defensivas compuestas por trincheras y casamatas de concreto y ladrillo. Estas fortificaciones estaban dispuestas de forma escalonada para albergar a fusileros, sirvientes de armas colectivas y francotiradores, permaneciendo meticulosamente camufladas por la densa vegetación de la zona.

Hacia el mes de julio de 1998, la crisis alcanzó su punto de máximo retorno cuando se detectó que las tropas ecuatorianas se habían instalado nuevamente en diversos sectores del valle del Cenepa, en la región Amazonas. Con las negociaciones diplomáticas completamente estancadas, el escenario se redujo drásticamente a dos opciones: alcanzar una salida pacífica forzada o desatar una guerra a gran escala por todos los frentes. En este contexto de alta tensión, y como una primera medida orientada a desestabilizar el frente interno de Ecuador, el Servicio de Inteligencia del Perú llegó a planificar operaciones asimétricas extremas, incluyendo la ejecución de atentados con coches bomba en la ciudad de Quito, la capital ecuatoriana. Esta estrategia de guerra psicológica complementaba los planes de un ataque masivo y abierto, para el cual se habían analizado minuciosamente todas las capacidades y vulnerabilidades militares del adversario.

A la par de estos movimientos estratégicos, la vida diaria en los cuarteles reflejaba la excepcionalidad del momento. Entre 1997 y 1998, el pago de las remuneraciones a los oficiales, técnicos, suboficiales y personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio se realizaba en efectivo a través de las tesorerías de los batallones y subunidades. En medio de las planillas de pago y las boletas, comenzaron a distribuirse afiches oficiales firmados de puño y letra por el general de ejército y jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Nicolás de Bari Hermoza Ríos. Las proclamas contenían un mensaje tajante: "Ecuador no quiere firmar la paz, tenemos que actuar con decisión y valor atacándolos por todos los frentes hasta la victoria final, confío en ustedes". Sin embargo, esta consigna de ofensiva total colisionaba con los movimientos de la diplomacia. Ante la creciente sospecha de que el presidente Alberto Fujimori pretendía ceder territorio en Tiwinza con tal de asegurar el tratado, en las filas militares circulaban fuertes rumores de resistencia interna; la postura institucional del Ejército era clara en no ceder un solo centímetro de soberanía. Esta coyuntura dejó en evidencia los profundos desacuerdos y la fractura táctica que existía entre la clase política de turno y los altos mandos de las Fuerzas Armadas, quienes veían con desconfianza las concesiones en la mesa de negociaciones tras el esfuerzo desplegado en el terreno.

Al concluir la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995, el gobierno peruano concretó la adquisición a Bielorrusia de veintiún aviones de combate MiG-29 y dieciocho Sukhoi Su-25. Se trataba de material de segunda mano, cuyas deficientes condiciones técnicas generaron un profundo malestar en la Fuerza Aérea del Perú, debido a la alarmante falta de repuestos y de soporte técnico oficial por parte del fabricante. Las sospechas sobre este millonario desembolso de 536.6 millones de dólares se confirmaron trágicamente el 2 de diciembre de 1997, cuando un caza MiG-29 se precipitó a tierra en Chiclayo durante un vuelo de entrenamiento. Este accidente desveló que las aeronaves, presentadas meses antes con una espectacular campaña publicitaria, operaban en un estado deplorable y rayano en la chatarra. El valor real de la flota apenas alcanzaba los 132.2 millones de dólares, lo que evidenció una gigantesca sobrevaloración destinada al pago de comisiones ilegales. Investigaciones posteriores determinaron que esta red de corrupción benefició directamente a Vladimiro Montesinos Torres y al presidente Alberto Fujimori con sobornos individuales que superaron los 50 millones de dólares para cada uno, repartiéndose el resto del botín entre otros cómplices de la cúpula gubernamental.

La búsqueda de justicia frente a este oscuro negociado que puso en riesgo la soberanía nacional se prolongó por cerca de veinticinco años, alcanzando su sentencia definitiva en el año 2021. Para entonces, tanto Fujimori como Montesinos ya se encontraban purgando condenas de veinticinco años de prisión por graves delitos de corrupción y violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, el dictamen final generó una profunda indignación: a los demás coautores e implicados en la millonaria estafa se les impuso una pena de apenas cuatro años de privación de la libertad. De esta manera, la organización criminal logró retener e impunemente licuar aproximadamente el 66% del dinero total desembolsado por el Estado peruano, distribuyendo esa colosal fortuna entre utilidades ilícitas y el pago de dádivas.

Frente a las graves deficiencias de la flota aérea, el gobierno se vio obligado a repotenciar los aviones de origen francés Mirage 2000, así como los ya obsoletos cazabombarderos soviéticos Sukhoi Su-22, entre otras aeronaves. En lo que respecta al Ejército, la administración de Fujimori no adquirió material bélico de última generación ni sistemas modernos de comunicaciones de campaña para ejecutar la proyectada invasión a Ecuador. En su lugar, la estrategia se limitó a un masivo redespliegue logístico internos: desde la Región Militar del Sur, específicamente de Arequipa y Moquegua, se movilizaron los batallones de blindados con sus antiguos tanques rusos T-55, arrastrando consigo también a batallones de artillería e infantería del centro y sur del país. De este modo, cerca del 80% del material bélico destinado a la línea de fuego correspondía a adquisiciones realizadas durante el gobierno institucional del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970. En las trincheras, los fusileros dependíamos de nuestros viejos fusiles FAL, ametralladoras Uzi y ametralladoras MAG de los modelos 1958 y 1969; armamento que, en su gran mayoría, solo había sido repotenciado.

Esta falta de inversión derivó en un desorden y una improvisación absoluta en el frente logístico. Los batallones de combate carecían de camiones de apoyo orgánicos para trasladar al personal y los pertrechos hacia la frontera. El uso de vehículos civiles —como los volquetes requisados a las municipalidades y al Ministerio de Transportes— desató un grave conflicto técnico para las transmisiones: estos camiones operaban con baterías de 12 voltios de corriente continua (VDC), mientras que los equipos de radio vehiculares de VHF y HF del Ejército requerían estrictamente una alimentación de 24 VDC. Esta incompatibilidad impidió la instalación del soporte de comunicaciones en el transporte civil, quebrando la cadena de mando móvil. Pese a este caos organizativo, la moral del soldado peruano se mantuvo incólume; permanecíamos completamente mentalizados en la captura de la ciudad ecuatoriana de Macará, con la consigna táctica de asaltar sus entidades financieras y confiscar sus vehículos para sostener la marcha. No obstante, los planes de contingencia diseñados por las secciones de instrucción (S-3) demostraron ser inviables en la práctica: el plan de requisición de transporte privado fracasó rotundamente en zonas como Caraz, donde las empresas se negaron de forma tajante a entregar sus unidades y chóferes para el esfuerzo bélico.

