jueves, 2 de abril de 2020

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LA LLEGADA DE LAS FUERZAS PATRIOTAS AL DISTRITO DE YUNGAY ANCASH 19 JUNIO 1883

La unión de los ejércitos en Yungay y la neutralización del cerco chileno. - El martes 19 de junio de 1883, a las 07:00 horas, las fuerzas patriotas reiniciaron su marcha desde el distrito de Carhuaz con destino a Yungay. El trayecto, caracterizado por un terreno llano y muy favorable, permitió que el general Andrés Avelino Cáceres, junto a sus ayudantes y escolta, arribara a la hermosa ciudad a las 11:30 horas; poco tiempo después ingresó el grueso del ejército. Durante este tramo, la columna militar dejó atrás puntos importantes como Tingua, Cascapara, Tishtec, Mancos y Ranrahirca.

Una vez en Yungay, el general Cáceres y sus ayudantes se hospedaron en la residencia de la familia Cisneros. Por su parte, los demás jefes y oficiales fueron alojados en las viviendas del hacendado Ignacio Figueroa Fernández, de la familia Lagos y de otros notables, ricos y poderosos terratenientes de la zona. Entre tanto, el pueblo llano acogió con profundo cariño al personal de tropa, razón por la cual la ciudad de Yungay fue recordada con nostalgia por los breñeros como una «deliciosa población por su clima y hermoso paisaje, y también por la bondad de sus habitantes».

Al día siguiente, miércoles 20 de junio a las 10:00 horas, el Ejército del Centro —compuesto por 2240 hombres— formó en la plaza de armas de Yungay para recibir al Ejército del Norte. Este último destacamento, conformado por 830 soldados de tropa ancashina, llegaba procedente de Huaylas bajo el mando del coronel Isaac Recavarren, tras haber ejecutado la titánica tarea de destruir todos los puentes y caminos a ambos lados del río Santa. Mediante el uso de pólvora y dinamita, Recavarren logró bloquear las vías por las cuales el coronel chileno Alejandro Gorostiaga y el comandante Herminio González pretendían irrumpir en Yungay, desvaneciendo por completo el peligro latente en los sectores norte y oeste.

A pesar de la hazaña logística, la precaria apariencia de las tropas del norte desilusionó profundamente a los oficiales que acompañaban a Cáceres, especialmente al coronel Secada, quien expresó un patético desencanto al respecto: «Al día siguiente de nuestra llegada a Yungay se unió a nosotros el titulado Ejército del Norte, pésimo personal, en su mayoría campesinos desarmados, analfabetos, sin instrucción, y en número de 830 hombres, incluso un escuadrón de caballería compuesto de indios reclutas y raquíticos que apenas podían tenerse sobre el caballo». Aun con este desalentador panorama, el Ejército del Centro rindió los honores de ordenanza a la columna entrante, cuyo jefe desfiló con una numerosa escolta y batidores que portaban grandes banderolas rojas, blancas y bicolores.

El general Cáceres consideró razonables las explicaciones de Recavarren para justificar las graves deficiencias de vestuario y armamento de sus hombres. Estas carencias respondían a la escasez absoluta de recursos económicos y a la activa oposición de los sectores acaudalados de la región, alineados con el gobierno de Miguel Iglesias en Cajamarca; una traición que ya se había hecho patente con las muestras de simpatía que los notables de la ciudad de Huaraz habían brindado al coronel chileno Marco Aurelio Arriagada. Por este motivo, Cáceres ratificó a Recavarren como comandante en jefe del destacamento del Norte y, para reforzar sus líneas, puso bajo sus órdenes al batallón Tarma.

Con la unificación de ambas fuerzas en Yungay, el ejército patriota pasó a sumar un total de 3070 efectivos, compuestos en su gran mayoría por campesinos mal armados. Sin embargo, la audaz estrategia defensiva rindió frutos: la maniobra chilena para cercar a los peruanos por tres frentes fracasó rotundamente. Por el norte, el coronel Alejandro Gorostiaga, al mando de 1500 hombres, quedó completamente aislado en la localidad de Yuracmarca, en el distrito de Huallanca; viéndose obligado a retroceder hacia Pallasca para continuar su marcha hacia el distrito de Huamachuco con el fin de proteger los intereses de Miguel Iglesias. Por el sector oeste, el comandante Herminio González, quien lideraba a 600 hombres a través de la ruta de Quillo con la intención de ingresar a Yungay por el puente de Matacoto, también quedó aislado y tuvo que replegarse hacia la ciudad de Trujillo. Finalmente, por el sector sur, el coronel Marco Aurelio Arriagada, al frente de un poderoso contingente de 3200 hombres equipados con fusiles y artillería de última tecnología, permanecía indeciso y estancado en la ciudad de Huaraz.

