miércoles, 21 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
LA PATRULLA HUASCARÁN: 270 KILÓMETROS DE MARCHA A PIE DESDE HUAMACHUCO A TAYABAMBA 11 ABRIL 1993
La Marcha de la Patrulla Huascarán: 270 Kilómetros de Huamachuco a Tayabamba abril 1993.- El domingo 4 de abril de 1993, a las 13:30 horas, se produjo una sangrienta emboscada en la zona de Frailones (Quesquenda), en el distrito de Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión. Combatientes del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso atacaron una patrulla mixta integrada por fuerzas policiales y del Ejército. En el atentado perdieron la vida dieciocho efectivos de la Policía Nacional del Perú, tres miembros del Ejército y un civil que conducía el camión cisterna. Tras este golpe, el miedo se apoderó de los transportistas de carga y pasajeros; los camioneros se rehusaban terminantemente a prestar apoyo con sus unidades para el traslado de las patrullas del batallón acantonado en distrito de Huamachuco y de las diversas bases contrasubversivas de Pataz y de Sánchez Carrión.
Ante el peligro inminente de
sufrir una emboscada en un desplazamiento vehicular, el 11 de abril de 1993, la
patrulla «Huascarán» —conformada por veintiún hombres— inició una marcha a pie
desde el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 en Huamachuco
con destino al distrito de Tayabamba, en Pataz. Nos esperaba una travesía de
270 kilómetros por rutas altamente peligrosas que cruzaban el caserío de
Yanasara, El Pallar, el distrito de Chugay, el siempre temido centro poblado
menor de El Molino Viejo en Cochorco, el distrito de Chagual, la localidad de
Retamas en Parcoy, la mina Marsa en Buldibuyo, el distrito de Huaylillas y,
finalmente, la Base Militar del distrito de Tayabamba, provincia de Pataz. Aquel desplazamiento nos tomaría
cinco días.
La mañana de la partida
amaneció nublada sobre el patio de armas del batallón. El teniente de
Intendencia César Cáceres me hizo entrega de las provisiones para el personal
de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) destacado en Tayabamba: tres
sacos de arroz, tres de azúcar, tres de harina, tres de trigo, dos de fréjol,
tres de avena, cinco cajas de leche, dos de manteca, fideos, atún y tres cajas
de manteca blanca. Sin embargo, para el transporte de aquella carga no recibí
ni un solo céntimo del comandante del batallón. Cuando se lo solicité, su
respuesta fue tajante: «Ya tú verás cómo lo trasladas; dinero no hay».
Ante la indiferencia del
comando, ordené sacar todos los víveres al frente de la guardia de prevención.
Allí esperé a los camiones que venían desde Lima y Trujillo con destino a
Tayabamba y Huacrachuco. Los camioneros siempre habían colaborado con las patrullas
bajo mi mando; conocedor de la sensibilidad y el respeto que nos mostraban en
las rutas, aguardé con paciencia. Conforme aparecieron, les solicité apoyo: el
primer camión cargó los sacos de arroz; el segundo, los de azúcar. Apelando a
la buena voluntad de los choferes, logré despachar todos los artículos de clase
I para el rancho de la base. No hubo documentos de por medio; solo anoté en mi
libreta el nombre de cada conductor y el número de placa de su vehículo,
confiando en su palabra para que la carga fuera entregada en la base militar del
distrito de Tayabamba.
Pasado el mediodía, tras
concluir el envío de los víveres, inicié el desplazamiento a pie con los
hombres de mi patrulla. Esa tarde marchamos hasta el caserío de El Pallar,
donde llegamos a las 19:00 horas. Pasamos la noche y el amanecer sentados en la
vereda de la casa de la familia Gaytán, quienes generosamente nos prestaron
pellejos de carnero y frazadas para soportar la jornada nocturna.
