Vientos de Guerra en el Sur y
la Virgen de la Candelaria.- El 16 de enero de 2008, el Perú solicitó a la
Corte Internacional de Justicia de La Haya la delimitación de su frontera
marítima con Chile. Como es de conocimiento general, este diferendo duró seis
años, un lapso en el que se especuló mucho sobre el resultado de la demanda y
la posible reacción del gobierno chileno y sus Fuerzas Armadas. Entre los años
2012 y 2013, el Perú movilizó material bélico hacia el sur, principalmente
unidades blindadas, grupos de artillería y sistemas antitanque equipados con misiles
israelíes Spike y rusos Kornet. Asimismo, durante ese mismo período, se envió
una gran cantidad de personal profesional hacia la Región Militar del Sur para
completar los cuadros de los batallones.
En el año 2013, tuve la
oportunidad de trabajar en el Batallón de Comandos "comandante
Espinar" N° 19, en Las Palmas. En este afamado batallón de combate
planeaba cerrar mis treinta y cinco años de vida militar. Sin embargo, a
mediados de diciembre de ese año, cuando ya había decidido solicitar mi pase a
la situación militar de retiro, me notificaron desde la JATSOE en el Cuartel
General del Ejército. Me comunicaron que, debido a mi experiencia de combate en
el frente externo, sería cambiado de colocación a uno de los batallones
acantonados en Tacna. Al escuchar esto, les respondí: “Mis anhelos de muchos
años se han cumplido; siempre pensé estar desplegado en la frontera con Chile”.
No obstante, luego me informaron que las unidades en dicho departamento ya
tenían sus cuadros de personal completos, por lo que finalmente me destinaron a
la Compañía de Comunicaciones N° 4, acantonada en la ciudad de Puno.
Debido al despliegue previo de
material bélico y personal hacia el sur, llegué a pensar que Chile no aceptaría
un fallo adverso y se rehusaría a acatar la decisión de la Corte Internacional,
optando en su lugar por atacarnos. En la última década, los chilenos habían
adquirido una gran cantidad de armamento y aviones sofisticados de última
tecnología; además, habían realizado grandes maniobras militares en el desierto
de Tarapacá. Esta demostración de poderío bélico hacía presumir a muchos que el
gobierno del país vecino no aceptaría una resolución desfavorable. Al final,
los rumores sobre la reacción de las Fuerzas Armadas de Chile resultaron ser
meros comentarios de algunos alarmistas; ellos nunca se atrevieron a movilizar
sus blindados hacia el norte.
La noche del 24 de enero de
2014, tras recibir el Memorándum de Cambio de Empleo N° 3676 DP-SJATSO, fechado
el 17 de diciembre de 2013, y reflexionando sobre el inminente fallo de La Haya
y sus consecuencias, comencé a empacar mis uniformes y equipos en la vieja
bolsa de impedimenta que me acompañaba desde enero de 1984. Así, inicié mi
viaje por vía terrestre desde Lima con destino a Puno para incorporarme a la
Compañía de Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña, ubicada en las
inmediaciones del lago Titicaca, a más de 3827 metros sobre el nivel del mar.
El 27 de enero de 2014, una
vez solucionado el impasse marítimo con Chile, el personal de las guarniciones
militares de la Región Militar del Sur, que había permanecido en alerta y
acuartelado por mucho tiempo, volvió a la calma. A partir del 1 de febrero,
todo el personal de la 4.ª Brigada se sumergió en las actividades festivas en
honor a la Virgen de la Candelaria, patrona de los puneños. Para estas
celebraciones, los batallones se presentaron con diversos grupos de danza y
música, vistiendo trajes autóctonos propios de las culturas quechua, aimara y
mestiza, las cuales son ampliamente difundidas y valoradas en esta región del
Perú.
