Crónica desde el Cuartel de Caraz: Cómo los Derechos Humanos y la Política Ataron de Manos a las Fuerzas Armadas.- El 29 de septiembre de 1999,
durante las postrimerías de su régimen, el ingeniero Alberto Fujimori promulgó
la Ley N° 27178 (Ley del Servicio Militar Voluntario), una normativa que
suprimió definitivamente el carácter obligatorio del servicio en las Fuerzas
Armadas.
A partir del año 2000, los
sucesivos gobiernos democráticos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan
García y Ollanta Humala dirigieron una serie de cuestionadas reformas contra el
Ejército, interpretadas por diversos sectores como una represalia política por
los sucesos de la guerra contrasubversiva (1980-2000). Este proceso derivó en
la venta de instalaciones cuartelarias a nivel nacional y en una drástica
reducción del personal de tropa, disminuyendo la capacidad operativa de los
batallones de combate de seiscientos hombres a contingentes de menos de setenta
efectivos. Desde entonces, las unidades de combate subsisten con un número de
soldados voluntarios que oscila entre los cincuenta y setenta hombres por
batallón; un personal que, si bien luce uniformado, carece del entrenamiento
óptimo debido al evidente fracaso del sistema militar voluntario para atraer y
retener reclutas.
Esta precariedad institucional
quedó expuesta durante el estado de emergencia y la inmovilización social
decretados para contener la pandemia de la COVID-19. Las Fuerzas Armadas y
policiales asumieron el patrullaje continuo de las calles a nivel nacional,
enfrentando no solo el riesgo sanitario, sino también la hostilidad de diversos
sectores sociales. Mientras los ciudadanos de mayores recursos económicos
incurrían en insultos y humillaciones hacia la autoridad, pobladores de zonas
periféricas agredían físicamente a las patrullas.
En este contexto de crisis se
evidenció un doble rasero social y mediático. En Sullana, el capitán del
Ejército Christian Cueva Calle reprendió físicamente a un ciudadano que
vulneraba el confinamiento obligatorio, un hecho que generó la inmediata censura
de un sector de la opinión pública y de una prensa que exigía la destitución
del oficial. En contraste, cuando el joven soldado Ronald Mamani Ajajahui, de
apenas diecinueve años, fue asesinado al ser atropellado por un conductor
negligente en Ilave, Puno, el tratamiento informativo de la prensa fue mínimo y
el militar humilde fue sepultado en el anonimato.
Ante el incidente de Sullana,
la respuesta política del entonces ministro de Defensa, Walter Martos Ruiz,
evidenció sumisión frente a la presión de los medios de comunicación y de las
corrientes de opinión que buscaban perjudicar la carrera del oficial. Sin
embargo, desde una perspectiva estrictamente institucional, el capitán Cueva
merecía el respaldo y la felicitación de su comando por la firmeza demostrada
al defender el principio de autoridad, en lugar de enfrentar procesos
sancionatorios o la baja del servicio.
Desde el año 2000, la clase política, señalada frecuentemente por convertirse en facciones orientadas al beneficio propio, ha reducido el presupuesto de las Fuerzas Armadas a su mínima expresión. Esta política devino en la contracción de los efectivos en los batallones de combate, los cuales quedaron reducidos a nivel de sección, albergando apenas entre cincuenta y setenta hombres con un nivel de entrenamiento deficiente. Actualmente, los jóvenes que ingresan a los cuarteles lo hacen principalmente motivados por los beneficios de estudio o las opciones de reenganche; sin embargo, este personal termina siendo destinado a labores de servicios generales, limitándose al resguardo de las instalaciones y de los materiales a cargo de sus unidades. Con una disponibilidad tan precaria de efectivos, un batallón de combate carece de la capacidad operativa para actuar con eficacia ante una situación de Emergencia Nacional. Debido a este déficit institucional, el gobierno de Martín Vizcarra se vio obligado a convocar de forma extraordinaria al personal reservista para apoyar a las tropas en servicio activo durante el control de la población y el cumplimiento de la inmovilización social dictada frente a la pandemia de la COVID-19.