El 30 de julio de 1998, tras participar en los desfiles por Fiestas Patrias, inicié un periodo de vacaciones por quince días con destino a la ciudad de Lima. Sin embargo, esa misma tarde, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, con sede en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, se comunicó telefónicamente con mis familiares en la capital para disponer mi retorno inmediato a la subunidad. Al llegar al domicilio e informarme de la urgencia, me comuniqué de inmediato con el despacho del Mayor EP Carlos Romero, quien de forma tajante ordenó: "Suboficial Pineda, por los medios más rápidos tiene que retornar a esta. Mañana pasa lista a las 06:00 horas, ¿comprendido?". Tras confirmar la orden, colgué la llamada sumida en la incertidumbre. Debido a la escasez de oficiales en aquella época, yo desempeñaba las funciones de Oficial de Logística (S-4), custodiaba los almacenes de repuestos de maquinaria pesada y de armamento, y además ejercía como jefe del Centro de Comunicaciones. Ante tales responsabilidades, supuse que se trataba de alguna pérdida en las instalaciones o del extravío de las llaves por parte de los sargentos que trabajaba con el suscrito. Cavilando sobre estos escenarios, me despedí presurosamente de mi familia y me dirigí al paradero informal de autobuses de Fiori, en la Panamericana Norte, donde abordé el primer vehículo hacia la ciudad de Huaraz. Tras viajar toda la noche, arribé a la capital de Áncash a las 05:30 horas del día siguiente, transbordando de inmediato a una combi hacia Caraz, adonde llegué a las 06:45 horas.

Al trasponer la puerta del cuartel tras una caminata apresurada, la escena me dejó completamente estupefacto. Lejos de un problema de almacenes, todo el personal militar se encontraba ya aprestado a bordo de los viejos volquetes de la Municipalidad de Caraz y del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. La subunidad permanecía en "Alerta Azul", el estado de máxima disposición que ordenaba el desplazamiento inmediato hacia la frontera para ocupar las posiciones asignadas frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, bajo el mando de la 32ª División de Infantería de Trujillo. Durante el 31 de julio y el 1 de agosto, las tropas permanecimos embarcadas y listas para marchar, en una tensa espera que encendía la ansiedad de todo el contingente. Finalmente, en la tarde del 2 de agosto, el Centro de Comunicaciones recibió un radiograma criptografiado de carácter "Oscar Papa" proveniente de la jefatura de división en Trujillo. El mensaje ordenaba suspender el desplazamiento a la línea de frontera hasta nueva orden. Con un profundo alivio mezclado con la adrenalina acumulada, procedimos a descargar los pertrechos de guerra, las provisiones y los equipos, mientras el personal de todos los grados guardaba sus bolsas de impedimenta y mochilas, desactivando así el amago de una invasión inminente.

El 10 de agosto de 1998, el abogado Jorge Jamil Mahuad Witt asumió la presidencia de Ecuador, cumpliendo el anhelo de Alberto Fujimori de negociar directamente con un nuevo interlocutor para alcanzar la paz. Ambos mandatarios implementaron una estrategia vertical denominada "diplomacia presidencial", un controvertido mecanismo que provocó la inmediata renuncia del ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Eduardo Ferrero Costa. Entre septiembre y octubre de 1998, Fujimori y Mahuad sostuvieron reuniones bilaterales en diversos países; si bien los detalles íntimos de aquellas citas quedaron en el campo de la especulación, los resultados jurídicos no tardaron en materializarse. En Brasilia, Mahuad aceptó finalmente la opinión técnica de los Países Garantes respecto a la demarcación de la Cordillera del Cóndor, validando el Protocolo de Río de Janeiro de 1942. Días después, el 5 de octubre en Washington, Fujimori accedió a una fórmula para salvar el honor militar ecuatoriano: otorgar a perpetuidad un terreno de un kilómetro cuadrado como propiedad privada, pero sin soberanía, en el área de la "Falsa Tiwinza", lugar donde se ubicaba el cementerio de las tropas de Ecuador. Conscientes de que esta salida encendería el debate público y militar en ambas naciones, los presidentes solicitaron formalmente al mandatario brasileño, Fernando Henrique Cardoso, y al presidente estadounidense, Bill Clinton, que los Países Garantes presentaran dicha fórmula como un arbitraje vinculante de "terceras partes", instando a los congresos de Lima y Quito a ratificarlo de forma inapelable. Esta concesión se materializaría meses después, el 11 de mayo de 1999, con la publicación de los Decretos Supremos N.º 011 y 012-99-PCM; resoluciones consideradas inconstitucionales por diversos juristas, mediante las cuales el Ejecutivo peruano declaró de necesidad pública y autorizó la transferencia formal de dicha propiedad en el distrito del Cenepa a favor del gobierno ecuatoriano.

El 26 de octubre de 1998 se selló formalmente la paz definitiva con la firma del Acta de Brasilia. Para legitimar el acuerdo, el gobierno de Fujimori declaró feriado nacional, dispuso el abanderamiento obligatorio de las ciudades y ordenó la realización de desfiles festivos en las plazas de armas de todo el país, movilizando a colegios, instituciones públicas y comités de programas sociales como el "Vaso de Leche". Sin embargo, las celebraciones civiles contrastaban drásticamente con el profundo descontento y la indignación que se respiraba en las instalaciones militares debido a la sesión de Tiwinza. Aquella mañana, en el cuartel de Caraz, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112 decretó día libre para el contingente: los oficiales, técnicos y suboficiales se replegaron a sus domicilios y el personal de tropa salió de paseo. Yo permanecí en el cuartel cumpliendo mis funciones como Oficial de Guardia en la puerta principal. Desde el puesto de prevención observaba en televisión las transmisiones desde Brasilia con un profundo sentimiento de frustración, mientras afuera las viviendas lucían la bandera nacional y la población se congregaba en la plaza de armas local para festejar una paz que sacrificaba territorio.

