viernes, 24 de abril de 2020

BATALLA DE YUNGAY 25 DE ABRIL DE 1,885 ENTRE LAS FUERZAS DE MIGUEL IGLESIAS Y CAMPESINOS DE ANCASH

Después de la firma del tratado de Ancón, firmado el 20 de octubre de 1884, el General Miguel Iglesias Pino, en su condición de flamante presidente Regenerador del Perú impuesto por las armas de Chile, apoyado por los traidores, inmediatamente nombró autoridades políticas a nivel nacional, las prefecturas y las subprefecturas es ocupado por militares adeptos al traidor de Cajamarca. 

El 6 de noviembre 1984 llegó a la ciudad de Huaraz, capital del departamento de Ancash, el coronel de infantería Francisco Javier Noriega, nombrado por el gobierno como prefecto, quien al día siguiente de su llegada (7 de noviembre), influenciado por el Gobernador José C. Collazos, dio una orden prefectural para que se presentaran a la prefectura y luego desocuparan la ciudad, en el perentorio término de 24 horas, todos los ciudadanos del bando caceristas entre ellos se encontraban muchos ex combatientes de la batalla de Huamachuco que se encontraban escondidos en la ciudad de Huaraz, pues había orden de captura para todos los sobrevivientes, ordenado por el Jefe de la ocupación chilena Patricio Lynch y el gobierno de Iglesias; entre los buscados se encontraba el coronel Francisco de Paula Secada (jefe del estado mayor del Ejército del Centro en Huamachuco), Comandante Barahona, capitán Luis Felipe Montrestruque (secretario de la comandancia del Ejército del Centro), además muchos oficiales, personal de tropa y civiles patriotas. 

Finalizado la guerra con Chile (1879 – 1884). En el año de 1885, el gobierno del General traidor a la patria Miguel Iglesias Pino, le aplicó al empobrecido campesino del departamento de Ancash, el pago mensual como contribución personal de dos soles plata (cupo) y trabajo obligatorio gratuito en obras públicas a favor del Estado peruano. Desde el 21 de julio de 1821, la situación del campesinado no había cambiado, continuo el abuso de los terratenientes, grandes hacendados y todos los grupos de poder de aquellos tiempos, originado la revolución campesina liderados por el alcalde del caserío de Marian Pedro Pablo Atusparia y el minero Pedro Cochachin de la Cruz.

En la revolución participan muchos oficiales y tropa cacerista, sobrevivientes de la batalla de Huamachuco. El secretario general de la sublevación, el capitán Luis Felipe Montrestruque, en vista del retraso de las huestes campesinas en el distrito de Carhuaz por culpa del prefecto Manuel Mosquera, ordenó la rápida marcha de otro contingente de campesinos al distrito de Yungay comandada por Pedro Pascual Guillen, Manuel Granados y Ángel Baylón. las fuerzas de vanguardia de campesinos, sigilosamente en la madrugada de ese día habían coronado los cerros cercanos a la ciudad: " Aurahirca","Mishinaqui", y "Atma"; por el lado del llano tomaron sus posiciones en "Shullucoto" para tomar el puente que estaba a la altura del hospital San Ignacio.

El combate se inició al rayar la aurora, cuando las huestes campesinas abandonaron sus posiciones de las cimas y emprendieron el descenso para atacar a las fuerzas iglesistas al mando del coronel Manuel Calligros Quiroga y del prefecto coronel José Iraola que se encontraba en la ciudad de Yungay. El principal objetivo de los campesinos caceristas había sido tomar por asalto los cuarteles "El Porvenir" que se encontraba en la calle El Perú, llamado mas tarde 9 de Diciembre y el cuartel "La Santa" ubicado en la calle Río de la Plata, denominado después, 28 de Julio.

El prefecto iglesista en su comunicación del 29 de abril al Ministro de Guerra y Marina, expresa: "Las tropas que habían llegado a esta, fatigadas y descalzas, no pudieron sin embargo reposar largo tiempo, pues al amanecer del 25, fuimos sorprendidos por un recio ataque de todas las fuerzas campesinas que acaudilla el doctor Mozquera, cuyo número es ese día calculo en 5,000 efectivos y de ellos como doscientos perfectamente armados. Después de cuatro horas de tenaz lucha se les puso en completa fuga".

El sargento mayor Isidoro Salazar, a su vez, en parte dirigido al comandante en jefe de la División Expedicionaria, señala: "que en número de 6,000 campesinos, poco más o menos con unos 400 rifles de gran precisión de diferentes sistemas, así como hondas, piedras, rejones y palos, confesión que hicieron los combatientes caceristas tomados como prisioneros en este combate; pero dada las órdenes por vuestra excelencia para librar un nuevo combate y debido al empuje de las cuatro companías de policía y el batallón Artesanos, después de las tres horas de lucha quedó el campo en poder de las fuerzas del gobierno, poniendo en vergonzosa derrota a los campesinos que se refugiaron en el distrito de Mancos, distante una legua en donde se encontraba el grueso de sus combatientes que pasaban el efectivo de 10,000 hombres y dejando la campiña entre los sectores de Yungay y Mancos sembradas de miles de cadáveres y heridos, no pudiendo tener un número fijo por haber quedado éstos en los maizales y montes de dicha campiña.

Relacionado al primer día de combate el coronel Calligros, escribio: "La Guardia Urbana, conformado por blancos y mestizos de Yungay y Caraz, cumplió su deber defendiendo la posición que se le encomendó, con sus acciones el prefecto ha quedado muy satisfecho así como el resto del vecindario, pues todos los combatientes eran asistidos con recursos necesarios. Si los campesinos hubieran tenido 500 rifles, convenientemente municionados, quizás el éxito del combate habría sido suyo, pues en todo momento valor y decisión les ha sobrado".

La recia lucha estuvo e las calles de la ciudad, donde los campesinos lograron penetrar con la intensión de soprprender los cuarteles, pero la superioridad en las armas de fuego y la valiosa ayuda de la población blanca y mestiza yungayina que llegó a convertir su casa en una trinchera aliada para las fuerzas de Miguel Iglesias se impuso a la superioridad numérica en hombres que estaban pésimamente mal armados. Los campesinos, pese al entusiasmo y valor desplegados frente a 650 hombres bien armados y municionados, se vieron obligados a replegarse a su cuartel general, dejando en las calles y chacras cientos de muertos y heridos.

En esta acción, el capitán y ex combatiente de la batalla de Huamachuco Luis Felipe Montestruque que dirigía con acierto los primeros ataques del bando campesino, subió a una roca y cuando miraba las posiciones de las fuerzas del gobierno mediante un aparato óptico, cayó mortalmente herido por efectos de un disparo de un francotirador, inmediatamente fue trasladado al distrito de Mancos. Falleció tres días después. 
    

viernes, 10 de abril de 2020

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LLEGADA DE FUERZAS PERUANAS Y CHILENAS AL DISTRITO DE OLLEROS HUARAZ 1883

Breve reseña histórica y el rol de Olleros Huaraz en la Tercera Etapa de la Campaña de la Breña

La historia del distrito de Olleros se remonta a la época prehispánica, cuando su territorio formó parte de las culturas Chavín y Recuay, pasando posteriormente a los dominios del Imperio incaico. Décadas después de la guerra, el 16 de octubre de 1933, el presidente de la república, general Óscar Raymundo Benavides Larrea, oficializó la creación política del distrito mediante la Ley N° 7859. Olleros es uno de los doce distritos de la provincia de Huaraz, en el departamento de Áncash, y limita por el norte y el oeste con la provincia de Huaraz, por el sur con Recuay y por el este con Huari.

Durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña, en el mes de junio de 1883, Olleros se convirtió en un escenario geográfico trascendental al ser ocupado sucesivamente por el Ejército del Centro de Cáceres y por las columnas de persecución chilenas. El ingreso de las fuerzas de ocupación acentuó la división política entre los pobladores y las autoridades locales: mientras un sector de hacendados, grandes comerciantes, mineros, guaneros y oficiales desertores apoyaba a Miguel Iglesias para firmar una paz con cesión territorial (Tarapacá, Tacna y Arica) integrando el denominado "Ejército Pacificador del Perú", el pueblo llano optó por respaldar la resistencia patriota.

