miércoles, 21 de enero de 2015

LA MUERTE DE LOS SUBVERSIVOS ALIPIO Y GABRIEL EN PAMPAS LLOCHEGUA HUANTA 11 DE AGOSTO 2013

Informantes bajo las Sombras en Las Palmas.- El invierno de Chorrillos siempre entra por los huesos, pero en el año 2013 la neblina que bajaba sobre el Batallón de Comandos “Comandante Espinar” N° 19 parecía más densa que de costumbre. Yo acababa de incorporarme a la unidad y, desde los primeros días, entendí que el cuartel albergaba un secreto a voces.

A un costado de nuestras cuadras operaba un contingente inusual: ciento veinte hombres, entre oficiales y suboficiales, que no vestían el uniforme digitalizado verde del Ejército. Había allí marinos, aviadores y policías conviviendo bajo la sigla del CIOEC: el Comando de Inteligencia y Operaciones Especiales Conjuntas. Las instalaciones les quedaban chicas; una mitad pernoctaba en el núcleo del batallón y la otra ocupaba unos pabellones menores, pegados a los muros del Penal Militar “Virgen de las Mercedes”, donde el mayor Antauro Humala cumplía su condena a la sombra de las mismas instalaciones.

Para el ojo entrenado de cualquier soldado viejo, aquel grupo resultaba un enigma. No eran los comandos curtidos y fibrosos que uno esperaría para misiones de alto riesgo; eran efectivos comunes, extraídos de cualquier guarnición rutinaria del país. Los rumores en el comedor apuntaban a que muchos habían llegado allí arrastrados por el viento de las influencias políticas y el atractivo de un botín nada despreciable: un doble sueldo que, entre el haber pensionable y el bono especial del Gobierno, rozaba los cuatro mil soles mensuales. Cuatro mil soles limpios por esperar una orden que nunca parecía llegar.

Sin embargo, el dinero exigía una metamorfosis. Una vez cruzada la reja del CIOEC, el personal era sometido a un adiestramiento feroz. A veces, cuando el sol lograba romper la garúa de la tarde, se alcanzaban a ver siluetas de uniforme desértico y acento extranjero dictando instrucciones en el polígono. Eran instructores del Ejército de los Estados Unidos, hombres que hablaban poco, pero miraban mucho, moldeando a esos soldados comunes para convertirlos en la punta de lanza de una guerra invisible.

La curiosidad terminó por vencerme. Con paciencia de cazador, empecé a tejer lazos de camaradería en las horas muertas, invitando un cigarrillo o compartiendo un café en la cantina. La disciplina militar es rígida, pero la complicidad del rancho termina por aflojar las lenguas más duras.

Una noche de agosto, mientras la humedad lo cubría todo, me encontré a solas con el suboficial Antonio cerca de la guardia. Tras unos minutos de silencio compartido, decidí lanzar el anzuelo. Antonio miró hacia la niebla, aspiró el humo de su cigarro y me contestó con una fijeza que me heló la sangre:
—Conformamos un grupo del Comando de Inteligencia de Operaciones Especiales Conjuntas, hermano. No estamos aquí para desfilar. Nos encontramos listos para intervenir en cualquier zona del VRAEM una vez que la inteligencia localice el objetivo. Solo esperamos las coordenadas exactas.

Días después, la pieza que faltaba en el rompecabezas me la entregó Rafael, otro suboficial del grupo, cuya mirada delataba el desgaste de las misiones secretas. Hablábamos en voz baja, casi pegados a la pared del penal militar. Rafael miró a los lados antes de confesarme el detalle más guardado del campamento:
—El entrenamiento es real, pero lo que viene después lo, es más. Algunas veces, allá adentro, en las patrullas metidas en la selva del VRAEM, los gringos no se quedan en la base. Caminan con nosotros, hombro con hombro, bajo la sombra de los árboles.

Pocos días después de aquella conversación, el 11 de agosto de 2013, los televisores del comedor del Batallón N° 19 estallaron con una noticia de última hora: el Camarada Alipio había sido abatido en una operación quirúrgica en Llochegua. Mientras el país celebraba el golpe al terrorismo, yo miré hacia las instalaciones del CIOEC. Las luces estaban encendidas y las camionetas se movían en silencio. Los soldados comunes del suboficial Antonio y las patrullas invisibles de Rafael acababan de escribir, desde el anonimato de Chorrillos, una página sangrienta y definitiva en la historia del Perú.