La audaz maniobra de Llanganuco y el camino hacia la tragedia de Huamachuco. - Al general Cáceres se le presentaron dos alternativas ante el inminente avance enemigo: a pesar de contar con fuerzas notoriamente inferiores en número y armamento, podía optar por enfrentar directamente a las huestes del coronel Arriagada o, en su defecto, burlar su persecución mediante una audaz y grandiosa maniobra táctica a través de la ruta de la laguna de Llanganuco para cruzar hacia el Callejón de Conchucos. El Estado Mayor optó por esta última alternativa, impulsado por la imperiosa misión de capturar a Miguel Iglesias Pino. Este general, tras disolver su propio ejército y con el respaldo directo de los mandos de ocupación chilenos y los representantes de los siete departamentos del norte, se había proclamado presidente regenerador del Perú con el único fin de firmar una rendición que incluía la dolorosa cesión territorial de Tarapacá, Tacna y Arica.

Fue así como la tropa ancashina, precariamente armada, marchó junto al Ejército del Centro —sumando los 3070 hombres unificados en Yungay— con destino a Huamachuco. No obstante, el desgaste del trayecto y la crisis moral hicieron mella en las filas patriotas. Diversas fuentes históricas señalan que, en una sola noche —la madrugada del 7 de julio—, más de 600 soldados ancashinos desertaron en masa desde la llanura de Tres Ríos, localidad situada a 24 kilómetros de Huamachuco. El comando peruano fue incapaz de frenar esta sangrienta sangría humana; de los 3070 combatientes que partieron con entusiasmo desde Yungay, el ejército llegó a la víspera de la batalla definitiva con apenas 1400 hombres.

Afortunadamente, el 9 de julio, cuando las disminuidas fuerzas patriotas ya habían ocupado posiciones estratégicas en las trincheras de los cerros Cuyulga y Santa Bárbara, recibieron el oportuno refuerzo de 200 guerrilleros procedentes de Santiago de Chuco, liderados por Santiago Calderón y los hermanos Porturas. Entre los principales patriotas ancashinos que se batieron con heroísmo en el campo de batalla destaca el huaylino Germán Alba Jurado, teniente y abanderado del Batallón «Pucará», quien entregó su vida defendiendo su posición en el cerro Sazón. Asimismo, es imperecedero el sacrificio del sargento mayor Manuel Eulogio del Río, quien, en un acto de suprema lealtad, fue herido de muerte al interponerse para salvar la vida del general Cáceres, falleciendo al día siguiente durante el implacable «repase» chileno. Junto a ellos, cientos de combatientes que regaron con su generosa sangre las llanuras de Purrumpampa permanecen hasta hoy en la memoria colectiva como soldados anónimos. En este escenario, también es digno de recordar el valor de Pedro Celestino Cochachín de la Cruz, conocido popularmente como «Uchcu Pedro», quien combatió con el grado de comandante de milicias y jefe de guerrilleros.

Antes de emprender la marcha por la escarpada e inhóspita ruta de la laguna de Llanganuco, y con la finalidad de obtener algún soporte pecuniario para la campaña, el general Cáceres envió a la ciudad de Caraz al ingeniero Benavides, secretario de la Jefatura Superior del Norte. Tras denodados esfuerzos, Benavides solo pudo recaudar 500 soles de plata, el cual constituyó el único auxilio económico que se obtuvo de todo el departamento de Áncash. En contraste con la apatía de las clases acomodadas, los caseríos y las comunidades campesinas a lo largo de la ruta auxiliaron al ejército patriota con todo lo que su extrema pobreza les permitía. Eran tiempos de profunda efervescencia y descontento social indígena; un fermento rebelde que muy poco tiempo después, en 1885, estallaría con fuerza en el histórico movimiento de liberación campesina acaudillado por Pedro Pablo Atusparia y el propio Uchcu Pedro.


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