El despliegue de fuerzas, los movimientos tácticos y la cronología de acontecimientos en la región se estructuraron bajo el siguiente itinerario de lugares y fechas:

  • 21 de mayo de 1883: El Ejército del Centro inició su marcha desde Tarma, Junín, hacia el norte con la misión de capturar a Miguel Iglesias Pino. En paralelo, una fuerza chilena de quince mil hombres se desplegó estratégicamente en la costa (desde Ica hasta el puerto de Paita en Piura) y en la sierra (Centro, Áncash y Cajamarca) para cercar a Cáceres. El plan chileno contemplaba un atenazamiento multidireccional sobre Yungay: por el norte, el coronel Alejandro Gorostiaga con 1500 hombres en Yuracmarca y Huallanca; por el oeste, el comandante Herminio Gonzales con 600 hombres en Quillo; y por el sur, el coronel Marco Aurelio Arriagada con 3200 hombres.
  • 14 de junio de 1883 (17:00 horas): El Ejército del Centro, compuesto por 2240 hombres de infantería, artillería y caballería, arribó a la puna de Arhuaycancha, en la jurisdicción de Olleros, tras superar una penosa marcha desde Chavín de Huántar a través de Chichucancha, Yanashallas y la puna Shongo. Las tropas peruanas pernoctaron en este punto bajo un frío congelante a 4500 metros sobre el nivel del mar.
  • Viernes 15 de junio de 1883 (Madrugada y mañana): El ejército patriota reanudó la marcha hacia el caserío de Huaripampa. El grueso de las tropas avanzó hasta el caserío de Canray Chico, ocupando la hacienda del ciudadano francés Dupon Lapierre.
  • Viernes 15 de junio de 1883 (11:00 horas): El general Cáceres ingresó al distrito de Olleros, donde las tropas permanecieron solo una hora para consumir el rancho preparado voluntariamente por el pueblo. Por la tarde, el contingente bajó hacia el puente Bedoya para marchar por vía llana hacia Huaraz, trayecto en el cual se incorporaron el jefe político y militar del Norte, don Jesús Elías, y el prefecto de Lima, don Elías Mujica.
  • Lunes 18 de junio de 1883 (Tarde): La vanguardia de la división chilena del coronel Juan León García, procedente de Chavín de Huántar, arribó al distrito de Olleros tras cinco días de marcha forzada. Los exploradores peruanos enviados desde Huaraz divisaron a esta columna en un estado físico calamitoso, mientras el grueso del ejército de Arriagada aún permanecía rezagado en el distrito de Ticapampa, Recuay.
  • Martes 19 de junio de 1883 (Antes del mediodía): Se ejecutó en el distrito de Olleros la reunión de las fuerzas chilenas. La división de 2000 hombres del coronel Arriagada (procedente de Recuay) se fusionó con la columna de 1200 hombres del coronel León García (procedente de Chavín). Ya unificados, los 3200 expedicionarios avanzaron a marcha forzada hacia la ciudad de Huaraz, pero fracasaron en su intento de capturar a las fuerzas patriotas que ya se habían replegado estratégicamente.

jueves, 9 de abril de 2020

POR EL BOTÍN DEL CANON MINERO: LAS BANDAS POLÍTICAS DELINCUENCIALES EN LAS ELECCIONES MUNICIPALES

Crónica desde el Cuartel de Caraz: Cómo los Derechos Humanos y la Política Ataron de Manos a las Fuerzas Armadas.- El 29 de septiembre de 1999, durante las postrimerías de su régimen, el ingeniero Alberto Fujimori promulgó la Ley N° 27178 (Ley del Servicio Militar Voluntario), una normativa que suprimió definitivamente el carácter obligatorio del servicio en las Fuerzas Armadas.

A partir del año 2000, los sucesivos gobiernos democráticos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala dirigieron una serie de cuestionadas reformas contra el Ejército, interpretadas por diversos sectores como una represalia política por los sucesos de la guerra contrasubversiva (1980-2000). Este proceso derivó en la venta de instalaciones cuartelarias a nivel nacional y en una drástica reducción del personal de tropa, disminuyendo la capacidad operativa de los batallones de combate de seiscientos hombres a contingentes de menos de setenta efectivos. Desde entonces, las unidades de combate subsisten con un número de soldados voluntarios que oscila entre los cincuenta y setenta hombres por batallón; un personal que, si bien luce uniformado, carece del entrenamiento óptimo debido al evidente fracaso del sistema militar voluntario para atraer y retener reclutas.

Esta precariedad institucional quedó expuesta durante el estado de emergencia y la inmovilización social decretados para contener la pandemia de la COVID-19. Las Fuerzas Armadas y policiales asumieron el patrullaje continuo de las calles a nivel nacional, enfrentando no solo el riesgo sanitario, sino también la hostilidad de diversos sectores sociales. Mientras los ciudadanos de mayores recursos económicos incurrían en insultos y humillaciones hacia la autoridad, pobladores de zonas periféricas agredían físicamente a las patrullas.

En este contexto de crisis se evidenció un doble rasero social y mediático. En Sullana, el capitán del Ejército Christian Cueva Calle reprendió físicamente a un ciudadano que vulneraba el confinamiento obligatorio, un hecho que generó la inmediata censura de un sector de la opinión pública y de una prensa que exigía la destitución del oficial. En contraste, cuando el joven soldado Ronald Mamani Ajajahui, de apenas diecinueve años, fue asesinado al ser atropellado por un conductor negligente en Ilave, Puno, el tratamiento informativo de la prensa fue mínimo y el militar humilde fue sepultado en el anonimato.

Ante el incidente de Sullana, la respuesta política del entonces ministro de Defensa, Walter Martos Ruiz, evidenció sumisión frente a la presión de los medios de comunicación y de las corrientes de opinión que buscaban perjudicar la carrera del oficial. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente institucional, el capitán Cueva merecía el respaldo y la felicitación de su comando por la firmeza demostrada al defender el principio de autoridad, en lugar de enfrentar procesos sancionatorios o la baja del servicio.

Desde el año 2000, la clase política, señalada frecuentemente por convertirse en facciones orientadas al beneficio propio, ha reducido el presupuesto de las Fuerzas Armadas a su mínima expresión. Esta política devino en la contracción de los efectivos en los batallones de combate, los cuales quedaron reducidos a nivel de sección, albergando apenas entre cincuenta y setenta hombres con un nivel de entrenamiento deficiente. Actualmente, los jóvenes que ingresan a los cuarteles lo hacen principalmente motivados por los beneficios de estudio o las opciones de reenganche; sin embargo, este personal termina siendo destinado a labores de servicios generales, limitándose al resguardo de las instalaciones y de los materiales a cargo de sus unidades. Con una disponibilidad tan precaria de efectivos, un batallón de combate carece de la capacidad operativa para actuar con eficacia ante una situación de Emergencia Nacional. Debido a este déficit institucional, el gobierno de Martín Vizcarra se vio obligado a convocar de forma extraordinaria al personal reservista para apoyar a las tropas en servicio activo durante el control de la población y el cumplimiento de la inmovilización social dictada frente a la pandemia de la COVID-19.

A este panorama se suma una marcada indisciplina civil en el país, manifestada en miles de ciudadanos que vulneraron de forma sistemática el confinamiento sanitario. Ante este deterioro del tejido social, las instituciones estatales también evidenciaron un rotundo fracaso debido a su alarmante falta de previsión y precaución. Adormecida por la falacia del crecimiento económico, la sociedad permaneció en una suerte de limbo hasta que, a partir del 15 de marzo de 2020, el sacrificado personal médico, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional del Perú tuvieron que batallar diariamente no solo contra la crisis sanitaria, sino contra la corrupción estructural, la incapacidad de la administración pública y el afán de lucro de ciertos empresarios que especularon con los precios de insumos médicos, equipos de protección y oxígeno medicinal.

Asimismo, las Fuerzas Armadas y la policía resultaron insuficientes para contener el comportamiento hostil de los pobladores en diversas zonas de la capital y en las regiones del norte del país. Amparados en la pasividad de la clase política y en un marco legal permisivo, diversos sectores civiles desafiaron abiertamente el principio de autoridad, generalizando el desacato normativo. Este escenario es el resultado directo de gestiones gubernamentales que debilitaron la capacidad resolutiva del Estado y que, mediante reducciones intencionadas del personal de tropa, buscaron desnaturalizar la misión tradicional de los uniformados, menoscabando el rol digno que el Ejército debe tener en favor de los intereses patrios.

La instauración de la impunidad frente a la autoridad se remonta al periodo de transición de Valentín Paniagua y al posterior gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006). Durante estos mandatos se tejió una compleja red de normativas que restringió severamente el uso de las armas por parte de las fuerzas del orden frente a civiles desadaptados o delincuentes. A partir de esa época, la agresividad civil aumentó de forma notoria, registrándose innumerables agresiones físicas contra policías y militares sin que se ejercieran sanciones ejemplares. Los altos mandos de ambas instituciones, por temor a represalias políticas que truncaran sus carreras mediante el pase al retiro, han guardado un silencio cómplice mientras su personal subalterno era agredido por delincuentes. Este maltrato proviene de todos los estratos socioeconómicos: mientras ciertos sectores de altos recursos profieren insultos discriminatorios y racistas contra los uniformados, pobladores de zonas periféricas en distritos como La Victoria, el Callao o el norte del país atacan físicamente a las patrullas. Todo este abuso ha sido recurrentemente avalado por sectores de la prensa, la Defensoría del Pueblo y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH), instituciones cuya labor en la protección del orden y de los servidores públicos es profundamente cuestionada.

