sábado, 29 de octubre de 2016

LA HISTORIA DEL BATALLÓN DE INFANTERÍA MOTORIZADO "IQUIQUE" N° 31 LOBITOS TALARA PIURA 1989

El año 1988 había dejado una profunda herida en el glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31. Bajo el desastroso mando del teniente coronel de infantería Manuel Llanos Reyes, la guarnición acantonada en el ventoso distrito de Lobitos, en Talara, había visto decaer su moral. Por eso, al alba del año fiscal 1989, un aire de ansiosa expectativa recorría los pasillos del cuartel; desde los oficiales de alta graduación, técnicos y suboficiales, hasta los jóvenes soldados de la Tropa del Servicio Militar Obligatorio, todos anhelaban un cambio. Soñaban con un verdadero líder, un soldado de intachables antecedentes morales que devolviera la dignidad al batallón.

Pronto, los pasadizos se llenaron de un rumor esperanzador: se decía que el nuevo comandante sería el teniente coronel de infantería conocido en el ámbito castrense como "El Chorrillano" de 36 botones.

El esperado oficial arribó a la guarnición de Lobitos el 4 de enero, procedente de las gélidas tierras de Puno. Sin embargo, para sorpresa de la guardia, el nuevo jefe no se presentó inmediatamente en el cuartel. El destino le tenía preparada una tregua antes de asumir el rigor del mando. Llegando al distrito de Lobitos, "El Chorrillano" se topó de golpe con su pasado: un grupo de amigos de la infancia y antiguos compañeros de colegio, que en su mayoría se ganaban la vida como pescadores en el puerto, junto a algunos empleados civiles de la 8va División de Infantería.

Eran los camaradas de sus años escolares en Talara, la época dorada en la que su propio padre había ejercido la función de comandante de ese mismo batallón en el lejano año 1968. El reencuentro, tras veintiocho largos años de separación, encendió una chispa de nostalgia imposible de apagar.

Durante tres días consecutivos, el tiempo pareció detenerse en el barrio de los pescadores. Abrazado a sus viejos amigos, "El Chorrillano" se entregó por completo a celebrar el retorno a la tierra de su niñez. No era raro verlo caminar por la pista, justo al frente de la guardia del cuartel, desafiando las miradas curiosas de los centinelas, caminando hombro a hombro con un empleado civil a quien todos llamaban cariñosamente el “Cabezón”, y tres pescadores artesanales, entre ellos un lugareño de apellido José Periche.

En aquellas jornadas, la bienvenida se selló a lo grande: entre banquetes de ceviche de mero fresco, generosos cántaros de chicha de jora y copiosa cerveza fría, el nuevo comandante volvió a ser, por unas horas, el niño y adolescente del distrito de Lobitos, Talara.

Pero la fiesta del reencuentro llegó a su fin cuando el deber llamó a la puerta. En la mañana del 7 de enero, exactamente a las 08:00 horas, la silueta de "El Chorrillano" recortó el ingreso principal del cuartel. Cruzó la guardia con paso firme, impecable y revestido de la autoridad del cargo. El civil y el pescador quedaban atrás, en la playa; el comandante del glorioso BIM “Iquique” N° 31 acababa de asumir su puesto, listo para escribir un nuevo capítulo en la historia de Lobitos.

Aquel 7 de enero, a las 17:00 horas, el polvo de la cancha de tierra de la Compañía Comando y Servicios apenas comenzaba a asentarse. Tras un reñido partido de minifútbol que unió en la cancha a oficiales, suboficiales y a la tropa del Servicio Militar Obligatorio, me dirigí a la cocina de tropa con un solo objetivo en mente: conseguir agua caliente para quitarme la fatiga del día.

Al cruzar el umbral, me topó con una sorpresa. Allí, vestido de civil y revisando minuciosamente cada rincón —desde la proveeduría hasta los lavaderos—, se encontraba el nuevo jefe. El cabo SMO José Chapilliquén, encargado del rancho, se me acercó y me susurró con evidente nerviosismo: “Mi suboficial, él es el nuevo comandante del Batallón”.