Durante el mes de febrero, presencié en las principales avenidas a miles de personas de todas las edades que recorrían las calles y plazas siguiendo a las agrupaciones folclóricas y religiosas, manteniendo viva la costumbre ancestral de los collas. Se realizaron concursos de danza con llamativos trajes multicolores tanto dentro como fuera del Estadio Enrique Torres Belón. En la avenida principal de la ciudad, los desfiles de los diferentes grupos de la región eran diarios; cada uno iba acompañado por sus respectivas bandas de músicos de la zona sur del Perú y, en algunos casos, por agrupaciones musicales traídas desde Oruro, Bolivia. En esta competencia de danzas participó activamente el personal de los batallones de la 4.ª Brigada de Montaña con su propia banda de músicos, al igual que los miembros de la Policía Nacional del Perú.
El 27 de enero de 2014, en
horas de la tarde, me presenté vistiendo el uniforme A4 ante el mayor de
comunicaciones Edgar López Cosco, jefe de la Compañía de Comunicaciones N° 4.
En el acto, el oficial me advirtió: “Técnico, bienvenido a la compañía, pero
la corporación de oficiales, técnicos y suboficiales ya está completa. Tengo
que ponerte a disposición del Cuartel General de la Brigada para que el G-1
disponga tu nuevo destino”. De inmediato, el recuerdo de mi confinamiento
en el Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército en San Borja,
allá por el año 2007, volvió a rondar por mi cabeza. Como es natural en tales
circunstancias, una marea de ideas comenzó a revolverse en mi mente: ¿Qué
está ocurriendo en el Ejército contra mi persona? Para evitar el desgaste
de ir de un cuartel a otro cargando mis pertenencias, le solicité en el acto al
mayor que me autorizara a ocupar el alojamiento destinado al personal de
técnicos y suboficiales de la subunidad. El oficial accedió de buena gana y me
respondió: “Perfecto, instálate en el alojamiento. Ahí hay roperos, catres y
colchones. Como perteneces a la compañía no hay problema; trabajarás en otro
batallón, pero regresarás aquí a dormir”. La conversación se desarrolló en
todo momento con mutuo respeto, sellando así un acuerdo verbal.
No obstante, desde los
primeros momentos de mi presentación, se instaló en mi mente la certeza de que
ningún jefe de batallón quería integrarme a su corporación. Todos me temían y
me veían como a un elemento "apestado" para la institución. Mi historial
había sido difundido a nivel nacional desde la propia JATSOE. Era verdad que, a
lo largo de mi permanencia en las filas, le había hecho dar de baja a dos
comandantes de batallón de combate por corruptos y desleales; además, en el año
2013, había tomado del pecho al general Flores en su propia oficina,
sacudiéndolo por denegar mis reclamos en la Inspectoría de la II División del
Ejército en Lima. Sin duda, mis antecedentes resultaban temibles en una época
en la que los oficiales superiores sistemáticamente le robaban al Estado,
ensañándose sobre todo con el combustible de los vehículos de combate, el de
apoyo y el carburante destinado a la cocción del rancho de la tropa.
En el Cuartel General de la
4.ª Brigada de Montaña, el comandante G-1 se tomó todo el mes de febrero para
decidir mi nuevo destino. Mientras tanto, permanecí en la Compañía de
Comunicaciones formando todos los días en el dispositivo derecho de la subunidad.
En las horas de lista, nadie daba parte por mí; me ignoraban por completo.
Cumplían con sus actividades cotidianas de acuerdo con la progresión
programada, sin tener en cuenta mi presencia. Sin embargo, no me sentí hundido
ni permití que el tiempo me torturara. Aproveché aquella indiferencia para
ingresar al almacén de comunicaciones, a cargo del técnico Lobatón, donde me
dediqué a actualizar mis conocimientos en la operación y programación de los
nuevos equipos de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC 6000, los receptores
transmisores de Muy Alta Frecuencia VHF/FM CNR 9000 HDR con modo GPS y las
terminales tácticas Tacter 31, que habían llegado como dotación a la Región
Militar del Sur para afrontar el posible conflicto con Chile por el diferendo
marítimo.