Un testimonio directo de esta realidad ocurrió entre los años 2000 y 2006, periodo en el cual representantes de la CNDDHH y de la Defensoría del Pueblo acudieron en tres oportunidades a las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, acantonado en Caraz, Huaylas. Durante una reunión celebrada un mes antes de los comicios municipales de noviembre de 2006, dichos funcionarios impartieron charlas sobre el uso de las armas y el trato con la población civil, conminando severamente al personal militar a no abrir fuego, incluso si sus vidas corrían un peligro inminente. Ante la advertencia explícita de una de las representantes, quien afirmó que bajo ninguna circunstancia se debían emplear las armas en los locales de votación —sentenciando que, ante cualquier fallecimiento, tanto el jefe de la patrulla como el ejecutor del disparo serían encarcelados—, la tropa y los oficiales guardaron silencio. Ante ello, intervine directamente solicitando que se ordenara no llevar armamento a la misión, argumentando que de nada serviría portar fusiles ante un ataque si estaba prohibido usarlos para la defensa. La respuesta de la funcionaria se limitó a reiterar la advertencia de denuncia y prisión, una muestra del tipo de presiones que el comando militar histórico ha tolerado de manera pasiva. 

Esta degradación del sistema político tiene su origen en los requisitos del Jurado Nacional de Elecciones que, desde 1990, permitieron la inscripción de organizaciones que operan como verdaderas facciones delictivas para disputar los gobiernos locales, especialmente en las zonas andinas. El principal objetivo de estas agrupaciones es capturar los recursos públicos como si fueran un botín, con especial interés en los distritos beneficiados por el canon minero derivado de las operaciones a tajo abierto de empresas transnacionales. En cada proceso electoral se llegan a presentar más de quince candidatos, lo que desata disputas violentas, quema de ánforas e incluso asesinatos políticos.

En el departamento de Ancash, los alcaldes distritales y provinciales tienen un sueldo de acuerdo a la cantidad de electores en sus respectivos distritos y provincias, por ejemplo, en el distrito de Llama, provincia de Mariscal Luzuriaga, donde no hay el aporte de Canon Minero, el alcalde por sus servicios recibe un sueldo mensual de S/2500.00 Soles, un vehículo con chófer y elementos de seguridad y anualmente mueve un presupuesto de Dos Millones Ochocientos Mil Soles (S/2,800.000) Soles entregados por el Estado para ejecutar obras. Por otro lado, el alcalde del distrito de Chavín de Huántar, Huari, que tiene mayor cantidad de caseríos y mayor cantidad de electores, recibe de parte del Estado el sueldo mensual de Cinco Mil Soles (S/ 5000.000), además recibe un vehículo con chófer y también elementos de seguridad, mueve un presupuesto anual de Sesenta Millones de Soles (S/60, 000.000), distrito que se beneficia con el aporte económico del Canon Minero de la Empresa Antamina. El alcalde del distrito de San Marcos, Huari, recibe de parte del Estado el sueldo mensual de Cinco Mil Soles (S/ 5000.000), además recibe un vehículo con chófer y también elementos de seguridad, mueve un presupuesto anual de Doscientos Cincuenta Millones de Soles (S/250, 000.000), distrito más rico del Perú, que recibe el mayor aporte económico por concepto de Canon Minero de la Empresa Minera Anta Mina. El grueso poblacional del Perú lo conforman pobladores casi en su totalidad semi analfabetos que cada cierto tiempo son arriados a las urnas como borregos, este personal no sabe nada de la tan mentada democracia, para ellos la democracia es la pollada y las pachamancas que les preparan los candidatos al sillón municipal, antes, durante y después de la votación. Los electores almuerzan bien la suculenta pollada y su pachamanca, luego se presentan a dar sus votos, después de emitir sus votos retornan al pseudo local partidario donde les reparten licores de todo tipo, harta coca por su lealtad y compromiso con el candidato, ahí se emborrachan y están listo en espera de los resultados, si su candidato favorito pierde, es seguro que atacarán el local de la votación y destruirán las ánforas. La democracia en el Perú funciona así. La democracia equivale a un plato de pollada de los potenciales candidatos al sillón municipal entregados a sus leales electores y también equivale a un plato de plástico que reparte en los andes, el congresista más votado del Perú, Kenji Gerardo Fujimori Higuchi. ¿Este es la tan mentada democracia que tanto defendemos bajo este sistema político?

En el distrito de Chavín de Huántar, provincia de Huari, en las elecciones municipales del 19 de noviembre del año 2006, finalizado la votación, siendo las 22:00 horas, aprovechando la oscuridad, enardecidos pobladores aproximadamente de tres mil personas, empleando rejones de metal, palos y piedras, atacan el local de votación. Quemaron las ánforas, secuestran y asesinan a dos soldados del Servicio Militar Voluntario perteneciente al Batallón de Infantería Motorizado "Juan Hoyle Palacios" N° 6, acantonado en la ciudad de Huaraz; al día siguiente a los fallecidos los encontraron al pie del cerro Shallapa con sus fusiles sobre el pecho. Las investigaciones no detectaron responsables, por estas muertes nadie fue detenido, nadie está en la cárcel.

En el distrito de Llama, provincia de Mariscal Luzuriaga, en las elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, un profesor muy cuestionado como corrupto, se presentó como candidato a la reelección, quién empleando a los votantes contratados con cambio de domicilio mediante el pago denominados "golondrinos" trasladados desde la ciudad de Lima y la ciudad de Huaraz, gana las elecciones por tercera vez; como respuesta a la reelección de un alcalde muy cuestionado por corrupción, los enardecidos pobladores de todas las edades empleando piedras y palos atacaron el local de votación; al efectivo de la Policía Nacional que se encontraba de seguridad sin armas en la puerta principal del local, el grupo violentista lo cogió y lo aventó por el acantilado como si fuera un papel; luego, ingresaron al local de votación más de 500 civiles entre hombres y mujeres, instantes que los tres efectivos del Ejército escaparon por los cerros para evitar ser linchados, de esta manera también evitaron que le arrebaten sus armamentos y municiones. El grupo violentista quemó todas las ánforas, le perdonó la vida al personal de la ONPE, nadie fue detenido. Antes del año 2000, cuando los batallones se encontraba con sus efectivos completos, el soldado, físicamente y mentalmente se encontraba entrenado para frenar este tipo de situaciones, empleando el arma que la patria le entregó para su defensa en caso de peligrar la misión encomendada.

En el distrito de Huallanca, provincia de Huaylas, en las elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, siendo las 08:45 horas, iniciando la votación, civiles violentistas de trescientas personas entre hombres y mujeres, empleando palos y piedras atacan el local de votación, quemaron las ánforas, le quitan la ametralladora UZI al Técnico del Ejército Arturo Honores Jaramillo y además lo amarran a un poste, un mayor del Ejército y un efectivo de la policía fue depositado en un aula bajo candado. Por la cercanía al distrito de Caraz, inmediatamente enviaron personal de refuerzo. Los tres detenidos fueron rescatados por personal del Ejército y de la Policía Nacional que se encontraba como reserva en la guarnición del distrito de Caraz. Nadie fue detenido ni denunciado según la tan mentada democracia que tanto defienden los políticos.

En el distrito de Fidel Olivas Escudero, que también​ forma como uno de los ocho distritos de la provincia de Mariscal Luzuriaga, durante las elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, finalizado la votación, siendo las 21:45 horas, aprovechando la oscuridad, grupos violentistas de enardecidos pobladores, aproximadamente de trescientas personas, atacan el local de la votación emplean para sus propósitos palos, piedras y queman las ánforas. El efectivo policial se escapa por los cerros circundantes y se pierde en la oscuridad, el personal del ejército perteneciente al Batallón de Ingeniería Motorizado N° 32 de Caraz, conformado por tres efectivos, un suboficial y dos elementos de Tropa escapó por los cerros para evitar ser linchado. El personal del Ejército y el policía caminó toda la noche en las altas punas para retornar a Piscobamba, capital de la provincia del mismo nombre.

