El 20 de octubre del año 2004, me presenté en la oficina de personal (G-1) de la 32a Brigada de Infantería con sede en la ciudad de Trujillo, Región Militar del Norte. En aquellos tiempos me encontraba laborando con el grado de técnico de tercera MCE en el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 con sede en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, región Ancash. Como Comandante General de la Gran Unidad de Combate se encontraba el General de Brigada Felipe Arnaldo Villagra Barriga y como Inspector se encontraba el coronel de infantería Federico Arturo Málaga Rubira.
MEMORÁNDUM DEL ÚLTIMO SOLDADO PATRIOTA
sábado, 31 de octubre de 2026
domingo, 25 de octubre de 2026
ME INTERROGARON COMO SI FUERA SUBVERSIVO EN LA AVIACIÓN DEL EJÉRCTO 29 DE MAYO 1995 CALLAO PERÚ
El
día lunes 13 de febrero de 1995 en la cota 1232 del Valle del Cenepa casi perdí
la vida; ergo, mi retorno a la sede de Rioja, previo al del resto de la tropa,
obedeció a estrictas razones de fuerza mayor médica. En el enfrentamiento
contra la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 "Patria" de Ecuador,
sufrí una fractura en el quinto metacarpiano de la mano izquierda y la
explosión de 4 granadas de morteros de 60 mm cuyas esquirlas me perforaron el
omóplato izquierdo, en total recibí 43 esquirlas de granadas de morteros en la
espalda. Aquel día de sol radiante desde el Puesto de Vigilancia N° 1 muchos
heridos fuimos evacuados de urgencia vía aérea desde la zona de conflicto e
internado en el Hospital Militar de Bagua, en Amazonas. Permanecí internado 14 durante
días. Tras recibir el alta y aun encontrándome con un descanso médico relativo
de 30 días, solicité formalmente mi reincorporación a la zona de guerra en el
Helipuerto Tormenta; sin embargo, el capitán médico Carlos Smith Verástegui,
jefe del centro médico de la 5ª División de Infantería de Selva, denegó mi
petición debido a mi estado de salud. Ante esta negativa, el 3 de marzo opté
por regresar al distrito de Rioja, San Martín.
Recuerdo
que el 4 de marzo de 1995 retorné por mis propios medios al distrito de Rioja sede del Batallón Contrasubversivo N° 28 para continuar con mi descanso médico, pero por la escases de personal de oficiales y suboficiales en el
acto me ordenaron para ocupar el puesto como jefe de la Base Militar de
Yurimaguas, por lo que me desplace también por mis propios medios para ocupar
el puesto asignado donde permanecí hasta el 10 de mayo de 1995. Como es
habitual en el control de personal, y ante mi ausencia física, la Compañía de
Comunicaciones N° 800 de la Aviación del Ejército acantonado en el Callao
indagó sobre mi situación laboral mediante su procedimiento de PC 15. Fue en
ese momento cuando el Comando Interino del Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja proporcionó una información inexacta a través del radiograma N°
213/S-1/BCS N° 28, del 13 de mayo de 1995, reportando erróneamente que yo me
había despedido del distrito de Rioja el 16 de abril de ese año. En consecuencia, y debido a
este desfase administrativo, el Comando de la Compañía de Comunicaciones N° 800
procedió a denunciarme por abandono de empleo ante la Justicia Militar.
El
8 de mayo de 1995 se presentó en la Base Contrasubversiva de Yurimaguas un
suboficial enfermero militar procedente de la ciudad de Lima, con quien procedí
a efectuar el relevo formal del personal, del material bélico y de los activos
del Banco Agrario de Yurimaguas. Finalizado este proceso, el 11 de mayo viajé
al distrito de Rioja, arribando por la tarde con la copia del estado de relevo
para ser entregado al oficial de logística (S-4) del Batallón.
El
12 de mayo de 1995, una vez concluidos los trámites administrativos, me despedí
formalmente del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja. Tras permanecer seis
meses consecutivos totalmente incomunicado con mis familiares y con poco dinero
que recibí como Viatico en la tesorería de la Unidad. Desde el mes de enero mi
sueldo de 5 meses se encontraba en la tesorería de la Companía de
Comunicaciones N° 800 en el Callao. Mi viaje desde el distrito de Rioja a hasta la ciudad de Lima
fue una odisea, en camiones viajé desde Rioja hasta Chiclayo y en un camión también
llegue a la ciudad de Lima en lapso de cinco días—periodo en el cual mis
padres, hermanos y demás familiares no tuvieron noticia alguna de mi paradero—,
el 18 de mayo llegue a la ciudad de Huaraz para un anhelado reencuentro
familiar; posteriormente, partí de inmediato hacia la Aviación del Ejército en el Callao.