Sin dudarlo, me cuadré en el acto. Me presenté con firmeza, pronunciando mi grado, especialidad y apellidos. El Comandante me clavó una mirada fija, analítica, y extendiéndome la mano me dijo:
—Suboficial Pineda, ya tengo referencias de tu persona. Algunos oficiales me han hablado de tu comportamiento y, sobre todo, me han dicho que no te gustan las huevadas.

La tensión inicial dio paso a una pronta confianza. Con tono cercano, continuó:
—A mí me gusta trabajar con los suboficiales. Allá en Puno mis hombres de confianza siempre fueron suboficiales. Por eso, a usted lo nombro tesorero del Batallón y también Oficial de Cantina.

El ofrecimiento me cayó como un balde de agua fría. Aquellas plazas eran feudos reservados exclusivamente para los tenientes. Sabía perfectamente que en esos puestos se manejaba mucho dinero, y el fantasma de los celos profesionales de los oficiales superiores comenzó a rondar mi cabeza; un solo error inducido y petardearían mi función para hacerme quedar mal. Apelando a la prudencia, rechacé la propuesta en el acto. Argumenté mi falta de experiencia y, sobre todo, mi agobiante carga laboral: ante la falta de un oficial de comunicaciones, yo ya cargaba con el peso de ser Oficial de Comunicaciones, jefe del almacén y comandante de la sección. Mi día a día ya estaba copado entre impartir instrucción a la tropa y realizar el mantenimiento preventivo de las radios de Alta Frecuencia (HF) y Muy Alta Frecuencia (VHF), las centrales y los teléfonos de campaña.

Sin embargo, "El Chorrillano" no era hombre que aceptara un "no" por respuesta. Al día siguiente, 8 de enero, a las 09:00 horas y justo después de la Lista de Diana, su plantón, un sargento a quien lo conocían con el alias de sargento “Huerequeque” me buscó con urgencia. Al ingresar a la comandancia, el jefe insistió con mayor ahínco. Viendo su determinación, cedí a medias: solo acepté el cargo de Oficial de Cantina.

Corría el año 1989 y el Perú se desangraba económicamente en una de las páginas más oscuras de su historia, bajo el primer gobierno de Alan García. La inflación devoraba los salarios hora tras hora, el dólar marchaba sin frenos y el Inti se devaluaba antes de que terminara el día. Al asumir la cantina, el panorama era desolador: no había un solo inti de capital ni proveedores que confiaran en nosotros.

Le propuse una estrategia al comandante: redactar un oficio urgente dirigido al General de Brigada, comandante General de la 8va División de Infantería, solicitando un aval oficial para obtener créditos en los mayoristas de la ciudad de Talara. Con la firma autorizada en mano, encendimos el vehículo administrativo y partimos a la ciudad. El documento obró milagros. Los mayoristas talareños nos abrieron las puertas de par en par: nos entregaron a crédito 100 cajas de cerveza, 450 cajas de gaseosa, tarros de leche, abarrotes, las cotizadas zapatillas ecuatorianas "Venus", bizcochos, dulces, plátanos y panes. En Lobitos, el negocio se complementó con la sazón local; los proveedores del distrito nos abastecían diariamente con fuentes de ceviche de mero fresco, arroz con pollo, caldo de gallina y empanadas.

La consigna fue clara: vender a precios notablemente cómodos. Pronto, la cantina de tropa se convirtió en el corazón de la guarnición. Los propios oficiales y suboficiales casados preferían hacer sus compras allí antes que en el pueblo. Con un batallón de 600 hombres hambrientos y sedientos, sumado a la clientela de los cuarteles vecinos que devoraban los bajos precios, el negocio salió "redondo".

