El año 1988 había dejado una
profunda herida en el glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N°
31. Bajo el desastroso mando del teniente coronel de infantería Manuel Llanos
Reyes, la guarnición acantonada en el ventoso distrito de Lobitos, en Talara,
había visto decaer su moral. Por eso, al alba del año fiscal 1989, un aire de
ansiosa expectativa recorría los pasillos del cuartel; desde los oficiales de
alta graduación, técnicos y suboficiales, hasta los jóvenes soldados de la
Tropa del Servicio Militar Obligatorio, todos anhelaban un cambio. Soñaban con
un verdadero líder, un soldado de intachables antecedentes morales que
devolviera la dignidad al batallón.
Pronto, los pasadizos se
llenaron de un rumor esperanzador: se decía que el nuevo comandante sería el teniente
coronel de infantería conocido en el ámbito castrense como "El
Chorrillano" de 36 botones.
El esperado oficial arribó a
la guarnición de Lobitos el 4 de enero, procedente de las gélidas tierras de
Puno. Sin embargo, para sorpresa de la guardia, el nuevo jefe no se presentó
inmediatamente en el cuartel. El destino le tenía preparada una tregua antes de
asumir el rigor del mando. Llegando al distrito de Lobitos, "El
Chorrillano" se topó de golpe con su pasado: un grupo de amigos de la
infancia y antiguos compañeros de colegio, que en su mayoría se ganaban la vida
como pescadores en el puerto, junto a algunos empleados civiles de la 8va
División de Infantería.
Eran los camaradas de sus años
escolares en Talara, la época dorada en la que su propio padre había ejercido
la función de comandante de ese mismo batallón en el lejano año 1968. El
reencuentro, tras veintiocho largos años de separación, encendió una chispa de
nostalgia imposible de apagar.
Durante tres días
consecutivos, el tiempo pareció detenerse en el barrio de los pescadores.
Abrazado a sus viejos amigos, "El Chorrillano" se entregó por
completo a celebrar el retorno a la tierra de su niñez. No era raro verlo
caminar por la pista, justo al frente de la guardia del cuartel, desafiando las
miradas curiosas de los centinelas, caminando hombro a hombro con un empleado
civil a quien todos llamaban cariñosamente el “Cabezón”, y tres pescadores
artesanales, entre ellos un lugareño de apellido José Periche.
En aquellas jornadas, la
bienvenida se selló a lo grande: entre banquetes de ceviche de mero fresco,
generosos cántaros de chicha de jora y copiosa cerveza fría, el nuevo comandante
volvió a ser, por unas horas, el niño y adolescente del distrito de Lobitos,
Talara.
Pero la fiesta del reencuentro llegó a su fin cuando el deber llamó a la puerta. En la mañana del 7 de enero, exactamente a las 08:00 horas, la silueta de "El Chorrillano" recortó el ingreso principal del cuartel. Cruzó la guardia con paso firme, impecable y revestido de la autoridad del cargo. El civil y el pescador quedaban atrás, en la playa; el comandante del glorioso BIM “Iquique” N° 31 acababa de asumir su puesto, listo para escribir un nuevo capítulo en la historia de Lobitos.
Aquel 7 de enero, a las 17:00 horas, el polvo de la cancha de tierra de la Compañía Comando y Servicios apenas comenzaba a asentarse. Tras un reñido partido de minifútbol que unió en la cancha a oficiales, suboficiales y a la tropa del Servicio Militar Obligatorio, me dirigí a la cocina de tropa con un solo objetivo en mente: conseguir agua caliente para quitarme la fatiga del día.Al cruzar el umbral, me topó
con una sorpresa. Allí, vestido de civil y revisando minuciosamente cada rincón
—desde la proveeduría hasta los lavaderos—, se encontraba el nuevo jefe. El
cabo SMO José Chapilliquén, encargado del rancho, se me acercó y me susurró con
evidente nerviosismo: “Mi suboficial, él es el nuevo comandante del
Batallón”.