A este panorama se suma una
marcada indisciplina civil en el país, manifestada en miles de ciudadanos que
vulneraron de forma sistemática el confinamiento sanitario. Ante este deterioro
del tejido social, las instituciones estatales también evidenciaron un rotundo
fracaso debido a su alarmante falta de previsión y precaución. Adormecida por
la falacia del crecimiento económico, la sociedad permaneció en una suerte de
limbo hasta que, a partir del 15 de marzo de 2020, el sacrificado personal
médico, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional del Perú tuvieron que
batallar diariamente no solo contra la crisis sanitaria, sino contra la
corrupción estructural, la incapacidad de la administración pública y el afán
de lucro de ciertos empresarios que especularon con los precios de insumos
médicos, equipos de protección y oxígeno medicinal.
Asimismo, las Fuerzas Armadas
y la policía resultaron insuficientes para contener el comportamiento hostil de
los pobladores en diversas zonas de la capital y en las regiones del norte del
país. Amparados en la pasividad de la clase política y en un marco legal
permisivo, diversos sectores civiles desafiaron abiertamente el principio de
autoridad, generalizando el desacato normativo. Este escenario es el resultado
directo de gestiones gubernamentales que debilitaron la capacidad resolutiva
del Estado y que, mediante reducciones intencionadas del personal de tropa,
buscaron desnaturalizar la misión tradicional de los uniformados, menoscabando
el rol digno que el Ejército debe tener en favor de los intereses patrios.
La instauración de la
impunidad frente a la autoridad se remonta al periodo de transición de Valentín
Paniagua y al posterior gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006). Durante estos
mandatos se tejió una compleja red de normativas que restringió severamente el
uso de las armas por parte de las fuerzas del orden frente a civiles
desadaptados o delincuentes. A partir de esa época, la agresividad civil
aumentó de forma notoria, registrándose innumerables agresiones físicas contra
policías y militares sin que se ejercieran sanciones ejemplares. Los altos
mandos de ambas instituciones, por temor a represalias políticas que truncaran
sus carreras mediante el pase al retiro, han guardado un silencio cómplice
mientras su personal subalterno era agredido por delincuentes. Este maltrato
proviene de todos los estratos socioeconómicos: mientras ciertos sectores de
altos recursos profieren insultos discriminatorios y racistas contra los
uniformados, pobladores de zonas periféricas en distritos como La Victoria, el
Callao o el norte del país atacan físicamente a las patrullas. Todo este abuso
ha sido recurrentemente avalado por sectores de la prensa, la Defensoría del
Pueblo y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH), instituciones
cuya labor en la protección del orden y de los servidores públicos es
profundamente cuestionada.
Un testimonio directo de esta
realidad ocurrió entre los años 2000 y 2006, periodo en el cual representantes
de la CNDDHH y de la Defensoría del Pueblo acudieron en tres oportunidades a
las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32,
acantonado en Caraz, Huaylas. Durante una reunión celebrada un mes antes de los
comicios municipales de noviembre de 2006, dichos funcionarios impartieron
charlas sobre el uso de las armas y el trato con la población civil, conminando
severamente al personal militar a no abrir fuego, incluso si sus vidas corrían
un peligro inminente. Ante la advertencia explícita de una de las
representantes, quien afirmó que bajo ninguna circunstancia se debían emplear
las armas en los locales de votación —sentenciando que, ante cualquier
fallecimiento, tanto el jefe de la patrulla como el ejecutor del disparo serían
encarcelados—, la tropa y los oficiales guardaron silencio. Ante ello,
intervine directamente solicitando que se ordenara no llevar armamento a la
misión, argumentando que de nada serviría portar fusiles ante un ataque si
estaba prohibido usarlos para la defensa. La respuesta de la funcionaria se
limitó a reiterar la advertencia de denuncia y prisión, una muestra del tipo de
presiones que el comando militar histórico ha tolerado de manera pasiva.