Para el 31 de enero, los estantes estaban completamente vacíos. Pagamos puntualmente a cada proveedor y, al cerrar el balance, la cifra final nos dejó atónitos: la ganancia neta equivalía a seis mil dólares americanos ($6,000).

Cuando ingresé nuevamente a la oficina del comandante para rendirle cuentas con total honradez, le entregué el balance. Al ver aquella fortuna reunida en medio de la peor crisis del país, "El Chorrillano" se quedó estupefacto. El asombro lo enmudeció por unos segundos y, de inmediato, un brillo de codicia y admiración le encendió los ojos.

El 20 de febrero de aquel año, el engranaje burocrático de la 8va División de Infantería se puso en marcha. La jefatura del G-1 emitió una orden categórica: el glorioso Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 sería el Centro de Reclutamiento oficial para la primera y segunda etapa de 1989. En el acto, los oficiales y suboficiales abordaron los pesados vehículos de apoyo de combate y se desplegaron por toda la provincia. Peinaron las calles de la ciudad de Talara, el distrito de Negritos y el estratégico cruce hacia El Alto en la Panamericana Norte con una misión implacable: la leva forzada de jóvenes que no habían prestado el servicio militar obligatorio.

Sin embargo, esta no sería una captura ordinaria. Antes de que las patrullas partieran, el comandante "Chorrillano" dictó una consigna inquebrantable y astuta: debían traer al cuartel, sí o sí, a los hijos del alcalde de Talara, a los del gobernador, a los vástagos de los grandes comerciantes mayoristas y a los tres hijos adoptivos de la señora Juana, la célebre matrona y dueña del prostíbulo "La Rosa Roja". Estos últimos eran jóvenes recios que habían crecido desde niños entre las luces rojas, los parroquianos y las trabajadoras del burdel; analfabetos curtidos en la calle con fama de consumidores de cocaína, dedicados a la limpieza y seguridad del local. Uno de ellos, un gigante de un metro ochenta y cinco de estatura, corpulento y con una marcada cara de malandrín, terminaría convertido, tras el reclutamiento, en el guardaespaldas personal del comandante de batallón.

Las patrullas regresaron al cuartel con la misión cumplida al pie de la letra, arrastrando consigo un botín humano que pronto se traduciría en una mina de oro para la guarnición. El pánico se apoderó de las autoridades locales. El alcalde de Talara, desesperado por dispensar a su hijo del riguroso Servicio Militar Obligatorio, movilizó influencias y, presumiblemente con recursos de la comuna, mandó construir de inmediato una cancha de fulbito con piso de cemento justo delante del almacén de Comunicaciones, equipándola además con arcos y tableros de básquetbol. El gobernador no se quedó atrás y dejó una jugosa colaboración económica para asegurar la baja de su heredero. Los comerciantes mayoristas, siguiendo el ejemplo, lograron la ansiada dispensa para sus hijos a cambio de importantes donaciones materiales que transformaron las instalaciones del cuartel. Incluso el mayorista de licores, en señal de agradecimiento, modificó los términos de nuestro negocio a partir de marzo: por cada cien cajas de cerveza que le comprábamos para la cantina, nos regalaba diez; y por cada cuatrocientas cajas de gaseosas como Pepsi o Coca-Cola, añadía cuarenta y cinco cajas de bonificación.

Para cuando finalizó la leva, Lobitos era un hervidero de jóvenes de todas las clases sociales venidos de todo el norte del país. El cuartel se vio inundado por un desfile diario de civiles que llegaban buscando la forma de rescatar a sus hijos, un favor que, como era de esperarse en aquella gestión, tenía un precio. La señora Juana de "La Rosa Roja" logró liberar a uno de sus muchachos, afectado por una visible cojera debido a una malformación en la cadera derecha, pero dejó a los otros dos listos y aptos para el servicio.