La ciudad de Puno se ubica a
más de 3827 metros sobre el nivel del mar, una altitud donde el frío arrecia.
El entrenamiento físico para el personal se iniciaba a las 11:30 horas y, como
yo no tenía responsabilidades asignadas, para las 11:15 ya merodeaba por las
inmediaciones del patio de armas con mi ropa de deporte. Tras la gimnasia
básica con o sin armas —consistente en diez repeticiones por ejercicio—,
comenzaba la carrera de ocho kilómetros. A esa altitud, yo ya no estaba en
condiciones de soportar una exigencia tan extrema; me ahogaba por completo.
Pese a haber sido un excelente atleta en mis años de juventud, el cuerpo lo
sentía. Sin embargo, no me rendía y me esforzaba al máximo para evitar que las
mujeres me superaran. En plena carrera, evocaba las décadas de 1980 y 1990,
cuando presté servicios en el norte del Perú, especialmente en la 8.ª División
de Infantería en el desierto de Lobitos, Talara. En aquellos tiempos, mis
marcas en las competencias de atletismo eran formidables: cubría los 8 kilómetros
en 27 minutos, los 3000 metros en 8:20 minutos, los 1500 metros en 4:15 minutos
y los 400 metros planos en 53 segundos; además, completaba la pista de combate
portando casco y fusil en apenas 2:20 minutos. El recuerdo de aquel vigor
juvenil me inyectaba moral, pero el día en que una joven teniente de 26 años me
ganó en la prueba de velocidad de 3000 metros, la realidad se impuso. Desde ese
instante decidí solicitar mi pase voluntario a la situación militar de retiro.
La noche del 18 de febrero, mientras el técnico Nolazco Perca se encontraba de oficial de día, conversamos durante un par de horas al finalizar la lista de retreta. Él fue uno de los pocos que me habló con cierta confianza y me reveló la verdad: “Mi técnico, para usted no hay más. En los primeros días de enero llegó el Cuadro de Personal (PC-15) de la corporación para el año fiscal 2014. El mayor López nos reunió de inmediato en su oficina y nos dijo claramente: 'Al técnico Pineda no lo puedo recibir en la compañía; dicen que es terrorista y comunista. Yo no quiero tener problemas con él, así que lo pondré de inmediato a disposición del G-1 para que allá vean a dónde lo envían'”. Fue gracias a la infidencia del técnico Perca que me enteré de mi situación real en la guarnición de Puno.
El 28 de febrero, casi al mes de mi llegada, me comunicaron que el señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra, Comandante General de la 4.ª Brigada de Montaña, había ordenado que me presentara a su despacho. Acudí vistiendo el uniforme A1 de diario y me dirigí al segundo piso del Cuartel General. Ingresé cumpliendo estrictamente con las normas reglamentarias para una entrevista con un oficial general. Él me esperaba solo; me invitó a sentarme y dio inicio a la conversación: “Técnico Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con su persona. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus superiores. Hay que vivir en paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca. Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4. ¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?”.
Le contesté con firmeza y
respeto: “Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos
comandantes. Sin embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las
leyes y de nuestros reglamentos; sobre todo, amo a la institución y siempre
trabajo para que el Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos
batallones el Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He
trabajado con jefes que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE
para los procesos electorales; con comandantes que les robaban los uniformes a
la tropa o que sustraían el combustible de los vehículos de combate y de apoyo.