Alrededor de las 11:00 horas, la tensa calma de la guardia se rompió con la llegada apresurada de Héctor Crivilleros, subprefecto de la provincia de Huaylas. Exaltado, la autoridad política increpó: “¿Dónde está el jefe de la Compañía? ¿Por qué el personal militar no está en la plaza para iniciar la ceremonia?”. Le informé con serenidad que el jefe se encontraba en la ciudad de Huaraz y que la tropa gozaba de franco, permaneciendo únicamente el personal de servicio básico. La respuesta exasperó aún más al funcionario oficialista, quien pretendió imponer su jerarquía: “Yo soy el representante del gobierno y en este momento te ordeno que organices una escolta y te presentes en la plaza de armas para iniciar el desfile”. Ante su insistencia y su intento de trasponer la línea de la puerta principal por la fuerza, cerré el paso con firmeza militar y le ordené tajantemente que se retirara. Frente a su porfía, la indignación contenida por los manejos de la cúpula política se desbordó en una frase categórica: “Usted y su presidente traidor váyanse a la mierda y no me joda más”. Obligado a replegarse, el subprefecto se retiró murmurando amenazas de denuncias ante las instancias superiores, a lo que respondí con absoluta indiferencia y honor: “Informa a quien quieras y retírese”. Quince minutos después, los acordes de la banda de músicos marcaron el inicio del desfile en la capital de Huaylas; un acto donde, de manera inusual y como mudo testimonio de la digna resistencia de nuestra subunidad, ese día solo marcharon los civiles.

Desde la cúspide del poder político, los hilos de la crisis de agosto de 1998 se movían bajo una presión asfixiante. El propio presidente Alberto Fujimori calificaría posteriormente aquellos días como uno de los momentos más decisivos de su década de gobierno, consciente de que los ejércitos de Perú y Ecuador se encontraban una vez más frente a frente en la frontera, en una escalada que amenazaba con rebasar los límites de la Cordillera del Cóndor. La gravedad de la situación quedó al descubierto tras el retorno del canciller Eduardo Ferrero Costa de su último intento por frenar las hostilidades. Desconcertado, el mandatario escuchó al jefe de las relaciones internacionales admitir ante el Consejo de Defensa: “Presidente, me arrepiento de haber propuesto una solución diplomática, los ecuatorianos nos han traicionado. Ya no hay nada que hacer”. Con la diplomacia aparentemente agotada, las Fuerzas Armadas peruanas completaron sus aprestos para ejecutar una acción de fuerza inmediata orientada a desalojar las tropas infiltradas; un movimiento táctico que sumiría inevitablemente a ambas naciones en una guerra total. Sin embargo, en medio del inminente estallido, Fujimori apostó por un último margen de maniobra temporal: a escasos días de que el abogado Jamil Mahuad Witt asumiera la presidencia de Ecuador, intuyó que este nuevo gobernante sería el interlocutor definitivo para alcanzar un entendimiento. Bajo esa premisa, emitió una orden estricta de no iniciar ninguna medida de fuerza hasta que el mandatario electo tomara posesión del cargo.

La transición política del 10 de agosto de 1998 destrabó el conflicto. Durante su discurso de investidura ante el Congreso ecuatoriano, y frente a los dignatarios internacionales concurrentes, Mahuad formuló un llamado abierto a buscar de manera conjunta el camino definitivo hacia la paz. El gesto otorgó un respiro a la administración peruana e inauguró la fase de "diplomacia presidencial", un canal de comunicación directo entre ambos jefes de Estado que avanzó en la resolución de los asuntos pendientes hasta encallar en el punto más espinoso: la delimitación de la frontera. Para superar el entrampamiento sin romper la voluntad de pacificación, ambos mandatarios tomaron la determinación de someter el trazo final al arbitraje vinculante e inapelable de los Países Garantes. Previamente, y tras un arduo debate político en Lima y Quito, los congresos de las dos naciones aprobaron por amplia mayoría el compromiso de acatar el dictamen técnico de los garantes antes de que este fuese siquiera redactado, sellando así una apuesta histórica por la vía pacífica.

No obstante, esta alta arquitectura diplomática ignoraba el sentir y el pundonor militar que se custodiaba en las guarniciones. El 26 de octubre de 1998, mientras los presidentes rubricaban el Acta de Brasilia y el gobierno fujimorista decretaba el abanderamiento nacional en medio de festejos populares, las subunidades del Ejército masticaban la amargura de lo que consideraban una claudicación territorial. Fue en ese escenario de descontento generalizado donde las tensiones entre la clase política y los defensores de la frontera se hicieron tangibles en el cuartel de Caraz. El intento de instrumentalización por parte de las autoridades civiles del régimen, encarnadas en la figura del exasperado subprefecto provincial que pretendió forzar la participación de una escolta militar en las celebraciones de la plaza de armas, colisionó directamente con la dignidad del personal de guardia. El rechazo categórico a desfilar ante una paz que entregaba Tiwinza y la expulsión de la autoridad gubernamental del recinto militar no hicieron sino materializar la profunda fractura existente: aquel día, la firme resistencia de la guardia de prevención dejó los cuarteles en silencio, permitiendo que únicamente los civiles marcharan bajo los acordes de la banda.

martes, 2 de junio de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" : CASERÍO DE HUANAPAMPA TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 16 DE JULIO DE 1993

Huanapampa, Pataz: El retorno de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993)

El reloj marcaba las 19:30 horas del 16 de julio de 1993 cuando los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán» divisaron a lo lejos, bajo la inmensa penumbra, la luz tenue de algunos mecheros del caserío de Huanapampa. Atrás quedaban nueve días de caminata ciega e interminable por el distrito de Ongón; días de mucho peligro ante un inminente enfrentamiento contra las huestes subversivas del PCP-Sendero Luminoso, marcados por el hambre, la lluvia y una frustración silenciosa que les pesaba tanto como el armamento.