Fue así como nacieron los indomables domingos de Lobitos. A partir de las diez de la mañana, las visitas colmaban las instalaciones. La llegada de la señora Juana era un espectáculo aparte: arribaba escoltada por seis u ocho de sus trabajadoras más jóvenes y atractivas, quienes de inmediato eran conducidas con honores al comedor de oficiales, ocupando un lugar preferencial. Mientras tanto, en la cantina de tropa, el comandante rompía el hielo ordenando abrir la primera caja de cerveza para invitar a los civiles. Aquello era solo el preludio de un desenfreno dominical que transformaba el recinto militar en un auténtico bar de puerto.

Los familiares, contagiados por el ambiente, compraban cajas enteras. Entre el alcohol y la euforia, la cantina se convertía en una pista de baile donde retumbaba a todo volumen "Juana la cubana", el éxito dominicano de Las Chicas del Can que por aquellos días encendía el norte peruano. Casi en simultáneo, la música estallaba también en el comedor de oficiales. Las monumentales mujeres de "La Rosa Roja", impecablemente maquilladas y de figuras esculturales, encandilaban a los civiles varones de los alrededores, quienes, desconociendo su verdadero oficio, intentaban cortejarlas en vano. Las quince cajas de cerveza que yo mismo había trasladado al comedor temprano en la mañana volaron antes de las dos de la tarde. Sin perder el ritmo, el comandante ordenó traer diez cajas más. En medio de aquel ajetreo, yo controlaba con mano de hierro el negocio en ambos frentes, apoyado por mi adjunto, el sargento José Diez —un cholo chiclayano al que apodábamos "Huerequeque"— y dos soldados como ayudantes. El comandante, viéndome sudar la gota gorda cuidando los intereses de la cantina, se me acercaba para reafirmar su pacto: “Soy 'El Chorrillano', Pineda. Aquí ordeno yo y contigo nadie se va a chocar”. Y cumplió su palabra; durante todo ese año, nadie se atrevió a meterse conmigo.

La cúspide de aquel carnaval militar ocurrió el domingo 26 de febrero. Serían las tres de la tarde cuando me pasaron la voz de urgencia: el General comandante General de la 8va División de Infantería estaba en la línea telefónica buscando al jefe de batallón. Me aproximé de inmediato al comandante para informarle, pero él, con la confianza que dan los tragos y la impunidad, me miró con desdén y soltó una carcajada:
—Pineda, yo soy el número dos de mi promoción. Ese General ya está en su último año, ya no tiene techo y a fin de año lo pasan a retiro.

Acto seguido, me extendió una botella helada:
—¡Salud! Eres mi hombre de confianza, leal y fiel. Los oficiales ya están advertidos de que contigo nadie se mete. ¡Carajo, aquí mando yo y punto!

No había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando el destino le cobró la soberbia. Sin previo aviso y en medio del ensordecedor ruido de la música, un Jeep militar se detuvo en el patio. Nadie lo había visto entrar debido al tumulto, pero mis ojos se clavaron en la imponente figura que descendía del vehículo: era el mismísimo General de Brigada Atilio Rojas Herrada. El alto mando arequipeño, dueño de un rostro adusto y severo que helaba la sangre, se plantó firme cerca de la entrada.

—¡El General, mi comandante! —le avisé con urgencia a "El Chorrillano" antes de que el jefe pudiera dar un paso en falso.

Lejos de asustarse, el alcoholizado comandante reaccionó con una audacia temeraria. Agarró una botella de cerveza con una mano, un vaso lleno en la otra, y salió como un torbellino por la puerta lateral que daba al este. Sin guardar la distancia reglamentaria, se cuadró a escaso paso y medio del General Rojas Herrada. Con una sonrisa desencajada y extendiéndole el trago, le gritó a voz en cuello:
—¡Salud, mi General!

El rostro del General arequipeño se transformó en una máscara de piedra. Movió la cabeza con un gesto de profundo desagrado y, sin articular una sola palabra, dio una perfecta media vuelta sobre sus botas, subió a su Jeep y abandonó el cuartel dejando una estela de polvo.