El
29 de mayo de 1995, me presenté en la oficina de personal (G-1) de la Aviación
del Ejército, ubicada en el Callao. Dicha dependencia estaba a cargo del
teniente coronel de infantería Javier Da Cruz del Águila —apodado «Charapín»,
un oficial caracterizado por ser tranquilo y comprensivo—, mientras que el
general de brigada Luis Enrique Mayaute Ghezzi se desempeñaba como comandante
general de la GUC. Ingresé portando mi papeleta de tránsito, la cual había sido
debidamente firmada en el distrito de Rioja con fecha 12 de mayo. Sin embargo,
en lugar de un trámite regular, recibí una severa e injusta reprimenda por
parte de un mayor cuyo nombre no recuerdo, quien fungía como adjunto del
comandante Da Cruz. Los oficiales asumieron erróneamente que yo no había participado
en la guerra con el Ecuador y, de forma despectiva, afirmaron que mis
documentos eran apócrifos. Acto seguido, me notificaron que había sido
denunciado por el delito de Abandono de Destino —lo que hoy se conoce como
abandono de empleo— ante la 2ª Zona Judicial del Ejército, mediante el Oficio
N° 396 A-1/02.42.02 de fecha 18 de mayo de 1995. Según aquel documento, se me
consideraba infractor desde el 24 de abril; una acusación que ignoraba por
completo que, en esa misma fecha, yo me encontraba ejerciendo funciones al
mando del personal de tropa en la base contrasubversiva de Yurimaguas, en
Loreto. El G-1 estaba completamente equivocado.
Al
salir de la oficina del G-1, un capitán me trasladó de inmediato y sin escalas
hacia el despacho del G-2, el oficial de Inteligencia. Allí me esperaban un
comandante ya entrado en años, tres oficiales de menor graduación y un técnico
que cumplía las funciones de auxiliar de Estado Mayor. Sin preámbulos, el
comandante me espetó: «Suboficial, ¿Dónde ha permanecido desde el mes de enero
hasta el mes de mayo? Dígame la verdad, ¿ha ido a operar para el PCP-Sendero
Luminoso, ¿sí o no?», además me dijo que yo era un mando militar y como
personal de comunicaciones había creado una IOC para el uso de los terroristas.
En
esas horas me interrogaban con amenazas como si fuera un terrorista. Aquella
hostilidad no era nueva para mí; desde 1987 sospechaba que la gente de
inteligencia seguía mis pasos bajo la sospecha de que era un integrante más de
las filas del PCP Sendero Luminoso. Ya me habían alertado de ello, pero ¿por
qué me habían fichado? Simplemente porque veían que entre mi bibliografía
personal contaba con abundantes obras de José Carlos Mariátegui, Carlos
Malpica, José María Arguedas y Manuel González Prada, entre otros. Además, yo
era un suboficial muy recalcitrante, de los que no se callaban: cuestionaba y
reclamaba abiertamente a los comandantes ladrones por el robo de combustible de vehículos y de rancho, pésimo rancho, robo de prendas y por la alarmante falta de comida para el personal de tropa.
También denunciaba el impago de los viáticos por las Elecciones Municipales y
Presidenciales —cuyo dinero era enviado expresamente por la ONPE—, la retención
del dinero extra que venía fuera de planilla por nuestras labores en las Zonas
de Emergencia, y el desvío de los fondos provenientes del convenio minero, nunca recibí pago por mis labores en las zonas de emergencia en la Sierra y Selva del Perú, entre otros abusos. Para el comando de los batallones donde laboré, ese
comportamiento no era normal; un militar que exigía derechos y se negaba a ser
sumiso debía ser, invariablemente, un terrorista. Volviendo a lo ocurrido en
aquella oficina del G-2 de la Aviación del Ejército en el Callao, el
interrogatorio se prolongó, bajo una intensa presión psicológica, por un lapso
de dos horas. El G-2 estaba completamente equivocado, eran otros tiempos casos de abuso como la que describo ameritaba una acción legal.
Posteriormente,
fui citado formalmente para comparecer ante la 2ª Zona Judicial del Ejército,
ubicada en la segunda cuadra de la avenida Arenales, en Lima. Acudí al tribunal
debidamente uniformado, manteniendo la dignidad de mi cargo. Al presentarme,
los magistrados pretendieron obligarme a designar un abogado particular para
asumir mi defensa. Ante lo que consideré un flagrante abuso de autoridad y un
atropello a mis derechos, protesté enérgicamente en plena sala; alegué mi
absoluta inocencia y me rehusé firmemente a contratar una defensa privada por
un delito que jamás cometí.