Sin dudarlo, me cuadré en el
acto. Me presenté con firmeza, pronunciando mi grado, especialidad y apellidos.
El Comandante me clavó una mirada fija, analítica, y extendiéndome la mano me
dijo:
—Suboficial Pineda, ya tengo referencias de tu persona. Algunos oficiales me
han hablado de tu comportamiento y, sobre todo, me han dicho que no te gustan
las huevadas.
La tensión inicial dio paso a
una pronta confianza. Con tono cercano, continuó:
—A mí me gusta trabajar con los suboficiales. Allá en Puno mis hombres de
confianza siempre fueron suboficiales. Por eso, a usted lo nombro tesorero del
Batallón y también Oficial de Cantina.
El ofrecimiento me cayó como
un balde de agua fría. Aquellas plazas eran feudos reservados exclusivamente
para los tenientes. Sabía perfectamente que en esos puestos se manejaba mucho
dinero, y el fantasma de los celos profesionales de los oficiales superiores
comenzó a rondar mi cabeza; un solo error inducido y petardearían mi función
para hacerme quedar mal. Apelando a la prudencia, rechacé la propuesta en el
acto. Argumenté mi falta de experiencia y, sobre todo, mi agobiante carga
laboral: ante la falta de un oficial de comunicaciones, yo ya cargaba con el
peso de ser Oficial de Comunicaciones, jefe del almacén y comandante de la
sección. Mi día a día ya estaba copado entre impartir instrucción a la tropa y
realizar el mantenimiento preventivo de las radios de Alta Frecuencia (HF) y
Muy Alta Frecuencia (VHF), las centrales y los teléfonos de campaña.
Sin embargo, "El
Chorrillano" no era hombre que aceptara un "no" por respuesta.
Al día siguiente, 8 de enero, a las 09:00 horas y justo después de la Lista de
Diana, su plantón, un sargento a quien lo conocían con el alias de sargento “Huerequeque”
me buscó con urgencia. Al ingresar a la comandancia, el jefe insistió con mayor
ahínco. Viendo su determinación, cedí a medias: solo acepté el cargo de Oficial
de Cantina.
Corría el año 1989 y el Perú
se desangraba económicamente en una de las páginas más oscuras de su historia,
bajo el primer gobierno de Alan García. La inflación devoraba los salarios hora
tras hora, el dólar marchaba sin frenos y el Inti se devaluaba antes de que
terminara el día. Al asumir la cantina, el panorama era desolador: no había un
solo inti de capital ni proveedores que confiaran en nosotros.
Le propuse una estrategia al comandante:
redactar un oficio urgente dirigido al General de Brigada, comandante General
de la 8va División de Infantería, solicitando un aval oficial para obtener
créditos en los mayoristas de la ciudad de Talara. Con la firma autorizada en
mano, encendimos el vehículo administrativo y partimos a la ciudad. El
documento obró milagros. Los mayoristas talareños nos abrieron las puertas de
par en par: nos entregaron a crédito 100 cajas de cerveza, 450 cajas de
gaseosa, tarros de leche, abarrotes, las cotizadas zapatillas ecuatorianas
"Venus", bizcochos, dulces, plátanos y panes. En Lobitos, el negocio
se complementó con la sazón local; los proveedores del distrito nos abastecían
diariamente con fuentes de ceviche de mero fresco, arroz con pollo, caldo de
gallina y empanadas.
La consigna fue clara: vender
a precios notablemente cómodos. Pronto, la cantina de tropa se convirtió en el
corazón de la guarnición. Los propios oficiales y suboficiales casados
preferían hacer sus compras allí antes que en el pueblo. Con un batallón de 600
hombres hambrientos y sedientos, sumado a la clientela de los cuarteles vecinos
que devoraban los bajos precios, el negocio salió "redondo".
