viernes, 25 de agosto de 2017

DESPLAZAMIENTO DEL EJÉRCITO PERUANO DESDE YUNGAY A POMABAMBA CAMPAÑA DE LA BREÑA JUNIO DE 1883

El día jueves 21 de junio de 1883, siendo las 06:00 horas, durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña; en el distrito de Yungay, 
ciudad  ubicada en la zona central del Callejón de Huaylas, Ancashel General Andrés Avelino Cáceres decide burlar a las poderosas fuerzas del Ejército chileno que le perseguía por tres frentes: En Huaraz (sector Sur) se encontraba el coronel Marco Aurelio Arriagada con 3200 hombres, desde la provincia de Casma (sector Oeste) se desplazaba por el distrito de Quillo con destino al distrito de Matacoto el comandante Herminio Gonzáles con 600 hombres, por el Norte ya se encontraba en el distrito de Yuramarca el coronel Alejandro Gorostiaga con 1500 hombres, el plan chileno había sido de cercar a las tropas de Cáceres en el distrito de Yungay para derrotarlos, pero el jefe patriota inmediatamente ordenó dinamitar todos los puentes sobre el caudaloso Río Santa; por ende, dejando totalmente aislados a las fuerzas de Gonzales y Gorostiaga, el plan chileno fracasó por completo. El día jueves 28 de junio, engañado, el coronel Arriagada regresó por el mismo camino desde la ciudad de Huaraz hacía el Centro del Perú, en penosa marcha nuevamente recorrió por las rutas de Recuay, Ticapampa, Catac, Pachacoto, Pumapampa, la cordillera de Huarapasca, la puna Torres y el distrito de Huallanca que en aquellos tiempos pertenecía al departamento de Huánuco.

El día jueves  21 de junio, en la mañana, en el distrito de Yungay, el Ejército procedente de Tarma al mando de Cáceres con 2240 hombres, en su mayoría con experiencia de combate, armados con fusiles muy anticuados;  y el Ejército del Norte al mando del coronel  Isaac Recavarren con 830 hombres en base a la tropa ancashina, sin experiencia de combate, pésimamente mal armados, en su mayoría conformado por campesinos analfabetos, mal entrenados, con sus vestimentas de bayeta y ojotas, armados con rejones, lanzas y machetes. Unidos forman un ejercito de 3070 hombres de las tres armas. Libres de la persecución chilena por los tres frentes, iniciaron el desplazamiento por un camino empinado y pedregoso con destino a la quebrada de LLanganuco, ubicado a 25 kilómetros de distancia. Este hermoso escenario natural se encuentra en un estrecho valle glaciar, entre los Nevados Huascarán (6768 metros de altura) y Huandoy (pico sur 6,160 metros de altura). La hermosa quebrada de LLanganuco, se encuentra a 4600 metros de altura sobre nivel del mar y comprende dos lagunas: Chinancocha (laguna hembra) y Orcococha (laguna macho). Durante el desplazamiento del ejército patriota desde el distrito de Yungay el mayor obstáculo fue el terreno empinado, montuoso y muy pedregoso, sobre todo entre los sectores del caserío de Huashao, donde los aguerridos combatientes de la Breña no se doblegaron, se desplazaron con la moral al tope para pasar el temido sector conocido como la "Calzada de Barbacoas". El General Cáceres abandonó el distrito de Yungay después de cuatro horas, pero tomó rápidamente la delantera gracias a la agilidad y fuerza de su caballo "elegante" y ordenó descanso a sus Tropas en el caserío denominado Antuco, al pie del imponente masa de hielo de la Cordillera Blanca, al respecto escribió el combatiente huamachuquino don Abelardo Gamarra lo siguiente: "El nevado Huascaran permanece cubierto de su eterno manto de nieve secular y de aspecto salvaje, lúgubre y sombrío, con oscuros grupos graníticos, que se elevan cortados a pico en medio de estos desolados páramos".

Al reanudarse el desplazamiento ingresaron en un estrecho valle glaciar, un estrecho desfiladero trabajado sobre inmensas rocas cortadas casi a pico, que conducía a la cabecera de las hermosas lagunas de LLanganuco, teniendo a la izquierda los nevados de Huandoy y a la derecha los nevados de Huascarán. Luego continuaron el recorrido por el estrecho sendero bordeado las lagunas, siguiendo una senda estrecha abierta en las rocas, camino abierto por la fuerza del hombre en base a puntales de barreno de acero, y que tiene a un lado las peñas y al otro las profundas lagunas. Pese a las grandes dificultades en el camino tan estrecho, los combatientes lograron pasar con éxito la artillería y el ganado. Aquella tarde el General Cáceres quedó en la retaguardia en previsión de que el personal enemigo, por lo menos sus exploradores, los hubiesen seguido. Allí permaneció el General toda la noche, soportando los rigores del frío y de hambre: Relacionado a este desplazamiento en sus memorias el General dijo lo siguiente: "Yo con mi escolta pernocté en el lado occidental para atender a las emergencias que pudieran sobrevenir. Pasamos la noche sin comer, por carecer de víveres, los cuales no pudieron ser adquiridos con la debida anticipación por carecer de fondos para ello". El personal de Tropa con sus respectivos Oficiales habían acampado en la parte oriental, en la cabecera de las lagunas, tampoco probaron alimentos. Cuando todas las fuerzas patriotas ocuparon la cabecera de la laguna de Llanganuco denominado (orco cocha) laguna macho, en la tarde del 21 también dinamitaron el camino estrecho abierto entre las rocas en las inmediaciones de la laguna, de esta manera dejó aislado a las fuerzas del coronel Arriagada que ya se encontraba en el distrito de Carhuaz, donde recibió la falsa información de que las fuerzas al mando del General Cáceres contramarchaban hacía el Sur y como consecuencia abandonó la persecución. Las fuerzas de Arriagada, engañados, desorientados y desmoralizados retornaron a Huaraz, donde descansaron algunos días, luego retornaron hacía el centro del Perú.

