Crónica de la Patrulla "Huascarán": Rigor y Sacrificio en las
Punas de Región La Libertad (1992 -1993)
Permanecí muchas veces al mando de la patrulla “Huascarán”, conformada
por veinte hombres de Tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) patrullando en las zonas de frío extremo de Quesquenda, Frailones y la Laguna El Toro, a
más de 4,000 metros sobre el nivel del mar. Uno de aquellos duros episodios
ocurrió durante el mes de intensas lluvias de noviembre de 1993. En el ande
liberteño, el invierno serrano se extiende desde septiembre hasta abril; en esa
época, los cerros Huaylillas y Cuyulga permanecían perennemente cubiertos por
la nevada y la neblina.
La tarde del 26 de noviembre de 1993 recibí la orden de salir de
patrulla la madrugada siguiente hacia Quesquenda, Frailones y el sector de la
Laguna El Toro, territorios compartidos por las provincias de Santiago de Chuco
y Sánchez Carrión. A las 05:00 horas del 27 de noviembre, comencé a organizar
al contingente con el personal de Tropa de la Compañía "C". Recuerdo
que un sargento segundo de apellido Mantilla, catalogado como
"relajado" por su mala conducta, había sido destacado como castigo
desde el Batallón de Servicios N° 32 del Cuartel Ramón Zavala, en Trujillo,
hacia nuestro Batallón Contrasubversivo "Coronel Oscar de la Barrera" N° 323 acantonado en el sector la Cuchilla en el distrito de Huamachuco. Aquella mañana,
el patio de armas amaneció inundado por la intensa tormenta de la madrugada y
el cielo se mantenía con nubosidad baja con una ligera llovizna. En esas circunstancias
se me presentó el sargento Mantilla, quien muy entusiasta se ofreció a integrar
la patrulla, petición a la que accedí. Una vez formado el personal, me dirigí a
la oficina del mayor Manuel Dávila, jefe de operaciones (S-3), para reportar
que estábamos listos. Sin embargo, el capitán jefe de línea para el desfile del
Día de la Infantería me comunicó una contraorden: la salida se posponía hasta
finalizar la ceremonia en la Plaza de Armas, donde finalmente participé desfilando
como jefe de la primera sección.
El 27 de noviembre es una
fecha inolvidable para los hombres de la gloriosa infantería del Perú y esta
efeméride no podía pasar por alto, por lo que el comandante ordenó la ceremonia
pública. Al término del desfile en la Plaza de Armas de Huamachuco, bajo una
mañana nublada y siendo las 11:00 horas, abandonamos el cuartel a pie con
destino a las alturas de Quesquenda, Frailones y la Laguna El Toro. Al inicio
del recorrido por la avenida 10 de Julio, el sargento Mantilla iba sonriente y
contando chistes; incluso hostigaba a sus compañeros nativos de Huamachuco
llamándolos despectivamente "serranos come mote" o "come
cancha". Sin embargo, tras pasar la Plaza de Armas, la puerta de la
discoteca Aruba y cruzar el puente sobre el río Grande, el sargento costeño
comenzó a apagarse. El peso del fusil FAL con su cacerina abastecida, la
fornitura, los cuatro cargadores en las cananas y la mochila a la espalda con
los dos cientos cartuchos de reserva, el capotin y la frazada lo habían agotado
por completo.
En aquellos tiempos de lucha
contrasubversiva frente a las huestes de Sendero Luminoso, el personal de Tropa
estaba habituado a marchas de largas distancias y a soportar el rigor extremo
de las altas punas. Avanzábamos siempre a paso largo. Al llegar a las
inmediaciones de la central eléctrica de Yamobamba, el sargento Mantilla se
sentó en el suelo, completamente pálido. "Mi suboficial, me falta el aire;
mi suboficial, me falta el aire", repetía sin poder moverse. Ante aquella
situación, pensando en qué hacer con él, decidí despojarlo de inmediato de su
fusil, las cacerinas y las municiones, y le ordené que regresara solo al
cuartel, sin importarme en ese momento si decidía desertar.