En el distrito de Pachapaqui, provincia de Bolognesi, durante las elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, finalizado la votación, grupos violentistas de enardecidos pobladores aproximadamente de quinientas personas, atacan el local de la votación y queman las ánforas, el reducido efectivo de personal militar y policial también escapó por los cerros para evitar ser linchados. Casos como estos ocurrieron a nivel nacional en el año 2006, y siguen ocurriendo hasta el día de hoy porque el soldado está impedido de emplear las armas que la patria y el Estado le entregó para su defensa.

En las elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, estuve de servicio en un colegio en el distrito de Musga, provincia de Mariscal Luzuriaga, al mando de un cabo Servicio Militar Voluntario y un soldado SMV recluta que aún no había hecho ejercicio de tiro con su fusil FAL, es decir nunca había disparado siquiera un cartucho. En total participamos 3 efectivos del Ejército. En este tipo de labores son 72 horas de constante servicios sin descanso y sin dormir. Día y noche se cuida al personal de la ONPE, además las ánforas. Un elemento del Ejercito, armado con fusil FAL permanecía de servicio en la puerta principal del local de votación, relevado cada tres horas, mientras el otro elemento del Ejército permanecía como reten, sentado en una banca en condiciones de actuar ante un peligro; el mando, en este caso mi persona, permanecía como oficial de guardia durante toda la noche, controlado al personal de Tropa, toda la noche permanecimos sin dormir. En estos tiempos la Ley Seca de 48 horas antes de las elecciones es puro cuento, la gente hasta el mismo día de las elecciones está bebiendo en las cantinas y en los locales partidarios, nadie respeta la ley ni las recomendaciones de las autoridades, no se puede controlar por falta de personal militar y policial, además no se les puede detener, en todo momento el reducido personal está expuesto a los ataques de los civiles violentistas que en los últimos tiempos se han achorado por todo lado. Finalizado el escrutinio, perdió el Partido Aprista, por un punto lo superó el candidato del Renacimiento Andino, esto originó un gran problema, los partidarios del candidato aprista de 300 personas en su mayoría embriagados rodean el local y por lapso de dos horas impiden desplazamiento del vehículo de la ONPE a Piscobamba, gritaban pidiendo la cabeza del encargado de esta institución a quien le consideraban como vendido; gracias a Dios en esas circunstancias apareció por la retaguardia otro vehículo con personal de tropa procedente del distrito de Llama, ellos hacen disparos al aire y los revoltosos se abren, logramos salir a pie custodiando a los vehículos, pero a pedradas nos persiguieron mas de tres kilómetros.

Antes del año 2000, durante las Elecciones Presidenciales y Municipales, por cada local de votación participaban 21 hombres del Ejército, bien armados y bien entrenados para este tipo de misiones, acompañado por un efectivo de la policía. En aquellos tiempos los civiles de las zonas alto andinas, cuando llegaban las patrullas del ejército nos miraban asustados porque el soldado de aquellos tiempos era considerado como sinónimo de respeto, porque empleaba las armas en situaciones de peligro. Desde el año 2000 todo ha cambiado, con el Servicio Militar Voluntario, los batallones de combate apenas tienen un efectivo de 50 a 70 hombres, mal entrenados, si estos jóvenes están en los cuarteles es porque les permiten estudiar y otros están porque les permiten reengancharse. Con esta cantidad de efectivos un batallón no está en condiciones de actuar en casos de Emergencia Nacional. Por estos problemas en las Fuerzas Armadas el gobierno de Martín Vizcarra recurrió hacer llamamiento de personal reservista para que este personal apoye a los de servicio activo para el control de la población decretado durante el aislamiento, cuarentena sanitaria por ataque de la enfermedad SARS-CoV-2.

Conclusión y Reflexión Final

El sombrío panorama expuesto demuestra que el futuro de la seguridad nacional en el Perú se encuentra en una encrucijada crítica. Continuar bajo el actual esquema de debilitamiento presupuestal, desamparo legal a las Fuerzas Armadas del Perú y permisividad ante el desacato civil solo conducirá a una disolución irreversible del principio de autoridad, dejando al Estado completamente inerme frente al avance impune del crimen organizado y la violencia social. Recuperar el rumbo de la patria exige de manera urgente una clase política con la voluntad de ejecutar una reforma estructural profunda: es imperativo dotar a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional de un marco jurídico blindado que garantice el uso legítimo de la fuerza, reestructurar el sistema de conscripción militar para asegurar batallones con óptimo entrenamiento y disuasión real, y erradicar las dinámicas clientelistas que convierten los recursos del canon en el botín de mafias locales. Solo devolviendo la dignidad, el respeto y la capacidad operativa a los uniformados se podrá salvaguardar la soberanía interna y garantizar la supervivencia de la República ante las emergencias del mañana.

 




domingo, 5 de abril de 2020

BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE “HUASCARÁN” N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

En el año 1977, el Perú se encontraba bajo el régimen militar del General Francisco Morales Bermúdez, una época en la que el Servicio Militar Obligatorio se ejecutaba de manera rigurosa. En las ciudades, caseríos y caminos, las patrullas realizaban la leva forzada de ciudadanos. Bajo esas circunstancias, el 3 de enero de aquel año, un contingente de 480 jóvenes procedentes de diversas localidades del departamento de Áncash fuimos congregados en la Oficina de Reclutamiento N° O-26 de Huaraz. Horas más tarde, los jóvenes intervenidos fueron trasladados bajo estricta custodia en volquetes del Ejército con destino al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas.

Mi vocación militar se había gestado mucho antes. En 1966, a la temprana edad de ocho años, yo ya me sentía un soldado. En mi espíritu influyeron profundamente las constantes narraciones de mi abuelo, don Eliseo Ramírez Cadillo, quien, en junio de 1883, siendo también un niño de ocho años, presenció el ingreso del poderoso contingente del Ejército de Chile a las tierras de Áncash durante la tercera fase de la Campaña de la Breña. Desde aquellos días de mi infancia, los relatos de la resistencia liderada por el General Andrés Avelino Cáceres penetraron en mi alma y permanecieron grabados de forma imborrable, preparándome mentalmente para afrontar las situaciones más duras y complejas de la vida castrense.

Al cumplir los 18 años y ante la inminencia del llamado, decidí no eludir mi deber patriótico. Opté por interrumpir mis estudios en el Colegio Nacional de «La Libertad» en Huaraz para presentarme de manera voluntaria. Siempre concebí el Servicio Militar como un honor sagrado, especialmente en aquellos años de alta tensión diplomática y militar con el vecino país del sur. Por ello, sin reparar en propinas ni beneficios económicos, y movido únicamente por el anhelo de instruirme en el manejo de las armas y el arte de la guerra, abordé un vehículo por mis propios medios. El 3 de enero, a las 13:30 horas, viajé desde Huaraz hacia Caraz. Al apostarme frente al portón principal del Batallón N° 112, reflexioné para mis adentros: «A partir de hoy, este será mi cuartel».

En aquella época, el personal de facción en la guardia utilizaba el término «número» para referirse a los soldados en servicio. Al cruzar el umbral del portón, el sargento de guardia ordenó en voz alta: «Un número voluntario». De inmediato, un soldado de mediana estatura saltó de la banca como un resorte, y el clase le indicó: «Lleva a este "perro" voluntario al patio de armas». Conducido bajo una fuerte tensión, llegué al patio y observé el semblante de cientos de jóvenes, en su gran mayoría hijos de campesinos de la región; el grupo reflejaba una mezcla de ruidosa algarabía, tristeza y honda preocupación. Mientras unos pocos manifestaban orgullo por convertirse en los reclutas del contingente de enero de 1977, la mayoría albergaba el íntimo deseo de ser exceptuados del servicio.

Una vez que los 480 civiles estuvimos alineados en el patio de armas, irrumpieron en la explanada seis sargentos monitores con galones metálicos relucientes en el pecho. Los instructores nos increpaban con tono enérgico, obligándonos a rugir consignas a todo pulmón. Como método de amedrentamiento para quienes no lograban modular la voz con la potencia exigida, algunos monitores tomaban puñados de tierra del suelo y, tras ordenarles abrir la boca, se los arrojaban con fuerza hasta el fondo de la garganta, bautizando cruelmente a los reclutas con el denominado «azúcar dulce». Bajo ese severo recibimiento, permanecimos inmóviles en la posición de atención, rugiendo con la mirada fija en el horizonte por un espacio aproximado de tres horas.

En medio de aquella tensa jornada, se aproximó un oficial de tez morena y elevada estatura: era el Capitán de Ingeniería Víctor Valderrama Chávez, oficial de personal (S-1) del batallón. Con un discurso franco, firme y severo, nos dio la bienvenida institucional: «Han ingresado a este batallón para convertirse en combatientes de primera y defender los sagrados intereses de la patria. Aquí se come lo que se da y se hace lo que se ordena», sentenció. Acto seguido, empleando la voz ronca que lo caracterizaba, el Capitán Valderrama formuló una propuesta inesperada al contingente: «Señores, la unidad solo requiere incorporar a 180 reclutas. Los que tengan la firme voluntad de servir mantengan su emplazamiento; aquellos que deseen marcharse formalicen una fila en la pista con dirección a la guardia de prevención».

