viernes, 12 de diciembre de 2014

La 9na DIVISIÓN BLINDADA TUMBES PERÚ 1984

El despliegue estratégico de la 9ª División Blindada en Tumbes (1981). - La zona fronteriza entre el Perú y el Ecuador mantuvo históricamente un clima de alta tensión geopolítica desde los albores de la época republicana. Uno de los episodios más críticos de esta relación ocurrió en enero de 1981 con el conflicto del Falso Paquisha, desencadenado en la cordillera del Cóndor. Este acontecimiento motivó una respuesta estratégica inmediata por parte del alto mando peruano: el traslado definitivo de la 9ª División Blindada desde su sede original en la ciudad de Lima hacia la guarnición militar de Tumbes, movimiento que se ejecutó de forma masiva en el mes de febrero de ese mismo año.

A su arribo a la calurosa ciudad norteña, esta gran unidad de combate procedió a ocupar de manera estratégica las instalaciones de la región. El Cuartel General y el núcleo de su potencia de fuego se asentaron en el Fuerte «24 de Julio», ubicado en la meseta de El Tablazo. En este recinto se posicionaron los Batallones de Tanques Nº 222 y Nº 223, unidades dotadas con los imponentes tanques T-55 de fabricación soviética, vehículos de 36 toneladas equipados con cañones de 100 mm. Asimismo, el fuerte albergó al Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111, el cual contaba con los sistemas autopropulsados ZSU-23-4B1 Shilka; a la Compañía de Comunicaciones Nº 211; a la Compañía de Policía Militar y a la Compañía Comando.

De forma complementaria, el despliegue se extendió hacia el distrito de Corrales, donde las unidades de apoyo, ingeniería e infantería ocuparon el Fuerte «5 de Julio». En esta guarnición se establecieron el Batallón de Ingeniería de Combate «Machupicchu» Nº 211, el Batallón de Infantería Blindada «Cahuide» Nº 211 y una Compañía Antitanque especializada. El soporte logístico, el abastecimiento y el mantenimiento técnico de toda la gran unidad quedaron bajo la responsabilidad del Batallón de Servicios Nº 211, consolidando así un poderoso dispositivo de disuasión y defensa en el extremo norte del territorio nacional.

Las ondas del deber: Memorias de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 en el Hito 500.- Hacia el año 1984, la 9ª División Blindada se erigía como el puño de acero en la frontera norte del Perú. La Gran Unidad ostentaba un imponente parque bélico de procedencia soviética que se mantenía en un óptimo y envidiable estado de operatividad. La rutina en la guarnición no conocía el descanso; constantemente, los batallones de maniobra y las compañías independientes abandonaban los cuarteles para internarse en el terreno, ejecutando rigurosos ejercicios de tiro y maniobras de campaña conjuntas en el estratégico sector del Hito 500, en Zarumilla, justo en la línea misma que dividía las soberanías.

En aquel escenario de polvo, mística y estepa norteña, le tocó actuar a la Compañía de Comunicaciones Nº 211. Entre sus filas marchaban jóvenes suboficiales de 3ra, Miguel Pineda, recién egresados de las aulas de la Escuela Técnica del Ejército, quienes debían asumir de inmediato la enorme responsabilidad técnica y operativa de la especialidad. Sin importar la jerarquía, el personal cumplía funciones polivalentes, alternando con destreza los roles de mecánicos de mantenimiento y operadores de radio. La compañía jamás se quedaba en la retaguardia; se desplazaba por completo hacia la zona de operaciones desplegando sus camiones equipados con cabinas Shelter, laboratorios móviles que daban vida a la red de comando a través de una rigurosa organización táctica.

El sistema se articulaba a partir de dos núcleos fundamentales. El primero de ellos era el Centro de Comunicaciones Nº 1, el vehículo principal encargado de asegurar el enlace vital con el Escalón Superior y mantener el control de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. En su interior, el zumbido de los equipos delataba una actividad frenética: un radio de Onda Corta y Banda Lateral Única (C/V BLU) enlazaba las unidades de maniobra y el apoyo de fuegos; un segundo equipo de Frecuencia Modulada (C/V FM) comunicaba directamente a los comandantes en el frente; un tercer radio BLU mantenía el cordón umbilical con el alto mando del Escalón Superior; mientras que una Central Telefónica manual administraba la compleja red de campaña cableada en el terreno.

1. Centro de Comunicaciones Nº 1 (Enlace de Comando y Escalón Superior)

Este vehículo aseguraba de forma directa las comunicaciones con el Escalón Superior y la dirección táctica de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. Su equipamiento de radio constaba de:

  1. Red de Maniobra y Apoyo de Fuegos: Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), empleado para enlazar a las unidades de combate de primera línea y la artillería en el terreno.
  2. Red de Comandantes: Un equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM), destinado a la comunicación directa entre el Comando de la División y los jefes de las distintas unidades y apoyos de combate.
  3. Red del Escalón Superior: Un segundo equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), exclusivo para mantener el enlace estratégico con el alto mando.
  4. Red Telefónica de Campaña: Una Central Telefónica destinada a la administración y conmutación de la red de cables y teléfonos desplegados en el sector.

2. Centro de Comunicaciones Nº 2 (Enlace del 2do Escalón del Cuartel General)

Este vehículo garantizaba el flujo de información administrativa y el soporte logístico para la retaguardia de la Gran Unidad. Su equipamiento estaba distribuido de la siguiente manera:

  1. Red Administrativa Superior: Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU) dedicado al enlace con la unidad de apoyo administrativo del Escalón Superior.
  2. Red Logística de la División: Un equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM) para la comunicación y coordinación directa con el Batallón de Servicios Nº 211.
  3. Red de Teletipo y Mensajería: Un equipo de Centro de Mensajes (C/M) destinado a la transmisión formal, escrita y cifrada de las órdenes militares.
  4. Red Telefónica de Retaguardia: Una Central Telefónica propia para la gestión de las líneas telefónicas de hilo en su zona de responsabilidad.

Orugas hacia el Norte: El rugido de la 9ª Blindada (1984). - Para un suboficial de tercera recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, el año 1984 quedó cincelado a fuego en el alma. La vida en la 9ª División Blindada, bajo el mando del General de Brigada Jorge Ruiz Calderón y su Estado Mayor —integrado por los coroneles Torrico y Diez—, era una escuela constante de disciplina, coraje y mística. En aquel rincón de la patria, perteneciente a la entonces Primera Región Militar, el orgullo de vestir el uniforme se respiraba en cada rincón de los cuarteles.

Uno de los recuerdos más imborrables y espectaculares que quedó grabado en la memoria de los cientos de asistentes, tanto militares como civiles, fue ver la imponente maniobra de un Vehículo Porta Tropa a Oruga (PTO) perteneciente al Batallón de Infantería Blindado «Cahuide» Nº 211 de Corrales. Ante la mirada atenta del pueblo tumbesino, el blindado anfíbio cruzó con total éxito y destreza las bravas aguas del río Tumbes, demostrando que no existía barrera geográfica capaz de detener el avance de la gran unidad.

Pero más allá del rugido de los motores y el peso del acero, lo que verdaderamente sacudía las fibras más íntimas del personal de todos los grados era la música. Durante los intensos desfiles por motivo de las inspecciones de comando, la banda de músicos rompía el aire con los acordes de la emblemática y combativa canción «A Quito nos vamos». A sus sones, los soldados, suboficiales y oficiales marchaban al unísono, cantando a todo pulmón con una moral inquebrantable que hacía retumbar la tierra. Esas vivencias, marcadas por el polvo del camino y la lealtad a la bandera, se convirtieron en un faro que iluminó un largo y digno trajinar dentro de las filas del Ejército del Perú.

A QUITO NOS VAMOS

            A Quito nos vamos (bis)                                  
            A Quito marcharemos llenos de valor 
            Alerta muchachos (bis)                                                                                               
            Alerta que los monos traicioneros son              
            Por nuestras fronteras                                      
            Por nuestros hermanos                                    
            Por ellos que vilmente fueron muertos              
            Vengar su sangre
            Nos toca ahora
            Ya que la patria siempre nos recordará
            Ya me voy amor, amor (bis)
            Ya me voy con la esperanza de volver
            Si el destino vé por mí (bis)
            Si el divino quiere pronto volveré.
            yo te pido que rogues (bis)
            y a la virgen una cera encenderas
            no me llores ni me tengas compasión bella mujer
            que en mi pecho siempre tú has de reinar.

La vida en los cuarteles del Tablazo. - En los tiempos en que el desierto de Tumbes parecía arder bajo el sol, la vida en los cuarteles de la 9ª División Blindada del Tablazo seguía un ritmo propio, dictado más por la necesidad que por los reglamentos. Cada quincena, o al cumplirse el mes, el rugido de los motores administrativos rompía la rutina. Eran los camiones militares que partían rumbo a la Frontera Norte, con suboficiales de la reserva al volante y sargentos reenganchados como copilotos, listos para una misión tan vital como informal: el abastecimiento.

Al llegar a las inmediaciones del puente internacional, los vehículos maniobraban hasta detenerse en el pampón. Desde allí, los uniformados cruzaban a pie hacia Huaquillas, territorio ecuatoriano, donde la economía vecina se convertía en el salvavidas de la tropa peruana. El contrabando hormiga era el verdadero motor logístico de la frontera. Por eso, cualquiera que entrara a las cantinas del Servicio Militar Obligatorio se topaba con un paisaje extranjero: las galletas y las gaseosas que los reclutas devoraban con ansia eran de procedencia ecuatoriana. Incluso el plato fuerte del día, el lomo saltado, se cocinaba con carne traída del otro lado del canal, siempre escoltado por una Coca-Cola bien helada, también de etiqueta norteña. Aquel comercio era un negocio redondo para los comandantes de batallón, quienes administraban los almuerzos extras y los antojos de la tropa, quedándose con las propinas de los muchachos.

Los fines de semana, el ritual cambiaba de protagonistas. Los sábados y domingos, los técnicos y suboficiales casados emprendían su propio viaje hacia la línea de frontera; regresaban al caer la tarde, cargados con las bolsas del mercado que asegurarían el alimento de sus familias para la semana entera. Los oficiales, siempre celosos de las apariencias y más solapados en sus andanzas, preferían no mezclarse en el tumulto. Ellos aprovechaban la discreción de los viajes administrativos, dejando que sus encomiendas personales viajaran camufladas entre las cajas destinadas a los ranchos de los soldados.

La frontera era un ente vivo y contradictorio. El técnico Lozada Neyra, viejo roble de la Compañía de Comunicaciones Nº 211, solía contar que ni el estallido de las armas en el conflicto de 1981 logró romper los lazos del mercado. En pleno conflicto armado, civiles y militares peruanos seguían cruzando al lado ecuatoriano con total normalidad para hacer sus compras. En aquellos años, Ecuador era la tierra de la abundancia barata. Mientras en el Perú la tecnología era un lujo prohibitivo, en Huaquillas aparecían los primeros televisores Sony a color de 14 pulgadas a un precio de risa: apenas 215 soles, frente a los exorbitantes 570 soles que costaban en territorio nacional.

