En el año 1977, el Perú se
encontraba bajo el régimen militar del General Francisco Morales Bermúdez, una
época en la que el Servicio Militar Obligatorio se ejecutaba de manera
rigurosa. En las ciudades, caseríos y caminos, las patrullas realizaban la leva
forzada de ciudadanos. Bajo esas circunstancias, el 3 de enero de aquel año, un
contingente de 480 jóvenes procedentes de diversas localidades del departamento
de Áncash fuimos congregados en la Oficina de Reclutamiento N° O-26 de Huaraz.
Horas más tarde, los jóvenes intervenidos fueron trasladados bajo estricta
custodia en volquetes del Ejército con destino al Batallón de Ingeniería de
Combate Motorizado «Huascarán» N° 112, acantonado en el distrito de Caraz,
provincia de Huaylas.
Mi vocación militar se había
gestado mucho antes. En 1966, a la temprana edad de ocho años, yo ya me sentía
un soldado. En mi espíritu influyeron profundamente las constantes narraciones
de mi abuelo, don Eliseo Ramírez Cadillo, quien, en junio de 1883, siendo
también un niño de ocho años, presenció el ingreso del poderoso contingente del
Ejército de Chile a las tierras de Áncash durante la tercera fase de la Campaña
de la Breña. Desde aquellos días de mi infancia, los relatos de la resistencia
liderada por el General Andrés Avelino Cáceres penetraron en mi alma y
permanecieron grabados de forma imborrable, preparándome mentalmente para
afrontar las situaciones más duras y complejas de la vida castrense.
Al cumplir los 18 años y ante
la inminencia del llamado, decidí no eludir mi deber patriótico. Opté por
interrumpir mis estudios en el Colegio Nacional de «La Libertad» en Huaraz para
presentarme de manera voluntaria. Siempre concebí el Servicio Militar como un
honor sagrado, especialmente en aquellos años de alta tensión diplomática y
militar con el vecino país del sur. Por ello, sin reparar en propinas ni
beneficios económicos, y movido únicamente por el anhelo de instruirme en el
manejo de las armas y el arte de la guerra, abordé un vehículo por mis propios
medios. El 3 de enero, a las 13:30 horas, viajé desde Huaraz hacia Caraz. Al
apostarme frente al portón principal del Batallón N° 112, reflexioné para mis
adentros: «A partir de hoy, este será mi cuartel».
En aquella época, el personal
de facción en la guardia utilizaba el término «número» para referirse a los
soldados en servicio. Al cruzar el umbral del portón, el sargento de guardia
ordenó en voz alta: «Un número voluntario». De inmediato, un soldado de mediana
estatura saltó de la banca como un resorte, y el clase le indicó: «Lleva a este
"perro" voluntario al patio de armas». Conducido bajo una fuerte
tensión, llegué al patio y observé el semblante de cientos de jóvenes, en su
gran mayoría hijos de campesinos de la región; el grupo reflejaba una mezcla de
ruidosa algarabía, tristeza y honda preocupación. Mientras unos pocos
manifestaban orgullo por convertirse en los reclutas del contingente de enero
de 1977, la mayoría albergaba el íntimo deseo de ser exceptuados del servicio.
Una vez que los 480 civiles
estuvimos alineados en el patio de armas, irrumpieron en la explanada seis
sargentos monitores con galones metálicos relucientes en el pecho. Los
instructores nos increpaban con tono enérgico, obligándonos a rugir consignas a
todo pulmón. Como método de amedrentamiento para quienes no lograban modular la
voz con la potencia exigida, algunos monitores tomaban puñados de tierra del
suelo y, tras ordenarles abrir la boca, se los arrojaban con fuerza hasta el
fondo de la garganta, bautizando cruelmente a los reclutas con el denominado
«azúcar dulce». Bajo ese severo recibimiento, permanecimos inmóviles en la
posición de atención, rugiendo con la mirada fija en el horizonte por un
espacio aproximado de tres horas.