Al escuchar la alternativa, la gran mayoría de los jóvenes corrió despavorida hacia la pista de salida. Para mi sorpresa, solo cuarenta voluntarios nos mantuvimos firmes en nuestra posición original. Ante la masiva deserción, el Capitán reaccionó de inmediato y ordenó el retorno obligatorio de todos aquellos ciudadanos que hubiesen culminado el quinto año de educación secundaria. En mi caso, que solo contaba con el tercer año de secundaría, permanecí en las filas por mi condición de voluntario en tiempos de leva. Serví rigurosamente durante dos años (1977-1978), mientras que la mayor parte de mi promoción, amparada en su educación secundaria completa, obtuvo su licenciamiento en tan solo once meses. En la práctica, el trato diario y el rigor de la instrucción militar fueron exactamente iguales para el voluntario que para el ciudadano levado; de nada valió el ímpetu de mi presentación espontánea en aquella época.

Horas más tarde, hizo su aparición el Capitán de Ingeniería Oficial de Logística (S-4) del batallón, acompañado por sus sargentos almaceneros de prendas. Nos condujeron a paso ligero hacia los almacenes, donde, en un santiamén, organizaron la distribución de los uniformes de campaña. La logística estaba rígidamente dispuesta: un sargento custodiaba trescientas sesenta camisas; más allá, otro controlaba trescientos sesenta pantalones; seguidos por otros encargados de trescientos sesenta birretes y trescientos sesenta pares de borceguíes. Cada uno custodiaba una cantidad exacta de prendas para cubrir la dotación de dos mudas completamente nuevas por recluta. Los «perros», invadidos por el temor, transitábamos a la carrera mientras nos arrojaban la indumentaria al vuelo. En el desorden del paso ligero, no faltaron quienes recibieron borceguíes de números distintos o calzados desprovistos de pasadores. Cuando alguien osaba reclamar, la respuesta de los instructores era tajante: «No sé; a partir de este momento el perro es mago. ¿Alguna pregunta?». Todo ocurría a una velocidad vertiginosa; los reclutas más lentos pagaban su falta de reflejos raneando o ejecutando polichinelas como sanción inmediata. A los soldados de baja estatura las camisas, pantalones y birretes les quedaban excesivamente grandes, mientras que a otros los borceguíes les aprisionaban los pies. Una vez uniformados, abandonamos los almacenes a toda velocidad para retornar al patio de armas, donde los sargentos monitores ya nos aguardaban.

Mientras tanto, en los exteriores del cuartel, una multitud de familiares se había aglomerado. Algunas madres lloraban desconsoladas por sus hijos reclutados; como único consuelo, recibieron de vuelta las prendas civiles que estos vestían al ingresar, sabiendo que durante los próximos dos meses los jóvenes permanecerían en estricto encierro sin derecho a salir a la calle. Ya investidos con el uniforme de la patria, los ciento ochenta «perros» nos mantuvimos alineados en la explanada. Dentro del contingente destacaba un «gringo» serrano, rubio y de ojos azules, procedente de las zonas del distrito de San Luis, en el Callejón de Conchucos; a su lado se encontraba otro compatriota campesino, de marcados rasgos autóctonos, originario de los caseríos de Huaraz. Observándolos detenidamente en su recorrido, el Capitán Valderrama se detuvo ante ellos y sentenció: «A partir de la fecha, el "gringo" y el autóctono son hermanos. Ya veremos quién de los dos es más valiente en el campo de batalla».

Esa misma tarde experimentamos por primera vez la rigurosa rutina del rancho de tropa. Para conducirnos al comedor, los sargentos monitores nos obligaron a adoptar la posición de marcha de pato a lo largo de los ciento cincuenta metros que separaban el patio de armas de la explanada del comedor. El ejercicio consistía en avanzar en cuclillas, con las manos firmes en la cintura, imitando el andar de estas aves mientras exclamábamos a coro: «¡Cua, cua, cua, cua!». Muchos de mis promocionales, especialmente los de extracción campesina, jamás habían sometido su cuerpo a semejante exigencia. Tras escasos veinte metros de avance, el dolor en las articulaciones se tornó agudo y los muslos comenzaron a arder intensamente. El deseo de ponernos de pie era generalizado, pero los monitores se mostraban implacables y prohibían cualquier queja en las filas. Con sarcasmo, nos inquirían en plena marcha: «"Perros", ¿quema?». Al responder la formación con un unísono «¡Sí!», los instructores replicaban con dureza: «¡Soplen pues, carajo!». Aquel que cedía al cansancio y se enderezaba para aflojar los músculos era confinado de inmediato a la retaguardia del contingente para reiniciar el trayecto bajo un castigo mayor.

Con gran dificultad alcanzamos la explanada del rancho, donde se nos distribuyeron las bandejas, tazones y cubiertos metálicos. El protocolo militar imponía un orden estricto: primero desfilaron ante las pailas las cinco compañías del personal más antiguo de la unidad. Nosotros, en nuestra condición de reclutas, observábamos con atención cada movimiento, especialmente cuando los sargentos de semana coordinaban las raciones de los denominados «racioneros» o el personal asignado a comisiones de servicio fuera del cuartel, a quienes se les debía reservar el alimento reglamentario. Para nuestra promoción, la cena constituyó una verdadera prueba de resistencia para gobernar el apetito, pues el avance hacia las pailas era exasperantemente lento. En ese intermedio aprendimos el manejo de las «gemelas» —el juego de cubiertos de campaña— y la estricta etiqueta del comedor: sentarse y comer en «escuadra», manteniendo la cuchara en un ángulo vertical perfecto hasta la altura de la boca para luego introducirla en sentido horizontal. Asimismo, descubrimos que toda interacción verbal debía estar precedida por el vocativo «Mi...», una fórmula obligatoria que expresaba subordinación jerárquica. El tuteo estaba proscrito y el mando se manifestaba de forma vertical, bajo la premisa de que «las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones; el superior que las imparte es el único responsable de la orden emitida».

Aquella primera cena fue una auténtica odisea que, no obstante, aguardábamos con ansiedad. Aunque en las pailas el servicio era equitativo, no todos lograban alimentarse por igual; con frecuencia, sargentos abusivos actuaban como aves de rapiña, despojando a los reclutas de sus raciones de pan o frutas. Además, el cuartel obligaba a adaptarse a un nuevo régimen alimenticio: si en la vida civil no se acostumbraba consumir menestras, allí era mandatorio hacerlo. El nerviosismo y el miedo hacían que algunos soldados derramaran gotas de sopa sobre la mesa, un error que resultaba fatal. Quien lo cometía era privado de inmediato del alimento bajo el argumento de los monitores de que se estaba desperdiciando una comida que bien podría mitigar el hambre de los desposeídos, acusando al infractor de ser un «perro miserable» que arruinaba el rancho adrede. Habíamos probado un poco de todo, pero la instrucción no otorgaba tregua. Cuando nos disponíamos a consumir el camote que integraba la ración, un sargento ordenó con voz enérgica: «Dejen el camote y, a la cuenta de tres, se han comido la cáscara. ¡Uno, dos, tres!». Sin más opción, deglutimos la cáscara de inmediato.

Poco después, el Oficial de Día, quien supervisaba el comedor, irrumpió con un grito: «¡Perros... atención!». Ante la orden, nos pusimos de pie de forma instantánea; sin embargo, el violento estrépito provocado por el choque de las bandejas, tazones y cucharas sobre las mesas enfureció al oficial. «¡Sentarse!... ¡Carajo, esto es un escándalo! En el comedor están prohibidos los alborotos», bramó. Acto seguido, repitió la secuencia con severidad: «¡De pie! ¡Sentarse! ¡De pie!», reiterando los comandos hasta lograr que el comedor quedara sumido en un silencio absoluto. El despliegue formaba parte de un Brindis de Bienvenida previamente planificado. Uno de los sargentos más antiguos entre los monitores tomó la palabra para pronunciar un breve discurso de recepción: «¡Brindemos por los reclutas del primer contingente de enero de 1977, quienes tienen el altísimo honor de pertenecer a las filas del Ejército! ¡Salud, señores!». La tropa respondió con un unísono «¡Salud!». En ese instante, la mayoría supuso que el tazón contenía vino; no obstante, se trataba de un bautizo castrense: una densa mixtura elaborada con desperdicios de ensalada, azúcar, ají, sal, vinagre, limón y pimienta. Impulsados por una sed extrema, bebimos el brebaje por completo.