Para el 31 de enero, los
estantes estaban completamente vacíos. Pagamos puntualmente a cada proveedor y,
al cerrar el balance, la cifra final nos dejó atónitos: la ganancia neta
equivalía a seis mil dólares americanos ($6,000).
Cuando ingresé nuevamente a la oficina del comandante para rendirle cuentas con total honradez, le entregué el balance. Al ver aquella fortuna reunida en medio de la peor crisis del país, "El Chorrillano" se quedó estupefacto. El asombro lo enmudeció por unos segundos y, de inmediato, un brillo de codicia y admiración le encendió los ojos.
El 20 de febrero de aquel año, el engranaje burocrático de la 8va División de Infantería se puso en marcha. La jefatura del G-1 emitió una orden categórica: el glorioso Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 sería el Centro de Reclutamiento oficial para la primera y segunda etapa de 1989. En el acto, los oficiales y suboficiales abordaron los pesados vehículos de apoyo de combate y se desplegaron por toda la provincia. Peinaron las calles de la ciudad de Talara, el distrito de Negritos y el estratégico cruce hacia El Alto en la Panamericana Norte con una misión implacable: la leva forzada de jóvenes que no habían prestado el servicio militar obligatorio.Sin embargo, esta no sería una
captura ordinaria. Antes de que las patrullas partieran, el comandante "Chorrillano"
dictó una consigna inquebrantable y astuta: debían traer al cuartel, sí o sí, a
los hijos del alcalde de Talara, a los del gobernador, a los vástagos de los
grandes comerciantes mayoristas y a los tres hijos adoptivos de la señora Juana,
la célebre matrona y dueña del prostíbulo "La Rosa Roja". Estos
últimos eran jóvenes recios que habían crecido desde niños entre las luces
rojas, los parroquianos y las trabajadoras del burdel; analfabetos curtidos en
la calle con fama de consumidores de cocaína, dedicados a la limpieza y
seguridad del local. Uno de ellos, un gigante de un metro ochenta y cinco de
estatura, corpulento y con una marcada cara de malandrín, terminaría
convertido, tras el reclutamiento, en el guardaespaldas personal del comandante
de batallón.
Las patrullas regresaron al
cuartel con la misión cumplida al pie de la letra, arrastrando consigo un botín
humano que pronto se traduciría en una mina de oro para la guarnición. El
pánico se apoderó de las autoridades locales. El alcalde de Talara, desesperado
por dispensar a su hijo del riguroso Servicio Militar Obligatorio, movilizó
influencias y, presumiblemente con recursos de la comuna, mandó construir de
inmediato una cancha de fulbito con piso de cemento justo delante del almacén
de Comunicaciones, equipándola además con arcos y tableros de básquetbol. El
gobernador no se quedó atrás y dejó una jugosa colaboración económica para
asegurar la baja de su heredero. Los comerciantes mayoristas, siguiendo el
ejemplo, lograron la ansiada dispensa para sus hijos a cambio de importantes
donaciones materiales que transformaron las instalaciones del cuartel. Incluso
el mayorista de licores, en señal de agradecimiento, modificó los términos de
nuestro negocio a partir de marzo: por cada cien cajas de cerveza que le
comprábamos para la cantina, nos regalaba diez; y por cada cuatrocientas cajas
de gaseosas como Pepsi o Coca-Cola, añadía cuarenta y cinco cajas de
bonificación.
Para cuando finalizó la leva,
Lobitos era un hervidero de jóvenes de todas las clases sociales venidos de
todo el norte del país. El cuartel se vio inundado por un desfile diario de
civiles que llegaban buscando la forma de rescatar a sus hijos, un favor que,
como era de esperarse en aquella gestión, tenía un precio. La señora Juana de
"La Rosa Roja" logró liberar a uno de sus muchachos, afectado por una
visible cojera debido a una malformación en la cadera derecha, pero dejó a los
otros dos listos y aptos para el servicio.