En medio de aquella tensa
jornada, se aproximó un oficial de tez morena y elevada estatura: era el
Capitán de Ingeniería Víctor Valderrama Chávez, oficial de personal (S-1) del
batallón. Con un discurso franco, firme y severo, nos dio la bienvenida institucional:
«Han ingresado a este batallón para convertirse en combatientes de primera y
defender los sagrados intereses de la patria. Aquí se come lo que se da y se
hace lo que se ordena», sentenció. Acto seguido, empleando la voz ronca que lo
caracterizaba, el Capitán Valderrama formuló una propuesta inesperada al
contingente: «Señores, la unidad solo requiere incorporar a 180 reclutas. Los
que tengan la firme voluntad de servir mantengan su emplazamiento; aquellos que
deseen marcharse formalicen una fila en la pista con dirección a la guardia de
prevención».
Al escuchar la alternativa, la
gran mayoría de los jóvenes corrió despavorida hacia la pista de salida. Para
mi sorpresa, solo cuarenta voluntarios nos mantuvimos firmes en nuestra
posición original. Ante la masiva deserción, el Capitán reaccionó de inmediato
y ordenó el retorno obligatorio de todos aquellos ciudadanos que hubiesen
culminado el quinto año de educación secundaria. En mi caso, que solo contaba
con el tercer año de secundaría, permanecí en las filas por mi condición de
voluntario en tiempos de leva. Serví rigurosamente durante dos años
(1977-1978), mientras que la mayor parte de mi promoción, amparada en su
educación secundaria completa, obtuvo su licenciamiento en tan solo once meses.
En la práctica, el trato diario y el rigor de la instrucción militar fueron
exactamente iguales para el voluntario que para el ciudadano levado; de nada
valió el ímpetu de mi presentación espontánea en aquella época.
Horas más tarde, hizo su
aparición el Capitán de Ingeniería Oficial de Logística (S-4) del batallón,
acompañado por sus sargentos almaceneros de prendas. Nos condujeron a paso
ligero hacia los almacenes, donde, en un santiamén, organizaron la distribución
de los uniformes de campaña. La logística estaba rígidamente dispuesta: un
sargento custodiaba trescientas sesenta camisas; más allá, otro controlaba
trescientos sesenta pantalones; seguidos por otros encargados de trescientos
sesenta birretes y trescientos sesenta pares de borceguíes. Cada uno custodiaba
una cantidad exacta de prendas para cubrir la dotación de dos mudas
completamente nuevas por recluta. Los «perros», invadidos por el temor,
transitábamos a la carrera mientras nos arrojaban la indumentaria al vuelo. En
el desorden del paso ligero, no faltaron quienes recibieron borceguíes de
números distintos o calzados desprovistos de pasadores. Cuando alguien osaba
reclamar, la respuesta de los instructores era tajante: «No sé; a partir de
este momento el perro es mago. ¿Alguna pregunta?». Todo ocurría a una velocidad
vertiginosa; los reclutas más lentos pagaban su falta de reflejos raneando o
ejecutando polichinelas como sanción inmediata. A los soldados de baja estatura
las camisas, pantalones y birretes les quedaban excesivamente grandes, mientras
que a otros los borceguíes les aprisionaban los pies. Una vez uniformados,
abandonamos los almacenes a toda velocidad para retornar al patio de armas,
donde los sargentos monitores ya nos aguardaban.
Mientras tanto, en los
exteriores del cuartel, una multitud de familiares se había aglomerado. Algunas
madres lloraban desconsoladas por sus hijos reclutados; como único consuelo,
recibieron de vuelta las prendas civiles que estos vestían al ingresar, sabiendo
que durante los próximos dos meses los jóvenes permanecerían en estricto
encierro sin derecho a salir a la calle. Ya investidos con el uniforme de la
patria, los ciento ochenta «perros» nos mantuvimos alineados en la explanada.
