El despliegue estratégico de
la 9ª División Blindada en Tumbes (1981). - La zona fronteriza
entre el Perú y el Ecuador mantuvo históricamente un clima de alta tensión
geopolítica desde los albores de la época republicana. Uno de los episodios más
críticos de esta relación ocurrió en enero de 1981 con el conflicto del Falso
Paquisha, desencadenado en la cordillera del Cóndor. Este acontecimiento motivó
una respuesta estratégica inmediata por parte del alto mando peruano: el
traslado definitivo de la 9ª División Blindada desde su sede original en la
ciudad de Lima hacia la guarnición militar de Tumbes, movimiento que se ejecutó
de forma masiva en el mes de febrero de ese mismo año.
A su arribo a la calurosa
ciudad norteña, esta gran unidad de combate procedió a ocupar de manera
estratégica las instalaciones de la región. El Cuartel General y el núcleo de
su potencia de fuego se asentaron en el Fuerte «24 de Julio», ubicado en la meseta
de El Tablazo. En este recinto se posicionaron los Batallones de Tanques Nº 222
y Nº 223, unidades dotadas con los imponentes tanques T-55 de fabricación
soviética, vehículos de 36 toneladas equipados con cañones de 100 mm. Asimismo,
el fuerte albergó al Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111, el cual
contaba con los sistemas autopropulsados ZSU-23-4B1 Shilka; a la
Compañía de Comunicaciones Nº 211; a la Compañía de Policía Militar y a la
Compañía Comando.
De forma complementaria, el despliegue se extendió hacia el distrito de Corrales, donde las unidades de apoyo, ingeniería e infantería ocuparon el Fuerte «5 de Julio». En esta guarnición se establecieron el Batallón de Ingeniería de Combate «Machupicchu» Nº 211, el Batallón de Infantería Blindada «Cahuide» Nº 211 y una Compañía Antitanque especializada. El soporte logístico, el abastecimiento y el mantenimiento técnico de toda la gran unidad quedaron bajo la responsabilidad del Batallón de Servicios Nº 211, consolidando así un poderoso dispositivo de disuasión y defensa en el extremo norte del territorio nacional.
Las ondas del deber: Memorias
de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 en el Hito 500.- Hacia
el año 1984, la 9ª División Blindada se erigía como el puño de acero en la
frontera norte del Perú. La Gran Unidad ostentaba un imponente parque bélico de
procedencia soviética que se mantenía en un óptimo y envidiable estado de
operatividad. La rutina en la guarnición no conocía el descanso;
constantemente, los batallones de maniobra y las compañías independientes
abandonaban los cuarteles para internarse en el terreno, ejecutando rigurosos
ejercicios de tiro y maniobras de campaña conjuntas en el estratégico sector
del Hito 500, en Zarumilla, justo en la línea misma que dividía las soberanías.
En aquel escenario de polvo,
mística y estepa norteña, le tocó actuar a la Compañía de Comunicaciones Nº
211. Entre sus filas marchaban jóvenes suboficiales de 3ra, Miguel Pineda, recién
egresados de las aulas de la Escuela Técnica del Ejército, quienes debían
asumir de inmediato la enorme responsabilidad técnica y operativa de la
especialidad. Sin importar la jerarquía, el personal cumplía funciones
polivalentes, alternando con destreza los roles de mecánicos de mantenimiento y
operadores de radio. La compañía jamás se quedaba en la retaguardia; se
desplazaba por completo hacia la zona de operaciones desplegando sus camiones
equipados con cabinas Shelter, laboratorios móviles que daban vida a la
red de comando a través de una rigurosa organización táctica.
El sistema se articulaba a partir de dos núcleos fundamentales. El primero de ellos era el Centro de Comunicaciones Nº 1, el vehículo principal encargado de asegurar el enlace vital con el Escalón Superior y mantener el control de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. En su interior, el zumbido de los equipos delataba una actividad frenética: un radio de Onda Corta y Banda Lateral Única (C/V BLU) enlazaba las unidades de maniobra y el apoyo de fuegos; un segundo equipo de Frecuencia Modulada (C/V FM) comunicaba directamente a los comandantes en el frente; un tercer radio BLU mantenía el cordón umbilical con el alto mando del Escalón Superior; mientras que una Central Telefónica manual administraba la compleja red de campaña cableada en el terreno.
1. Centro de Comunicaciones Nº
1 (Enlace de Comando y Escalón Superior)
Este vehículo aseguraba de
forma directa las comunicaciones con el Escalón Superior y la dirección táctica
de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. Su equipamiento de
radio constaba de:
- Red de Maniobra y Apoyo de Fuegos:
Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), empleado para enlazar
a las unidades de combate de primera línea y la artillería en el terreno.
- Red de Comandantes: Un
equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM), destinado a la
comunicación directa entre el Comando de la División y los jefes de las
distintas unidades y apoyos de combate.
- Red del Escalón Superior:
Un segundo equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), exclusivo
para mantener el enlace estratégico con el alto mando.
- Red Telefónica de Campaña:
Una Central Telefónica destinada a la administración y conmutación de la
red de cables y teléfonos desplegados en el sector.
2. Centro de Comunicaciones Nº
2 (Enlace del 2do Escalón del Cuartel General)
Este vehículo garantizaba el
flujo de información administrativa y el soporte logístico para la retaguardia
de la Gran Unidad. Su equipamiento estaba distribuido de la siguiente manera:
- Red Administrativa Superior:
Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU) dedicado al enlace con
la unidad de apoyo administrativo del Escalón Superior.
- Red Logística de la División:
Un equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM) para la comunicación y
coordinación directa con el Batallón de Servicios Nº 211.
- Red de Teletipo y Mensajería: Un
equipo de Centro de Mensajes (C/M) destinado a la transmisión formal,
escrita y cifrada de las órdenes militares.
- Red Telefónica de Retaguardia: Una Central Telefónica propia para la gestión de las líneas telefónicas de hilo en su zona de responsabilidad.

