La patrulla «Huascarán»:
Memorias de Retamas (1993). - El 14 de abril de 1993, a las
04:00 horas, la patrulla «Huascarán», integrada por 20 hombres de tropa SMO, llegó a la Base
Contrasubversiva de la localidad de Retamas, perteneciente al distrito de
Parcoy, provincia de Pataz, departamento de La Libertad. En aquella
oportunidad, el personal completó un extenuante desplazamiento nocturno a pie de 28
kilómetros desde las alturas de la laguna Pías.
En aquellos tiempos de intensa
actividad minera, la presencia de los terroristas del PCP-Sendero Luminoso en
los Andes de Pataz constituía una amenaza constante para la estabilidad de la
empresa. Por esta razón, el personal de la base del Ejército y los efectivos de
la Policía Nacional del Perú ejercían un control estricto sobre el ingreso y la
salida de los trabajadores del centro minero, restringiendo el acceso desde las
18:00 hasta las 06:00 horas. En todas las bocaminas la vigilancia era
permanente las 24 horas del día, dividida en dos turnos de 12 horas. Cada
puesto de control en los accesos estaba conformado por tres elementos: un
efectivo del Ejército, un policía y un vigilante de seguridad privada
contratado por la compañía.
Sin embargo, al amparo de las
sombras, la realidad operativa tomaba un rumbo muy distinto. Durante las
noches, el personal militar, policial y los vigilantes particulares permitían
el ingreso clandestino de civiles conocidos en la zona como los «parqueros».
Estos sujetos extraían ilegalmente mineral en bruto y lo cargaban en costales
para trasladarlo, de madrugada, hacia sus respectivos caseríos y localidades
cercanas a Parcoy. A simple vista, el material extraído parecía insignificante
—apenas unas rocas de un opaco color plomo— que ocultaban discretamente en sus
almacenes para luego procesarlo de día en molinos de piedra artesanales.
Si había suerte, lograban
extraer de tres a cuatro gramos de oro por costal. El botín de esta actividad
ilícita se distribuía bajo una regla implícita y corrupta: la mitad de la
ganancia neta correspondía al «parquero», mientras que la otra mitad se repartía
de forma proporcional entre los jefes de la base militar, el personal policial
y el vigilante particular de turno, dejando apenas un remanente menor para el
soldado del servicio militar saliente que había facilitado el acceso.
Los civiles que se dedicaban
al robo de mineral, conocidos como los «parqueros», residían en los caseríos, en
el distrito de Parcoy y en la localidad de Retamas. Para ingresar a los túneles
o bocaminas al amparo de la noche, estos sujetos pagaban un cupo fijo de un
gramo de oro al jefe de la base militar y otro gramo al jefe del puesto
policial. Mediante este engranaje de corrupción, el saqueo del mineral en bruto
a la empresa minera era constante; gracias a ello, tanto el jefe militar como
el policial recibían, de manera individual, un promedio aproximado de sesenta
gramos de oro diarios, cifra que a veces era incluso mayor.
En aquella época, el gramo de
oro se cotizaba en Retamas a veinticinco nuevos soles por parte de los
compradores locales. Permanecer destacado en esta base militar resultaba un
negocio sumamente rentable. Además de las ganancias ilícitas, todo el personal
disfrutaba de grandes comodidades: la propia empresa minera les proporcionaba
alimentación de excelente calidad, buen alojamiento y otros beneficios
estipulados en un convenio minero. Bajo este acuerdo, se asignaba un pago
mensual de setenta soles para los oficiales, cincuenta soles para los
suboficiales y veinticinco soles para el personal de tropa del Servicio Militar
Obligatorio (SMO). Sin embargo, este dinero jamás llegaba a las manos de los
efectivos destacados; era retenido y cobrado directamente por las altas
jerarquías en la Comandancia General de la 32.ª Brigada de Infantería en
Trujillo y por los mandos del cuartel de Huamachuco.
La justificación para este
despliegue era la seguridad estratégica. Al estar la mina de oro de Retamas
bajo la amenaza constante de las huestes del PCP Sendero
Luminoso, el Estado había instalado una base militar compuesta por sesenta
hombres de tropa SMO, bajo el mando de un oficial y un suboficial. En paralelo,
se encontraba acantonado un puesto policial con un contingente de cuarenta
efectivos dirigidos por un capitán de la Policía Nacional. Eran tiempos de
extremo peligro para la actividad empresarial en la región.
Escribo estos hechos basándome
estrictamente en lo que constataron mis propios ojos. En aquella base militar
permanecí alojado junto a mi personal por un lapso de treinta horas. Tras ese
breve descanso, a las 08:00 horas del 15 de abril de 1993, la patrulla
«Huascarán» reinició su marcha, siempre a pie, con destino a la Base Militar
del distrito de Tayabamba, en la provincia de Pataz.


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