sábado, 12 de octubre de 2019

Tco1 EP MIGUEL PINEDA RAMÍREZ: LA HISTORIA DE MI AZAROSA VIDA EN LA 4TA BRIGADA DE MONTAÑA PUNO

Vientos de Guerra en el Sur y la Virgen de la Candelaria.- El 16 de enero de 2008, el Perú solicitó a la Corte Internacional de Justicia de La Haya la delimitación de su frontera marítima con Chile. Como es de conocimiento general, este diferendo duró seis años, un lapso en el que se especuló mucho sobre el resultado de la demanda y la posible reacción del gobierno chileno y sus Fuerzas Armadas. Entre los años 2012 y 2013, el Perú movilizó material bélico hacia el sur, principalmente unidades blindadas, grupos de artillería y sistemas antitanque equipados con misiles israelíes Spike y rusos Kornet. Asimismo, durante ese mismo período, se envió una gran cantidad de personal profesional hacia la Región Militar del Sur para completar los cuadros de los batallones.

En el año 2013, tuve la oportunidad de trabajar en el Batallón de Comandos "comandante Espinar" N° 19, en Las Palmas. En este afamado batallón de combate planeaba cerrar mis treinta y cinco años de vida militar. Sin embargo, a mediados de diciembre de ese año, cuando ya había decidido solicitar mi pase a la situación militar de retiro, me notificaron desde la JATSOE en el Cuartel General del Ejército. Me comunicaron que, debido a mi experiencia de combate en el frente externo, sería cambiado de colocación a uno de los batallones acantonados en Tacna. Al escuchar esto, les respondí: “Mis anhelos de muchos años se han cumplido; siempre pensé estar desplegado en la frontera con Chile”. No obstante, luego me informaron que las unidades en dicho departamento ya tenían sus cuadros de personal completos, por lo que finalmente me destinaron a la Compañía de Comunicaciones N° 4, acantonada en la ciudad de Puno.

Debido al despliegue previo de material bélico y personal hacia el sur, llegué a pensar que Chile no aceptaría un fallo adverso y se rehusaría a acatar la decisión de la Corte Internacional, optando en su lugar por atacarnos. En la última década, los chilenos habían adquirido una gran cantidad de armamento y aviones sofisticados de última tecnología; además, habían realizado grandes maniobras militares en el desierto de Tarapacá. Esta demostración de poderío bélico hacía presumir a muchos que el gobierno del país vecino no aceptaría una resolución desfavorable. Al final, los rumores sobre la reacción de las Fuerzas Armadas de Chile resultaron ser meros comentarios de algunos alarmistas; ellos nunca se atrevieron a movilizar sus blindados hacia el norte.

La noche del 24 de enero de 2014, tras recibir el Memorándum de Cambio de Empleo N° 3676 DP-SJATSO, fechado el 17 de diciembre de 2013, y reflexionando sobre el inminente fallo de La Haya y sus consecuencias, comencé a empacar mis uniformes y equipos en la vieja bolsa de impedimenta que me acompañaba desde enero de 1984. Así, inicié mi viaje por vía terrestre desde Lima con destino a Puno para incorporarme a la Compañía de Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña, ubicada en las inmediaciones del lago Titicaca, a más de 3827 metros sobre el nivel del mar.

El 27 de enero de 2014, una vez solucionado el impasse marítimo con Chile, el personal de las guarniciones militares de la Región Militar del Sur, que había permanecido en alerta y acuartelado por mucho tiempo, volvió a la calma. A partir del 1 de febrero, todo el personal de la 4.ª Brigada se sumergió en las actividades festivas en honor a la Virgen de la Candelaria, patrona de los puneños. Para estas celebraciones, los batallones se presentaron con diversos grupos de danza y música, vistiendo trajes autóctonos propios de las culturas quechua, aimara y mestiza, las cuales son ampliamente difundidas y valoradas en esta región del Perú.

Durante el mes de febrero, presencié en las principales avenidas a miles de personas de todas las edades que recorrían las calles y plazas siguiendo a las agrupaciones folclóricas y religiosas, manteniendo viva la costumbre ancestral de los collas. Se realizaron concursos de danza con llamativos trajes multicolores tanto dentro como fuera del Estadio Enrique Torres Belón. En la avenida principal de la ciudad, los desfiles de los diferentes grupos de la región eran diarios; cada uno iba acompañado por sus respectivas bandas de músicos de la zona sur del Perú y, en algunos casos, por agrupaciones musicales traídas desde Oruro, Bolivia. En esta competencia de danzas participó activamente el personal de los batallones de la 4.ª Brigada de Montaña con su propia banda de músicos, al igual que los miembros de la Policía Nacional del Perú.