Orugas hacia el Norte: El
rugido de la 9ª Blindada (1984). - Para un suboficial de tercera
recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, el año 1984 quedó cincelado
a fuego en el alma. La vida en la 9ª División Blindada, bajo el mando del
General de Brigada Jorge Ruiz Calderón y su Estado Mayor —integrado por los
coroneles Torrico y Diez—, era una escuela constante de disciplina, coraje y
mística. En aquel rincón de la patria, perteneciente a la entonces Primera
Región Militar, el orgullo de vestir el uniforme se respiraba en cada rincón de
los cuarteles.
Uno de los recuerdos más
imborrables y espectaculares que quedó grabado en la memoria de los cientos de
asistentes, tanto militares como civiles, fue ver la imponente maniobra de un
Vehículo Porta Tropa a Oruga (PTO) perteneciente al Batallón de Infantería
Blindado «Cahuide» Nº 211 de Corrales. Ante la mirada atenta del pueblo
tumbesino, el blindado anfíbio cruzó con total éxito y destreza las bravas
aguas del río Tumbes, demostrando que no existía barrera geográfica capaz de
detener el avance de la gran unidad.
Pero más allá del rugido de
los motores y el peso del acero, lo que verdaderamente sacudía las fibras más
íntimas del personal de todos los grados era la música. Durante los intensos
desfiles por motivo de las inspecciones de comando, la banda de músicos rompía
el aire con los acordes de la emblemática y combativa canción «A Quito nos
vamos». A sus sones, los soldados, suboficiales y oficiales marchaban al
unísono, cantando a todo pulmón con una moral inquebrantable que hacía retumbar
la tierra. Esas vivencias, marcadas por el polvo del camino y la lealtad a la
bandera, se convirtieron en un faro que iluminó un largo y digno trajinar
dentro de las filas del Ejército del Perú.
Alerta muchachos (bis)
yo te pido que rogues (bis)
y a la virgen una cera encenderas
no me llores ni me tengas compasión bella mujer
que en mi pecho siempre tú has de reinar.
La vida en los cuarteles del Tablazo.
- En
los tiempos en que el desierto de Tumbes parecía arder bajo el sol, la vida en
los cuarteles de la 9ª División Blindada del Tablazo seguía un ritmo propio,
dictado más por la necesidad que por los reglamentos. Cada quincena, o al
cumplirse el mes, el rugido de los motores administrativos rompía la rutina.
Eran los camiones militares que partían rumbo a la Frontera Norte, con
suboficiales de la reserva al volante y sargentos reenganchados como copilotos,
listos para una misión tan vital como informal: el abastecimiento.
Al llegar a las inmediaciones
del puente internacional, los vehículos maniobraban hasta detenerse en el
pampón. Desde allí, los uniformados cruzaban a pie hacia Huaquillas, territorio
ecuatoriano, donde la economía vecina se convertía en el salvavidas de la tropa
peruana. El contrabando hormiga era el verdadero motor logístico de la
frontera. Por eso, cualquiera que entrara a las cantinas del Servicio Militar
Obligatorio se topaba con un paisaje extranjero: las galletas y las gaseosas
que los reclutas devoraban con ansia eran de procedencia ecuatoriana. Incluso
el plato fuerte del día, el lomo saltado, se cocinaba con carne traída del otro
lado del canal, siempre escoltado por una Coca-Cola bien helada, también de
etiqueta norteña. Aquel comercio era un negocio redondo para los comandantes de
batallón, quienes administraban los almuerzos extras y los antojos de la tropa,
quedándose con las propinas de los muchachos.
Los fines de semana, el ritual
cambiaba de protagonistas. Los sábados y domingos, los técnicos y suboficiales
casados emprendían su propio viaje hacia la línea de frontera; regresaban al
caer la tarde, cargados con las bolsas del mercado que asegurarían el alimento
de sus familias para la semana entera. Los oficiales, siempre celosos de las
apariencias y más solapados en sus andanzas, preferían no mezclarse en el
tumulto. Ellos aprovechaban la discreción de los viajes administrativos,
dejando que sus encomiendas personales viajaran camufladas entre las cajas
destinadas a los ranchos de los soldados.
La frontera era un ente vivo y
contradictorio. El técnico Lozada Neyra, viejo roble de la Compañía de
Comunicaciones Nº 211, solía contar que ni el estallido de las armas en el
conflicto de 1981 logró romper los lazos del mercado. En pleno conflicto armado,
civiles y militares peruanos seguían cruzando al lado ecuatoriano con total
normalidad para hacer sus compras. En aquellos años, Ecuador era la tierra de
la abundancia barata. Mientras en el Perú la tecnología era un lujo
prohibitivo, en Huaquillas aparecían los primeros televisores Sony a color de
14 pulgadas a un precio de risa: apenas 215 soles, frente a los exorbitantes
570 soles que costaban en territorio nacional.
Para el año 1984, durante los últimos tramos del gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, la crisis económica ya mostraba sus garras más afiladas. La inflación avanzaba sin tregua y el dólar subía día tras día, devorando el valor del dinero con una voracidad que asustaba. Con un sueldo de 470 soles que apenas alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas del hogar, la supervivencia se convirtió en un arte de magia. Hubo que ajustar los gastos al extremo, vigilar cada moneda y renunciar a cualquier capricho. Solo así, estirando el presupuesto bajo el sol del norte, fue posible rescatar del torbellino económico un pequeño tesoro: seiscientos soles de ahorro al final del año, el humilde trofeo de un soldado que aprendió a ganarle la batalla a la escasez.
Mal uso de los vehículos de
apoyo de combate. - Al llegar a la guarnición de Tumbes, en
los cuarteles de la 9na División Blindada, encontré muchos camiones Man modelo
20-280 (DFAEG) 6 x 6, vehículo de apoyo de combate recientemente adquirido,
diseñado para transporte de tropa, carga diversa y tracta remolques y piezas de
artillería en todo terreno, puede tractar o cargar hasta 21 toneladas, es de
fabricación alemana, son excelentes en todo terreno. Estos camiones habrían
llegado a la 9na División Blindada como dotación durante el año de 1983, por lo
que se encontraban aún semi nuevo. A estos vehículos los comandantes de
Unidades le daban mal uso, los alquilaban a las ladrilleras, a las
langostineras, otros se dedicaban al transporte de leña, etc. Todo el año 1984
estos vehículos transitaron con sus cargas ilícitas por todo lado, normalmente
los manejan los sargentos reenganchados y los suboficiales de procedencia
reserva; las Unidades que no contaban con este tipo de vehículos, alquilaban a
sus vehículos de tipo LA para el transporte de leña a las ladrilleras.