Al día siguiente, lunes 12 de
abril, a las 06:45 horas, bajo un cielo igualmente encapotado, tomamos desayuno
en El Pallar. Fue un suculento caldo de cabeza de carnero acompañado de la
tradicional papa huayro sancochada y su respectivo ají con huacatay, todo
preparado por la señora Juana, esposa de un licenciado del Ejército conocido
bajo el seudónimo de «Tacora». Con las energías renovadas, a las 08:00 horas
reiniciamos la marcha ascendiendo por un cerro empinado a través de antiguos
caminos de herradura con dirección a Chugay.
Llegamos a este pintoresco distrito antes del mediodía y nos tomamos un merecido descanso de aproximadamente una hora. Tras aprovisionarnos con galletas y latas de atún, emprendimos la segunda etapa del día: una marcha forzada en plena puna, a más de 3500 metros sobre el nivel del mar. A las 22:30 horas, con el hambre y el agotamiento a cuestas, arribamos al centro poblado de El Molino Viejo. Este pueblo, de oscuros antecedentes por los constantes asaltos a transportistas y la proliferación del narcotráfico, se asentaba al pie de un inmenso cerro, con casas de tapial y techos de teja donde reinaban la oscuridad y un silencio absoluto. Tocamos varias puertas solicitando el apoyo de frazadas o pellejos para protegernos del clima de frio intenso, pero nadie nos abrió. La desconfianza y el miedo imperaban en el lugar. Así, nos vio amanecer otra vereda, sentados y soportando el intenso frío de la zona.
La Bajada al Marañón y el Abismo de Chagual.- El martes 13 de abril, a las 06:00 horas, bajo una mañana nublada y de frío intenso, abandonamos el centro poblado de El Molino Viejo. Nuestro destino era la localidad de Chagual, ubicada a orillas del caudaloso río Marañón. Avanzamos siempre a pie, descendiendo por una carretera sinuosa rodeada de un impresionante y hermoso paisaje andino. Todo el recorrido fue de bajada. En la zona del distrito de Cochorco, durante los meses de marzo, abril y mayo, hay abundantes cosechas de papa y choclo de excelente calidad. Así, llegamos a una chacra donde los campesinos iniciaban la cosecha de papa blanca. Nos acercamos para solicitarles el apoyo de medio saco del tubérculo; gracias a Dios, accedieron de inmediato. No solo nos regalaron las papas, sino que nos proporcionaron abundante leña, ollas y ají molido con huacatay. La tropa comenzó a sancochar el alimento en una paila grande, convirtiendo aquella mañana en un desayuno reconfortante a base de riquísima papa blanca sancochada. Con el estómago lleno, el personal de la patrulla expresó su profundo agradecimiento al dueño de la chacra y reiniciamos la marcha.
Continuamos
el descenso hasta el puente metálico que cruza el imponente río Marañón. A las
13:00 horas, arribamos al caluroso distrito de Chagual, un lugar de escasa
población donde descansamos apenas treinta minutos. En esta localidad no
logramos conseguir el apoyo de los pobladores para el rancho, por lo que
tuvimos que reanudar la jornada con hambre.
Cuando
la patrulla reiniciaba la marcha a pie con destino a la Base Contrasubversiva
de la mina Retamas, nos alcanzó un camión de carga. El chofer nos permitió
subir al vehículo, pero pronto entramos a una zona sumamente peligrosa. Había
gran cantidad de piedras y tierra deslizadas desde las partes altas, las cuales
tapaban parcialmente la carretera. Al pie del inmenso cerro, el camión se
desplazaba tambaleante, inclinándose peligrosamente hacia el abismo del río
Marañón. En ese instante, el miedo nos paralizó a todos; permanecimos en total
silencio, implorando a Dios. Sentados sobre la carga y con los fusiles en la
mano, vimos de cerca la muerte. Una mala maniobra del chofer o una falla
mecánica nos habría arrojado a las aguas de uno de los ríos más grandes del
Perú, que en esa zona corre amenazante y turbulento, sobre todo en época de
lluvias. Fue admirable la valentía y la osadía de aquel conductor para cruzar
casi trescientos metros de una ruta tan letal. Tras superar el peligro y dejar
atrás el gran susto, el sargento segundo EP Puntillo Conco, demostrando
iniciativa, ordenó dar tres vivas por el chofer, a lo que toda la patrulla
respondió a una sola voz.
