sábado, 22 de agosto de 2026

LA 8VA DIVISIÓN DE INFANTERÍA DE LOBITOS: MARCHA NOCTURNA PARA LA CONQUISTA DEL CERRO "COYONITAS"

La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas. - El 10 de julio de 1987, el viento del desierto del distrito de Lobitos soplaba con fuerza. El norte peruano, entre algarrobos y dunas, parecía querer tragarse a los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio, con destino al cerro Coyonitas, ubicado en el distrito de El Alto, provincia de Talara.

Los cuatro batallones de infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios y el de Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de Infantería de Lobitos— se habían transformado en una hilera de lobos del desierto. Al frente de la división, el General de Brigada Atilio Rojas Herrada sabía perfectamente que el desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército extranjero. El reto era mayúsculo: cuarenta kilómetros a pie a través de laberintos de arena y sombras, con un único objetivo final: la conquista del cerro Coyonitas.

Eran las dieciocho horas cuando el portón metálico de la guardia de prevención del glorioso Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en el aire como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de soldados. Al salir del cuartel, nos desplazamos al compás del ruidoso balancín petrolero, aquel armatoste que nosotros conocíamos simplemente como «el zancudo»; nos despedía con su vaivén eterno, extrayendo el crudo de las entrañas de la tierra mediante su sistema de bombeo. Luego cruzamos por la tranquera del polvoriento Puesto de Control N° 2, custodiado firmemente por un oficial y dieciocho soldados del Servicio Militar Obligatorio (SMO). Al pisar la arena carrozable y avanzar para poner nuestras botas en la antigua Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición suave; fue un apagón rotundo que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz de las estrellas.

A la vanguardia, devorando kilómetros con paso firme, marchaba el mayor de infantería Fidel Vivar Anaya. A su lado, el operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso del equipo de radio AN/PRC-77 de fabricación israelí. Vivar era un jefe de los que ya escaseaban: campechano y de mirada franca, pero con una autoridad de hierro que no necesitaba de gritos para hacerse respetar. En su mente, sin embargo, la procesión iba por dentro; sabía que el éxito de la infiltración pendía de un hilo invisible.

Pronto, el plan táctico comenzó a fracturarse en la penumbra. Las compañías de fusileros empezaron a disgregarse, tomando rumbos distintos por las profundas quebradas del terreno. En aquellos cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció por completo. El silencio se volvió denso, roto únicamente por el silbido agudo del viento que jugaba con las ramas de los algarrobos y por el latido acelerado en las sienes de los soldados.

En la mañana de aquel mismo día, de cara a las maniobras, cinco cadetes de infantería de la Escuela Militar de Chorrillos habían arribado procedentes de Lima para realizar sus prácticas profesionales. Sin preámbulos ni anestesia, cada uno fue asignado de inmediato a las compañías de fusileros. Jamás en sus vidas habrían imaginado semejante recibimiento: pocas horas después de pisar el norte, ya se encontraban junto con la Tropa marchando en la inmensidad de la noche piurana.

—Mantenga el paso, operador —susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.

—Sí, mi mayor… pero la arena está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas que le cortaban la circulación de los hombros.

A la espalda de la tropa, las mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de plomo con cada hora transcurrida. Cada companía de fusileros dependía por completo de su operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a los jefes de las companías para su reporte de sus ubicaciones bajo el silencio de la noche. Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta. El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.

A la medianoche, el mayor Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo. El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra, encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de fijarse.

—Dos grados a la izquierda… —manifestó para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con todo los fusileros y la Compañía de Morteros.

Vivar se puso de pie y miró hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando el destello de un casco o el roce de un uniforme en las ramas de los algarrobos. Nada. El desierto se había tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el corazón. Sabía que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.

Junto al personal de la Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor, Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.

—¿Dónde estamos, mi mayor? —preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a calarles los huesos.

Vivar miró a su alrededor. Las dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.

—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los hombros.

El operador de radio interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.

—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada! ¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había dispersado las piezas del tablero.

