Sombras en la puna Torres: La persecución chilena y la memoria del cerro Ucrucanchapunta.- El 15 de junio de 1966, durante una tarde soleada, a la edad de ocho años y acompañando a mi abuelo, don Eliceo Ramírez Cadillo, llegué al cerro Ucrucanchapunta, un sector elevado que sirve de límite entre las punas Torres y Palmadera. En aquellos tiempos, mi abuelo se desempeñaba como el pastor principal de la ganadería de don Miguel Llanos Astete, un acaudalado hacendado que radicaba en el distrito de Huallanca. Aquel rincón andino, situado a más de 4600 metros de altitud, albergaba una memoria viva y telúrica que se remontaba a los días más aciagos de la Guerra del Pacífico.
Precisamente el viernes 15 de
junio de 1883, cuando mi abuelo tenía también ocho años, él y sus familiares
—entre ellos mi bisabuelo, don Gaspar Ramírez Cotrina, y mi abuela, doña
Sebastiana Cadillo— contemplaron con profundo espanto, desde ese mismo cerro
Ucrucanchapunta, el momento exacto en que las tropas invasoras chilenas
ocuparon la hacienda ganadera de la puna Torres, de propiedad de don Genaro
Llanos.
Aquel fatídico viernes, al
promediar las 17:00 horas, un poderoso contingente chileno de 3200 hombres de
las tres armas —infantería, caballería y artillería—, bajo el mando del coronel
Marco Aurelio Arriagada Palacios, hizo su entrada en la puna Torres procedente
del distrito huanuqueño de Huallanca. El ejército invasor avanzaba guiado por
un sector de colaboradores peruanos, entre los que destacaba el coronel
huancayino Luis Milón Duarte. Casi a la misma hora en que Arriagada tomaba la
hacienda, el general Andrés Avelino Cáceres y su Ejército del Centro hacían su
ingreso triunfal en la ciudad de Huaraz, capital de Áncash.
Durante la noche del 15 de
junio, instalados en la casa hacienda de la puna Torres, los principales mandos
chilenos deliberaron intensamente sobre las rutas a seguir hacia Huaraz. Ante
el constante temor de que el general Cáceres, mediante una de sus hábiles
maniobras tácticas, ejecutara una contramarcha hacia el centro del Perú,
Arriagada decidió dividir sus fuerzas. Para neutralizar al «Brujo de los
Andes», un tercio de su ejército —equivalente a 1200 efectivos— se desprendería
hacia el distrito de Chavín de Huántar. Este destacamento avanzaría guiado por
militares y civiles peruanos adeptos al gobierno de Miguel Iglesias Pino. En
esta etapa final del conflicto, las fuerzas de ocupación ya contaban con el
apoyo incondicional de diversos sectores locales, integrando a oficiales y
tropas peruanas en lo que cínicamente denominaron el «Ejército Pacificador del
Perú».
El sábado 16 de junio, antes
de las 08:00 horas, el contingente de 1200 hombres al mando del coronel Juan
León García inició su marcha hacia Chavín de Huántar a través de las rutas de
la puna Mashra, Huanquín y el caserío de Qunín. Al mismo tiempo, el grueso del
ejército invasor —compuesto por 2000 soldados bajo las órdenes directas de
Arriagada— emprendió el ascenso por la empinada cuesta de Yanashallas, cruzando
la cordillera por Huarapasca, Puncu y la zona de Pastoruri. Tras una extenuante
y dolorosa marcha de doce horas, estas fuerzas ocuparon la hacienda Pumapampa,
en el ámbito territorial del distrito de Cátac, donde descansaron y esperaron a
las tropas rezagadas que terminaron de incorporarse durante la madrugada del domingo
17 de junio.
Ese domingo, a las 08:00
horas, los movimientos chilenos continuaron de manera paralela. Mientras el
coronel León García movilizaba a sus hombres desde el caserío de Qunín hacia el
distrito de Chavín de Huántar, el coronel Arriagada desplazaba las suyas desde
Pumapampa con destino al distrito de Ticapampa, donde sus tropas procedieron a
ocupar la hacienda de los judíos.
