sábado, 16 de febrero de 2019

SOLDADO ECUATORIANO CAPTURADO POR LAS TROPAS DEL PERÚ/CAMPAÑA MILITAR ALTO CENEPA 1995

El soldado con casco, con las manos entrelazados es un combatiente del ejército ecuatoriano, capturado por las tropas del Perú en el Valle del Cenepa. Prisionero de guerra, custodiado por combatientes del Perú en su travesía por el caudaloso Río Cenepa, con destino al Puesto de Vigilancia N° 1, provincia de Condorcanqui, departamento de Amazonas. 
    Prisioneros del ejército ecuatoriano, sargento Chalá y cabo Mayancha en Lima, Perú. 23 marzo 1995.

martes, 12 de febrero de 2019

COMBATIENTE MIGUEL PINEDA RAMÍREZ FINALIZADO LAS ELECCIONES MUNICIPALES Y REGIONALES 20 / 11 / 2006

Custodia militar en el distrito de Llama (Elecciones presidenciales de 2006)

Durante la primera y segunda vuelta de las elecciones presidenciales peruanas del año 2006 —celebradas los domingos 9 de abril y 4 de junio, respectivamente, y que dieron como ganador al doctor Alan García Pérez para su segundo mandato—, me correspondió liderar la seguridad electoral en el distrito de Llama. Bajo mi mando se encontraban únicamente un cabo y un soldado del Servicio Militar Voluntario (SMV); este último un recluta que, debido a las limitaciones de la época, ni siquiera había realizado su primer ejercicio de tiro con el fusil FAL, lo que significaba que jamás había disparado un solo cartucho.

El distrito de Llama es uno de los ocho distritos que conforman la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga, situada en la sierra de la región Áncash. Conectarse con Piscobamba, la capital provincial, implicaba recorrer 80 kilómetros a través de una trocha carrozable sumamente angosta. Este distrito, que limita con Eleazar Guzmán Barrón y Musga, destaca por su clima templado y sus ocho caseríos. La gran mayoría de sus pobladores son campesinos quechua hablantes y semi analfabetos que, por herencia ancestral, practican el chacchado de la sagrada hoja de coca. Su economía familiar depende de la agricultura y la ganadería a pequeña escala, criando principalmente ovinos, vacunos, equinos, asnos, porcinos y aves de corral; en las zonas bajas predomina el cultivo de maíz, mientras que en las partes altas siembran cebada, trigo, papa, oca y olluco.

El resguardo del proceso electoral en todo el distrito dependía exclusivamente de una dotación de cuatro personas: tres efectivos del Ejército y un solo miembro de la Policía Nacional del Perú (PNP). Esta misión demandaba 72 horas continuas de servicio, sin márgenes para el descanso o el sueño. Durante las noches, el policía asumía la custodia directa de las ánforas junto al personal de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Por parte del Ejército, un soldado armado con su fusil FAL cubría la puerta principal del local de votación con relevos cada tres horas, mientras el segundo permanecía en la banca de retén, listo para actuar ante cualquier emergencia. Como comandante y encargado de la patrulla, asumí el rol de oficial de guardia permanente, supervisando al personal de tropa en vela durante toda la noche.

En aquellos años, las restricciones como la Ley Seca de 48 horas previas al sufragio eran ignoradas por la población; era habitual ver a ciudadanos consumiendo alcohol en cantinas y locales partidarios incluso el mismo día de los comicios. La alarmante escasez de personal de tropa en los batallones de combate —un problema crítico que se arrastraba desde el año 2000— hacía imposible controlar estos disturbios o efectuar detenciones. Este drástico déficit operativo dejaba a las pequeñas patrullas militares en una situación de extrema vulnerabilidad, expuestas al peligro constante de emboscadas subversivas, delincuencia común o desmanes provocados por las apasionadas pugnas políticas locales.

El botín municipal y la realidad electoral en el Perú profundo

Desde el 28 de julio del año 1990, se consolidó en el país un fenómeno donde grupos de personas —principalmente en las regiones andinas— se organizan bajo el amparo de los requisitos del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). No obstante, detrás de la fachada de partidos políticos, operan con frecuencia pseudo organizaciones con lógicas delincuenciales cuyo objetivo primordial es capturar el sillón municipal para acceder a los fondos del Estado, concebidos como un auténtico botín. En aquellas provincias bendecidas por el canon minero que transfieren las grandes empresas transnacionales dedicadas a la minería a tajo abierto, la competencia es feroz: es habitual que se presenten más de veinte candidatos por jurisdicción. En estos escenarios, el uso sistemático de los denominados "electores golondrinos" define los resultados, desatando tras el escrutinio violentas disputas, quema de ánforas e incluso asesinatos.