Horas antes, en el paraje conocido como la Puerta del Monte, la fortuna les había dado la espalda. Una columna de ciento veinte combatientes del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, liderada por el implacable camarada «Gerardo», se les había escapado entre los cerros. El clima andino jugaba a favor de la subversión: los helicópteros de apoyo MI-8 jamás pudieron romper la muralla de neblina densa y lluvia eterna que cubría el valle. Protegidos por esa mortaja gris, los subversivos lograron huir de la selva hacia la sierra de Pataz por la ruta del caserío de Pachacrahuay.

A las 15:10 horas, el suboficial EP Miguel Pineda ordenó el repliegue definitivo desde la Puerta del Monte. El cansancio mordía los huesos, pero los jóvenes y experimentados hombres del Servicio Militar Obligatorio intentaban engañar a la fatiga con la ilusión del regreso.
—Mi suboficial, hay fiesta en Huanapampa —le decían con los ojos brillando de anticipación—. Ahí nos van a invitar comida en abundancia y harta chicha de jora. Hay que avanzar como sea.

El camino no tenía piedad; era una cuesta empinada que arañaba el cielo de la puna. A más de 4200 metros sobre el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso exigía un tributo de sangre y sudor. Aquel era un territorio reservado solo para los verdaderos hombres de infantería. A mitad del ascenso, la patrulla descubrió trincheras de piedra construidas por el enemigo. Como respuesta defensiva y advertencia, el suboficial alzó su arma y disparó una granada de fusil Strin contra uno de los parapetos; la explosión retumbó en la inmensidad del cerro, dejando un eco de pólvora en el viento helado.

La subida se volvió un calvario. Avanzaban quince o veinte metros y las piernas, extenuadas, se quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no daba más. Con un esfuerzo supremo y el orgullo militar como único motor, coronaron la cima: un paraje desolado donde el frío calaba hasta el alma. Tras un breve descanso de treinta minutos en la cumbre de la montaña, por donde existe desde hace siglos un camino intermedio, iniciaron el descenso siguiendo el mismo sendero.

Al llegar a Huanapampa, el ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las autoridades y los comuneros salieron a su encuentro, mirándolos como si vieran a un pelotón de fantasmas. En la zona se rumoreaba lo peor.
—¿Hay muertos en la patrulla? —preguntaban algunos curiosos entre murmullos.

De pronto, entre la multitud, apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado al suboficial Pineda que desistiera de marchar hacia Ongón. Al verlo con vida, la mujer rompió en llanto, lo abrazó con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento al Dios Todopoderoso. Segundos después, una joven estudiante de pedagogía llegada de Tayabamba se abrió paso sollozando:
—Suboficial, todos comentaban que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo vivo —dijo, estrechándolo en un abrazo genuino.

El pueblo entero se volcó a atender a sus protectores. Las autoridades los condujeron al local comunal, donde aquella promesa de los soldados se hizo realidad: platos rebosantes de comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en mano. Para combatir la gélida noche, los campesinos les entregaron frazadas de lana de oveja tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional cama del hombre andino rural.

Sin embargo, el peligro no había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas, el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de evitar una sorpresa del PCP-Sendero Luminoso.

Aquella noche, el suboficial Pineda acomodó dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo de tierra, justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras conciliaba el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación le amargaba el pecho. Sabía que el hambre padecida durante esos diez días no era culpa de la geografía, sino de los generales delincuentes que, en complicidad con el comandante del Batallón Contrasubversivo N.° 323 de Huamachuco, se habían robado a manos llenas los viáticos de los soldados que ponían el pecho en el frente.

Treinta y tres años después, la pequeña iglesia de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo al suboficial; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».

lunes, 25 de mayo de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE CRUDA DE RES "LA PUERTA DEL MONTE" PATAZ 1993

Testimonio de la patrulla "Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz, julio de 1993

El sol de aquel viernes 16 de julio de 1993 no tenía piedad. Era un resplandor de fuego andino que caía a plomo sobre las espaldas de los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán". Llevaban las botas gastadas y el alma en un hilo, persiguiendo a pie, desde el caserío de Utcubamba a las huellas frescas de una columna del PCP Sendero Luminoso. No era un enemigo cualquiera: eran ciento veinte combatientes de la fuerza principal procedente de la provincia de Tocache, región San Martín; un ejército guerrillero bajo el mando del camarada "Gerardo" que avanzaba hacia la zona andina de la provincia de Pataz con consignas de apología, adoctrinamiento, propaganda y aniquilamiento de autoridades del estado.

La distancia en la guerra no se mide en kilómetros, sino en el hambre que se arrastra. La patrulla llevaba nueve días flotando en un limbo de privaciones, desde el jueves 8 de julio. Nueve días de marcha constante, durmiendo con el fusil al pecho y sobreviviendo a base de tragos de agua y plátanos verdes arrancados a la prisa de las chacras que bordeaban los caminos de Ongón.

A las trece y cuarenta y cinco horas, tras quince kilómetros de una marcha forzada que calaba hasta los huesos, el terreno cedió. Llegaron a la "Puerta del Monte", un paraje desolado suspendido a 3365 metros sobre el nivel del mar. Aquel lugar era una bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de selva; hacia adelante, la helada puna.

Allí, donde el viento empezaba a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan Montes, un campesino ganadero de mirada esquiva y manos curtidas por el frío. Al romper la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de la patrulla "Huascarán", contuvo el aliento: sobre el suelo de tierra descansaban dos piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado ovino que aún goteaban sangre fresca.

—Jefe —habló el campesino con voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del militar—. Ayer llegaron los "compañeros" antes del mediodía. La mayoría se atrincheró en las alturas de esos cerros, esperando emboscarlos a ustedes. Otros bajaron a la pampa, fusilaron a dos de mis toros bravos y comieron harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del helicóptero del Ejército. Hoy a las once de la mañana se quitaron con rumbo a Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son como más de cien hombres, jefe. Tienen leñadores y cargadores para sus medicinas.

El hombre hizo una pausa, queriendo dar un aliento de paz que en esa cordillera no existía.

—No se preocupe, le doy mi palabra de que ya están lejos. Eso sí, andan bien armados. Dicen que tienen treinta licenciados del Ejército y dos sargentos reenganchados entre sus filas, aunque andan con pocas municiones entre sus combatientes.