Fue así como nacieron los
indomables domingos de Lobitos. A partir de las diez de la mañana, las visitas
colmaban las instalaciones. La llegada de la señora Juana era un espectáculo
aparte: arribaba escoltada por seis u ocho de sus trabajadoras más jóvenes y
atractivas, quienes de inmediato eran conducidas con honores al comedor de
oficiales, ocupando un lugar preferencial. Mientras tanto, en la cantina de
tropa, el comandante rompía el hielo ordenando abrir la primera caja de cerveza
para invitar a los civiles. Aquello era solo el preludio de un desenfreno
dominical que transformaba el recinto militar en un auténtico bar de puerto.
Los familiares, contagiados
por el ambiente, compraban cajas enteras. Entre el alcohol y la euforia, la
cantina se convertía en una pista de baile donde retumbaba a todo volumen
"Juana la cubana", el éxito dominicano de Las Chicas del Can que por
aquellos días encendía el norte peruano. Casi en simultáneo, la música
estallaba también en el comedor de oficiales. Las monumentales mujeres de
"La Rosa Roja", impecablemente maquilladas y de figuras esculturales,
encandilaban a los civiles varones de los alrededores, quienes, desconociendo
su verdadero oficio, intentaban cortejarlas en vano. Las quince cajas de
cerveza que yo mismo había trasladado al comedor temprano en la mañana volaron
antes de las dos de la tarde. Sin perder el ritmo, el comandante ordenó traer
diez cajas más. En medio de aquel ajetreo, yo controlaba con mano de hierro el
negocio en ambos frentes, apoyado por mi adjunto, el sargento José Diez —un
cholo chiclayano al que apodábamos "Huerequeque"— y dos soldados como
ayudantes. El comandante, viéndome sudar la gota gorda cuidando los intereses
de la cantina, se me acercaba para reafirmar su pacto: “Soy 'El
Chorrillano', Pineda. Aquí ordeno yo y contigo nadie se va a chocar”. Y
cumplió su palabra; durante todo ese año, nadie se atrevió a meterse conmigo.
La cúspide de aquel carnaval
militar ocurrió el domingo 26 de febrero. Serían las tres de la tarde cuando me
pasaron la voz de urgencia: el General comandante General de la 8va División de
Infantería estaba en la línea telefónica buscando al jefe de batallón. Me
aproximé de inmediato al comandante para informarle, pero él, con la confianza
que dan los tragos y la impunidad, me miró con desdén y soltó una carcajada:
—Pineda, yo soy el número dos de mi promoción. Ese General ya está en su último
año, ya no tiene techo y a fin de año lo pasan a retiro.
Acto seguido, me extendió una
botella helada:
—¡Salud! Eres mi hombre de confianza, leal y fiel. Los oficiales ya están
advertidos de que contigo nadie se mete. ¡Carajo, aquí mando yo y punto!
No había terminado de
pronunciar aquellas palabras cuando el destino le cobró la soberbia. Sin previo
aviso y en medio del ensordecedor ruido de la música, un Jeep militar se detuvo
en el patio. Nadie lo había visto entrar debido al tumulto, pero mis ojos se
clavaron en la imponente figura que descendía del vehículo: era el mismísimo
General de Brigada Atilio Rojas Herrada. El alto mando arequipeño, dueño de un
rostro adusto y severo que helaba la sangre, se plantó firme cerca de la
entrada.
—¡El General, mi comandante!
—le avisé con urgencia a "El Chorrillano" antes de que el jefe
pudiera dar un paso en falso.
Lejos de asustarse, el
alcoholizado comandante reaccionó con una audacia temeraria. Agarró una botella
de cerveza con una mano, un vaso lleno en la otra, y salió como un torbellino
por la puerta lateral que daba al este. Sin guardar la distancia reglamentaria,
se cuadró a escaso paso y medio del General Rojas Herrada. Con una sonrisa
desencajada y extendiéndole el trago, le gritó a voz en cuello:
—¡Salud, mi General!