Dentro del contingente destacaba un «gringo» serrano, rubio y de ojos azules,
procedente de las zonas del distrito de San Luis, en el Callejón de Conchucos;
a su lado se encontraba otro compatriota campesino, de marcados rasgos
autóctonos, originario de los caseríos de Huaraz. Observándolos detenidamente
en su recorrido, el Capitán Valderrama se detuvo ante ellos y sentenció: «A
partir de la fecha, el "gringo" y el autóctono son hermanos. Ya
veremos quién de los dos es más valiente en el campo de batalla».
Esa misma tarde experimentamos
por primera vez la rigurosa rutina del rancho de tropa. Para conducirnos al
comedor, los sargentos monitores nos obligaron a adoptar la posición de marcha
de pato a lo largo de los ciento cincuenta metros que separaban el patio de
armas de la explanada del comedor. El ejercicio consistía en avanzar en
cuclillas, con las manos firmes en la cintura, imitando el andar de estas aves
mientras exclamábamos a coro: «¡Cua, cua, cua, cua!». Muchos de mis
promocionales, especialmente los de extracción campesina, jamás habían sometido
su cuerpo a semejante exigencia. Tras escasos veinte metros de avance, el dolor
en las articulaciones se tornó agudo y los muslos comenzaron a arder
intensamente. El deseo de ponernos de pie era generalizado, pero los monitores
se mostraban implacables y prohibían cualquier queja en las filas. Con
sarcasmo, nos inquirían en plena marcha: «"Perros", ¿quema?». Al
responder la formación con un unísono «¡Sí!», los instructores replicaban con
dureza: «¡Soplen pues, carajo!». Aquel que cedía al cansancio y se enderezaba
para aflojar los músculos era confinado de inmediato a la retaguardia del
contingente para reiniciar el trayecto bajo un castigo mayor.
Con gran dificultad alcanzamos
la explanada del rancho, donde se nos distribuyeron las bandejas, tazones y
cubiertos metálicos. El protocolo militar imponía un orden estricto: primero
desfilaron ante las pailas las cinco compañías del personal más antiguo de la
unidad. Nosotros, en nuestra condición de reclutas, observábamos con atención
cada movimiento, especialmente cuando los sargentos de semana coordinaban las
raciones de los denominados «racioneros» o el personal asignado a comisiones de
servicio fuera del cuartel, a quienes se les debía reservar el alimento
reglamentario. Para nuestra promoción, la cena constituyó una verdadera prueba
de resistencia para gobernar el apetito, pues el avance hacia las pailas era
exasperantemente lento. En ese intermedio aprendimos el manejo de las «gemelas»
—el juego de cubiertos de campaña— y la estricta etiqueta del comedor: sentarse
y comer en «escuadra», manteniendo la cuchara en un ángulo vertical perfecto
hasta la altura de la boca para luego introducirla en sentido horizontal.
Asimismo, descubrimos que toda interacción verbal debía estar precedida por el
vocativo «Mi...», una fórmula obligatoria que expresaba subordinación
jerárquica. El tuteo estaba proscrito y el mando se manifestaba de forma
vertical, bajo la premisa de que «las órdenes se cumplen sin dudas ni
murmuraciones; el superior que las imparte es el único responsable de la orden
emitida».
Aquella primera cena fue una
auténtica odisea que, no obstante, aguardábamos con ansiedad. Aunque en las
pailas el servicio era equitativo, no todos lograban alimentarse por igual; con
frecuencia, sargentos abusivos actuaban como aves de rapiña, despojando a los
reclutas de sus raciones de pan o frutas. Además, el cuartel obligaba a
adaptarse a un nuevo régimen alimenticio: si en la vida civil no se
acostumbraba consumir menestras, allí era mandatorio hacerlo. El nerviosismo y
el miedo hacían que algunos soldados derramaran gotas de sopa sobre la mesa, un
error que resultaba fatal. Quien lo cometía era privado de inmediato del
alimento bajo el argumento de los monitores de que se estaba desperdiciando una
comida que bien podría mitigar el hambre de los desposeídos, acusando al
infractor de ser un «perro miserable» que arruinaba el rancho adrede. Habíamos
probado un poco de todo, pero la instrucción no otorgaba tregua. Cuando nos
disponíamos a consumir el camote que integraba la ración, un sargento ordenó con
voz enérgica: «Dejen el camote y, a la cuenta de tres, se han comido la
cáscara. ¡Uno, dos, tres!». Sin más opción, deglutimos la cáscara de inmediato.