Para los inexpertos cadetes de Chorrillos, la jornada se transformó en un bautizo de fuego inolvidable. Tras marchar a ciegas durante toda la noche por la hostil geografía, el desierto les cobró el derecho de piso: terminaron perdiendo sus mochilas con todo su equipo en la oscuridad. Al romper el alba, los extenuados jóvenes amanecieron tiritando y muriendo del gélido frío del desierto, aferrados únicamente al fusil asignado que les recordaba que ya no estaban en las aulas de la escuela, sino en el implacable corazón de la 8ª División.

No había tiempo para lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo. El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.

A las cinco de la mañana, nosotros, integrando la vanguardia junto al Mayor Vivar, logramos alcanzar una elevación que en la Carta Nacional figuraba con un nombre profético: la «Loma del Zorro». Desde esa posición estratégica, recortado contra las primeras luces del día, el cerro Coyonitas finalmente se hizo visible ante nuestros ojos; sin embargo, los instrumentos indicaban que todavía nos distaban ocho agónicos kilómetros de marcha. La tensión en la loma era máxima. El plan maestro del General Atilio Rojas Herrada estipulaba que el asalto simulado al campamento de los subversivos del PCP-Sendero Luminoso —una fuerza calculada en quinientos hombres que pernoctaban en las faldas del cerro— debía ejecutarse puntualmente a las 06:00 horas.

Pero el desierto ya había impuesto sus propias reglas. El reloj avanzaba implacable superando la hora cero y las compañías de fusileros seguían sin aparecer en el horizonte, devoradas por las quebradas. El tiempo se congeló en una tensa espera de tres horas bajo el sol naciente, hasta que recién a las ocho de la mañana el grueso de las tropas rezagadas comenzó a coronar la «Loma del Zorro».

Como era de esperarse en el ámbito militar, la demora desató llamadas de atención por todos lados. El rigor de la cadena de mando se hizo sentir con fuerza. Ante el Mayor Vivar, los capitanes y jefes de las compañías de fusileros adujeron en su defensa que la accidentada geografía, plagada de quebradas ciegas y profundos huecos, les había bloqueado el avance bajo la absoluta oscuridad de la noche, provocando que se perdieran irremediablemente en los cañones de arena. El factor sorpresa se había esfumado por completo debido a la geografía norteña. Ante el resultado de la maniobra, el comando de la 8ª División de Infantería tuvo que programar otra marcha para subsanar los errores, pero eso... eso ya es otra historia.

 

 

RECUERDOS DEL CUARTEL: BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ 1977

El costo del juramento con sangre. - La fría mañana del 5 de junio de 1977, un denso silencio envolvía las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112. Nos encontrábamos acantonados en el distrito de Caraz, en pleno corazón del Callejón de Huaylas, bajo la estricta disciplina que caracterizaba a la vida militar de la época. Aquel día, el capitán de ingeniería Raúl Hermosa Ramírez, un oficial natural del Cusco cuya sola presencia imponía temor, se desempeñaba como jefe de línea. La presión en el cuartel era palpable; faltaban apenas dos días para el 7 de junio, fecha sagrada en la que se celebraría la solemne ceremonia del Juramento de Fidelidad a la Bandera.

Los ensayos de orden cerrado eran implacables. Marchábamos una y otra vez sobre la explanada, buscando la perfección en cada paso. En medio de esa tensión, cometí una simple e involuntaria equivocación en un movimiento a pie firme. La reacción del oficial fue inmediata y desproporcionada. Enfurecido, perdiendo los papeles por completo, me propinó una feroz patada con la punta de su borceguí justo debajo de mi rodilla izquierda.

El impacto fue brutal. El cuero rígido del calzado militar me abrió la piel de inmediato, dejando una profunda herida lacerada que comenzó a sangrar profusamente. A pesar del dolor agudo que me nubló la vista, la férrea disciplina me obligó a mantenerme firme en las filas. No fue sino hasta horas más tarde, durante el ansiado periodo de descanso, cuando logré retirarme el borceguí en la intimidad de la cuadra. Al hacerlo, descubrí con horror que mi calcetín estaba completamente empapado de sangre. Aun así, el miedo a las represalias me hizo guardar un silencio sepulcral; tragué saliva y no emití una sola queja. En esas deplorables condiciones físicas, y con la herida expuesta al roce continuo del uniforme, tuve que continuar marchando hasta las 12 del día, bajo la radiación solar abrasadora del mediodía ancashino.