El rostro del General
arequipeño se transformó en una máscara de piedra. Movió la cabeza con un gesto
de profundo desagrado y, sin articular una sola palabra, dio una perfecta media
vuelta sobre sus botas, subió a su Jeep y abandonó el cuartel dejando una
estela de polvo.
Cualquiera hubiera pensado que
el desplante del General enfriaría los ánimos, pero la fiesta continuó
imperturbable. Los civiles, con los sentidos completamente nublados por los
litros de alcohol, se tambaleaban de un lado a otro con las botellas en la mano,
buscando al "Chorrillano" para brindar. Aquel era el hábitat natural
del comandante; acostumbrado a las juergas largas, recibía cada vaso y bebía a
la par de sus invitados.
A las ocho de la noche, el cuartel comenzó a vaciarse. Una caravana de hombres ebrios ganaba la salida a tropezones. La señora Juana abordó su automóvil tipo "lancha", pero emprendió el regreso a Talara con una baja en su comitiva: una de sus chicas más cotizadas ya había sido seleccionada para pasar la noche en el alojamiento del personal de oficiales. Mientras tanto, en los pabellones de la retaguardia, cientos de reclutas exhaustos asimilaban el rigor de su encierro. En aquellos tiempos, la reclutada duraba dos meses consecutivos de instrucción militar a tiempo completo; sesenta días de sudor, disciplina y encierro absoluto antes de que aquellos jóvenes civiles tuvieran el derecho de pisar, por primera vez, la calle de Lobitos, Talara y Norte del Perú.
l comandante "El
Chorrillano" era nulo para el deporte. Su torpeza con el balón era
evidente, pero lo compensaba con un entusiasmo desbordante y una astucia digna
de un estratega militar. Para suplir sus carencias, formó un equipo de fulbito
imbatible, reclutando a los mejores elementos entre oficiales, suboficiales y
la tropa.
Los miércoles por la tarde,
dedicados al deporte institucional, y los sábados tras el mediodía, el jefe
desafiaba al Mayor Ejecutivo del batallón. La apuesta era sagrada: una caja de
cerveza por partido. Por lo general se jugaban dos encuentros y, gracias a las
estrellas del batallón, el equipo del comandante ganaba por goleada. Mientras
los goles caían en la cancha de tierra, en la cantina el sargento José Diez ya
enfriaba las veinticuatro botellas ganadas.
Esas celebraciones marcaban el
inicio de prolongadas jornadas de camaradería y resistencia. Según la vieja
usanza militar, nadie podía abandonar la reunión mientras el jefe permaneciera
en ella; retirarse antes era una grave falta de respeto que costaba, como
mínimo, dos días de arresto simple. Los seis subtenientes del batallón
aguantaban firmes al pie del cañón junto a su superior en reuniones que solían
prolongarse hasta la madrugada. Al día siguiente, con la resaca a cuestas, el
subteniente Víctor Sparow Patiño solía acercarse discretamente al mostrador:
—Sargento cantinero, ¿cuántas botellas de cerveza pedí anoche?
—Nueve botellas nomás, mi subteniente —respondía Diez con picardía—. Muy poco
para usted.
Bajo este ritmo festivo, los
fines de semana repetían la misma dinámica, permitiendo que la cantina del
batallón registrara un consumo superior a las cien cajas de cerveza al mes.
"El Chorrillano" no
tenía pelos en la lengua. Su estilo directo y provocador quedó en evidencia una
mañana durante la Lista de Diana, cuando decidió abordar el espinoso tema de
las infidelidades en las villas militares del país. Frente al batallón formado,
lanzó una afirmación que heló la sangre de los presentes:
—En la vida todos los hombres somos cachudos. Yo soy cachudo, ustedes también
son cachudos. Ahora, si alguien cree que no lo es, ¡levante el brazo!
Un silencio sepulcral se
apoderó del patio de formación y de armas. Nadie se atrevió a mover un músculo.
