El Peso del Uniforme y el Llanto
en el Ejército hoy.- El viejo Veterano de Guerra no hablaba desde
la cómoda distancia del civil que opina frente a una pantalla. Sus palabras
cargaban el peso del barro de la selva, el frío de las punas y el olor a
pólvora de los combates reales. Él era un soldado forjado en el Ejército de
ayer, aquel que hoy parecía haber pasado definitivamente a la historia. Su
viaje en la vida castrense comenzó en los años de 1977 y 1978, cuando prestó el
Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Ingeniería de Combate
"Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas,
región Ancash.
En aquellos tiempos, la
disciplina no admitía concesiones ni escritorios con aire acondicionado. El
viejo militar recordaba con nitidez al comandante de su batallón colocado con
firmeza a la cabeza de sus cinco compañías apenas terminaba la gimnasia básica.
Todos juntos iniciaban una carrera exigente y a largo tranco hasta el puente
Pueblo Libre en Caraz: dieciséis kilómetros de ida y vuelta bajo el cielo
ancashino. En la pista de combate de catorce obstáculos, en el pasaje de
cuerdas y en la brutal prueba de valor con la sangre de perro, los jefes de
compañía siempre daban el ejemplo. El principio rector era sagrado, absoluto e
inquebrantable: "ojo al guía". El oficial tenía que ser el espejo de
su subordinado; debía ser el más veloz, el de mayor resistencia física, el
mejor tirador, el instructor más implacable y quien dominara el trabajo de
oficina mejor que el propio furriel. Solo así se ganaba la moral y la autoridad
legítima para pararse frente a la tropa.
Posteriormente, reafirmó su
vocación al ingresar a la Escuela Técnica del Ejército. Fueron tres años
consecutivos de rigurosa formación, desde el 3 de enero de 1981 hasta el 14 de
diciembre de 1983, graduándose con orgullo como suboficial en la especialidad
de Mecánico de Equipo de Ingeniería (MCE), como miembro de la 12ª Promoción
"Soldado Alfredo Vargas Guerra". A partir de ahí, su vida transcurrió
en la primera línea de las Unidades de Combate de Infantería, Ingeniería y
Fuerzas Especiales a lo largo de todas las Regiones Militares del país.
Le tocó vivir los años más
oscuros y sangrientos de la historia republicana reciente. Entre 1980 y el año
2000, combatió en la Guerra Interna dentro de las Zonas de Emergencia de la
sierra y la selva, enfrentando directamente a los elementos terroristas del
Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Ejerció funciones de altísima
responsabilidad como Jefe de Base y Comandante de Patrulla, arriesgando la vida
a diario en emboscadas y patrullajes perpetuos. Por ese sacrificio, el Estado
peruano lo condecoró legítimamente bajo la Ley N° 29031 con la "Medalla
Defensor de la Democracia" y Veterano de la Pacificación Nacional.
Pero su servicio a la patria
no se limitó al frente interno. En 1995, marchó al Frente Externo para repeler
a las tropas invasoras del Ecuador en la Campaña Militar del Alto Cenepa. Allí,
en la densidad de la selva en disputa, combatió cuerpo a cuerpo por la
soberanía nacional, lo que le valió ser reconocido por la Ley N° 26511 como
Defensor Calificado de la Patria. Finalmente, la Ley N° 30826 del 19 de julio
de 2018 consolidó su estatus ante la historia al reconocerlo oficialmente con
el título más noble que puede ostentar un viejo soldado: Veterano de Guerra.
Por eso, al contemplar lo que
hoy llaman con ligereza el "Ejército Moderno", el veterano sentía un
profundo desencanto. Para él, esa modernidad no era más que una fachada
burocrática donde el Servicio Militar Voluntario había fracasado estrepitosamente.
Han pasado más de dos décadas desde la promulgación de la Ley 26628 en junio de
1996, aquella norma impulsada y defendida fervientemente en el Congreso por
figuras como la exministra Luisa María Cuculiza, quien insistía firmemente en
que no existían diferencias de capacidades entre hombres y mujeres para ninguna
profesión.