Para el año 1984, durante los últimos tramos del gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, la crisis económica ya mostraba sus garras más afiladas. La inflación avanzaba sin tregua y el dólar subía día tras día, devorando el valor del dinero con una voracidad que asustaba. Con un sueldo de 470 soles que apenas alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas del hogar, la supervivencia se convirtió en un arte de magia. Hubo que ajustar los gastos al extremo, vigilar cada moneda y renunciar a cualquier capricho. Solo así, estirando el presupuesto bajo el sol del norte, fue posible rescatar del torbellino económico un pequeño tesoro: seiscientos soles de ahorro al final del año, el humilde trofeo de un soldado que aprendió a ganarle la batalla a la escasez.

Mal uso de los vehículos de apoyo de combate. - Al llegar a la guarnición de Tumbes, en los cuarteles de la 9na División Blindada, encontré muchos camiones Man modelo 20-280 (DFAEG) 6 x 6, vehículo de apoyo de combate recientemente adquirido, diseñado para transporte de tropa, carga diversa y tracta remolques y piezas de artillería en todo terreno, puede tractar o cargar hasta 21 toneladas, es de fabricación alemana, son excelentes en todo terreno. Estos camiones habrían llegado a la 9na División Blindada como dotación durante el año de 1983, por lo que se encontraban aún semi nuevo. A estos vehículos los comandantes de Unidades le daban mal uso, los alquilaban a las ladrilleras, a las langostineras, otros se dedicaban al transporte de leña, etc. Todo el año 1984 estos vehículos transitaron con sus cargas ilícitas por todo lado, normalmente los manejan los sargentos reenganchados y los suboficiales de procedencia reserva; las Unidades que no contaban con este tipo de vehículos, alquilaban a sus vehículos de tipo LA para el transporte de leña a las ladrilleras.

En aquellos tiempos desconocí el costo del alquiler de estos vehículos, tampoco no sé cuánto de ingreso habría generado mensualmente cada camión; solo se hablaba que generaban recursos propios para los batallones y companías, en realidad para quien habría sido el dinero que se obtenía así de esa forma y en que bolsillo habría terminado dicho ingreso ilícito.

Yo permanecí destacado al mando de 12 hombres de Tropa, durante dos meses consecutivos en los montes que se encuentran al fondo, pasando la zona  de Cabuyal, corté leña por orden expresa del mayor de comunicaciones Hermoza Ramírez Raúl, más conocido como la “burra” Jefe de la Compañía de Comunicaciones N° 211, cada fin de la formada un vehículo Man llegaba y retornaba cargado de leña, conducido por un sargento renganchado, toda la carga de leña salía con destino a las ladrilleras que en aquellos tiempos abundaba en la ciudad de Tumbes. Por el trabajo ilegal que realicé no recibí ningún tipo de pago, solo cumplí órdenes.

Bajo el Techo de Eternit. - El techo de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 no era un edificio, sino un galpón inmenso en la calurosa tierra norteña. Una estructura de metal techada con planchas de Eternit a doble caída que se elevaba a doce metros del suelo, como queriendo atrapar el calor sofocante de Tumbes. Bajo esa misma cubierta, sin más fronteras que las siluetas grises de unos roperos metálicos de tropa, convivían tres unidades: Comunicaciones, la Policía Militar Nº 211 y la Compañía Comando, que albergaba a los músicos del fuerte. Allí se amontonaban las cuadras de los soldados, las oficinas del Estado Mayor y los camastros de los técnicos y suboficiales.

En ese enorme hangar, la privacidad era un mito. Al caer la noche, el eco de las botas del servicio de guardia contra el cemento astillaba el silencio, impidiendo cualquier intento de descanso. Era una convivencia incómoda, casi cruel para los técnicos más antiguos. Hombres con más de veinte años de servicio, cuyos cuerpos ya reclamaban la paz de un hogar, se veían obligados a soportar el desorden y las risas destempladas de los suboficiales jóvenes que regresaban de madrugada, bendecidos por el alcohol y la inconsciencia de la juventud.

Al frente de la compañía estaba el Mayor Hermoza Ramírez. De contextura gruesa, mediana estatura y con la cuarentena a cuestas, el Mayor era la antítesis del rigor atlético. Raras veces se le vio correr liderando a la tropa; carecía de ese fuego sagrado y la actitud guerrera que se espera de un oficial de infantería o blindados. Entre dientes y a sus espaldas, el personal lo llamaba "La Burra", juzgándolo como un hombre poco apto para las penurias de una campaña larga, ya fuera en los mapas de una guerra convencional o en el fango de un conflicto asimétrico antisubversivo. Su pericia teórica en el arma de comunicaciones siempre fue un misterio protegido por su escritorio.

El verdadero brazo ejecutor del cuartel era el teniente Ricardo Anderson Cojatsu, el ejecutivo y S-3. Con veintiocho años y un cabello canoso prematuro que le daba un aire severo, Anderson era alto, fuerte y hábil en las pichangas de fulbito sobre las canchas de cemento del fuerte. Era el típico oficial criollo: "bravo en el cuartel", pero de esos oficiales costeños que, según la voz popular de los cuarteles, no resistirían una marcha forzada en las punas heladas o en la espesura de la selva contrasubversiva. En el Compañía de Comunicaciones lo apodaban "La Vieja".

El teniente Anderson comandaba con mano de hierro y un carácter despótico. Para la tropa floja o indisciplinada no había discursos, sino violencia. Cuando el mal humor lo dominaba, el cableado grueso de los equipos de radio vehicular CX-4720/VRC o los chicotazos del cable CX-7059/VRC se convertían en látigos improvisados. Otras veces, eran las antenas AS-1729/VRC, los baquetones de limpieza o las pesadas baterías TNC-7725 de las radios mochileras A/PRC-77 los que caían sobre las espaldas de los soldados de tropa. Eran tiempos duros, donde el abuso físico y psicológico se camuflaba bajo el rótulo de la corrección drástica.

Pero el desprecio de Anderson no distinguía jerarquías. Los técnicos de segunda Gabriel Lorenzo Casimiro, apodado "Cachito", y Héctor Chumpitaz Gonzáles —hombres con treinta y veintiocho años de servicio impecable— eran humillados públicamente. El teniente los reprendía a gritos como si fueran sus entenados, pisoteando sus canas frente a los suboficiales más jóvenes. A nosotros, los de menor rango, nos mantenía a raya con una lluvia incansable de papeletas de castigo. Cuatro días de arresto simple eran el mínimo por cualquier pestañeo. En su vocabulario no existía la compasión ni el "pobrecito, tiene familia".

A pesar de las injusticias, el Técnico Casimiro, el más antiguo de la caompanía, jamás bajó los brazos. Su puntualidad era exacta, su porte militar intachable y su energía contagiaba el respeto que el teniente le negaba.

Lo único rescatable de aquel encierro en la 9ª División Blindada era la calidad de la instrucción. El fuerte funcionaba con la precisión y el aislamiento de una escuela militar: cada minuto del día estaba tabulado para la preparación de una guerra inminente con el Ecuador. En la Compañía 211, los soldados de la tropa se convirtieron en un complemento perfecto para los técnicos. Manejaban con destreza teórica y práctica los sistemas de radio de Alta Frecuencia (HF) y Muy Alta Frecuencia (VHF), tendían líneas telefónicas, operaban centrales y dominaban la electricidad de campaña. Se les entrenaba para ser hombres de guerra, listos para operar bajo el fuego, ignorando que el verdadero enemigo, muchas veces, dormía bajo su mismo techo de Eternit.

La Huelga de los Platos Vacíos. - En el Fuerte 24 de Julio, el rancho era una frontera más hostil que la misma línea de guerra con el Ecuador. La 9ª División Blindada separaba los estómagos con un rigor implacable: un comedor exclusivo atendía a la oficialidad, mientras el otro alimentaba a la masa de doscientos cincuenta comensales compuesta por técnicos, suboficiales, sargentos reenganchados y empleados civiles. El descuento para costear la comida se aplicaba de forma obligatoria y directa en la planilla, pero lo que llegaba a las mesas a cambio era una miseria indigna.

Los desayunos consistían en una pequeña taza china con un té o café ralo, escoltado por dos panes untados con una capa invisible de mantequilla. Al almuerzo, el calvario era logístico y físico: las mesas estaban rígidamente ordenadas según la antigüedad, obligando a los suboficiales jóvenes a formar filas interminables mientras los cubiertos —cucharas, tenedores y cuchillos— se extinguían antes de llegar a la mitad de la cola. La cena ganaba por mérito propio el apelativo de "muerte lenta": un locro de zapallo aguado donde flotaban náufragos unos cuantos granos de arroz, acompañado por el eterno té en la taza de loza barata.

El hambre generalizada no era un accidente; era un negocio. El runrún diario en los rincones del cuartel apuntaba hacia la Jefatura de la Junta Económica de Rancho (JEROPA), entonces en manos de un capitán, en complicidad con el suboficial de tercera Velasco, alias "El Mostro", quien se turnaba como adjunto del oficial de rancho. Los comentarios, nacidos de la impotencia de la corporación de técnicos y suboficiales, aseguraban que los víveres de primera calidad eran desviados de madrugada en camiones administrativos, cruzando la mismísima Guardia de Prevención con el amparo del silencio aduanero militar. Todos sabían, todos hablaban, pero nadie se atrevía a cruzar la línea de la denuncia formal.

El descontento, contenido desde enero de 1984, estalló el 26 de noviembre. Una consigna anónima y silenciosa corrió como pólvora entre los batallones: nadie pisaría el comedor. El boicot fue absoluto. En la Compañía de Comunicaciones Nº 211 la gran mayoría sacrificó el desayuno. Al mediodía, el hambre se alivió de forma clandestina en la cantina de tropa del Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111 y por la noche, los suboficiales se congregaron en el casino técnico ubicado en las inmediaciones de la plaza de armas de Tumbes. Lo que inició como el hábito rutinario de juntarse a ver televisión y tomar unas cervezas, se transformó en un cabildo encubierto donde tomó forma la verdadera insurrección: el día siguiente, 27 de noviembre, Día del Arma de Infantería, los batallones dejarían vacío el patio de honor.

El 27 de noviembre, la paradoja militar se hizo presente. Los suboficiales egresados de la Escuela Técnica del Ejército (ETE) acataron la huelga silenciosa con precisión táctica. Los técnicos de los dos batallones de tanques T-55 se atrincheraron dentro de las moles de acero, cerrando las escotillas y negándose a salir. El resto del personal abandonó el fuerte temprano, dispersándose y camuflándose en las calles de la ciudad de Tumbes para regresar recién a la mañana siguiente, fingiendo amnesia.

La fractura de la protesta, sin embargo, expuso el arraigado clasismo de la institución. Las filas del desfile se poblaron casi exclusivamente por el personal de procedencia reserva y los asimilados. Para la perspectiva de los técnicos de carrera, aquella sumisión reflejaba una mentalidad servil, donde el oficial ya no era un superior jerárquico, sino el patrón de una hacienda uniformada; un despojo de dignidad humana y militar que los más jóvenes no lográbamos comprender. En nuestra propia Compañía de Comunicaciones, los únicos en marchar fueron los técnicos de segunda Gabriel Casimiro Lorenzo y Héctor Chumpitaz Gonzales, ambos formados en la vieja escuela de la tropa. Ante los reclamos por su actitud, sus respuestas se refugiaron en el peso de los años de servicio, el temor a perder la pensión y el bienestar de los hijos que los esperaban en casa. "A más grado, más viejo; y a más viejo, más cojudo", dictaba la implacable sentencia en los cuarteles.