miércoles, 21 de octubre de 2026
EL BAUTIZO DE RANCHO EN EL BATALLÓN DE INGENIERIA DE COMBATE MOTORIZADO "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ
En
la tarde del 3 de enero de 1977, los 180 reclutas que integrábamos el primer contingente del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N°
112, acantonado en el distrito de Caraz (Huaylas, Áncash), llevábamos ya varias
horas de pie en el patio de armas. Los sargentos monitores, con sus galones
metálicos reluciendo en el pecho, eran implacables; nos habían mantenido
rugiendo bajo el sol y la tensión en el rostro de los incorporados era muy notorio. Sin embargo, a medida que las horas
avanzaban en medio de aquel desgaste, escuchamos por primera vez desde la
guardia de prevención el toque de corneta para el rancho. Entre los soldados
antiguos corría el chusco rumor de que aquella melodía repetía: «Se quema la
papa y se quema el arroz, se quema la papa y se quema el arroz y los soldados
ni cuenta se dan». Recibiríamos, por fin, el primer rancho de tropa de nuestras
vidas, preparado en unas pailas de gran tamaño: sopa de verduras, guiso de
carne de res, un pan y café.
Aunque
en el patio de armas habíamos pasado las horas entre las voces de mando de
«¡Atención!» y «¡Descanso!», aquella tarde, para conducirnos al comedor, los
monitores nos obligaron a adoptar la posición de «marcha de pato» a lo largo de
los ciento cincuenta metros que separaban el patio de la explanada de la zona
de rancho. El ejercicio consistía en avanzar en cuclillas, con las manos firmes
en la cintura, imitando el andar de estas aves mientras exclamábamos a coro:
«¡Cua, cua, cua, cua!». Muchos de mis promocionales, especialmente los de
extracción campesina, jamás habían sometido su cuerpo a semejante exigencia.
Tras escasos veinte metros de avance, el dolor en las articulaciones se tornó
agudo y los muslos comenzaron a arder con intensidad. El deseo de ponernos de
pie era generalizado, pero los monitores se mostraban inflexibles y prohibían
cualquier queja en las filas. Con sarcasmo, nos inquirían en plena marcha:
—«Perros»,
¿quema?
Al
responder la formación en unísono:
—¡Síiii!
Los
instructores replicaban con dureza:
—¡Soplen
pues, carajo!
Aquel
que cedía al cansancio y se enderezaba para aflojar los músculos era confinado
de inmediato a la retaguardia del contingente para reiniciar el trayecto bajo
un castigo mayor.
Con
gran dificultad alcanzamos la explanada del rancho donde recibimos nuestras bandejas
de guarnición, tazones y cubiertos metálicos. El protocolo militar imponía un
orden estricto: primero desfilaron ante las pailas las cinco compañías del
personal más antiguo de la unidad. Nosotros, en nuestra condición de reclutas,
observábamos con atención cada movimiento, especialmente cuando los sargentos
de semana de cada companía nombraban personal denominados «racioneros» —este personal nombrado sacaba el rancho para el personal de tropa que por diversos motivos se encontraba fuera del cuartel algunos cumpliendo comisiones de servicio, otros trabando en las carretera, a quienes se les debía
reservar el alimento reglamentario—.
Para
nuestra promoción, la cena constituyó una verdadera prueba de resistencia para dominar el apetito, pues el avance hacia las pailas era exasperantemente
lento. En ese intermedio viendo al personal antiguo aprendimos el manejo de las «gamelas de guarnición»
—el juego de cubiertos de campaña— y la estricta etiqueta del comedor: sentarse
y comer en «escuadra», manteniendo la cuchara en un ángulo vertical perfecto
hasta la altura de la boca para luego introducirla en sentido horizontal.
Asimismo, descubrimos que toda interacción verbal debía estar precedida por el
vocativo «Mi...», una fórmula obligatoria que expresaba subordinación
jerárquica. El tuteo estaba proscrito y el mando se manifestaba de forma
vertical, bajo la premisa indiscutible de que «las órdenes se cumplen sin dudas
ni murmuraciones; el superior que las imparte es el único responsable de la
orden emitida».
Aquella
primera cena fue una auténtica odisea que, no obstante, aguardábamos con
ansiedad. Aunque en las pailas el servicio era equitativo, no todos lograban
alimentarse por igual; con frecuencia, sargentos abusivos actuaban como aves de
rapiña, despojando a los reclutas de sus raciones de pan o frutas. Además, el
cuartel obligaba a adaptarse a un nuevo régimen alimenticio: si en la vida
civil no se acostumbraba consumir menestras, allí era obligatorio hacerlo. El
nerviosismo y el miedo hacían que algunos soldados derramaran gotas de sopa
sobre la mesa, un error que resultaba fatal. Quien lo cometía era privado de
inmediato del alimento bajo el argumento de los monitores de que se estaba
desperdiciando una comida que bien podría mitigar el hambre de los desposeídos civiles en las calles,
acusando al infractor de ser un «perro miserable» que arruinaba el rancho
adrede. Habíamos probado un poco de todo, pero la instrucción no otorgaba
tregua. Cuando nos disponíamos a consumir el camote que integraba la ración, un
sargento ordenó con voz enérgica:
—Dejen
el camote y, a la cuenta de tres, se han comido la cáscara. ¡Uno, dos, tres!