Concluido el rancho, procedimos al lavado reglamentario de las bandejas antes de volver a formar en el patio exterior. Los castigos disciplinarios se sucedían sin interrupción. Cualquier infracción menor —como un leve movimiento en las filas, hablar sin autorización o mostrar lentitud en los desplazamientos— se saldaba con una sanción de «cien completas» (planchas o flexiones). Tras cumplir rigurosamente el castigo, el recluta debía ponerse en pie de inmediato y reportar en voz alta y firme: «Orden cumplida, mi sargento», «mi cabo» o «mi antiguo», según correspondiera. Los instructores nos repetían de manera incesante una máxima del adiestramiento: «La mente domina al cuerpo; tienen que endurecer esos cuerpos acostumbrados a la vida ociosa».

Buscando cualquier pretexto para poner a prueba nuestra retentiva y obediencia bajo presión, nos interpelaban: «"Perro", a partir de la fecha tiene que saber mis nombres y apellidos completos, de dónde soy, cómo se llama mi señorita enamorada y cuánto calzo». El recluta, presa del pánico, solo atinaba a responder: «Comprendido, mi sargento». Si a causa de los nervios el soldado titubeaba o se equivocaba en las respuestas, la sanción consistía en adoptar la posición de rana. Así, el sancionado permanecía rebotando en el suelo ejecutando tandas de ciento cincuenta a doscientas ranas estrictamente fiscalizadas. Aunque el cuerpo estuviera empapado en sudor, cubierto de lágrimas y dominado por una honda rabia interna, estaba terminantemente prohibido romper la posición sin una orden explícita. Si alguien intentaba incorporarse por el agotamiento, los monitores arremetían de inmediato: «Carajo... ¿quién mierda le autorizó a pararse? Usted siga raneando, porque aquí tiene que aprender a ser fuerte, a dominar su cuerpo y su mente».

Durante las primeras noches, al marcar las 21:00 horas, la totalidad del personal debía encontrarse en pijamas dentro de sus respectivas camas. Para muchos de nosotros, era la primera vez que dormíamos cubiertos por sábanas blancas; sin embargo, el descanso estaba precedido por la temida revista de «perras». Para esta inspección, los reclutas debíamos tener los pies previamente lavados con jabón y, tendidos de espaldas en la cama, presentarlos alineados hacia el pasillo. El sargento de semana procedía a pasar la revista valiéndose de la bayoneta de un fusil FAL. En el espacio interdigital suele acumularse descamación cutánea en forma de grasa que, al ser removida por el metal, salía con un color blanquecino; a esta exfoliación los sargentos la denominaban cínicamente «queso» y, como acto de humillación, te ordenaban abrir la boca para tragártela. En aquellos tiempos, esa era la tradicional y abusiva «perrada» que debíamos sufrir los soldados recién incorporados: un régimen de castigo físico y total sumisión amparada en la menor jerarquía, el cual no quedaba más remedio que resistir con estoicismo. Al principio, al encontrarnos rodeados de jóvenes procedentes de distintas latitudes y vernos a todos con las cabezas completamente rapadas o «pelados», experimentábamos una profunda sensación de extrañeza mutua.

La rutina diaria iniciaba implacablemente a las 05:00 horas con el toque de diana. A partir de ese instante, el tiempo para cada actividad corría con precisión matemática y sin compasión. La jornada comenzaba con el tendido de la cama: la frazada debía quedar perfectamente doblada con la franja bicolor orientada hacia el frente, las sábanas blancas con sus respectivos dobleces reglamentarios y la colcha estirada sin una sola arruga. Para otorgar el visto bueno, el jefe de Compañía lanzaba una moneda sobre la superficie; si esta rebotaba, la revista quedaba aprobada. Asimismo, el piso de la cuadra debía lucir reluciente de rincón a rincón, los servicios higiénicos impecables y las áreas verdes regadas al milímetro, satisfaciendo el exigente estándar del comandante del Batallón. En el ínterin, debíamos hacer auténtica magia para cumplir con el aseo personal, convirtiéndonos por las mañanas en hombres polifacéticos. Compartíamos el mismo corte de cabello, el uniforme, el armamento y un itinerario de entrenamiento físico dictado por los instructores en una progresión constante.

Al caer la noche en el patio de armas, tras la lista de retreta, los reclutas soportábamos un interminable bullicio de rugidos y gritos castrenses. Al amanecer de cada nuevo día, el cuerpo joven asimilaba que ese era su destino y que no existía margen para el retroceso. Las formaciones, las instrucciones de campo y los servicios de día, de noche o de retén constituían nuestra agenda diaria, junto a un severo catálogo de castigos físicos: el universo de las planchas, las ranas, la pista de combate, el «trompito», la rampa y los canguros. Con el transcurrir de las semanas, este rigor se nos fue haciendo familiar. Las instalaciones del cuartel, edificadas tras el devastador terremoto del 31 de mayo de 1970, contaban con paredes de mampresa prensada contrachapada, techos de eternit y pisos relucientes. Los camarotes y roperos, pintados de color plomo, se alineaban de extremo a extremo. Los camarotes de dos niveles eran compartidos por parejas de soldados; al menos antiguo le correspondía invariablemente ocupar la litera superior. El compañero de camarote se convertía en un hermano de armas, en tu confidente y amigo más cercano; en mi caso, compartí plaza con el soldado Botello Pérez, natural del distrito de Pueblo Libre, ubicado justo al frente de Caraz. También se nos asignaban sectores específicos de responsabilidad para la limpieza, el mantenimiento de áreas verdes y la higienización de los baños. En cada pase de revista, el recluta debía habituarse a presentar los roperos con las prendas perfectamente pulcras, los sectores impecables y la vegetación debidamente regada.

Para el primer contingente de enero de 1977, los dos primeros meses de internamiento se tornaron interminables, permaneciendo concentrados al cien por ciento dentro de la base militar. Los domingos, muchos reclutas recibían la visita de sus familiares, mientras otros solo miraban con nostalgia. Aquellos que daban la bienvenida a sus parientes disfrutaban de un banquete colmado de expresiones culinarias tradicionales de sus pueblos de origen. Al abrirse las ollas y portaviandas, el ambiente se inundaba de aromas entrañables: el cuy frito con papas, la pachamanca de tres sabores, el consistente caldo de gallina, el refrescante cebiche de chocho, la chicha de jora y la infaltable Inca Kola. Saboreábamos aquellas viandas y las compartíamos generosamente con los compañeros que, debido a la lejanía de sus hogares, no recibían visitas. De ese modo, compartiendo el alimento, comenzó a robustecerse el cordón umbilical de la camaradería entre promociones. Precisamente, durante la semana del tercer domingo de enero, el distrito de Caraz celebraba la fiesta patronal en honor a la Virgen de Chiquinquirá; el eco lejano de las bandas de músicos y el estallido de los fuegos artificiales nos evocaban con nostalgia las vivencias abandonadas meses atrás en nuestros pueblos, costumbres arraigadas del mundo cristiano en la sierra de Áncash.

Desde las primeras semanas de internamiento, los discursos de los mandos giraban constantemente en torno a una potencial conflagración bélica con Chile, enfocando el entrenamiento en la premisa histórica de recuperar los territorios perdidos durante la Guerra del Pacífico (1879-1884). Los oficiales instructores, con el grado de subtenientes, y los sargentos monitores nos exigían al máximo con la firme intención de forjar una promoción de excelencia. Tras la gimnasia básica, con o sin armas, corríamos diariamente hasta el puente de Pueblo Libre en un trayecto de ida y vuelta que sumaba dieciséis kilómetros. El adiestramiento incluía el paso por la pista de combate de catorce obstáculos, el montaje y desmontaje del fusil FAL con los ojos vendados y el aprendizaje de las misiones individuales del combatiente. En nuestra condición de zapadores de un batallón de ingeniería de combate, los instructores hacían sentir el peso de la especialidad técnica en el terreno, siendo la asignatura más extenuante el armado y lanzamiento del puente Bailey. Jamás olvidaremos las jornadas dedicadas a ensamblar y desarmar aquella estructura metálica, rotando continuamente con las pesadas piezas de acero sobre los hombros mientras los días de la semana transcurrían con lentitud.