El lunes 18 de junio, las
fuerzas de León García emprendieron una penosa caminata desde Chavín de Huántar
hacia la ciudad de Huaraz, desandando el camino preincaico por los caseríos de
Chuna, Lanchán y Chichucancha. Subieron por la ruta de la puna Shongo, cruzaron
el paso de Yanashallas a 4750 metros de altitud y descendieron por la puna de
Arhuaycancha y el caserío de Huaripampa, hasta ocupar la hacienda del ciudadano
francés Dupon en Canray Chico, lugar donde los invasores se reaprovisionaron
con un abundante rancho.
Finalmente, en la mañana del
martes 19 de junio, las fuerzas chilenas ejecutaron un movimiento simultáneo:
Arriagada avanzó desde Ticapampa y León García desde Canray Chico. Antes del
mediodía, ambos contingentes se unieron en el distrito de Olleros para
continuar la marcha definitiva hacia Huaraz. Paradójicamente, mientras el
grueso del ejército chileno se concentraba en Olleros, casi a esa misma hora
las fuerzas patriotas de Cáceres hacían su ingreso al distrito de Yungay.
En aquel lejano 1966, mi
abuelo Eliceo Ramírez tenía noventa años. Recuerdo vívidamente su tez blanca,
su mediana estatura y la lucidez total que conservaba como hombre andino al
evocar aquellos días. Con la mirada fija en el horizonte, me narró: «Hijo, en
la tarde del 15 de junio de 1883, las tropas del ejército chileno llegaron a la
puna Torres persiguiendo al general Cáceres, que se había escapado desde Tarma
con destino al norte. Allí, en la pampa que tenemos a la vista, las tropas
invasoras ocuparon los corrales, donde pasaron la noche a la intemperie. Sus
jefes se instalaron en la casa hacienda y pasaron la noche cocinando los
víveres que trajeron desde Huallanca. Robaban animales, asaltaban e incendiaban
las chozas. Por esa razón, nosotros nos escapamos anticipadamente desde la puna
Pucará-Raju y nos mantuvimos escondidos en las partes altas como esta,
ocultando también a nuestro ganado en lugares estratégicos». Mi abuelo concluyó
su histórica narración explicándome que, años después, su padre —mi bisabuelo
Gaspar— le confesó que varias familias conocidas de Aguamiro y Huallanca se
habían sumado a las filas enemigas, algunas por voluntad propia y otras bajo la
amenaza de fusilamiento, sirviendo como cargueros, informantes y guías.
Asimismo, me relató que en las gélidas pampas de la puna Torres y en la subida
de Yanashallas, a causa del crudo frío de junio, perdieron la vida quince
soldados chilenos y varios caballos, los cuales fueron abandonados con monturas
y pertrechos, siendo posteriormente enterrados por mi bisabuelo Gaspar Ramírez
Cotrina y sus parientes.
En la década de 1960, los
cerros que se alzaban frente a nosotros aún conservaban su imponente blancura
en las cumbres superiores. Hoy, sin embargo, los glaciares han desaparecido por
completo y las montañas lucen desnudas y negras; en las alturas de Ucrucancha,
el agua se ha extinguido. La proliferación de una minería irresponsable,
amparada por gobernantes traidores, ha contaminado gravemente todo el
ecosistema. Como trágica consecuencia, las truchas han desaparecido de los ríos
de la puna Torres y la laguna Contaicocha ha sido convertida en un botadero de
desechos por la empresa minera Santa Luisa de Huanzala. Ya no se ven ranas,
cóndores, perdices ni vizcachas, y la próspera ganadería de la familia Llanos,
que yo mismo vi con mis propios ojos en mi infancia, ha dejado de existir.
El 15 de junio de 2017, al cumplirse 134 años de la llegada de las huestes invasoras a la puna Torres de Huallanca, volví a plantar mis pies en el mismo promontorio del cerro Ucrucanchapunta. Permanecí de pie exactamente en el mismo punto donde me detuve en 1966 al lado de mi abuelo Eliceo, quien hoy descansa en paz. El escenario de referencia sigue inmóvil y el infaltable ichu de la puna no ha cambiado en absoluto. Desde esta atalaya, a 4600 metros de altitud, la vista domina con absoluta soberanía las pampas de la puna Torres y la escarpada subida de Yanashallas, un rincón de los Andes donde la historia patria y la memoria familiar se funden para siempre.











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