Sin
más opción, la deglutimos de inmediato.
Poco
después, el Oficial de Día, quien supervisaba el comedor, irrumpió con un
grito:
—¡Perros...
atención!
Ante
la orden, nos pusimos de pie de forma instantánea; sin embargo, el violento
estrépito provocado por el choque de las bandejas, tazones y cucharas sobre las
mesas enfureció al oficial.
—¡Sentarse!...
¡Carajo, esto es un alboroto! En el comedor están prohibidos los escándalos
—bramó.
Acto
seguido, repitió la secuencia con severidad: «¡De pie!... ¡Sentarse!... ¡De
pie!», reiterando los comandos hasta lograr que el comedor quedara sumido en un
silencio absoluto. El despliegue formaba parte de un Brindis de Bienvenida
previamente planificado. Uno de los sargentos más antiguos entre los monitores
tomó la palabra para pronunciar un breve discurso de recepción:
—¡Brindemos
por los reclutas del primer contingente de enero de 1977, quienes tienen el
altísimo honor de pertenecer a las filas del Ejército! ¡Salud, señores!
La
tropa respondió al unísono:
—¡Salud!
En
ese instante, la mayoría supuso que el tazón contenía vino; no obstante, se
trataba de un bautizo castrense: una densa mixtura elaborada con desperdicios
de ensalada, azúcar, ají, sal, vinagre, limón y pimienta. Impulsados por una
sed extrema, bebimos el brebaje por completo.
Concluido
el rancho, procedimos al lavado reglamentario de las bandejas antes de volver a
formar en el patio exterior. Los castigos disciplinarios se sucedían sin
interrupción. Cualquier infracción menor —como un leve movimiento en las filas,
hablar sin autorización o mostrar lentitud en los desplazamientos— se saldaba
con una sanción de «cien completas», es decir: cien ranas, veinte planchas y
veinte monos. Tras cumplir rigurosamente el castigo, el recluta debía ponerse
en pie de inmediato y reportar en voz alta y firme: «Orden cumplida, mi
sargento», «mi cabo» o «mi antiguo», según correspondiera. Los instructores nos
repetían de manera incesante una máxima del adiestramiento: «La mente domina al
cuerpo; tienen que endurecer esos cuerpos acostumbrados a la vida ociosa».
Han pasado ya 49 años de aquella rudeza del primer contingente de 1977. Sin embargo, el tiempo no ha podido borrar de mis recuerdos a los instructores de aquella época: el subteniente Juan Huamán Traverso, el subteniente Walter Villanueva Cerpa y los doce sargentos monitores. Entre ellos destaca con especial nitidez el sargento segundo Víctor Solís, a quien todos conocíamos como el "Sargento Mira con Truco" debido a su mirada estrábica, pero quien, paradójicamente, era un tirador excepcional con el fusil FAL. Sus nombres y sus voces siguen resonando hoy en el eco del viejo cuartel de Caraz, provincia de Huaylas, departamento de Ancash.
martes, 20 de octubre de 2026
LA REVISTA DE "PERRAS" EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ ANCASH PERÚ
El general de división Francisco Morales Bermúdez comandaba los destinos del país desde el Palacio de Gobierno, liderando la llamada «Segunda Fase» del régimen militar. Aquel fue un periodo marcado por el desmantelamiento de las reformas más radicales de su antecesor y por una severa crisis económica que se hacía sentir en cada rincón de la república. En las calles de las ciudades y en los pueblos andinos, el camión de la «leva» era una sombra temida: un vehículo impredecible que capturaba jóvenes al azar para llenar las filas del Ejército. Para un muchacho de la época, cruzar voluntariamente las puertas de un cuartel no era solo un acto de servicio, sino un salto ciego hacia un universo cerrado, regido por un orden implacable.
Fue
precisamente el 3 de enero de 1977 cuando tomé la decisión que marcaría mi
juventud. En aquellos tiempos de reclutamiento forzoso, opté por presentarme de
manera voluntaria para cumplir con el servicio militar en el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado “Huascarán”
N° 112, acantonado entonces en el distrito de Caraz, en la provincia de
Huaylas, Áncash.