En aquellos tiempos desconocí
el costo del alquiler de estos vehículos, tampoco no sé cuánto de ingreso
habría generado mensualmente cada camión; solo se hablaba que generaban
recursos propios para los batallones y companías, en realidad para quien habría
sido el dinero que se obtenía así de esa forma y en que bolsillo habría
terminado dicho ingreso ilícito.
Yo permanecí destacado al mando de 12 hombres de Tropa, durante dos meses consecutivos en los montes que se encuentran al fondo, pasando la zona de Cabuyal, corté leña por orden expresa del mayor de comunicaciones Hermoza Ramírez Raúl, más conocido como la “burra” Jefe de la Compañía de Comunicaciones N° 211, cada fin de la formada un vehículo Man llegaba y retornaba cargado de leña, conducido por un sargento renganchado, toda la carga de leña salía con destino a las ladrilleras que en aquellos tiempos abundaba en la ciudad de Tumbes. Por el trabajo ilegal que realicé no recibí ningún tipo de pago, solo cumplí órdenes.
Bajo el Techo de Eternit. - El techo
de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 no era un edificio, sino un galpón
inmenso en la calurosa tierra norteña. Una estructura de metal techada con
planchas de Eternit a doble caída que se elevaba a doce metros del suelo, como
queriendo atrapar el calor sofocante de Tumbes. Bajo esa misma cubierta, sin
más fronteras que las siluetas grises de unos roperos metálicos de tropa,
convivían tres unidades: Comunicaciones, la Policía Militar Nº 211 y la
Compañía Comando, que albergaba a los músicos del fuerte. Allí se amontonaban
las cuadras de los soldados, las oficinas del Estado Mayor y los camastros de
los técnicos y suboficiales.
En ese enorme hangar, la
privacidad era un mito. Al caer la noche, el eco de las botas del servicio de
guardia contra el cemento astillaba el silencio, impidiendo cualquier intento
de descanso. Era una convivencia incómoda, casi cruel para los técnicos más
antiguos. Hombres con más de veinte años de servicio, cuyos cuerpos ya
reclamaban la paz de un hogar, se veían obligados a soportar el desorden y las
risas destempladas de los suboficiales jóvenes que regresaban de madrugada,
bendecidos por el alcohol y la inconsciencia de la juventud.
Al frente de la compañía
estaba el Mayor Hermoza Ramírez. De contextura gruesa, mediana estatura y con
la cuarentena a cuestas, el Mayor era la antítesis del rigor atlético. Raras
veces se le vio correr liderando a la tropa; carecía de ese fuego sagrado y la
actitud guerrera que se espera de un oficial de infantería o blindados. Entre
dientes y a sus espaldas, el personal lo llamaba "La Burra",
juzgándolo como un hombre poco apto para las penurias de una campaña larga, ya
fuera en los mapas de una guerra convencional o en el fango de un conflicto
asimétrico antisubversivo. Su pericia teórica en el arma de comunicaciones
siempre fue un misterio protegido por su escritorio.
El verdadero brazo ejecutor
del cuartel era el teniente Ricardo Anderson Cojatsu, el ejecutivo y S-3. Con
veintiocho años y un cabello canoso prematuro que le daba un aire severo,
Anderson era alto, fuerte y hábil en las pichangas de fulbito sobre las canchas
de cemento del fuerte. Era el típico oficial criollo: "bravo en el
cuartel", pero de esos oficiales costeños que, según la voz popular de los
cuarteles, no resistirían una marcha forzada en las punas heladas o en la
espesura de la selva contrasubversiva. En el Compañía de Comunicaciones lo
apodaban "La Vieja".
El teniente Anderson comandaba
con mano de hierro y un carácter despótico. Para la tropa floja o
indisciplinada no había discursos, sino violencia. Cuando el mal humor lo
dominaba, el cableado grueso de los equipos de radio vehicular CX-4720/VRC o
los chicotazos del cable CX-7059/VRC se convertían en látigos improvisados.
Otras veces, eran las antenas AS-1729/VRC, los baquetones de limpieza o las
pesadas baterías TNC-7725 de las radios mochileras A/PRC-77 los que caían sobre
las espaldas de los soldados de tropa. Eran tiempos duros, donde el abuso
físico y psicológico se camuflaba bajo el rótulo de la corrección drástica.
Pero el desprecio de Anderson
no distinguía jerarquías. Los técnicos de segunda Gabriel Lorenzo Casimiro,
apodado "Cachito", y Héctor Chumpitaz Gonzáles —hombres con treinta y
veintiocho años de servicio impecable— eran humillados públicamente. El
teniente los reprendía a gritos como si fueran sus entenados, pisoteando sus
canas frente a los suboficiales más jóvenes. A nosotros, los de menor rango,
nos mantenía a raya con una lluvia incansable de papeletas de castigo. Cuatro
días de arresto simple eran el mínimo por cualquier pestañeo. En su vocabulario
no existía la compasión ni el "pobrecito, tiene familia".
A pesar de las injusticias, el
Técnico Casimiro, el más antiguo de la caompanía, jamás bajó los brazos. Su
puntualidad era exacta, su porte militar intachable y su energía contagiaba el
respeto que el teniente le negaba.