Incluso, permitían el robo del combustible destinado a la cocción de alimentos,
el cual se quedaba en el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las
unidades, terminando ese dinero en los bolsillos de los generales. Mientras
tanto, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por todos lados para
cocinarle a los soldados. En ocasiones, con el dinero destinado a la compra de
víveres frescos y carne para la tropa, me vi obligado a comprar leña para
preparar los alimentos. Cuando reclamé por estas injusticias, comenzaron a
tildarme de terrorista y comunista. Mi General, soy Veterano de Guerra;
participé en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los
miles de soldados que nada han recibido de la institución. El 9 de diciembre de
1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la presidencia de
Alberto Fujimori, 1200 combatientes calificados como Defensores de la Patria
recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares y un incentivo de tres
mil soles de parte del Estado. En cambio, el otro grupo de 2800 Defensores de
la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos siquiera un saludo del
Comando del Ejército ni del gobierno peruano. Cada vez que presenté mis
reclamos para recibir estos beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones
amañadas. Por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; de
manera abusiva, las inspectorías archivaron todas mis peticiones. Los malos elementos
han difundido informes falsos sobre mí sin prueba alguna; me llaman terrorista
y comunista porque, para ellos, ser patriota y anticorrupción significa ser un
criminal”. El General intervino nuevamente y concluyó de forma diplomática:
“Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones
y ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando
siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí
para actuar con justicia”.
A lo largo del camino también
encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad.
Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del
Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la
espera de un memorándum de destaque, me advirtió: “No vaya a ser que te
destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a tener problemas con el
comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si fueran sus domésticos.
Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho”. Prosiguió
explicándome: “Debido a los malos tratos de ese comandante hacia mi persona,
decidí solicitar mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo
tranquilo”. Pasamos un par de horas conversando; yo le compartí mis
experiencias en las operaciones del Alto Cenepa y él me relató sus vivencias en
el VRAEM.
Llegó el mes de marzo y pensé que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones. Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los batallones se negaban a recibirme en sus unidades. Un día de ese mes, mientras cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, se quedó mirándome sorprendido y me dijo en tono desafiante: “¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una investigación y es muy posible que te sancionen con rigor”. En el acto, le respondí de frente: “Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No gasten papel por gusto”. El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares.

El 30 de abril retorné a la
Compañía de Comunicaciones N° 4. Al día siguiente, el 1 de mayo, la teniente
Calizaya, oficial de personal (S-1), me entregó el memorándum de destaque para
incorporarme al Batallón de Infantería Motorizado N° 55, unidad que se
encontraba bajo el comando del teniente coronel de infantería Rudy Arnol Riojas
Vargas. En aquellos tiempos, este comandante era considerado el más
"fuerte" debido al trato severo y abusivo que daba a sus
subordinados; era un "gorilón" de un metro y ochenta y cinco de
estatura. El Comando de la Brigada probablemente pensó que ante él me
arrodillaría, pero se equivocaron. En horas de la tarde me presenté en su
despacho. Como era de esperarse, el primer contacto con este oficial superior
fue un choque que echó chispas. De inmediato, me espetó en tono amenazante: “¿Por
qué vienes destacado al Batallón de Infantería Motorizado N° 55? Debe ser por
algo, ¿no? Cuidado con abrir la boca; al primer intento te botaré del cuartel
como a un perro, tal como boté al capitán Domínguez. ¿Comprendido?”. Ante
semejante falta de respeto hacia mi persona, le contesté sin titubear: “Yo
no lo conozco a usted, ni usted me conoce a mí. Su concepto sobre mi persona es
el de los oficiales 'bravos del cuartel'. Oficiales valientes de escritorio
como usted he conocido muchos en los diferentes cuarteles donde he trabajado.
Depende de usted si me recibe o no”, y me retiré. Pasaron un par de horas
cuando el técnico Choque, quien laboraba en el S-1, me mandó llamar para
decirme: “Por orden del comandante, mañana pasa lista en el batallón”.