La disparidad presupuestal y de ingresos entre las autoridades de la región Áncash refleja fielmente el impacto de estas rentas de la tierra:

  • Distrito de Llama (Mariscal Toribio de Luzuriaga): Al carecer de transferencias por canon minero, su alcalde percibe un sueldo mensual de S/ 2,500.00, disponiendo de un vehículo con chofer y seguridad. El municipio administra un presupuesto anual de dos millones ochocientos mil soles (S/ 2,800,000.00) destinados a obras públicas.
  • Distrito de Chavín de Huántar (Huari): Con una mayor extensión geográfica, caseríos y densidad electoral, el Estado asigna a su alcalde un sueldo mensual de S/ 5,000.00, sumado a camioneta, chofer y resguardo. Gracias al canon aportado por la Compañía Minera Antamina, el distrito maneja un presupuesto anual aproximado de sesenta millones de soles (S/ 60,000,000.00).
  • Distrito de San Marcos (Huari): Su alcalde percibe igualmente una remuneración mensual de S/ 5,000.00, movilidad oficial y escolta. Al ser el distrito más rico del Perú debido a que concentra el mayor volumen de transferencias del canon de Antamina, el presupuesto anual de la comuna escala hasta los doscientos cincuenta millones de soles (S/ 250,000,000.00).

Este caudal económico contrasta drásticamente con las condiciones socioeducativas de gran parte de la población rural, compuesta por ciudadanos semianalfabetos que periódicamente son conducidos a las urnas sin una real comprensión del sistema democrático formal. Para el electorado local, el concepto de democracia se materializa en las polladas y pachamancas que los postulantes organizan antes, durante y después de la jornada de sufragio. Tras consumir los banquetes y emitir su voto, los electores se concentran en las sedes de campaña para recibir licores y abundante hoja de coca en retribución a su lealtad; un ambiente de embriaguez generalizada que se torna altamente peligroso si los resultados oficiales son adversos, gatillando de inmediato asaltos a los centros de votación y destrucción de material electoral. Esta cruda realidad desmitifica el sistema político vigente en el Perú interior, reduciendo la práctica democrática al asistencialismo de un plato de pollada o al reparto de dádivas plásticas, un estilo de hacer política que en su momento personificó a nivel nacional el excongresista Kenji Gerardo Fujimori Higuchi.

El declive del Servicio Militar y la paradoja del poder municipal

El 29 de septiembre de 1999, el ingeniero Alberto Fujimori promulgó la Ley N° 27178 (Ley del Servicio Militar Voluntario), extinguiendo el Servicio Militar Obligatorio en las Fuerzas Armadas. Durante los sucesivos gobiernos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, la clase política dirigió una sistemática hostilidad hacia el Ejército. Como una aparente represalia por los sucesos de la guerra contrasubversiva (1980-2000), las autoridades nacionales impulsaron la venta de diversos cuarteles y recortaron drásticamente las plazas de tropa. Esto redujo los batallones de combate de su capacidad operativa histórica de 600 hombres a menos de 70 efectivos. Desde el año 2000, las unidades militares a nivel nacional subsisten con apenas 50 a 70 reclutas del Servicio Militar Voluntario; personal que, aunque luce uniformes adecuados, carece de un entrenamiento riguroso debido al fracaso de este sistema. Esta realidad contrasta con el panorama previo al año 2000, cuando cada local de votación era custodiado por 21 soldados del Ejército óptimamente armados y entrenados, junto a un efectivo policial. En aquellos tiempos, la llegada de las patrullas infundía un profundo respeto entre los civiles de las zonas altoandinas, quienes reconocían en el soldado a una autoridad dispuesta a emplear las armas con determinación ante situaciones de peligro.

Por otro lado, durante su primer mandato (1990-1995), el presidente Alberto Fujimori institucionalizó la asignación de sueldos para todos los alcaldes del país, equipándolos además con vehículos nuevos, choferes y escoltas oficiales. Esta jerarquización de los cargos locales generó situaciones paradójicas dentro del estamento militar. En el año 2002, el suboficial del Ejército Macario Rojas Reyes fue dado de baja de la institución por deficiencia académica y por reprobar el examen de esfuerzo físico. Sin embargo, ese mismo año postuló a la alcaldía del distrito de Ranrahirca, en la provincia de Yungay, logrando ganar las elecciones. Para el año 2003, transformado en la máxima autoridad edil, el exsuboficial retornaba al cuartel a bordo de una moderna camioneta municipal, custodiado por su chofer y dos guardaespaldas, para coordinar de igual a igual con el comandante del batallón. En otras ocasiones, el alcalde acudía con su equipo de fulbito para disputar encuentros deportivos que incluían apuestas de cajas de cerveza y ceviche; invitando posteriormente al personal militar a Ranrahirca, donde él y su cuerpo de regidores asumían todos los gastos de agasajos que siempre culminaban con tradicionales pachamancas.