Durante
las primeras noches de la «reclutada» —un severo periodo de adaptación que por
entonces duraba dos meses—, el rigor del cuartel se manifestaba con puntualidad
matemática para los 180 reclutas, en su mayoría hijos de campesinos del Callejón de Huaylas, Callejón de los Conchucos, las zonas de Bolognesi y zonas de Chimbote. Al marcar
las 21:00 horas, la totalidad del personal debía encontrarse ya en pijama y
dentro de sus respectivas camas. Para muchos de nosotros, era la primera vez
que dormíamos cubiertos por sábanas blancas; sin embargo, aquel ansiado y breve
descanso siempre estaba precedido por la temida revista de «perras».
Para
esta inspección nocturna, los reclutas debíamos lavarnos previamente los pies
con jabón y, tendidos de espaldas sobre las camas, presentarlos perfectamente
alineados hacia el pasillo central. El sargento de semana y los monitores procedían entonces a
pasar la revista valiéndose de la bayoneta de un fusil FAL. En el espacio
interdigital suele acumularse una descamación cutánea en forma de grasa que, al
ser removida por el filo del frío metal, salía con un color blanquecino. A esta
exfoliación los sargentos la denominaban cínicamente «queso» y, como un acto de
pura humillación, ordenaban abrir la boca, sobre la lengua te colocaban el rico "queso" y te ordenaban para tragársela.
En
aquellos tiempos, esa era la tradicional y abusiva «perrada» que debíamos
sufrir los soldados recién incorporados: un régimen de castigo físico y total sumisión
amparada en la jerarquía, el cual no quedaba más remedio que resistir con
estoicismo. Al principio, al vernos rodeados de jóvenes procedentes de
distintas localidades del departamento de Áncash —todos con las cabezas rapadas
y convertidos en «pelados»—, experimentábamos una profunda y mutua sensación de
extrañeza en la penumbra de las cuadras.
La
rutina diaria iniciaba implacablemente a las 05:00 horas con el toque de diana.
A partir de ese instante, el tiempo para cada actividad corría con precisión
cronométrica y sin compasión. La jornada comenzaba con el tendido de la cama:
la frazada debía quedar perfectamente doblada, con la franja bicolor orientada
hacia el frente; las sábanas blancas, con sus respectivos dobleces
reglamentarios; y la colcha, estirada sin una sola arruga. Para otorgar el
visto bueno, el jefe de compañía lanzaba una moneda sobre la superficie; si
esta rebotaba, la revista quedaba aprobada. Asimismo, el piso de la cuadra
debía lucir reluciente de rincón a rincón, los servicios higiénicos impecables
y las áreas verdes regadas al milímetro, satisfaciendo el exigente estándar del
comandante del batallón. En el ínterin, debíamos hacer auténtica magia con el
tiempo para cumplir con el aseo personal, convirtiéndonos cada mañana en
hombres polifacéticos que compartíamos el mismo corte de cabello, el mismo
uniforme, el armamento y un itinerario de entrenamiento físico dictado por los
instructores en una constante e intensa progresión.
sábado, 22 de agosto de 2026
LA 8VA DIVISIÓN DE INFANTERÍA DE LOBITOS: MARCHA NOCTURNA PARA LA CONQUISTA DEL CERRO "COYONITAS"
La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas.
- El
10 de julio de 1987, el viento del desierto del distrito de Lobitos soplaba con
fuerza. El norte peruano, entre algarrobos y dunas, parecía querer tragarse a
los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio, con destino al
cerro Coyonitas, ubicado en el distrito de El Alto, provincia de Talara.
Los cuatro batallones de
infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios y el de
Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de Infantería de
Lobitos— se habían transformado en una hilera de lobos del desierto. Al frente
de la división, el General de Brigada Atilio Rojas Herrada sabía perfectamente
que el desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército
extranjero. El reto era mayúsculo: cuarenta kilómetros a pie a través de
laberintos de arena y sombras, con un único objetivo final: la conquista del
cerro Coyonitas.
Eran las dieciocho horas
cuando el portón metálico de la guardia de prevención del glorioso Batallón de
Infantería Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en
el aire como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de
soldados. Al salir del cuartel, nos desplazamos al compás del ruidoso balancín
petrolero, aquel armatoste que nosotros conocíamos simplemente como «el
zancudo»; nos despedía con su vaivén eterno, extrayendo el crudo de las
entrañas de la tierra mediante su sistema de bombeo. Luego cruzamos por la
tranquera del polvoriento Puesto de Control N° 2, custodiado firmemente por un
oficial y dieciocho soldados del Servicio Militar Obligatorio (SMO). Al pisar
la arena carrozable y avanzar para poner nuestras botas en la antigua
Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición suave; fue un
apagón rotundo que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz de las
estrellas.