Cualquiera hubiera pensado que el desplante del General enfriaría los ánimos, pero la fiesta continuó imperturbable. Los civiles, con los sentidos completamente nublados por los litros de alcohol, se tambaleaban de un lado a otro con las botellas en la mano, buscando al "Chorrillano" para brindar. Aquel era el hábitat natural del comandante; acostumbrado a las juergas largas, recibía cada vaso y bebía a la par de sus invitados.

A las ocho de la noche, el cuartel comenzó a vaciarse. Una caravana de hombres ebrios ganaba la salida a tropezones. La señora Juana abordó su automóvil tipo "lancha", pero emprendió el regreso a Talara con una baja en su comitiva: una de sus chicas más cotizadas ya había sido seleccionada para pasar la noche en el alojamiento del personal de oficiales. Mientras tanto, en los pabellones de la retaguardia, cientos de reclutas exhaustos asimilaban el rigor de su encierro. En aquellos tiempos, la reclutada duraba dos meses consecutivos de instrucción militar a tiempo completo; sesenta días de sudor, disciplina y encierro absoluto antes de que aquellos jóvenes civiles tuvieran el derecho de pisar, por primera vez, la calle de Lobitos, Talara y Norte del Perú.

l comandante "El Chorrillano" era nulo para el deporte. Su torpeza con el balón era evidente, pero lo compensaba con un entusiasmo desbordante y una astucia digna de un estratega militar. Para suplir sus carencias, formó un equipo de fulbito imbatible, reclutando a los mejores elementos entre oficiales, suboficiales y la tropa.

Los miércoles por la tarde, dedicados al deporte institucional, y los sábados tras el mediodía, el jefe desafiaba al Mayor Ejecutivo del batallón. La apuesta era sagrada: una caja de cerveza por partido. Por lo general se jugaban dos encuentros y, gracias a las estrellas del batallón, el equipo del comandante ganaba por goleada. Mientras los goles caían en la cancha de tierra, en la cantina el sargento José Diez ya enfriaba las veinticuatro botellas ganadas.

Esas celebraciones marcaban el inicio de prolongadas jornadas de camaradería y resistencia. Según la vieja usanza militar, nadie podía abandonar la reunión mientras el jefe permaneciera en ella; retirarse antes era una grave falta de respeto que costaba, como mínimo, dos días de arresto simple. Los seis subtenientes del batallón aguantaban firmes al pie del cañón junto a su superior en reuniones que solían prolongarse hasta la madrugada. Al día siguiente, con la resaca a cuestas, el subteniente Víctor Sparow Patiño solía acercarse discretamente al mostrador:
—Sargento cantinero, ¿cuántas botellas de cerveza pedí anoche?
—Nueve botellas nomás, mi subteniente —respondía Diez con picardía—. Muy poco para usted.

Bajo este ritmo festivo, los fines de semana repetían la misma dinámica, permitiendo que la cantina del batallón registrara un consumo superior a las cien cajas de cerveza al mes.

"El Chorrillano" no tenía pelos en la lengua. Su estilo directo y provocador quedó en evidencia una mañana durante la Lista de Diana, cuando decidió abordar el espinoso tema de las infidelidades en las villas militares del país. Frente al batallón formado, lanzó una afirmación que heló la sangre de los presentes:
—En la vida todos los hombres somos cachudos. Yo soy cachudo, ustedes también son cachudos. Ahora, si alguien cree que no lo es, ¡levante el brazo!

Un silencio sepulcral se apoderó del patio de formación y de armas. Nadie se atrevió a mover un músculo. Al ver que ningún brazo se alzaba, el comandante clavó la mirada en la fila de oficiales:
—¿teniente Chávez, usted no es cachudo? ¿teniente Romero, el hijo que tienes es de un sargento, sí o no?