Aquel valiente camionero nos trasladó de forma gratuita hasta el cruce de la carretera hacia el distrito de Chilia. Desde ese punto, la patrulla continuó el desplazamiento a pie y a marcha forzada, espoleada por el hambre que nos acosaba. Cuando el hambre ataca a un ser humano o a cualquier animal, se es capaz de todo; el hambre no perdona. Alargamos los pasos con la esperanza de llegar a la mina Retamas antes de la medianoche para encontrar algo de comida, pero el esfuerzo fue en vano; la distancia parecía interminable. Recién arribamos al centro minero a las 04:00 horas del miércoles 14 de abril, recorrimos más de 25 kilómetros. Afortunadamente, la Base Militar ubicada en ese estrecho cañón de Retamas contaba con todas las comodidades, gracias al apoyo logístico proporcionado por la empresa minera. En este lugar descansamos un día completo, donde el jefe de la base nos brindó un excelente alojamiento y comida en abundancia.
El Secreto de los Socavones y el Contraste de la Guerra.- En la mina Retamas, el personal de la Base del Ejército, de la Policía Nacional del Perú y los elementos de seguridad privada —los conocidos «guachimanes»— controlaban el ingreso y salida de los trabajadores a través de los túneles. La seguridad se apostaba en las bocas de los socavones, cumpliendo guardias continuas en turnos de doce horas, desde las 18:00 hasta las 06:00 horas. Sin embargo, al caer la noche, el personal militar y policial, en abierta complicidad con el vigilante privado, permitía el ingreso clandestino de civiles conocidos en la zona como los «parqueros» o robaminerales. Estos sujetos extraían el mineral en bruto cargando dos costales de cincuenta kilos por hombre, los cuales trasladaban de inmediato a sus caseríos ubicados en las inmediaciones de la mina.
A simple vista, aquel mineral
parecía insignificante —apenas unas piedras de color plomo— que los parqueros
ocultaban en sus viviendas. Durante el día, lo molían de manera artesanal y, si
la suerte los acompañaba, lograban extraer de tres a cinco gramos de oro por
molienda. La consigna en el lugar era clara e ineludible: para el jefe de la
base militar se asignaba obligatoriamente un gramo en calidad de cupo, otro
gramo iba para el soldado que cubría el servicio nocturno, y el resto del oro
quedaba en manos del parquero. Para asegurar la continuidad del negocio y
seguir saqueando los socavones de la empresa, cada civil debía matricularse por
la noche con este gramo de oro destinado al jefe de la base militar o policial.
De esta manera, y sin mover un solo dedo, el jefe de la base recaudaba
diariamente entre cuarenta y cinco y cincuenta gramos de oro, o incluso más.
En aquellos tiempos, el gramo
de oro en Retamas se cotizaba en veinticinco nuevos soles. Permanecer destacado
en esa base resultaba un negocio sumamente rentable. Además, el personal
destacado gozaba de un trato privilegiado, ya que la empresa minera les
proporcionaba rancho a discreción, un excelente alojamiento y diversos
beneficios. No obstante, cualquiera no lograba acceder a un puesto en esa base;
los traslados estaban fuertemente condicionados, pues las ganancias obtenidas
de la molienda también escalaban hasta alcanzar a los comandos superiores.
La realidad de la patrulla
«Huascarán» era el reverso exacto de esa medalla. En la fotografía se observa
con absoluta claridad la precariedad con la que operábamos: en aquellos años
carecíamos de uniformes adecuados y la gran mayoría del personal de tropa ni
siquiera contaba con borceguíes para afrontar las marchas. Mientras en la base
de Retamas se amasaban fortunas en oro bajo la complicidad y la sombra de los
socavones, nosotros caminábamos descalzos o con calzado improvisado desafiando
el frío de las punas. La imagen habla por sí sola.