Lo único rescatable de aquel encierro en la 9ª División Blindada era la calidad de la instrucción. El fuerte funcionaba con la precisión y el aislamiento de una escuela militar: cada minuto del día estaba tabulado para la preparación de una guerra inminente con el Ecuador. En la Compañía 211, los soldados de la tropa se convirtieron en un complemento perfecto para los técnicos. Manejaban con destreza teórica y práctica los sistemas de radio de Alta Frecuencia (HF) y Muy Alta Frecuencia (VHF), tendían líneas telefónicas, operaban centrales y dominaban la electricidad de campaña. Se les entrenaba para ser hombres de guerra, listos para operar bajo el fuego, ignorando que el verdadero enemigo, muchas veces, dormía bajo su mismo techo de Eternit.
La Huelga de los Platos Vacíos.
- En
el Fuerte 24 de Julio, el rancho era una frontera más hostil que la misma línea
de guerra con el Ecuador. La 9ª División Blindada separaba los estómagos con un
rigor implacable: un comedor exclusivo atendía a la oficialidad, mientras el
otro alimentaba a la masa de doscientos cincuenta comensales compuesta por
técnicos, suboficiales, sargentos reenganchados y empleados civiles. El
descuento para costear la comida se aplicaba de forma obligatoria y directa en
la planilla, pero lo que llegaba a las mesas a cambio era una miseria indigna.
Los desayunos consistían en
una pequeña taza china con un té o café ralo, escoltado por dos panes untados
con una capa invisible de mantequilla. Al almuerzo, el calvario era logístico y
físico: las mesas estaban rígidamente ordenadas según la antigüedad, obligando
a los suboficiales jóvenes a formar filas interminables mientras los cubiertos
—cucharas, tenedores y cuchillos— se extinguían antes de llegar a la mitad de
la cola. La cena ganaba por mérito propio el apelativo de "muerte
lenta": un locro de zapallo aguado donde flotaban náufragos unos cuantos
granos de arroz, acompañado por el eterno té en la taza de loza barata.
El hambre generalizada no era
un accidente; era un negocio. El runrún diario en los rincones del cuartel
apuntaba hacia la Jefatura de la Junta Económica de Rancho (JEROPA), entonces
en manos de un capitán, en complicidad con el suboficial de tercera Velasco,
alias "El Mostro", quien se turnaba como adjunto del oficial de
rancho. Los comentarios, nacidos de la impotencia de la corporación de técnicos
y suboficiales, aseguraban que los víveres de primera calidad eran desviados de
madrugada en camiones administrativos, cruzando la mismísima Guardia de
Prevención con el amparo del silencio aduanero militar. Todos sabían, todos
hablaban, pero nadie se atrevía a cruzar la línea de la denuncia formal.
El descontento, contenido
desde enero de 1984, estalló el 26 de noviembre. Una consigna anónima y
silenciosa corrió como pólvora entre los batallones: nadie pisaría el comedor.
El boicot fue absoluto. En la Compañía de Comunicaciones Nº 211 la gran mayoría
sacrificó el desayuno. Al mediodía, el hambre se alivió de forma clandestina en
la cantina de tropa del Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111 y por la
noche, los suboficiales se congregaron en el casino técnico ubicado en las
inmediaciones de la plaza de armas de Tumbes. Lo que inició como el hábito
rutinario de juntarse a ver televisión y tomar unas cervezas, se transformó en
un cabildo encubierto donde tomó forma la verdadera insurrección: el día
siguiente, 27 de noviembre, Día del Arma de Infantería, los batallones dejarían
vacío el patio de honor.
El 27 de noviembre, la
paradoja militar se hizo presente. Los suboficiales egresados de la Escuela
Técnica del Ejército (ETE) acataron la huelga silenciosa con precisión táctica.
Los técnicos de los dos batallones de tanques T-55 se atrincheraron dentro de
las moles de acero, cerrando las escotillas y negándose a salir. El resto del
personal abandonó el fuerte temprano, dispersándose y camuflándose en las
calles de la ciudad de Tumbes para regresar recién a la mañana siguiente,
fingiendo amnesia.
La fractura de la protesta,
sin embargo, expuso el arraigado clasismo de la institución. Las filas del
desfile se poblaron casi exclusivamente por el personal de procedencia reserva
y los asimilados. Para la perspectiva de los técnicos de carrera, aquella
sumisión reflejaba una mentalidad servil, donde el oficial ya no era un
superior jerárquico, sino el patrón de una hacienda uniformada; un despojo de
dignidad humana y militar que los más jóvenes no lográbamos comprender. En
nuestra propia Compañía de Comunicaciones, los únicos en marchar fueron los
técnicos de segunda Gabriel Casimiro Lorenzo y Héctor Chumpitaz Gonzales, ambos
formados en la vieja escuela de la tropa. Ante los reclamos por su actitud, sus
respuestas se refugiaron en el peso de los años de servicio, el temor a perder
la pensión y el bienestar de los hijos que los esperaban en casa. "A más
grado, más viejo; y a más viejo, más cojudo", dictaba la implacable
sentencia en los cuarteles.
El 28 de noviembre el cuartel
amaneció sin rancho para nadie. Al mediodía, el comandante General de la
División, el General de Brigada Jorge Ruiz Calderón, ordenó una reunión de
emergencia en el comedor general. La corporación en pleno asistió: los técnicos
más antiguos ocuparon la primera fila como escudos humanos; los suboficiales de
primera y el resto del personal nos apiñamos de pie en la retaguardia.
El preámbulo fue brutal. Tres
oficiales de menor rango ingresaron al recinto: un mayor y dos capitanes. El
más antiguo, un auxiliar de la sección de personal (G-1), se plantó al frente y
descargó un monólogo de insultos y amenazas que duró cinco minutos exactos. Nos
trató de "rosquetes", "cobardes" y "miserables",
buscando quebrar la moral colectiva mediante la humillación verbal. Desde el
fondo de la sala, la indignación contenida buscaba un escape; miré a los viejos
técnicos de la primera fila esperando que el orgullo de sus canas saltara, pero
todos clavaban la vista en el piso de cemento. Fue entonces cuando el silencio
se rompió desde atrás: un suboficial de segunda de las unidades de tanques se
puso de pie con una energía rabiosa, plantándole cara al oficial del G-1. Las
injurias mutuas escalaron rápidamente hacia los argumentos lógicos en un
ambiente que amenazaba con desatar la violencia, justo en el instante en que
las voces de alerta anunciaron el ingreso del comando oficial.
