lunes, 8 de diciembre de 2014

LA HISTORIA DEL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

El teniente EP Roberto Hurtado Jiménez y los tres últimos en el patio de armas.- En el año de 1977, en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, bajo la sombra imponente de la cordillera blanca, el Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112 albergaba a cuatrocientos ochenta hombres. Entre todos ellos, un nombre sembraba el orden absoluto con solo pisar el patio de armas: el teniente de ingeniería Roberto Hurtado Jiménez.

El teniente era un hombre de rostro inmutable, una estatua de seriedad que jamás regalaba una sonrisa. Su nivel de exigencia rozaba lo implacable. Cuando le tocaba el servicio de capitán de día, el cuartel se transformaba en un mecanismo de relojería suiza. Los oficiales de las distintas compañías no se atrevían a parpadear; se esmeraban de forma casi obsesiva en la puntualidad y en la limpieza milimétrica de sus sectores. Nadie quería invocar la mirada del teniente.

La verdadera prueba de fuego comenzaba cuando el corneta de servicio rompía el aire con el toque de rancho. En ese instante, la calma se quebraba. Cientos de soldados salíamos disparados a toda velocidad hacia el patio de armas. El orden y el silencio debían ser absolutos, pero la velocidad tenía un precio alto. Los sargentos de semana, con libreta de apuntes en la mano, anotaban sin piedad a los tres últimos soldados en llegar de cada companía. El castigo por la lentitud era inmediato: una lluvia de ranas, planchas y polichinelas, seguida por la ingrata tarea de limpiar los malacates y servicios higiénicos de la tropa.

Una vez formados, el teniente Hurtado Jiménez rompía el silencio con una voz que cortaba el viento:
—¡Darse frente!

Aquel era el preludio de la revista de útiles de rancho. El oficial caminaba entre las filas inspeccionando los útiles de rancho, la limpieza de las manos y el largo de las uñas. Quienes fallaban la inspección eran apartados de inmediato. Aquel grupo de castigados no marchaba hacia el comedor; se desplazaba a la retaguardia del grueso del batallón, pero en la humillante posición de "marcha de pato", sosteniendo sus pesadas bandejas de acero sobre la nuca. Les esperaba un largo y agónico trayecto de ciento cincuenta metros hasta la zona de rancho.

El resto de nosotros, los que habíamos pasado la revista con éxito, avanzábamos marchando y cantando con orgullo. A nuestro lado, los oficiales de día caminaban como sombras, exhortándonos a mantener la disciplina y la marcialidad. Sin embargo, la tregua duraba poco. Al llegar frente al comedor, el teniente se colocaba al frente y soltaba su clásica trampa psicológica:

—¡Batallón, batallón! No puedo ordenar el alto porque no levantan la rodilla.

El sudor ya nos corría por el rostro, pero ante su advertencia, hacíamos crujir las botas contra el suelo levantando las piernas aún más alto.

—No puedo hacer el alto —insistía él, midiendo nuestra resistencia.

Finalmente, tras una eternidad de marcha estática, sentenciaba con desdén:

—No me ha gustado el desplazamiento del personal. Ha sido cualquier cosa, menos una marcha. ¡Posición de ranas!

El patio entero contenía el aliento.

—Para ranas... ¡Un, dos! Cien ranas... mejor doscientas... mejor trescientas... mejor ciento cincuenta. ¡A principiar!

A todo pulmón, entonábamos un canto militar mientras rebotábamos contra el suelo, con las rodillas juntas para no perder el equilibrio. En ese instante, cada soldado se hundía en su propio mundo interior, rezando en silencio para que el teniente se apiadara, pues los músculos empezaban a arder como fuego. Para aflojar las piernas, el oficial ordenaba: "¡Un, dos, nadie se mueve!". Nos dejaba congelados en cuclillas. Si alguien pestañeaba, el castigo se reiniciaba: "¡Se movieron, se movieron! Para ranas, ¡un, dos, cien más a principiar!".

Con ciento cincuenta ranas bien ejecutadas, el dolor en la parte posterior de la rodilla se volvía insoportable, pero nadie osaba ponerse de pie sin su orden. El tiempo parecía detenerse. De pronto, el teniente comenzaba a liberar la presión:

—La primera compañía de pie... ¡Adelante!

Los envidiábamos en silencio mientras ellos desfilaban hacia las pailas, recibiendo sus alimentos en las bandejas y tazones de acero. Para las últimas Companías, la espera era un suplicio que deformaba el tiempo.

Cuando por fin nos tocaba el turno a la última companía, las piernas nos temblaban y apenas podíamos caminar con normalidad. Sabíamos perfectamente que el teniente Hurtado Jiménez guardaba un último truco: en cuanto el último soldado del batallón cruzaba el umbral del comedor, él ordenaba ponerse de pie a todo el mundo y desalojar el recinto.

Por eso, los últimos veinte de la fila debíamos ejecutar una hazaña: el "terminar el rancho sobre la marcha".

En una ocasión, la suerte me abandonó y quedé al último de toda la fila. Recibí mi comida y caminé hacia el comedor a paso moderado, sabiendo que tenía los segundos contados. De un solo bocado me pasé la sopa ardiente. En cuatro o cinco cucharadas feroces devoré el segundo. La carne desapareció en mi boca sin masticar y el refresco bajó como agua de río. Mientras caminaba, me guardé el plátano y el pan en los bolsillos del uniforme.