Poco después, iniciamos el
ascenso por el inmenso y empinado cerro de la mina Marsa. En aquellos tiempos,
nadie nos superaba en las marchas forzadas en este tipo de geografías del ande
peruano. Éramos hombres completamente habituados a la supervivencia: marchábamos
sin poncho de jebe para protegernos de las tormentas, sin raciones de rancho
frío y sin un bolsón de primeros auxilios. Superando todo tipo de situaciones
adversas y a paso firme, a las 11:45 horas alcanzamos la zona conocida como la
«Punta Olímpica», ubicada a unos 4500 metros sobre el nivel del mar. En la
cumbre, la lluvia y la densa neblina nos cubrieron de pronto con su manto
blanco, obligándonos a refugiarnos en una pequeña caseta de los vigilantes de
la empresa minera. Bajo aquel techo descansamos media hora para recuperar
energías.
Desde esa cumbre, el camino
continuó en plena puna, pero esta vez todo el terreno era de bajada hacia el
pintoresco distrito de Buldibuyo. Tras cruzar este pueblo, ingresamos a las
chacras de maíz de los alrededores, donde los soldados cortaron y mascaron gran
cantidad de caña, lo cual sirvió como nuestro único almuerzo aquel día. Como la
meta trazada era avanzar lo más posible, continuamos la marcha hasta el
distrito de Huaylillas, una zona de clima mucho más abrigado.
La Recompensa en Tayabamba y la Lección de las Punas.- El viernes 16 de abril, a las 06:00 horas, bajo un cielo azul despejado, abandonamos el abrigado distrito de Huaylillas. Tampoco aquella mañana hubo desayuno para nadie. En esas condiciones, reiniciamos el desplazamiento a pie a través de la polvorienta carretera con destino a la Base Militar del distrito de Tayabamba. Tras dos horas y media de marcha, el ascenso ya nos ponía freno al ritmo de marcha en esas circunstancias apareció de sorpresa un camión Unimog del Ejército, perteneciente a la Base Contrasubversiva de la mina Marsa. El vehículo, que durante la semana había viajado a Tayabamba para transportar provisiones de apoyo, había sido enviado como «auxilio» para recoger a la patrulla “Huascarán” por orden del capitán bajo el seudónimo de «Águila». Al subir al camión, el personal de tropa experimentó una inmensa alegría; no solo por el descanso físico, sino porque nos enteramos de que Tayabamba se encontraba de fiesta en honor a su santo patrón, Santo Toribio de Mogrovejo.
Arribamos a Tayabamba a las 11:30
horas. La pequeña Plaza de Armas bullía de gente de todas las condiciones
sociales, mientras una banda de músicos amenizaba la festividad con lo mejor de
su repertorio. Para participar de las celebraciones, también habían bajado
desde la mina Marsa el teniente Castañeda y el sargento primero Ágreda, chofer
del Unimog. Después de cinco extenuantes días de marcha forzada desde la
guarnición de Huamachuco, llegamos sin novedad a nuestro destino. Habíamos
completado la travesía sin recibir un solo céntimo de viáticos ni raciones de
rancho frío, careciendo de un bolsón de primeros auxilios y sin ponchos de jebe
para guarecernos. Pasamos noches enteras sentados en las veredas de los
pueblos, cubiertos apenas por nuestros capotines y alguna frazada prestada. En
suma, habíamos vencido al terreno, al frío y al peligro subversivo.