Desde los primeros días de julio de 2013, aproximadamente a las 09:00 horas, se hizo habitual el ingreso de militares uniformados del Ejército de los Estados Unidos a las instalaciones del Batallón de Comandos “Comandante Espinar” N.° 19, en Las Palmas, Chorrillos. En total, eran ocho efectivos que vestían uniformes de campaña con las insignias y distintivos de su país. Estos instructores estacionaban sus vehículos de lunas polarizadas dentro del cuartel e ingresaban de inmediato a la sala de conferencias para impartir instrucción al personal del Comando de Inteligencia y Operaciones Especiales Conjuntas (CIOEC) hasta las 12:30 horas. Durante los minutos de descanso, permanecían prácticamente ocultos. En una oportunidad, dos de ellos salieron a la vereda a fumar; pasé deliberadamente frente a ellos con el impulso contenido de decirles «Yankees go home». En otra ocasión, estuve a punto de filmarlos, pero desistí para evitar problemas con mi comando.

Ante la constante presencia de los militares estadounidenses, a fines de julio comencé a indagar sobre sus actividades. Busqué nuevamente a mi informante Antonio, quien me reveló que dos mandos terroristas de primera línea habían sido localizados en el VRAEM. Aunque no me confirmó explícitamente si se trataba de los hermanos Quispe Palomino, señaló que eran dos de los principales cabecillas y que estaban siendo perseguidos de cerca por medios electrónicos. Ese rastreo tecnológico era, precisamente, el motivo de la permanencia de los especialistas norteamericanos en el batallón como parte de la estrategia antiterrorista.

Antonio me detalló que un subversivo arrepentido, captado mediante un incentivo económico por las Fuerzas Armadas, había traicionado a la organización proporcionando información precisa sobre los desplazamientos de Alejandro Borda Casafranca, camarada "Alipio", y de Martín Quispe Palomino, camarada "Gabriel". Con estos datos, se ejecutó un minucioso seguimiento electrónico. La operación culminó la noche del domingo 11 de agosto de 2013 en el caserío de Pampas de Vista Alegre, en el distrito de Llochegua (Huanta, Ayacucho). Para neutralizar a los mandos, las fuerzas del orden sembraron explosivos en la vivienda que ellos solían utilizar; una vez que los objetivos ocuparon el inmueble, los artefactos fueron detonados a control remoto. En el éxito de esta operación, la colaboración del personal militar de los Estados Unidos con el CIOEC resultó un factor determinante.

La simple observación de las tropas estadounidenses en los cuarteles peruanos permite deducir las actividades de estas fuerzas que intervienen en países en desarrollo, a menudo en complicidad con los gobiernos de turno y de espaldas al escrutinio público. Resulta cuestionable que el Congreso de la República y el gobierno de Ollanta Humala Tasso hayan permitido el ingreso de militares extranjeros para participar en la parte operativa y estratégica de la contrasubversión junto a las tropas peruanas, un hecho que vulnera la soberanía del país.

 Los Visitantes de las Nueve. -El reloj de la guardia marcaba las 09:00 de la mañana cuando las camionetas de lunas oscuras cruzaron la reja de Las Palmas. Sucedía todos los días desde que empezó julio. De los vehículos descendieron ocho hombres con el uniforme pixelado del Ejército de los Estados Unidos. Llevaban las insignias de las barras y las estrellas bien visibles en el hombro, moviéndose con la suficiencia de quienes se saben dueños de la situación en cualquier rincón del mundo. Cuadraron los autos en el patio central y marcharon directo a la sala de conferencias del CIOEC.

Para mí, ver esas botas extranjeras pisando el suelo del Batallón “Comandante Espinar” N.° 19 era una afrenta silenciosa. Durante tres horas y media, el búnker de la inteligencia conjunta se cerraba para ellos. Afuera, el resto manteníamos la rutina, pero la tensión se respiraba en el aire. Los gringos eran fantasmas diurnos; dictaban sus cátedras de guerra y luego se replegaban, escondiéndose de las miradas curiosas del personal subalterno.