A la vanguardia, devorando
kilómetros con paso firme, marchaba el mayor de infantería Fidel Vivar Anaya. A
su lado, el operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso
del equipo de radio AN/PRC-77 de fabricación israelí. Vivar era un jefe de los
que ya escaseaban: campechano y de mirada franca, pero con una autoridad de
hierro que no necesitaba de gritos para hacerse respetar. En su mente, sin
embargo, la procesión iba por dentro; sabía que el éxito de la infiltración
pendía de un hilo invisible.
Pronto, el plan táctico
comenzó a fracturarse en la penumbra. Las compañías de fusileros empezaron a
disgregarse, tomando rumbos distintos por las profundas quebradas del terreno.
En aquellos cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció por completo. El
silencio se volvió denso, roto únicamente por el silbido agudo del viento que
jugaba con las ramas de los algarrobos y por el latido acelerado en las sienes
de los soldados.
En la mañana de aquel mismo
día, de cara a las maniobras, cinco cadetes de infantería de la Escuela Militar
de Chorrillos habían arribado procedentes de Lima para realizar sus prácticas
profesionales. Sin preámbulos ni anestesia, cada uno fue asignado de inmediato
a las compañías de fusileros. Jamás en sus vidas habrían imaginado semejante
recibimiento: pocas horas después de pisar el norte, ya se encontraban junto
con la Tropa marchando en la inmensidad de la noche piurana.
—Mantenga el paso, operador
—susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.
—Sí, mi mayor… pero la arena
está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas
que le cortaban la circulación de los hombros.
A la espalda de la tropa, las
mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de
plomo con cada hora transcurrida. Cada companía de fusileros dependía por completo de su
operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para
resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a los jefes de las companías para su reporte de sus ubicaciones bajo el silencio de la noche. Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas
inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la
arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a
metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban
prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del
comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta.
El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y
cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.
A la medianoche, el mayor
Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo.
El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate
para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra,
encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de
fijarse.
—Dos grados a la izquierda… —manifestó
para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con todo los fusileros y la
Compañía de Morteros.
Vivar se puso de pie y miró
hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando
el destello de un casco o el roce de un uniforme en las ramas de los algarrobos. Nada. El desierto se había
tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el corazón. Sabía
que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el
terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la
oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener
heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.
Junto al personal de la
Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor,
Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no
respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado
paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.
—¿Dónde estamos, mi mayor?
—preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a
calarles los huesos.
Vivar miró a su alrededor. Las
dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.
—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos
perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los
hombros.
El operador de radio
interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática
ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.
—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada!
¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada
profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el
ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había
dispersado las piezas del tablero.
Para los inexpertos cadetes de
Chorrillos, la jornada se transformó en un bautizo de fuego inolvidable. Tras
marchar a ciegas durante toda la noche por la hostil geografía, el desierto les
cobró el derecho de piso: terminaron perdiendo sus mochilas con todo su equipo
en la oscuridad. Al romper el alba, los extenuados jóvenes amanecieron
tiritando y muriendo del gélido frío del desierto, aferrados únicamente al
fusil asignado que les recordaba que ya no estaban en las aulas de la escuela,
sino en el implacable corazón de la 8ª División de Infantería de Lobitos.
No había tiempo para lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo. El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.
A las cinco de la mañana,
nosotros, integrando la vanguardia junto al Mayor Vivar, logramos alcanzar una
elevación que en la Carta Nacional figuraba con un nombre profético: la «Loma
del Zorro». Desde esa posición estratégica, recortado contra las primeras luces
del día, el cerro Coyonitas finalmente se hizo visible ante nuestros ojos; sin
embargo, los instrumentos indicaban que todavía nos distaban ocho agónicos
kilómetros de marcha. La tensión en la loma era máxima. El plan maestro del
General Atilio Rojas Herrada estipulaba que el asalto simulado al campamento de
los subversivos del PCP-Sendero Luminoso —una fuerza calculada en quinientos
hombres que pernoctaban en las faldas del cerro— debía ejecutarse puntualmente
a las 06:00 horas.
Pero el desierto ya había
impuesto sus propias reglas. El reloj avanzaba implacable superando la hora
cero y las compañías de fusileros seguían sin aparecer en el horizonte,
devoradas por las quebradas. El tiempo se congeló en una tensa espera de tres
horas bajo el sol naciente, hasta que recién a las ocho de la mañana el grueso
de las tropas rezagadas comenzó a coronar la «Loma del Zorro».
