Testimonio de la patrulla
"Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz, julio de 1993
El sol de aquel viernes 16 de julio de 1993 no tenía piedad. Era un resplandor de fuego andino que caía a plomo sobre las espaldas de los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán". Llevaban el mismo uniforme, las botas gastadas y el alma en un hilo, persiguiendo a pie, desde el caserío de Utcubamba a las huellas frescas de una columna del PCP Sendero Luminoso. No era un enemigo cualquiera: eran ciento veinte combatientes de la fuerza principal procedente de la provincia de Tocache, región San Martín; un ejército guerrillero bajo el mando del camarada "Gerardo" que avanzaba hacia la zona andina de la provincia de Pataz con consignas de apología, adoctrinamiento, propaganda y aniquilamiento de autoridades del estado.
La distancia en la guerra no
se mide en kilómetros, sino en el hambre que se arrastra. La patrulla llevaba
nueve días flotando en un limbo de privaciones, desde el jueves 8 de julio.
Nueve días de marcha constante, durmiendo con el fusil al pecho y sobreviviendo
a base de tragos de agua y plátanos verdes arrancados a la prisa de las chacras
que bordeaban los caminos de Ongon.
A las trece y cuarenta y cinco
horas, tras quince kilómetros de una marcha forzada que calaba hasta los
huesos, el terreno cedió. Llegaron a la "Puerta del Monte", un paraje
desolado suspendido a 3365 metros sobre el nivel del mar. Aquel lugar era una
bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de selva; hacia adelante, la
helada puna.
Allí, donde el viento empezaba
a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan
Montes, un campesino ganadero de mirada esquiva y manos curtidas por el frío.
Al romper la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de la
patrulla "Huascarán", contuvo el aliento: sobre el suelo de tierra
descansaban dos piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado ovino que
aún goteaban sangre fresca.
—Jefe —habló el campesino Juan Montes con
voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del suboficial—. Ayer llegaron los
"compañeros" antes del mediodía. La mayoría se atrincheró en las
alturas de esos cerros, esperando emboscarlos a ustedes. Otros bajaron a la
pampa, fusilaron a dos de mis toros bravos y comieron harta carne hasta
saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del
helicóptero del Ejército. Hoy a las once de la mañana se quitaron con rumbo a
Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son como más de cien
hombres, jefe. Tienen leñadores y cargadores para sus medicinas.
El hombre hizo una pausa,
queriendo dar un aliento de paz que en esa cordillera no existía.
—No se preocupe, le doy mi
palabra de que ya están lejos. Eso sí, andan bien armados. Dicen que tienen
treinta licenciados del Ejército y dos sargentos reenganchados entre sus filas,
aunque andan con pocas municiones entre sus combatientes.
Pero en ese momento, a los
hombres de la patrulla "Huascarán" no les importaban los fusiles
enemigos. El hambre acumulada durante una semana era un monstruo más feroz que
cualquier columna subversiva. Olvidando el protocolo y la prudencia, los soldados
del Servicio Militar Obligatorio se abalanzaron sobre los restos de carne que
los terroristas del PCP Sendero Luminoso habían dejado abandonados esa misma
mañana.
En las inmediaciones de la
choza del campesino se convirtió en un escenario de supervivencia pura. Algunos
soldados improvisaron con las pequeñas ollas del campesino y con lo que tenían
a la mano para preparar un caldo de res; otros, más desesperados, filetearon
los trozos de res y los arrojaron directamente sobre las piedras calientes que
el sol de mediodía había convertido en planchas de cocina.
No hubo banquetes solemnes,
pero sí una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los
veintiún soldados compartieron los trozos con los perros de la patrulla:
«Cuto», «Cucurucha» y «Blanca», los tres animalitos que siempre nos acompañaban
en esos ajetreos sin descanso. Con las costillas marcadas por la caminata,
ellos también esperaban su ración. Comieron en silencio. Era un caldo de res casi
crudo, hervido apenas con un puñado de sal, y un asado que todavía chorreaba
sangre viva entre los dientes. A pesar de la crudeza del bocado, el estómago
lleno trajo una bendición momentánea. Por fin, después de una semana de agonía,
estaban satisfechos.
Sin embargo, la cordillera
andina no perdona los regalos del enemigo.
Pocas horas después, la patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó, obligándolos a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4000 metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura. Las entrañas de los soldados se convirtieron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos, transformando el ascenso a las alturas en un calvario donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.












