sábado, 22 de junio de 2019

EL PESO DEL UNIFORME Y EL LLANTO EN EL EJÉRCITO: LAS MUJERES EN LAS FUERZAS ARMADAS DEL PERÚ

El Peso del Uniforme y el Llanto en el Ejército hoy.- El viejo Veterano de Guerra no hablaba desde la cómoda distancia del civil que opina frente a una pantalla. Sus palabras cargaban el peso del barro de la selva, el frío de las punas y el olor a pólvora de los combates reales. Él era un soldado forjado en el Ejército de ayer, aquel que hoy parecía haber pasado definitivamente a la historia. Su viaje en la vida castrense comenzó en los años de 1977 y 1978, cuando prestó el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas, región Ancash.

En aquellos tiempos, la disciplina no admitía concesiones ni escritorios con aire acondicionado. El viejo militar recordaba con nitidez al comandante de su batallón colocado con firmeza a la cabeza de sus cinco compañías apenas terminaba la gimnasia básica. Todos juntos iniciaban una carrera exigente y a largo tranco hasta el puente Pueblo Libre en Caraz: dieciséis kilómetros de ida y vuelta bajo el cielo ancashino. En la pista de combate de catorce obstáculos, en el pasaje de cuerdas y en la brutal prueba de valor con la sangre de perro, los jefes de compañía siempre daban el ejemplo. El principio rector era sagrado, absoluto e inquebrantable: "ojo al guía". El oficial tenía que ser el espejo de su subordinado; debía ser el más veloz, el de mayor resistencia física, el mejor tirador, el instructor más implacable y quien dominara el trabajo de oficina mejor que el propio furriel. Solo así se ganaba la moral y la autoridad legítima para pararse frente a la tropa.

Posteriormente, reafirmó su vocación al ingresar a la Escuela Técnica del Ejército. Fueron tres años consecutivos de rigurosa formación, desde el 3 de enero de 1981 hasta el 14 de diciembre de 1983, graduándose con orgullo como suboficial en la especialidad de Mecánico de Equipo de Ingeniería (MCE), como miembro de la 12ª Promoción "Soldado Alfredo Vargas Guerra". A partir de ahí, su vida transcurrió en la primera línea de las Unidades de Combate de Infantería, Ingeniería y Fuerzas Especiales a lo largo de todas las Regiones Militares del país.

Le tocó vivir los años más oscuros y sangrientos de la historia republicana reciente. Entre 1980 y el año 2000, combatió en la Guerra Interna dentro de las Zonas de Emergencia de la sierra y la selva, enfrentando directamente a los elementos terroristas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Ejerció funciones de altísima responsabilidad como Jefe de Base y Comandante de Patrulla, arriesgando la vida a diario en emboscadas y patrullajes perpetuos. Por ese sacrificio, el Estado peruano lo condecoró legítimamente bajo la Ley N° 29031 con la "Medalla Defensor de la Democracia" y Veterano de la Pacificación Nacional.

Pero su servicio a la patria no se limitó al frente interno. En 1995, marchó al Frente Externo para repeler a las tropas invasoras del Ecuador en la Campaña Militar del Alto Cenepa. Allí, en la densidad de la selva en disputa, combatió cuerpo a cuerpo por la soberanía nacional, lo que le valió ser reconocido por la Ley N° 26511 como Defensor Calificado de la Patria. Finalmente, la Ley N° 30826 del 19 de julio de 2018 consolidó su estatus ante la historia al reconocerlo oficialmente con el título más noble que puede ostentar un viejo soldado: Veterano de Guerra.

Por eso, al contemplar lo que hoy llaman con ligereza el "Ejército Moderno", el veterano sentía un profundo desencanto. Para él, esa modernidad no era más que una fachada burocrática donde el Servicio Militar Voluntario había fracasado estrepitosamente. Han pasado más de dos décadas desde la promulgación de la Ley 26628 en junio de 1996, aquella norma impulsada y defendida fervientemente en el Congreso por figuras como la exministra Luisa María Cuculiza, quien insistía firmemente en que no existían diferencias de capacidades entre hombres y mujeres para ninguna profesión.