El 27 de enero de 2014, en horas de la tarde, me presenté vistiendo el uniforme A4 ante el mayor de comunicaciones Edgar López Cosco, jefe de la Compañía de Comunicaciones N° 4. En el acto, el oficial me advirtió: “Técnico, bienvenido a la compañía, pero la corporación de oficiales, técnicos y suboficiales ya está completa. Tengo que ponerte a disposición del Cuartel General de la Brigada para que el G-1 disponga tu nuevo destino”. De inmediato, el recuerdo de mi confinamiento en el Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército en San Borja, allá por el año 2007, volvió a rondar por mi cabeza. Como es natural en tales circunstancias, una marea de ideas comenzó a revolverse en mi mente: ¿Qué está ocurriendo en el Ejército contra mi persona? Para evitar el desgaste de ir de un cuartel a otro cargando mis pertenencias, le solicité en el acto al mayor que me autorizara a ocupar el alojamiento destinado al personal de técnicos y suboficiales de la subunidad. El oficial accedió de buena gana y me respondió: “Perfecto, instálate en el alojamiento. Ahí hay roperos, catres y colchones. Como perteneces a la compañía no hay problema; trabajarás en otro batallón, pero regresarás aquí a dormir”. La conversación se desarrolló en todo momento con mutuo respeto, sellando así un acuerdo verbal.

No obstante, desde los primeros momentos de mi presentación, se instaló en mi mente la certeza de que ningún jefe de batallón quería integrarme a su corporación. Todos me temían y me veían como a un elemento "apestado" para la institución. Mi historial había sido difundido a nivel nacional desde la propia JATSOE. Era verdad que, a lo largo de mi permanencia en las filas, le había hecho dar de baja a dos comandantes de batallón de combate por corruptos y desleales; además, en el año 2013, había tomado del pecho al general Flores en su propia oficina, sacudiéndolo por denegar mis reclamos en la Inspectoría de la II División del Ejército en Lima. Sin duda, mis antecedentes resultaban temibles en una época en la que los oficiales superiores sistemáticamente le robaban al Estado, ensañándose sobre todo con el combustible de los vehículos de combate, el de apoyo y el carburante destinado a la cocción del rancho de la tropa.

En el Cuartel General de la 4.ª Brigada de Montaña, el comandante G-1 se tomó todo el mes de febrero para decidir mi nuevo destino. Mientras tanto, permanecí en la Compañía de Comunicaciones formando todos los días en el dispositivo derecho de la subunidad. En las horas de lista, nadie daba parte por mí; me ignoraban por completo. Cumplían con sus actividades cotidianas de acuerdo con la progresión programada, sin tener en cuenta mi presencia. Sin embargo, no me sentí hundido ni permití que el tiempo me torturara. Aproveché aquella indiferencia para ingresar al almacén de comunicaciones, a cargo del técnico Lobatón, donde me dediqué a actualizar mis conocimientos en la operación y programación de los nuevos equipos de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC 6000, los receptores transmisores de Muy Alta Frecuencia VHF/FM CNR 9000 HDR con modo GPS y las terminales tácticas Tacter 31, que habían llegado como dotación a la Región Militar del Sur para afrontar el posible conflicto con Chile por el diferendo marítimo.

La ciudad de Puno se ubica a más de 3827 metros sobre el nivel del mar, una altitud donde el frío arrecia. El entrenamiento físico para el personal se iniciaba a las 11:30 horas y, como yo no tenía responsabilidades asignadas, para las 11:15 ya merodeaba por las inmediaciones del patio de armas con mi ropa de deporte. Tras la gimnasia básica con o sin armas —consistente en diez repeticiones por ejercicio—, comenzaba la carrera de ocho kilómetros. A esa altitud, yo ya no estaba en condiciones de soportar una exigencia tan extrema; me ahogaba por completo. Pese a haber sido un excelente atleta en mis años de juventud, el cuerpo lo sentía. Sin embargo, no me rendía y me esforzaba al máximo para evitar que las mujeres me superaran. En plena carrera, evocaba las décadas de 1980 y 1990, cuando presté servicios en el norte del Perú, especialmente en la 8.ª División de Infantería en el desierto de Lobitos, Talara. En aquellos tiempos, mis marcas en las competencias de atletismo eran formidables: cubría los 8 kilómetros en 27 minutos, los 3000 metros en 8:20 minutos, los 1500 metros en 4:15 minutos y los 400 metros planos en 53 segundos; además, completaba la pista de combate portando casco y fusil en apenas 2:20 minutos. El recuerdo de aquel vigor juvenil me inyectaba moral, pero el día en que una joven teniente de 26 años me ganó en la prueba de velocidad de 3000 metros, la realidad se impuso. Desde ese instante decidí solicitar mi pase voluntario a la situación militar de retiro.