Cuando el teniente dio la orden de salida, yo ya estaba cruzando la puerta con la bandeja completamente vacía, listo para formar de nuevo en el patio de armas y, por esa vez, salvarme de quedar entre los tres últimos.

 



















En el año de 1977, durante mi permanencia en el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112, con sede en el distrito de Caraz, Huaylas, Ancash, conocí al teniente de ingeniería Roberto Hurtado Jiménez. Este oficial era muy muy serio, no se reía, también era muy exigente durante el servicio; cuando este oficial se encontraba de servicio de capitán de día, el personal de oficiales de día de las diferentes companías se esmeraban en la puntualidad y sobre todo en la limpieza de sus sectores de responsabilidad.

El corneta de servicio tocaba para rancho, toda la tropa a toda velocidad salíamos hacia el patio de armas, donde el personal formaba en orden y en silencio, como es normal los sargentos de semana anotaban a los tres últimos en sus respectivas companías, en toda la formación siempre anotaban a los tres últimos, luego por lento te sancionaban con ranas, planchas y polichinelas, y después del rancho te enviaban a limpiar los malacates (SSHH) del personal de tropa.

En aquellos tiempos este batallón contaba con 480 hombres, formados las companías, el teniente decía lo siguiente: "Darse frente" y procedía a pasar revista de útiles de racho, las manos y las uñas, los que pasaban mala revista ya iban saliendo a un costado y formaban otro grupo que luego se desplazaban a la retaguardia del grueso del batallón pero en la posición de marcha de "pato" con sus bandejas de acero sobre la nuca, desde el patio de armas hasta a zona de rancho había mas o menos 150 metros de distancia.

El personal de las companías que pasaban buena revista se desplazaban marchando y cantando hacia la zona de rancho para recibir sus alimentos, en el trayecto el teniente nos iba observando y al lado nuestro los oficiales de día caminaban exhortándonos a la disciplina y marcialidad. Ocupado nuestro emplazamiento, el oficial colocándose al frente en voz alta decía lo siguiente: "Batallón, batallón, no puedo ordenar el alto porque no levantan la rodilla", a esa voz aun mas levantábamos las rodillas, él insistía "no puedo hacer el alto" y nosotros ya con el rostro sudoroso nos esforzábamos a lo máximo, concluía diciendo: "No me ha gustado el desplazamiento del personal, ha sido cualquier cosa, menos una marcha" y nos ordenaba para ponernos en la posición de rana. Comenzaba, "para ranas un, dos, cien ranas, mejor doscientas, mejor trescientas, mejor ciento cincuenta, a principiar", en ese momento todos cantando a todo pulmón rebotábamos en el suelo sin abrir las rodillas, como es normal en ese momento todos en su mundo interior ya rogaban para que el teniente se apiade de nosotros porque las rodillas ya no resistían. Como para aflojar las piernas ordenaba "un, dos, nadie se mueve", después de un pequeño intervalo como buscado la sin razón nuevamente decía: "Se movieron, se movieron, para ranas un, dos, cien ranas a principiar". En estas situaciones un soldado fuerte normalmente ejecutando ciento cincuenta ranas bien hechas ya sientes fuerte dolor en la parte posterior de la rodilla, pero sin la orden del oficial nadie se ponía de pie, así pasaban los minutos, nos dejaba en esta posición y ordenaba diciendo: "La primera companía de pie, adelante"; a esa voz el personal comenzaba a desfilar por las pailas, en ese momento muchos en nuestro interior decíamos "que suerte de ellos que ya se pusieron de pie", así el personal iba avanzado lentamente recibiendo sus alimentos en su bandeja de acero y tazón de acero, mientras para otros la espera era larga.

Después de permanecer largo rato en la posición de ranas nos levantábamos, algunos minutos no se podía caminar con normalidad por el fuerte dolor entre las zonas de la rodilla sobre todo en la parte posterior; después de larga espera nos llegaba el turno a la última companía. Desde la zona de rancho hasta el comedor había una distancia de 60 metros aproximadamente, nosotros ya sabíamos que este oficial cuando ingresaba el ultimo soldado al comedor inmediatamente ordenaba ponerse de pie, diciendo: "Todo el personal de pie, nadie come, salir"; por ende, los 20 últimos en recibir sus alimentos pasaban rancho sobre la marcha, es decir en el trayecto de la zona de rancho al comedor, en este tipo de situaciones uno tenía que ser rápido, en una oportunidad fui el último de todos en recibir mis alimentos, caminando hacia el comedor a paso moderado llegué con la bandeja vacía, de un solo bocado me lo pasaba la sopa, en cuatro cinco cucharadas terminé el segundo, la carne me lo pasé de un solo bocado, el refresco me lo pasaba como si nada, el plátanos y el pan me lo guardaba en el bolsillo y ya estaba saliendo a formar para no ser anotado entre los tres últimos.

1 comentario:

  1. SI ES CIERTO LO Q PASO EN LOS CUARTELES NO SOLO ESO PASO EN CARAZ.MALTRATO SICOLOGICO Y FISICO TAMBIEN VERBAL ESTOS DESEGARCIADO Q SE CREIAN SUPERIORES TAMBIEN ME ACUERDO DE UNOS CUANTOS SARGENTOS HUARACINOS MUERTO DE HAMBRES SI AHORA LOS VEO LOS ELIMINÓ EN PRIMERA SIN PENSAR A NI B.

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