domingo, 9 de octubre de 2016

LA HISTORIA DEL BATALLÓN DE INGENIERIA DE COMBATE MOTORIZADO N° 32 CARAZ HUAYLAS ANCASH AÑO 2000

Memorias del Técnico EP Miguel Pineda Ramírez: Testimonio de Inteligencia y Propaganda Política en el Cuartel de Caraz (1999-2000). - Entre los años 1999 y 2000, durante la etapa final del gobierno de Alberto Fujimori, presté servicios en el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, Áncash, bajo la jurisdicción de la Región Militar del Norte. En aquel periodo, si bien desempeñé diversas funciones afines a mi especialidad, también asumí responsabilidades ajenas al campo de las comunicaciones, actuando como encargado de Inteligencia y criptologo del batallón.

Debido a la naturaleza de este cargo, bajo mis manos pasó toda la documentación de alta clasificación relacionada con el Frente Interno y Externo, así como radiogramas y Notas de Inteligencia. Esta documentación era remitida desde el G-2 de la 32ª División de Infantería, con sede en Trujillo, y contaba con la rúbrica del General de Brigada comandante General de dicha división. En el cuartel de Caraz, trabajé bajo las órdenes directas del comandante de la Unidad. Como es de conocimiento público, en aquellos tiempos las Fuerzas Armadas del Perú se encontraban completamente politizadas, y los generales de la época permanecían subordinados a Vladimiro Montesinos Torres, entonces asesor presidencial.

Cuando Alberto Fujimori se presentó como candidato para un tercer periodo presidencial, los elementos de inteligencia trabajamos sin descanso, día y noche, en nuestros respectivos ámbitos de responsabilidad. Durante la campaña electoral en el distrito de Caraz, el personal militar salía del cuartel de madrugada y vestido de civil para realizar pintas a favor del candidato del oficialismo; en ocasiones, incluso borraban las pintas del opositor Alejandro Toledo para reemplazarlas por las de la agrupación gubernamental.

El encargado de ejecutar estas disposiciones era el teniente López, quien contaba con el apoyo del empleado civil y dibujante Enrique Roly (conocido como «Huevolay») y de quince soldados del Servicio Militar Voluntario. Este grupo abandonaba las instalaciones del cuartel a partir de la una de la mañana. Entre sus acciones más notorias, colgaron una gigantografía en el puente sobre el río Santa —el cual interconecta con el distrito de Pueblo Libre— con un mensaje que señalaba de forma explícita: «El candidato Alejandro Toledo y su esposa son terroristas».

Logística de Campaña de Alberto Fujimori y Operaciones de Infiltración en el distrito de Caraz Callejón de Huaylas (2000). - Durante este periodo, las instalaciones y galpones de los cuarteles del Ejército en todo el país fueron instrumentalizados para operar prácticamente como almacenes del partido político de Alberto Fujimori. En estos recintos se acumulaban masivos cargamentos de frazadas, herramientas, vehículos y mototaxis de fabricación china, cuyo propósito era ser distribuidos como dádivas entre los pobladores de los sectores más vulnerables de la región para captar conciencias y asegurar votos a favor del oficialismo. La coordinación, el almacenamiento y la posterior ejecución del reparto de estos bienes hacia los diferentes caseríos y distritos se centralizaban directamente desde los cuarteles.

En enero del año 2000, durante las horas de la madrugada, arribaron al galpón del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, procedentes de la ciudad de Lima, varios tráileres que transportaban un lote de 135 motocarros chinos. Estas unidades, de color celeste y llantas pequeñas —similares a las que transitaban por las periferias de la capital—, permanecieron custodiadas en el cuartel durante ocho días antes de ser repartidas a las distintas comunidades y caseríos de la zona. Sin embargo, esta estrategia clientelar resultó infructuosa debido a las limitaciones técnicas de los vehículos, los cuales no resistieron la geografía andina y dejaron de operar en un lapso no mayor a tres meses. Ante el elevado costo de reparación, las propias comunidades terminaron devolviéndolos; las 135 unidades ingresaron nuevamente al galpón del cuartel y, finalmente, fueron trasladadas de regreso a Lima para ser rematadas como chatarra. En esa misma semana, arribaron también cinco camiones cargados de frazadas que se almacenaron en el mismo recinto, para luego ser entregadas a los campesinos de la provincia de Huaylas a través de las autoridades distritales y comunales que acudían formalmente al cuartel a recogerlas.

A pesar de estas masivas dádivas gubernamentales, el descontento popular era generalizado. Los medios de comunicación televisivos, radiales y escritos denunciaban y criticaban diariamente la red de corrupción civil y militar del régimen. Los obsequios estatales no lograron mitigar la tensa situación política que se vivía en el Callejón de Huaylas; los campesinos protestaban de forma constante y, en el entorno urbano, la doctora Vilma Melo lideraba y organizaba activamente manifestaciones públicas de oposición.

Frente a este escenario de agitación social, los servicios de inteligencia de todos los niveles ejecutaban operaciones encubiertas de contrainteligencia y vigilancia contra los líderes opositores. En el Batallón N° 32 se dispuso la infiltración del sargento primero reenganchado José Alegre, quien logró colocarse como chofer del alcalde de Caraz. Este agente reportaba minuciosamente cada noche todas las ocurrencias, reuniones y movimientos internos dentro de la municipalidad. Asimismo, en los archivos de la Sección de Inteligencia (S-2) del batallón, manteníamos un registro pormenorizado de todos los medios de comunicación dentro de nuestra jurisdicción, el cual incluía nombres, apellidos, direcciones domiciliarias y la filiación política de sus dueños y directores.

Para el trabajo de campo, la unidad contaba con personal de tropa especialmente adiestrado para registrar mediante audio y fotografía las manifestaciones civiles. Estos soldados no pernoctaban en el cuartel, residían en sus hogares particulares y llevaban el cabello largo para mimetizarse eficazmente entre la población civil. En la oficina de inteligencia, desempeñé mis funciones junto a cinco sargentos de tropa en jornadas extenuantes que se extendían regularmente hasta las 23:00 horas. Todas las noches redactábamos las Notas de Información (N.I.), las cuales procedíamos a cifrar mediante el uso de aparatos GRETAG, para luego transmitirlas en estricto secreto a través de equipos de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC-2200. Pese a este riguroso despliegue y control operativo, los medios de comunicación locales y la ciudadanía continuaron difundiendo con firmeza consignas contrarias a las políticas de la dictadura.

Control y soborno a los Medios de Comunicaciones y Control Poblacional (febrero de 2000). - En el mes de febrero del año 2000, arribó al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 el oficial de Inteligencia (G-2) de la 32ª Brigada de Infantería de Trujillo. Tras ingresar a la unidad, el oficial superior sostuvo una reunión de coordinación a puerta cerrada con el jefe del batallón, el comandante Gálvez. Al salir del despacho, se dirigió inmediatamente al Centro de Comunicaciones, donde me encontraba junto a mi adjunto, el sargento segundo SMO Luis Melgarejo Pineda. El oficial portaba un maletín de cuero de color marrón, visiblemente lleno. Tras invitarlo a tomar asiento, su primera interrogante fue directa: «Técnico, ¿usted ha leído El mensaje a García?». Ante mi respuesta afirmativa, replicó con firmeza: «Yo necesito hombres como García».

A continuación, me ordenó presentarle el legajo con la relación detallada de todos los medios de comunicación de la provincia, requerimiento que cumplí de inmediato. Al revisar el documento, el oficial percató que, en la sección de observaciones, la totalidad de las estaciones figuraban registradas como opositoras al régimen de Alberto Fujimori. En ese instante me indicó que lo acompañara; sin embargo, tras quedarse pensativo por unos momentos, cambió de opinión y me ordenó permanecer en la oficina despachando los reportes cotidianos, decidiendo salir únicamente en compañía del sargento Melgarejo. Ambos abandonaron el cuartel alrededor de las 10:00 horas, llevando consigo el maletín y el legajo con las direcciones exactas de las estaciones radiales, escritas y televisivas de la jurisdicción.

Retornaron a las instalaciones aproximadamente a las 13:30 horas. El oficial de la ciudad de  Trujillo ingresó directamente a la oficina del comandante del batallón sin volver a dirigir de nuevo la palabra hacia mi persona. Por su parte, el sargento Melgarejo regresó al Centro de Comunicaciones, momento que aproveché para interrogarlo sobre las acciones realizadas durante esas horas fuera del cuartel. El sargento, riendo a carcajadas, me confesó de manera reservada: «Mi técnico, el maletín del comandante estaba repleto de dinero; ni se lo imagina, he visto fajos de millones de billetes». Al inquirirle sobre el destino de los fondos, me explicó que el oficial de inteligencia había ingresado de forma consecutiva a las sedes de los medios de comunicación para sobornar a los dueños y directores de noticias, logrando vaciar el maletín por completo. «Con el dinero todo lo ha arreglado para que no le jodan más al "chino"», concluyó. Al día siguiente, el viraje fue radical: ningún medio de comunicación de Caraz volvió a emitir consignas contra la dictadura y, de forma abrupta, todos alinearon su línea editorial a favor del fujimorismo.

Durante el tiempo en que laboré como elemento de Inteligencia en este batallón, implementamos de forma paralela otras estrategias de control social y contrainteligencia. Enviábamos a personal de tropa a sus localidades de origen bajo la modalidad de permisos especiales, pero con la misión específica de actuar como órganos de búsqueda de información en sus respectivos entornos, debiendo reportar minuciosamente cualquier anomalía a su regreso. Asimismo, en el distrito de Caraz, distribuíamos cada noche un formato de registro obligatorio en hoteles y hospedajes con el fin de fiscalizar rigurosamente el ingreso y salida de ciudadanos extranjeros.

Mediante este sistema de monitoreo, se logró identificar a un ciudadano de nacionalidad chilena que residía desde hacía muchos años en el Perú y laboraba como conductor. Tras ser intervenido y detenido para su respectiva investigación, se determinó que había trabajado previamente en la empresa de transportes TEPSA y que, en ese momento, se desempeñaba nada menos que como chofer de confianza del alcalde del distrito de Santa Cruz, en la provincia de Huaylas.

En el mes de abril del año 2000, se realizaron excavaciones en la parte posterior de la cantina de tropa del batallón con el fin de ampliar los almacenes y el alojamiento de los sargentos reenganchados. Durante los trabajos, el personal de tropa descubrió numerosos restos humanos pertenecientes a un total de seis personas. Entre ellos se encontraban los restos de una mujer que aún conservaba la cabellera adherida al cráneo. Ante la gravedad del hallazgo, los soldados informaron de inmediato al comandante del Batallón. Uno de los efectivos me relató posteriormente: «El comandante se asustó al ver los huesos y los cráneos. De inmediato me envió a la proveeduría a pedir dos costales de papas; recogimos todas las osamentas y nos ordenó arrojarlas al río Santa y tapar el hueco sin dejar rastro». Con la intención de constatar los hechos, abrí uno de los costales y verifiqué que, efectivamente, los restos óseos se encontraban allí. Guiado por la arraigada creencia andina de que los cráneos protegen contra los robos y las maldades, tomé dos de ellos y los trasladé a mi almacén.

Aquellos cráneos permanecieron inicialmente en el almacén de comunicaciones. Meses después, decidí llevarlos a mi alojamiento y los coloqué sobre un pequeño mueble. Siguiendo la costumbre, les rezaba y les encendía velas por un lapso aproximado de dos horas antes de dormir. Sin embargo, cada vez que conciliaba el sueño, una sombra negra con el cuello ensangrentado se me presentaba. En mis pesadillas, luchaba contra dos siluetas que intentaban ahorcarme con una soga; despertaba sobresaltado, movía la cabeza y volvía a acostarme, pero el ataque se repetía de inmediato, impidiéndome descansar. Esta alarmante situación se volvió reiterativa en mi vida cotidiana.

En el mes de agosto, viajé en comisión de servicio a la ciudad de Trujillo, sede de la 32ª Brigada de Infantería, para recibir un curso de criptoanálisis en la Sección de Inteligencia (G-2). A mi regreso, tomé la difícil ruta del Cañón del Pato, cruzando las zonas de Chuquicara y Huallanca a través de sus numerosos túneles. Llegué al cuartel de Caraz a las 02:00 horas, completamente exhausto. Al ingresar a mi habitación, me acosté pensando que el cansancio me permitiría descansar plácidamente y que las almas no me molestarían. Me equivoqué. Apenas cerré los ojos, las dos sombras negras se abalanzaron sobre mí, esta vez armadas con puñales de combate. Tras una larga y violenta lucha en mis sueños, me dominaron y me torturaron clavándome las armas en la espalda y las costillas. En el momento en que se disponían a cortarme el cuello, desperté agitado, sudoroso y con taquicardia.

Exhausto y perturbado por las constantes pesadillas, tomé una decisión. A las 03:00 horas de esa misma madrugada, saqué las dos calaveras de mi alojamiento y las dejé en la esquina de la cuadra, junto al cilindro de basura, esperando que la tropa encargada de la limpieza matutina las arrojara al camión recolector. No obstante, al salir al amanecer para pasar la Lista de Diana, descubrí que los cráneos permanecían intactos en el mismo lugar; nadie los había tocado. Sorprendido y conmovido por la situación, decidí recogerlos nuevamente y los llevé al almacén de comunicaciones, donde los mantuve sobre una mesa, continué rezándoles y encendiéndoles velas.

Oficialmente, nunca se supo nada sobre el hallazgo de aquellas osamentas. Debido a la temporalidad, sospecho que podrían haber pertenecido a presuntos subversivos de la década de 1990. En aquellos años, y por un lapso aproximado de tres años, este cuartel operó como base del Batallón de Infantería Motorizado «Juan Hoyle Palacios» N° 6 (con sede principal en Huaraz), unidad que combatió activamente a la organización terrorista Sendero Luminoso en la región. Finalmente, el 11 de enero de 2007, fui cambiado de colocación con destino al Cuartel General del Ejército en San Borja, Lima. Al dejar el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 de Caraz, guardé los dos cráneos dentro de una bolsa negra y los dejé ocultos de forma permanente sobre el techo contrachapado de mi antiguo alojamiento.

En la madrugada del 29 de octubre del año 2000, el teniente coronel de Artillería Ollanta Moisés Humala Tasso, comandante del Grupo de Artillería Antiaérea N° 501 del Fuerte Arica —ubicado en el distrito de Locumba, sede de la Sexta División Blindada, departamento de Tacna, dentro de la Región Militar del Sur—, se levantó en armas contra la dictadura de Alberto Fujimori. Este acontecimiento provocó un profundo temor entre los comandantes generales de las grandes unidades de combate de todo el Ejército del Perú, ya que un gran sector de oficiales subalternos, técnicos y suboficiales simpatizaba abiertamente con el oficial rebelde.

Ante el riesgo de desafección, la Jefatura de Inteligencia (G-2) de la 32ª Brigada de Infantería de Trujillo ordenó una medida extrema: los mismos comandantes de los batallones debían permanecer día y noche dentro de los almacenes de armamento. De este modo, los jefes de unidad terminaron haciendo las veces de almaceneros, realizando conteos ininterrumpidos de fusiles y municiones, mientras las armerías se mantenían aseguradas con cadenas y candados. Asimismo, la Sección de Inteligencia (S-2) prohibió la salida de cualquier vehículo de apoyo de combate desde las instalaciones de los cuarteles. La cúpula militar de la época realizaba denostados esfuerzos por contener la crisis institucional. Diariamente llegaban directivas desde Trujillo para hacer un seguimiento estricto a los posibles simpatizantes de los rebeldes, con especial atención en los reservistas que circulaban por Caraz y todo el departamento de Áncash. Estos licenciados se desplazaban por los pueblos vistiendo prendas militares de distintas épocas y vendían el quincenario Ollanta a un sol, buscando concientizar a los sectores populares sobre la corrupción y la traición de la clase política gobernante.

En aquellas circunstancias, sintiendo una profunda afinidad por el proyecto político de los hermanos Ollanta y Antauro Humala, comencé a coleccionar dicho periódico. Tiempo después, en el mes de febrero, en las inmediaciones del mercado de Caraz, me encontré con el reservista José Calchihua, un antiguo sargento que había pertenecido a mí misma sección de comunicaciones en la 8ª División de Infantería en Chorrillos, Lima. El reencuentro selló nuestra camaradería con un fuerte abrazo. En mi condición de simpatizante, lo felicité por su labor y lo invité a visitarme en el cuartel del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32. Fue así que, una tarde, un grupo de dieciséis reservistas se presentó cerca de la prevención de la guardia; uno de ellos llevaba un megáfono a la espalda. Los dos coordinadores ingresaron a la sala de visitas, donde sostuvimos un breve diálogo. En señal de retribución, me dejaron doce ejemplares del quincenario para distribuirlos entre otros simpatizantes del cuartel. El Capitán de Día, quien también simpatizaba en secreto con la causa, presenció la escena sin objetar; al contrario, en señal de aprobación, me levantó el pulgar derecho, por lo que procedí a obsequiarle un ejemplar.