Al día siguiente me presenté en la lista de diana, formando en el flanco
derecho del dispositivo, ubicación reservada para los recién incorporados. Sin
embargo, tal como ocurrió en la Compañía de Comunicaciones N° 4, en este
batallón tampoco me consideraron en el cuadro orgánico. Mi situación no cambió
en nada; me mantuvieron en las mismas condiciones de aislamiento, formando en
la derecha y sin que nadie diera parte por mí. Durante todo el mes de mayo, mi
único trabajo consistió en cubrir el servicio de relevo en la Comandancia del
Cuartel General de la Brigada, de 07:00 a 18:00 horas, una o dos veces por
semana, cuando le correspondía el servicio de guardia a un oficial del
batallón.
El lunes 12 de mayo, al
mediodía, se realizó una revista de los alojamientos de los técnicos y
suboficiales del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Inspeccionaron
roperos, catres y colchones. En esas circunstancias, el comandante me preguntó
con tono inquisitivo: “¿Dónde está su ropero? ¿Dónde está su catre?”. Le
respondí secamente que en el batallón no había catres ni roperos disponibles
para el personal de técnicos y suboficiales. En ese momento, el comandante
"puso el grito en el cielo". En el acto le puse el sobrenombre de
"Boca de Caramelo", pues de su boca constantemente salían groserías y
lisuras de todo tipo, sobre todo durante las horas de lista. Sin dejarme
hablar, el comandante me ordenó de forma autoritaria: “Para usted solo:
mañana le pasó revista a las 13:00 horas. Ropero presentable, catre pintado,
colchón nuevo, sábanas y colcha, según el modelo”. A la hora y fecha
indicada, decidí no cumplir su orden; no me presenté a la inspección y continué
durmiendo en el alojamiento de la Compañía de Comunicaciones N° 4.
En los batallones de la 4.ª Brigada de Montaña, el 95% de los técnicos y suboficiales son puneños, hijos del grupo poblacional de esta zona de los Andes conocidos sociológicamente como los aimaras. A este personal, por cualquier falta mínima, el comandante lo humillaba obligándolo a ranear, hacer planchas o rotar por el patio de armas. A mí, en cambio, jamás se atrevió a ordenarme ese tipo de castigos físicos.
En Puno se consume mucha carne
roja; en los concesionarios del cuartel nunca faltaban platos como la sopa de
chairo, el estofado de res, el queso frito, el cebiche seco, el chicharrón de
chancho con chuño o el estofado de charqui. Con el tiempo, el exceso de grasa
comenzó a afectar mi salud. Por fortuna, en el policlínico divisionario
encontré como jefe al comandante Carpio, a quien había conocido previamente en
el Hospital Militar Central de Lima. Le hablé de mis dolencias y, de inmediato,
formuló los documentos necesarios para derivarme a Lima a un chequeo médico en
la especialidad de gastroenterología. Debido a este problema de salud, el 1 de
junio viajé a la capital, donde permanecí hasta el 25 de ese mes. Aproveché ese
lapso para tramitar mi pase a la situación militar de retiro. Me apersoné a la
JATSOE para consultar los requisitos y, de conformidad con lo dispuesto en el
DS N° 003-82 CCFFAA del 28 de abril de 1982, preparé toda la documentación. Le
entregué el expediente al delegado de la Brigada para que lo remitiera por la
vía más rápida a la guarnición de Puno. Allí, el comandante Riojas y el general
de brigada Marcelo Valverde Neyra firmaron la solicitud sin dilaciones y
enviaron el expediente de regreso al Cuartel General del Ejército en San Borja,
Lima.
El 27 de junio por la tarde
retorné a la guarnición de Puno y me presenté en el Batallón de Infantería
Motorizado N° 55, donde me comunicaron que mi destaque había cesado y que debía
regresar a la Compañía de Comunicaciones N° 4. En ese preciso instante, me
consoló pensar en mi solicitud de retiro, aunque ignoraba el resultado, pues
era sumamente difícil comunicarse por teléfono con el personal de la JATSOE.