Como era de esperarse en el
ámbito militar, la demora desató llamadas de atención por todos lados. El rigor
de la cadena de mando se hizo sentir con fuerza. Ante el Mayor Vivar, los
capitanes y jefes de las compañías de fusileros adujeron en su defensa que la
accidentada geografía, plagada de quebradas ciegas y profundos huecos, les
había bloqueado el avance bajo la absoluta oscuridad de la noche, provocando
que se perdieran irremediablemente en los cañones de arena. El factor sorpresa
se había esfumado por completo debido a la geografía norteña. Ante el resultado
de la maniobra, el comando de la 8ª División de Infantería tuvo que programar
otra marcha para subsanar los errores, pero eso... eso ya es otra historia.
RECUERDOS DEL CUARTEL: BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ 1977
La
fría mañana del 5 de junio de 1977, un denso silencio envolvía las
instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N°
112. Nos encontrábamos acantonados en el distrito de Caraz, en pleno corazón
del Callejón de Huaylas, bajo la estricta disciplina que caracterizaba a la
vida militar de la época. Aquel día, el capitán de ingeniería Raúl Hermosa
Ramírez, un oficial natural del Cusco cuya sola presencia imponía temor, se
desempeñaba como jefe de línea. La presión en el cuartel era palpable; faltaban
apenas dos días para el 7 de junio, fecha sagrada en la que se celebraría la
solemne ceremonia del Juramento de Fidelidad a la Bandera.
Los ensayos de orden cerrado
eran implacables. Marchábamos una y otra vez sobre la explanada, buscando la
perfección en cada paso. En medio de esa tensión, cometí una simple e
involuntaria equivocación en un movimiento a pie firme. La reacción del oficial
fue inmediata y desproporcionada. Enfurecido, perdiendo los papeles por
completo, me propinó una feroz patada con la punta de su borceguí justo debajo
de mi rodilla izquierda.
El impacto fue brutal. El
cuero rígido del calzado militar me abrió la piel de inmediato, dejando una
profunda herida lacerada que comenzó a sangrar profusamente. A pesar del dolor
agudo que casi me dejó cojeando, la férrea disciplina me obligó a mantenerme firme
en las filas. No fue sino hasta las 10:30 horas, durante el ansiado periodo de
descanso, cuando logré retirarme el borceguí en la intimidad. Al
hacerlo, descubrí con horror que mi calcetín estaba completamente empapado de
sangre. Aun así, el miedo a las represalias me hizo guardar un silencio
sepulcral; tragué saliva y no emití una sola queja. En esas deplorables
condiciones físicas, y con la herida expuesta al roce continuo del uniforme,
tuve que continuar marchando hasta las 12 del día, bajo la radiación solar
abrasadora del mediodía ancashino.
Con el paso de los días, la
situación empeoró drásticamente. La zona afectada de mi pierna izquierda
comenzó a tornarse de un color morado oscuro y se hinchó de manera alarmante
debido a la infección. El dolor se volvió tan agudo e intolerable que me resultaba
casi imposible apoyar el pie para caminar. Sin embargo, los sargentos de
sección se mostraron implacables y desalmados; lejos de compadecerse, me
amenazaban constantemente con castigos peores para evitar a toda costa que
acudiera a la enfermería. Con un desdén que buscaba quebrar mi moral, me
espetaban:
—Soldado, si por una simple
herida ya pretendes visita médica, en una eventual guerra con Chile no
soportarás los rigores de la vida extrema.
La situación se volvió
insostenible. Una madrugada, sintiendo que la fiebre me consumía y que la
pierna ya no me respondía, decidí arriesgarlo todo. Le pedí permiso al soldado
que cubría el segundo turno de imaginaria, inventando una urgencia, y salí cojeando
de la cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Una vez fuera,
aprovechando las sombras de la noche y el silencio del cuartel, me desvié
sigilosamente hacia la enfermería del batallón que estaba ubicado en las
inmediaciones del Centro de Comunicaciones del Batallón. Muy pensativo ingresé
arrastrando los pasos, esperando lo peor.
Al encender la luz y examinar
la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de servicio se llevó las
manos a la cabeza. Su rostro reflejó una mezcla de asombro y profunda
indignación:
—¡Huevón! Estando con la
pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito
de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habían pedido visita médica antes?
Aquel grito, mezcla de insulto
y salvación, marcó el fin de mi calvario en las líneas de instrucción. Desde
ese preciso instante, se me prohibió regresar a la cuadra de la Compañía de
Comando y Servicios. Quedé internado de urgencia en la sanidad. Fueron
necesarias tres largas semanas de aislamiento y la aplicación de decenas de
dosis de penicilina para que mi cuerpo lograra vencer la infección y comenzara
a recuperarme lentamente.