Una mañana, la rutina se rompió levemente. Dos de los instructores salieron a la vereda, encendieron un cigarrillo y empezaron a hablar en su inglés masticado. Sentí que la sangre me hervía. Caminé a propósito hacia ellos, acortando la distancia, sintiendo el impulso casi físico de gritarles en la cara un rotundo «¡Yanquis go home!». En mi bolsillo, el teléfono celular parecía pesar una tonelada; quise sacarlo y filmarlos, registrar la prueba de esa presencia clandestina que los altos mandos negaban ante la prensa. Pero el peso de la disciplina y el temor a las represalias de mi propio comando me hicieron desistir. Bajé la mirada y pasé de largo, tragándome la rabia.

A finales de ese mes, la intriga ya era insoportable. Busqué a Antonio en el comedor, lejos de los ojos de los oficiales.
—¿Qué tanto hacen esos tipos metidos en la sala de mapas, Antonio? —le pregunté a quemarropa.
Antonio miró a su alrededor y bajó la voz hasta convertirla en un susurro:
—Tienen el anzuelo puesto, hermano. Han localizado a dos de los peces gordos en el VRAEM. Están cayendo en una trampa electrónica y los americanos están manejando los equipos de escucha desde aquí.

—¿Los Quispe Palomino? —inquirí, buscando el nombre exacto.
Antonio no lo afirmó, pero sus ojos dijeron el resto.
—Son de los más altos. Hubo una filtración interna. Un arrepentido vendió las rutas a cambio de una fuerte suma de dinero del Estado. Ya sabemos exactamente dónde se mueven Alipio y Gabriel. Los gringos están cerrando el cerco digital.

El desenlace de aquellas reuniones secretas en Chorrillos llegó la noche del domingo 11 de agosto. Mientras Lima dormía bajo su capa de neblina, en un rincón perdido de Llochegua, Ayacucho, la tecnología y la traición se materializaron en una explosión ensordecedora. No hubo el glorioso tiroteo de los manuales de infantería. Las fuerzas conjuntas, con la guía oculta de los analistas de las nueve de la mañana, habían minado la casa donde los mandos senderistas planeaban pernoctar. Un botón pulsado a kilómetros de distancia terminó con Alipio y Gabriel.

Al día siguiente, las camionetas de lunas polarizadas volvieron a ingresar al cuartel a las 09:00 en punto. Los periódicos hablaban de un éxito militar puramente peruano, pero en los pasillos de Las Palmas, algunos sabíamos muy bien de quién eran las botas que habían caminado detrás de esa victoria.


martes, 13 de enero de 2015

BATALLÓN DE INFANTERÍA MOTORIZADO "IQUIQUE" N° 31 LOBITOS TALARA PIURA PERÚ AÑO 1988

El Imperio del Inti y el Acero Robado: El Desastroso Comando de Manuel Llanos Reyes (1988).- El año 1988 inscribió una de las páginas más oscuras y vergonzosas en los anales del glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31. Tras la impecable y gallarda gestión del comandante Pérez Silva, el mando de la unidad cayó en manos de su total antítesis: el teniente coronel de Infantería Manuel Llanos Reyes. A sus cincuenta años de edad, Llanos Reyes era un hombre sumamente obeso y carcomido por la diabetes. De tez trigueña oscura y escaso metro sesenta y ocho de estatura, su sola presencia física delataba una mediocridad alarmante para liderar un batallón de combate. Su severo sobrepeso le obligaba a caminar con una lentitud penosa; jamás se le vio ponerse al frente de la tropa para los rigurosos ejercicios de campaña a pie, y mucho menos participar en las carreras matutinas tras el entrenamiento físico. Oficiales de su calaña, inaptos para las exigencias de las operaciones militares tanto en el frente interno como externo, jamás debieron ser nombrados para comandar una unidad de primera línea. Llanos Reyes era el típico oficial de escritorio: inmoral, de malas costumbres y carente de toda mística castrense.