Las infidencias dentro de la guarnición eran un secreto a voces. Las malas lenguas comentaban que la esposa del teniente Chávez mantenía un romance con el propio comandante General de la 8va División de Infantería, quien, para evitar sospechas y alejar al oficial, lo enviaba constantemente en comisiones de servicio a la ciudad de Lima. El caso del teniente Juan Romero era igual de dramático: tras ocho años de matrimonio sin poder concebir debido a rumores sobre su esterilidad, el oficial había asignado como asistente para las labores del hogar a un sargento de gran estatura, tez blanca y un explícito sobrenombre: "Pichulón". La constante permanencia del subalterno en la vivienda coincidió con el inesperado embarazo de la esposa del teniente, desatando las especulaciones de toda la unidad.

Aquel día, tras romper filas, el teniente Romero, en su condición de jefe de la Compañía de Comando y Servicios, se paró frente a sus suboficiales y tropa. Incapaz de contener la humillación, descargó su amargura a viva voz:
—Así es la wevada pues, así es la wevada pues... ¡El comandante dice que el hijo que tengo es de un sargento! ¡Así es la wevada, carajo!

Avergonzado y fuera de sí, el oficial escupió tres veces al suelo, pisoteó el esputo con la planta de sus botas de combate en reiteradas ocasiones y se retiró del lugar sin añadir palabra. Una semana después, el sargento asistente fue replegado al cuartel. El ingenio de la tropa no tardó en rebautizarlo: ya nadie lo llamaba por su antiguo alias, sino que pasó a ser conocido entre burlas como "Romerito".

El 28 de septiembre de 1989 se celebró la víspera de mi onomástico. En la lista del mediodía, el comandante tomó la palabra para dar una orden singular:
—Mañana es el onomástico del Suboficial Miguel Pineda. Por este motivo, esta noche la reunión de todo el personal de Oficiales y Suboficiales será en "La Rosa Roja". Ya coordiné con la señora Juanita. Asistencia obligatoria. El vehículo administrativo partirá de la guardia a las 20:30 horas y la lista en el punto indicado será a las 21:00 horas, bajo responsabilidad. Oficial de personal S-1, a esa hora me da el parte.

La orden se cumplió sin excepciones. A la hora indicada, la plana mayor ingresó al salón principal del afamado establecimiento de Talara, donde las trabajadoras del local esperaban listas para el baile. Tras el brindis de honor, el licor disipó las formalidades del rango y los oficiales comenzaron a girar en la pista como trompos. Pasada la medianoche, la mayoría se retiró a las habitaciones. Como atención especial por mi cumpleaños, me presentaron a una atractiva joven de Machala, Ecuador, de tez clara, con quien permanecí hasta las cuatro de la mañana.

Al volver al salón, "El Chorrillano" continuaba de pie, asimilando el alcohol con una resistencia que parecía inmune a los estragos de la noche, mientras algunos subtenientes se tambaleaban visiblemente por el cansancio. A las 05:00 horas emprendimos el retorno hacia Lobitos a través del arenal. Cruzamos el puesto de control PCA-1, donde se encontraba de servicio el subteniente de infantería conocido como "El Feo Gonzales", y pasamos frente a la Comandancia de la 8va División bajo el intenso frío del amanecer, ingresando al cuartel a las 05:50 horas.

Para sorpresa y desconcierto de la plana mayor, "El Chorrillano" apareció impecable en el patio de formación a las 06:00 horas en punto, exigiendo el parte correspondiente para iniciar el entrenamiento físico. Entre las filas de oficiales y suboficiales, el murmullo era generalizado: "Creo que el comandante se ha tirado un troncho".

La jornada comenzó con la rutina obligatoria de gimnasia básica sin armas, cumpliendo estrictamente las diez repeticiones por ejercicio. Acto seguido, el batallón formó por compañías y cruzó la prevención entonando cantos militares con rumbo a la Quebrada Pariñas. Corrimos un total de dieciséis kilómetros entre la ida y la vuelta. El esfuerzo físico en la arena cumplió su cometido: el sudor eliminó los estragos de la madrugada y los efectos del alcohol desaparecieron por completo antes de reingresar a la guarnición por el sector del PCA-1.

