martes, 1 de agosto de 2017

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LLEGADA DEL EJÉRCITO CHILENO A LA PUNA TORRES HUALLANCA 15 DE JUNIO DE 1883

Sombras en la puna Torres: La persecución chilena y la memoria del cerro Ucrucanchapunta.- El 15 de junio de 1966, durante una tarde soleada, a la edad de ocho años y acompañando a mi abuelo, don Eliceo Ramírez Cadillo, llegué al cerro Ucrucanchapunta, un sector elevado que sirve de límite entre las punas Torres y Palmadera. En aquellos tiempos, mi abuelo se desempeñaba como el pastor principal de la ganadería de don Miguel Llanos Astete, un acaudalado hacendado que radicaba en el distrito de Huallanca. Aquel rincón andino, situado a más de 4600 metros de altitud, albergaba una memoria viva y telúrica que se remontaba a los días más aciagos de la Guerra del Pacífico.

Precisamente el viernes 15 de junio de 1883, cuando mi abuelo tenía también ocho años, él y sus familiares —entre ellos mi bisabuelo, don Gaspar Ramírez Cotrina, y mi abuela, doña Sebastiana Cadillo— contemplaron con profundo espanto, desde ese mismo cerro Ucrucanchapunta, el momento exacto en que las tropas invasoras chilenas ocuparon la hacienda ganadera de la puna Torres, de propiedad de don Genaro Llanos.

Aquel fatídico viernes, al promediar las 17:00 horas, un poderoso contingente chileno de 3200 hombres de las tres armas —infantería, caballería y artillería—, bajo el mando del coronel Marco Aurelio Arriagada Palacios, hizo su entrada en la puna Torres procedente del distrito huanuqueño de Huallanca. El ejército invasor avanzaba guiado por un sector de colaboradores peruanos, entre los que destacaba el coronel huancayino Luis Milón Duarte. Casi a la misma hora en que Arriagada tomaba la hacienda, el general Andrés Avelino Cáceres y su Ejército del Centro hacían su ingreso triunfal en la ciudad de Huaraz, capital de Áncash.

Durante la noche del 15 de junio, instalados en la casa hacienda de la puna Torres, los principales mandos chilenos deliberaron intensamente sobre las rutas a seguir hacia Huaraz. Ante el constante temor de que el general Cáceres, mediante una de sus hábiles maniobras tácticas, ejecutara una contramarcha hacia el centro del Perú, Arriagada decidió dividir sus fuerzas. Para neutralizar al «Brujo de los Andes», un tercio de su ejército —equivalente a 1200 efectivos— se desprendería hacia el distrito de Chavín de Huántar. Este destacamento avanzaría guiado por militares y civiles peruanos adeptos al gobierno de Miguel Iglesias Pino. En esta etapa final del conflicto, las fuerzas de ocupación ya contaban con el apoyo incondicional de diversos sectores locales, integrando a oficiales y tropas peruanas en lo que cínicamente denominaron el «Ejército Pacificador del Perú».

El sábado 16 de junio, antes de las 08:00 horas, el contingente de 1200 hombres al mando del coronel Juan León García inició su marcha hacia Chavín de Huántar a través de las rutas de la puna Mashra, Huanquín y el caserío de Qunín. Al mismo tiempo, el grueso del ejército invasor —compuesto por 2000 soldados bajo las órdenes directas de Arriagada— emprendió el ascenso por la empinada cuesta de Yanashallas, cruzando la cordillera por Huarapasca, Puncu y la zona de Pastoruri. Tras una extenuante y dolorosa marcha de doce horas, estas fuerzas ocuparon la hacienda Pumapampa, en el ámbito territorial del distrito de Cátac, donde descansaron y esperaron a las tropas rezagadas que terminaron de incorporarse durante la madrugada del domingo 17 de junio.

Ese domingo, a las 08:00 horas, los movimientos chilenos continuaron de manera paralela. Mientras el coronel León García movilizaba a sus hombres desde el caserío de Qunín hacia el distrito de Chavín de Huántar, el coronel Arriagada desplazaba las suyas desde Pumapampa con destino al distrito de Ticapampa, donde sus tropas procedieron a ocupar la hacienda de los judíos.