Esta degradación del sistema
político tiene su origen en los requisitos del Jurado Nacional de Elecciones
que, desde 1990, permitieron la inscripción de organizaciones que operan como
verdaderas facciones delictivas para disputar los gobiernos locales, especialmente
en las zonas andinas. El principal objetivo de estas agrupaciones es capturar
los recursos públicos como si fueran un botín, con especial interés en los
distritos beneficiados por el canon minero derivado de las operaciones a tajo
abierto de empresas transnacionales. En cada proceso electoral se llegan a
presentar más de quince candidatos, lo que desata disputas violentas, quema de
ánforas e incluso asesinatos políticos.
En el departamento de Ancash,
los alcaldes distritales y provinciales tienen un sueldo de acuerdo a la
cantidad de electores en sus respectivos distritos y provincias, por ejemplo,
en el distrito de Llama, provincia de Mariscal Luzuriaga, donde no
hay el aporte de Canon Minero, el alcalde por sus servicios recibe un sueldo
mensual de S/2500.00 Soles, un vehículo con chófer y elementos de seguridad y
anualmente mueve un presupuesto de Dos Millones Ochocientos Mil Soles
(S/2,800.000) Soles entregados por el Estado para ejecutar obras. Por otro
lado, el alcalde del distrito de Chavín de Huántar, Huari, que tiene mayor
cantidad de caseríos y mayor cantidad de electores, recibe de parte del Estado
el sueldo mensual de Cinco Mil Soles (S/ 5000.000), además recibe un vehículo
con chófer y también elementos de seguridad, mueve un presupuesto anual de
Sesenta Millones de Soles (S/60, 000.000), distrito que se beneficia con el
aporte económico del Canon Minero de la Empresa Antamina. El alcalde del
distrito de San Marcos, Huari, recibe de parte del Estado el sueldo mensual de
Cinco Mil Soles (S/ 5000.000), además recibe un vehículo con chófer y también
elementos de seguridad, mueve un presupuesto anual de Doscientos Cincuenta
Millones de Soles (S/250, 000.000), distrito más rico del Perú, que recibe el
mayor aporte económico por concepto de Canon Minero de la Empresa Minera Anta
Mina. El grueso poblacional del Perú lo conforman pobladores casi en su
totalidad semi analfabetos que cada cierto tiempo son arriados a las urnas como
borregos, este personal no sabe nada de la tan mentada democracia, para ellos
la democracia es la pollada y las pachamancas que les preparan los candidatos
al sillón municipal, antes, durante y después de la votación. Los electores
almuerzan bien la suculenta pollada y su pachamanca, luego se presentan a dar
sus votos, después de emitir sus votos retornan al pseudo local partidario
donde les reparten licores de todo tipo, harta coca por su lealtad y compromiso
con el candidato, ahí se emborrachan y están listo en espera de los resultados,
si su candidato favorito pierde, es seguro que atacarán el local de la votación
y destruirán las ánforas. La democracia en el Perú funciona así. La democracia
equivale a un plato de pollada de los potenciales candidatos al sillón
municipal entregados a sus leales electores y también equivale a un plato de plástico
que reparte en los andes, el congresista más votado del Perú, Kenji Gerardo
Fujimori Higuchi. ¿Este es la tan mentada democracia que tanto defendemos bajo
este sistema político?
En el distrito de Chavín de Huántar, provincia de Huari, en las elecciones municipales del 19 de noviembre del año 2006, finalizado la votación, siendo las 22:00 horas, aprovechando la oscuridad, enardecidos pobladores aproximadamente de tres mil personas, empleando rejones de metal, palos y piedras, atacan el local de votación. Quemaron las ánforas, secuestran y asesinan a dos soldados del Servicio Militar Voluntario perteneciente al Batallón de Infantería Motorizado "Juan Hoyle Palacios" N° 6, acantonado en la ciudad de Huaraz; al día siguiente a los fallecidos los encontraron al pie del cerro Shallapa con sus fusiles sobre el pecho. Las investigaciones no detectaron responsables, por estas muertes nadie fue detenido, nadie está en la cárcel.