El 29 de septiembre, tras la Lista de Diana, la mañana en el cuartel transcurrió con la aparente calma del deber cumplido. A las 08:00 horas, las secciones iniciaron sus actividades habituales: los oficiales impartían instrucción a la tropa y los suboficiales nos concentrábamos en las tareas propias de nuestras especialidades técnicas.

Sin embargo, a las 11:00 de la mañana, la rutina se quebró. El sargento segundo José Diez, el cholo "Huerequeque" que oficiaba como mi leal sargento cantinero, se apareció en el almacén de comunicaciones con un mensaje urgente:
—Mi suboficial, el comandante dice que se le presente.

Acudí al despacho de inmediato. Al cuadrarme, "El Chorrillano" me miró con complicidad y soltó sin rodeos:
—Suboficial Pineda, vamos a curar la cabeza en la cevichería del "Cejón".

Abordamos el camión administrativo y recorrimos las polvorientas calles del barrio Primavera, apenas a trescientos metros del cuartel. El local del "Cejón" era un refugio conocido; su suegro del suboficial Ventura acababa de desembarcar de la pesca de la madrugada, trayendo consigo los mejores ejemplares del mar de Grau: robustos meros, ojos de uva y borrachos. Mientras el anfitrión fileteaba el pescado fresco, pedimos una caja de cerveza bien helada para abrir el apetito. Con el vaso en la mano, "El Chorrillano" —un oficial de treinta y cinco botones— se desató hablando hasta por los codos, desnudando su particular filosofía militar:
—Pineda, los oficiales y los suboficiales somos la misma huevada. No sé por qué algunos jefes se la dan de superiores y tantas huevadas más.

La conversación fluía tan rápido como el alcohol; casi sin sentirlo, dimos cuenta de las primeras doce botellas y el jefe ordenó la segunda caja. En ese instante, el "Cejón" llegó a la mesa con una monumental fuente de ceviche de mero, un humeante sudado de ojo de uva y su respectiva zarandaja. El festín estaba en su mejor momento y el licor ya había transformado nuestros sentidos cuando el sargento reenganchado Richard Castro Vásquez, chofer del camión, asomó la cabeza por la puerta con el rostro desencajado:
—Se aproxima el General, mi comandante.

Al "Chorrillano" pareció importarle poco el aviso. No pasaron ni dos minutos cuando la imponente silueta del General de Brigada Atilio Rojas Herrada, comandante General de la 8va División de Infantería, recortó la entrada del local. Su mirada clavada en nuestra mesa era un poema de severidad y sorpresa. Pero mi comandante, haciendo gala de la criollada más pura y anticipándose al golpe como el más vivo de los pendejos, se puso de pie y exclamó con total naturalidad:
—¡Mi General! Aquí estoy brindando por el cumpleaños del suboficial Pineda, campeón en las olimpiadas militares representando a la Gran Unidad en Tumbes, Sullana, Trujillo y Chiclayo.

Mientras el General asimilaba la audaz salida, yo solo atiné a pensar: A este "Chorrillano" nadie le gana en viveza, tiene salidas para todo. Fiel a su estilo adusto, el alto mando no pronunció una sola palabra, dio media vuelta y enrumbó de regreso a la Comandancia General.

Por aquellos años, la vida en las guarniciones fronterizas incluía la presencia periódica de las llamadas "mujeres visitadoras", catalogadas en el argot logístico como la "clase VII", trabajadoras sexuales destinadas a atender a la tropa del Servicio Militar Obligatorio. Al BIM N° 31 de Lobitos llegaban cinco de ellas cada quincena. Entre el grupo destacaba Sheyla, una joven de veinticinco años, chola motupana natural de Lambayeque y "cachaquera" vieja en el oficio. Tras cumplir sus jornadas nocturnas con los soldados, Sheyla solía quedarse unos días en el cuartel, recurseándose con algunos oficiales y suboficiales. Compartía con el comandante el gusto por las bebidas espirituosas, convirtiéndose en la perfecta tercera compañera de libación.