Sin embargo, la realidad de los cuarteles era otra. Al introducir al personal femenino en los batallones de primera línea y en las unidades de servicios y combate, el sistema tradicional de la vida castrense se había resquebrajado de forma irreversible, acumulando historias sumamente desventajosas para la operatividad militar.

El veterano miraba las ceremonias de hoy y se hacía las preguntas que los altos mandos preferían callar por miedo a las decisiones políticas de igualdad: ¿Podría una oficial actual, en su función de Jefa de Compañía, soportar al frente de sus soldados el desgaste físico extremo de campaña? ¿Podría correr diariamente esos dieciséis kilómetros exigentes, pasar la pista de catorce obstáculos con armas, las cuerdas, las vigas y liderar las pruebas de valor con el ejemplo físico y real? Peor aún, ¿tendrían los comandantes de batallón de estos tiempos la capacidad de ponerse a la cabeza de sus hombres en tales rigores?

Para el curtido defensor de la patria, el misticismo del "ojo al guía" se había disuelto en la burocracia de los escritorios. El uniforme, que antes se ganaba con sudor, sangre y una aptitud física indiscutible en el campo de batalla, parecía ahora un traje de gala para complacer agendas políticas, mientras los verdaderos soldados del ayer observaban en silencio el declive de la milicia activa.

Para el viejo veterano, la milicia peruana tenía un punto de partida sagrado: el 9 de diciembre de 1824, cuando los campos de Ayacucho sellaron la independencia del continente bajo el rigor y la exclusividad del brazo masculino. En su mente y en su concepción del deber, esa tradición debió permanecer intacta por la eternidad, en especial dentro de las Unidades de Combate donde la fuerza y el espíritu de sacrificio físico lo eran todo. Sin embargo, tras siglos de exclusión, el siglo XXI trajo consigo la oleada de la modernidad. Primero en los servicios, y luego en las propias unidades de armas, las mujeres comenzaron a ocupar los espacios de la milicia, amparadas por leyes nacionales e internacionales de igualdad de oportunidades. El problema, según el veterano, no radicaba en la ley ni en el intelecto, sino en algo más elemental y rudo: la aptitud para la guerra.

El choque con esa nueva realidad ocurrió en el mes de enero de 2007. Procedente de la Región Militar del Norte, el Veterano de Guerra llegó cambiado de colocación al Cuartel General del Ejército en San Borja, el "Pentagonito". Allí, por primera vez en su dilatada carrera, vio desfilar a oficiales, suboficiales y personal de tropa del sexo femenino. La confusión inicial que sintió en los pasillos de la gran guarnición limeña pronto se transformó en un desafío directo.

En enero de 2008, fue destacado desde el Comando Administrativo al Centro de Estudios Históricos Militares del Perú, ubicado en la antigua e histórica Avenida 9 de Diciembre, el Paseo Colón del Cercado de Lima. Aquella noble institución tenía la sagrada misión de cultivar y divulgar la historia militar de la patria. El personal a su cargo estaba compuesto por doce soldados varones encargados de la seguridad y el servicio, y ocho sargentos femeninas reenganchadas. Estas últimas, con cuatro o seis años de permanencia en la comodidad administrativa de la capital, se sentían intocables y ajenas al rigor de la vida de campaña.

Fiel a su estirpe, a sus cuarenta y ocho años de edad, el Veterano de Guerra asumió el mando con una directiva clara: reactivar la gimnasia básica sin armas y la carrera reglamentaria de ocho kilómetros. Con el alba, exactamente a las cinco de la mañana, mandaba pedir el parte de asistencia en las inmediaciones del Parque Neptuno. Él mismo se ponía al frente, ojo al guía, iniciando las repeticiones del uno al diez de la gimnasia básica, usando los perímetros del Parque de la Exposición para la carrera. La respuesta de la tropa femenina no tardó en manifestarse en forma de insubordinación. Se rehusaron tajantemente.