El 28 de noviembre el cuartel amaneció sin rancho para nadie. Al mediodía, el comandante General de la División, el General de Brigada Jorge Ruiz Calderón, ordenó una reunión de emergencia en el comedor general. La corporación en pleno asistió: los técnicos más antiguos ocuparon la primera fila como escudos humanos; los suboficiales de primera y el resto del personal nos apiñamos de pie en la retaguardia.

El preámbulo fue brutal. Tres oficiales de menor rango ingresaron al recinto: un mayor y dos capitanes. El más antiguo, un auxiliar de la sección de personal (G-1), se plantó al frente y descargó un monólogo de insultos y amenazas que duró cinco minutos exactos. Nos trató de "rosquetes", "cobardes" y "miserables", buscando quebrar la moral colectiva mediante la humillación verbal. Desde el fondo de la sala, la indignación contenida buscaba un escape; miré a los viejos técnicos de la primera fila esperando que el orgullo de sus canas saltara, pero todos clavaban la vista en el piso de cemento. Fue entonces cuando el silencio se rompió desde atrás: un suboficial de segunda de las unidades de tanques se puso de pie con una energía rabiosa, plantándole cara al oficial del G-1. Las injurias mutuas escalaron rápidamente hacia los argumentos lógicos en un ambiente que amenazaba con desatar la violencia, justo en el instante en que las voces de alerta anunciaron el ingreso del comando oficial.

El General Ruiz Calderón entró escoltado por los coroneles Diez y Torrico, junto al resto del Estado Mayor. El tono cambió, adoptando la frialdad de las cortes marciales. El comando lanzó advertencias severas, asegurando que el oficial de inteligencia (G-2) ya tenía identificados a los cabecillas de la asonada y que los castigos serían ejemplares. Pese a las amenazas de cambio de colocación a lugares remotos, algunos técnicos antiguos rompieron el mutismo generalizado para exponer, con voz firme, la miseria que se servía en los platos. El comando escuchó.

Aquel motín silencioso demostró que para cambiar la historia de un cuartel era necesario arriesgar la carrera. Días después del incidente, la respuesta llegó desde Lima: el Comité Femenino de Apoyo a la Familia Militar (COFA-FAM) envió dotaciones completas de ollas industriales, cucharones, vajillas nuevas, cubiertos relucientes, manteles para las mesas desnudas, un televisor a color de 24 pulgadas para el casino y dos mozos uniformados para agilizar el servicio. El rancho cambió drásticamente en cantidad y sazón.

Antes de dar por cerrado el episodio, el General Ruiz Calderón volvió a pararse frente a la corporación en el comedor reformado. Miró fijamente a la masa de técnicos y suboficiales y preguntó con ironía: «¿Ahora están contentos?». Tras un silencio espeso, remató con la vieja fórmula eclesiástica: «¿Alguna pregunta? Hablen ahora o callen para siempre». Nadie abrió la boca. El General dio la vuelta y se retiró con su Estado Mayor, sellando el final de la pequeña revolución que un suboficial de tercera atestiguó bajo el sol del norte en noviembre de 1984.

El Retablo de la Plaza y la Cosecha de la Noche. - Los domingos por la noche, el calor denso de Tumbes se trasladaba a la Plaza de Armas. Entre las ocho y las once, el centro de la ciudad se transformaba en una feria humana, un hormiguero de juventud de todas las condiciones sociales. El ritual era exacto: las mujeres caminaban despacio por las veredas en un desfile silencioso, mostrándose con el orgullo de la juventud bajo las farolas, mientras los caballeros formaban racimos en las esquinas y los bordes del pavimento, midiendo con miradas disimuladas a cada silueta que cruzaba el perímetro. Era el prólogo de la noche.

Mientras la plaza bullía, los salones de baile preparaban su propia arquitectura. Las orquestas afinaban los metales, el hielo crujía y las cajas de cerveza y gaseosa ingresaban por cargamentos a los locales. En cuanto daban las once, la masa que había pasado tres horas dando vueltas en la plaza se dividía con precisión quirúrgica según el bolsillo y el linaje.

La clase media, los profesionales y la oficialidad de la guarnición militar —desde los alféreces hasta los técnicos y suboficiales— enfilaban hacia los amplios salones del Club Deportivo. Allí la salsa dictaba el ritmo y el ambiente se poblaba de las llamadas “cachaqueritas” de cierto nivel social y cultural, mujeres que buscaban la seguridad o el porte del uniforme. Al otro lado del espectro, subiendo hacia El Tablazo, en los corralones sin techo que rodeaban el Mercado Nuevo y el Mercado Antiguo, la realidad era otra. Con servicios higiénicos escasos y el cielo por cobertura, los obreros, agricultores y pequeños comerciantes se ahogaban en el ritmo de la música chicha. Eran los años dorados de Los Shapis de Chupaca, y en esos locales retumbaban El Aguajal, Mi Tallercito o El Borrachito Borrachón. En esos bastiones populares, la madrugada no solo traía alcohol, sino también el estallido de los botellazos cuando los celos o los tragos encendían las lealtades de la calle.

Las mujeres de Tumbes. -  Era la mujer cuyo pulso se aceleraba ante la presencia de un militar; para muchas, el primer contacto con un uniforme significaba una emoción intensa, el hallazgo de un amor que podía durar una guardia de fin de semana o extenderse para toda la vida. La sabiduría de los batallones describía a la mujer tumbesina común como dueña de una belleza esquiva en el rostro, pero generosa de la cintura para abajo, poseedora de buenas piernas que los técnicos más viejos atribuían, entre risas y mitos de cuartel, al plátano que nunca faltaba en sus mesas.

En esa tierra calurosa, la cosecha de mujeres parecía inagotable, regulada únicamente por la jerarquía y el dinero. Había un mercado de afectos para cada grado: cachaqueritas para oficiales y otras para la corporación de técnicos. El único requisito era tener algunos soles en el bolsillo entre el viernes y el domingo. Donde se instalaban los cachacos, las mujeres aparecían por docenas. Bastaban un par de cajas de cerveza para calentar el motor de cuatro o cinco parejas. Entre pieza y pieza, con el cuerpo empapado en sudor por el clima norteño, se jugaba la persistencia del soldado: si la dama aceptaba una gaseosa, el terreno estaba ganado en un noventa por ciento. Tras un breve susurro al oído, la noche solía morir en las habitaciones de algún hostal de paso.

Al amanecer, la tregua de la noche se disolvía. Al cruzarse en la calle al día siguiente, el reconocimiento mutuo se reducía a una mirada silenciosa, un pacto de caballeros donde nadie debía nada. Los colegas de físico más presentable, los más "pintones" y "pendejos", jamás regresaban solos al cuartel; salían de cada fiesta escoltados por las mejores jovencitas de la provincia. Así era el mundo nocturno en el Tumbes de aquellos años: un torbellino de música tropical, mujeres esquivas, cerveza helada y la astucia criolla floreciendo bajo las estrellas del norte.

Retrato de la Frontera Herida. - Tumbes, el rincón más septentrional de la patria, era en 1984 un territorio de contrastes geográficos y abandonos estatales. Con apenas 4,669 kilómetros cuadrados de extensión —el departamento más pequeño del mapa peruano—, esta cuña de tierra tropical limitaba al este con el Ecuador, al sur con Piura, y al oeste y norte con la inmensidad del Océano Pacífico. El antiguo territorio de los Tumpiz, que en tiempos de los Incas albergó fortalezas y palacios, se sostenía en el siglo XX bajo un clima riguroso que promediaba los 24 grados anuales, pero que entre enero y marzo estallaba en unos sofocantes 38 grados que evaporaban la paciencia de cualquiera. Sus valles, bendecidos por las aguas de los ríos Tumbes y Zarumilla, convivían con una economía que miraba con nostalgia el viejo esplendor de su puerto ballenero, ahora en total declive, mientras al sur sobrevivían la refinería, algunos pozos de petróleo y minas de carbón atravesadas por la Carretera Panamericana.

Aunque el Protocolo de Río de Janeiro de 1942 había sellado legalmente la pertenencia de Tumbes al Perú, la frontera seguía siendo una herida abierta en la identidad de sus habitantes. Las lenguas aborígenes de las numerosas etnias locales habían desaparecido bajo el peso de las colonizaciones, dejando paso a un castellano mal pronunciado pero sonoro. En esa tierra de tez cobriza, sin embargo, el quechua y el aimara no eran reliquias respetadas, sino idiomas despreciados bajo el estigma de la "serranía". En más de una ocasión, al responder con un orgullo limpio que sí hablaba el quechua, la respuesta del entorno fue tildarme de serrano e ignorante. Aquellos críticos de frontera ignoraban que las lenguas andinas poseen estructuras gramaticales milenarias, en muchos casos más elaboradas y complejas que las de las más difundidas lenguas indoeuropeas, capaces de comunicar el espíritu de culturas que florecieron mucho antes de que el llamado "mundo civilizado" pisara estas costas.

Como un joven militar subalterno recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, mi paso por Tumbes se limitó al año de 1984. Doce meses bastaron para observar, desde dentro y fuera del cuartel, las costuras de una sociedad fracturada. En aquellas calles aún se respiraba el lodo seco y el desamparo que dejó el devastador Fenómeno de El Niño de 1983. Tumbes era el reflejo de un sistema donde reinaba el egoísmo y la indiferencia; un pueblo incapaz de organizarse para el bien común, acostumbrado a mirar hacia el norte con sospecha y hacia Lima con una eterna actitud de espera, aguardando que el gobierno central resolviera hasta el más mínimo de sus males. Las instituciones locales carecían de la estructura para reaccionar ante desastres naturales, epidemias o, peor aún, ante la inminencia de una guerra convencional con el vecino del norte. No había un engranaje que uniera a la masa poblacional con las Fuerzas Armadas en caso de una movilización general.

Ese patriotismo tumbesino, empírico e instintivo, estaba muy lejos de ser un nacionalismo de corazón. Al poblador civil le faltaba el orden y la disciplina que el territorio exigía. Una prueba irrefutable de este desarraigo se escondía dentro de los propios muros militares: tanto en nuestra 9ª División Blindada del Tablazo como en la 1ª División de Infantería, el noventa y cinco por ciento del personal de la tropa del Servicio Militar Obligatorio provenía de otros departamentos del Perú. Eran los hijos de la sierra y del centro quienes custodiaban la línea de frontera, mientras la juventud local miraba de costado.