Pero en ese momento, a los hombres de la patrulla "Huascarán" no les importaban los fusiles enemigos. El hambre acumulada durante una semana era un monstruo más feroz que cualquier columna subversiva. Olvidando el protocolo y la prudencia, los soldados del Servicio Militar Obligatorio se abalanzaron sobre los restos de carne que los terroristas del PCP Sendero Luminoso habían dejado abandonados esa misma mañana.

En las inmediaciones de la choza del campesino se convirtió en un escenario de supervivencia pura. Algunos soldados improvisaron con las pequeñas ollas del campesino y con lo que tenían a la mano para preparar un caldo de res; otros, más desesperados, filetearon los trozos de res y los arrojaron directamente sobre las piedras calientes que el sol de mediodía había convertido en planchas de cocina.

No hubo banquetes solemnes, pero sí una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los veintiún soldados compartieron los trozos con los perros de la patrulla: «Cuto», «Cucurucha» y «Blanca», los tres animalitos que siempre nos acompañaban en esos ajetreos sin descanso. Con las costillas marcadas por la caminata, ellos también esperaban su ración. Comieron en silencio. Era un caldo de res casi crudo, hervido apenas con un puñado de sal, y un asado que todavía chorreaba sangre viva entre los dientes. A pesar de la crudeza del bocado, el estómago lleno trajo una bendición momentánea. Por fin, después de una semana de agonía, estaban satisfechos.

Sin embargo, la cordillera andina no perdona los regalos del enemigo.

Pocas horas después, la patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó, obligándolos a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4000 metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura. Las entrañas de los soldados se convirtieron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos, transformando el ascenso a las alturas en un calvario donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.

LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE DE CHANCHO AGUSANADO EN TAYABAMBA PATAZ 1993

Testimonio de la patrulla "Huascarán" — Tayabamba, Provincia de Pataz, el puchero de chancho serrano agusanado

El calendario marcaba el lunes 1 de noviembre de 1993 cuando la patrulla "Huascarán", al mando del suboficial EP Miguel Pineda, compuesta por veintiún hombres, emprendió el regreso a pie. Atrás quedaba el distrito de Urpay, donde habían custodiado el orden durante el referéndum constitucional convocado bajo el primer gobierno del ingeniero Alberto Fujimori Fujimori. Por delante se extendían treinta y cinco kilómetros de un terreno que no perdonaba: la geografía accidentada, caprichosa y hostil de la sierra de la provincia de Pataz, en la región La Libertad.

Los soldados muy experimentado en largas marchas en los andes, caminaban con el peso de setenta y dos horas de un hambre severa que les vaciaba las entrañas. Para colmo, la puna los recibió con una lluvia incesante que no dejó de castigarlos en todo el día, calando sus uniformes y enfriando el ánimo. Al alcanzar las altas cumbres que vigilan el distrito de Tayabamba y sus caseríos circunvecinos, el jefe de la patrulla ordenó un descanso de media hora. Era un respiro necesario antes de iniciar el descenso final por el único acceso posible: la ruta sinuosa que bajaba directo hacia el cementerio del distrito.

En el ande peruano, las tres de la tarde es una hora sagrada. Es el momento en que las campesinas de los caseríos colocan sus ollas para preparar la cena. A esa hora, como una señal inequívoca en el horizonte, el humo blanco comienza a brotar de los techos; un humo claro si se cocina con leña seca, o un manto blanco oscuro y semioscuro si la madera está húmeda. Son las costumbres del campesino de la sierra norte, muy similares en Áncash, Cajamarca y La Libertad, donde la dieta cambia según el capricho de las estaciones. En los meses de invierno, de febrero a mayo, se sobrevive con abundante papa blanca sancochada con ají molido y huacatay, sopa de papa e infusiones calientes de muña y huamanripa. En el verano serrano, la mesa se llena con sopa de trigo, mazamorra de calabaza, mote, oca sancochada, mazamorra de caya o de cebada y, en ocasiones especiales, el picante de cuy con papas, el caldo de gallina, el de cordero o el puchero con jamón serrano.

A las diecisiete horas, tras una hora de marcha cuesta abajo, la patrulla divisó un caserío de unas treinta casas. El hambre aguzaba el ingenio y los soldados comentaban en voz baja que a esa hora la cena ya debía estar lista. Consciente de la necesidad de sus hombres, pero firme en la disciplina, el jefe de patrulla ya había coordinado la estrategia de ingresar en parejas y antes de romper filas impartió la orden reglamentaria:

—Van a ingresar a las casas en parejas y van a pedir comida con mucho respeto, sin forzar a nadie.

Los soldados entraron a la carrera y por sorpresa en las viviendas, que por tradición de los pobladores del ande permanecen siempre sin puertas. Los humildes campesinos quedaron atónitos al ver aparecer en sus cocinas a los uniformados hambrientos solicitando alimento. El jefe de patrulla, por su parte, entró en una vivienda situada al borde del camino. Allí, una pobladora permanecía sentada frente a sus ollas de barro o allpa mancas, dando los últimos toques de sabor a la comida. El militar le pidió algo de alimento, pero la mujer, con voz firme, se negó:

—Soldado, no te puedo invitar la cena porque he cocinado para mis hijos, que esta noche llegarán desde la ciudad de Lima.

El instinto de supervivencia, sin embargo, nubló cualquier rastro de paciencia. Incapaz de contener la necesidad o de comprender los argumentos de la señora, el suboficial dio un salto y destapó las ollas una por una. En la olla de barro más grande hervía el famoso puchero serrano, preparado con coliflor y jamón de chancho seccionado las dos piernas. Ante la mirada atónita de la mujer, el hombre hundió las manos, extrajo dos pedazos de carne —uno grande y otro mediano— y procedió a engullir el primero para saciar la debilidad que lo hacía tambalear. Una vez atenuada la falta de fuerzas con el primer trozo, miró a la pobladora y sentenció:

—Muchas gracias, señora. Me retiro.

Salió y retomó el camino cuesta abajo hacia el distrito de Tayabamba, llevando en la mano izquierda el pedazo restante de jamón, que pesaba cerca de un kilo. Mientras caminaba, con la firme intención de saborearlo, comenzó a deshilachar la fibra de la carne con los dedos. Fue entonces cuando se dio con una gran sorpresa: la carne estaba plagada de una gran cantidad de gusanos entre el tejido.