Su rutina diaria en el cuartel de Lobitos rozaba el descaro. Apenas cruzaba la prevención, se encerraba en su oficina a doble llave y pasaba las horas contando febrilmente inmensos fajos de billetes. Mientras tanto, el personal de oficiales, suboficiales y la tropa del Servicio Militar Obligatorio vivíamos en una alarmante acefalía, casi sin ningún tipo de control operativo. Sin embargo, toda su flagrante ineptitud militar se transformaba en una astucia criminal cuando se trataba de su verdadero negocio: el robo sistemático de toneladas de tuberías a la empresa estatal Petroperú en Talara, un contrabando que transportaba de forma clandestina desde Lobitos hasta el puerto del Callao. Aquel tráfico ilícito le generaba ingresos astronómicos, al punto de que los cajones de su escritorio y su caja fuerte permanecían atiborrados de millones de Intis, la devaluada moneda que circulaba durante el agónico primer gobierno de Alan García.

Aquel imperio de corrupción no nació de la noche a la mañana. Durante los años 1986 y 1987, mientras se desempeñaba como Oficial de Inteligencia (G-2) de la 8va División de Infantería, Llanos Reyes había tejido una red delictiva en complicidad con el propio comandante General de la División y otros jefes de unidad. Amparados por las sombras, se dedicaban a saquear los pesados tubos de exploración de veinte metros de largo y gran grosor que Petroperú almacenaba en los yacimientos de Pariñas y El Alto. Su brazo ejecutor y hombre de máxima confianza era el Sargento 1ro Reenganchado Chinguel Peña. Cada noche, a las once en punto, Chinguel Peña encendía un pesado camión de apoyo de combate tipo LA del batallón y, al mando de una docena de soldados de tropa, partía a cargar el material hurtado, regresando sigilosamente a las cinco de la mañana. Para esconder el botín, utilizaban la parte posterior del Batallón de Ingeniería N° 8, un rincón estratégico y fuera de sospechas que servía de almacén secreto.

Al asumir la comandancia del glorioso y victorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31 en 1988, Llanos Reyes intensificó el saqueo utilizando a destajo toda la flota de vehículos de apoyo de combate de la unidad. Pero el contrabando pronto se tiñó de sangre. Una noche, el peso del acero cobró la vida de un joven soldado procedente del Bajo Piura. El propio sargento Chinguel me confesaría tiempo después la tragedia: “Cuando la tropa estaba cargando, los tubos se deslizaron bruscamente de la tolva. Uno golpeó al muchacho directamente en la cabeza y murió en el acto”.

Para ocultar el homicidio y proteger el millonario negocio, la maquinaria de encubrimiento del comandante se puso en marcha. Apoyado por el suboficial de tercer enfermero militar, de alias “choches” Carlos Rodríguez, y en complicidad con los médicos de la 8va División, falsificaron los certificados de defunción, consignando que el recluta había fallecido a causa de una fulminante enfermedad infectocontagiosa. Mediante una inhumación clandestina y casi secreta, enterraron el cuerpo en el cementerio de San Pedro de Talara. Solo después del entierro se notificó a los deudos. Aprovechándose de la extrema humildad e ignorancia de los familiares, les prohibieron ver el cuerpo bajo el pretexto del supuesto peligro de contagio, acallando su dolor y sus dudas mediante el humillante regalo de unos cuantos sacos de arroz y frijoles.

La tragedia no terminó ahí. En otra de aquellas jornadas clandestinas, otro recluta del Bajo Piura sufrió la amputación traumática de los dedos del pie derecho al deslizarse un tubo del camión LA. El muchacho, un soldado analfabeto, de baja estatura y extrema timidez, permaneció internado en la enfermería del batallón durante cinco meses. En una ocasión logré conversar con él en su camilla y me relató el horror del accidente. Finalmente, la Junta Médica de la 8va División de Infantería, utilizando argumentos y leguleyadas falsas para proteger al comando, le dio la baja definitiva del servicio militar sin ningún tipo de indemnización legítima, expulsándolo de las filas del Batallón. Así, entre el peso de los Intis ensangrentados, el contrabando y el dolor silenciado de la tropa más humilde, se consumó el desastroso año de Manuel Llanos Reyes, dejando una guarnición moralmente en ruinas que solo la posterior y estrafalaria llegada de "El Chorrillano" lograría sacudir.