Finalmente, llegó el día del primer ejercicio de tiro real. Desde las 04:00 horas nos encontrábamos de pie en medio de órdenes que cruzaban la cuadra para agilizar el tendido de camas, el aseo personal, la limpieza de los sectores y el consumo del rancho casi a paso ligero. A las 05:00 horas ya estábamos formados portando los fusiles FAL de calibre 7.62 mm, prácticamente nuevos, que habían sido adquiridos durante el gobierno del General Juan Velasco Alvarado. Nuestro destino se ubicaba al frente del distrito de Caraz, en un terreno seco y llano que servía como campo de tiro del batallón. El personal de mecánicos de armamento y el oficial de tiro procedieron a alinear los doce blancos de silueta a una distancia de cien metros desde la línea de fuego. Una vez organizado el contingente, a la voz del oficial, la primera tendida avanzó hacia sus posiciones.

«¡Frente a sus respectivos blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar, cargar!», ordenó el oficial. Los doce reclutas repetían la frase a todo pulmón mientras se arrojaban al suelo en posición de tiro. Con los fusiles apuntados, el oficial de tiro exclamó: «¡Apunten... fuego!», al tiempo que el cornetero de servicio anunciaba el inicio de los disparos. Accionar por primera vez un arma con munición de guerra de ese calibre constituye una experiencia impactante en la vida de cualquier soldado; el nerviosismo se apoderó de varios, pero a la espalda de cada tirador los sargentos monitores vigilaban atentos cada movimiento. Alguien rompió la tensión soltando el primer disparo y el resto lo secundó de inmediato para no quedar rezagado, pues el tiempo de la serie estaba estrictamente cronometrado. De pronto, el oficial ordenó: «¡Alto el fuego! ¡Nadie dispara! ¡Tendida... de pie!». Los tiradores se incorporaron pensativos y se desplazaron junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de blancos para verificar los impactos. Al tratarse del debut con el arma, algunos no habían acertado un solo tiro en la silueta. Para estos soldados, denominados coloquialmente «hueveros», la sanción era inmediata y severa: consistía en cargar una pesada piedra sobre el hombro, marchar hacia la cumbre del cerro más cercano y, desde la cima, gritar a pleno pulmón: «¡Soldado Juan Pérez Valverde, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!», «¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!» o «¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!». Tras cumplir la amonestación en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, donde los monitores los aguardaban para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a cualquier parte. Los ejercicios continuaban.

El tiempo transcurrió inexorablemente y la rigurosa instrucción de los primeros meses quedó confinada al terreno de los recuerdos. Como hito de finalización de la denominada «perrada», durante la última semana del mes de febrero, se ejecutó la marcha de campaña. Resulta increíble evocar cómo, en aquellos años de primera juventud, nuestros cuerpos eran capaces de resistir tanto peso sobre la marcha: portábamos el casco de acero, el Fusil Automático Ligero (FAL) provisto de su cacerina, el morral, el cinto reglamentario, dos cananas cargadas con cuatro cacerinas abastecidas, la carpa de campaña con sus respectivas estacas, la mochila, una cantimplora con agua y la clásica frazada ploma con la franja bicolor, emblema de los colores de la patria. A la vanguardia del contingente, un soldado corría sosteniendo el gallardete de la unidad mientras la formación entonaba a viva voz las canciones militares, aquellas composiciones que operan como herramientas de valor y resistencia en la milicia, abarcando desde las tonadas más pícaras y graciosas hasta los himnos más marciales y guerreros. Doblando por la esquina del cementerio antiguo de Caraz, enfilamos con dirección al puente colgante sobre el río Santa, iniciando de inmediato la ascensión por el empinado cerro que conduce hacia las alturas del distrito de Pueblo Libre.

La marcha de campaña representaba el esfuerzo definitivo de la tropa reclutada, una auténtica prueba de supervivencia en el terreno. La exigente instrucción de sesenta días consecutivos, las extenuantes jornadas de tiro real y el eco de los gritos de los «hueveros» en los cerros habían quedado atrás. En el campo, las horas del rancho se convirtieron en vivencias inolvidables; durante una semana permanecimos con las gamelas extendidas para recibir el alimento y devorarlo con presteza. Soportamos cinco noches consecutivas de instrucción nocturna y desplazamientos por senderos abruptos. Al concluir cada jornada, nos aguardaba la carpa de campaña, la cual afortunadamente nos protegió del intenso frío y la llovizna estacional, pues para fortuna nuestra la lluvia no se desató en aquellos días. Esas noches de adiestramiento dejaron huellas imborrables en nuestras vidas. El viernes por la tarde, victoriosos y entonando cantos de guerra, retornamos al cuartel, el cual se convertiría en nuestro hogar durante los siguientes dos años. Gracias a estos rigores, el soldado aprende a dominar el armamento, a gobernar sus emociones, a sobreponerse a la fatiga extrema y a valorar el sentido de la camaradería. El entrenamiento nos enseñó a madurar y a calibrar el verdadero significado de la existencia. Nuestro instructor, el Subteniente de Ingeniería Walter Villanueva Cerpa, junto a los seis sargentos monitores, nos demostraron que el ser humano siempre puede dar más de sí mismo y que la mente es capaz de gobernar al cuerpo, inculcándonos valores fundamentales como la disciplina, el espíritu de cuerpo, el honor, el valor y, por, sobre todo, la lealtad indispensable para conducir hombres de bien y dar el ejemplo a los subordinados.

El viernes 4 de marzo de 1977, el patio de formación del batallón lucía esplendoroso. La pequeña tribuna oficial se encontraba engalanada con un toldo que lucía los colores rojo y blanco de la bandera peruana. Los familiares ingresaban entusiasmados y en nutridos grupos por el portón principal de la guardia de prevención, movidos por el orgullo de presenciar el momento en que sus hijos, sobrinos, nietos, primos o amigos recibirían las armas que la nación les confiaba para la defensa de su soberanía. Nosotros, embargados por la ansiedad y en estricta formación de parada, permanecíamos listos para el inicio del acto. Aquella ceremonia revistió una profunda solemnidad: se dio inicio con el izamiento del Pabellón Nacional, seguido por las sagradas notas del Himno Nacional, la celebración de la santa misa y el discurso de orden del jefe de Batallón. Al llegar el momento cumbre de la entrega de armas, el frío propio de la estación batía la guarnición, pero el calor del espíritu del soldado se mantenía encendido en lo más alto. Habíamos dejado atrás la condición de «perros» reclutas; todos lucíamos impecables con nuestros uniformes de campaña. El ambiente reflejaba una doble motivación al tener a nuestro lado tanto a la gran familia militar como a nuestra razón de ser: nuestros padres y hermanos. Durante el acto, nuestras madres, con los rostros iluminados por el orgullo, nos hicieron entrega de los fusiles, acto que sellamos con un enérgico «¡Sí, juro!». Posteriormente, entonamos el Himno del Ejército con extrema energía; fue un canto estruendoso nacido del fondo del alma, cuyo eco pareció retumbar en las cumbres del majestuoso nevado Huascarán.

Tras superar aquellos dos meses de rigurosa conscripción y transformados finalmente en soldados de la patria de un batallón de ingeniería de combate, el sábado 5 de marzo salimos de paseo por primera vez. Vestíamos el uniforme reglamentario de forma impecable, con el corte militar reglamentario y los borceguíes relucientes. Al trasponer la esquina del cuartel, cada efectivo se dispersó por las calles de Caraz buscando abordar con rapidez algún vehículo que lo condujera al reencuentro con sus familiares. En la vía pública, algunos civiles desadaptados nos gritaban «moroquitos», burlándose de nuestra condición de reclutas recién salidos del cuartel que buscaban ansiosos a sus padres; otros transeúntes, en particular los varones, murmuraban con sorna a nuestro paso: «Mira la cantidad de "cachamulas" que han salido a la calle; ahora sí van a rayar las trabajadoras del chongo de Vichay». Entre el contingente se encontraba el soldado Juan Botello Pérez, aquel joven campesino originario de los caseríos de Pueblo Libre que había sido incorporado mediante una leva forzada. Tras dos meses de internamiento, su visión del país se había transformado radicalmente; la dureza de las labores militares, los castigos físicos y la guía de los monitores habían modificado su mentalidad en un breve lapso, enseñándole a rectificar su conducta y a valorar profundamente a sus padres.