En aquella época de dictadura militar y tensiones geopolíticas, el maltrato físico y psicológico estaba normalizado en los cuarteles peruanos. Nadie se quejaba por esa clase de golpes; el silencio era un mecanismo de supervivencia. Los abusos eran el pan de cada día, y la situación se tornaba aún más feroz e implacable para aquellos soldados que eran etiquetados como indisciplinados. Mi cicatriz quedó como el verdadero y doloroso costo de aquel juramento que hasta el día de hoy me acompaña como si fuera una medalla o condecoración de mi paso por el ejército.
viernes, 21 de agosto de 2026
SERVICIO DE GUARDIA EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO HUASCARÁN N° 112 CARAZ 1977
Memorias de un centinela en Caraz.
- Corría
el año de 1977 cuando formé parte de la Compañía Comando y Servicios del
Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112,
acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, en la región de
Áncash. El 29 de septiembre de aquel año, el mismísimo día de mi onomástico,
fui nombrado para el servicio de guardia. Por entonces, ostentaba con orgullo
el grado de cabo del Servicio Militar Obligatorio. Al llegar la medianoche, me
correspondió ocupar el puesto de centinela en la puerta principal durante el
segundo turno, una guardia que se extendía desde las 00:00 hasta las 03:00
horas de la madrugada.
Permanecí aquellas tres
interminables horas en la soledad del torreón principal, aferrado a mi fusil
FAL, dotado con una cacerina abastecida de 20 municiones y la bayoneta calada.
En medio de la penumbra y el aislamiento de la torre, cada cinco minutos tenía
la obligación de "rugir", es decir, dar la voz de alerta a todo
pulmón para comunicarme con el centinela del torreón número uno. Mi grito debía
rasgar la densa quietud de la noche caracina, retumbando con fuerza: «Para
el Perú la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la
puerta principal, sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno,
canta en tu puesto!». De inmediato, desde la oscuridad de las
instalaciones, el otro centinela contestaba en el mismo tono: «¡Puesto de
vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia número dos, canta en
tu puesto!». De esa manera, a través de una cadena perfecta y coordinada de
voces, nos manteníamos en un estado de alerta permanente.
A pesar de aquellos gritos
desesperados por romper el silencio, el cansancio acumulado de la madrugada
vencía implacablemente a algunos soldados. Quedarse dormido en los torreones
significaba arriesgarse a lo peor: que el oficial o el sargento de ronda te
quitaran el fusil FAL. En aquellos tiempos, permitir que te arrebataran el
armamento reglamentario estando de servicio era considerado una falta
gravísima. Desde el instante en que el arma desaparecía de tus manos, ya te
sabías un hombre muerto. La masacre física y psicológica que esperaba al
infractor al finalizar la guardia, ya fuera por parte del oficial o del
sargento de guardia, era sencillamente implacable. No existía el perdón ni la
clemencia; el castigo se cobraba de inmediato. El infractor amanecía haciendo
interminables series de ranas, rampando sobre la tierra dura o plantado inmóvil
bajo el frío glacial que descendía de las cumbres del callejón de Huaylas.
El día de mi cumpleaños pasé
toda la jornada en constante actividad, con el casco de fibra firmemente puesto
y cubriendo diversos turnos en los torreones, antes de asumir aquel exigente
segundo turno en la puerta principal. Aquella noche, el suboficial de tercera
OEI José Machuca Juárez se desempeñaba como oficial de guardia. Al finalizar
mis tres horas de facción, cuando el relevo de la tropa se dispuso a cambiar
los puestos, el suboficial me separó bruscamente de la fila. Se plantó con
firmeza frente a mí y, con una voz cargada de dureza, me recriminó: «Perro, no
has rugido ni mierda».
Bajo el injusto pretexto de
que no había cumplido bien mis funciones, me ordenó repetir el turno como
castigo, obligándome a enganchar de inmediato el tercer turno, que iba desde
las 03:00 hasta las 06:00 de la mañana. Para colmo de males, en este nuevo y
agotador lapso, me ordenó colocarme en el torreón en la posición "de
cabeza", de modo que mis borceguíes quedaran apuntando hacia el cielo,
simulando que mis botas eran mi testa. Por fortuna, como el servicio se
realizaba estrictamente con el casco de fibra puesto, logré soportar la
tortuosa posición apoyando la cabeza contra el suelo del puesto de vigilancia.
En aquellos tiempos, la vida en el cuartel era sumamente exigente, marcada por un régimen de sanciones extremas y un rigor inquebrantable. Hoy, después de casi cinco décadas de distancia, escribo este recuerdo para que las nuevas generaciones conozcan la verdadera naturaleza de lo que fue el Servicio Militar Obligatorio de antaño. En nuestra época no había espacio para las quejas ni para los llantos; no existían la Defensoría del Pueblo ni los organismos de Derechos Humanos que vigilaran el trato al soldado. Eran, simplemente, las etapas duras y rústicas de la vida que, para bien o para mal, los soldados del Perú supimos soportar con el frente en alto y el honor intacto.