Poco después, el Oficial de
Día, quien supervisaba el comedor, irrumpió con un grito: «¡Perros...
atención!». Ante la orden, nos pusimos de pie de forma instantánea; sin
embargo, el violento estrépito provocado por el choque de las bandejas, tazones
y cucharas sobre las mesas enfureció al oficial. «¡Sentarse!... ¡Carajo, esto
es un escándalo! En el comedor están prohibidos los alborotos», bramó. Acto
seguido, repitió la secuencia con severidad: «¡De pie! ¡Sentarse! ¡De pie!»,
reiterando los comandos hasta lograr que el comedor quedara sumido en un
silencio absoluto. El despliegue formaba parte de un Brindis de Bienvenida
previamente planificado. Uno de los sargentos más antiguos entre los monitores
tomó la palabra para pronunciar un breve discurso de recepción: «¡Brindemos por
los reclutas del primer contingente de enero de 1977, quienes tienen el
altísimo honor de pertenecer a las filas del Ejército! ¡Salud, señores!». La
tropa respondió con un unísono «¡Salud!». En ese instante, la mayoría supuso
que el tazón contenía vino; no obstante, se trataba de un bautizo castrense:
una densa mixtura elaborada con desperdicios de ensalada, azúcar, ají, sal,
vinagre, limón y pimienta. Impulsados por una sed extrema, bebimos el brebaje
por completo.
Concluido el rancho,
procedimos al lavado reglamentario de las bandejas antes de volver a formar en
el patio exterior. Los castigos disciplinarios se sucedían sin interrupción.
Cualquier infracción menor —como un leve movimiento en las filas, hablar sin autorización
o mostrar lentitud en los desplazamientos— se saldaba con una sanción de «cien
completas» (planchas o flexiones). Tras cumplir rigurosamente el castigo, el
recluta debía ponerse en pie de inmediato y reportar en voz alta y firme:
«Orden cumplida, mi sargento», «mi cabo» o «mi antiguo», según correspondiera.
Los instructores nos repetían de manera incesante una máxima del
adiestramiento: «La mente domina al cuerpo; tienen que endurecer esos cuerpos
acostumbrados a la vida ociosa».
Buscando cualquier pretexto
para poner a prueba nuestra retentiva y obediencia bajo presión, nos
interpelaban: «"Perro", a partir de la fecha tiene que saber mis
nombres y apellidos completos, de dónde soy, cómo se llama mi señorita
enamorada y cuánto calzo». El recluta, presa del pánico, solo atinaba a
responder: «Comprendido, mi sargento». Si a causa de los nervios el soldado
titubeaba o se equivocaba en las respuestas, la sanción consistía en adoptar la
posición de rana. Así, el sancionado permanecía rebotando en el suelo
ejecutando tandas de ciento cincuenta a doscientas ranas estrictamente
fiscalizadas. Aunque el cuerpo estuviera empapado en sudor, cubierto de
lágrimas y dominado por una honda rabia interna, estaba terminantemente
prohibido romper la posición sin una orden explícita. Si alguien intentaba
incorporarse por el agotamiento, los monitores arremetían de inmediato:
«Carajo... ¿quién mierda le autorizó a pararse? Usted siga raneando, porque
aquí tiene que aprender a ser fuerte, a dominar su cuerpo y su mente».
Durante las primeras noches,
al marcar las 21:00 horas, la totalidad del personal debía encontrarse en
pijamas dentro de sus respectivas camas. Para muchos de nosotros, era la
primera vez que dormíamos cubiertos por sábanas blancas; sin embargo, el descanso
estaba precedido por la temida revista de «perras». Para esta inspección, los
reclutas debíamos tener los pies previamente lavados con jabón y, tendidos de
espaldas en la cama, presentarlos alineados hacia el pasillo. El sargento de
semana procedía a pasar la revista valiéndose de la bayoneta de un fusil FAL.