Por las tardes, el almacén de la cantina se transformaba. "El Chorrillano" y Sheyla se encerraban a tomarse una caja de cerveza a solas, para luego pasar a la faena sexual en uno de los camarotes de los cantineros. Como las construcciones de la guarnición eran de madera antigua y reseca, las rendijas de las paredes delataban cada movimiento. El sargento Diez se me acercaba al almacén de comunicaciones y, conteniendo la risa, me comentaba:
—Mi suboficial, a la pobre Sheyla el comandante ya la tiene con las piernas al hombro.

Los quejidos de la mujer retumbaban con claridad por las inmediaciones. Al terminar el "primer tiempo", la pareja solicitaba un par de botellas más y algo de comida para recuperar las fuerzas gastadas; uno de los soldados de la cantina les alcanzaba dos generosos platos de arroz con pollo combinados con sudado de pescado, dejando el escenario listo para el segundo asalto.

Así, entre el desparpajo, las juergas dominicales, la viveza criolla y una cantina que dejó ganancias insólitas, transcurrió el comando del "Chorrillano" en aquel inolvidable 1989. Las altas esferas de la 8va División no toleraron por mucho tiempo sus excesos; a fin de año le quitaron la jefatura del batallón, relevándolo del cargo y confinándolo a un puesto administrativo de menor perfil en el Cuartel General del Ejército, el "Pentagonito", en San Borja.

Sin embargo, un hombre con sus recursos no iba a quedarse en la sombra. Con la llegada de la década de los noventa y el ascenso al poder del ingeniero Alberto Kenya Fujimori, "El Chorrillano" supo moverse en las turbulentas aguas de la política militar de la época. Se alineó con el entorno más cercano del "Chino", demostrando una lealtad absoluta que le rindió frutos dorados. Su táctica de astucia y relaciones dio el resultado esperado: para el año 2000, lucía las estrellas de General y ejercía el poderoso cargo de comandante General de la 9na División Blindada en la guarnición fronteriza de Tumbes.

Pero la rueda de la fortuna militar gira rápido. Cuando el régimen de Fujimori se desplomó a finales de ese mismo año bajo las circunstancias que la historia peruana ya conoce, el destino le pasó la factura al viejo jefe de Lobitos. "El Chorrillano" tuvo el amargo honor de ser el primer General en comando de una Gran Unidad de Combate en ser relevado de su puesto por el nuevo gobierno de transición, siendo enviado de manera inmediata e irrevocable a la situación militar de retiro. Se cerraba así, de golpe, la carrera de un soldado indomable y pendejo que comandó el glorioso y victorioso Batallón de Infantería “Iquique” N° 31, con una mezcla irrepetible de bota, cerveza y astucia.

 


COMPANÍA "A" INGENIERÍA N° 112 DISTRITO DE CARAZ PROVINCIA DE HUAYLAS ANCASH (1977 - 1997 - 1998)


domingo, 23 de octubre de 2016

MEMORIAS DE LA PACIFICACIÓN EN TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ: LAS RUTAS DEL RECUERDO DURANTE 1993

Memorias de la Pacificación en Pataz.- Llevo en el alma un recuerdo inolvidable del distrito de Tayabamba y de la provincia de Pataz. Aún hoy, evoco con nostalgia a su gente, sus hermosos paisajes, sus escarpados Andes y la selva de Ongón, donde durante los patrullajes suspiraba de cansancio con mi fusil FAL «mochito» bajo el brazo y junto a «Cuto», el perro que fue mi compañero de siempre. La lucha por la pacificación del país es un recuerdo muy profundo que nunca morirá; a través de estas imágenes, la siento en lo más íntimo y vivirá en mí para siempre.