La precariedad del Estado se ensañaba con los servicios públicos esenciales. Los hospitales e instalaciones sanitarias eran infraestructuras deficientes, con un puñado de médicos para una población que veía con alarmante normalidad los índices de mortalidad infantil, especialmente en las zonas rurales. Incluso el aire que se respiraba estaba colonizado. En el espectro de los medios de comunicación de masas, las pantallas locales apenas sintonizaban las señales débiles de los canales 4 y 5 de Lima. En la radiodifusión, la señal de Radio Nacional de Tumbes solo recordaba su peruanidad los domingos por la mañana, durante la hora del desfile cívico-militar; el resto de la semana, sus ondas se inundaban de música y giros lingüísticos ecuatorianos. En los hogares tumbesinos, e incluso dentro de los dormitorios del Fuerte 24 de Julio y del Fuerte 5 de Julio en Corrales, las miradas no apuntaban a los canales patrios, sino a las pantallas de Teleamazonas de Ecuador. El vecino del norte, ausente en los mapas, gobernaba el día a día a través del aire, el comercio y la cultura, dejando las memorias de este suboficial como testigo de un año donde la patria se defendía con fusiles importados y el estómago vacío.

El Peaje de los Gallinazos. - El verdadero filtro de la frontera no estaba en las trincheras, sino en el control aduanero de Zarumilla, en ese imponente bloque de cemento que todos conocían simplemente como “El Complejo”. Aquel lugar era un agujero negro donde la ley se maleaba al mejor postor y donde el dinero corría con la misma fluidez que el agua del canal internacional. En sus inmensos almacenes se acumulaban cerros de artefactos decomisados: televisores, radiograbadoras y electrodomésticos que esperaban el pago de un rescate fijado al ojo y según el humor del aduanero de turno. Las tarifas se cobraban a la manera de ellos; allí no existían los tickets, las boletas ni los registros oficiales. Reclamar un derecho era una ingenuidad peligrosa: bastaba levantar la voz para que los policías te amenazaran con quitarte la mercadería por completo.

En una de mis salidas a Huaquillas, decidí tentar a la suerte y compré un televisor Panasonic a color de catorce pulgadas y una radiograbadora. Al cruzar El Complejo, la realidad me cobró el peaje de la frontera: tuve que desembolsar cincuenta soles por el televisor y treinta por la radio para evitar que terminaran en el almacén de los olvidos. En ese ecosistema de corrupción, el contrabando tenía sus propias reglas y divisas. Las mujeres dedicadas al negocio del pase, dueñas de una presencia llamativa y de cierta simpatía, manejaban un método de pago muy distinto al de los soles, negociando con su propio cuerpo ante la mirada cómplice de las autoridades para coronar su mercadería al otro lado de la línea. Ante tanto flujo clandestino de billetes, la pregunta flotaba siempre en el pensamiento del soldado: ¿en qué bolsillo terminaría la inmensa fortuna que se recaudaba a diario bajo ese techo?

A unos cien metros del local principal pasaba la Carretera Panamericana, la arteria que conectaba la frontera con el resto del país. Desde allí, los policías y los agentes aduaneros vigilaban el asfalto con una paciencia de cazadores. En cuanto divisaban un vehículo que avanzaba de norte a sur, se lanzaban sobre él como gallinazos hambrientos. No importaba si el artefacto comprado en Ecuador era ínfimo o de poco valor; la orden implícita era confiscarlo, arrastrarlo hacia El Complejo y obligar al dueño a pagar por el pase. Era la corrupción total y desembozada, un negocio redondo que florecía a vista y paciencia de todos, demostrando que en Zarumilla la soberanía nacional pesaba menos que el valor de un fajo de billetes

El Espejo Roto del Puente Internacional. - Si el viejo puente internacional que une a Huaquillas y Zarumilla pudiera hablar, sus palabras serían una protesta amarga. Aquella estructura de concreto no solo unía dos naciones; se alzaba sobre un canal cuyas aguas turbias arrastraban las verdaderas cochinadas y vergüenzas de la frontera, un rincón donde las ratas abundaban en el fango y los buitres se disputaban los restos de algún perro muerto. El canal internacional, cargado de inmundicia, funcionaba como la línea divisoria oficial entre quienes el ingenio y la rivalidad popular de América del Sur apodaban los “monitos” del norte y las “gallinas” del sur.

Cruzando el puente, el contraste golpeaba el orgullo de cualquier peruano. Huaquillas, la ciudad ecuatoriana que tantos estudiantes de los colegios fronterizos soñaban con visitar, se plantaba con el porte de la modernidad: exhibía edificios de varios pisos, calles limpias y asfaltadas, casas construidas con material noble y tiendas con bazares repletos de mercancía barata. Del lado peruano, la realidad se desmoronaba en el abandono. El comercio nacional sobrevivía hacinado bajo el techo precario de simples casuchas de esteras. En lugar de avenidas, la entrada al Perú era un inmenso “pampón” que se asemejaba más a un botadero de basura que a un puerto de entrada. Allí se estacionaban camiones y colectivos de todo tipo, abriéndose paso entre los caballos y burros que los “pasadores” utilizaban para arrastrar el contrabando por las trochas.

Aquel sector peruano era un laberinto sucio y maloliente, cercado por cantinas y bares de mala muerte donde la música chicha se mezclaba con el olor a cerveza barata. En esos locales, los visitantes y los pasadores gastaban los pocos centavos que les dejaba el día en compañía de prostitutas muy jóvenes, muchachas traídas de Chiclayo, Amazonas o Sullana que la necesidad o el engaño habían empujado hasta el último confín del mapa. Esa era la estampa que mis ojos de suboficial de tercera presenciaron a lo largo de 1984: una frontera donde el desarrollo se quedaba en el norte y la miseria se refugiaba bajo las esteras del sur.

El Sabor de la Frontera y los Hechizos del Amor Pasajero. - Aquella noche de mayo, las luces de la fiesta en la zona de fronte en Tumbes cortaban la oscuridad costera. El anfitrión era un oficial de mar de la Marina de Guerra del Perú, y el local se había convertido en un territorio neutral exclusivo para solteros, donde se mezclaban técnicos y suboficiales del Ejército con marinos de la guarnición. Como era costumbre, la casa estaba repleta de las más lindas "cachaqueritas" de Tumbes. Entré al local al filo de la una de la madrugada, cuando el ambiente ya estaba encendido: los licores iban y venían, el sudor brillaba en la pista y las risas de las chiquillas se ahogaban en el ruido de los parlantes. Convencido de que había llegado muy tarde a la pesca, me resigné a buscar una esquina junto a mi promoción Juan Callalli, conformándome con apurar unas cervezas heladas mientras contemplaba el ruedo.

A unos metros, mi otra promoción, José Sánchez, el "Chivo", sudaba la gota gorda persiguiendo por todos los rincones a una jovencita de mirada esquiva. A fuerza de insistencia, parecía que el “Chivo” estaba por coronar la noche. Sin embargo, tras un breve intervalo de silencio, la orquesta soltó los primeros acordes de Llorarás de Oscar D’León. Esa salsa era mi favorita, un imán que me arrancó de la esquina y me aventó directo al ruedo. Por esas carambolas del destino, terminé parado frente a la pretendiente de mi amigo. Sin pensarlo mucho, estiré la mano: «¿Bailamos?». Ella aceptó.

En pleno vaivén de la salsa le armé la conversación. Me dijo que se llamaba Rocío. Al terminar la pieza, le elogié el ritmo; ella sonrió y, cuando amagué con retirarme para no quebrar los códigos de promoción, me soltó una propuesta que me dejó helado: «¿Me acompañas a mi casa?». Algo sorprendido y con la culpa rondándome, alcancé a balbucear: «¿Y el otro?», señalando a mi promoción de alias “Chivato”. Rocío ni parpadeó: «Tu amigo es muy jovencito. A ti te veo más hombre y centrado; por eso te pido que me acompañes». El orgullo del uniforme pudo más que la lealtad de cuartel: acepté encantado y ganamos la calle.

Caminamos tres cuadras bajo la luna norteña. Confiado por la ventaja, la abracé y le planté un beso a la fuerza. El rechazo fue inmediato y seco. Me trató de abusivo y oportunista, amagando con regresar corriendo al local. Tuve que sujetarla del hombro, pedirle disculpas a media voz y suplicarle que se calmara hasta que el enojo se le pasó. Continuamos el trayecto en una tregua tensa, donde ella insistía en indagar mis generales de ley: «¿Cómo te llamas? ¿En qué cuartel trabajas?». Sin malicia, le entregué la verdad: «En la Compañía de Comunicaciones Nº 211, en El Tablazo».

Al llegar a su puerta, la tensión se evaporó. Nos quedamos conversando unos quince minutos y, sintiendo que la cancha volvía a inclinarse a mi favor, saqué la artillería pesada del romanticismo juvenil: «Eres hermosa, tienes unos labios bellísimos; para mis ojos y el gusto de mi corazón, eres la más linda del mundo». Rocío floreció con los halagos. Me despedí con un beso limpio en la mejilla y emprendí la subida hacia El Tablazo. Mientras caminaba bajo el cielo de Tumbes, cavilé en silencio: en los ojos de esa chiquilla de diecisiete años había visto algo distinto, un corazón que no se parecía al de las tantas cachaqueritas que poblaban las cantinas de la frontera. Con esa duda clavada en la mente, entré a las instalaciones de la Compañía de Comunicaciones N° 211 en Tablazo y me tiré sobre el camastro.

Al amanecer, el cuartel se convirtió en un infierno de burlas. Desde los suboficiales hasta los técnicos más viejos me tenían la puntería tomada: me cantaban "atrasador", "mal amigo" y "serrucho". Pero el verdadero golpe de teatro ocurrió a las doce y media del mediodía. Para sorpresa de la Guardia de Prevención, Rocío apareció en la reja portando unas viandas relucientes. El menú era un banquete de reyes frente al rancho del fuerte Tablazo: ceviche norteño, cabrito tierno y un refresco con trozos de hielo que tintineaban contra el metal.

Al ver el cargamento, los viejos lobos del cuartel soltaron la carcajada apocalíptica: «Ya te jodiste, pinche. En esa comida ya te dieron de todo para que te quedes amarrado en Tumbes para toda la vida». En el cuartel, los mitos de los brebajes y las pócimas de amor se tomaban como verdades de fe. El miedo me cerró el estómago: jamás probé una sola pizca de ese ceviche. Todo el banquete terminaba invariablemente en las panzas agradecidas de los sargentos de guardia. La rutina se repitió día tras día, de mayo a diciembre de 1984; si no iba Rocío, aparecía su hermana menor puntualmente a la misma hora. En las noches, al cruzarnos en la Plaza de Armas o en las inmediaciones del mercado, ella me preguntaba con ilusión: «¿Qué tal estuvo el almuerzo? ¿Te agradó?». Y yo, sosteniendo la farsa con hipocresía militar, le respondía: «Sí, gracias, estaba riquísimo, sobre todo el ceviche».

La red se seguía tejiendo. Rocío me pedía los uniformes para lavarlos y aplancharlos en su casa, y los fines de semana insistía en integrarme a su mesa familiar. Yo inventaba mil excusas, más por la vergüenza de la mentira que por otra cosa, sintiendo cómo pretendía atraparme en sus redes de buena fe. A tanta insistencia, cedí en dos oportunidades. Conocí a sus padres, unos señores correctos que desde el primer minuto me trataron como al hijo consentido de la casa, atendiéndome con un cariño del que hoy guardo un recuerdo inolvidable y nostálgico. Eran los gajes de una juventud indómita, donde uno transita por la vida dejando corazones rotos, jugando ese viejo y peligroso juego de la edad: el arte de engañar y ser engañado.