Con el paso de los días, la situación empeoró drásticamente. La zona afectada de mi pierna izquierda comenzó a tornarse de un color morado oscuro y se hinchó de manera alarmante debido a la infección. El dolor se volvió tan agudo e intolerable que me resultaba casi imposible apoyar el pie para caminar. Sin embargo, los sargentos de sección se mostraron implacables y desalmados; lejos de compadecerse, me amenazaban constantemente con castigos peores para evitar a toda costa que acudiera a la enfermería. Con un desdén que buscaba quebrar mi moral, me espetaban:

—Soldado, si por una simple herida ya pretendes visita médica, en una eventual guerra con Chile no soportarás los rigores de la vida extrema.

La situación se volvió insostenible. Una madrugada, sintiendo que la fiebre me consumía y que la pierna ya no me respondía, decidí arriesgarlo todo. Le pedí permiso al soldado que cubría el segundo turno de imaginaria, inventando una urgencia, y salí cojeando de la cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Una vez fuera, aprovechando las sombras de la noche y el silencio del cuartel, me desvié sigilosamente hacia la enfermería del batallón que estaba ubicado en las inmediaciones del Centro de Comunicaciones del Batallón. Muy pensativo ingresé arrastrando los pasos, esperando lo peor.

Al encender la luz y examinar la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de servicio se llevó las manos a la cabeza. Su rostro reflejó una mezcla de asombro y profunda indignación:

—¡Huevón! Estando con la pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habían pedido visita médica antes?

Aquel grito, mezcla de insulto y salvación, marcó el fin de mi calvario en las líneas de instrucción. Desde ese preciso instante, se me prohibió regresar a la cuadra de la Compañía de Comando y Servicios. Quedé internado de urgencia en la sanidad. Fueron necesarias tres largas semanas de aislamiento y la aplicación de decenas de dosis de penicilina para que mi cuerpo lograra vencer la infección y comenzara a recuperarme lentamente.

En aquella época de dictadura militar y tensiones geopolíticas, el maltrato físico y psicológico estaba normalizado en los cuarteles peruanos. Nadie se quejaba por esa clase de golpes; el silencio era un mecanismo de supervivencia. Los abusos eran el pan de cada día, y la situación se tornaba aún más feroz e implacable para aquellos soldados que eran etiquetados como indisciplinados. Mi cicatriz quedó como el verdadero y doloroso costo de aquel juramento que hasta el día de hoy me acompaña como si fuera una medalla o condecoración de mi paso por el ejército.

viernes, 21 de agosto de 2026

SERVICIO DE GUARDIA EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO HUASCARÁN N° 112 CARAZ 1977

Corría el año de 1977 cuando formé parte de la Compañía Comando y Servicios del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas, Ancash. El 29 de septiembre de aquel año, el mismísimo día de mi onomástico, me nombraron de servicio de guardia. Por entonces ostentaba el grado de cabo del Servicio Militar Obligatorio y, al llegar la medianoche, me tocó ocupar el puesto de centinela en la puerta principal durante el segundo turno, que se extendía desde las 00:00 hasta las 03:00 horas.

Permanecí esas tres interminables horas en el torreón principal, con el fusil FAL dotado de cacerina abastecida con 20 municiones y la bayoneta calada. En aquella soledad dentro del torreón, cada cinco minutos tenía que "rugir" dar la voz de alerta a todo pulmón al centinela del torreón número uno. Mi grito debía rasgar el silencio de la noche caracina: «Para el Perú la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la puerta principal, sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno, canta en tu puesto!». De inmediato, desde la oscuridad de las instalaciones, el otro centinela contestaba: «¡Puesto de vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia número dos, canta en tu puesto!». Así, en una cadena perfecta de voces permanecíamos en alerta permanente.