El  día viernes 22 de junio, siendo las 06:00 horas; las fuerzas peruanas que habían pasado la noche en la cabecera de la laguna de Llanganuco, reinició el desplazamiento en una escarpada, angosta y sinuosa cuesta de tres leguas de distancia hasta llegar al paso del "Portachuelo", cumbre transitable mas alta de la cadena de la Cordillera Blanca que en aquellos tiempos permitió a los combatientes voltear hacía la ruta con destino al distrito de Yanama, Callejón de los Conchucos. En una subida sobre los cuatro mil seiscientos metros de altura sobre nivel del mar, todo se presentó muy difícil desde el primer momento, principalmente para los animales de carga, pues algunos caballos y mulas se despeñaron al fondo del abismo, arrastrando consigo jinetes y diversas cargas, en esta situaciones se puede suponer el esfuerzo que significó en transportar sobre todo la artillería y las municiones en terreno tan difícil. En la cumbre a mas de cinco mil metros de atura sobre el nivel del mar a los combatientes se les presentó a la vista un espectáculo sublime y hermoso, tal y como lo describió el General Cáceres: "Desde allí pudimos contemplar, con la emoción y cariño, el vasto panorama que ofrecía a nuestros ojos aquella región del territorio patrio, al Norte y al Sur una serie de picos nevados, que rematan la montaña de los andes; al Oeste la cordillera Negra, que cierra el hermoso Callejón de Huaylas; al Oriente, las dilatadas regiones de la Selva, regadas por el caudaloso rió Marañón, y sobre nuestras cabezas un cielo azul y profundo"Relacionado a este difícil desplazamiento también escribió De los Heros: "El desplazamiento desde la cabecera de la laguna de Llanganuco hacía el cruce de Portachuelo se llevó por el itinerario de tres leguas por una cuesta muy empinada y pedregosa, donde están los picos más elevados de la cadena de los Andes en esta parte del Perú, el traslado fue sumamente difícil, principalmente para el parque y la artillería, que en muchos trechos tuvo que pasarse al hombro, con inminente peligro para la Tropa sobre todo por la estreches del camino, pues el más pequeño descuido los habría llevado al abismo".

A medida que progresaba el ascenso, sólo el elemento humano conservaba invariable ánimo, fuerzas y voluntad para seguir adelante, pues allí pereció asfixiada una buena parte de los animales de carga, entre caballos y mulas. Relacionado a este difícil desplazamiento también escribiría el combatiente huamachuquino don Abelardo Manuel Gamarra Rondó, conocido con el seudónimo de "El Tunante", quién anotó lo siguiente: "Nuevamente toda la oficialidad debió desmontar, para que sus cabalgaduras sirviesen en el transporte de municiones y armas. Al hacerse la subida más empinada y el camino más estrecho y en escalones, hubo necesariamente que seguir a pie, llevando de las riendas las pocas acémilas que se conservaban. En tales condiciones hubo de abandonarse parte del parque, porque fue imposible continuar transportarlo"En sus memorias el General Andres Avelino Cáceres Dorregaray, anotó: "Penosa y difícil fue la ascensión de esta cordillera, varias bestias con jinetes y otras con carga se desbarrancaron, precipitándose con rapidez extraordinaria por entre las profundidades de esas escarpadas rocas, sin esperanza alguna de salvación. Las dificultades y peligros aumentaron a medida que más se aproximaba el ejército a la cumbre. Los senderos eran cada vez más estrechos e inseguros, la respiración difícil, la visión atormentada por el "surumpe", el cansancio grande y el malestar de cuerpo enorme. Pero nuestros soldados todo lo vencieron y mediando la tarde alcanzaron la cumbre de la inmensa montaña de la Cordillera Blanca de Huascaran y Huandoy"En efecto, siendo las 13:00 horas, bajo inmenso cielo azul y tarde soleada la esforzada hueste patriota completaba la hazaña, entre cánticos y gritos de victoria llegó a la cumbre Portachuelo, según relató el combatiente don Abelardo Gamarra, participante de la gloriosa jornada: "Nuestra entusiasta y viril tropa, compuesta de robustos y expertos mestizos, dominó la cumbre de imponente y enhiesto Llanganuco; todos alegres, cantando, llena de entereza y bizarría, sin doblegarse a la fatiga ni a la severidad, nadie presentó siquiera síntomas del temible "soroche", en todo momento siempre permanecieron en condiciones de entrar combate. Pocos ejércitos del mundo en su historia habrán atravesado una montaña de la elevación de Llanganuco, sobre todo del sector conocido como Portachuelo"

El día viernes 22 de junio de 1883, siendo las 13:00 horas, el Ejército del Centro pasó desde el Callejón de Huaylas con destino al Callejón de los Conchucos, en esos momentos difíciles para la patria no hubo tregua en la marcha y se prosiguió hacia la hacienda Tingo de la familia Calonge, pasando frente a los cerros Omocucho y Santa Isabel para plantar campamento una legua antes de esta hacienda, a punto de caer la noche. El General Cáceres, que marchaba a la retaguardia y por la izquierda, llegó al campamento siendo las 21:00 horas, y tras un breve descanso continuo hacia Tingo, aprovechando la luz de la luna, entrando en ese pueblo cercana a la medianoche.