Hoy en día, los licenciados del Ejército pertenecientes al primer contingente de enero de 1977 superamos los sesenta años de edad y nos encontramos dispersos en diversas partes del mundo, atesorando las vivencias de nuestras propias disciplinas. Los restos de aquellos compañeros que ya han partido al descanso eterno reposan en los camposantos, mientras que quienes por gracia divina nos mantenemos en pie aún recorremos las calles de nuestra patria o el extranjero, rememorando con orgullo nuestro paso por el glorioso Ejército del Perú. Cada 3 de enero, muy temprano en la mañana, nuestros cuerpos parecen rejuvenecer, inundándose con la memoria viva de nuestro paso por el cuartel de la patria. Guardamos un perenne recuerdo de nuestros instructores, entre ellos el Subteniente de Ingeniería Walter Villanueva Cerpa y los sargentos monitores Machuca y Solís. Tengo la plena certeza de que todos ellos se encuentran hoy en el lugar que la historia y el deber les tenían reservado.


jueves, 2 de abril de 2020

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LA LLEGADA DE LAS FUERZAS PATRIOTAS AL DISTRITO DE YUNGAY ANCASH 19 JUNIO 1883

La unión de los ejércitos en Yungay y la neutralización del cerco chileno. - El martes 19 de junio de 1883, a las 07:00 horas, las fuerzas patriotas reiniciaron su marcha desde el distrito de Carhuaz con destino a Yungay. El trayecto, caracterizado por un terreno llano y muy favorable, permitió que el general Andrés Avelino Cáceres, junto a sus ayudantes y escolta, arribara a la hermosa ciudad a las 11:30 horas; poco tiempo después ingresó el grueso del ejército. Durante este tramo, la columna militar dejó atrás puntos importantes como Tingua, Cascapara, Tishtec, Mancos y Ranrahirca.

Una vez en Yungay, el general Cáceres y sus ayudantes se hospedaron en la residencia de la familia Cisneros. Por su parte, los demás jefes y oficiales fueron alojados en las viviendas del hacendado Ignacio Figueroa Fernández, de la familia Lagos y de otros notables, ricos y poderosos terratenientes de la zona. Entre tanto, el pueblo llano acogió con profundo cariño al personal de tropa, razón por la cual la ciudad de Yungay fue recordada con nostalgia por los breñeros como una «deliciosa población por su clima y hermoso paisaje, y también por la bondad de sus habitantes».

Al día siguiente, miércoles 20 de junio a las 10:00 horas, el Ejército del Centro —compuesto por 2240 hombres— formó en la plaza de armas de Yungay para recibir al Ejército del Norte. Este último destacamento, conformado por 830 soldados de tropa ancashina, llegaba procedente de Huaylas bajo el mando del coronel Isaac Recavarren, tras haber ejecutado la titánica tarea de destruir todos los puentes y caminos a ambos lados del río Santa. Mediante el uso de pólvora y dinamita, Recavarren logró bloquear las vías por las cuales el coronel chileno Alejandro Gorostiaga y el comandante Herminio González pretendían irrumpir en Yungay, desvaneciendo por completo el peligro latente en los sectores norte y oeste.

A pesar de la hazaña logística, la precaria apariencia de las tropas del norte desilusionó profundamente a los oficiales que acompañaban a Cáceres, especialmente al coronel Secada, quien expresó un patético desencanto al respecto: «Al día siguiente de nuestra llegada a Yungay se unió a nosotros el titulado Ejército del Norte, pésimo personal, en su mayoría campesinos desarmados, analfabetos, sin instrucción, y en número de 830 hombres, incluso un escuadrón de caballería compuesto de indios reclutas y raquíticos que apenas podían tenerse sobre el caballo». Aun con este desalentador panorama, el Ejército del Centro rindió los honores de ordenanza a la columna entrante, cuyo jefe desfiló con una numerosa escolta y batidores que portaban grandes banderolas rojas, blancas y bicolores.

El general Cáceres consideró razonables las explicaciones de Recavarren para justificar las graves deficiencias de vestuario y armamento de sus hombres. Estas carencias respondían a la escasez absoluta de recursos económicos y a la activa oposición de los sectores acaudalados de la región, alineados con el gobierno de Miguel Iglesias en Cajamarca; una traición que ya se había hecho patente con las muestras de simpatía que los notables de la ciudad de Huaraz habían brindado al coronel chileno Marco Aurelio Arriagada. Por este motivo, Cáceres ratificó a Recavarren como comandante en jefe del destacamento del Norte y, para reforzar sus líneas, puso bajo sus órdenes al batallón Tarma.

Con la unificación de ambas fuerzas en Yungay, el ejército patriota pasó a sumar un total de 3070 efectivos, compuestos en su gran mayoría por campesinos mal armados. Sin embargo, la audaz estrategia defensiva rindió frutos: la maniobra chilena para cercar a los peruanos por tres frentes fracasó rotundamente. Por el norte, el coronel Alejandro Gorostiaga, al mando de 1500 hombres, quedó completamente aislado en la localidad de Yuracmarca, en el distrito de Huallanca; viéndose obligado a retroceder hacia Pallasca para continuar su marcha hacia el distrito de Huamachuco con el fin de proteger los intereses de Miguel Iglesias. Por el sector oeste, el comandante Herminio González, quien lideraba a 600 hombres a través de la ruta de Quillo con la intención de ingresar a Yungay por el puente de Matacoto, también quedó aislado y tuvo que replegarse hacia la ciudad de Trujillo. Finalmente, por el sector sur, el coronel Marco Aurelio Arriagada, al frente de un poderoso contingente de 3200 hombres equipados con fusiles y artillería de última tecnología, permanecía indeciso y estancado en la ciudad de Huaraz.

La audaz maniobra de Llanganuco y el camino hacia la tragedia de Huamachuco. - Al general Cáceres se le presentaron dos alternativas ante el inminente avance enemigo: a pesar de contar con fuerzas notoriamente inferiores en número y armamento, podía optar por enfrentar directamente a las huestes del coronel Arriagada o, en su defecto, burlar su persecución mediante una audaz y grandiosa maniobra táctica a través de la ruta de la laguna de Llanganuco para cruzar hacia el Callejón de Conchucos. El Estado Mayor optó por esta última alternativa, impulsado por la imperiosa misión de capturar a Miguel Iglesias Pino. Este general, tras disolver su propio ejército y con el respaldo directo de los mandos de ocupación chilenos y los representantes de los siete departamentos del norte, se había proclamado presidente regenerador del Perú con el único fin de firmar una rendición que incluía la dolorosa cesión territorial de Tarapacá, Tacna y Arica.

Fue así como la tropa ancashina, precariamente armada, marchó junto al Ejército del Centro —sumando los 3070 hombres unificados en Yungay— con destino a Huamachuco. No obstante, el desgaste del trayecto y la crisis moral hicieron mella en las filas patriotas. Diversas fuentes históricas señalan que, en una sola noche —la madrugada del 7 de julio—, más de 600 soldados ancashinos desertaron en masa desde la llanura de Tres Ríos, localidad situada a 24 kilómetros de Huamachuco. El comando peruano fue incapaz de frenar esta sangrienta sangría humana; de los 3070 combatientes que partieron con entusiasmo desde Yungay, el ejército llegó a la víspera de la batalla definitiva con apenas 1400 hombres.

Afortunadamente, el 9 de julio, cuando las disminuidas fuerzas patriotas ya habían ocupado posiciones estratégicas en las trincheras de los cerros Cuyulga y Santa Bárbara, recibieron el oportuno refuerzo de 200 guerrilleros procedentes de Santiago de Chuco, liderados por Santiago Calderón y los hermanos Porturas. Entre los principales patriotas ancashinos que se batieron con heroísmo en el campo de batalla destaca el huaylino Germán Alba Jurado, teniente y abanderado del Batallón «Pucará», quien entregó su vida defendiendo su posición en el cerro Sazón. Asimismo, es imperecedero el sacrificio del sargento mayor Manuel Eulogio del Río, quien, en un acto de suprema lealtad, fue herido de muerte al interponerse para salvar la vida del general Cáceres, falleciendo al día siguiente durante el implacable «repase» chileno. Junto a ellos, cientos de combatientes que regaron con su generosa sangre las llanuras de Purrumpampa permanecen hasta hoy en la memoria colectiva como soldados anónimos. En este escenario, también es digno de recordar el valor de Pedro Celestino Cochachín de la Cruz, conocido popularmente como «Uchcu Pedro», quien combatió con el grado de comandante de milicias y jefe de guerrilleros.

Antes de emprender la marcha por la escarpada e inhóspita ruta de la laguna de Llanganuco, y con la finalidad de obtener algún soporte pecuniario para la campaña, el general Cáceres envió a la ciudad de Caraz al ingeniero Benavides, secretario de la Jefatura Superior del Norte. Tras denodados esfuerzos, Benavides solo pudo recaudar 500 soles de plata, el cual constituyó el único auxilio económico que se obtuvo de todo el departamento de Áncash. En contraste con la apatía de las clases acomodadas, los caseríos y las comunidades campesinas a lo largo de la ruta auxiliaron al ejército patriota con todo lo que su extrema pobreza les permitía. Eran tiempos de profunda efervescencia y descontento social indígena; un fermento rebelde que muy poco tiempo después, en 1885, estallaría con fuerza en el histórico movimiento de liberación campesina acaudillado por Pedro Pablo Atusparia y el propio Uchcu Pedro.