—Técnico, aquí no estamos en un cuartel para este tipo de ejercicios —dijeron a una sola voz, desafiando la jerarquía.

Tras coordinar con el General presidente de la institución, el entrenamiento matutino se impuso. Sin embargo, la resistencia física de la tropa femenina no soportó la exigencia de lunes a viernes: aparecieron las ampollas en los pies, los diagnósticos de tendinitis y, finalmente, las faltas injustificadas a la lista de diana. Amparadas en su condición y eludiendo de forma flagrante el conducto regular, las sargentos llamaban por teléfono o acudían directamente al despacho del General a presentar sus quejas. El Veterano de Guerra respondió aplicando el reglamento: arrestos simples y un aumento en la intensidad de la carrera, siempre predicando con el ejemplo de sus propios pasos.

La crisis estalló un lunes por la mañana. La sargento Luisa Peña se negó a correr y abandonó la formación sin solicitar el debido permiso. Al ser recriminada por su superior, el lenguaje cuartelero se desbordó: la sargento le mentó la madre al veterano y se retiró a su alojamiento. "Carajo, a estas situaciones hemos llegado con las mujeres en las filas", pensó el técnico con indignación. Inmediatamente redactó un parte de rigor dirigido a la presidencia del Centro por "falta de respeto e insulto al superior", solicitando arresto de rigor bajo el amparo de la Ley Nº 29131 del Régimen Disciplinario. Cuando el General mandó llamar a la infractora, la sargento ingresó a la oficina sumida en un llanto incontrolable, obligando a la secretaria civil, la señora Eliza, y a otras empleadas de la oficina a intervenir para consolarla. Cansado de la resistencia pasiva y de las lágrimas que reemplazaban a la disciplina, el veterano elevó un informe técnico detallado y canceló el destaque de toda la tropa femenina, devolviéndolas a sus unidades de origen en San Borja.

Años más tarde, en el 2013, su destino lo llevó a las filas de la legendaria 1ra Brigada de Fuerzas Especiales, en Las Palmas, Chorrillos. Allí, en el corazón de la élite operativa del Ejército, el panorama no fue distinto. Le tocó presenciar de cerca el día a día de suboficiales que eran madres lactantes o que tenían hijos menores. Los argumentos para faltar a los servicios o abandonar las guardias se volvieron una constante cotidiana: retrasos por llevar a los hijos a la Escuela de Educación Inicial, solicitudes de permisos tempranos para la lactancia, o llamadas de emergencia argumentando citas médicas en la posta de salud.

El viejo Veterano de Guerra miraba los cuadros de servicio vacíos y se preguntaba con amargura quién reemplazaba a ese personal durante la gestación, el posparto y la lactancia en un batallón de combate. La incorporación femenina, lejos de sumar operatividad, se había transformado en un constante dolor de cabeza logístico para los comandantes de unidad. Sin embargo, los jefes de batallón callaban por miedo a la prensa y ataque mediático y de los políticos. En el Perú de hoy, donde el temor a las denuncias, las calumnias y la presión de los estamentos del Estado en favor de la igualdad silenciaban las verdades del terreno, pocos se atrevían a decir lo que el viejo Veterano de Guerra escribía con el puño de la experiencia: que la milicia real exige un cuerpo y una mente que no entienden de licencias ni de escritorios.

Apagó la luz de su oficina, ajustó la boina de Fuerzas Especiales sobre su frente y miró el patio de honor vacío, sabiendo que su testimonio era el lamento de un ejército de hombres de hierro que veía extinguirse su propia era.

El recorrido del veterano continuó en el año 2014, cuando sus deberes lo llevaron a la rigurosa geografía de la 4ta Brigada de Montaña de Puno, integrando las filas del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Fue allí, bajo el frío penetrante de la meseta del Collao, donde presenció una escena que cristalizó sus convicciones. Durante una Lista de Diana, el comandante de batallón increpó con dureza y palabras soeces al subteniente Alarcón por una falla en el servicio. Quebrada por la rudeza del trato cuartelero, la joven oficial se retiró a la retaguardia de la formación y rompió en un llanto inconsolable. Entre sollozos que resonaron largo rato sin que nadie en la tropa les prestara atención, repetía una amarga confesión: "El culpable es mi papá, por haberme obligado a ingresar al ejército". Para el curtido Veterano de Guerra, la escena demostraba que el llanto y la milicia de primera línea eran agua y aceite.