El Día del Juicio y el Ocaso del Batallón (Agosto - Diciembre de 1988).- En el mes de agosto de 1988, el millonario tinglado de corrupción del Teniente Coronel Manuel Llanos Reyes sufrió un golpe definitivo. El sargento primero reenganchado Chinguel Peña fue capturado en un puesto de control policial a la salida de la ciudad de Talara. No iba solo; ejercía como jefe de un convoy de dos enormes tráileres que transportaban toneladas de tuberías robadas con destino inequívoco al puerto del Callao. Inspectores de la empresa Petroperú y efectivos de la Policía Nacional del Perú procedieron con el arresto en el acto. Aquella humillación institucional no tardó en estallar en los titulares de los diarios locales, regionales y nacionales.

Al verse cercado por el escándalo, el comandante Llanos Reyes pretendió limpiarse las manos con total desparpajo. Decidió fingir demencia y arrojar toda la responsabilidad penal sobre los hombros del sargento. Una noche, la esposa de Chinguel Peña acudió desesperada a mi alojamiento para consultarme. Con lágrimas en los ojos, me confesó que el comandante le había ofrecido una fuerte suma de dinero en Intis, víveres para su hogar y la promesa de un ascenso inmediato al grado de suboficial de tercera chofer para su esposo, todo a cambio de que el sargento se autoinculpara del delito. Aquella era una burda maniobra para aprovecharse de la ignorancia del subordinado y de la pobreza de su familia.
—¿Qué me aconseja, señor suboficial? —me preguntó la mujer, temblando.

La miré con seriedad y le hablé sin rodeos:
—No acepte ningún tipo de ofrecimiento y prohíbale a su esposo firmar cualquier papel. En su manifestación ante el juez, él debe declarar con la verdad: que estuvo cumpliendo órdenes estrictas del señor comandante Manuel Llanos Reyes. Solo así se salvará de la cárcel.

La señora se retiró con mis recomendaciones y la estrategia obró un milagro inmediato: al segundo día, el sargento fue liberado de la comisaría. La noticia cayó como una bomba en el cuartel. A la mañana siguiente, durante la Lista de Diana, el comandante soltó con veneno y sin pizca de vergüenza frente a la formación: "Presumo que alguien está asesorando al sargento Chinguel". Y no se equivocaba. Esa misma noche, burlando la vigilancia, el sargento y su esposa llegaron en secreto a mi habitación y me suplicaron que redactara un descargo. Movido por la justicia, les hice el favor de redactar un detallado informe de cuatro hojas donde se desglosaba cronológicamente cada orden ilícita dictada por la comandancia.

Al día siguiente, el documento ingresó formalmente por la mesa de partes de la unidad y fue derivado de inmediato al despacho de Llanos Reyes. Al leer aquellas cuatro páginas, el jefe no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. En la lista de la tarde, quebrado por la contundencia de las pruebas y resignado ante su inminente suerte, se sinceró sobre el delito cometido ante la corporación y, con voz sumisa, solicitó que lo ayudáramos voluntariamente en el proceso de su relevo de mando.

Misión Nocturna: Diez Toneladas bajo el Mar.- A pesar de su confesión interna, el comandante continuaba negando los cargos ante los fueros civiles. La Inspectoría de Petroperú en Talara no cedió y ejerció una fuerte presión sobre el General de Brigada Roberto Saldaña Vásquez, comandante General de la 8va División de Infantería, exigiéndole una orden de allanamiento para registrar minuciosamente los galpones del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31.

El día clave me encontraba de servicio como Oficial de Día, mientras que el teniente Julio Rubio Cabrejos cumplía funciones como Capitán de Día. Durante la lista de retreta, bajo la penumbra del patio, el teniente Rubio se me acercó y me dictó una orden perentoria:
—Suboficial Pineda, mañana a las ocho de la mañana ingresará la Inspectoría de Petroperú junto a la fiscalía, la policía y el comandante General para pasar revista a las instalaciones, principalmente a los galpones. Le ordeno que, a partir de las doce de la noche y con todo el personal de tropa, desaparezca todos los tubos que están almacenados en el galpón de la Compañía de Morteros.