A pesar de los gritos desesperados, el cansancio de la madrugada vencía a algunos soldados. Quedarse dormido en los torreones significaba arriesgarse a que te quitaran el fusil FAL. En aquellos tiempos, permitir que te arrebataran el armamento estando de servicio era considerado una falta gravísimo. Desde ese instante, uno ya se sabía hombre muerto; la masacre que esperaba al infractor al finalizar la guardia, ya fuera a manos del oficial de guardia o del sargento de guardia, era implacable. No existía el perdón. El castigo se cobraba de inmediato: el infractor amanecía haciendo ranas, rampando sobre la tierra o de plantón bajo el frío glacial del callejón de Huaylas.

El día de mi cumpleaños pasé toda la jornada de servicio con el casco de fibra puesto, cubriendo turnos en los torreones, antes de asumir ese segundo turno en la puerta principal. Aquella noche, el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez se encontraba como oficial de guardia. Al finalizar mis tres horas, cuando el turno de facción relevaba los puestos, el suboficial me separó de la fila. Se plantó frente a mí y me recriminó con dureza: «Perro, no has rugido ni mierda».

Bajo el pretexto de que no había cumplido bien mis funciones, me mandó repetir el turno como castigo, obligándome a enganchar el tercero turno, desde las 03:00 hasta las 06:00 horas. Para colmo de males, en este nuevo lapso me ordenó colocarme en el torreón "de cabeza", de modo que mis borceguíes quedaran apuntando hacia arriba, simulando ser mi testa. Por fortuna, como el servicio se realizaba estrictamente con el casco de fibra puesto, pude soportar el castigo apoyando la cabeza contra el suelo del puesto.

En aquellos tiempos la vida en el cuartel era muy exigente en cuanto tratos con sanciones extremas. Hoy, después de casi cinco décadas, escribo este recuerdo para que las nuevas generaciones conozcan la verdadera naturaleza de lo que fue el Servicio Militar Obligatorio de antaño. No había quejas, no había llantos; no existían la Defensoría del Pueblo ni los Derechos Humanos. Eran, simplemente, etapas duras de la vida que, para bien o para mal, los soldados del Perú supimos soportar con el frente en alto.

viernes, 14 de agosto de 2026

ENTREVISTA CON EL GENERAL DE BRIGADA MARCELO VALVERDE NEYRA EN EL CUARTEL GENERAL DE PUNO PERÚ

Testimonio de Dignidad en el Altiplano: Frente a la Injusticia y el Hostigamiento Laboral. - El 28 de febrero de 2014, cuando llevaba casi un mes asignado a la Compañía de Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña en la ciudad de Puno, recibí la orden de presentarme en el despacho del señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra, comandante general de la gran unidad de combate. Siendo las 09.00 me desplacé a pie desde el cuartel Manco Cápac, vestido rigurosamente con el uniforme de diario A1, llegando a la comandancia general subí al segundo piso. Ingresé a la oficina cumpliendo estrictamente el protocolo y las normas reglamentarias para la entrevista con el señor Comandante General de la Gran Unidad de Combate.

El general, quien me esperaba a solas, me invitó a sentarme y abrió la conversación de manera directa:
—Técnico Miguel Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con su persona y su conducta. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus superiores, principalmente con sus comandantes de batallón. Hay que vivir en paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca. Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4. ¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?

Le contesté con firmeza, pero con absoluto respeto:
—Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos comandantes de batallón. Sin embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las leyes y de nuestros reglamentos; sobre todo, amo a esta institución y siempre trabajo para que el Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos batallones el Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He trabajado con comandantes de batallón que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE para los procesos electorales; también con comandantes que le robaban los uniformes a la tropa o que sustraían el combustible de los vehículos de combate y de apoyo. Incluso permitían el robo del combustible destinado a la cocción de alimentos, el cual se quedaba en el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las unidades, terminando ese dinero en los bolsillos de los señores generales.