Las restricciones operativas y la advertencia electoral (Elecciones Municipales de 2006)

Entre los años 2000 y 2006, las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, recibieron en tres oportunidades la visita de delegaciones de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) y de la Defensoría del Pueblo. El último de estos encuentros se llevó a cabo apenas un mes antes de las elecciones municipales de noviembre de 2006. Durante la jornada, los representantes impartieron diversas charlas sobre el uso de la fuerza y el trato con la población civil, cuyas directrices, en la práctica, limitaban drásticamente el empleo del armamento reglamentario, incluso si la vida del personal militar se encontraba en inminente peligro. En aquella reunión, celebrada en el comedor de la tropa, una de las ponentes de Derechos Humanos fue categórica al señalar: «Señores, en caso de que los locales de votación sean atacados, no hagan uso de las armas; bajo ninguna circunstancia. En las peores situaciones, es preferible que entreguen sus fusiles antes de dispararlos; si alguien muere, ustedes irán presos».

Ante la advertencia, el personal militar de todos los grados permaneció en un tenso y absoluto silencio. Fue en ese instante cuando decidí intervenir para interpelar directamente a la representante: «Señora, si esa es la disposición, ordene inmediatamente que no llevemos los fusiles, porque de nada nos van a servir ante un peligro real y, sobre todo, frente a un asalto al local de votación». La respuesta de la expositora, lejos de matizar su postura, ratificó la advertencia: «Señores, están advertidos: no disparen. Si se produce alguna baja, serán denunciados y terminarán en prisión».

Paralelamente, durante las dos vueltas de las elecciones presidenciales de ese mismo año en el distrito de Llama, logré entablar amistad con algunos civiles, entre los cuales se encontraban varios profesores que planeaban postular a la alcaldía. En estas localidades de la sierra, las campañas políticas se caracterizan por una profunda polarización y hostilidad, donde los rivales se acusan mutuamente de corrupción y robo. En una de esas conversaciones, uno de los docentes me previno de manera confidencial: «Jefe, como amigo te aconsejo que ya no regreses para las elecciones municipales, porque aquí va a correr mucha sangre». Advertido por este panorama de violencia inminente, decidí no retornar a Llama para los comicios de noviembre. Al momento de organizarse las comisiones en el batallón, solicité formalmente mi rotación al Oficial de Operaciones (S-3). Mi requerimiento fue aprobado, siendo reasignado para resguardar el local de votación en el distrito de Piscobamba, la capital de la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga.

La jornada violenta del 19 de noviembre de 2006 en Áncash

En el distrito de Llama, durante las elecciones municipales del 19 de noviembre de 2006, un cuestionado profesor se presentó a la reelección tras dos periodos consecutivos. Valiéndose del traslado sistemático de "electores golondrinos" contratados y movilizados desde Lima y Huaraz, el candidato se alzó con la victoria por tercera vez. La respuesta de la población no se hizo esperar: una turba enardecida de civiles de todas las edades, armada con piedras y palos, asaltó el centro de votación. Al único efectivo de la Policía Nacional que custodiaba desarmado la entrada principal, el grupo violentista lo capturó y lo arrojó por un acantilado. Acto seguido, más de quinientos hombres y mujeres irrumpieron en el local. Ante la inferioridad numérica, los tres miembros del Ejército se vieron obligados a romper el cerco y escapar por los cerros; una maniobra evasiva que evitó su linchamiento y el despojo de sus fusiles FAL y municiones. La muchedumbre procedió a quemar la totalidad de las ánforas, aunque respetó la integridad del personal de la ONPE. Si esta situación hubiese ocurrido antes de las restricciones operativas del año 2000, cuando el soldado estaba mental y físicamente instruido para abrir fuego en defensa de la misión, el desenlace habría cobrado un número indeterminado de vidas humanas.