Sin embargo, la realidad de
los cuarteles era otra. Al introducir al personal femenino en los batallones de
primera línea y en las unidades de servicios y combate, el sistema tradicional
de la vida castrense se había resquebrajado de forma irreversible, acumulando
historias sumamente desventajosas para la operatividad militar.
El veterano miraba las
ceremonias de hoy y se hacía las preguntas que los altos mandos preferían
callar por miedo a las decisiones políticas de igualdad: ¿Podría una oficial
actual, en su función de Jefa de Compañía, soportar al frente de sus soldados
el desgaste físico extremo de campaña? ¿Podría correr diariamente esos
dieciséis kilómetros exigentes, pasar la pista de catorce obstáculos con armas,
las cuerdas, las vigas y liderar las pruebas de valor con el ejemplo físico y
real? Peor aún, ¿tendrían los comandantes de batallón de estos tiempos la
capacidad de ponerse a la cabeza de sus hombres en tales rigores?
Para el curtido defensor de la
patria, el misticismo del "ojo al guía" se había disuelto en la
burocracia de los escritorios. El uniforme, que antes se ganaba con sudor,
sangre y una aptitud física indiscutible en el campo de batalla, parecía ahora
un traje de gala para complacer agendas políticas, mientras los verdaderos
soldados del ayer observaban en silencio el declive de la milicia activa.
Para el viejo veterano, la
milicia peruana tenía un punto de partida sagrado: el 9 de diciembre de 1824,
cuando los campos de Ayacucho sellaron la independencia del continente bajo el
rigor y la exclusividad del brazo masculino. En su mente y en su concepción del
deber, esa tradición debió permanecer intacta por la eternidad, en especial
dentro de las Unidades de Combate donde la fuerza y el espíritu de sacrificio
físico lo eran todo. Sin embargo, tras siglos de exclusión, el siglo XXI trajo
consigo la oleada de la modernidad. Primero en los servicios, y luego en las
propias unidades de armas, las mujeres comenzaron a ocupar los espacios de la
milicia, amparadas por leyes nacionales e internacionales de igualdad de
oportunidades. El problema, según el veterano, no radicaba en la ley ni en el
intelecto, sino en algo más elemental y rudo: la aptitud para la guerra.
El choque con esa nueva
realidad ocurrió en el mes de enero de 2007. Procedente de la Región Militar
del Norte, el Veterano de Guerra llegó cambiado de colocación al Cuartel
General del Ejército en San Borja, el "Pentagonito". Allí, por
primera vez en su dilatada carrera, vio desfilar a oficiales, suboficiales y
personal de tropa del sexo femenino. La confusión inicial que sintió en los
pasillos de la gran guarnición limeña pronto se transformó en un desafío
directo.
En enero de 2008, fue
destacado desde el Comando Administrativo al Centro de Estudios Históricos
Militares del Perú, ubicado en la antigua e histórica Avenida 9 de Diciembre,
el Paseo Colón del Cercado de Lima. Aquella noble institución tenía la sagrada misión
de cultivar y divulgar la historia militar de la patria. El personal a su cargo
estaba compuesto por doce soldados varones encargados de la seguridad y el
servicio, y ocho sargentos femeninas reenganchadas. Estas últimas, con cuatro o
seis años de permanencia en la comodidad administrativa de la capital, se
sentían intocables y ajenas al rigor de la vida de campaña.
Fiel a su estirpe, a sus
cuarenta y ocho años de edad, el Veterano de Guerra asumió el mando con una
directiva clara: reactivar la gimnasia básica sin armas y la carrera
reglamentaria de ocho kilómetros. Con el alba, exactamente a las cinco de la
mañana, mandaba pedir el parte de asistencia en las inmediaciones del Parque
Neptuno. Él mismo se ponía al frente, ojo al guía, iniciando las repeticiones
del uno al diez de la gimnasia básica, usando los perímetros del Parque de la
Exposición para la carrera. La respuesta de la tropa femenina no tardó en
manifestarse en forma de insubordinación. Se rehusaron tajantemente.
—Técnico, aquí no estamos en
un cuartel para este tipo de ejercicios —dijeron a una sola voz, desafiando la
jerarquía.
