miércoles, 23 de septiembre de 2020

"EL BOSQUE DE LA IMPUNIDAD: CRISIS DEL ESTADO Y EL FRACASO DE LA SEGURIDAD CIUDADANA EN EL PERÚ

"De la Paz de Antaño al Imperio del Lumpen: Memorias de Huaraz y la Descomposición Social".- 
Hace cincuenta años, en la ciudad de Huaraz, capital de Áncash, la delincuencia común era prácticamente inexistente; conceptos como el robo o el hurto en la vía pública y en los domicilios resultaban ajenos a la vida cotidiana. Tampoco se observaba el comercio ambulatorio invadiendo las veredas o transitando por las calzadas: se vivía en una auténtica cultura de paz. Los comerciantes dejaban las puertas de sus tiendas abiertas de par en par y, en muchos casos, las viviendas permanecían sin cerrojo alguno; las patrullas policiales eran tan poco frecuentes porque la misma comunidad autoregulaba su convivencia.

Hoy, en lo que respecta a la seguridad ciudadana, el Estado no ha caminado al mismo ritmo que la acelerada descomposición social, un fenómeno agudizado sobre todo en las últimas tres décadas. En el seno del hogar, el cultivo de los valores, la educación cívica y el patriotismo se han erosionado por completo. En los centros educativos, se ha prohibido la expulsión de aquellos alumnos con conductas delictivas o de perfil lumpen, bajo el pretexto de priorizar sus derechos fundamentales por encima del orden. De este modo, en la vía pública la policía comenzó a perder el principio de autoridad mientras el hampa ganaba terreno; hoy en día, un Estado empírico se encuentra acorralado entre la espada y la pared.

El Sistema Nacional de Seguridad Ciudadana (Sinasec), creado mediante la Ley N.° 27933 como un conjunto interrelacionado de organismos del sector público y de la sociedad civil para garantizar la paz social y neutralizar la criminalidad, ha fracasado por completo. Frente al avance de la delincuencia, la clase política adopta decisiones precipitadas y superficiales que solo permiten ver el árbol, impidiendo divisar el bosque donde se ramifican las verdaderas raíces de este problema generalizado.

La persistencia de la denominada «puerta giratoria» evidencia que las instituciones responsables de combatir el crimen organizado, la corrupción política y la delincuencia común no actúan de manera sistémica ni con la firmeza con la que alguna vez se enfrentó al terrorismo. El esfuerzo de la Policía Nacional del Perú termina siendo estéril en la práctica: las fuerzas del orden capturan al malhechor, el Ministerio Público formula la denuncia y, finalmente, ciertos magistrados del Poder Judicial los dejan en libertad. Esto obliga al policía a iniciar un nuevo, costoso y peligroso proceso de captura, arriesgando su propia vida en el camino. Esta metodología contra el crimen no es viable; nos ofrece un alivio temporal que deviene en un agravamiento posterior con mayores costos materiales y, fundamentalmente, la pérdida de vidas humanas. Es sencillamente imposible continuar bajo este esquema.

La proliferación delictiva y la corrupción sistemática constituyen un problema estrictamente político y no policial. Para comprender la precariedad de los gobernantes actuales, basta con examinar las últimas tres décadas, un periodo caracterizado por la ausencia de decisiones acertadas orientadas a optimizar las leyes frente a amenazas cada día más emergentes, mutantes y feroces. Al criminal se le trata con guantes blancos y apelativos de consideración, mientras que el policía se encuentra legalmente impedido de hacer uso reglamentario de su armamento de largo alcance o de su vara de ley. La democracia peruana ha quedado severamente manchada por la inacción y la complicidad de sus dirigentes.