El Oficial de Inteligencia
(S-2) del Batallón recopilaba diariamente información clave de los
transportistas que cubrían las rutas de Trujillo, Huamachuco y Tayabamba. Ellos
reportaban la presencia de columnas armadas de Sendero Luminoso ocultas en las
zonas altas de Quesquenda y Frailones. Según los informes, a partir de la
medianoche los subversivos descendían a la carretera para exigir cupos a los
camioneros y choferes de buses interprovinciales. Los "tucos"
portaban mayoritariamente fusiles AKM y, para amedrentar a pasajeros y
conductores, mostraban cartuchos de dinamita con mecha lenta encendida; si
alguien se rehusaba a colaborar, colocaban el explosivo debajo del vehículo.
Para contrarrestar esta
amenaza, la patrulla "Huascarán" se desplazaba siempre a pie por la
ruta principal, evitando así las emboscadas vehiculares. Saliendo del cuartel ubicado en el sector La Cuchilla a
paso aceleramos loa pasos por la avenida 10 de Julio, cruzábamos el puente sobre el río Grande, pasábamos
Yamobamba y ascendíamos con facilidad por los caseríos de La Ramada y
Arenillas. En aquella inhóspita puna no había lugar para el cansancio ni el
hambre.
Al adentrarse en Frailones, el
terreno se volvía sumamente montañoso, caracterizado por roquedales, extensos
campos de ichu, parajes desolados, vientos rústicos y un frío constante. En
Quesquenda, el personal permanecía camuflado en las partes altas de los cerros,
mimetizado entre las rocas y el pastizal andino, muchas veces bajo tormentas de
lluvia o nieve. Apostados estratégicamente, garantizábamos el libre tránsito de
los vehículos que viajaban desde Trujillo hacia Huamachuco y Pataz. Durante el
día, los soldados se turnaban para dormir y recuperar el sueño perdido durante
los patrullajes nocturnos. A partir del mediodía, los camiones procedentes de
Huamachuco subían cargados de mercancía. Solíamos detenerlos para solicitar su
apoyo; los conductores, de buena voluntad, nos regalaban sacos de papa y oca,
llegando a reunir hasta cinco costales. Estos productos se convirtieron en
nuestro único sustento diario. La tropa trasladaba los sacos hasta las chozas
de los pastores de la zona, quienes nos ayudaban a sancocharlos. Así, la papa
con ají fue nuestro desayuno, almuerzo y cena.
Nuestras misiones al mando de
la patrulla "Huascarán" duraban normalmente siete días. Permanecíamos
una semana completa movilizándonos día y noche en la carretera que conectaba la
Mina Quiruvilca, la Laguna El Toro, Quesquenda y Frailones. Durante estos
patrullajes jamás recibimos viáticos, raciones de campaña ni botiquines de
primeros auxilios. Por las noches pernoctábamos en las precarias chozas de los
campesinos, soportando un frío infernal que apenas lográbamos mitigar con el
capotín de campaña y una frazada vieja.
Para el repliegue táctico era
indispensable emplear el engaño. Si nos replegábamos de día, utilizábamos rutas
alternas para evitar que el enemigo detectara nuestro retorno; si lo hacíamos
de noche, evaluábamos la situación y regresábamos por el mismo camino para no
exponernos a una emboscada en terreno desconocido. De aquellos sacrificados
patrullajes en el sector de Huamachuco son testigos eternos el histórico cerro
Huaylillas, el camino inca de La Escalerilla, el cerro Cuyulga, el cerro Sazón,
la llanura de Purrumpampa, el caserío El Pallar y el distrito de Chugay.
Durante mi servicio en el departamento de La Libertad, operé en las áreas de
responsabilidad de las provincias de Sánchez Carrión, Pataz y las zonas
colindantes de Santiago de Chuco.
Para culminar la última misión de aquel año 1993, nos replegamos a pie durante una noche completamente cerrada y oscura desde las alturas de la Laguna El Toro hacia la base. Amparados por el silencio nocturno, descendimos por los sectores de Frailones, La Ramada y Arenillas, prosiguiendo la marcha por la carretera en la llanura de Yamobamba. A las 05:00 horas, la patrulla "Huascarán" retornaba por su itinerario habitual, cruzando la Plaza de Armas y el inolvidable y larga avenida 10 de Julio. Nuestras botas estaban cubiertas de barro, la chompa verde tipo Jorge Chávez y el pasamontaña verde totalmente humedecidos. Durante los patrullajes en estas zonas nunca encontré terrucos ni delincuentes comunes, pues en aquellos tiempos sin mediar palabras le metíamos bala a todos los indeseables; ergo, ante la presencia de las patrullas del ejército todos se escondían.

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