Tras coordinar con el General
presidente de la institución, el entrenamiento matutino se impuso. Sin embargo,
la resistencia física de la tropa femenina no soportó la exigencia de lunes a
viernes: aparecieron las ampollas en los pies, los diagnósticos de tendinitis
y, finalmente, las faltas injustificadas a la lista de diana. Amparadas en su
condición y eludiendo de forma flagrante el conducto regular, las sargentos
llamaban por teléfono o acudían directamente al despacho del General a
presentar sus quejas. El Veterano de Guerra respondió aplicando el reglamento:
arrestos simples y un aumento en la intensidad de la carrera, siempre
predicando con el ejemplo de sus propios pasos.
La crisis estalló un lunes por
la mañana. La sargento Luisa Peña se negó a correr y abandonó la formación sin
solicitar el debido permiso. Al ser recriminada por su superior, el lenguaje
cuartelero se desbordó: la sargento le mentó la madre al veterano y se retiró a
su alojamiento. "Carajo, a estas situaciones hemos llegado con las
mujeres en las filas", pensó el técnico con indignación.
Inmediatamente redactó un parte de rigor dirigido a la presidencia del Centro
por "falta de respeto e insulto al superior", solicitando arresto de
rigor bajo el amparo de la Ley Nº 29131 del Régimen Disciplinario. Cuando el
General mandó llamar a la infractora, la sargento ingresó a la oficina sumida
en un llanto incontrolable, obligando a la secretaria civil, la señora Eliza, y
a otras empleadas de la oficina a intervenir para consolarla. Cansado de la
resistencia pasiva y de las lágrimas que reemplazaban a la disciplina, el
veterano elevó un informe técnico detallado y canceló el destaque de toda la
tropa femenina, devolviéndolas a sus unidades de origen en San Borja.
Años más tarde, en el 2013, su
destino lo llevó a las filas de la legendaria 1ra Brigada de Fuerzas
Especiales, en Las Palmas, Chorrillos. Allí, en el corazón de la élite
operativa del Ejército, el panorama no fue distinto. Le tocó presenciar de
cerca el día a día de suboficiales que eran madres lactantes o que tenían hijos
menores. Los argumentos para faltar a los servicios o abandonar las guardias se
volvieron una constante cotidiana: retrasos por llevar a los hijos a la Escuela
de Educación Inicial, solicitudes de permisos tempranos para la lactancia, o
llamadas de emergencia argumentando citas médicas en la posta de salud.
El viejo Veterano de Guerra miraba
los cuadros de servicio vacíos y se preguntaba con amargura quién reemplazaba a
ese personal durante la gestación, el posparto y la lactancia en un batallón de
combate. La incorporación femenina, lejos de sumar operatividad, se había
transformado en un constante dolor de cabeza logístico para los comandantes de
unidad. Sin embargo, los jefes de batallón callaban por miedo a la prensa y
ataque mediático y de los políticos. En el Perú de hoy, donde el temor a las
denuncias, las calumnias y la presión de los estamentos del Estado en favor de
la igualdad silenciaban las verdades del terreno, pocos se atrevían a decir lo
que el viejo Veterano de Guerra escribía con el puño de la experiencia: que la
milicia real exige un cuerpo y una mente que no entienden de licencias ni de
escritorios.
Apagó la luz de su oficina,
ajustó la boina de Fuerzas Especiales sobre su frente y miró el patio de honor
vacío, sabiendo que su testimonio era el lamento de un ejército de hombres de
hierro que veía extinguirse su propia era.
El recorrido del veterano
continuó en el año 2014, cuando sus deberes lo llevaron a la rigurosa geografía
de la 4ta Brigada de Montaña de Puno, integrando las filas del Batallón de
Infantería Motorizado N° 55. Fue allí, bajo el frío penetrante de la meseta del
Collao, donde presenció una escena que cristalizó sus convicciones. Durante una
Lista de Diana, el comandante de batallón increpó con dureza y palabras soeces al
subteniente Alarcón por una falla en el servicio. Quebrada por la rudeza del
trato cuartelero, la joven oficial se retiró a la retaguardia de la formación y
rompió en un llanto inconsolable. Entre sollozos que resonaron largo rato sin
que nadie en la tropa les prestara atención, repetía una amarga confesión: "El
culpable es mi papá, por haberme obligado a ingresar al ejército".