Viví esos días y semanas en una profunda incertidumbre. A mi retorno a la
Compañía de Comunicaciones, le informé al mayor Edgar López Cosco sobre mi
trámite con más de 35 años de servicios prestados al Estado. Sin embargo, el
oficial me desalentaba repitiendo: “Por si acaso, en la Región Militar del
Sur no hay baja para nadie; está prohibido hasta nueva orden”. En lugar de
facilitarme las cosas, me nombró jefe del Centro de Comunicaciones (CECOM). En
ese momento dudé de si mi baja procedería. Para colmo, el mayor me advirtió: “A
partir de la fecha, por antigüedad, queda nombrado jefe del Centro de
Comunicaciones. Espero que no me pida impresora, papel, tinta ni cera. Usted
soluciona todo de su bolsillo, pues los anteriores jefes nunca me presentaron
pedidos. ¿Alguna pregunta?”. Además de esta exigencia, me quitó al sargento
que ejercía como adjunto en la oficina.
El 1 de julio, a las 08:00
horas, asumí la jefatura del CECOM. Para esa fecha yo ya me encontraba con un
pie fuera del Ejército. Al haber acumulado tanta experiencia en la operación y
mantenimiento de material de comunicaciones de tipo VHF y HF a lo largo de los
años, el cargo me resultaba sumamente sencillo. El mayor me había condicionado
a no presentar ningún requerimiento, pero no me dejé amedrentar y actué bajo el
marco normativo existente. Aunque le doliera en el alma, un día después de
asumir el puesto y al finalizar la lista de diana, me presenté en su oficina
con la lista completa de pedidos logísticos. El oficial tragaba saliva de la
cólera y me esquivó diciendo: “Ya veré de dónde saco dinero para satisfacer
su pedido; mientras tanto, continúe cumpliendo sus labores con lo que tiene”.
En ese trance, a mediados de la segunda semana de julio y mientras asimilaba la
espera, desde la JATSOE me comunicaron que mi resolución estaba por llegar. En
Lima, el trámite se había firmado por la vía más rápida, remitiendo el
documento directamente a la 4.ª Brigada de Montaña.
La mañana del 8 de julio le
comuniqué a la teniente Calizaya, oficial de personal (S-1) de la subunidad,
que pronto llegaría mi resolución de baja, solicitándole que ya no me incluyera
en el rol de Oficial de Día, pues el puesto del CECOM ya implicaba recarga
laboral. Ella me respondió con dureza: “Técnico, por si acaso aquí no hay
baja para nadie; recuerde que está en la Región Militar del Sur. Mientras no
tenga en mis manos la resolución de tu pase a la situación militar de retiro,
continúas de servicio”. Esa misma semana me nombraron para cumplir con la
denominada "rueda chica"; por lo tanto, dando cumplimiento a la Orden
de Cuerpo de la subunidad, tuve que cubrir el servicio como Oficial de Día los
días viernes 11, sábado 12 y domingo 13 de julio. Mi resolución de retiro,
enviada por los delegados desde Lima, se demoró en la burocracia de la Brigada.
Por ello, me jodieron la vida hasta el último día.
En el Ejército del Perú,
muchos técnicos y suboficiales adoptan una actitud rastrera, adulando a los
jefes de batallón y de subunidades independientes con el único fin de obtener a
fin de año una nota sobresaliente para el ansiado ascenso. Para tener contentos
a sus superiores, estos elementos llevan a las oficinas sus propias
computadoras, compran papel y tinta, y aportan sus impresoras personales. Como
es evidente, los jefes adoran a este tipo de personal sumiso, pues les permite
seguir "cutreando" y desviando los recursos que el Estado otorga para
las unidades, usándolos en sus bolsillos o en juergas con sus amantes. Por esta
razón, muchos de estos aduladores, sin saber absolutamente nada de sus
especialidades y convertidos en eternos oficinistas o furrieles, ascienden con
los años a los grados de Técnico Jefe y Técnico Jefe Superior. Estos casos de
abuso y sumisión ocurren con frecuencia en las provincias, donde algunos
comandantes se comportan como auténticos reyes feudales.