La Fuga de Tumbes y el Destino en Lobitos. - Diciembre llegó arrastrando el viento de los cambios de colocación, ese momento del año donde los tableros de personal se sacuden y el destino de cada militar se redefine. Durante la tercera semana del mes, la noticia cayó sobre mi escritorio: mi nuevo destino era el Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" Nº 31, acantonado en el desértico distrito de Lobitos, en la provincia piurana de Talara. Lejos de sentir el alivio del traslado, una urgencia sorda me apretó el pecho. Todos los días se me iba el pensamiento calculando cómo desvanecerme de la ciudad, pues Rocío vigilaba cada uno de mis movimientos, cercándome con especial celo durante los fines de semana.

La oportunidad de la fuga se presentó con ropaje de azar el 14 de enero de 1985. Esa tarde, Rocío me anunció que viajaría junto a su madre por dos días hacia el caserío de Cabuyal, donde su familia poseía unas chacras. En cuanto la vi alejarse, sentí una oleada de felicidad casi eléctrica: el tablero quedaba limpio; había llegado el momento exacto para escapar de Tumbes por la vía más rápida.

Al amanecer del 15 de enero, inicié la carrera burocrática para tramitar mi papeleta de tránsito. Con los papeles en mano, me presenté en la oficina del Mayor Raúl Hermoza Ramírez buscando la firma reglamentaria. Fiel a su estilo pesado, "La Burra" se ensombreció y me frenó en seco: «Primero preséntame la hoja de no adeudamiento de todos los locales comerciales y concesionarios de la ciudad y de la Novena División». El requisito era un laberinto de ventanillas que amenazaba con demorarme días. Sabiendo que no le debía un solo céntimo a nadie, gané la calle de inmediato y apelé a la astucia de supervivencia: me dediqué a falsificar una por una las firmas y sellos de solvencia de todos los establecimientos, incluyendo la del afamado Restaurante “Samoa”, que se levantaba frente al casino de Técnicos y Suboficiales.

De regreso en el fuerte, me planté nuevamente ante el Mayor Hermoza con el pliego falsificado, pero el oficial continuó sembrando trabas en el papeleo. El tiempo corría en mi contra y la paciencia se me terminó. Cuadrándome con firmeza, le solté una verdad adornada con necesidad: «Con todo el respeto que se merece, mi Mayor, yo me retiro en este instante a mi nueva unidad en Lobitos. No tengo un sol más para costearme un solo día de permanencia en esta guarnición». Así, dándole la espalda a la burocracia, sin autorización oficial, sin papeleta de tránsito, sin Legajo Personal Nº 2 y sin el Historial de Desempeño (HDB), crucé la Guardia de Prevención por última vez y tomé el primer transporte que me alejara de Tumbes.

El viaje al sur fue un tránsito de alivio. Al pisar el suelo árido de Lobitos, me dirigí directo a la sección de personal (G-1) de la 8ª División de Infantería. El Jefe de Personal midió mi llegada con desconfianza: «¿Dónde están tus documentos que avalan tu salida de la Novena Blindada?». Sosteniendo la mirada, le armé un engaño perfecto, argumentando que, por tratarse de documentación de carácter estrictamente reservado, todo mi legajo viajaba rezagado por la vía oficial de la valija militar. El oficial del G-1 contrastó mi nombre con las planchas del PC-15 del año fiscal 1985 y, dando por válidas mis palabras, estampó la orden de presentación. El 16 de enero de 1985, exactamente a las trece horas, crucé la entrada del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” Nº 31, dejando atrás el fantasma del ceviche embrujado, los ojos de diecisiete años de Rocío y el eterno techo de Eternit del Tablazo.


martes, 9 de diciembre de 2014

ESCUELA TÉCNICA DEL EJÉRCITO CHORRILLOS LIMA PERÚ (1981 - 1983)

Era la primera semana de enero de 1981 cuando puse un pie en la ciudad de Lima. Tenía veintidós años y el pecho cargado con todas las ilusiones provincianas de quien llega a la gran capital, esa inmensa mole de cemento y acero, dispuesto a ganarse un lugar en el mundo. Venía con la mística del cuartel en las venas, pues ya había servido a la patria como tropa del Servicio Militar Obligatorio. Mi meta estaba clara: la Escuela Técnica del Ejército en Chorrillos.

El examen de admisión fue una batalla dura. Logré ingresar en el puesto 260 de un total de 500 alumnos. Sin embargo, la alegría se tiñó de incertidumbre cuando me enteré de que las vacantes para las dos especialidades que yo anhelaba —Auxiliar de Abastecimiento y Operador de Comunicaciones— se habían agotado de inmediato. Aquellos sueños trazados desde mis tiempos de recluta parecían truncarse de golpe. Me convertí, a mi pesar, en uno de esos alumnos flotantes, un alumno sin especialidad.

Una mañana, el destino nos dio cita en el auditorio de la escuela. Nos reunió el teniente coronel de Infantería Antonio Alcocer Pajares. Al mirar a mi alrededor, la sorpresa fue grande: éramos 145 los alumnos que seguíamos en el limbo. El comandante leyó las necesidades del Ejército con voz firme: hacían falta 60 hombres para mecánicos de comunicaciones, 55 para mecánicos de vehículos a rueda y 30 para músicos militares.

Al escuchar la última opción, el corazón me dio un vuelco. Recordé mis días en el distrito de Caraz, allá en Huaylas, Ancash, donde me deleitaba tocando el trombón de barra durante el servicio militar. Resignado, pensé para mis adentros: «Es mejor ser un buen músico que un mecánico de comunicaciones mediocre».

Fue entonces cuando el comandante Alcocer, a cargo de la parte académica, se plantó frente a nosotros y nos dio una verdadera «lavada de cabeza». Sus palabras resonaron con la fuerza de una orden de combate:

—El personal de mecánicos de comunicaciones y electrónica es el mejor considerado a nivel Ejército, ¡y sin embargo aquí nadie quiere esa especialidad! —exclamó, barriéndonos con la mirada—. Los mecánicos de vehículos a rueda, además de ganarse el respeto de sus jefes, tienen el futuro asegurado porque pueden trabajar en la calle y ganarse un ingreso extra. Y ser músico militar es un orgullo inmenso; muchos de ellos integran la Sinfónica Nacional y la Gran Banda del Ejército.

Cuando el comandante guardó silencio, el auditorio se convirtió en un nido de murmullos. A mi lado, unos alumnos decían con sorna que ser músico era para «huevones»; otros replicaban que los mecánicos de vehículos vivían eternamente cochinos, cubiertos de grasa. El ruido de las críticas me llenó de dudas y los nervios empezaron a traicionarme.

—¡Salir al frente los que desean ser mecánicos de comunicaciones y electrónica! —rompió la voz del comandante.

El piso tembló. Decenas de alumnos corrieron a formar una fila india. Espoleado por el instinto, corrí también y logré acomodarme en el puesto número 35. Cuando volteé a mirar, la fila se extendía detrás de mí con más de 60 postulantes. Acto seguido, se convocó a los mecánicos de vehículos a rueda y otra marea humana se lanzó a la carrera. Como era de esperarse, ambas especialidades terminaron con exceso de personal, mientras que la fila de los músicos seguía desierta. Sin dar más vueltas al asunto, los oficiales ordenaron a los últimos de los grupos excedentes pasar a cubrir los 30 puestos de músico militar. El problema quedó resuelto en un plumazo.

Los meses pasaron y la vida militar me enseñó a observar el terreno con ojos críticos. Con el tiempo, pude constatar una gran verdad dentro del Ejército peruano: casi la totalidad de los músicos militares provenían de la reserva, civiles captados como personal asimilado. Lo mismo ocurría con muchos excelentes mecánicos de vehículos. Si bien eran impecables y brillantes en sus oficios técnicos, a todos ellos les faltaba algo sagrado: la fibra del militar moldeado en las escuelas de formación. Por su escasa doctrina, carecían de ese don de mando necesario para guiar a la tropa y, cuando las papas quemaban en el frente, no participaban en las operaciones de combate como comandantes de patrulla.

Aquel día en el auditorio de Chorrillos, el azar y un grito a tiempo me salvaron de la música y me entregaron a la electrónica, dándome el carácter y el mando que solo un verdadero soldado de escuela posee.

El peso del cemento y la sangre. - Siempre me sentí orgulloso de mis raíces. Llevaba en las venas la herencia de mis ancestros autóctonos de Chavín de Huántar, allá en Huari, Ancash. Era un joven mestizo andino y mi primer idioma, el que modeló mis pensamientos, fue el quechua ancashino. Recién a los nueve años, cuando mis padres me matricularon en una escuela rural, escuché el español por boca de una profesora que dictaba las clases en esa lengua extraña. Aquella transición fue un proceso lento y gradual. Con el tiempo, tras cruzar la primaria y la secundaria, me volví bilingüe, aunque cargaba con ese dejo y esas incorrecciones gramaticales propias de quien aprende el castellano como segunda lengua.

En el Colegio Nacional «La Libertad» de Huaraz, donde cursé la secundaria, jamás experimenté el desprecio; la cosmovisión del hombre andino se respetaba. Sin embargo, el verdadero choque con la realidad me aguardaba en Lima, dentro de los muros de la Escuela Técnica del Ejército, entre 1981 y 1983. Allí sentí, por primera vez y con todo su peso, la hostilidad cultural y racial.

Lo más doloroso era el origen de esa crueldad. Venía de muchachos cobrizos como yo, hijos de migrantes serranos o «charapas» que habían inundado los conos de la capital convirtiéndolos en pueblos jóvenes. Aquellos muchachos de apellidos Quispe o Mamani, ya aculturados por la corriente occidental de la costa, se creían distintos. En las reuniones sociales, cuando sonaba la salsa o el rock and roll, se transformaban. Al abrigo de la masa, liderados siempre por algún cabecilla, se burlaban con cobardía de mi tono de voz y de mis frases. En el campo aprendí que los animales atacan en manada al que ven diferente; me dolió comprobar que el ser humano cae con facilidad en esa misma conducta salvaje.

En ese ambiente, el hombre de la sierra tiene que ser fuerte, tanto en el espíritu como en los puños. Esos conflictos solo encontraban solución en el terreno del combate. En el cuartel, si triunfabas en una pelea, te ganabas el respeto de todos; un respeto hipócrita, tal vez, pero efectivo para acallar las afrentas directas. Así fue como tuve que cuadrar a golpes a varios alumnos discriminadores del norte, al panameño Juan Tovar y a algunos compañeros afroperuanos. Tras el veredicto de los puños, las burlas se redujeron a murmullos a mis espaldas.

Pero el veneno no solo corría entre los alumnos. Venía también de arriba, de oficiales y suboficiales que debieron ser guías y terminaron siendo verdugos. Recuerdo claramente al Suboficial de Tercera e instructor militar Faichin García Jarol. Con una saña constante, nos espetaba a los provincianos y a los muchachos más corpulentos insultos que pretendían quebrar nuestra dignidad: «Serranos de mierda, indios de mierda... al indio y al mulo, palo en el culo», solía gritarnos, para luego rematar contra los gorditos: «Mejor pide tu baja, tú con ese cuerpo das vergüenza en el Ejército».