En el distrito de Llama, provincia de Mariscal Luzuriaga, en las
elecciones municipales del 19 de noviembre del 2006, un profesor muy
cuestionado como corrupto, se presentó como candidato a la reelección, quién
empleando a los votantes contratados con cambio de domicilio mediante el pago
denominados "golondrinos" trasladados desde la ciudad de Lima y la
ciudad de Huaraz, gana las elecciones por tercera vez; como respuesta a la
reelección de un alcalde muy cuestionado por corrupción, los enardecidos
pobladores de todas las edades empleando piedras y palos atacaron el local de
votación; al efectivo de la Policía Nacional que se encontraba de seguridad sin
armas en la puerta principal del local, el grupo violentista lo cogió y lo
aventó por el acantilado como si fuera un papel; luego, ingresaron al local de
votación más de 500 civiles entre hombres y mujeres, instantes que los tres
efectivos del Ejército escaparon por los cerros para evitar ser linchados, de
esta manera también evitaron que le arrebaten sus armamentos y municiones. El
grupo violentista quemó todas las ánforas, le perdonó la vida al personal de la
ONPE, nadie fue detenido. Antes del año 2000, cuando los batallones se
encontraba con sus efectivos completos, el soldado, físicamente y mentalmente se
encontraba entrenado para frenar este tipo de situaciones, empleando el arma
que la patria le entregó para su defensa en caso de peligrar la
misión encomendada.
En el distrito de Huallanca, provincia de Huaylas, en las elecciones
municipales del 19 de noviembre del 2006, siendo las 08:45 horas, iniciando la
votación, civiles violentistas de trescientas personas entre hombres y mujeres,
empleando palos y piedras atacan el local de votación, quemaron las ánforas, le
quitan la ametralladora UZI al Técnico del Ejército Arturo Honores Jaramillo y
además lo amarran a un poste, un mayor del Ejército y un efectivo de la policía
fue depositado en un aula bajo candado. Por la cercanía al distrito de Caraz,
inmediatamente enviaron personal de refuerzo. Los tres detenidos fueron
rescatados por personal del Ejército y de la Policía Nacional que se encontraba
como reserva en la guarnición del distrito de Caraz. Nadie fue detenido ni
denunciado según la tan mentada democracia que tanto defienden los políticos.
En el distrito de Fidel Olivas
Escudero, que también forma como uno de los ocho distritos de la provincia de
Mariscal Luzuriaga, durante las elecciones municipales del 19 de noviembre del
2006, finalizado la votación, siendo las 21:45 horas, aprovechando la
oscuridad, grupos violentistas de enardecidos pobladores, aproximadamente de
trescientas personas, atacan el local de la votación emplean para sus
propósitos palos, piedras y queman las ánforas. El efectivo policial se escapa
por los cerros circundantes y se pierde en la oscuridad, el personal del
ejército perteneciente al Batallón de Ingeniería Motorizado N° 32 de Caraz,
conformado por tres efectivos, un suboficial y dos elementos de Tropa escapó
por los cerros para evitar ser linchado. El personal del Ejército y el policía
caminó toda la noche en las altas punas para retornar a Piscobamba, capital de
la provincia del mismo nombre.
En el distrito de Pachapaqui, provincia de Bolognesi, durante las elecciones
municipales del 19 de noviembre del 2006, finalizado la votación, grupos
violentistas de enardecidos pobladores aproximadamente de quinientas personas,
atacan el local de la votación y queman las ánforas, el reducido efectivo de
personal militar y policial también escapó por los cerros para evitar ser
linchados. Casos como estos ocurrieron a nivel nacional en el año 2006, y
siguen ocurriendo hasta el día de hoy porque el soldado está impedido de
emplear las armas que la patria y el Estado le entregó para su defensa.
En las elecciones
municipales del 19 de noviembre del 2006, estuve de servicio en un colegio
en el distrito de Musga, provincia de Mariscal Luzuriaga, al mando
de un cabo Servicio Militar Voluntario y un soldado SMV recluta que aún no
había hecho ejercicio de tiro con su fusil FAL, es decir nunca había disparado
siquiera un cartucho. En total participamos 3 efectivos del Ejército. En este
tipo de labores son 72 horas de constante servicios sin descanso y sin dormir.