Al ver que ningún brazo se alzaba, el comandante clavó la mirada en la fila de
oficiales:
—¿teniente Chávez, usted no es cachudo? ¿teniente Romero, el hijo que tienes es
de un sargento, sí o no?
Las infidencias dentro de la
guarnición eran un secreto a voces. Las malas lenguas comentaban que la esposa
del teniente Chávez mantenía un romance con el propio comandante General de la
8va División de Infantería, quien, para evitar sospechas y alejar al oficial,
lo enviaba constantemente en comisiones de servicio a la ciudad de Lima. El
caso del teniente Juan Romero era igual de dramático: tras ocho años de
matrimonio sin poder concebir debido a rumores sobre su esterilidad, el oficial
había asignado como asistente para las labores del hogar a un sargento de gran
estatura, tez blanca y un explícito sobrenombre: "Pichulón". La
constante permanencia del subalterno en la vivienda coincidió con el inesperado
embarazo de la esposa del teniente, desatando las especulaciones de toda la
unidad.
Aquel día, tras romper filas,
el teniente Romero, en su condición de jefe de la Compañía de Comando y
Servicios, se paró frente a sus suboficiales y tropa. Incapaz de contener la
humillación, descargó su amargura a viva voz:
—Así es la wevada pues, así es la wevada pues... ¡El comandante dice que el
hijo que tengo es de un sargento! ¡Así es la wevada, carajo!
Avergonzado y fuera de sí, el
oficial escupió tres veces al suelo, pisoteó el esputo con la planta de sus
botas de combate en reiteradas ocasiones y se retiró del lugar sin añadir
palabra. Una semana después, el sargento asistente fue replegado al cuartel. El
ingenio de la tropa no tardó en rebautizarlo: ya nadie lo llamaba por su
antiguo alias, sino que pasó a ser conocido entre burlas como
"Romerito".
El 28 de septiembre de 1989 se
celebró la víspera de mi onomástico. En la lista del mediodía, el comandante
tomó la palabra para dar una orden singular:
—Mañana es el onomástico del Suboficial Miguel Pineda. Por este motivo, esta
noche la reunión de todo el personal de Oficiales y Suboficiales será en
"La Rosa Roja". Ya coordiné con la señora Juanita. Asistencia
obligatoria. El vehículo administrativo partirá de la guardia a las 20:30 horas
y la lista en el punto indicado será a las 21:00 horas, bajo responsabilidad.
Oficial de personal S-1, a esa hora me da el parte.
La orden se cumplió sin
excepciones. A la hora indicada, la plana mayor ingresó al salón principal del
afamado establecimiento de Talara, donde las trabajadoras del local esperaban
listas para el baile. Tras el brindis de honor, el licor disipó las formalidades
del rango y los oficiales comenzaron a girar en la pista como trompos. Pasada
la medianoche, la mayoría se retiró a las habitaciones. Como atención especial
por mi cumpleaños, me presentaron a una atractiva joven de Machala, Ecuador, de
tez clara, con quien permanecí hasta las cuatro de la mañana.
Al volver al salón, "El
Chorrillano" continuaba de pie, asimilando el alcohol con una resistencia
que parecía inmune a los estragos de la noche, mientras algunos subtenientes se
tambaleaban visiblemente por el cansancio. A las 05:00 horas emprendimos el
retorno hacia Lobitos a través del arenal. Cruzamos el puesto de control PCA-1,
donde se encontraba de servicio el subteniente de infantería conocido como
"El Feo Gonzales", y pasamos frente a la Comandancia de la 8va
División bajo el intenso frío del amanecer, ingresando al cuartel a las 05:50
horas.
Para sorpresa y desconcierto
de la plana mayor, "El Chorrillano" apareció impecable en el patio de
formación a las 06:00 horas en punto, exigiendo el parte correspondiente para
iniciar el entrenamiento físico. Entre las filas de oficiales y suboficiales,
el murmullo era generalizado: "Creo que el comandante se ha tirado un
troncho".