La discriminación alcanzaba incluso a la música, el alma de los pueblos. El huayno, el huaylas y la naciente música chicha de Los Shapis, Chacalón o Los Mirlos estaban proscritos. En el auditorio de la escuela, durante el Día de la Madre o las festividades oficiales, solo se permitía la salsa, el rock, la música criolla y las danzas afroperuanas. Esa misma censura la sufrí en las fiestas de sección y de compañía por diferentes zonas de Lima; nuestra música era tratada como algo inferior.

A pesar de la hostilidad, el desprecio y el barro que intentaron arrojarnos, la constancia se impuso. Soporté tres años de exigencia técnica y coroné el esfuerzo con el curso básico de paracaidismo militar. El 14 de diciembre de 1983, con la frente en alto y la identidad intacta, me gradué como Suboficial de Tercera en la especialidad de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica. Salí de Chorrillos con el título en las manos, como un orgulloso integrante de la 12ª Promoción «Soldado Alfredo Vargas Guerra», demostrando que la fibra andina no se quiebra ante el cemento de la capital.

La cofradía de los cabreados. - A las trece y treinta horas, el pabellón de las cuadras se transformaba en un tablero de ajedrez. Era la hora de la revista de roperos y sectores de limpieza. Siempre sobresalí en ese ritual; el orden y la pulcritud eran mis cartas de presentación. En contraste, aquellos elementos costeños que se jactaban de ser los más "vivos" de la promoción solían pasar una revista desastrosa. En el código militar de aquellos tiempos, la injusticia era una ley no escrita: «Por uno pagan todos». Así nacían las llamadas "masacres", castigos colectivos donde cuarenta alumnos pagaban con sudor la negligencia de un par de descuidados.

Cuando la orden de castigo restallaba en el aire, el destino habitual era la pista de combate. Cuatrocientos metros de longitud y catorce obstáculos que debíamos devorar en dos o tres vueltas infernales. Regresábamos a las cuadras empapados en sudor y con el uniforme cubierto de polvo. En otras ocasiones, el escenario del suplicio era la huerta de manzanos ubicada detrás del auditorio. Allí, bajo el sol implacable, nos obligaban a rampar de pecho, de espalda, a dar volantines, a "ranear" y "cangurear" hasta que las piernas dijeran basta.

Esas prácticas no eran un juego. A mediados de 1981, la tragedia golpeó a la escuela. El alumno piurano Buenaventura Murguía Quevedo, de la especialidad de Mecánica de Armamentos, calculó mal un salto durante el pasaje de obstáculos en la pista de combate. Su cabeza impactó de lleno contra el borde de cemento del pozo del terraplén. Hubo un silencio espantoso; brotó sangre de su nariz y la vida se le escapó allí mismo, sobre la tierra.

Aquella muerte me reafirmó en una convicción: había que ser inteligente para sobrevivir. Durante mis tres años en la ETE, logré esquivar las masacres más severas. Participé, por supuesto, en sanciones menores en horas de las noches, pero cuando el ambiente olía a un castigo de gran envergadura, yo simplemente me esfumaba. Me buscaban por mar y tierra, pero nadie daba conmigo.

Tenía mis santuarios. A veces ganaba el taller y almacén de material de comunicaciones del Técnico de Tercera Córdoba Cajapuri; cerraba la puerta por dentro y me ponía a limpiar los equipos con un celo profesional intachable. Otras veces, me refugiaba en los servicios higiénicos cercanos a las aulas, sentado en un rincón apartado, devorando mis libros en silencio. Mi escondite favorito, sin embargo, era la proveeduría. Llegaba corriendo, me ofrecía voluntario para fregar los pisos o acomodar los pesados costales de víveres en los anaqueles y, a cambio del esfuerzo, los encargados me recompensaban permitiéndome comer harto pan en la tranquilidad de la despensa.

No estaba solo en esta estrategia de supervivencia. En cada sección de las distintas especialidades existía un reducto de hasta seis alumnos a los que llamábamos los "cabreados". Éramos una logia silenciosa. Nos conocíamos las caras, compartíamos los códigos y guardábamos un pacto sagrado: jamás delatar los escondites del otro.

Sé que muchos de mi promoción guardan un recuerdo amargo del día previo a nuestra graduación. El mando decidió despedirnos con una masacre antológica. Primero los molieron en la pista de combate, donde ramparon hasta quedar cubiertos de tierra. Luego, a paso ligero, los llevaron al lodazal detrás del auditorio. Allí, los futuros suboficiales de la patria terminaron rampando de espaldas sobre el fango.

Yo, en cambio, contemplaba el espectáculo cómodamente apostado tras una de las ventanas de la enfermería. Sin embargo, la fortuna casi nos traiciona. El mismísimo comandante del Batallón de Alumnos, el teniente coronel de Infantería Samuel Echáis Feijoo, notó el vacío en las filas. Al percatarse de que faltaba un número considerable de hombres, avanzó dando gritos enfurecidos hacia la enfermería, donde nos ocultábamos seis "cabreados" de diferentes secciones.

El eco de las botas del comandante sobre el piso nos heló la sangre. El tiempo se detuvo. En un parpadeo, gané el armario donde se guardaban las prendas de los enfermos, me metí en él y jalé la puerta corrediza de madera. Los otros corrieron despavoridos hacia la parte posterior de los galpones.

—¡¿Dónde están los cabreados?! ¡¿Dónde están los cabreados?! —bramó el comandante Echáis al entrar, encarando al alumno adjunto del enfermero de servicio.

El oficial revisó cada ambiente de rincón a rincón, abriendo estancias y bufando de rabia, pero el clóset no se movió y no encontró a nadie. Minutos después, el peligro pasó. Mientras la gran mayoría de aquellos seudo "vivos" costeños y "charapas" se revolcaban en el lodo con el cuerpo cubierto de barro, yo pasé las últimas horas de mi vida de alumno en absoluta calma, mirando el paisaje desde el ventanal. Al día siguiente, con el uniforme impecable y sin un solo rastro de lodo, me gradué como suboficial del Ejército peruano.

La noche del casco rodante del teniente de infantería César Lozano Chumpitaz . - Dentro del cuerpo de oficiales de la escuela, cada uno tenía su fama, pero el teniente de Infantería César Lozano Chumpitaz destacaba por derecho propio. Natural de Ica y con un dejo medio tartamudo que intentaba camuflar con rudeza, se desempeñaba como comandante de la sección "B" de los mecánicos de comunicaciones y electrónica. Su pasatiempo favorito era irrumpir en las horas del estudio obligatorio nocturno para "masacrar" a los alumnos sin mayor motivo que el de imponer su presencia. Sin embargo, conmigo se topó con la horma de su zapato. Más de una vez utilicé mi astucia de "cabreado" para hacerle pasar malos ratos.

La ocasión perfecta se presentó una noche en que el teniente Lozano se encontraba como Oficial de Guardia y a mí me tocó servir como su adjunto. Sabía perfectamente cómo operaba la burocracia del cuartel y decidí jugarle una carta arriesgada. Aprovechando un descuido, tomé las llaves de la puerta principal de la escuela y las escondí deliberadamente en el fondo de uno de los cajones del escritorio.

Dieron las veintidós horas y el reloj encendió las alarmas: el vehículo del subdirector de la escuela se disponía a salir y las rejas estaban completamente encadenadas. El teniente Lozano entró en pánico, buscó las llaves por todos lados tartamudeando de la rabia, pero el auto del superior no pudo cruzar el umbral. Aquel "descuido" administrativo le costó caro al oficial: el mando lo sancionó con dos días de arresto simple.

Por supuesto, Lozano no tardó en sospechar de su adjunto. Como represalia inmediata, esa misma noche desató toda su furia contra mí. Me ordenó ranear y rampar sin tregua bajo la oscuridad del patio. El ejercicio era extenuante, pero mi resistencia física, forjada en el campo y en el servicio militar previo, me mantenía firme.

A eso de la una de la mañana, la fatiga ya hacía mella en el cuerpo, pero no en mi orgullo. El teniente, parado con postura rígida, me ordenó rotar a toda velocidad por la parte posterior del monumento al Sargento 2do Fernando Lores Tenazoa. Pasé a toda velocidad por su costado y, en un movimiento calculado para que pareciera un accidente, mi hombro impactó contra su casco de fibra. El golpe fue certero: el casco salió volando por los aires y rodó ruidosamente por el asfalto a más de veinte metros de distancia.

Aquello fue la gota que derramó el vaso. Lozano, fuera de sí y con la cara desencajada por la humillación, me impuso el castigo definitivo para lo que restaba de la madrugada:

—¡P-p-póngase en posición de rana y se m-me queda como centinela de la puerta principal hasta el amanecer! —bramó.

Soporté el suplicio físico sin emitir una sola queja. Permanecí en esa posición incómoda, viendo cómo las estrellas de Chorrillos se apagaban lentamente para dar paso a la claridad del nuevo día. No dormí ni un solo minuto de aquella jornada. Pocas horas después de ponerme de pie y sacudirme el polvo del uniforme, ingresé al aula para rendir el examen final del exigente curso de electrónica. Lozano pensó que me había quebrado, pero ignoraba que la mente de un soldado de escuela puede funcionar a la perfección incluso cuando el cuerpo exige tregua.

El capitán de la buena estrella. - La primera semana de enero de 1981 no solo trajo el frío cemento de la capital, sino también la dura realidad de la postulación. Me presenté a la Escuela Técnica del Ejército con el orgullo de ser licenciado de tropa y ostentar el grado de sargento segundo. Sin embargo, en el tablero de las admisiones de aquellos años, yo corría con desventaja: era un joven provinciano que venía solo, sin un padrino, sin un oficial de alta graduación que sacara la cara por mí en caso de una eliminación injusta o un error burocrático.

Fui asignado al Grupo Número 20, una masa de cincuenta postulantes que compartíamos el mismo nerviosismo. El proceso comenzó con el examen de perfil antropométrico, una prueba donde los médicos revisaban cada centímetro de nuestra anatomía con la minuciosidad de quien examina ganado. Nada más empezar, la mala fortuna me golpeó en el rostro. Los oficiales médicos ordenaron apartarme de la fila. Dictaminaron que mis hombros estaban ligeramente desnivelados y, con un trazo de lapicero, me declararon inapto.

El mundo se me vino abajo. Durante interminables veinticinco minutos permanecí de pie en las inmediaciones de la puerta del consultorio, con el pecho apretado por la preocupación y el miedo de ver truncado mi futuro antes de haber empezado a marchar.

Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Como si hubiese sido enviado por un diseño superior, un "ángel salvador" de uniforme apareció de la nada. Era un capitán de tez blanca, rasgos caucásicos y cabello castaño a quien jamás había visto en mi vida. El oficial se detuvo frente a mí, me escudriñó con la mirada por unos segundos y, con voz firme, me preguntó:

—¿Eres licenciado?

—Afirmativo, mi capitán —respondí de inmediato, cuadrándome con la fibra que me quedaba—. Soy licenciado con el grado de sargento segundo. Aquí están mis documentos.