Hice una pausa y continué detallando la precariedad a la que nos exponían:
—Mientras eso ocurría, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por todos lados para poder cocinarle a la tropa del servicio militar. En ocasiones, me vi obligado a utilizar el dinero destinado a la compra de víveres frescos y carne para adquirir esa leña. Cuando reclamé por estas injusticias a algunos comandantes y capitanes, bajo la sombra comenzaron a tildarme de resentido social, terrorista y comunista. Mi General, soy veterano de guerra; participé en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los miles de soldados que nada han recibido de la institución ni del Estado. El 9 de diciembre de 1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la presidencia de Alberto Fujimori, un grupo de 1200 combatientes calificados como Defensores de la Patria recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares americanos y un incentivo económico de tres mil soles. En cambio, el otro grupo de 2800 Defensores de la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos siquiera un saludo del Comando del Ejército ni del gobierno peruano.

Concluí mi descargo mirando fijamente la realidad de mi legajo:
—Es cierto que cada vez que presenté mis reclamos para recibir estos beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones amañadas. También es verdad que por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; las inspectorías, de manera abusiva, archivaron todas mis peticiones. Los malos elementos del Ejército han difundido informes falsos sobre mí sin prueba alguna. En las diferentes inspectorías de la Región Militar del Norte y en la inspectoría de la Segunda Región Militar en la ciudad de Lima, me han interrogado por resentido social, terrorista y comunista porque, para ellos, ser patriota y anti corrupto significa ser un criminal.

El general intervino nuevamente y concluyó de forma diplomática:
—Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones y ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí para actuar con justicia.

A lo largo del camino también encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad. Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la espera de un memorándum de destaque, me advirtió:
—No vaya a ser que te destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a tener problemas con el comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si fueran sus domésticos. Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho.

El capitán prosiguió explicándome su propia situación:
—Dueño de los malos tratos de ese comandante hacia mi persona, decidí solicitar mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo tranquilo.

Pasamos un par de horas conversando; yo le compartí mis experiencias en las operaciones del Alto Cenepa y él me relató sus vivencias en el VRAEM.

Llegó el mes de marzo y pensé que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones. Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los batallones se negaban a recibirme en sus unidades debido a los informes falsos que circulaban sobre mí.

Un día de ese mes, mientras cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, me miró sorprendido y me dijo en tono desafiante:
—¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una investigación y es muy posible que te sancionen con rigor.

En el acto, le respondí de frente y sin titubear:
—Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No gasten papel por gusto.

El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares; una vez allí decidí mi pase a la situación militar de retiro, me apersoné a la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General del Ejército y solicité mi pase a la situación militar de retiro.

jueves, 30 de julio de 2026

"LOS HUEVEROS" : BATALLON DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

Bautizo de fuego: El primer tiro con FAL

«¡Frente a sus respectivos blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar, cargar!».

La orden del oficial de tiro resonó en el aire frío como un latigazo. De inmediato, los doce reclutas repetimos la frase a todo pulmón; una respuesta mecánica que buscaba espantar el miedo mientras nos arrojamos al suelo polvoriento. Con los fusiles ya apuntando al frente, la voz del instructor volvió a quebrar el silencio: «¡Apunten... fuego!». Al mismo tiempo, el toque estridente del cornetero de servicio anunció el inicio de la descarga.

Apretar el gatillo por primera vez, sintiendo el rugido y el retroceso violento de la munición de guerra, es una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquier soldado recluta. El nerviosismo flotaba en el ambiente, espeso y contagioso. A la espalda de cada fusilero, los sargentos monitores vigilaban como sombras, listos para corregir el más mínimo titubeo. De pronto, alguien rompió la tensión con el primer estallido y el resto lo secundó de inmediato en una reacción en cadena. Disparamos apurados, temiendo quedar rezagados ante un cronómetro implacable que devoraba los segundos de la serie.

«¡Alto el fuego! ¡Nadie dispara! ¡Fusileros... de pie!».

La contraorden suspendió el estruendo. Los tiradores se incorporaron con movimientos torpes y pensativos. Arrastrando las botas, caminamos junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de blancos. El momento de la verdad aguardaba en las siluetas de cartón. Al tratarse del debut con el arma, la cruda realidad no tardó en aparecer: varios no habían acertado un solo impacto.