En el espacio interdigital suele acumularse descamación cutánea en forma de
grasa que, al ser removida por el metal, salía con un color blanquecino; a esta
exfoliación los sargentos la denominaban cínicamente «queso» y, como acto de
humillación, te ordenaban abrir la boca para tragártela. En aquellos tiempos,
esa era la tradicional y abusiva «perrada» que debíamos sufrir los soldados
recién incorporados: un régimen de castigo físico y total sumisión amparada en
la menor jerarquía, el cual no quedaba más remedio que resistir con estoicismo.
Al principio, al encontrarnos rodeados de jóvenes procedentes de distintas
latitudes y vernos a todos con las cabezas completamente rapadas o «pelados»,
experimentábamos una profunda sensación de extrañeza mutua.
La rutina diaria iniciaba
implacablemente a las 05:00 horas con el toque de diana. A partir de ese
instante, el tiempo para cada actividad corría con precisión matemática y sin
compasión. La jornada comenzaba con el tendido de la cama: la frazada debía quedar
perfectamente doblada con la franja bicolor orientada hacia el frente, las
sábanas blancas con sus respectivos dobleces reglamentarios y la colcha
estirada sin una sola arruga. Para otorgar el visto bueno, el jefe de Compañía
lanzaba una moneda sobre la superficie; si esta rebotaba, la revista quedaba
aprobada. Asimismo, el piso de la cuadra debía lucir reluciente de rincón a
rincón, los servicios higiénicos impecables y las áreas verdes regadas al
milímetro, satisfaciendo el exigente estándar del comandante del Batallón. En
el ínterin, debíamos hacer auténtica magia para cumplir con el aseo personal,
convirtiéndonos por las mañanas en hombres polifacéticos. Compartíamos el mismo
corte de cabello, el uniforme, el armamento y un itinerario de entrenamiento físico
dictado por los instructores en una progresión constante.
Al caer la noche en el patio
de armas, tras la lista de retreta, los reclutas soportábamos un interminable
bullicio de rugidos y gritos castrenses. Al amanecer de cada nuevo día, el
cuerpo joven asimilaba que ese era su destino y que no existía margen para el
retroceso. Las formaciones, las instrucciones de campo y los servicios de día,
de noche o de retén constituían nuestra agenda diaria, junto a un severo
catálogo de castigos físicos: el universo de las planchas, las ranas, la pista
de combate, el «trompito», la rampa y los canguros. Con el transcurrir de las
semanas, este rigor se nos fue haciendo familiar. Las instalaciones del
cuartel, edificadas tras el devastador terremoto del 31 de mayo de 1970,
contaban con paredes de mampresa prensada contrachapada, techos de eternit y
pisos relucientes. Los camarotes y roperos, pintados de color plomo, se
alineaban de extremo a extremo. Los camarotes de dos niveles eran compartidos
por parejas de soldados; al menos antiguo le correspondía invariablemente ocupar
la litera superior. El compañero de camarote se convertía en un hermano de
armas, en tu confidente y amigo más cercano; en mi caso, compartí plaza con el
soldado Botello Pérez, natural del distrito de Pueblo Libre, ubicado justo al
frente de Caraz. También se nos asignaban sectores específicos de
responsabilidad para la limpieza, el mantenimiento de áreas verdes y la
higienización de los baños. En cada pase de revista, el recluta debía
habituarse a presentar los roperos con las prendas perfectamente pulcras, los
sectores impecables y la vegetación debidamente regada.