El General Ruiz Calderón entró
escoltado por los coroneles Diez y Torrico, junto al resto del Estado Mayor. El
tono cambió, adoptando la frialdad de las cortes marciales. El comando lanzó
advertencias severas, asegurando que el oficial de inteligencia (G-2) ya tenía
identificados a los cabecillas de la asonada y que los castigos serían
ejemplares. Pese a las amenazas de cambio de colocación a lugares remotos,
algunos técnicos antiguos rompieron el mutismo generalizado para exponer, con
voz firme, la miseria que se servía en los platos. El comando escuchó.
Aquel motín silencioso
demostró que para cambiar la historia de un cuartel era necesario arriesgar la
carrera. Días después del incidente, la respuesta llegó desde Lima: el Comité
Femenino de Apoyo a la Familia Militar (COFA-FAM) envió dotaciones completas de
ollas industriales, cucharones, vajillas nuevas, cubiertos relucientes,
manteles para las mesas desnudas, un televisor a color de 24 pulgadas para el
casino y dos mozos uniformados para agilizar el servicio. El rancho cambió
drásticamente en cantidad y sazón.
Antes de dar por cerrado el episodio, el General Ruiz Calderón volvió a pararse frente a la corporación en el comedor reformado. Miró fijamente a la masa de técnicos y suboficiales y preguntó con ironía: «¿Ahora están contentos?». Tras un silencio espeso, remató con la vieja fórmula eclesiástica: «¿Alguna pregunta? Hablen ahora o callen para siempre». Nadie abrió la boca. El General dio la vuelta y se retiró con su Estado Mayor, sellando el final de la pequeña revolución que un suboficial de tercera atestiguó bajo el sol del norte en noviembre de 1984.
El Retablo de la Plaza y la
Cosecha de la Noche. - Los domingos por la noche, el calor denso
de Tumbes se trasladaba a la Plaza de Armas. Entre las ocho y las once, el
centro de la ciudad se transformaba en una feria humana, un hormiguero de
juventud de todas las condiciones sociales. El ritual era exacto: las mujeres
caminaban despacio por las veredas en un desfile silencioso, mostrándose con el
orgullo de la juventud bajo las farolas, mientras los caballeros formaban
racimos en las esquinas y los bordes del pavimento, midiendo con miradas
disimuladas a cada silueta que cruzaba el perímetro. Era el prólogo de la
noche.
Mientras la plaza bullía, los
salones de baile preparaban su propia arquitectura. Las orquestas afinaban los
metales, el hielo crujía y las cajas de cerveza y gaseosa ingresaban por
cargamentos a los locales. En cuanto daban las once, la masa que había pasado
tres horas dando vueltas en la plaza se dividía con precisión quirúrgica según
el bolsillo y el linaje.
La clase media, los
profesionales y la oficialidad de la guarnición militar —desde los alféreces
hasta los técnicos y suboficiales— enfilaban hacia los amplios salones del Club
Deportivo. Allí la salsa dictaba el ritmo y el ambiente se poblaba de las llamadas
“cachaqueritas” de cierto nivel social y cultural, mujeres que buscaban la
seguridad o el porte del uniforme. Al otro lado del espectro, subiendo hacia El
Tablazo, en los corralones sin techo que rodeaban el Mercado Nuevo y el Mercado
Antiguo, la realidad era otra. Con servicios higiénicos escasos y el cielo por
cobertura, los obreros, agricultores y pequeños comerciantes se ahogaban en el
ritmo de la música chicha. Eran los años dorados de Los Shapis de Chupaca, y en
esos locales retumbaban El Aguajal, Mi Tallercito o El
Borrachito Borrachón. En esos bastiones populares, la madrugada no solo
traía alcohol, sino también el estallido de los botellazos cuando los celos o
los tragos encendían las lealtades de la calle.
Las mujeres de Tumbes. - Era la mujer cuyo pulso se aceleraba ante la
presencia de un militar; para muchas, el primer contacto con un uniforme
significaba una emoción intensa, el hallazgo de un amor que podía durar una
guardia de fin de semana o extenderse para toda la vida. La sabiduría de los
batallones describía a la mujer tumbesina común como dueña de una belleza
esquiva en el rostro, pero generosa de la cintura para abajo, poseedora de
buenas piernas que los técnicos más viejos atribuían, entre risas y mitos de
cuartel, al plátano que nunca faltaba en sus mesas.
En esa tierra calurosa, la
cosecha de mujeres parecía inagotable, regulada únicamente por la jerarquía y
el dinero. Había un mercado de afectos para cada grado: cachaqueritas para
oficiales y otras para la corporación de técnicos. El único requisito era tener
algunos soles en el bolsillo entre el viernes y el domingo. Donde se instalaban
los cachacos, las mujeres aparecían por docenas. Bastaban un par de cajas de
cerveza para calentar el motor de cuatro o cinco parejas. Entre pieza y pieza,
con el cuerpo empapado en sudor por el clima norteño, se jugaba la persistencia
del soldado: si la dama aceptaba una gaseosa, el terreno estaba ganado en un
noventa por ciento. Tras un breve susurro al oído, la noche solía morir en las
habitaciones de algún hostal de paso.
Al amanecer, la tregua de la noche se disolvía. Al cruzarse en la calle al día siguiente, el reconocimiento mutuo se reducía a una mirada silenciosa, un pacto de caballeros donde nadie debía nada. Los colegas de físico más presentable, los más "pintones" y "pendejos", jamás regresaban solos al cuartel; salían de cada fiesta escoltados por las mejores jovencitas de la provincia. Así era el mundo nocturno en el Tumbes de aquellos años: un torbellino de música tropical, mujeres esquivas, cerveza helada y la astucia criolla floreciendo bajo las estrellas del norte.
Retrato de la Frontera Herida.