La geografía puneña no perdonaba debilidades. Los polvorines de la brigada se ubicaban en Santa Rosa, una zona desolada a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar, donde el invierno altiplánico congelaba los huesos y la señal de telefonía móvil simplemente no existía; toda comunicación con el mundo exterior dependía estrictamente de los equipos de radio de Alta Frecuencia (HF). El rol para custodiar aquella posición extrema obligaba a un oficial (teniente), un técnico o suboficial y treinta hombres de tropa a permanecer incomunicados y expuestos a los rigores del clima durante treinta días continuos. Sin embargo, cuando el rol tocaba a las tenientes o suboficiales femeninas, como ocurrió repetidas veces con la teniente de comunicaciones Maritza Calizaya, la orden se diluía. Acudían de inmediato a solicitar audiencia con el General de la brigada y conseguían ser dispensadas. La consecuencia administrativa era previsible: el rol corría y el sacrificio de pasar meses enteros en la puna incomunicada recaía siempre, de manera desproporcionada, sobre los hombros de los tenientes y suboficiales varones.

Para el estratega forjado en el Cenepa y en las Zonas de Emergencia, esta dinámica evidenciaba un problema estructural de recursos y liderazgo. Formar a una oficial en las escuelas militares con el dinero del Estado para que, antes de cumplir los treinta años, abandone el ritmo de un batallón de combate por la maternidad, representaba un gasto inútil para la defensa nacional. El embarazo, la lactancia y el cuidado de hijos menores de cinco años resultaban intrínsecamente incompatibles con las líneas de frontera, las bases contrasubversivas y los despliegues operativos que podían durar meses o años. Si una capitán al mando de una compañía de fusileros, o un comandante de batallón, debía abandonar su puesto de forma habitual amparada en las leyes de protección familiar, la cadena de mando se fragmentaba. En el terreno, frente al enemigo, buscar reemplazos constantes no solo desorganizaba la logística, sino que destruía la cohesión del liderazgo frente a la tropa.

El veterano guardaba en su memoria las lecciones más sombrías de la guerra interna de los años noventa. En la sierra y la selva, durante el combate directo contra las huestes del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, había visto el destino de las subversivas capturadas. Sabía, con la crudeza que da el campo de batalla, que en un conflicto real el personal femenino capturado se convertía de inmediato en un codiciado e indefenso botín de guerra. Lejos de las convenciones internacionales, el enemigo las transformaría en esclavas sexuales, sufriendo vejaciones sistemáticas que en el argot más oscuro del frente las reducirían a una trágica "Clase VII" o “Charly” para el consumo sexual de todo un batallón adversario.

Mientras los políticos de escritorio y los movimientos feministas de la capital celebraban la igualdad de oportunidades en las Fuerzas Armadas como un simple obstáculo cultural superable con discursos modernos, los comandantes en el terreno lidiaban a diario con problemas operativos, físicos y de mentalidad insalvables. La naturaleza misma de la guerra no entendía de cuotas de género.

Al final del día, el viejo Veterano de Guerra contempló el horizonte de los cuarteles modernos. Recordó las sagradas escrituras y la sabiduría de los antiguos códigos de la vida: Dios creó a la mujer con una naturaleza noble, diseñada para ser el complemento idóneo del hombre en las facetas de la vida, la creación y el hogar, pero no para cargar el fusil en el fango de la trinchera ni para liderar el choque brutal donde solo sobrevive la fuerza implacable. Con la convicción del deber cumplido y las medallas en el pecho, cerró su cuaderno de apuntes, sabiendo que la historia y el tiempo terminarían dando la razón a los soldados que, como él, defendieron la patria con el cuerpo entero y sin concesiones a la comodidad de la modernidad.