A pocos metros, los soldados de la tropa lo observaban con envidia y exclamaron:

—Jefe de patrulla, ¿qué buen pedazo de jamón le ha tocado?

Sin mencionarles jamás el hallazgo, el jefe le regaló la carne a uno de los soldados. En un par de segundos, los elementos de la tropa SMO se repartieron los pedazos y devoraron la carne agusanada del chancho serrano con una voracidad salvaje. En diversas zonas de la sierra, los campesinos consumen habitualmente el jamón agusanado bajo la firme creencia de que el gusano es parte de la misma carne, no causa ningún daño y, por el contrario, le añade un mayor sabor. Para los hombres de la patrulla "Huascarán", aquella carne viva fue simplemente el combustible necesario para coronar la jornada.


viernes, 22 de mayo de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" LOS CENTINELAS DE LA NIEBLA EN LOS ANDES DEL DEPARTEMNTO DE LA LIBERTAD

La patrulla “Huascarán” Los centinelas de la niebla en los andes del departamento de La Libertad

El valor no se mide en el estruendo de los fusiles, sino en el silencio con que se aguanta el frío cuando el cuerpo ya no puede más. Entre los años de 1992 y 1993, los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán" al mando del suboficial EP igual Pineda aprendieron que el verdadero enemigo no siempre vestía trapos oscuros ni cargaba consignas de muerte. A veces, el adversario era la misma dureza de la naturaleza andina, el viento sopla con furia a más de 4200 metros sobre el nivel del mar, en los dominios del distrito de Quiruvilca. Allí arriba, donde el aire escasea y los cerros hablan, el soldado andaba harapiento bajo las nubes pesadas, arrastrando los pies, pero llevando en el pecho un orgullo limpio y una moral que no se doblegaba ante la puna de Santiago de Chuco y la provincia de Sánchez Carrión.

El hambre ya era un viejo conocido, como siempre el perro “cuto” caminaba al lado de la tropa. Mientras los hombres avanzaban entre los roquedales grises, esquivando las piedras filudas, el pensamiento volaba lejos, cruzando las cordilleras para buscar el recuerdo de la madre, de la esposa, de los hijos que se habían quedado allá abajo, muy lejos del alcance de los brazos. Al caer la tarde, cuando el sol se escondía con un brillo desolado, la madre naturaleza les extendía una mano de color verdusco en los campos de Quesquenda. Era una soledad inmensa la que acompañaba la carretera, donde solo el ichu se mecía con el viento, custodiando el camino que unía a Quiruvilca con Huamachuco, entre los parajes sagrados y temidos de la Laguna "El Toro", Quesquenda y los gigantes de piedra conocidos como los Frailones.

Del miércoles 8 al domingo 12 de septiembre de 1993, la patrulla pareció volverse parte de la misma niebla. Durante cinco días eternos permanecieron en las alturas, siempre en movimiento, como almas en pena que no debían detenerse. Su misión era sagrada para los pueblos: patrullar de día y de noche para que los buses de pasajeros, los camiones cargados de papa y todo viajero de la carretera pudieran cruzar en paz, libres del fantasma del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, que acechaba el ande liberteño con la sombra del terror. Por esos días, el cielo se cerró con rabia y la lluvia se desató con una fuerza salvaje. La nevada y la neblina espesa envolvieron las cumbres, tragándose por completo la silueta del imponente cerro Huaylillas y las laderas del cerro Cuyulga, dejando a los hombres a merced de la penumbra.

A las veinte horas del domingo 12 de septiembre, con la noche encima y el frío congelando la sangre, se dio la orden de iniciar el repliegue a pie desde las oscuras aguas de la Laguna "El Toro". El destino era el distrito de Huamachuco, donde aguardaba el Batallón Contrasubversivo N° 323 en el sector La Cuchilla. Sabían que les tocaba marchar el sufrimiento por treinta y ocho kilómetros de distancia de subidas y bajadas.

En el mundo de arriba, la oscuridad de la noche es como una manta pesada que te teje el cerro alrededor; te oculta de los ojos del enemigo, sí, pero jamás te salva de sus balas si te descubren. Caminar en esa negrura era andar a ciegas por senderos sinuosos que entraban y salían como serpientes entre los roquedales antiguos. En medio de ese silencio sepulcral, con los oídos atentos al menor crujido de la paja y el corazón latiendo con fuerza en la garganta, cada soldado avanzaba con el dedo pegado al guardamonte del fusil FAL. Sabían muy bien que, en esas soledades, ante un encuentro inopinado o una emboscada nacida de la nada, no habría tiempo para palabras: solo el trueno del acero decidiría quién de los veintiuno volvería a ver el sol del amanecer.

 


domingo, 17 de mayo de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" EN EL DISTRITO DE HUAYLILLAS PROVINCIA DE PATAZ LA LIBERTAD 1993

El 22 de julio del año 1993, la Patrulla “Huascarán” conformado por 21 hombres se replegó a pie desde las altura del caserío de Arcaypata con destino al  distrito de Huaylillas en la Provincia de Pataz, eran pues las épocas de luchas contrasubversivas en los andes del departamento de La Libertad. 

Finalizado la incursión en los caseríos de Arcaypata, Llampao y Pincharacra que pertenece al distrito de Buldibuyo, provincia de Pataz, la patrulla "Huascarán" en el acto se replegó a pie con destino al distrito de Huaylillas, aquel día muy caluroso descendimos hasta el puente bambas y procedimos a descansar por lapso de 15 minutos, luego nos desplazamos bajo fuerte radiación solar por un estrecho carrozable y siendo las 17:45 horas llegamos al distrito de Huaylillas; en aquellos tiempos, en el mes de julio, diferentes patrullas perseguimos a pie a las huestes subversivas de 120 hombres del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso al mando del camarada "Gerardo" que se desplazaban de un lado a otro realizando adoctrinamiento y propaganda política, el personal subversivo cuando las circunstancia le es desfavorable corre en los cerros demostrando tener buena resistencia física. Según la declaración testimonial de los desertores del PCP Sendero Luminoso, el camarada Pither y el camarada Martín, quienes se presentaron al cuartel y en sus declaraciones dijeron lo siguiente: " la columna del camarada Gerardo como prioridad tenía la misión de adoctrinamiento y propaganda política y como medio alterno adoptaron un posible enfrentamiento con las fuerzas del orden", también quedó demostrado que en muchos distritos y caseríos en las zonas de la provincia de Pataz el grupo subversivo tenía muchos simpatizantes y colaboradores, cuando las patrullas del ejército llegaba a un lugar los civiles entre ellos también las autoridades políticas nos mandaban al desvió con falsas informaciones. 