La jornada comenzó con la
rutina obligatoria de gimnasia básica sin armas, cumpliendo estrictamente las
diez repeticiones por ejercicio. Acto seguido, el batallón formó por compañías
y cruzó la prevención entonando cantos militares con rumbo a la Quebrada
Pariñas. Corrimos un total de dieciséis kilómetros entre la ida y la vuelta. El
esfuerzo físico en la arena cumplió su cometido: el sudor eliminó los estragos
de la madrugada y los efectos del alcohol desaparecieron por completo antes de
reingresar a la guarnición por el sector del PCA-1.
El 29 de septiembre, tras la
Lista de Diana, la mañana en el cuartel transcurrió con la aparente calma del
deber cumplido. A las 08:00 horas, las secciones iniciaron sus actividades
habituales: los oficiales impartían instrucción a la tropa y los suboficiales
nos concentrábamos en las tareas propias de nuestras especialidades técnicas.
Sin embargo, a las 11:00 de la
mañana, la rutina se quebró. El sargento segundo José Diez, el cholo
"Huerequeque" que oficiaba como mi leal sargento cantinero, se
apareció en el almacén de comunicaciones con un mensaje urgente:
—Mi suboficial, el comandante dice que se le presente.
Acudí al despacho de
inmediato. Al cuadrarme, "El Chorrillano" me miró con complicidad y
soltó sin rodeos:
—Suboficial Pineda, vamos a curar la cabeza en la cevichería del
"Cejón".
Abordamos el camión
administrativo y recorrimos las polvorientas calles del barrio Primavera,
apenas a trescientos metros del cuartel. El local del "Cejón" era un
refugio conocido; su suegro del suboficial Ventura acababa de desembarcar de la
pesca de la madrugada, trayendo consigo los mejores ejemplares del mar de Grau:
robustos meros, ojos de uva y borrachos. Mientras el anfitrión fileteaba el
pescado fresco, pedimos una caja de cerveza bien helada para abrir el apetito.
Con el vaso en la mano, "El Chorrillano" —un oficial de treinta y
cinco botones— se desató hablando hasta por los codos, desnudando su particular
filosofía militar:
—Pineda, los oficiales y los suboficiales somos la misma huevada. No sé por qué
algunos jefes se la dan de superiores y tantas huevadas más.
La conversación fluía tan
rápido como el alcohol; casi sin sentirlo, dimos cuenta de las primeras doce
botellas y el jefe ordenó la segunda caja. En ese instante, el
"Cejón" llegó a la mesa con una monumental fuente de ceviche de mero,
un humeante sudado de ojo de uva y su respectiva zarandaja. El festín estaba en
su mejor momento y el licor ya había transformado nuestros sentidos cuando el
sargento reenganchado Richard Castro Vásquez, chofer del camión, asomó la
cabeza por la puerta con el rostro desencajado:
—Se aproxima el General, mi comandante.
Al "Chorrillano"
pareció importarle poco el aviso. No pasaron ni dos minutos cuando la imponente
silueta del General de Brigada Atilio Rojas Herrada, comandante General de la
8va División de Infantería, recortó la entrada del local. Su mirada clavada en
nuestra mesa era un poema de severidad y sorpresa. Pero mi comandante, haciendo
gala de la criollada más pura y anticipándose al golpe como el más vivo de los
pendejos, se puso de pie y exclamó con total naturalidad:
—¡Mi General! Aquí estoy brindando por el cumpleaños del suboficial Pineda,
campeón en las olimpiadas militares representando a la Gran Unidad en Tumbes,
Sullana, Trujillo y Chiclayo.
Mientras el General asimilaba
la audaz salida, yo solo atiné a pensar: A este "Chorrillano"
nadie le gana en viveza, tiene salidas para todo. Fiel a su estilo adusto,
el alto mando no pronunció una sola palabra, dio media vuelta y enrumbó de
regreso a la Comandancia General.