La noche del 18 de febrero, mientras el técnico Nolazco Perca se encontraba de oficial de día, conversamos durante un par de horas al finalizar la lista de retreta. Él fue uno de los pocos que me habló con cierta confianza y me reveló la verdad: “Mi técnico, para usted no hay más. En los primeros días de enero llegó el Cuadro de Personal (PC-15) de la corporación para el año fiscal 2014. El mayor López nos reunió de inmediato en su oficina y nos dijo claramente: 'Al técnico Pineda no lo puedo recibir en la compañía; dicen que es terrorista y comunista. Yo no quiero tener problemas con él, así que lo pondré de inmediato a disposición del G-1 para que allá vean a dónde lo envían'”. Fue gracias a la infidencia del técnico Perca que me enteré de mi situación real en la guarnición de Puno.

El 28 de febrero, casi al mes de mi llegada, me comunicaron que el señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra, Comandante General de la 4.ª Brigada de Montaña, había ordenado que me presentara a su despacho. Acudí vistiendo el uniforme A1 de diario y me dirigí al segundo piso del Cuartel General. Ingresé cumpliendo estrictamente con las normas reglamentarias para una entrevista con un oficial general. Él me esperaba solo; me invitó a sentarme y dio inicio a la conversación: “Técnico Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con su persona. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus superiores. Hay que vivir en paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca. Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4. ¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?”.

Le contesté con firmeza y respeto: “Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos comandantes. Sin embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las leyes y de nuestros reglamentos; sobre todo, amo a la institución y siempre trabajo para que el Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos batallones el Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He trabajado con jefes que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE para los procesos electorales; con comandantes que les robaban los uniformes a la tropa o que sustraían el combustible de los vehículos de combate y de apoyo. Incluso, permitían el robo del combustible destinado a la cocción de alimentos, el cual se quedaba en el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las unidades, terminando ese dinero en los bolsillos de los generales. Mientras tanto, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por todos lados para cocinarle a los soldados. En ocasiones, con el dinero destinado a la compra de víveres frescos y carne para la tropa, me vi obligado a comprar leña para preparar los alimentos. Cuando reclamé por estas injusticias, comenzaron a tildarme de terrorista y comunista. Mi General, soy Veterano de Guerra; participé en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los miles de soldados que nada han recibido de la institución. El 9 de diciembre de 1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la presidencia de Alberto Fujimori, 1200 combatientes calificados como Defensores de la Patria recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares y un incentivo de tres mil soles de parte del Estado. En cambio, el otro grupo de 2800 Defensores de la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos siquiera un saludo del Comando del Ejército ni del gobierno peruano. Cada vez que presenté mis reclamos para recibir estos beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones amañadas. Por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; de manera abusiva, las inspectorías archivaron todas mis peticiones. Los malos elementos han difundido informes falsos sobre mí sin prueba alguna; me llaman terrorista y comunista porque, para ellos, ser patriota y anticorrupción significa ser un criminal”. El General intervino nuevamente y concluyó de forma diplomática: “Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones y ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí para actuar con justicia”.

A lo largo del camino también encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad. Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la espera de un memorándum de destaque, me advirtió: “No vaya a ser que te destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a tener problemas con el comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si fueran sus domésticos. Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho”. Prosiguió explicándome: “Debido a los malos tratos de ese comandante hacia mi persona, decidí solicitar mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo tranquilo”. Pasamos un par de horas conversando; yo le compartí mis experiencias en las operaciones del Alto Cenepa y él me relató sus vivencias en el VRAEM.

Llegó el mes de marzo y pensé que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones. Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los batallones se negaban a recibirme en sus unidades. Un día de ese mes, mientras cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, se quedó mirándome sorprendido y me dijo en tono desafiante: “¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una investigación y es muy posible que te sancionen con rigor”. En el acto, le respondí de frente: “Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No gasten papel por gusto”. El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares.