El lunes 18 de junio, las fuerzas de León García emprendieron una penosa caminata desde Chavín de Huántar hacia la ciudad de Huaraz, desandando el camino preincaico por los caseríos de Chuna, Lanchán y Chichucancha. Subieron por la ruta de la puna Shongo, cruzaron el paso de Yanashallas a 4750 metros de altitud y descendieron por la puna de Arhuaycancha y el caserío de Huaripampa, hasta ocupar la hacienda del ciudadano francés Dupon en Canray Chico, lugar donde los invasores se reaprovisionaron con un abundante rancho.

Finalmente, en la mañana del martes 19 de junio, las fuerzas chilenas ejecutaron un movimiento simultáneo: Arriagada avanzó desde Ticapampa y León García desde Canray Chico. Antes del mediodía, ambos contingentes se unieron en el distrito de Olleros para continuar la marcha definitiva hacia Huaraz. Paradójicamente, mientras el grueso del ejército chileno se concentraba en Olleros, casi a esa misma hora las fuerzas patriotas de Cáceres hacían su ingreso al distrito de Yungay.

En aquel lejano 1966, mi abuelo Eliceo Ramírez tenía noventa años. Recuerdo vívidamente su tez blanca, su mediana estatura y la lucidez total que conservaba como hombre andino al evocar aquellos días. Con la mirada fija en el horizonte, me narró: «Hijo, en la tarde del 15 de junio de 1883, las tropas del ejército chileno llegaron a la puna Torres persiguiendo al general Cáceres, que se había escapado desde Tarma con destino al norte. Allí, en la pampa que tenemos a la vista, las tropas invasoras ocuparon los corrales, donde pasaron la noche a la intemperie. Sus jefes se instalaron en la casa hacienda y pasaron la noche cocinando los víveres que trajeron desde Huallanca. Robaban animales, asaltaban e incendiaban las chozas. Por esa razón, nosotros nos escapamos anticipadamente desde la puna Pucará-Raju y nos mantuvimos escondidos en las partes altas como esta, ocultando también a nuestro ganado en lugares estratégicos». Mi abuelo concluyó su histórica narración explicándome que, años después, su padre —mi bisabuelo Gaspar— le confesó que varias familias conocidas de Aguamiro y Huallanca se habían sumado a las filas enemigas, algunas por voluntad propia y otras bajo la amenaza de fusilamiento, sirviendo como cargueros, informantes y guías. Asimismo, me relató que en las gélidas pampas de la puna Torres y en la subida de Yanashallas, a causa del crudo frío de junio, perdieron la vida quince soldados chilenos y varios caballos, los cuales fueron abandonados con monturas y pertrechos, siendo posteriormente enterrados por mi bisabuelo Gaspar Ramírez Cotrina y sus parientes.

En la década de 1960, los cerros que se alzaban frente a nosotros aún conservaban su imponente blancura en las cumbres superiores. Hoy, sin embargo, los glaciares han desaparecido por completo y las montañas lucen desnudas y negras; en las alturas de Ucrucancha, el agua se ha extinguido. La proliferación de una minería irresponsable, amparada por gobernantes traidores, ha contaminado gravemente todo el ecosistema. Como trágica consecuencia, las truchas han desaparecido de los ríos de la puna Torres y la laguna Contaicocha ha sido convertida en un botadero de desechos por la empresa minera Santa Luisa de Huanzala. Ya no se ven ranas, cóndores, perdices ni vizcachas, y la próspera ganadería de la familia Llanos, que yo mismo vi con mis propios ojos en mi infancia, ha dejado de existir.

El 15 de junio de 2017, al cumplirse 134 años de la llegada de las huestes invasoras a la puna Torres de Huallanca, volví a plantar mis pies en el mismo promontorio del cerro Ucrucanchapunta. Permanecí de pie exactamente en el mismo punto donde me detuve en 1966 al lado de mi abuelo Eliceo, quien hoy descansa en paz. El escenario de referencia sigue inmóvil y el infaltable ichu de la puna no ha cambiado en absoluto. Desde esta atalaya, a 4600 metros de altitud, la vista domina con absoluta soberanía las pampas de la puna Torres y la escarpada subida de Yanashallas, un rincón de los Andes donde la historia patria y la memoria familiar se funden para siempre.


















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