Una vez reunida la patrulla en
el pequeño patio de armas de la Base Contrasubversiva, ordené la revista
reglamentaria de armamento. Verificamos minuciosamente el estado físico de los
fusiles, cacerinas, municiones y granadas. Cumplido el protocolo, di parte al
capitán de todas las ocurrencias del desplazamiento y me retiré a mi
alojamiento. Tras una necesaria ducha de agua helada, me vestí de civil y salí
en compañía del teniente Castañeda. Recuerdo con profunda nostalgia que durante
tres días participamos activamente en la fiesta patronal junto a las
autoridades locales: bailamos, asistimos a las corridas de toros y, como es
tradición en la sierra peruana, disfrutamos de comida abundante y cerveza
helada brindada generosamente por los alferados. Fueron jornadas inolvidables
que hasta el día de hoy guardo en un rincón especial de mi corazón.
Recomendación táctica para el combatiente: En las Zonas de Emergencia, si se quiere evitar caer en una emboscada de los grupos subversivos, el desplazamiento debe realizarse estrictamente a pie. Basado en la experiencia y la información del terreno, especialmente en las regiones de puna, es imperativo utilizar caminos no convencionales y avanzar siempre dominando las partes altas.
LA HISTORIA DE LA BASE CONTRASUBERSIVO N° 323 HUACRACHUCO PROVINCIA DE MARAÑÓN HUÁNUCO 1992
El sargento SMO que comandó
una base contrasubversiva y el convoy de los secretos.- Entre
los años 1988 y 1996, la geografía andina del distrito de Huacrachuco, una de
las tres parcialidades de la provincia de Marañón en el departamento de
Huánuco, se convirtió en un escenario de fuego y doctrina. Columnas armadas del
Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, en su mayoría provenientes de la
región de San Martín, irrumpieron en la zona con una fuerza devastadora.
Desataron acciones armadas, propagación de propaganda y asesinatos selectivos
contra las autoridades del Estado. Entre 1988 y 1989, los subversivos
arrinconaron y derrotaron a las fuerzas de la Policía Nacional. Ante el
inminente colapso del orden, el gobierno ordenó el despliegue urgente del
Ejército peruano, estableciendo una Base Contrasubversiva bajo el mando de un
oficial, dos suboficiales y sesenta soldados del Servicio Militar Obligatorio.
Para el año 1992, la base
contrasubversiva de Huacrachuco estaba asignada al subteniente de infantería
Francisco Javier Costa Gallegos, natural del Cuzco; al suboficial operador de
comunicaciones Juan Moreno Salazar, huaracino de nacimiento; y al suboficial
mecánico de armamento Castro Quipusco, trujillano de nacimiento. Este último
solía descender constantemente hacia el Puesto de Comando del Batallón
Contrasubversivo N.° 323, acantonado en Huamachuco, con el único fin de
regularizar los cargos de armas, granadas y municiones en los almacenes. Eran
tiempos de un rigor asfixiante. En aquellas fortificaciones de primera línea no
existían las rotaciones, los planes de bienestar ni los permisos para el
personal destacado. La frustración devoraba a los oficiales y suboficiales,
atrapados entre sueldos exiguos, propinas de hambre, uniformes desgastados y un
pésimo racionamiento. El desabastecimiento crónico provocaba que los víveres
rara vez llegaran a tiempo; por ende, el rancho diario se reducía a una porción
pobre y repetitiva.
Vencidos por el abandono y
ante la tajante negativa del comandante del batallón de concederles días libres
a cuenta de sus vacaciones, el subteniente Costa Gallegos y el suboficial
Moreno Salazar tomaron una decisión desesperada entre los meses de agosto y
septiembre de 1992. Sin autorización alguna, firmaron sus propias papeletas de
permiso y desertaron de la base contrasubversiva, viajando a sus tierras
natales con la promesa de regresar antes de ser descubiertos. En ese vacío de
poder, apelando al más puro y arriesgado espíritu de cuerpo, el sargento
segundo de la tropa, Rudecindo Vásquez Gonzales, asumió la responsabilidad como
jefe interino de la Base Militar.