Aquella orden me pareció un abuso y una trampa legal, por lo que le repliqué en el acto, negándome rotundamente a cumplirla delante de la propia tropa.
—¿Y por qué no ejecuta usted mismo ese trabajo, teniente? —le espeté con firmeza—. ¿Tiene miedo de ser involucrado y arruinar su carrera? Usted cuida sus galones, ¿y quién cuida de mí?

La discusión subió de tono hasta que nos apartamos a un lado del patio. El oficial, intentando calmar las aguas, me palmeó el hombro:
—No te va a suceder nada, Pineda. Cumple la orden y punto.

Ante la insistencia del servicio, accedí a regañadientes. Aprovechando que me correspondía ejecutar la ronda nocturna del segundo turno, esperé a que el reloj marcara la medianoche. Formé a los soldados disponibles, abrimos el galpón de la Compañía de Equipo y Mantenimiento y comenzamos una extenuante faena. Cargamos uno a uno aquellos colosos de acero y los transportamos hacia los acantilados de Lobitos, aventándolos sin miramientos a las profundidades del mar de Grau. Trabajamos arduamente, ida y vuelta en la oscuridad, hasta las cuatro de la mañana, logrando dejar el piso y los rincones del galpón limpios de todo rastro de metal.

A las 08:00 horas del día siguiente, mientras el batallón formaba en la Lista de Diana, una comitiva de vehículos civiles y militares irrumpió en la guarnición. Eran los inspectores de Petroperú, el fiscal de turno, los efectivos policiales y el General de la División escoltado por tres coroneles de su estado mayor. Con paso firme y desconfiado, las autoridades recorrieron el cuartel y entraron de golpe a los galpones. Para su desconcierto, no encontraron ni un solo pedazo de fierro. El fiscal tomó apuntes con frustración; el "soplo" que habían recibido era exacto y detallado, e incluso contaban con fotografías del arsenal de contrabando, pero el acero ya descansaba bajo el océano. A pesar de salvar el registro, la suerte de Llanos Reyes estaba echada: tras confirmarse la existencia de las fotos, todos sus aliados le dieron la espalda.

El Cuartel Acéfalo y la Huida a los Estados Unidos.- El teniente coronel Manuel Llanos Reyes fue relevado de su puesto de inmediato, pero su humillación no terminaría ahí: quedó depositado y bajo arresto preventivo en el mismo cuartel desde finales de agosto hasta el mes de diciembre. Durante esos cinco meses de encierro preventivo, despojado de toda autoridad, el otrora jefe ya no pasaba lista ni pisaba el patio de honor.

Su caída arrastró al batallón a un desorden absoluto. El Mayor Ejecutivo y el Mayor de Operaciones carecían de la más mínima autoridad moral para imponer disciplina, pues toda la plana mayor guardaba algún grado de complicidad en el millonario negocio de los tubos. El Oficial de Inteligencia (S-2) fue removido deshonrosamente de su cargo. El colmo de la crisis llegó cuando el capitán que ejercía las funciones de Oficial de Logística (S-4) hizo abandono de destino de la noche a la mañana. El rumor corrió como reguero de pólvora por los pasadizos de madera de Lobitos: el encargado de los suministros de logística había tomado un vuelo rumbo a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro, para no volver jamás.

La unidad se encontraba en la orfandad total, sin dirección ni comando. Aquel vacío de poder fue aprovechado por varios oficiales y técnicos que, audaces, comenzaron a sustraer pertrechos y materiales para regularizar sus propios inventarios personales, sabiendo que al final del año fiscal podrían achacarle todas las pérdidas y faltantes al defenestrado comandante Llanos.

Un día de diciembre, en un último intento por salvar algo de su dignidad, el comandante intentó reunir a toda la oficialidad y a los suboficiales para revisar las actas de su relevo de comando. La respuesta fue unánime: nadie asistió y todos le dieron la espalda. Solo un pequeño grupo de suboficiales, movidos por la compasión y el respeto a la institución, decidimos apoyarlo de manera voluntaria para cerrar los balances técnicos en las áreas de Comunicaciones, Sanidad, Material de Guerra e Intendencia.