- Tumbes,
el rincón más septentrional de la patria, era en 1984 un territorio de
contrastes geográficos y abandonos estatales. Con apenas 4,669 kilómetros
cuadrados de extensión —el departamento más pequeño del mapa peruano—, esta
cuña de tierra tropical limitaba al este con el Ecuador, al sur con Piura, y al
oeste y norte con la inmensidad del Océano Pacífico. El antiguo territorio de
los Tumpiz, que en tiempos de los Incas albergó fortalezas y palacios,
se sostenía en el siglo XX bajo un clima riguroso que promediaba los 24 grados
anuales, pero que entre enero y marzo estallaba en unos sofocantes 38 grados
que evaporaban la paciencia de cualquiera. Sus valles, bendecidos por las aguas
de los ríos Tumbes y Zarumilla, convivían con una economía que miraba con
nostalgia el viejo esplendor de su puerto ballenero, ahora en total declive,
mientras al sur sobrevivían la refinería, algunos pozos de petróleo y minas de
carbón atravesadas por la Carretera Panamericana.
Aunque el Protocolo de Río de
Janeiro de 1942 había sellado legalmente la pertenencia de Tumbes al Perú, la
frontera seguía siendo una herida abierta en la identidad de sus habitantes.
Las lenguas aborígenes de las numerosas etnias locales habían desaparecido bajo
el peso de las colonizaciones, dejando paso a un castellano mal pronunciado
pero sonoro. En esa tierra de tez cobriza, sin embargo, el quechua y el aimara
no eran reliquias respetadas, sino idiomas despreciados bajo el estigma de la
"serranía". En más de una ocasión, al responder con un orgullo limpio
que sí hablaba el quechua, la respuesta del entorno fue tildarme de serrano e
ignorante. Aquellos críticos de frontera ignoraban que las lenguas andinas
poseen estructuras gramaticales milenarias, en muchos casos más elaboradas y
complejas que las de las más difundidas lenguas indoeuropeas, capaces de
comunicar el espíritu de culturas que florecieron mucho antes de que el llamado
"mundo civilizado" pisara estas costas.
Como un joven militar
subalterno recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, mi paso por
Tumbes se limitó al año de 1984. Doce meses bastaron para observar, desde
dentro y fuera del cuartel, las costuras de una sociedad fracturada. En
aquellas calles aún se respiraba el lodo seco y el desamparo que dejó el
devastador Fenómeno de El Niño de 1983. Tumbes era el reflejo de un sistema
donde reinaba el egoísmo y la indiferencia; un pueblo incapaz de organizarse
para el bien común, acostumbrado a mirar hacia el norte con sospecha y hacia
Lima con una eterna actitud de espera, aguardando que el gobierno central
resolviera hasta el más mínimo de sus males. Las instituciones locales carecían
de la estructura para reaccionar ante desastres naturales, epidemias o, peor
aún, ante la inminencia de una guerra convencional con el vecino del norte. No
había un engranaje que uniera a la masa poblacional con las Fuerzas Armadas en
caso de una movilización general.
Ese patriotismo tumbesino,
empírico e instintivo, estaba muy lejos de ser un nacionalismo de corazón. Al
poblador civil le faltaba el orden y la disciplina que el territorio exigía.
Una prueba irrefutable de este desarraigo se escondía dentro de los propios
muros militares: tanto en nuestra 9ª División Blindada del Tablazo como en la
1ª División de Infantería, el noventa y cinco por ciento del personal de la
tropa del Servicio Militar Obligatorio provenía de otros departamentos del
Perú. Eran los hijos de la sierra y del centro quienes custodiaban la línea de
frontera, mientras la juventud local miraba de costado.
La precariedad del Estado se ensañaba con los servicios públicos esenciales. Los hospitales e instalaciones sanitarias eran infraestructuras deficientes, con un puñado de médicos para una población que veía con alarmante normalidad los índices de mortalidad infantil, especialmente en las zonas rurales. Incluso el aire que se respiraba estaba colonizado. En el espectro de los medios de comunicación de masas, las pantallas locales apenas sintonizaban las señales débiles de los canales 4 y 5 de Lima. En la radiodifusión, la señal de Radio Nacional de Tumbes solo recordaba su peruanidad los domingos por la mañana, durante la hora del desfile cívico-militar; el resto de la semana, sus ondas se inundaban de música y giros lingüísticos ecuatorianos. En los hogares tumbesinos, e incluso dentro de los dormitorios del Fuerte 24 de Julio y del Fuerte 5 de Julio en Corrales, las miradas no apuntaban a los canales patrios, sino a las pantallas de Teleamazonas de Ecuador. El vecino del norte, ausente en los mapas, gobernaba el día a día a través del aire, el comercio y la cultura, dejando las memorias de este suboficial como testigo de un año donde la patria se defendía con fusiles importados y el estómago vacío.
El Peaje de los Gallinazos. - El
verdadero filtro de la frontera no estaba en las trincheras, sino en el control
aduanero de Zarumilla, en ese imponente bloque de cemento que todos conocían
simplemente como “El Complejo”. Aquel lugar era un agujero negro donde la ley
se maleaba al mejor postor y donde el dinero corría con la misma fluidez que el
agua del canal internacional. En sus inmensos almacenes se acumulaban cerros de
artefactos decomisados: televisores, radiograbadoras y electrodomésticos que
esperaban el pago de un rescate fijado al ojo y según el humor del aduanero de
turno. Las tarifas se cobraban a la manera de ellos; allí no existían los
tickets, las boletas ni los registros oficiales. Reclamar un derecho era una
ingenuidad peligrosa: bastaba levantar la voz para que los policías te
amenazaran con quitarte la mercadería por completo.
En una de mis salidas a
Huaquillas, decidí tentar a la suerte y compré un televisor Panasonic a color
de catorce pulgadas y una radiograbadora. Al cruzar El Complejo, la realidad me
cobró el peaje de la frontera: tuve que desembolsar cincuenta soles por el
televisor y treinta por la radio para evitar que terminaran en el almacén de
los olvidos. En ese ecosistema de corrupción, el contrabando tenía sus propias
reglas y divisas. Las mujeres dedicadas al negocio del pase, dueñas de una
presencia llamativa y de cierta simpatía, manejaban un método de pago muy
distinto al de los soles, negociando con su propio cuerpo ante la mirada
cómplice de las autoridades para coronar su mercadería al otro lado de la
línea. Ante tanto flujo clandestino de billetes, la pregunta flotaba siempre en
el pensamiento del soldado: ¿en qué bolsillo terminaría la inmensa fortuna que
se recaudaba a diario bajo ese techo?