Desde el primero de agosto
hasta el trece de octubre —durante dos agobiantes meses y trece días—, el
sargento Vásquez Gonzales se sentó frente a la estación de radio en cada hora
de reporte: a las 08:00, a las 14:00 y a las 20:00 horas. Con la voz firme para
no levantar sospechas, daba cuenta al Puesto de Comando de Huamachuco sobre las
novedades del personal y el material. Cuando los operadores del batallón le
inquirían sobre el paradero del oficial y el suboficial, el sargento, mostrando
una lealtad a prueba de balas para cubrirles las espaldas a sus superiores,
respondía invariablemente con la misma mentira: «El subteniente Costa y el
suboficial Moreno se encuentran ejecutando patrullaje contrasubversivo en los
sectores de Cholón y San Pedro de Chonta. El suboficial Castro se encuentra en
la ciudad de Huamachuco. Armamento y personal sin novedad». La repetición
exacta del reporte diario, sin embargo, encendió las alarmas en el comando,
donde comenzaron a sospechar que el sargento ocultaba un secreto de enormes
proporciones.
La farsa militar comenzó a desmoronarse en la primera semana de octubre. En el cuartel de Huamachuco se organizó un convoy de cuatro camiones pesados con una doble misión: realizar una inspección inopinada a la base de Huacrachuco y ejecutar el relevo completo de los oficiales, suboficiales y la tropa del Servicio Militar Obligatorio. Para este despliegue, el Comando del Batallón dispuso también el relevo del suboficial Castro Quipusco, nombrando en su reemplazo al suboficial de tercera Carlos Girio Ferromeque. Pero el destino guardaba una última carta. Castro Quipusco se había enamorado perdidamente de una hermosa colegiala huacrachuquina y, con el corazón en la mano, le suplicó al comandante del batallón que le permitiera regresar a la base en lugar de ser relevado. Contra todo pronóstico, su pedido fue aceptado, ignorando que el camión en el que viajaría lo conducía directo hacia el desenlace de la gran mentira que el sargento Rudecindo Vásquez Gonzales había sostenido en la radio del ande.
El retrovisor del destino y la
capilla ardiente de Huamachuco.- A las 05:00 de la mañana del 8
de octubre de 1992, bajo un cielo encapotado y una ligera llovizna que
humedecía la sierra, se puso en marcha el convoy militar para el relevo. El
teniente coronel de infantería Riki Santos Román, comandante del Batallón
Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, encabezó la marcha acompañado por tres
oficiales, tres suboficiales y un contingente de la tropa del Servicio Militar
Obligatorio. La comitiva avanzaba en un convoy de apoyo de combate conformado
por cuatro vehículos pesados: dos camiones Mercedes-Benz tipo LA 1113 y dos
camiones Unimog, todos conducidos por experimentados sargentos reenganchados.
En aquellas rutas de altísimo peligro, donde la geografía andina se aliaba con
la amenaza subversiva, los choferes desplazaban las unidades a gran velocidad
para evitar convertirse en blancos fijos, pero cuidando siempre de mantener la
distancia táctica reglamentaria. Sin embargo, la prisa sobre las trochas
angostas y las curvas cerradas al borde del abismo convertía cada kilómetro en
una ruleta rusa para las patrullas que iban a bordo.
La fatalidad aguardaba
agazapada en los desfiladeros de Molino Viejo, dentro de la jurisdicción del
distrito de Cochorco. Al tomar una curva pronunciada, el camión Unimog
conducido por el sargento Ágreda perdió el agarre y se volcó estrepitosamente,
rodando más de mil metros hacia el fondo de un inmenso acantilado. El impacto
fue devastador: el accidente dejó un saldo de seis soldados heridos de suma
gravedad y un muerto. La única víctima mortal fue el suboficial de segunda
mecánico de armamento Castro Quipusco; el mismo hombre que con tanta
insistencia había suplicado al comandante regresar a la base militar de
Huacrachuco. En una macabra ironía del destino, la barra metálica del espejo
retrovisor del lado derecho del camión Unimog se desprendió durante las vueltas
de campana, atravesando limpiamente el pecho del suboficial, justo a la altura
de su corazón enamorado. La comitiva suspendió de inmediato el viaje a
Huacrachuco y, al caer la tarde, los camiones sobrevivientes ingresaron de
vuelta al Puesto de Comando de Huamachuco transportando a los heridos, al
personal ileso y los restos mortales del suboficial.