El 30 de abril retorné a la Compañía de Comunicaciones N° 4. Al día siguiente, el 1 de mayo, la teniente Calizaya, oficial de personal (S-1), me entregó el memorándum de destaque para incorporarme al Batallón de Infantería Motorizado N° 55, unidad que se encontraba bajo el comando del teniente coronel de infantería Rudy Arnol Riojas Vargas. En aquellos tiempos, este comandante era considerado el más "fuerte" debido al trato severo y abusivo que daba a sus subordinados; era un "gorilón" de un metro y ochenta y cinco de estatura. El Comando de la Brigada probablemente pensó que ante él me arrodillaría, pero se equivocaron. En horas de la tarde me presenté en su despacho. Como era de esperarse, el primer contacto con este oficial superior fue un choque que echó chispas. De inmediato, me espetó en tono amenazante: “¿Por qué vienes destacado al Batallón de Infantería Motorizado N° 55? Debe ser por algo, ¿no? Cuidado con abrir la boca; al primer intento te botaré del cuartel como a un perro, tal como boté al capitán Domínguez. ¿Comprendido?”. Ante semejante falta de respeto hacia mi persona, le contesté sin titubear: “Yo no lo conozco a usted, ni usted me conoce a mí. Su concepto sobre mi persona es el de los oficiales 'bravos del cuartel'. Oficiales valientes de escritorio como usted he conocido muchos en los diferentes cuarteles donde he trabajado. Depende de usted si me recibe o no”, y me retiré. Pasaron un par de horas cuando el técnico Choque, quien laboraba en el S-1, me mandó llamar para decirme: “Por orden del comandante, mañana pasa lista en el batallón”. Al día siguiente me presenté en la lista de diana, formando en el flanco derecho del dispositivo, ubicación reservada para los recién incorporados. Sin embargo, tal como ocurrió en la Compañía de Comunicaciones N° 4, en este batallón tampoco me consideraron en el cuadro orgánico. Mi situación no cambió en nada; me mantuvieron en las mismas condiciones de aislamiento, formando en la derecha y sin que nadie diera parte por mí. Durante todo el mes de mayo, mi único trabajo consistió en cubrir el servicio de relevo en la Comandancia del Cuartel General de la Brigada, de 07:00 a 18:00 horas, una o dos veces por semana, cuando le correspondía el servicio de guardia a un oficial del batallón.

El lunes 12 de mayo, al mediodía, se realizó una revista de los alojamientos de los técnicos y suboficiales del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Inspeccionaron roperos, catres y colchones. En esas circunstancias, el comandante me preguntó con tono inquisitivo: “¿Dónde está su ropero? ¿Dónde está su catre?”. Le respondí secamente que en el batallón no había catres ni roperos disponibles para el personal de técnicos y suboficiales. En ese momento, el comandante "puso el grito en el cielo". En el acto le puse el sobrenombre de "Boca de Caramelo", pues de su boca constantemente salían groserías y lisuras de todo tipo, sobre todo durante las horas de lista. Sin dejarme hablar, el comandante me ordenó de forma autoritaria: “Para usted solo: mañana le pasó revista a las 13:00 horas. Ropero presentable, catre pintado, colchón nuevo, sábanas y colcha, según el modelo”. A la hora y fecha indicada, decidí no cumplir su orden; no me presenté a la inspección y continué durmiendo en el alojamiento de la Compañía de Comunicaciones N° 4.

En los batallones de la 4.ª Brigada de Montaña, el 95% de los técnicos y suboficiales son puneños, hijos del grupo poblacional de esta zona de los Andes conocidos sociológicamente como los aimaras. A este personal, por cualquier falta mínima, el comandante lo humillaba obligándolo a ranear, hacer planchas o rotar por el patio de armas. A mí, en cambio, jamás se atrevió a ordenarme ese tipo de castigos físicos.

En Puno se consume mucha carne roja; en los concesionarios del cuartel nunca faltaban platos como la sopa de chairo, el estofado de res, el queso frito, el cebiche seco, el chicharrón de chancho con chuño o el estofado de charqui. Con el tiempo, el exceso de grasa comenzó a afectar mi salud. Por fortuna, en el policlínico divisionario encontré como jefe al comandante Carpio, a quien había conocido previamente en el Hospital Militar Central de Lima. Le hablé de mis dolencias y, de inmediato, formuló los documentos necesarios para derivarme a Lima a un chequeo médico en la especialidad de gastroenterología. Debido a este problema de salud, el 1 de junio viajé a la capital, donde permanecí hasta el 25 de ese mes. Aproveché ese lapso para tramitar mi pase a la situación militar de retiro. Me apersoné a la JATSOE para consultar los requisitos y, de conformidad con lo dispuesto en el DS N° 003-82 CCFFAA del 28 de abril de 1982, preparé toda la documentación. Le entregué el expediente al delegado de la Brigada para que lo remitiera por la vía más rápida a la guarnición de Puno. Allí, el comandante Riojas y el general de brigada Marcelo Valverde Neyra firmaron la solicitud sin dilaciones y enviaron el expediente de regreso al Cuartel General del Ejército en San Borja, Lima.