Para el primer contingente de
enero de 1977, los dos primeros meses de internamiento se tornaron
interminables, permaneciendo concentrados al cien por ciento dentro de la base
militar. Los domingos, muchos reclutas recibían la visita de sus familiares, mientras
otros solo miraban con nostalgia. Aquellos que daban la bienvenida a sus
parientes disfrutaban de un banquete colmado de expresiones culinarias
tradicionales de sus pueblos de origen. Al abrirse las ollas y portaviandas, el
ambiente se inundaba de aromas entrañables: el cuy frito con papas, la
pachamanca de tres sabores, el consistente caldo de gallina, el refrescante
cebiche de chocho, la chicha de jora y la infaltable Inca Kola. Saboreábamos
aquellas viandas y las compartíamos generosamente con los compañeros que,
debido a la lejanía de sus hogares, no recibían visitas. De ese modo,
compartiendo el alimento, comenzó a robustecerse el cordón umbilical de la
camaradería entre promociones. Precisamente, durante la semana del tercer
domingo de enero, el distrito de Caraz celebraba la fiesta patronal en honor a
la Virgen de Chiquinquirá; el eco lejano de las bandas de músicos y el
estallido de los fuegos artificiales nos evocaban con nostalgia las vivencias
abandonadas meses atrás en nuestros pueblos, costumbres arraigadas del mundo
cristiano en la sierra de Áncash.
Desde las primeras semanas de
internamiento, los discursos de los mandos giraban constantemente en torno a
una potencial conflagración bélica con Chile, enfocando el entrenamiento en la
premisa histórica de recuperar los territorios perdidos durante la Guerra del
Pacífico (1879-1884). Los oficiales instructores, con el grado de subtenientes,
y los sargentos monitores nos exigían al máximo con la firme intención de
forjar una promoción de excelencia. Tras la gimnasia básica, con o sin armas,
corríamos diariamente hasta el puente de Pueblo Libre en un trayecto de ida y
vuelta que sumaba dieciséis kilómetros. El adiestramiento incluía el paso por
la pista de combate de catorce obstáculos, el montaje y desmontaje del fusil
FAL con los ojos vendados y el aprendizaje de las misiones individuales del
combatiente. En nuestra condición de zapadores de un batallón de ingeniería de
combate, los instructores hacían sentir el peso de la especialidad técnica en
el terreno, siendo la asignatura más extenuante el armado y lanzamiento del
puente Bailey. Jamás olvidaremos las jornadas dedicadas a ensamblar y desarmar
aquella estructura metálica, rotando continuamente con las pesadas piezas de
acero sobre los hombros mientras los días de la semana transcurrían con
lentitud.
Finalmente, llegó el día del
primer ejercicio de tiro real. Desde las 04:00 horas nos encontrábamos de pie
en medio de órdenes que cruzaban la cuadra para agilizar el tendido de camas,
el aseo personal, la limpieza de los sectores y el consumo del rancho casi a
paso ligero. A las 05:00 horas ya estábamos formados portando los fusiles FAL
de calibre 7.62 mm, prácticamente nuevos, que habían sido adquiridos durante el
gobierno del General Juan Velasco Alvarado. Nuestro destino se ubicaba al
frente del distrito de Caraz, en un terreno seco y llano que servía como campo
de tiro del batallón. El personal de mecánicos de armamento y el oficial de
tiro procedieron a alinear los doce blancos de silueta a una distancia de cien
metros desde la línea de fuego. Una vez organizado el contingente, a la voz del
oficial, la primera tendida avanzó hacia sus posiciones.
«¡Frente a sus respectivos
blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar,
cargar!», ordenó el oficial. Los doce reclutas repetían la frase a todo pulmón
mientras se arrojaban al suelo en posición de tiro. Con los fusiles apuntados,
el oficial de tiro exclamó: «¡Apunten... fuego!», al tiempo que el cornetero de
servicio anunciaba el inicio de los disparos. Accionar por primera vez un arma
con munición de guerra de ese calibre constituye una experiencia impactante en
la vida de cualquier soldado; el nerviosismo se apoderó de varios, pero a la
espalda de cada tirador los sargentos monitores vigilaban atentos cada
movimiento. Alguien rompió la tensión soltando el primer disparo y el resto lo
secundó de inmediato para no quedar rezagado, pues el tiempo de la serie estaba
estrictamente cronometrado. De pronto, el oficial ordenó: «¡Alto el fuego!
