martes, 9 de diciembre de 2014

LA PRESENCIA DE APOLOGISTAS DEL PARTIDO COMUNISTA DEL PERÚ SENDERO LUMINOSO ANCASH 1975

El Germen del Fuego en las Alturas.- El año 1975 transcurría bajo un cielo plomizo y una calma de mentira en la ciudad de Huaraz. Mientras en la lejana Lima el gobierno militar del General Juan Velasco Alvarado miraba con preocupación hacia la frontera con Chile, cuidando las fronteras de afuera, los caminos de adentro se quedaban desamparados. Fue en esa desatención que la mala hierba empezó a brotar en las calles andinas y en los patios de los colegios. Aparecieron unos jóvenes leídos, intelectuales de ciudad, que caminaban con el paso cauteloso de los que guardan secretos. Eran los apologistas del PCP Sendero Luminoso. Repartían folletos y revistas que hablaban de vientos nuevos, moviéndose en una clandestinidad que todos veían, pero nadie denunciaba. La policía no metió la mano a tiempo y el silencio de las autoridades les dio permiso para seguir sembrando.

Yo tenía entonces diecisiete años y gastaba mis días como alumno de segundo de secundaria en el histórico Colegio Nacional "La Libertad". En el mes de julio, aprovechando las vacaciones de medio año, armé mi fiambre y abordé el camión "Amanecer Andino" para viajar al distrito de Chavín de Huántar. En la tolva nos acomodábamos dieciocho almas, en su mayoría comuneros del Callejón de Conchucos que engañaban al frío y al traqueteo del camino chacchando sus hojas de coca en un silencio pesado.

Al llegar al distrito de Catac, el camión detuvo su marcha y subió un pasajero que no era de la zona. Era un joven de unos veinticinco años, mestizo, con la estampa clara de los hombres de la costa. Apenas el motor volvió a rugir y el camión tomó la trocha afirmada, el forastero soltó su palabra y ya no la guardó durante las cinco horas que duró el viaje por las faldas de la cordillera en la ruta del túnel de Cahuich.

Hablaba con una elocuencia que parecía arrancar las piedras del camino. Nos contó la historia del Perú como quien desentierra una raíz podrida, maldiciendo a los presidentes civiles y militares que desde el principio de la República habían gobernado para el provecho de unos cuantos. Habló de la economía que exprime al pobre, de las clases sociales que dividen a los hombres, y de la rebelión de nuestro líder campesino Pedro Pablo Atusparia allí mismo en Huaraz. Hilvanó el recuerdo del "taita" Andrés Avelino Cáceres con las teorías que venían de tierras lejanas, hablando de Lenin, de la República Popular China y del pensamiento de Mao Tse-tung. Los comuneros lo escuchaban de reojo, entornando los ojos bajo el sombrero, algunos vencidos por el sueño y otros desconfiando de tanta labia, pero yo me quedé prendido de su voz. Escuché atento, con el corazón de muchacho alborotado, hasta que el camión frenó en Quercos, Chavín de Huántar. Aquel joven no era un simple viajero; era un sembrador de vientos enviado a calentar la cabeza de la gente en los pueblos más olvidados del ande de Ancash.

La segunda vez que choqué contra esa sombra fue en noviembre de 1979, por culpa de una mala jugada. En las canchas de tierra de futbol del Club Electro Perú había conocido a unos muchachos con quienes jugué un partido de futbol. Finalizado el partido uno de ellos se me acercó con una sonrisa limpia:

—Muchacho, ven hoy en la noche. Vamos a tener una reunión para armar el equipo de Segunda División en Huaraz. Hay un puesto para ti.

Con la ilusión del fútbol metida en el pecho, acepté. Al caer la noche me dirigí a la Avenida Centenario. Pasé el local de la Universidad Santiago Antúnez de Mayolo y caminé cuadra y media hacia el norte. La dirección me llevó ante una casona antigua, de esas con paredes gruesas de adobe y techos de tejas que crujen con el viento. En la puerta de entrada se me borró la alegría del deporte: varios jóvenes vestidos con ponchos oscuros y sombreros de ala ancha vigilaban el ingreso con ojos de gendarme. Me revisaron con la mirada, me dejaron pasar y me indicaron que subiera al segundo piso.