Día y noche se cuida al personal de la ONPE, además las ánforas. Un elemento
del Ejercito, armado con fusil FAL permanecía de servicio en la puerta
principal del local de votación, relevado cada tres horas, mientras el otro
elemento del Ejército permanecía como reten, sentado en una banca en
condiciones de actuar ante un peligro; el mando, en este caso mi persona,
permanecía como oficial de guardia durante toda la noche, controlado al personal
de Tropa, toda la noche permanecimos sin dormir. En estos tiempos la Ley Seca
de 48 horas antes de las elecciones es puro cuento, la gente hasta el mismo día
de las elecciones está bebiendo en las cantinas y en los locales partidarios,
nadie respeta la ley ni las recomendaciones de las autoridades, no se puede
controlar por falta de personal militar y policial, además no se les puede
detener, en todo momento el reducido personal está expuesto a los ataques de
los civiles violentistas que en los últimos tiempos se han achorado por todo
lado. Finalizado el escrutinio, perdió el Partido Aprista, por un punto lo
superó el candidato del Renacimiento Andino, esto originó un gran problema, los
partidarios del candidato aprista de 300 personas en su mayoría embriagados
rodean el local y por lapso de dos horas impiden desplazamiento del vehículo de
la ONPE a Piscobamba, gritaban pidiendo la cabeza del encargado de esta
institución a quien le consideraban como vendido; gracias a Dios en esas
circunstancias apareció por la retaguardia otro vehículo con personal de
tropa procedente del distrito de Llama, ellos hacen disparos al aire y los
revoltosos se abren, logramos salir a pie custodiando a los vehículos, pero a
pedradas nos persiguieron mas de tres kilómetros.
Antes del año 2000, durante las Elecciones Presidenciales y Municipales, por
cada local de votación participaban 21 hombres del Ejército, bien armados y
bien entrenados para este tipo de misiones, acompañado por un efectivo de la
policía. En aquellos tiempos los civiles de las zonas alto andinas, cuando
llegaban las patrullas del ejército nos miraban asustados porque el soldado de
aquellos tiempos era considerado como sinónimo de respeto, porque empleaba las
armas en situaciones de peligro. Desde el año 2000 todo ha cambiado, con el
Servicio Militar Voluntario, los batallones de combate apenas tienen un
efectivo de 50 a 70 hombres, mal entrenados, si estos jóvenes están en los
cuarteles es porque les permiten estudiar y otros están porque les permiten
reengancharse. Con esta cantidad de efectivos un batallón no está en
condiciones de actuar en casos de Emergencia Nacional. Por estos problemas en
las Fuerzas Armadas el gobierno de Martín Vizcarra recurrió hacer llamamiento
de personal reservista para que este personal apoye a los de servicio activo
para el control de la población decretado durante el aislamiento,
cuarentena sanitaria por ataque de la enfermedad SARS-CoV-2.
Conclusión y Reflexión Final
El sombrío panorama expuesto demuestra que el futuro de la seguridad nacional en el Perú se encuentra en una encrucijada crítica. Continuar bajo el actual esquema de debilitamiento presupuestal, desamparo legal a las Fuerzas Armadas del Perú y permisividad ante el desacato civil solo conducirá a una disolución irreversible del principio de autoridad, dejando al Estado completamente inerme frente al avance impune del crimen organizado y la violencia social. Recuperar el rumbo de la patria exige de manera urgente una clase política con la voluntad de ejecutar una reforma estructural profunda: es imperativo dotar a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional de un marco jurídico blindado que garantice el uso legítimo de la fuerza, reestructurar el sistema de conscripción militar para asegurar batallones con óptimo entrenamiento y disuasión real, y erradicar las dinámicas clientelistas que convierten los recursos del canon en el botín de mafias locales. Solo devolviendo la dignidad, el respeto y la capacidad operativa a los uniformados se podrá salvaguardar la soberanía interna y garantizar la supervivencia de la República ante las emergencias del mañana.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario