Informantes bajo las Sombras en Las Palmas.- El invierno de Chorrillos siempre entra por los huesos, pero en el año 2013 la neblina que bajaba sobre el Batallón de Comandos “Comandante Espinar” N° 19 parecía más densa que de costumbre. Yo acababa de incorporarme a la unidad y, desde los primeros días, entendí que el cuartel albergaba un secreto a voces.
A un costado de nuestras
cuadras operaba un contingente inusual: ciento veinte hombres, entre oficiales
y suboficiales, que no vestían el uniforme digitalizado verde del Ejército.
Había allí marinos, aviadores y policías conviviendo bajo la sigla del CIOEC:
el Comando de Inteligencia y Operaciones Especiales Conjuntas. Las
instalaciones les quedaban chicas; una mitad pernoctaba en el núcleo del
batallón y la otra ocupaba unos pabellones menores, pegados a los muros del
Penal Militar “Virgen de las Mercedes”, donde el mayor Antauro Humala cumplía
su condena a la sombra de las mismas instalaciones.
Para el ojo entrenado de
cualquier soldado viejo, aquel grupo resultaba un enigma. No eran los comandos
curtidos y fibrosos que uno esperaría para misiones de alto riesgo; eran
efectivos comunes, extraídos de cualquier guarnición rutinaria del país. Los rumores
en el comedor apuntaban a que muchos habían llegado allí arrastrados por el
viento de las influencias políticas y el atractivo de un botín nada
despreciable: un doble sueldo que, entre el haber pensionable y el bono
especial del Gobierno, rozaba los cuatro mil soles mensuales. Cuatro mil soles
limpios por esperar una orden que nunca parecía llegar.
Sin embargo, el dinero exigía
una metamorfosis. Una vez cruzada la reja del CIOEC, el personal era sometido a
un adiestramiento feroz. A veces, cuando el sol lograba romper la garúa de la
tarde, se alcanzaban a ver siluetas de uniforme desértico y acento extranjero
dictando instrucciones en el polígono. Eran instructores del Ejército de los
Estados Unidos, hombres que hablaban poco, pero miraban mucho, moldeando a esos
soldados comunes para convertirlos en la punta de lanza de una guerra
invisible.
La curiosidad terminó por
vencerme. Con paciencia de cazador, empecé a tejer lazos de camaradería en las
horas muertas, invitando un cigarrillo o compartiendo un café en la cantina. La
disciplina militar es rígida, pero la complicidad del rancho termina por
aflojar las lenguas más duras.
Una noche de agosto, mientras
la humedad lo cubría todo, me encontré a solas con el suboficial Antonio cerca
de la guardia. Tras unos minutos de silencio compartido, decidí lanzar el
anzuelo. Antonio miró hacia la niebla, aspiró el humo de su cigarro y me
contestó con una fijeza que me heló la sangre:
—Conformamos un grupo del Comando de Inteligencia de Operaciones Especiales
Conjuntas, hermano. No estamos aquí para desfilar. Nos encontramos listos para
intervenir en cualquier zona del VRAEM una vez que la inteligencia localice el
objetivo. Solo esperamos las coordenadas exactas.
Días después, la pieza que
faltaba en el rompecabezas me la entregó Rafael, otro suboficial del grupo,
cuya mirada delataba el desgaste de las misiones secretas. Hablábamos en voz
baja, casi pegados a la pared del penal militar. Rafael miró a los lados antes
de confesarme el detalle más guardado del campamento:
—El entrenamiento es real, pero lo que viene después lo, es más. Algunas veces,
allá adentro, en las patrullas metidas en la selva del VRAEM, los gringos no se
quedan en la base. Caminan con nosotros, hombro con hombro, bajo la sombra de
los árboles.
Pocos días después de aquella conversación, el 11 de agosto de 2013, los televisores del comedor del Batallón N° 19 estallaron con una noticia de última hora: el Camarada Alipio había sido abatido en una operación quirúrgica en Llochegua. Mientras el país celebraba el golpe al terrorismo, yo miré hacia las instalaciones del CIOEC. Las luces estaban encendidas y las camionetas se movían en silencio. Los soldados comunes del suboficial Antonio y las patrullas invisibles de Rafael acababan de escribir, desde el anonimato de Chorrillos, una página sangrienta y definitiva en la historia del Perú.
Desde los primeros días de
julio de 2013, aproximadamente a las 09:00 horas, se hizo habitual el ingreso
de militares uniformados del Ejército de los Estados Unidos a las instalaciones
del Batallón de Comandos “Comandante Espinar” N.° 19, en Las Palmas, Chorrillos.
En total, eran ocho efectivos que vestían uniformes de campaña con las
insignias y distintivos de su país. Estos instructores estacionaban sus
vehículos de lunas polarizadas dentro del cuartel e ingresaban de inmediato a
la sala de conferencias para impartir instrucción al personal del Comando de
Inteligencia y Operaciones Especiales Conjuntas (CIOEC) hasta las 12:30 horas.
Durante los minutos de descanso, permanecían prácticamente ocultos. En una
oportunidad, dos de ellos salieron a la vereda a fumar; pasé deliberadamente
frente a ellos con el impulso contenido de decirles «Yankees go home».
En otra ocasión, estuve a punto de filmarlos, pero desistí para evitar
problemas con mi comando.