El salón de arriba estaba lleno de hombres de rostro adusto, comuneros viejos, jóvenes de mi edad y algunos adolescentes que miraban el piso. Busqué al amigo que me había hecho la invitación, pero parecía que la tierra se lo hubiera tragado. Sintiéndome un bicho raro en medio de tanta solemnidad, di media vuelta para bajar las escaleras, pero una mano firme me sujetó del brazo.

—No te vayas, muchacho. Siéntate, que ya va a salir el expositor.

Volví a mi sitio sin decir palabra. A las nueve de la noche, tres hombres bien vestidos, sin ponchos ni sombreros del campo, salieron al frente. Tras un saludo corto, uno de ellos empezó a desmenuzar las desdichas políticas, culturales y económicas del país. Pronto comprendí, con una amargura en la boca, que allí nadie iba a hablar de una pelota de fútbol ni equipo de futbol de segunda división. Pero la fuerza de sus palabras y la denuncia de las injusticias me amarraron a la silla y me quedé a escuchar.

A las once de la noche, el aire de la sala se puso espeso. La puerta se abrió despacio y entró un viejito que parecía vencido por los años y el desprecio del mundo. Vestía unas ojotas gastadas, un poncho viejo, sombrero raído y cargaba una barba larga y blanca que le llegaba al pecho. Solo unos cuantos le aplaudieron. El anciano se plantó al frente, se enderezó como un árbol viejo y soltó un discurso sobre el marxismo, el leninismo y el maoísmo que dejó a todos mudos. Su palabra no era la de un hombre del campo; hablaba con los giros de un filósofo y la belleza de un poeta de escuela. Era un líder con un imán en los ojos, un hombre preparado que adormecía la desconfianza y daba ganas de escucharlo hasta el amanecer. En mi inocencia de adolescente, mirando sus ropas harapientas, me preguntaba: "¿Cómo un comunero tan pobre puede hablar con tanta elocuencia y convencer hasta a las piedras?". Con esa duda dándome vueltas en la cabeza permanecí oculto entre la multitud hasta que la reunión terminó, a la una y media de la madrugada. Salimos apurados, perdiéndonos como sombras en la noche de Huaraz. Nunca más volví a buscar esos caminos.

Tuvieron que pasar los años y correr mucha agua por los ríos para que la vida militar me abriera los ojos. Aquel viejito andrajoso que vi en la casona de adobe no era ningún campesino de la puna; era un intelectual de la ciudad disfrazado para engañar a la ley y mimetizarse entre la gente del pueblo, una astucia que los cabecillas usaban para no ser atrapados por la inteligencia de la policía.

Sendero Luminoso trabajó la tierra diez años antes de levantar las armas en 1980. Caminaron de forma abierta y también por debajo de la tierra, haciendo apología en las universidades y preparando con paciencia a sus activistas, oradores y organizadores. Mientras tanto, la gente común y corriente en la costa y en Lima vivía de espaldas a la cordillera, pensando que todo aquello era solo un "asunto de serranos" allá en la lejana Ayacucho, un problema de indios que no llegaría a las playas.

Yo también había sepultado esos recuerdos de mi juventud en Huaraz bajo el polvo del olvido. Pero en el año 1982, siendo ya alumno de segundo año en la Escuela Técnica del Ejército, la realidad me despertó de golpe. Vi cómo los patios de la escuela se llenaban de camiones y cómo se ordenaba el cambio de colocación de Oficiales, Técnicos y Suboficiales, despachándolos de urgencia hacia las tierras de Ayacucho. Escuché los relatos crudos, con olor a pólvora y sangre, de los Técnicos que regresaban vivos de la Zona de Emergencia. Nos acuartelaron en guardias de reacción inmediata y los periódicos y la radio empezaron a bombardearnos todos los días con las muertes y los combates en Huancavelica y Ayacucho. Fue recién ahí, vistiendo el uniforme de la patria y con el fusil en la mano, cuando comprendí el verdadero y sangriento tamaño de ese monstruo cuyos primeros pasos, años atrás, había visto transitar por las calles de mi propio pueblo, en la ciudad de Huaraz, Ancash.

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