En este distrito en la noche de aquel día murmuré en el silencio ante la total indiferencia de las autoridades políticas y el pueblo en general, las instituciones del Estado nos cerraron sus puertas, con su actitud el pueblo me demostraba que en este distrito habían ganado muchos simpatizantes las huestes del camarada "Gerardo" del Partido Comunista del Perú que en el mes de julio de aquel año estaban recorriendo en los andes patacinas, entonces comprendí que el sol de la ansiada libertad en algunos lugares se estaba rompiendo en la oscuridad.

El alcalde del distrito de Huaylillas se negó a brindar apoyo en cuanto a alimentación y alojamiento para el personal de las patrullas, textualmente dijo lo siguiente: "yo no recibo partida del Estado para apoyar con alimentos para el personal de patrullas del Ejército" lo más sorprendente y que nos causó gran amargura fue cuando toda la población nos cerraban sus puertas y nos negaban hasta un vaso con agua, a pesar de la indiferencia del pueblo, esa noche pernoctamos ahí. Para pasar la noche la patrulla del burro Rentería se ubicó en la puerta de la iglesia, mientras la patrulla "Huascarán" ocupó la avenida principal, el personal amaneció sentado en la vereda de las casas de tapial. La marcha de retorno con destino al distrito de Tayabamba fue lento porque el personal se encontraba de hambre por mas de 48 horas, nos separaba un recorrido en subida con una distancia de 15 kilómetros, siendo la 13:00 horas retornamos a la Base Militar. 

Estas en mis recuerdos distrito de Huaylillas que cuando los soldados pusieron sus pies en tus desoladas calles no me diste tu sombra cuando el sol me quemaba, en las noches ni abrigos para pasar la helada madrugada, y mucho menos un pan partido para saciar el hambre de los soldados de la patria que en su totalidad eran hombres del pueblo de los sectores mas pobres de las barriadas de la Costa y de la Sierra. Entre los meses de marzo al mes de agosto de 1993, cuatro veces pernocté en la angosta y silenciosa calle de este distrito, en las noches no faltó el grito de los soldados que decía: ¡ para Perú la gloría para los terrucos la muerte, que viva el Perú carajo!. 


viernes, 8 de mayo de 2026

LA PATRULLA “HUASCARÁN” EN EL CASERIÓ DE CONVENTO DISTRITO DE HUAMACHUCO 25 DE DICIEMBRE 1992

El 17 de diciembre de 1992, durante el primer gobierno del ingeniero Alberto Kenya Fujimori Fujimori, una columna subversiva de la fuerza principal integrado por treinta (30) combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, en su mayoría conformado por jóvenes y algunos adolescentes comandados por dos personas mayor de 30 años (mando militar y mando político) incursionan con mucho éxito en el caserío El Convento y atacaron mediante armas de fuego y dinamitas el pequeño campamento militar de construcción de carretera custodiado solamente por cinco hombres de Tropa Servicio Militar Obligatorio que pertenecía a la Compañía “A” Ingeniería N° 112 acantonado en el caserío de El Pallar, el personal de tropa no contaba con armas, este personal había quedado como custodio de las maquinarias y cuadras del personal. No hubo resistencia ni oposición del personal de Tropa, los subversivos ingresaron e incendiaron las cuadras del personal de Tropa y dinamitaron a las maquinarias pesada, volquetes, compresoras de aire y otros; gracias a Dios el personal de Tropa aprovechando la oscuridad habían logrado escapar por los acantilados hacia el monte y otros hacía el río. En las últimas semanas del mes de diciembre, circulaban rumores de una incursión de una columna subversiva para ejecutar ataque violento al mismo campamento militar de El Pallar; por ende, con urgencia solicitaron apoyo de una patrulla de combate al Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, a lo que acudí como apoyo con mi patrulla Huascarán de 20 hombres de Tropa Servicio Militar Obligatorio.

En el distrito de Huamachuco en la tarde nublado del 24 de diciembre de 1992, salí al pueblo para comer un rico ceviche de trucha en el restaurante “Sabor Serrano” de la señora Marisol Rojas, que se encontraba ubicado en las inmediaciones de la plaza de armas del distrito. Cuando me encontraba en lo más agradable del almuerzo se me presentó el soldado SMO Ambrosio Ocas Raico, perteneciente a la Companía Comando y Servicios, quién me dijo lo siguiente: "Mi suboficial el Comandante le espera urgente para que salga de patrulla"; por ende, en el acto retorné al cuartel, a paso largo me desplacé por la avenida 10 de julio, al ingresar al cuartel desde el sector de la guardia de prevención miré al señor comandante reunido con un grupo de oficiales y personal de tropa en el medio del patio de armas del batallón, me habían esperado para equipar a una patrulla de combate de 20 hombres para desplazarme en un vehículo Unimog con destino al caserío de El Pallar. Recibido la orden, inmediatamente organicé a la patrulla “Huascarán”, y siendo las 13:30 horas inicié el desplazamiento. El recorrido de 35 kilómetros en una carretera de alto riesgo a marcha lento lo hicimos en 3 horas. Pasamos por la laguna Sausacocha al Éste de la ciudad, los caseríos Yanac y Olichoco donde el vehículo se malogró, en este lugar permanecimos una hora y media reparando el viejo Unimog, luego se nos presentó el siempre temido bajada de Potrerillo en el sector del caserío de Anamuelle, zona muy peligrosa sobre todo en las épocas de lluvia, pues en las curvas cerradas constantemente había desprendimiento de piedras y tierra. En la época de invierno desde las partes altas se aprecia un bello paisaje de manto verde en los valles del caserío de Yanasara y El Pallar y es de inolvidable significado para quienes hemos transitado por estos hermosos lugares. Unir la capital de la provincia de Sánchez Carrión con el caserío de El Pallar y Yanasara, significa descender desde los 3200 m.s.n.m en que se ubica Huamachuco a los 2200 m.s.n.m en que se encuentran los caseríos de Yanasara, El Pallar y Cochabamba.