El día sábado 23 de junio, en horas de la madrugada, en circunstancias que las tropas ingresaban en la hacienda Tingo, se le presentó al General Cáceres un joven patriota procedente de la provincia de Huari, apellidado López, portador de un paquete de comunicaciones que con sus guerrilleros había logrado decomisar diversos sobres con los correos del Coronel chileno Marco Aurelio Arriagada que procedían de la ciudad de Huaraz; por las informaciones obtenidas a través de estos mensajes decomisados, se confirmó de que el plan chileno fue encerrar a las Tropas peruanas por tres frentes en el  distrito de Yungay en el callejón de Huaylas. En recompensa por sus servicios prestados López fue nombrado Comandante Militar de la provincia de Huari. Tras consumir un reconfortante rancho en la hacienda de Tinco, siendo las 08:00 horas, se reanudó la marcha hacia el distrito de LLumpa por la quebrada llamada "Demanda". Pernoctaron en la hacienda de la familia Roca, cercana a este pueblo, donde fueron bien atendidos; pero la Tropa tuvo que permanecer en pie al desatarse un persistente aguacero.

El día domingo 24 de junio, siendo las 08:00 horas, el General Cáceres y sus ayudantes se adelantaron al caserío de Seccha, hacienda ubicada sobre los 2400 metros sobre el nivel del mar, donde residían la familia del hacendado Roca, quienes brindaron cordial acogida al General. Allí se esperó al grueso del Ejército, que entró poco después sin haber sufrido contratiempo. Esa noche siendo las 23:00 horas, llegó a Seccha el piquete de caballería comandado por los coroneles Alcázar, y la Puente quedó en el distrito de Llumpa en misión de observación y/o vigía. Dichos jefes trasmitieron la alarmante noticia de que el enemigo había llegado a la hacienda Tingo. El General Cáceres dudó del informe y al recabar detalles, los mayores Zavala y Urbina dejaron en claro que solo se había visto a unos 100 hombres con poncho, unos montados y otros a pie, que por hallarse bastante lejanos no se pudo precisar si se trataba de chilenos aliados con partidarios del traidor Miguel Iglesias Pino o simplemente paisanos de la zona. De cualquier forma, no se podían correr riesgos y de inmediato el General Cáceres dio orden al coronel Borgoño de contramarchar con el batallón Zepita hasta situarse en las alturas de Cruz Jirca, como avanzada, en tanto que el batallón Tarapacá, al mando del coronel Espinoza, saldría a tomar posiciones en la orilla opuesta del río Seccha, como segunda línea de resistencia, mientras el resto del ejército se trasladaba a Acobamba. Además el coronel Leoncio Prado Gutierrez bajaría hasta Llumpa, para averiguar lo que hubiera de cierto y proteger el traslado del parque que veía bastante retrasado. 

El día lunes 25 de junio, siendo las 09:00 horas, en Acobamba, luego de comprobarse que la alarma había sido infundada, pues los presuntos enemigos no eran otros que pacíficos lugareños que, en número de ciento, iban del distrito de Yanama a la hacienda Tingo, con el objeto de recoger las municiones dejadas en la cordillera y que el General Cáceres recomendó fueran a buscarlos; las huestes patriotas pasaron la noche en este lugar para recuperar energías. 


El día martes 26 de junio, siendo las 06:00 horas, las fuerzas patriotas dejaron Acobamba; cruzaron el río, tras dos horas de tranquila marcha llegaron al distrito de Pomabamba capital de la provincia del mismo nombre. En este distrito fueron recibidos por el subprefecto Mariano Delgado, quien sobreponiéndose a la pobreza y todas las limitaciones económicas mandó preparar rancho para el personal de Tropa, cuyo campamento se plantó en la plaza, soportando por la tarde una lluvia intensa. Un día duró allí el descanso, y hubo oportunidad para que el secretario Daniel de los Heros, emocionado por la extrema pobreza de Pomabamba, filosofara sobre la realidad y el destino del país: "Esta población bastante miserable, revela el estado de atraso en que se encuentran generalmente los pueblos del interior y la necesidad de que los poderes del Estado se ocupen seriamente de su mejora, principiando por el fomento de la instrucción primaria que tanto se ha descuidado, a pesar de las inmensas riquezas de que se ha dispuesto y las instituciones liberales que nos rigen, desde la época de la independencia. Es necesario que todos comprendan, que sin instrucción primaria no hay república, ni adelanto posible, y si después de los desastres que hemos sufrido no se pone particular interés en que se fomente la instrucción popular por toda clase de medios y haciendo clase de sacrificios, el Perú no se levantará de la postración en que se encuentra, y más tarde, quizá experimentares mayores males". Dichas reflexiones, increíblemente, mantienen total vigencia en el Perú de nuestros días, a 134 años de la Campaña de la Breña.

En Pomabamba, el General Cáceres nada supo sobre el movimiento de las fuerzas del ejercito chileno al mando del coronel Marco Aurelio Arriagada, pero por las comunicaciones interceptadas al enemigo era posible creer que desde la ciudad de Huaraz se retiraba hacía el Sur, como sucedió en efecto. Y del coronel Alejandro Gorostiaga se supo que a su vez contramarchaba al Norte, convirtiéndose de perseguidor en perseguido. Así, pues, la retirada de las huestes patriotas había concluido, porque burlando al enemigo, el General Cáceres se hallaba nuevamente en posición de ataque.   

viernes, 4 de agosto de 2017

LA HISTORIA DEL PATRULLAJE CONTRASUBVERSIVO EN ALTO SAPOSOA HUALLAGA SAN MARTIN OCTUBRE 1994

La memoria de un soldado de verdad no se borra con el paso de los años; se asienta en la piel como las cicatrices de la maleza. En el año 1994, entre el primero de junio y el treinta de octubre, el destino del suboficial “Diego” estuvo marcado por cinco meses de despliegue ininterrumpido en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, departamento de San Martín. Eran tiempos donde la selva alta respiraba peligro y los reportes del Servicio de Inteligencia alertaban con insistencia sobre la presencia de columnas armadas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso atrincheradas en las alturas del sector Mina de Sal.