Ante la constante presencia de
los militares estadounidenses, a fines de julio comencé a indagar sobre sus
actividades. Busqué nuevamente a mi informante Antonio, quien me reveló que dos
mandos terroristas de primera línea habían sido localizados en el VRAEM. Aunque
no me confirmó explícitamente si se trataba de los hermanos Quispe Palomino,
señaló que eran dos de los principales cabecillas y que estaban siendo
perseguidos de cerca por medios electrónicos. Ese rastreo tecnológico era,
precisamente, el motivo de la permanencia de los especialistas norteamericanos
en el batallón como parte de la estrategia antiterrorista.
Antonio me detalló que un
subversivo arrepentido, captado mediante un incentivo económico por las Fuerzas
Armadas, había traicionado a la organización proporcionando información precisa
sobre los desplazamientos de Alejandro Borda Casafranca, camarada "Alipio",
y de Martín Quispe Palomino, camarada "Gabriel". Con estos datos, se
ejecutó un minucioso seguimiento electrónico. La operación culminó la noche del
domingo 11 de agosto de 2013 en el caserío de Pampas de Vista Alegre, en el
distrito de Llochegua (Huanta, Ayacucho). Para neutralizar a los mandos, las
fuerzas del orden sembraron explosivos en la vivienda que ellos solían
utilizar; una vez que los objetivos ocuparon el inmueble, los artefactos fueron
detonados a control remoto. En el éxito de esta operación, la colaboración del
personal militar de los Estados Unidos con el CIOEC resultó un factor
determinante.
La simple observación de las
tropas estadounidenses en los cuarteles peruanos permite deducir las
actividades de estas fuerzas que intervienen en países en desarrollo, a menudo
en complicidad con los gobiernos de turno y de espaldas al escrutinio público.
Resulta cuestionable que el Congreso de la República y el gobierno de Ollanta
Humala Tasso hayan permitido el ingreso de militares extranjeros para
participar en la parte operativa y estratégica de la contrasubversión junto a
las tropas peruanas, un hecho que vulnera la soberanía del país.
Los Visitantes de las Nueve. -El
reloj de la guardia marcaba las 09:00 de la mañana cuando las camionetas de
lunas oscuras cruzaron la reja de Las Palmas. Sucedía todos los días desde que
empezó julio. De los vehículos descendieron ocho hombres con el uniforme
pixelado del Ejército de los Estados Unidos. Llevaban las insignias de las
barras y las estrellas bien visibles en el hombro, moviéndose con la
suficiencia de quienes se saben dueños de la situación en cualquier rincón del
mundo. Cuadraron los autos en el patio central y marcharon directo a la sala de
conferencias del CIOEC.
Para mí, ver esas botas
extranjeras pisando el suelo del Batallón “Comandante Espinar” N.° 19 era una
afrenta silenciosa. Durante tres horas y media, el búnker de la inteligencia
conjunta se cerraba para ellos. Afuera, el resto manteníamos la rutina, pero la
tensión se respiraba en el aire. Los gringos eran fantasmas diurnos; dictaban
sus cátedras de guerra y luego se replegaban, escondiéndose de las miradas
curiosas del personal subalterno.
Una mañana, la rutina se
rompió levemente. Dos de los instructores salieron a la vereda, encendieron un
cigarrillo y empezaron a hablar en su inglés masticado. Sentí que la sangre me
hervía. Caminé a propósito hacia ellos, acortando la distancia, sintiendo el
impulso casi físico de gritarles en la cara un rotundo «¡Yanquis go home!».
En mi bolsillo, el teléfono celular parecía pesar una tonelada; quise sacarlo y
filmarlos, registrar la prueba de esa presencia clandestina que los altos
mandos negaban ante la prensa. Pero el peso de la disciplina y el temor a las
represalias de mi propio comando me hicieron desistir. Bajé la mirada y pasé de
largo, tragándome la rabia.
A finales de ese mes, la
intriga ya era insoportable. Busqué a Antonio en el comedor, lejos de los ojos
de los oficiales.
—¿Qué tanto hacen esos tipos metidos en la sala de mapas, Antonio? —le pregunté
a quemarropa.
Antonio miró a su alrededor y bajó la voz hasta convertirla en un susurro:
—Tienen el anzuelo puesto, hermano. Han localizado a dos de los peces gordos en
el VRAEM. Están cayendo en una trampa electrónica y los americanos están
manejando los equipos de escucha desde aquí.
—¿Los Quispe Palomino?
—inquirí, buscando el nombre exacto.
Antonio no lo afirmó, pero sus ojos dijeron el resto.
—Son de los más altos. Hubo una filtración interna. Un arrepentido vendió las
rutas a cambio de una fuerte suma de dinero del Estado. Ya sabemos exactamente
dónde se mueven Alipio y Gabriel. Los gringos están cerrando el cerco digital.
El desenlace de aquellas
reuniones secretas en Chorrillos llegó la noche del domingo 11 de agosto.
Mientras Lima dormía bajo su capa de neblina, en un rincón perdido de
Llochegua, Ayacucho, la tecnología y la traición se materializaron en una
explosión ensordecedora. No hubo el glorioso tiroteo de los manuales de
infantería. Las fuerzas conjuntas, con la guía oculta de los analistas de las
nueve de la mañana, habían minado la casa donde los mandos senderistas
planeaban pernoctar. Un botón pulsado a kilómetros de distancia terminó con
Alipio y Gabriel.
Al día siguiente, las camionetas de lunas polarizadas volvieron a ingresar al cuartel a las 09:00 en punto. Los periódicos hablaban de un éxito militar puramente peruano, pero en los pasillos de Las Palmas, algunos sabíamos muy bien de quién eran las botas que habían caminado detrás de esa victoria.




































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