¡Nadie dispara! ¡Tendida... de pie!». Los tiradores se incorporaron pensativos
y se desplazaron junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de
blancos para verificar los impactos. Al tratarse del debut con el arma, algunos
no habían acertado un solo tiro en la silueta. Para estos soldados, denominados
coloquialmente «hueveros», la sanción era inmediata y severa: consistía en
cargar una pesada piedra sobre el hombro, marchar hacia la cumbre del cerro más
cercano y, desde la cima, gritar a pleno pulmón: «¡Soldado Juan Pérez Valverde,
diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!», «¡Soldado Jorge Botello
Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!» o «¡Soldado Isaac
Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!». Tras cumplir
la amonestación en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento
con la roca a cuestas, donde los monitores los aguardaban para aplicarles
tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado
valiosa munición disparando a cualquier parte. Los ejercicios continuaban.
El tiempo transcurrió
inexorablemente y la rigurosa instrucción de los primeros meses quedó confinada
al terreno de los recuerdos. Como hito de finalización de la denominada
«perrada», durante la última semana del mes de febrero, se ejecutó la marcha de
campaña. Resulta increíble evocar cómo, en aquellos años de primera juventud,
nuestros cuerpos eran capaces de resistir tanto peso sobre la marcha:
portábamos el casco de acero, el Fusil Automático Ligero (FAL) provisto de su
cacerina, el morral, el cinto reglamentario, dos cananas cargadas con cuatro
cacerinas abastecidas, la carpa de campaña con sus respectivas estacas, la
mochila, una cantimplora con agua y la clásica frazada ploma con la franja
bicolor, emblema de los colores de la patria. A la vanguardia del contingente,
un soldado corría sosteniendo el gallardete de la unidad mientras la formación
entonaba a viva voz las canciones militares, aquellas composiciones que operan
como herramientas de valor y resistencia en la milicia, abarcando desde las tonadas
más pícaras y graciosas hasta los himnos más marciales y guerreros. Doblando
por la esquina del cementerio antiguo de Caraz, enfilamos con dirección al
puente colgante sobre el río Santa, iniciando de inmediato la ascensión por el
empinado cerro que conduce hacia las alturas del distrito de Pueblo Libre.
La marcha de campaña
representaba el esfuerzo definitivo de la tropa reclutada, una auténtica prueba
de supervivencia en el terreno. La exigente instrucción de sesenta días
consecutivos, las extenuantes jornadas de tiro real y el eco de los gritos de
los «hueveros» en los cerros habían quedado atrás. En el campo, las horas del
rancho se convirtieron en vivencias inolvidables; durante una semana
permanecimos con las gamelas extendidas para recibir el alimento y devorarlo
con presteza. Soportamos cinco noches consecutivas de instrucción nocturna y
desplazamientos por senderos abruptos. Al concluir cada jornada, nos aguardaba
la carpa de campaña, la cual afortunadamente nos protegió del intenso frío y la
llovizna estacional, pues para fortuna nuestra la lluvia no se desató en
aquellos días. Esas noches de adiestramiento dejaron huellas imborrables en
nuestras vidas. El viernes por la tarde, victoriosos y entonando cantos de
guerra, retornamos al cuartel, el cual se convertiría en nuestro hogar durante
los siguientes dos años. Gracias a estos rigores, el soldado aprende a dominar
el armamento, a gobernar sus emociones, a sobreponerse a la fatiga extrema y a
valorar el sentido de la camaradería. El entrenamiento nos enseñó a madurar y a
calibrar el verdadero significado de la existencia. Nuestro instructor, el
Subteniente de Ingeniería Walter Villanueva Cerpa, junto a los seis sargentos
monitores, nos demostraron que el ser humano siempre puede dar más de sí mismo
y que la mente es capaz de gobernar al cuerpo, inculcándonos valores
fundamentales como la disciplina, el espíritu de cuerpo, el honor, el valor y, por,
sobre todo, la lealtad indispensable para conducir hombres de bien y dar el
ejemplo a los subordinados.