El 27 de junio por la tarde retorné a la guarnición de Puno y me presenté en el Batallón de Infantería Motorizado N° 55, donde me comunicaron que mi destaque había cesado y que debía regresar a la Compañía de Comunicaciones N° 4. En ese preciso instante, me consoló pensar en mi solicitud de retiro, aunque ignoraba el resultado, pues era sumamente difícil comunicarse por teléfono con el personal de la JATSOE. Viví esos días y semanas en una profunda incertidumbre. A mi retorno a la Compañía de Comunicaciones, le informé al mayor Edgar López Cosco sobre mi trámite con más de 35 años de servicios prestados al Estado. Sin embargo, el oficial me desalentaba repitiendo: “Por si acaso, en la Región Militar del Sur no hay baja para nadie; está prohibido hasta nueva orden”. En lugar de facilitarme las cosas, me nombró jefe del Centro de Comunicaciones (CECOM). En ese momento dudé de si mi baja procedería. Para colmo, el mayor me advirtió: “A partir de la fecha, por antigüedad, queda nombrado jefe del Centro de Comunicaciones. Espero que no me pida impresora, papel, tinta ni cera. Usted soluciona todo de su bolsillo, pues los anteriores jefes nunca me presentaron pedidos. ¿Alguna pregunta?”. Además de esta exigencia, me quitó al sargento que ejercía como adjunto en la oficina.

El 1 de julio, a las 08:00 horas, asumí la jefatura del CECOM. Para esa fecha yo ya me encontraba con un pie fuera del Ejército. Al haber acumulado tanta experiencia en la operación y mantenimiento de material de comunicaciones de tipo VHF y HF a lo largo de los años, el cargo me resultaba sumamente sencillo. El mayor me había condicionado a no presentar ningún requerimiento, pero no me dejé amedrentar y actué bajo el marco normativo existente. Aunque le doliera en el alma, un día después de asumir el puesto y al finalizar la lista de diana, me presenté en su oficina con la lista completa de pedidos logísticos. El oficial tragaba saliva de la cólera y me esquivó diciendo: “Ya veré de dónde saco dinero para satisfacer su pedido; mientras tanto, continúe cumpliendo sus labores con lo que tiene”. En ese trance, a mediados de la segunda semana de julio y mientras asimilaba la espera, desde la JATSOE me comunicaron que mi resolución estaba por llegar. En Lima, el trámite se había firmado por la vía más rápida, remitiendo el documento directamente a la 4.ª Brigada de Montaña.

La mañana del 8 de julio le comuniqué a la teniente Calizaya, oficial de personal (S-1) de la subunidad, que pronto llegaría mi resolución de baja, solicitándole que ya no me incluyera en el rol de Oficial de Día, pues el puesto del CECOM ya implicaba recarga laboral. Ella me respondió con dureza: “Técnico, por si acaso aquí no hay baja para nadie; recuerde que está en la Región Militar del Sur. Mientras no tenga en mis manos la resolución de tu pase a la situación militar de retiro, continúas de servicio”. Esa misma semana me nombraron para cumplir con la denominada "rueda chica"; por lo tanto, dando cumplimiento a la Orden de Cuerpo de la subunidad, tuve que cubrir el servicio como Oficial de Día los días viernes 11, sábado 12 y domingo 13 de julio. Mi resolución de retiro, enviada por los delegados desde Lima, se demoró en la burocracia de la Brigada. Por ello, me jodieron la vida hasta el último día.

En el Ejército del Perú, muchos técnicos y suboficiales adoptan una actitud rastrera, adulando a los jefes de batallón y de subunidades independientes con el único fin de obtener a fin de año una nota sobresaliente para el ansiado ascenso. Para tener contentos a sus superiores, estos elementos llevan a las oficinas sus propias computadoras, compran papel y tinta, y aportan sus impresoras personales. Como es evidente, los jefes adoran a este tipo de personal sumiso, pues les permite seguir "cutreando" y desviando los recursos que el Estado otorga para las unidades, usándolos en sus bolsillos o en juergas con sus amantes. Por esta razón, muchos de estos aduladores, sin saber absolutamente nada de sus especialidades y convertidos en eternos oficinistas o furrieles, ascienden con los años a los grados de Técnico Jefe y Técnico Jefe Superior. Estos casos de abuso y sumisión ocurren con frecuencia en las provincias, donde algunos comandantes se comportan como auténticos reyes feudales.

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