Por aquellos años, la vida en
las guarniciones fronterizas incluía la presencia periódica de las llamadas
"mujeres visitadoras", catalogadas en el argot logístico como la
"clase VII", trabajadoras sexuales destinadas a atender a la tropa
del Servicio Militar Obligatorio. Al BIM N° 31 de Lobitos llegaban cinco de
ellas cada quincena. Entre el grupo destacaba Sheyla, una joven de veinticinco
años, chola motupana natural de Lambayeque y "cachaquera" vieja en el
oficio. Tras cumplir sus jornadas nocturnas con los soldados, Sheyla solía
quedarse unos días en el cuartel, recurseándose con algunos oficiales y
suboficiales. Compartía con el comandante el gusto por las bebidas
espirituosas, convirtiéndose en la perfecta tercera compañera de libación.
Por las tardes, el almacén de
la cantina se transformaba. "El Chorrillano" y Sheyla se encerraban a
tomarse una caja de cerveza a solas, para luego pasar a la faena sexual en uno
de los camarotes de los cantineros. Como las construcciones de la guarnición
eran de madera antigua y reseca, las rendijas de las paredes delataban cada
movimiento. El sargento Diez se me acercaba al almacén de comunicaciones y,
conteniendo la risa, me comentaba:
—Mi suboficial, a la pobre Sheyla el comandante ya la tiene con las piernas al
hombro.
Los quejidos de la mujer
retumbaban con claridad por las inmediaciones. Al terminar el "primer
tiempo", la pareja solicitaba un par de botellas más y algo de comida para
recuperar las fuerzas gastadas; uno de los soldados de la cantina les alcanzaba
dos generosos platos de arroz con pollo combinados con sudado de pescado,
dejando el escenario listo para el segundo asalto.
Así, entre el desparpajo, las
juergas dominicales, la viveza criolla y una cantina que dejó ganancias
insólitas, transcurrió el comando del "Chorrillano" en aquel
inolvidable 1989. Las altas esferas de la 8va División no toleraron por mucho
tiempo sus excesos; a fin de año le quitaron la jefatura del batallón,
relevándolo del cargo y confinándolo a un puesto administrativo de menor perfil
en el Cuartel General del Ejército, el "Pentagonito", en San Borja.
Sin embargo, un hombre con sus
recursos no iba a quedarse en la sombra. Con la llegada de la década de los
noventa y el ascenso al poder del ingeniero Alberto Kenya Fujimori, "El
Chorrillano" supo moverse en las turbulentas aguas de la política militar
de la época. Se alineó con el entorno más cercano del "Chino",
demostrando una lealtad absoluta que le rindió frutos dorados. Su táctica de
astucia y relaciones dio el resultado esperado: para el año 2000, lucía las
estrellas de General y ejercía el poderoso cargo de comandante General de la
9na División Blindada en la guarnición fronteriza de Tumbes.
Pero la rueda de la fortuna
militar gira rápido. Cuando el régimen de Fujimori se desplomó a finales de ese
mismo año bajo las circunstancias que la historia peruana ya conoce, el destino
le pasó la factura al viejo jefe de Lobitos. "El Chorrillano" tuvo el
amargo honor de ser el primer General en comando de una Gran Unidad de Combate
en ser relevado de su puesto por el nuevo gobierno de transición, siendo
enviado de manera inmediata e irrevocable a la situación militar de retiro. Se
cerraba así, de golpe, la carrera de un soldado indomable y pendejo que comandó
el glorioso y victorioso Batallón de Infantería “Iquique” N° 31, con una mezcla
irrepetible de bota, cerveza y astucia.




















































