Cruzando el puente, el
contraste golpeaba el orgullo de cualquier peruano. Huaquillas, la ciudad
ecuatoriana que tantos estudiantes de los colegios fronterizos soñaban con
visitar, se plantaba con el porte de la modernidad: exhibía edificios de varios
pisos, calles limpias y asfaltadas, casas construidas con material noble y
tiendas con bazares repletos de mercancía barata. Del lado peruano, la realidad
se desmoronaba en el abandono. El comercio nacional sobrevivía hacinado bajo el
techo precario de simples casuchas de esteras. En lugar de avenidas, la entrada
al Perú era un inmenso “pampón” que se asemejaba más a un botadero de basura
que a un puerto de entrada. Allí se estacionaban camiones y colectivos de todo
tipo, abriéndose paso entre los caballos y burros que los “pasadores”
utilizaban para arrastrar el contrabando por las trochas.
Aquel sector peruano era un
laberinto sucio y maloliente, cercado por cantinas y bares de mala muerte donde
la música chicha se mezclaba con el olor a cerveza barata. En esos locales, los
visitantes y los pasadores gastaban los pocos centavos que les dejaba el día en
compañía de prostitutas muy jóvenes, muchachas traídas de Chiclayo, Amazonas o
Sullana que la necesidad o el engaño habían empujado hasta el último confín del
mapa. Esa era la estampa que mis ojos de suboficial de tercera presenciaron a
lo largo de 1984: una frontera donde el desarrollo se quedaba en el norte y la
miseria se refugiaba bajo las esteras del sur.
El Sabor de la Frontera y los
Hechizos del Amor Pasajero. - Aquella noche de mayo, las
luces de la fiesta en la zona de fronte en Tumbes cortaban la oscuridad
costera. El anfitrión era un oficial de mar de la Marina de Guerra del Perú, y
el local se había convertido en un territorio neutral exclusivo para solteros,
donde se mezclaban técnicos y suboficiales del Ejército con marinos de la
guarnición. Como era costumbre, la casa estaba repleta de las más lindas
"cachaqueritas" de Tumbes. Entré al local al filo de la una de la
madrugada, cuando el ambiente ya estaba encendido: los licores iban y venían,
el sudor brillaba en la pista y las risas de las chiquillas se ahogaban en el
ruido de los parlantes. Convencido de que había llegado muy tarde a la pesca,
me resigné a buscar una esquina junto a mi promoción Juan Callalli,
conformándome con apurar unas cervezas heladas mientras contemplaba el ruedo.
A unos metros, mi otra
promoción, José Sánchez, el "Chivo", sudaba la gota gorda
persiguiendo por todos los rincones a una jovencita de mirada esquiva. A fuerza
de insistencia, parecía que el “Chivo” estaba por coronar la noche. Sin
embargo, tras un breve intervalo de silencio, la orquesta soltó los primeros
acordes de Llorarás de Oscar D’León. Esa salsa era mi favorita, un imán
que me arrancó de la esquina y me aventó directo al ruedo. Por esas carambolas
del destino, terminé parado frente a la pretendiente de mi amigo. Sin pensarlo
mucho, estiré la mano: «¿Bailamos?». Ella aceptó.
En pleno vaivén de la salsa le
armé la conversación. Me dijo que se llamaba Rocío. Al terminar la pieza, le
elogié el ritmo; ella sonrió y, cuando amagué con retirarme para no quebrar los
códigos de promoción, me soltó una propuesta que me dejó helado: «¿Me
acompañas a mi casa?». Algo sorprendido y con la culpa rondándome, alcancé
a balbucear: «¿Y el otro?», señalando a mi promoción de alias “Chivato”.
Rocío ni parpadeó: «Tu amigo es muy jovencito. A ti te veo más hombre y
centrado; por eso te pido que me acompañes». El orgullo del uniforme pudo
más que la lealtad de cuartel: acepté encantado y ganamos la calle.
Caminamos tres cuadras bajo la
luna norteña. Confiado por la ventaja, la abracé y le planté un beso a la
fuerza. El rechazo fue inmediato y seco. Me trató de abusivo y oportunista,
amagando con regresar corriendo al local. Tuve que sujetarla del hombro, pedirle
disculpas a media voz y suplicarle que se calmara hasta que el enojo se le
pasó. Continuamos el trayecto en una tregua tensa, donde ella insistía en
indagar mis generales de ley: «¿Cómo te llamas? ¿En qué cuartel trabajas?».
Sin malicia, le entregué la verdad: «En la Compañía de Comunicaciones Nº
211, en El Tablazo».
Al llegar a su puerta, la
tensión se evaporó. Nos quedamos conversando unos quince minutos y, sintiendo
que la cancha volvía a inclinarse a mi favor, saqué la artillería pesada del
romanticismo juvenil: «Eres hermosa, tienes unos labios bellísimos; para mis
ojos y el gusto de mi corazón, eres la más linda del mundo». Rocío floreció
con los halagos. Me despedí con un beso limpio en la mejilla y emprendí la
subida hacia El Tablazo. Mientras caminaba bajo el cielo de Tumbes, cavilé en
silencio: en los ojos de esa chiquilla de diecisiete años había visto algo
distinto, un corazón que no se parecía al de las tantas cachaqueritas que
poblaban las cantinas de la frontera. Con esa duda clavada en la mente, entré a
las instalaciones de la Compañía de Comunicaciones N° 211 en Tablazo y me tiré
sobre el camastro.