En la jerga del cuartel, a estos desafortunados se les llamaba coloquialmente «hueveros», y para ellos no había compasión. La sanción cayó de inmediato, severa y humillante. Consistía en cargar una pesada piedra sobre el hombro y emprender una marcha forzada hacia la cumbre del cerro más cercano. Desde la cima, con el pecho exigido por la altura y la vergüenza, cada uno debía gritar a los cuatro vientos: «¡Soy un huevero por no darle al blanco!», dejando que el eco de la cordillera multiplicara su castigo.

—¡Soldado Juan Pérez Valverde, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!

Las voces se escuchaban en la inmensidad del paisaje. Tras cumplir la penitencia en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, exhaustos y con el hombro magullado. Ahí no terminaba el calvario: los monitores los aguardaban con los brazos cruzados, listos para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a la nada. Mientras el sol seguía su curso, los ejercicios continuaban.

miércoles, 15 de julio de 2026

POEMA AL CAERÍO DE PAMPA SECA ONGON PATAZ

 Caserío de Pampa Seca: El Camino de las Tres Sombras

Hay un camino dentro de la selva alta que muerde la roca,
un cordón de herradura que une dos mundos,
donde la sierra en la selva desboca
sus dolores más hondos y profundos.

Por esa ruta de frío y de ceja espinosa,
bajó la Patrulla Huascarán un día,
compartiendo la yuca y la mesa rústica,
siendo el único escudo en la noche sombría.
Soldados humildes de fusil y uniforme desgastado,
que en Pampa Seca hallaron un hogar hermano,
mientras el viento silbaba su desgarro
en el olvido eterno del suelo peruano.

Pero el sendero también guarda el espanto,
la huella sangrienta, el paso maldito,
las huestes rojas que sembraron llanto,
rompiendo la paz con su oscuro mito.
Sendero cruzaba con armas de muerte,
buscando el refugio de la densa neblina,
dejando a los pueblos a su mala suerte,
bajo la sombra que todo camina.

Y tras el terror, la miseria que empuja,
los traqueteros de carga pesada,
mochilas de polvo que el diablo dibuja,
subiendo la cuesta de madrugada.
Hombres de Urpay, de Tayabamba valientes,
que cargan la droga por falta de pan,
cruzando los ríos, doblando los dientes,
jugando la vida por donde se van.

Pampa Seca es testigo de lo que se esconde,
camino de sangre, de lucha y valor;
un pueblo olvidado que a nadie responde,
pero que resiste con fuerza y honor.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Poema a la “Patrulla Huascarán” Tayabamba Pataz

De Tayabamba salieron los soldados,
Base Trescientos Veintitrés de Pataz,
jóvenes del servicio, obligados,
a devolverle a la nación su paz.
Fue en las jornadas de un julio de fuego,
guerra interna de amargo sinsabor,
donde la vida se volvía un juego
frente al embate del bando subversivo.

Desde Pampa Seca, allá en Ongón,
se inició la marcha sin vacilar,
siguiendo el rastro, con resolución,
que el enemigo pretendía dejar.
Ciento veinte huestes de la subversión,
bajo el mando del «camarada Gerardo»,
marchaban con rumbo de destrucción,
desde Tocache sembrando su dardo.

Somos de la patrulla «Huascarán»,
glorioso brazo del suelo peruano,
ciento cincuenta y seis kilómetros de marcha van
a pie, cruzando el abismo serrano y la selva.
Día y noche en la puna inclementes,
en la densa vegetación de la selva,
dormitando a la intemperie, valientes,
esperando que la aurora devuelva.

Bajo un frío infernal de la altura,
sin rancho, sin viáticos ni un botiquín,
el soldado SMO con premura
marcha firme cuidando el confín.
Los políticos dicen sin pena
que presupuesto jamás ha existido,
mientras la tropa su copa llena
con el sueldo de hambre y olvido.

Sus hijos no van a las patrullas,
los ricos no arriesgan su propia piel,
mientras las calles se visten de bullas
ellos gobiernan desde su tropel.
Pero el soldado no pide favores,
la patria es el único y fiel ideal,
mis pies encallecidos, señores,
nunca exigieron descanso fatal.