La violencia de aquella noche alcanzó ribetes trágicos en el distrito de Chavín de Huántar, provincia de Huari. Hacia las 22:00 horas, amparados en la oscuridad del pueblo, una masa de aproximadamente tres mil pobladores provistos de rejones de metal, palos y piedras cercó y atacó las instalaciones del sufragio. Tras reducir la seguridad, destruyeron el material electoral por medio del fuego, secuestraron y asesinaron cruelmente a dos soldados del Servicio Militar Voluntario pertenecientes al Batallón de Infantería Motorizado "Juan Hoyle Palacios" N° 6 de Huaraz. A la mañana siguiente, los cuerpos sin vida de ambos reclutas fueron hallados al pie del cerro Shallapa; los perpetradores habían colocado de forma cínica los fusiles reglamentarios sobre los pechos de los fallecidos. Pese a la gravedad del crimen, las indagaciones policiales y judiciales no lograron identificar a los cabecillas, dejando el doble homicidio en la total impunidad, sin detenidos ni sentenciados.

Ese mismo domingo, a las 08:45 horas, el distrito de Huallanca, en la provincia de Huaylas, se convirtió en el tercer foco de insurgencia civil. Apenas iniciado el proceso de votación, un grupo organizado de trescientas personas atacó con palos y piedras el local escolar. La turba superó rápidamente a las autoridades: desarmaron al Técnico del Ejército Arturo Honores Jaramillo, despojándolo de su ametralladora UZI para luego amarrarlo a un poste en la vía pública, mientras que un mayor del Ejército y un efectivo policial fueron encerrados bajo candado dentro de un aula. Dada la proximidad geográfica con el distrito de Caraz, la comandancia reaccionó con celeridad y desplegó una fuerza de auxilio. El contingente de reserva de la guarnición del Batallón de Ingeniería N° 32 acudió al lugar junto a personal policial, logrando rescatar con vida a los tres efectivos capturados. Amparados en los vacíos del sistema democrático local, ninguno de los asaltantes fue procesado ni sancionado por el robo de armamento de guerra o el secuestro de las fuerzas del orden.

La violencia desatada en Fidel Olivas Escudero y Pachapaqui

La ola de insurgencia civil del 19 de noviembre de 2006 golpeó también con dureza al distrito de Fidel Olivas Escudero, otra de las ocho circunscripciones de la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga. Al promediar las 21:45 horas, tras el cierre de las mesas de sufragio, una turba de aproximadamente trescientas personas instrumentalizó la oscuridad de la noche para asaltar el centro de votación con palos y piedras, reduciendo el recinto a cenizas junto con las ánforas electorales. En medio del caos y la nula visibilidad, el único efectivo policial asignado se dispersó en la geografía agreste, mientras que la patrulla del Ejército —perteneciente al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 de Caraz y compuesta por un suboficial y dos soldados de tropa— se vio forzada a replegarse a gran velocidad por las laderas de los cerros para sortear un linchamiento inminente.

Simultáneamente, en el distrito de Pachapaqui, provincia de Bolognesi, la jornada electoral derivó en un escenario idéntico. Una masa de cerca de quinientos pobladores enardecidos atacó el local de votación y destruyó el material electoral mediante el fuego. Ante la abrumadora disparidad numérica, el reducido contingente militar y policial presente debió abandonar la posición y emprender la huida hacia las alturas para salvaguardar sus vidas. Episodios de esta magnitud se replicaron en diversas regiones del país durante aquel año, configurando una problemática que se mantiene latente debido a las severas restricciones legales y doctrinarias que impiden al soldado emplear las armas que el Estado le confía para su legítima defensa y el cumplimiento de su misión constitucional.

El análisis institucional y la crisis del sistema político

El progresivo debilitamiento de las capacidades operativas de las Fuerzas Armadas responde a una línea de acción política que se trazó tras la culminación de la guerra contrasubversiva (1980-2000). Diversos análisis institucionales coinciden en que sucesivos gobiernos, en aparente represalia por los sucesos de dicho periodo, impulsaron reformas legislativas y presupuestarias orientadas a la drástica reducción del personal de tropa en los batallones de combate. Este proceso vino acompañado de campañas de opinión que erosionaron el prestigio militar, desnaturalizando progresivamente el rol tradicional de la institución y mermando su capacidad de respuesta ante disturbios internos de gran escala.

Esta realidad expone las profundas contradicciones de la estructura estatal peruana, donde la inestabilidad social, la desafección ciudadana y las redes de corrupción generalizada no se originan en el estamento militar, sino en los fueros civiles, judiciales, fiscales y de la alta clase política. La crisis de representatividad y el manejo de los recursos públicos como un botín corporativo han terminado por debilitar las bases democráticas del país, dejando desprotegidos e indefensos a los propios elementos del orden que arriesgan su vida en el cumplimiento del deber.