Al amanecer, el cuartel se
convirtió en un infierno de burlas. Desde los suboficiales hasta los técnicos
más viejos me tenían la puntería tomada: me cantaban "atrasador",
"mal amigo" y "serrucho". Pero el verdadero golpe de teatro
ocurrió a las doce y media del mediodía. Para sorpresa de la Guardia de Prevención,
Rocío apareció en la reja portando unas viandas relucientes. El menú era un
banquete de reyes frente al rancho del fuerte Tablazo: ceviche norteño, cabrito
tierno y un refresco con trozos de hielo que tintineaban contra el metal.
Al ver el cargamento, los
viejos lobos del cuartel soltaron la carcajada apocalíptica: «Ya te jodiste,
pinche. En esa comida ya te dieron de todo para que te quedes amarrado en
Tumbes para toda la vida». En el cuartel, los mitos de los brebajes y las
pócimas de amor se tomaban como verdades de fe. El miedo me cerró el estómago:
jamás probé una sola pizca de ese ceviche. Todo el banquete terminaba
invariablemente en las panzas agradecidas de los sargentos de guardia. La
rutina se repitió día tras día, de mayo a diciembre de 1984; si no iba Rocío,
aparecía su hermana menor puntualmente a la misma hora. En las noches, al
cruzarnos en la Plaza de Armas o en las inmediaciones del mercado, ella me
preguntaba con ilusión: «¿Qué tal estuvo el almuerzo? ¿Te agradó?». Y
yo, sosteniendo la farsa con hipocresía militar, le respondía: «Sí, gracias,
estaba riquísimo, sobre todo el ceviche».
La red se seguía tejiendo. Rocío me pedía los uniformes para lavarlos y aplancharlos en su casa, y los fines de semana insistía en integrarme a su mesa familiar. Yo inventaba mil excusas, más por la vergüenza de la mentira que por otra cosa, sintiendo cómo pretendía atraparme en sus redes de buena fe. A tanta insistencia, cedí en dos oportunidades. Conocí a sus padres, unos señores correctos que desde el primer minuto me trataron como al hijo consentido de la casa, atendiéndome con un cariño del que hoy guardo un recuerdo inolvidable y nostálgico. Eran los gajes de una juventud indómita, donde uno transita por la vida dejando corazones rotos, jugando ese viejo y peligroso juego de la edad: el arte de engañar y ser engañado.
La Fuga de Tumbes y el Destino
en Lobitos. - Diciembre llegó arrastrando el viento de los
cambios de colocación, ese momento del año donde los tableros de personal se
sacuden y el destino de cada militar se redefine. Durante la tercera semana del
mes, la noticia cayó sobre mi escritorio: mi nuevo destino era el Batallón
de Infantería Motorizado "Iquique" Nº 31, acantonado en el
desértico distrito de Lobitos, en la provincia piurana de Talara. Lejos de
sentir el alivio del traslado, una urgencia sorda me apretó el pecho. Todos los
días se me iba el pensamiento calculando cómo desvanecerme de la ciudad, pues
Rocío vigilaba cada uno de mis movimientos, cercándome con especial celo
durante los fines de semana.
La oportunidad de la fuga se
presentó con ropaje de azar el 14 de enero de 1985. Esa tarde, Rocío me anunció
que viajaría junto a su madre por dos días hacia el caserío de Cabuyal, donde
su familia poseía unas chacras. En cuanto la vi alejarse, sentí una oleada de
felicidad casi eléctrica: el tablero quedaba limpio; había llegado el momento
exacto para escapar de Tumbes por la vía más rápida.
Al amanecer del 15 de enero,
inicié la carrera burocrática para tramitar mi papeleta de tránsito. Con los
papeles en mano, me presenté en la oficina del Mayor Raúl Hermoza Ramírez
buscando la firma reglamentaria. Fiel a su estilo pesado, "La Burra"
se ensombreció y me frenó en seco: «Primero preséntame la hoja de no
adeudamiento de todos los locales comerciales y concesionarios de la ciudad y
de la Novena División». El requisito era un laberinto de ventanillas que
amenazaba con demorarme días. Sabiendo que no le debía un solo céntimo a nadie,
gané la calle de inmediato y apelé a la astucia de supervivencia: me dediqué a
falsificar una por una las firmas y sellos de solvencia de todos los
establecimientos, incluyendo la del afamado Restaurante “Samoa”, que se
levantaba frente al casino de Técnicos y Suboficiales.
De regreso en el fuerte, me
planté nuevamente ante el Mayor Hermoza con el pliego falsificado, pero el
oficial continuó sembrando trabas en el papeleo. El tiempo corría en mi contra
y la paciencia se me terminó. Cuadrándome con firmeza, le solté una verdad
adornada con necesidad: «Con todo el respeto que se merece, mi Mayor, yo me
retiro en este instante a mi nueva unidad en Lobitos. No tengo un sol más para
costearme un solo día de permanencia en esta guarnición». Así, dándole la
espalda a la burocracia, sin autorización oficial, sin papeleta de tránsito,
sin Legajo Personal Nº 2 y sin el Historial de Desempeño (HDB), crucé la
Guardia de Prevención por última vez y tomé el primer transporte que me alejara
de Tumbes.
El viaje al sur fue un
tránsito de alivio. Al pisar el suelo árido de Lobitos, me dirigí directo a la
sección de personal (G-1) de la 8ª División de Infantería. El Jefe de Personal
midió mi llegada con desconfianza: «¿Dónde están tus documentos que avalan
tu salida de la Novena Blindada?». Sosteniendo la mirada, le armé un engaño
perfecto, argumentando que, por tratarse de documentación de carácter
estrictamente reservado, todo mi legajo viajaba rezagado por la vía oficial de
la valija militar. El oficial del G-1 contrastó mi nombre con las planchas del
PC-15 del año fiscal 1985 y, dando por válidas mis palabras, estampó la orden
de presentación. El 16 de enero de 1985, exactamente a las trece horas, crucé
la entrada del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” Nº 31, dejando atrás
el fantasma del ceviche embrujado, los ojos de diecisiete años de Rocío y el
eterno techo de Eternit del Tablazo.













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