La emergencia movilizó los
recursos de la base. Un helicóptero MI-8 de fabricación rusa, que permanecía
apostado en el helipuerto militar para el apoyo de las operaciones
contrasubversivas, encendió sus motores esa misma tarde y levantó vuelo con
rumbo a la ciudad de Lima, evacuando de urgencia a los seis soldados heridos
que presentaban múltiples y complejas fracturas. Mientras tanto, en la
comandancia del batallón se improvisó una capilla ardiente para velar a Castro
Quipusco. Sobre una tarima rústica descansaba el ataúd y, dentro de él, el
cuerpo del mecánico de armamento vestía el uniforme de campaña impecable y
llevaba puestos sus borceguíes tipo comando, como si estuviera listo para una
última revista. En la penumbra del velorio, entre el humo de los cigarrillos y
el olor a café, el eco de los murmullos de mis compañeros de armas sentenciaba
la tragedia: «Castro pierde la vida cojudamente por el amor de una chibola».
Aquella noche, la guarnición entera recordó la vieja máxima de las trincheras:
en las misiones de riesgo jamás hay que ofrecerse como voluntario, porque los
resultados suelen ser funestos.
La mañana del 9 de octubre, el cuerpo del suboficial Castro fue trasladado por vía terrestre hacia su natal Trujillo. Pasaron los meses y, aprovechando un viaje a la costa, me apersoné a la vivienda de sus padres, ubicada en la avenida América Norte, casi frente al cuartel Ramón Zavala. Aunque acudí tarde a entregar mis condolencias, su anciana madre me recibió con nobleza. En el centro de la sala, bajo una luz tenue, descansaba un cuadro con la fotografía del difunto, colocado allí por sus seres queridos para resguardar su memoria. Al contemplar el retrato, comprendí el dolor profundo y silencioso que la guerra contrasubversiva sembraba en los hogares peruanos, apagando vidas jóvenes en un instante y transformando los sueños de los soldados en el triste recuerdo de una sala familiar.
Las vueltas de la radio y el
indulto del comandante.- A las 10:00 de la mañana del 13 de octubre
de 1992, bajo un cielo nítido y completamente despejado, el rugido de los
motores de un helicóptero MI-8 rompió la tensa calma del distrito de
Huacrachuco. A bordo de la nave de fabricación rusa viajaba el contingente de
relevo, encabezado en persona por el teniente coronel de infantería Riki Santos
Román. La comitiva militar aterrizó por sorpresa en la base contrasubversiva,
donde el primer impacto para el jefe de batallón fue ser recibido únicamente
por el sargento segundo de la tropa, Rudecindo Vásquez Gonzales. De inmediato,
las principales autoridades políticas del distrito se apersonaron a las
instalaciones de la base militar para entrevistarse con el comandante. Sin
rodeos, le revelaron la cruda verdad: el oficial y el suboficial a cargo
llevaban meses desaparecidos de la guarnición, y las ceremonias cívicas de
izamiento del Pabellón Nacional habían sido presididas, con total hidalguía,
por el sargento SMO Vásquez. El comandante Santos Román masticó su amargura en
silencio; incapaz de disimular la indignación ante semejante falta, tuvo que
escuchar una seguidilla de informes negativos sobre la conducta de sus
oficiales subordinados.