El viernes 4 de marzo de 1977,
el patio de formación del batallón lucía esplendoroso. La pequeña tribuna
oficial se encontraba engalanada con un toldo que lucía los colores rojo y
blanco de la bandera peruana. Los familiares ingresaban entusiasmados y en
nutridos grupos por el portón principal de la guardia de prevención, movidos
por el orgullo de presenciar el momento en que sus hijos, sobrinos, nietos,
primos o amigos recibirían las armas que la nación les confiaba para la defensa
de su soberanía. Nosotros, embargados por la ansiedad y en estricta formación
de parada, permanecíamos listos para el inicio del acto. Aquella ceremonia
revistió una profunda solemnidad: se dio inicio con el izamiento del Pabellón
Nacional, seguido por las sagradas notas del Himno Nacional, la celebración de
la santa misa y el discurso de orden del jefe de Batallón. Al llegar el momento
cumbre de la entrega de armas, el frío propio de la estación batía la
guarnición, pero el calor del espíritu del soldado se mantenía encendido en lo
más alto. Habíamos dejado atrás la condición de «perros» reclutas; todos
lucíamos impecables con nuestros uniformes de campaña. El ambiente reflejaba
una doble motivación al tener a nuestro lado tanto a la gran familia militar
como a nuestra razón de ser: nuestros padres y hermanos. Durante el acto,
nuestras madres, con los rostros iluminados por el orgullo, nos hicieron
entrega de los fusiles, acto que sellamos con un enérgico «¡Sí, juro!».
Posteriormente, entonamos el Himno del Ejército con extrema energía; fue un
canto estruendoso nacido del fondo del alma, cuyo eco pareció retumbar en las
cumbres del majestuoso nevado Huascarán.
Tras superar aquellos dos
meses de rigurosa conscripción y transformados finalmente en soldados de la
patria de un batallón de ingeniería de combate, el sábado 5 de marzo salimos de
paseo por primera vez. Vestíamos el uniforme reglamentario de forma impecable,
con el corte militar reglamentario y los borceguíes relucientes. Al trasponer
la esquina del cuartel, cada efectivo se dispersó por las calles de Caraz
buscando abordar con rapidez algún vehículo que lo condujera al reencuentro con
sus familiares. En la vía pública, algunos civiles desadaptados nos gritaban
«moroquitos», burlándose de nuestra condición de reclutas recién salidos del
cuartel que buscaban ansiosos a sus padres; otros transeúntes, en particular
los varones, murmuraban con sorna a nuestro paso: «Mira la cantidad de
"cachamulas" que han salido a la calle; ahora sí van a rayar las
trabajadoras del chongo de Vichay». Entre el contingente se encontraba el
soldado Juan Botello Pérez, aquel joven campesino originario de los caseríos de
Pueblo Libre que había sido incorporado mediante una leva forzada. Tras dos
meses de internamiento, su visión del país se había transformado radicalmente;
la dureza de las labores militares, los castigos físicos y la guía de los
monitores habían modificado su mentalidad en un breve lapso, enseñándole a
rectificar su conducta y a valorar profundamente a sus padres.
Hoy en día, los licenciados
del Ejército pertenecientes al primer contingente de enero de 1977 superamos
los sesenta años de edad y nos encontramos dispersos en diversas partes del
mundo, atesorando las vivencias de nuestras propias disciplinas. Los restos de
aquellos compañeros que ya han partido al descanso eterno reposan en los
camposantos, mientras que quienes por gracia divina nos mantenemos en pie aún
recorremos las calles de nuestra patria o el extranjero, rememorando con
orgullo nuestro paso por el glorioso Ejército del Perú. Cada 3 de enero, muy
temprano en la mañana, nuestros cuerpos parecen rejuvenecer, inundándose con la
memoria viva de nuestro paso por el cuartel de la patria. Guardamos un perenne
recuerdo de nuestros instructores, entre ellos el Subteniente de Ingeniería
Walter Villanueva Cerpa y los sargentos monitores Machuca y Solís. Tengo la
plena certeza de que todos ellos se encuentran hoy en el lugar que la historia
y el deber les tenían reservado.