Así, abrumado por la vergüenza y el desprecio de la tropa, el jefe de triste recordación llegó al final del año fiscal. En diciembre de 1988, Manuel Llanos Reyes fue dado de baja del Ejército del Perú sin pena ni gloria. Abandonó el cuartel de Lobitos en un silencio sepulcral, dejando tras de sí un Estado de Relevo plagado de observaciones y pérdidas materiales que mancharon para siempre su hoja de servicios y se fue preso.


BATALLÓN DE INFANTERÍA MOTORIZADO "IQUIQUE" N° 31 LOBITOS TALARA PIURA PERÚ (1986 - 1987)

El Comando del teniente coronel de infantería Mac Donal Pérez Silva (1986-1987).- La guarnición del distrito de Lobitos conoció la estampa de un verdadero soldado de armas. Entre los años 1986 y 1987, el mando del glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31 recayó en los hombros del teniente coronel de Infantería Mac Donal Pérez Silva. Natural de la señorial ciudad de Huaraz, en el departamento de Ancash.

El comandante era la viva imagen de la disciplina: treinta y nueve años de edad, tez blanca, un metro setenta y ocho de estatura y un cuerpo atlético forjado en el rigor de la montaña. Fue, sin temor a equivocarme, uno de los mejores jefes que tuve la honra de subordinar durante mi permanencia en el Ejército del Perú. Culto, educador por vocación y un instructor implacable, poseía una resistencia sobrehumana para todo tipo de labores en campaña, ganándose el respeto unánime tanto de sus superiores como de sus subalternos.

El comandante Pérez Silva no era un jefe de escritorio; lideraba con el ejemplo. En la pista de combate dejaba rezagados a oficiales mucho más jóvenes que él. Su puntería era infalible en las competencias de tiro con pistola y, durante el entrenamiento físico matutino, su silueta siempre se recortaba a la cabeza de la columna, marcando el paso de sus hombres bajo el sol del distrito de Lobitos, Talara. Bajo su firme conducción, la moral del batallón se elevó hasta el cielo, logrando coronarse campeones dos años consecutivos en las Olimpiadas Inter Unidades de la 8va División de Infantería en Región Militar del Norte.

Aquel comando de excelencia exigía que cada sección funcionara como un reloj suizo, y la mía no fue la excepción. Como Oficial de Comunicaciones del Batallón, asumí el reto con profesionalismo. Bajo la mirada atenta del comandante, nos entregamos a una labor titánica de mantenimiento preventivo y correctivo, logrando una hazaña técnica sin precedentes en la guarnición: pusimos el material de comunicaciones alámbrico e inalámbrico en un estado operativo del cien por ciento (100%).

Nuestros talleres revivieron cincuenta teléfonos de campaña TA 312/PT y cuatro centrales telefónicas SB-22/PT, asegurando el tendido de redes en el terreno. En el plano inalámbrico, devolvimos la voz a la unidad con cinco equipos de radio de Alta Frecuencia (HF) Thomson TRC 372 de 20 vatios —versátiles para instalación vehicular y portátil— y un imponente equipo Thomson TRC 373 de 100 vatios de potencia para uso vehicular y fijo. Asimismo, el arsenal electrónico de fabricación israelí de la firma Tadiran quedó impecable en la banda de Muy Alta Frecuencia (VHF): veinticinco radios de tropa AN/PRC-77, quince radios vehiculares AN/PRC-64 y dos potentes estaciones vehiculares RT 524. Aquel logro técnico no era un asunto menor; significaba que el Batallón Iquique Ni 31 se encontraba en condiciones óptimas y con los puños listos tanto para la Guerra Convencional como para la Guerra No Convencional.

El reconocimiento a tanto sudor quedó perennizado en una fotografía que guardo con orgullo. En ella, el teniente coronel Mac Donal Pérez Silva, con un gesto de sincero aprecio, me estrecha la mano y me hace entrega de un presente en agradecimiento por mis labores al frente de las comunicaciones del batallón. Un testimonio de una época dorada donde el honor, la capacidad técnica y el verdadero liderazgo marcharon hombro a hombro en las arenas de Lobitos.

BATALLÓN DE INFANTERÍA MOTORIZADO "IQUIQUE" N° 31 LOBITOS TALARA PIURA PERÚ