Nueve días más tarde, el comandante del Batallón se enteró de la visita. Me citó de inmediato a su despacho para someterme a un severo interrogatorio y, posteriormente, me destacó bajo custodia al G-2 de la 32ª Brigada de Infantería en Trujillo. Allí, el comandante de Inteligencia me interrogó exhaustivamente durante seis horas. Sin embargo, haciendo valer mi posición con firmeza y los argumentos correctos, logré desbaratar sus sospechas. Al final, salí libre de toda acusación y regresé al cuartel de Caraz, donde continué desempeñando mis funciones con total normalidad como especialista en escucha, criptología e inteligencia.

En la noche del 17 de diciembre de 1996, la residencia del embajador de Japón en Lima fue tomada por catorce combatientes del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), al mando de Néstor Cerpa Cartolini. Durante la acción, capturaron como rehenes a cientos de diplomáticos, empresarios, militares de alto rango y partidarios del gobierno de Alberto Fujimori. Transcurridos cuatro meses, en la tarde del 22 de abril de 1997, el régimen ordenó el rescate mediante una operación militar ejecutada de manera brillante por los comandos de las Fuerzas Armadas del Perú.

Tras el éxito de la misión, el gobierno, en coordinación con los altos mandos militares, autorizó al personal de comandos a viajar por diferentes destinos turísticos del país. Fue así como, en el mes de junio de 1997, este contingente llegó al distrito de Caraz, en la provincia de Huaylas, Áncash. Durante cuatro noches consecutivas se hospedaron en un hostal local, frecuentaron las discotecas de la ciudad y visitaron parajes emblemáticos como las lagunas de Parón y Llanganuco, así como la provincia de Yungay. Algunos días también acudieron a las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32. Pasaron varias horas en el cuartel jugando partidos de fulbito con el personal de la unidad y, al terminar, compartimos algunas cervezas. En medio de la camaradería de aquella reunión, los subtenientes y tenientes se mostraron sumamente locuaces y comenzaron a revelar detalles internos de cómo se había desarrollado el rescate de los rehenes.

Según manifestaron textualmente: «Todos sabíamos que oficialmente solo quedaban 72 rehenes; sin embargo, cuando finalizó el combate y se hizo el conteo, encontramos a 74 personas. Había dos excedentes. Al interrogar a los miembros de la primera columna de rehenes sobre esta anomalía, algunos nos informaron que las dos personas ubicadas al final de la fila eran, en realidad, dos jóvenes guerrilleras». De inmediato, las separaron del grupo y las entregaron al personal encargado de la limpieza del área. Asimismo, relataron que el subversivo Eduardo Cruz Sánchez, conocido como el «Camarada Tito», fue sorprendido mientras rampaba en el jardín posterior de la residencia, dirigiéndose hacia uno de los túneles por donde habían ingresado los comandos. Las dos jóvenes y el «Camarada Tito» fueron conducidos nuevamente al interior de la residencia, donde fueron ejecutados por el grupo que comandaba el coronel de Comunicaciones del Ejército, Jesús Zamudio Aliaga. A este oficial superior yo lo conocía perfectamente, pues habíamos coincidido en la 8ª División de Infantería en Lobitos, Talara, durante los años 1987 y 1988. Del mismo modo, reconocí a varios de los comandos del rescate por haber trabajado previamente con ellos en el Destacamento Leoncio Prado, en Tarapoto.

Concluida su estadía en Caraz, el personal de comandos emprendió el retorno a la ciudad de Lima a bordo de un autobús de la empresa de transportes «Rodríguez». Ese mismo día, coincidió con el inicio de mis vacaciones, por lo que abordé el mismo vehículo como pasajero y volví a encontrarme con ellos. El grupo de comandos estaba liderado por un oficial con el grado de Mayor. Ocupaban la mayoría de los asientos del ómnibus, aunque también viajaban algunos civiles. Durante todo el trayecto, las conversaciones giraron exclusivamente en torno a las incidencias de la operación de rescate. Los subtenientes, en particular, hablaban sin reserva alguna. En el vehículo también viajaban nueve jóvenes universitarias; los oficiales más jóvenes se les acercaron para cortejarlas y relatarles sus anécdotas del asalto a la residencia, mientras yo, fingiendo estar profundamente dormido en mi asiento, escuchaba detenidamente cada una de sus confesiones.

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