En los meses del año de 1992, con mucho peligro los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, extendió su accionar armado, político y de propaganda, en la jurisdicción de la provincia de José Faustino Sánchez Carrión, La Libertad, sobre todo comenzó aplicar asesinatos selectivos contra los alcaldes, gobernadores, policías y profesores. Por este motivo, después de 12 años al mando de una patrulla contrasubversivo “Huascarán” retorné al Campamento Militar de la Companía "A" Ingeniería N° 112 acantonado en el hermoso caserío de El Pallar. Retorné al mando de una patrulla de combate de 20 hombres, como apoyo. Llegando a la guardia el conductor estacionó el viejo vehículo Unimog que trasladó a la patrulla "Huascarán" conformado en su totalidad por personal de Tropa SMO, armados con los fusiles FAL, granadas de fusil y granadas de mano tipo piña, como es normal el oficial de guardia registró la hora de nuestra llegada, el motivo, y otros detalles; mientras duraba los protocolos para ingresar, recordando los años de 1978 aproveché para mirar todo el sector de la guardia, es ahí que desde la cabina del vehículo reconocí al señor Alejandro Salas conocido por todos como el viejo “chapato”, eterno almacenero de herramientas del Ministerio de Trasportes y Comunicaciones, quien se encontraba en las inmediaciones del sector donde se encontraba el grupo electrógeno, en ese momento viendo al mencionado empleado civil me sentí muy feliz y comencé a recordar mis vivencias en este campamento cuando permanecí como Tropa SMO en el año 1978. Traspasando la tranquera, inmediatamente bajé del vehículo y me acerqué donde el señor Salas y le di la mano, a quien le dije: Maestro Salas que gusto verlo, luego nos abrazamos afectuosamente, mientras el personal de mi patrulla pasó hacia el patio de armas del campamento militar, el viejo "chapato" casi no se acordaba de mí, pero cuando le hice recordar del comando del año 1978 del mayor de Ingeniería don Walter Machiavelo Corcuera, capitán Flores Saucedo, Subteniente Gustavo Espinoza, en instantes los ojos oscuros del viejo comenzaron a brillar como si estaría viendo el pasado en las películas del recuerdo, como es normal este reencuentro origina una amena conversación por lapso de algunos minutos. En esas circunstancias también, caminado lentamente llegó a la guardia de prevención un niño de tez trigueño con una gorrita en la cabeza, de cuatro años y medio de edad aproximadamente, quien se paró delante de los soldados de la guardia e hinchó su pequeño pecho, dio un grito fuerte que decía ¡papa, dice mi mamá que vengas a almorzar!, el aviso era para el teniente Tamayo que también se encontraba cerca de la guardia, el niño era hijastro del  oficial, en ese momento el viejo "chapato" en voz alta, dijo: Teniente Tamayo "padre no es el que engendra, sino el que cría". Este niño era hijo de un policía coimero que había muerto en el distrito de Huacrachuco, asesinado por los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP-SL), quien dejó una viuda de solo 20 años, una linda chola huamachuquina, en aquellos tiempos a esta viuda muchos Oficiales, Técnicos y Suboficiales trataban de enamorarla, pero un día misteriosamente ella se desapareció del mundo nocturno de distrito de Huamachuco, pues el teniente Tamayo se lo había llevado al caserío de El Pallar y la tenía como su conviviente.

La noche del 24 de diciembre de 1992, fue una noche inolvidable para el personal de la patrulla "Huascarán" destacado al caserío El Pallar. En el mundo civil y cristiano en esta noche por tradición y costumbre muchas familias se reúnen, muchos brindaban con sus familiares, muchos se abrazaban con sus amistades, mientras el personal de la patrulla "Huascarán" bajo mi comando permaneció en alerta constante dentro de las instalaciones del campamento militar en en caserío de El Pallar. Siendo las 12 de la noche, en una mesa muy austero hubo una pequeña cena navideña, nos reunimos con el teniente José Tamayo, su conviviente y el personal de Tropa, la reunión fue muy breve, luego todo el personal de la patrulla se retiró a las cuadras, donde permanecieron en espera de órdenes.

El 25 de diciembre, siendo las 03:00 horas, la patrulla "Huascarán" bajo mi comando se encontraba formado en el medio del patio de armas del campamento militar, en esos momentos la oscuridad era total, a esas horas también como de costumbre los gallos sacuden sus alas y dan sus primeros cantos; así, cubierto por la oscuridad, silenciosamente salimos del campamento e iniciamos el desplazamiento con destino al caserío de El Convento. A paso de camino nos desplazamos lentamente tomando todas las medidas de seguridad del caso, pasando por el lugar donde había muerto el cabo EP SMO Ernesto Cabrera en el año 1978, me acorde de él y me persigné dando señales de cruz, se continuo con la marcha con la Tropa encolumnado y casi al amanecer llegamos al caserío de Convento, en terreno casi llano nos desplazamos a pie una distancia aproximado de 18 kilómetros. Este caserío está ubicado en un lugar muy encajonado, ambos cerros están solamente a trescientos metros de distancia; por ende, con mucha cautela hicimos las pesquisas del caso, todo era un silencio, los campesinos habían escapado a las partes altas, no hubo capturas. En este caserío permanecimos durante tres días levantando un inventario de algunos materiales existentes, pero todo era inservible, no hubo ataque, no hubo hostigamiento sin embargo permanecimos en alerta constante día y noche, teniendo en cuenta que por la parte alta el suboficial Cusma Gálvez había incursionado al mando de una patrulla también procedente del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.

El día 28 en la madrugada, siendo las 03:00 horas iniciamos el repliegue a pie con destino al caserío de El Pallar, a donde llegamos siendo las 06:00 horas, todos sin novedad. El mismo día siendo las 13:00 horas, la patrulla a mi mando retornó al distrito de Huamachuco, así finalizó mi patrullaje en las zonas del caserío de El Pallar y caserío de Convento, lugares que a la fecha le guardo un especial cariño en un rincón de mi corazón.