El capitán tomó mis papeles, les dio una mirada rápida y, sin dudarlo, cruzó el umbral del consultorio médico. Adentro, plantándose frente a los doctores que me habían descartado, abogó por mí con una seguridad que no admitía réplicas:

—Este postulante es licenciado del Ejército con el grado de sargento segundo. Hace setenta planchas, quince barras y, por si fuera poco, es atleta.

La autoridad de sus palabras pesó más que cualquier examen visual. Los médicos, sin emitir una sola palabra de reclamo, cambiaron mi condición y estamparon el sello de aprobado. Aquel oficial providencial se llamaba Rolando Jurutunay Makperson, a quien en los pasillos de la Escuela Técnica del Ejército todos conocían bajo el apelativo de "Mono Blanco". Su intervención no solo corrigió una injusticia médica, sino que me devolvió a la carrera, permitiéndome demostrar que, efectivamente, la fibra de sargento ya corría por mis venas.

Las especialidades de papel. - El tiempo y los años de servicio otorgan una lucidez que los manuales de escritorio no pueden contradecir. Tras transitar por los pasillos de la Escuela Técnica del Ejército y quemar mis pestañas en el campo, entendí que existen cinco especialidades que, aunque útiles, carecen de verdadera relevancia técnica e importancia estratégica en la institución: Estado Mayor, Operador de Comunicaciones, Policía Militar, Instructor Militar y Auxiliar de Abastecimientos. En mis tiempos de alumno, la ETE obligaba a los jóvenes a estudiar estas ramas durante tres largos años; una inversión de tiempo absurda si se considera que cualquier soldado con criterio y un entrenamiento básico puede desempeñarlas con éxito en el terreno.

Mi propia carrera es el testimonio vivo de esa redundancia burocrática. Sin poseer el título oficial de Estado Mayor, asumí con éxito las riendas logísticas como S-4 titular de un batallón completo. También me desempeñé como Instructor Militar sin haber cursado esa especialidad, y durante años alterné las funciones de Operador de Comunicaciones con las de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica sin el menor inconveniente.

A pesar de esta realidad, en los últimos tiempos el Ejército se ha dedicado a inventar títulos vacíos: Auxiliar de Infantería, Auxiliar de Ingeniería, Auxiliar de Comunicaciones, Auxiliar de Artillería, rancheros y un largo etcétera. En el campo de las realidades, estas ramificaciones no tienen razón de ser. Un verdadero Mecánico de Comunicaciones, por ejemplo, debe poseer el conocimiento integral para abarcar tanto la operación como el mantenimiento de todo el material de campaña. Crear una especialidad para el operador, y peor aún, una para el "auxiliar", solo sirve para fragmentar la eficiencia militar.

La Escuela Técnica del Ejército debe dejar de lado la burocracia y priorizar las especialidades técnicas de alto nivel, aquellas que marcan la diferencia entre la victoria y la derrota: comunicaciones y electrónica avanzada, blindados, aeronáutica, mecánica de vehículos pesados, armamento, cohetería y maquinaria pesada de ingeniería.

Lamentablemente, el sistema prefiere el papeleo al conocimiento real. Durante mis treinta y cinco años y seis meses de permanencia en el Ejército del Perú, jamás recibí una capacitación técnica real o de vanguardia. La institución siempre nos alimentó con engaños impresos, cursos que solo existían en el papel y manuales repletos de "paporretas" teóricas que no servían para solucionar los problemas reales de los equipos en el frente. Al final, la verdadera destreza no la dio la escuela con sus títulos inventados, sino la fibra y la astucia del técnico que aprendió a resolver el caos con sus propias manos.

Las batallas en la hora del rancho. - En los primeros años de la década de los ochenta, el racismo en el Perú era una herida abierta y purulenta. La peor parte se la llevaban siempre los alumnos recién «bajados» de las zonas de la sierra, y en esa maquinaria de desprecio, la ciudad de Lima le llevaba la delantera al resto de la costa. Esa era nuestra compleja y hostil realidad.

Los roces empezaron temprano, en enero de 1981, cuando apenas era un postulante que intentaba asimilar el rigor del cuartel. El hostigamiento provenía de grupos de postulantes negros y zambos que jamás actuaban solos; fieles a la costumbre de la calle criolla, se movían siempre en «mancha». Bastaba que nos cruzáramos en los patios para que un grupo de tres o cinco de ellos se agrupara y uno lanzara el dardo: «Serrano piojoso, serrano come cancha». Acto seguido, el resto estallaba en risas burlonas, celebrando la afrenta como si fuera una gran hazaña.

Frente a la provocación en grupo, la prudencia dictaba guardar silencio. Sin embargo, no era un silencio de sumisión, sino de acumulación. Fui guardando cada palabra ofensiva, cada risa cobarde, masticando la rabia en el fondo del pecho mientras esperaba mi momento.

La oportunidad de cobrarme aquellas deudas llegó cuando pasé a ser alumno de primer año. El escenario elegido fue el comedor, durante las horas del rancho. Allí, entre el tintineo de los cubiertos de metal y el bullicio de cientos de hambrientos, comencé a ejecutar mi venganza. Aprovechaba cualquier descuido en las filas de distribución, el reparto de las raciones o los pasadizos estrechos entre las mesas para empujarlos, quitarles espacio o hacerles sentir el rigor de mis puños de forma solapada.

Pero en la escuela nadie juega solo. Aquellos elementos costeños tenían sus propios defensores; entre ellos se apoyaban de inmediato, cerrando filas para no quedarse atrás. Lo que empezaba como un cruce de miradas en la fila del rancho se transformaba rápidamente en un hervidero de tensiones contenidas, donde los platos de comida y las bancas de madera eran testigos de una guerra sorda por el territorio y la dignidad. Ellos tenían la ventaja de la mancha, pero yo tenía la paciencia y la fuerza del hombre de la cordillera que no sabe rendirse.

La hora de Rancho: La venganza del servidor y el escape del ropero. - En los comedores de la Escuela Técnica del Ejército, el almuerzo y la cena no eran momentos de paz, sino una extensión de la jerarquía de la vida castrense. Las mesas estaban dispuestas para diez comensales. A la cabeza, como jefe de mesa, se sentaba un alumno de tercer año o, en su defecto, uno de segundo. Los asientos restantes los ocupaban los menos antiguos, y al alumno de primer año le correspondía la tarea de «servidor». En 1981, siendo yo un alumno de primer año, descubrí que ese puesto de sirviente era, en realidad, una posición de poder. Me ofrecía como voluntario adrede.

Teniendo el cucharón en la mano, aplicaba mi propia ley. A los alumnos negros y zambos que se la pasaban insultándome en los patios les servía una miseria, apenas una cucharada que se perdía en el fondo del plato. En cambio, a los muchachos de apariencia serrana les llenaba el plato hasta los bordes. Al final, haciendo honor al viejo refrán que dice «el que parte y reparte, se lleva la mejor parte», servía mi propio rancho. Mi plato era una montaña imponente de arroz, guiso y frijoles que bien parecía el Morro Solar de Chorrillos.

Semejante atrevimiento no pasaba desapercibido. Los jefes de mesa costeños, cerrando filas para apoyar a los suyos, a menudo me arrebataban el plato lleno y se repartían mi comida ante mis ojos, dejándome con el estómago vacío. En otras ocasiones, me dejaban cenar en paz, pero con una doble intención.

—Termina de tragar, perro —me decían.

Apenas dejaba el cubierto, me conducían a sus cuadras para someterme a una «masacre» por relajado. Con el estómago lleno y pesado, me obligaban a ranear, cangurear, hacer planchas y polichinelas bajo una lluvia de insultos: «Eres muy relajado y pendejo, serrano de mierda». Hubo noches en que la indignación superaba al cansancio. Me rebelaba. Me plantaba firme, los miraba a los ojos y me negaba a cumplir las órdenes. Al ver que los golpes no me quebraban, tres o cinco antiguos me rodeaban lanzando amenazas espumosas: «Perro, te vamos a hacer volar en conducta... ya te jodiste, estás en la lista negra». Al final, incapaces de doblar mi voluntad, sus gritos se apagaban y yo regresaba victorioso a mi cuadra.

Sin embargo, el abuso rozó el límite la noche en que el alumno arequipeño Granda Tapia me llevó a su sector. Tras hacerme ranear y rampar por el piso debajo de los camarotes, me ordenó trepar a lo alto de su ropero de metal. El espacio entre el mueble y el cielo raso de la cuadra era mínimo. Tuve que permanecer allí arriba, agachado en una incómoda posición de rana, con las palmas de las manos sosteniendo el techo para no golpear mi cabeza.

Antes de meterse a su cama, Granda me miró desde abajo con desprecio:

—Perro, ahí te vas a quedar por relajado y pendejo hasta las cero trescientas horas. ¿Alguna pregunta?

Desde las sombras de un rincón, la voz de otra promoción azuzó el castigo:

—Ah, ese serrano de mierda es muy relajado. Déjalo ahí toda la noche.

Los murmullos se apagaron y las luces de la cuadra se redujeron a la penumbra. Desde mi puesto de vigía forzado, contemplé el silencio. Pasó una hora y media eterna. Mis músculos protestaban, pero mi mente permanecía fría. Pronto, los primeros ronquidos pesados empezaron a resonar en el ambiente. Sabía que el tiempo jugaba en mi contra; debía moverme antes del primer relevo del servicio de imaginaria.

Calcule el movimiento. Con el sigilo de un felino, salté del ropero al piso, amortiguando el golpe, y crucé la puerta lateral de la cuadra a toda velocidad. Una vez afuera, gané la oscuridad del patio y corrí por la parte posterior de los pabellones. Detrás de mí, la alarma se encendió. El imaginaria y dos alumnos —estoy seguro de que uno era el propio Granda— salieron en mi persecución gritando como locos en medio de la noche: «¡Alumno! ¡Alumno!».

Hice una maniobra evasiva entre los galpones y me deslicé como un fantasma en los baños de la sección de primer año «B». Me oculté en un rincón oscuro, conteniendo la respiración. Los pasos furiosos pasaron de largo por el pasadizo. Me buscaron por todos lados, pero la noche y la astucia andina volvieron a jugar a mi favor. No me encontraron.

El encuentro con el “chino” en la avenida Colmena. - La Escuela Técnica del Ejército ocupaba un espacio inmenso en Chorrillos. Mantener ese gigante de cemento requería una mano de obra constante, por lo que la distribución de los jardines y las extensas áreas verdes estaba rígidamente dividida por sectores. Cada promoción de alumnos era responsable de la limpieza, el regado de las plantas y el mantenimiento del césped.

Un día sábado de enero de 1982, un alumno de tercer año, conocido por todos como el "chino" Uzin Chota, pretendió usar su antigüedad para abusar de mí. Me llevó hasta el sector bajo su responsabilidad, ubicado en las inmediaciones de la cancha de fútbol, y con tono autoritario me ordenó resembrar el gras y limpiar el terreno. Fiel a mi carácter y cansado de las arbitrariedades, lo miré fijamente, me negué rotundamente a cumplir una orden que no me correspondía y di la vuelta para regresar a mi cuadra.