Tras la agria reunión con las autoridades
civiles, la comitiva procedió a ejecutar una exhaustiva y rigurosa revista de
todo el material bélico de la base. Se inspeccionaron palmo a palmo los cargos
del material de guerra, las estaciones de comunicaciones y el equipo de
ingeniería. Para fortuna del comandante, el sargento Vásquez había cuidado la base
militar con celo de veterano: todo el inventario se encontraba completo y sin
novedad. Solo en ese instante, Santos Román pudo inflar el pecho y respirar con
verdadera tranquilidad. Sin embargo, la falta militar era gravísima, por lo que
su primera medida fue relevar de inmediato al subteniente de infantería
Francisco Costa Gallegos del mando de la base, disponiendo su traslado forzoso
al Puesto de Comando en Huamachuco.
La mañana del 16 de octubre de
1992 se inició el traspaso formal del material y el personal para que el
oficial entrante asumiera la comandancia de Huacrachuco. Fue en medio de ese
ajetreo cuando, de manera imprevista, el subteniente Francisco Costa Gallegos
regresó a la base, luciendo un rostro desencajado por el miedo y la vergüenza.
Al día siguiente, por la tarde, hizo su aparición el suboficial operador de
comunicaciones Moreno Salazar. Ambos infractores recibieron una reprimenda
feroz de parte del teniente coronel Santos Román, quien los amenazó con
aplicarles la máxima sanción de quince días de arresto de rigor en el calabozo.
Sin embargo, en el último momento, la severidad del jefe de batallón se quebró.
Mirando a los atribulados militares, el comandante les confesó conmovido:
—Subteniente Costa, suboficial
Moreno, les voy a perdonar la falta porque yo también tengo un hijo varón que
sueña con ser militar. Para tranquilidad de todos, el sargento ha cuidado bien
la base y el material está sin novedad. Usted, subteniente, mañana más tarde
será coronel o tal vez llegará a general; y usted, suboficial, llegará a ser
técnico jefe. Pensando en el futuro de mi propio hijo, no quiero destruirles la
carrera.
El 18 de octubre, la comitiva
abandonó definitivamente Huacrachuco, llevando de regreso a Huamachuco al
subteniente Costa y al suboficial Moreno, ambos formalmente relevados pero
salvados del tribunal militar por el corazón de un padre.
Las vueltas que da la vida y
las paradojas del destino no dejan de sorprender en el mundo de los cuarteles.
Décadas después de aquel abandono de puesto, el subteniente Costa Gallegos
continuó ascendiendo peldaño a peldaño en la jerarquía militar; llegó a
ostentar los galones de coronel y, posteriormente, alcanzó las estrellas de General
de División del Ejército peruano, desempeñándose en altas jefaturas del
Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y sirviendo como representante del Perú
ante la Junta Interamericana de Defensa (JID) en los Estados Unidos. Por
su parte, la suerte del operador de comunicaciones fue muy distinta: en el año
1993, Moreno Salazar incurrió en un definitivo abandono de destino —lo que las
leyes actuales sancionan como abandono de empleo— y, tras colgar el uniforme de
forma definitiva, se formó como abogado en las calles de la ciudad de Huaraz.
A pesar de las estrellas
doradas que hoy adornan los hombros del general de división Francisco Javier
Costa Gallegos, en los rincones más profundos de su memoria siempre persistirá
el recuerdo nítido de la «reclutada» que cometió en las alturas de Huacrachuco.
Esa falta de juventud, el haber dejado una base contrasubversiva bajo la única
custodia de la radio y la lealtad de un sargento de la tropa, es una mancha
invisible que no se borra de la conciencia. Tuvo, sin duda alguna, una fortuna
descomunal; una suerte esquiva que rara vez ampara a los oficiales en tiempos
de guerra, y que en su caso se vistió con la generosidad de un comandante que
prefirió mirar el rostro de su propio hijo antes que firmar una sentencia de
deshonor.
















