Para el curtido Veterano de Guerra, la escena demostraba que el llanto y la
milicia de primera línea eran agua y aceite.
La geografía puneña no
perdonaba debilidades. Los polvorines de la brigada se ubicaban en Santa Rosa,
una zona desolada a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar, donde el
invierno altiplánico congelaba los huesos y la señal de telefonía móvil simplemente
no existía; toda comunicación con el mundo exterior dependía estrictamente de
los equipos de radio de Alta Frecuencia (HF). El rol para custodiar aquella
posición extrema obligaba a un oficial (teniente), un técnico o suboficial y
treinta hombres de tropa a permanecer incomunicados y expuestos a los rigores
del clima durante treinta días continuos. Sin embargo, cuando el rol tocaba a
las tenientes o suboficiales femeninas, como ocurrió repetidas veces con la
teniente de comunicaciones Maritza Calizaya, la orden se diluía. Acudían de
inmediato a solicitar audiencia con el General de la brigada y conseguían ser
dispensadas. La consecuencia administrativa era previsible: el rol corría y el
sacrificio de pasar meses enteros en la puna incomunicada recaía siempre, de
manera desproporcionada, sobre los hombros de los tenientes y suboficiales
varones.
Para el estratega forjado en
el Cenepa y en las Zonas de Emergencia, esta dinámica evidenciaba un problema
estructural de recursos y liderazgo. Formar a una oficial en las escuelas
militares con el dinero del Estado para que, antes de cumplir los treinta años,
abandone el ritmo de un batallón de combate por la maternidad, representaba un
gasto inútil para la defensa nacional. El embarazo, la lactancia y el cuidado
de hijos menores de cinco años resultaban intrínsecamente incompatibles con las
líneas de frontera, las bases contrasubversivas y los despliegues operativos
que podían durar meses o años. Si una capitán al mando de una compañía de
fusileros, o un comandante de batallón, debía abandonar su puesto de forma
habitual amparada en las leyes de protección familiar, la cadena de mando se
fragmentaba. En el terreno, frente al enemigo, buscar reemplazos constantes no
solo desorganizaba la logística, sino que destruía la cohesión del liderazgo
frente a la tropa.
El veterano guardaba en su
memoria las lecciones más sombrías de la guerra interna de los años noventa. En
la sierra y la selva, durante el combate directo contra las huestes del Partido
Comunista del Perú - Sendero Luminoso, había visto el destino de las
subversivas capturadas. Sabía, con la crudeza que da el campo de batalla, que
en un conflicto real el personal femenino capturado se convertía de inmediato
en un codiciado e indefenso botín de guerra. Lejos de las convenciones
internacionales, el enemigo las transformaría en esclavas sexuales, sufriendo
vejaciones sistemáticas que en el argot más oscuro del frente las reducirían a
una trágica "Clase VII" o “Charly” para el consumo sexual de todo un
batallón adversario.
Mientras los políticos de
escritorio y los movimientos feministas de la capital celebraban la igualdad de
oportunidades en las Fuerzas Armadas como un simple obstáculo cultural
superable con discursos modernos, los comandantes en el terreno lidiaban a diario
con problemas operativos, físicos y de mentalidad insalvables. La naturaleza
misma de la guerra no entendía de cuotas de género.
Al final del día, el viejo Veterano de Guerra contempló el horizonte de los cuarteles modernos. Recordó las sagradas escrituras y la sabiduría de los antiguos códigos de la vida: Dios creó a la mujer con una naturaleza noble, diseñada para ser el complemento idóneo del hombre en las facetas de la vida, la creación y el hogar, pero no para cargar el fusil en el fango de la trinchera ni para liderar el choque brutal donde solo sobrevive la fuerza implacable. Con la convicción del deber cumplido y las medallas en el pecho, cerró su cuaderno de apuntes, sabiendo que la historia y el tiempo terminarían dando la razón a los soldados que, como él, defendieron la patria con el cuerpo entero y sin concesiones a la comodidad de la modernidad.