Aquel acto de rebeldía hirió el orgullo del "chino". Desde ese preciso momento, apoyado por la jauría de sus compañeros de promoción, Uzin Chota se dedicó a buscarme la sinrazón. Me hostigaba en las formaciones, me vigilaba con saña en las horas de rancho y buscaba cualquier pretexto para perjudicarme durante los servicios de guardia. Pasaron los meses bajo esa sorda tiranía de pasillo, pero yo sabía que la paciencia es la mejor virtud del hombre de la sierra. El trato en la escuela, después de todo, no dura para siempre.

El destino decidió cobrarse la deuda un día domingo de mayo de ese mismo año. Me encontraba disfrutando de mi paseo de salida y caminaba por el bullicioso Cercado de Lima. Mientras bajaba por la histórica Avenida Colmena, a unos pasos del emblemático Hotel Bolívar, la marea de peatones se abrió y nos puso frente a frente. Ahí estaba el "chino" Uzin, despojado del uniforme que le daba valor y reducido a un civil común y corriente entre la multitud.

No dudé un segundo. Me planté ante él, cortándole el paso, y lo miré con toda la determinación que había acumulado durante meses.

—Alumno Uzin —le dije con voz gélida y firme—, ahora sí estamos completamente solos. Muéstrame tu pendejada aquí en la calle, tal como lo haces en la escuela.

El cambio en su rostro fue instantáneo. La altanería de Chorrillos se evaporó en el asfalto del centro de Lima y el temido antiguo arrugó por completo. Visiblemente asustado y con las manos temblorosas, intentó ensayar una disculpa diplomática:

—Alumno Pineda... lo que pasa dentro de la escuela es solo parte de la formación —balbuceó, tratando de salvar el pellejo—. Tal vez me habré excedido contigo. Te pido disculpas, hermano. Desde ahora somos patas, ¿ya?

Me extendió una mano floja y temerosa. La estreché solo para sellar su rendición. Uzin Chota dio la vuelta y se retiró a paso apresurado, perdiéndose entre la gente con el orgullo hecho pedazos. A partir de aquella tarde en la Avenida Colmena, el "chino" nunca más volvió a cruzarse en mi camino, demostrando que la verdadera valentía no se mide por los galones de la escuela, sino por el carácter con el que se sostiene la mirada en la vida real.

La ley del cachaco viejo en el Puesto Siete.- En el mes de junio de 1981, el destino me puso de facción en el Puesto de Vigilancia Número 7. Aquella garita se levantaba en las inmediaciones de la cancha de fútbol de la Escuela Técnica, justo en la línea invisible que colindaba con los dominios de la Escuela Militar de Chorrillos. Eran cerca de las seis y treinta de la mañana. Yo me encontraba como servicio de guardia saliente, con el cansancio de la vigilia encima, cuando el silencio del alba se rompió por el compás de unas botas.

Apareció una sección completa de cadetes de primer año de la Escuela Militar; los famosos «perros» que apenas empezaban a conocer el rigor castrense. Se dirigían hacia los campos de tiro de la playa La Chira, allá al fondo de los acantilados chorrillanos, y me solicitaron permiso para cruzar mi puesto. Les abrí la tranquera de madera y los dejé pasar. Sin embargo, al observar la columna, mi instinto de viejo soldado se encendió. El alumno brigadier que los comandaba marchaba sin firmeza y su personal cruzaba el puesto en total desorden: unos hacían bulla y otros conversaban alegremente en la formación, como si estuvieran en un paseo escolar.

En ese instante, pesó más mi condición de «cachaco viejo», de licenciado del Ejército con el grado de sargento segundo, que mi actual situación de alumno de primer año. Me atreví a tomar atribuciones que reglamentariamente no me correspondían, pero que la mística militar exigía. Con una voz de trueno que hizo eco en el descampado, les ordené:

—¡Sección, aaaal... to!

El brigadier y sus cadetes se clavaron en el sitio. Me planté frente a ellos, les llamé fuertemente la atención por su falta de disciplina y, aprovechando que la gran mayoría eran apenas unos adolescentes hijos de civiles que no distinguían un uniforme de otro, les ordené ponerse en posición de ranas. Confundidos y asustados, me obedecieron sin dudar ni murmurar.

—¡Cien ranas! ¡Cantando fuerte! —les grité.

La pista se llenó del coro de los cadetes saltando. Apenas terminaron, sin darles respiro, los mandé al suelo. Les ordené ejecutar cincuenta planchas. Algunos muchachos más corpulentos ya no podían con su propio peso y temblaban sobre la tierra. Cuando lograban levantarse, los regresaba de inmediato a la posición de rana. Así, entre saltos y flexiones, los mantuve bajo mi mando durante veinte extenuantes minutos hasta que el sudor les empapó los uniformes.

Estaba tan concentrado en mi faena de instructor improvisado que cometí un error de principiante: descuidé mi retaguardia. De la nada, apareció un teniente de la Escuela Militar. El oficial se detuvo, contempló la escena con legítima sorpresa y luego clavó sus ojos en mí con severidad.

—Alumno, usted ha cometido una falta grave —me dijo con voz cortante—. Voy a formular un parte dirigido al señor director de la Escuela Técnica. Deme su nombre y apellido completo ahora mismo.

En el pecho de mi uniforme llevaba cosido el marbete con mis iniciales: M. Pineda R. El corazón me dio un vuelco, pero la sangre fría del hombre de la sierra no me abandonó. Miré al teniente a los ojos y, sin titubear un solo milímetro, le mentí con total naturalidad:

—¡Alumno Mario Pineda Ríos, mi teniente!

El oficial anotó el nombre falso en su libreta de apuntes, dio media vuelta y se retiró con paso firme hacia su sector.

Toda esa semana la pasé con el alma en un hilo. Cada vez que sonaba la corneta o se anunciaba una orden general, sentía el temor de que me cayeran ocho días de arresto de rigor en el calabozo. Sin embargo, los días corrieron y el castigo jamás llegó. Nunca supe si el teniente olvidó el incidente en el papeleo diario o si, efectivamente, el parte llegó a la dirección pero terminó archivado en el olvido porque nadie en la escuela logró encontrar jamás al inexistente alumno Mario Pineda Ríos. Lo único real es que esa mañana, en el Puesto Siete, la jerarquía de la experiencia se impuso sobre los galones del futuro.

Las luces de Lomo de Corvina en Villa El Salvador.- Agosto de 1983 trajo consigo la prueba definitiva para nuestra promoción: el Curso Básico de Paracaidismo Militar. El escenario elegido para los cinco saltos reglamentarios fue el "Lomo de Corvina", un inmenso y traicionero arenal empotrado en la parte alta de Villa El Salvador. Durante un mes entero, la Escuela de Paracaidistas del Ejército nos sometió a un entrenamiento feroz en la base de Las Palmas. Empezamos con gimnasia especial, pasamos al balanceo y saltamos desde las torres de frente y de costado, ensayando la caída perfecta.

Fue en la pista de cuerdas donde la muerte me dio su primer aviso. Al soltarme de uno de los aparejos altos, perdí el equilibrio en el aire y caí de espaldas. Mi cabeza y mi columna impactaron secamente contra el suelo duro. El golpe me privó del conocimiento de inmediato. En medio de una nebulosa de dolor, atrapado en una pesadilla, sentía que me ahogaba y gritaba con desesperación pidiendo que me retiraran el casco de acero. Me había quedado sin aire.

Pasaron treinta y cinco minutos antes de que pudiera mover las extremidades. Para mí, todo había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, pero mis compañeros, consternados, me confirmaron que la conmoción cerebral me había mantenido desmayado media hora. Me senté en la tierra, me quité la camisa y, al intentar ponerme de pie, un dolor agudo e intolerable me atravesó la espalda. Sin embargo, la fibra de sargento se impuso. Me puse el polo, me abotoné la camisa y continué corriendo hasta terminar el circuito. No hubo asistencia médica ni enfermería. Las tres primeras noches dormí rígido, en la posición de atención; cualquier intento de girar en la cama era un suplicio. Aun así, al día siguiente continué saltando en las torres de balanceo, tragándome el dolor en cada impacto.

El primer salto desde el avión Antonov del Ejército fue un acto de puro instinto. El miedo estaba allí, pero gracias a Dios todo salió sin novedad. El verdadero infierno me aguardaba en el segundo salto.

Crucé la puerta del avión y me lancé al vacío. Al abrirse el paracaídas, sentí un tirón violento e irregular. Los cordones se habían enredado por completo, impidiendo que la campana de seda se desplegara con normalidad. El aire me atrapó y empecé a dar vueltas y vueltas como un trompo en el cielo. Cuando por fin el paracaídas se templó, miré hacia arriba y el corazón se me congeló: la seda presentaba una enorme rotura en uno de sus extremos. El descenso se volvió vertiginoso.

Desde el aire, el Capitán Soria, jefe del curso, vio el desastre y se lanzó en su propio paracaídas intentando acercarse. Su voz me llegó como un eco desesperado entre el viento:

—¡Abre la reserva, concha de tu madre! ¡Abre la reserva! ¡Abre la reserva!

Pero mi cerebro se bloqueó. No reaccioné. Paralizado por el pánico, me quedé mirando el suelo; la tierra subía hacia mí a una velocidad aterradora. El impacto fue inevitable. Caí de espaldas sobre el arenal con el cuello doblado por la fuerza de la gravedad. El golpe fue tan brutal que el protector cubrenuca de fibra y el propio casco de acero se rompieron en pedazos, absorbiendo el impacto y salvándome la vida. En esa milésima de segundo, sentí una explosión en mi cerebro, como si miles de fuegos artificiales estallaran dentro de mi cabeza. Luego, la oscuridad total.

Permanecí inconsciente durante unos ocho minutos. Cuando abrí los ojos, me habían despojado de los arneses y me encontraba sin camisa sobre la arena, rodeado de instructores que me aplicaban los primeros auxilios. Me puse de pie como pude y me reincorporé a la fila. El camión nos regresó a Las Palmas y, desde allí, nos trasladaron al paso ligero hasta la Escuela Técnica en Chorrillos.

Al mirarme en el espejo, me asusté: mis ojos estaban completamente inyectados en sangre debido a un severo derrame ocular provocado por la presión del golpe, y la columna me ardía del lado derecho. Me evacuaron de urgencia al Hospital Militar Central. Sabiendo que un diagnóstico adverso me costaría el curso, decidí mentirles a los médicos. Soportando los pinchazos en la espalda, sonreí y repetí una y otra vez que me sentía perfectamente. Engañados por mi firmeza, me dieron de alta esa misma noche, entregándome una hoja de recomendación para abandonar el entrenamiento.

Para sorpresa y desconcierto de los instructores y de mis propios compañeros de promoción, a la mañana siguiente me planté temprano en la formación de la Escuela de Paracaidistas. Con la mirada ensangrentada y el cuerpo magullado, abordé el avión tres veces más. Completé mis cinco saltos reglamentarios y me gané el derecho de llevar las alas doradas en el pecho. El derrame de mis ojos tardó dos meses en desaparecer por sí solo, pero el orgullo de haberme graduado como paracaidista del Ejército peruano curó cualquier herida.