Con la misión clara de neutralizar la amenaza mediante emboscadas y patrullajes de reconocimiento, la patrulla contrasubversiva se internó en el monte en dos oportunidades. Al mando de la fuerza se encontraba un oficial comando, un teniente del Ejército que operaba bajo el seudónimo de "Marte". Bajo sus órdenes marchaban cuarenta hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio: soldados nativos, hombres nacidos en la propia Amazonía que conocían el secreto de cada árbol y la profundidad de cada quebrada. El itinerario de combate los llevó a cruzar a pie firme el sector Mina de Sal, las zonas del distrito de Pasarraya, San Francisco, el Centro Poblado Mayor de Rejis, el imponente cerro Sica Sica, Fausa Sapina, Fausa Lamista, Santa Rosa y los indómitos sectores del distrito de Alto Saposoa, en la provincia de Huallaga.

El teniente "Marte" era un hombre temperamental, un oficial de primera línea tocado por la paranoia y la genialidad que imprime la guerra en la mente de los comandos. Solía comentar con gravedad que un antiguo técnico de comunicaciones del Ejército se había pasado a las filas subversivas y, conociendo los códigos castrenses, se dedicaba a interceptar las comunicaciones de la red de Alta Frecuencia (HF) de las patrullas operativas. Con ese argumento, "Marte" ordenó que el suboficial “Diego” se trasladara de inmediato a la base militar del distrito de San José de Sisa para ejecutar un mantenimiento preventivo de urgencia a los equipos de radio y orientar con precisión la antena dipolo del equipo de radio Thomson TRC-340.

Durante los siete días que duró aquel trabajo técnico especializado en San José de Sisa, el personal de tropa compartía en voz baja las excentricidades del oficial comando. Los muchachos de la selva contaban que, al caer la noche profunda, el teniente salía a los servicios higiénicos del base completamente armado, con el fusil FAL en la mano y el dedo en el disparador, listo para repeler un ataque sorpresa. Hubo madrugadas en las que incluso se le vio caminar por el recinto cargando un lanzacohetes RPG al hombro, en un estado de alerta perpetua que solo entienden quienes han sentido de cerca el aliento del enemigo oculto en la oscuridad de la selva.

Aquellos sucesos, que hoy se leen como anécdotas y recuerdos de un tiempo memorable, representan la verdadera historia de una juventud entregada a la patria, marchando por trochas invisibles y cruzando ríos profundos a la caza de la subversión. Hoy, con los años encima y las condecoraciones bien ganadas, el suboficial “Diego” contempla el presente desde la distancia de su retiro. Mira al Ejército actual, gobernado por modernas normas de escritorio y corrección política, y no puede evitar sonreír con nostalgia y orgullo por aquellos viejos hechos del ayer. El tiempo puede ser ingrato con los hombres, pero los ríos de San Martín y el eco de las radios HF Thomson en la inmensidad del monte guardarán para siempre el paso de los verdaderos soldados de la nación de próximo QRX.

En la segunda semana de octubre de 1994, la patrulla recibió la orden de marchar hacia el sector más peligroso del sur de Agua Blanca. Allí se alzaba una cadena de montañas imponente y empinada, coronada por una mina de sal que los pobladores locales explotaban para su consumo. Era un territorio de geografía hostil, cubierto por una vegetación densa y surcado por trochas ancestrales que los combatientes de Sendero Luminoso utilizaban como rutas de tránsito. Los informes de inteligencia eran categóricos: una columna subversiva operaba en las alturas. Para el despliegue, la patrulla de cuarenta soldados del Servicio Militar Obligatorio fue reforzada por cinco ronderos civiles del pueblo, hombres recios que cargaban a la espalda las municiones de reserva, las granadas y las provisiones, armados apenas con sus escopetas de caza.

Al iniciar el ascenso, el suboficial “Diego” asumió la responsabilidad más peligrosa de la patrulla: marchar como hombre en punta. Avanzaba cien metros adelante de los grupos de asalto, abriendo camino en la densa maleza, seguido a solo diez metros por un sargento segundo. Ser el hombre en punta en la selva significa caminar con la muerte al hombro. En ese terreno sinuoso, el suboficial avanza y marcha en absoluta desventaja; el adversario, agazapado en una posición defensiva, cuenta con cubierta y abrigo, observando todo sin ser visto. Un francotirador enemigo apostado estratégicamente en esas cumbres no falla; elimina su objetivo en cuestión de segundos. El encuentro inopinado es la norma, y el primero en caer siempre es el que abre la marcha. A pesar de su fortaleza física, las piernas del suboficial flaqueaban ante la pendiente interminable. El cansancio entumecía sus músculos, pero la mente se mantenía tensa, alerta al menor crujido de las ramas. Superando el desgaste y el miedo, lideró el ascenso hasta que, gracias a Dios, los cuarenta y siete hombres coronaron la cumbre más alta sin novedad.

A las 14:30 horas, la patrulla ocupó una loma protegida por árboles gigantescos para recuperar el aliento. Mientras los soldados descansaban, los ronderos se internaron brevemente en el monte y, con la destreza propia de los hombres de la selva, cazaron cuatro paujiles, aquellas aves negras de cresta vistosa y pico rojo que asemejan a un pavo silvestre. En pocos minutos los pelaron y los prepararon a la brasa sobre las brasas ocultas. Con esa carne fresca, la patrulla entera se alimentó, compartiendo un momento de camaradería bajo un sol que aún entibiaba la tarde.

Decidieron pasar la noche en la cima, protegidos por el dosel de la selva. Improvisaron refugios tendiendo ramas sobre el suelo y cubriéndose con plásticos que hacían las veces de ponchos de jebe. Sin embargo, a la una de la mañana, el cielo de San Martín se rompió. Un diluvio torrencial, una cortina de agua imparable, cayó sobre la cumbre destruyendo las frágiles hojas de árboles. En menos de cinco minutos, con los uniformes completamente empapados, los hombres de la patrulla se pusieron de pie en medio de la oscuridad. Aseguraron las mochilas y cubrieron los cañones de los fusiles con bolsas de plástico para proteger los mecanismos del agua. La orden fue iniciar el descenso inmediato por una trocha angosta que corría al borde de acantilados profundos, con abismos de más de mil metros que caían hacia el distrito de Pasarraya, en el Alto Saposoa.

La oscuridad era absoluta. Los manuales de táctica redactados en los escritorios de Lima prohibían estrictamente encender luces para no delatar la posición ante el enemigo. Pero en el fango de la realidad, aquellas normas mediocres se rompieron por instinto de supervivencia. De no haber sido por los haces de las linternas de mano, muchos soldados habrían rodado hacia el vacío, hacia abismos donde el rescate de los restos habría sido imposible. Con los plásticos protegiendo las mochilas, la columna avanzó a un ritmo lento, guardando una distancia de medio metro entre hombre y hombre.

El terreno se había convertido en una trampa resbaladiza donde corría el agua, rodaban piedras y los inmensos árboles caídos se cruzaban como obstáculos de una pista de combate real. En esas condiciones extremas, sin ponchos de jebe reglamentarios ni un bolsón de primeros auxilios para atender un accidente, el oficial arengó a la tropa en plena marcha. Recordó las crudas palabras del instructor Gamboa en La ciudad y los perros, aquella frase que todo soldado peruano lleva grabada en el alma: "El arma nunca debe caer al suelo. Es preferible romperse la cara antes que soltar el fusil. Para el soldado, el arma es tan importante como sus propios huevos. ¿Usted cuida mucho sus huevos, soldado?". Con esa misma advertencia, transmitida de viva voz bajo la tormenta, los muchachos aseguraron los correajes y apuntaron los cañones hacia abajo para evitar que se inundaran.

Paso a paso, aferrados a su armamento y desafiando al barro y al abismo, la patrulla avanzó en la noche. Eran hombres de hierro formados en el rigor de un Ejército que no conocía de concesiones, cumpliendo la misión en el límite de la vida y la muerte, donde el fusil y el honor eran lo único que quedaba en pie.

las seis de la mañana, la patrulla inició el descenso final. El agotamiento y el hambre mordían el estómago de los cuarenta y siete hombres. Al cruzar una chacra de la zona, la desesperación pudo más que la prudencia; varios soldados se arrojaron sobre unas plantaciones de piña verde. Las comieron con ansias, ignorando el rigor del fruto ácido que a los pocos minutos les provocó un doloroso sangrado en la lengua. Nadie se quejó; el hambre de campaña no era para poca cosa.

Continuaron la marcha cuesta abajo y, exactamente a las 07:45 horas, el imponente terreno se abrió para mostrar el lado este del distrito de Pasarraya. El hermoso valle amaneció envuelto en una densa neblina que abrazaba la selva baja, mientras a lo lejos se escuchaba el rugir sordo, amenazante y turbulento del río Saposoa, una barrera de agua que los separaba de su destino.

En medio de la densa vegetación, la patrulla descubrió dos casas rústicas con techos de hojas de plátano. El lugar estaba desierto. Los ocupantes, presuntos narcotraficantes, habían escapado precipitadamente ante la inminente llegada de la patrulla del Ejército, dejando atrás un enorme cargamento de hojas de coca en proceso de secado, tres sacos de arroz de primera calidad y quince gallos de pelea en sus corrales. Aquella mañana, los animales se convirtieron en el sustento de la tropa. Todos los gallos terminaron en las ollas de campaña. Tras el suculento banquete con caldo de gallo, los cinco ronderos civiles, habiendo cumplido con creces su misión, se despidieron para emprender el retorno a Agua Blanca.

La patrulla descansó el resto del día en el inmueble abandonado para recuperar las fuerzas tras el brutal desgaste físico. Al caer la noche, la alerta se mantuvo al máximo: nadie se quitó el uniforme ni los borceguíes. A las dos de la mañana, el silencio de la selva fue roto por el zumbido de un motor aéreo. Una avioneta apareció de la nada, sobrevolando el valle en círculos concéntricos mientras iluminaba el terreno con potentes reflectores. No había dudas: era un vuelo del narcotráfico.

Bajo una oscuridad total, el teniente "Marte" ordenó formar de inmediato. La patrulla se desplazó a paso largo a través de una trocha barrosa y cubierta por el monte con dirección al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis. Al llegar a la orilla del Saposoa, el panorama era desolador. Debido al diluvio de la madrugada anterior, el río bajaba crecido, turbulento y con una fuerza interna imponente. En un pequeño puerto natural encontraron una precaria balsa fabricada con troncos de madera de topa. Sin pensarlo dos veces, "Marte" amarró una soga de sesenta metros a la embarcación y, completamente uniformado y armado, se lanzó al agua turbulenta. Nadó en la negrura absoluta hasta alcanzar la orilla opuesta, desde donde aseguró la línea y ordenó el cruce.

Los clases y soldados del Servicio Militar Obligatorio, legítimos hijos de la selva y expertos nadadores, cruzaron el río de cinco en cinco, flotando sin titubeos con el uniforme puesto en un tramo de sesenta metros de oscuridad. Mis respetos para esa tropa de la selva.

El suboficial “Diego” se quedó en la orilla inicial junto a ocho soldados, con la misión de asegurar el equipo pesado sobre la balsa de topa. Mientras los muchachos amarraban con fuerza los fusiles, las mochilas, la ametralladora MAG, el lanzacohetes RPG y el pesado equipo de radio Thomson TRC 340, el pánico se apoderó de la mente del suboficial. El miedo humano, aquel que no entiende de grados ni galones, le oprimía el pecho. “Son más de sesenta metros en la oscuridad más absoluta”, se repetía a sí mismo. Casi se orina de miedo en ese instante de desesperación.

Tratando de buscar un asidero de valor, su memoria viajó en el tiempo. Recordó sus años de adolescente, cuando nadaba más de cien metros en la profunda represa de la hacienda agrícola Santa Rosa en Sayán, al norte de Lima; evocó también los remolinos traicioneros del río Pallar en Huamachuco, donde se sumergía junto a sus amigos de infancia. Aquellos recuerdos llegaron como un acicate para el espíritu, pero la realidad era ingrata: los años habían pasado y el entrenamiento básico de piscina de veinticinco metros que da el cuartel no servía para enfrentar la furia de un río amazónico en tinieblas. Pensó en subirse a la balsa sobre el armamento, pero la vergüenza ante sus subordinados fue mayor que el temor. Un superior jamás justifica el miedo ante la tropa.

Cuatro soldados se colocaron a cada lado de la topa para custodiar el cargamento. Desde la otra orilla, la voz de "Marte" ordenó el paso y el grueso de la tropa comenzó a jalar la soga con fuerza colosal. En un acto de pura desesperación, el suboficial “Diego” se arrojó al agua turbulento, se colgó de la retaguardia de la balsa y aferró sus manos a una soga gruesa entre las crucetas de la madera. No la soltó por nada del mundo. El río los arrastró mientras la tropa tiraba desde el otro lado de la orilla.

Cuando la balsa encalló en el barro de la ribera opuesta, la confusión de la noche impidió que lo vieran salir de inmediato debido a la estrechez del desembarcadero y la oscuridad.
—¿Dónde está el suboficial? ¿Dónde está el suboficial? —gritó alarmado el teniente "Marte" en la oscuridad.

El suboficial emergió del lodo, respirando agitado, pero con el honor intacto. Con el uniforme empapado, el grupo recuperó sus mochilas y armamento. Sin perder un minuto, el suboficial volvió a ocupar su puesto de peligro: marchó nuevamente como hombre en punta. Bajo una caminata forzada por un camino hostil y cubierto de fango, la patrulla rompió filas en el aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis a las 06:40 de la mañana. No hallaron rastro de la aeronave. Los presuntos narcos habían escapado.

Aquel desplazamiento nocturno había sido un error táctico tremendo, una orden arriesgada en los límites de la imprudencia. Pero el destino no se equivoca; por alguna misteriosa razón el río perdonó la vida de sus hombres, permitiendo que hoy, décadas después, el suboficial “Diego” pueda sentarse frente al papel a rescatar del olvido los días en que el valor y el acero se forjaban en la oscuridad de la selva peruana.

La marcha de aquellos ocho días fue una vuelta completa a un infierno verde que abarcó Mina de Sal, Pasarraya, Rejis, San Francisco, Fausa Lamista, Fausa Sapina y Santa Rosa. Pero fue en el descenso del imponente Cerro Sica Sica donde la patrulla chocó de frente con la cruda realidad del circuito del narcotráfico que financiaba la subversión. En medio de la espesura, los cuarenta y siete hombres sorprendieron un campamento clandestino de cocaleros en plena actividad. Tres pozas de maceración rebosaban de hojas de coca mezcladas con queroseno y otros insumos químicos para la elaboración de pasta básica de cocaína.

La jefa del negocio era una mujer de contextura gruesa, natural del departamento de Piura, al igual que la mayoría de sus peones. Al verse acorralada por los fusiles del Ejército, la astuta piurana intentó "arreglar" la situación apelando al viejo recurso del soborno. Afirmó que no tenía dinero en efectivo porque, según su versión, el personal de tropa le había robado seiscientos dólares americanos durante el registro de las chozas. Ante la gravedad de la acusación, el suboficial “Diego” ordenó formar de inmediato a toda la tropa en una línea perfecta para que la mujer identificara al presunto ladrón. La señora caminó lentamente delante de los soldados, mirándolos de cerca uno por uno, pero su artimaña se desmoronó ante la falta de pruebas; solo atinaba a repetir con nerviosismo: "Uno de ellos ha sido, uno de ellos ha sido...".

Al descubrirse la falsedad del reclamo y ante las amenazas verbales que comenzó a lanzar la mujer, el teniente "Marte" ordenó prender fuego a las tres pozas de maceración. El humo negro y espeso se elevó sobre el dosel de la selva mientras se procedía a la detención de diecinueve personas: la jefa piurana —quien cargaba en brazos a un bebé de un año—, tres mujeres trabajadoras también con hijos menores, y quince peones agrícolas. El traslado de semejante columna humana a través del monte se convirtió en una procesión penosa. Los detenidos marchaban a pie cargando sus propias mochilas, bidones, ollas y platos. Los niños lloraban por el cansancio y las mujeres sufrían el rigor de las trochas resbaladizas. Esa tarde llegaron a un centro poblado mayor cuyo nombre el tiempo ha borrado de la memoria; los diecinueve prisioneros pasaron la noche bajo estricta custodia cerrados en el local comunal, mostrando rostros sombríos donde se adivinaba el peso del arrepentimiento.

Al día siguiente, a las seis de la mañana y con el estómago vacío por la falta de rancho, la patrulla y los civiles reiniciaron la extenuante caminata. Nueve horas después, a las 15:00 horas, el grupo alcanzó exhausto el cruce de la carretera entre Santa Rosa y Fausa Lamista. Las mujeres con sus hijos en brazos ya no podían dar un paso más. El suboficial “Diego”, haciendo gala de la iniciativa y la autoridad que el uniforme imponía en aquellos años de emergencia, tomó a dos sargentos y avanzó a paso ligero hasta el paradero del distrito de Santa Rosa. Allí divisó cuatro camionetas 4x4 y quedaron requisados.

Con paso firme y rostro adusto, el suboficial intervino a los choferes solicitando de inmediato sus documentos de identidad y los del vehículo. Era una táctica de presión; en aquellos tiempos de guerra interna, la presencia militar inspiraba un respeto absoluto y los civiles obedecían las órdenes sin murmullos ni dilaciones.
—Síganme al cruce. Tenemos personal herido y niños que no pueden caminar. En la Base Contrasubversiva de Agua Blanca les devuelvo todos sus documentos —ordenó el suboficial con voz de mando.

Los conductores acataron en silencio. Las cuatro camionetas llegaron al cruce vial, donde se embarcó rápidamente a la patrulla, a los quince peones y a las mujeres con sus hijos. Gracias a esa requisa temporal de transporte, la misión concluyó con éxito esa misma tarde al ingresar los vehículos por el portón de la Base de Agua Blanca. Cumpliendo la palabra empeñada, el suboficial devolvió las pertenencias a los cuatro choferes, quienes se retiraron de la base sin contratiempos. Al amanecer del noveno día, los diecinueve detenidos fueron puestos a disposición de la Fiscalía en la ciudad de Tarapoto, bajo la custodia de otros efectivos cuyos seudónimos la neblina del tiempo ha terminado por ocultar.

El suboficial “Diego” cierra hoy su bitácora de memorias, pidiendo disculpas si el paso implacable de los años ha alterado alguna palabra o el orden exacto de los nombres en esta crónica. Las trochas de San Martín, los abismos de Pasarraya, las aguas del Saposoa y el humo de las pozas del cerro Sica Sica quedan registrados no solo en estos párrafos, sino en la historia oficial de un país que se mantuvo en pie gracias al sudor y al coraje de sus hombres de armas.

martes, 1 de agosto de 2017

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LLEGADA DEL EJÉRCITO CHILENO A LA PUNA TORRES HUALLANCA 15 DE JUNIO DE 1883

Sombras en la puna Torres: La persecución chilena y la memoria del cerro Ucrucanchapunta.- El 15 de junio de 1966, durante una tarde soleada, a la edad de ocho años y acompañando a mi abuelo, don Eliceo Ramírez Cadillo, llegué al cerro Ucrucanchapunta, un sector elevado que sirve de límite entre las punas Torres y Palmadera. En aquellos tiempos, mi abuelo se desempeñaba como el pastor principal de la ganadería de don Miguel Llanos Astete, un acaudalado hacendado que radicaba en el distrito de Huallanca. Aquel rincón andino, situado a más de 4600 metros de altitud, albergaba una memoria viva y telúrica que se remontaba a los días más aciagos de la Guerra del Pacífico.

Precisamente el viernes 15 de junio de 1883, cuando mi abuelo tenía también ocho años, él y sus familiares —entre ellos mi bisabuelo, don Gaspar Ramírez Cotrina, y mi abuela, doña Sebastiana Cadillo— contemplaron con profundo espanto, desde ese mismo cerro Ucrucanchapunta, el momento exacto en que las tropas invasoras chilenas ocuparon la hacienda ganadera de la puna Torres, de propiedad de don Genaro Llanos.

Aquel fatídico viernes, al promediar las 17:00 horas, un poderoso contingente chileno de 3200 hombres de las tres armas —infantería, caballería y artillería—, bajo el mando del coronel Marco Aurelio Arriagada Palacios, hizo su entrada en la puna Torres procedente del distrito huanuqueño de Huallanca. El ejército invasor avanzaba guiado por un sector de colaboradores peruanos, entre los que destacaba el coronel huancayino Luis Milón Duarte. Casi a la misma hora en que Arriagada tomaba la hacienda, el general Andrés Avelino Cáceres y su Ejército del Centro hacían su ingreso triunfal en la ciudad de Huaraz, capital de Áncash.

Durante la noche del 15 de junio, instalados en la casa hacienda de la puna Torres, los principales mandos chilenos deliberaron intensamente sobre las rutas a seguir hacia Huaraz. Ante el constante temor de que el general Cáceres, mediante una de sus hábiles maniobras tácticas, ejecutara una contramarcha hacia el centro del Perú, Arriagada decidió dividir sus fuerzas. Para neutralizar al «Brujo de los Andes», un tercio de su ejército —equivalente a 1200 efectivos— se desprendería hacia el distrito de Chavín de Huántar. Este destacamento avanzaría guiado por militares y civiles peruanos adeptos al gobierno de Miguel Iglesias Pino. En esta etapa final del conflicto, las fuerzas de ocupación ya contaban con el apoyo incondicional de diversos sectores locales, integrando a oficiales y tropas peruanas en lo que cínicamente denominaron el «Ejército Pacificador del Perú».

El sábado 16 de junio, antes de las 08:00 horas, el contingente de 1200 hombres al mando del coronel Juan León García inició su marcha hacia Chavín de Huántar a través de las rutas de la puna Mashra, Huanquín y el caserío de Qunín. Al mismo tiempo, el grueso del ejército invasor —compuesto por 2000 soldados bajo las órdenes directas de Arriagada— emprendió el ascenso por la empinada cuesta de Yanashallas, cruzando la cordillera por Huarapasca, Puncu y la zona de Pastoruri. Tras una extenuante y dolorosa marcha de doce horas, estas fuerzas ocuparon la hacienda Pumapampa, en el ámbito territorial del distrito de Cátac, donde descansaron y esperaron a las tropas rezagadas que terminaron de incorporarse durante la madrugada del domingo 17 de junio.

Ese domingo, a las 08:00 horas, los movimientos chilenos continuaron de manera paralela. Mientras el coronel León García movilizaba a sus hombres desde el caserío de Qunín hacia el distrito de Chavín de Huántar, el coronel Arriagada desplazaba las suyas desde Pumapampa con destino al distrito de Ticapampa, donde sus tropas procedieron a ocupar la hacienda de los judíos.

El lunes 18 de junio, las fuerzas de León García emprendieron una penosa caminata desde Chavín de Huántar hacia la ciudad de Huaraz, desandando el camino preincaico por los caseríos de Chuna, Lanchán y Chichucancha. Subieron por la ruta de la puna Shongo, cruzaron el paso de Yanashallas a 4750 metros de altitud y descendieron por la puna de Arhuaycancha y el caserío de Huaripampa, hasta ocupar la hacienda del ciudadano francés Dupon en Canray Chico, lugar donde los invasores se reaprovisionaron con un abundante rancho.

Finalmente, en la mañana del martes 19 de junio, las fuerzas chilenas ejecutaron un movimiento simultáneo: Arriagada avanzó desde Ticapampa y León García desde Canray Chico. Antes del mediodía, ambos contingentes se unieron en el distrito de Olleros para continuar la marcha definitiva hacia Huaraz. Paradójicamente, mientras el grueso del ejército chileno se concentraba en Olleros, casi a esa misma hora las fuerzas patriotas de Cáceres hacían su ingreso al distrito de Yungay.

En aquel lejano 1966, mi abuelo Eliceo Ramírez tenía noventa años. Recuerdo vívidamente su tez blanca, su mediana estatura y la lucidez total que conservaba como hombre andino al evocar aquellos días. Con la mirada fija en el horizonte, me narró: «Hijo, en la tarde del 15 de junio de 1883, las tropas del ejército chileno llegaron a la puna Torres persiguiendo al general Cáceres, que se había escapado desde Tarma con destino al norte. Allí, en la pampa que tenemos a la vista, las tropas invasoras ocuparon los corrales, donde pasaron la noche a la intemperie. Sus jefes se instalaron en la casa hacienda y pasaron la noche cocinando los víveres que trajeron desde Huallanca. Robaban animales, asaltaban e incendiaban las chozas. Por esa razón, nosotros nos escapamos anticipadamente desde la puna Pucará-Raju y nos mantuvimos escondidos en las partes altas como esta, ocultando también a nuestro ganado en lugares estratégicos». Mi abuelo concluyó su histórica narración explicándome que, años después, su padre —mi bisabuelo Gaspar— le confesó que varias familias conocidas de Aguamiro y Huallanca se habían sumado a las filas enemigas, algunas por voluntad propia y otras bajo la amenaza de fusilamiento, sirviendo como cargueros, informantes y guías. Asimismo, me relató que en las gélidas pampas de la puna Torres y en la subida de Yanashallas, a causa del crudo frío de junio, perdieron la vida quince soldados chilenos y varios caballos, los cuales fueron abandonados con monturas y pertrechos, siendo posteriormente enterrados por mi bisabuelo Gaspar Ramírez Cotrina y sus parientes.

En la década de 1960, los cerros que se alzaban frente a nosotros aún conservaban su imponente blancura en las cumbres superiores. Hoy, sin embargo, los glaciares han desaparecido por completo y las montañas lucen desnudas y negras; en las alturas de Ucrucancha, el agua se ha extinguido. La proliferación de una minería irresponsable, amparada por gobernantes traidores, ha contaminado gravemente todo el ecosistema. Como trágica consecuencia, las truchas han desaparecido de los ríos de la puna Torres y la laguna Contaicocha ha sido convertida en un botadero de desechos por la empresa minera Santa Luisa de Huanzala. Ya no se ven ranas, cóndores, perdices ni vizcachas, y la próspera ganadería de la familia Llanos, que yo mismo vi con mis propios ojos en mi infancia, ha dejado de existir.

El 15 de junio de 2017, al cumplirse 134 años de la llegada de las huestes invasoras a la puna Torres de Huallanca, volví a plantar mis pies en el mismo promontorio del cerro Ucrucanchapunta. Permanecí de pie exactamente en el mismo punto donde me detuve en 1966 al lado de mi abuelo Eliceo, quien hoy descansa en paz. El escenario de referencia sigue inmóvil y el infaltable ichu de la puna no ha cambiado en absoluto. Desde esta atalaya, a 4600 metros de altitud, la vista domina con absoluta soberanía las pampas de la puna Torres y la escarpada subida de Yanashallas, un rincón de los Andes donde la historia patria y la memoria familiar se funden para siempre.