Señores políticos, así desplieguen cinco millones de policías en las calles, adquieran cinco millones de patrulleros inteligentes o compren cinco millones de drones de vigilancia, nada cambiará sustancialmente; por el contrario, la criminalidad continuará en ascenso si no se legisla con un marco penal drástico que contemple, inclusive, la pena de muerte. El discurso demócrata convencional pretende distraer a la ciudadanía con teorías de integración sistémica entre instituciones (Fiscalía, Poder Judicial, INPE) y organizaciones de apoyo (serenazgos, seguridad privada, bomberos o rondas campesinas y urbanas). Todo ello constituye una falacia de una clase dirigente desgastada y de espaldas al país. Si existiese una voluntad política real respaldada por leyes de excepción del Estado, la delincuencia común podría ser erradicada en menos de seis meses; sin embargo, para ello se requiere ejecutar decisiones definitivas y contundentes, un costo que el temor de los gobernantes actuales les impide asumir.

MI CRÍTICA : AL LIBRO "CENEPA MISIÓN DE HONOR" DEL GENERAL DE DIVISIÓN EP ROBERTO CHIABRA LEÓN

Señor General de División EP Roberto Chiabra León y Políticos del Perú.
Presente.

Señor General, le escribo estas líneas en mi condición de exintegrante del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, una unidad combatiente que participó de manera activa y directa en el conflicto del Alto Cenepa. Respecto a la deficiente logística y al precario equipamiento que sufrió el personal en el frente, culpo abiertamente de todo lo acontecido a una clase política tradicional y de espaldas al país, así como a los altos mandos de las Fuerzas Armadas de aquel entonces, quienes dirigieron las operaciones tácticas desde la comodidad de sus oficinas en la ciudad de Lima.

Usted sabe perfectamente, señor General, que, debido a la ausencia de un sistema de defensa antiaérea eficiente de corto, mediano y largo alcance, los aviones de combate de la Fuerza Aérea del Ecuador se paseaban por el espacio aéreo peruano como “Pedro por su casa”. Día y noche, las naves enemigas incursionaban impunemente sobre el Puesto de Vigilancia N° 1, el sector de La “Ye”, la Cueva de los Tayos y otras posiciones clave.

Si bien se logró alcanzar el objetivo político y militar, el destino de los combatientes tras el cese al fuego ha sido el desamparo. El personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO), los reservistas y los guías civiles conocidos como yachis permanecen hasta hoy marginados, sin un reconocimiento oficial y en el total abandono por parte del Estado. Incluso, a aquellos que lograron ser reconocidos, el gobierno de Martín Vizcarra Cornejo y su gestión en el Ministerio de Economía les congelaron los bonos de guerra que por derecho les correspondían.

Ante esta dolorosa realidad, me veo en la obligación moral de plantearle públicamente las siguientes doce interrogantes:

  1. ¿Por qué en el Puesto de Vigilancia N° 1 no se instaló una defensa antiaérea idónea de corto, mediano y largo alcance? Nuestra propia dejadez, la improvisación y la falta de armamento moderno siempre se han pretendido justificar de mil maneras, achacándole la culpa exclusivamente a la difícil geografía selvática.
  2. Los políticos de ayer y de hoy continúan traicionando a las Fuerzas Armadas; está demostrado que el verdadero enemigo de la patria sigue cobijado en las esferas del poder civil. Es una vergüenza que la mayoría de las armas que aún funcionan en nuestras instituciones, pese a su antigüedad de más de sesenta años, hayan sido adquiridas durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado.
  3. Antes de ordenar el ingreso de la infantería, ¿por qué no se procedió a ablandar el principal fortín ecuatoriano ubicado en la falsa Tiwinza (la Cota 1061 para nosotros), sabiendo perfectamente que las tropas del norte habían construido fortificaciones subterráneas desde el año 1990 y que era imposible penetrar esa fortaleza mediante un asalto directo? Se sacrificó de forma temeraria a la infantería, compuesta por jóvenes oficiales, suboficiales y soldados de tropa que pagaron el error del mando con sus valiosas vidas.
  4. ¿Por qué el jefe del Sistema de Defensa Nacional del Perú no innovó la estrategia empleada en las operaciones militares de 1981? Para 1995, el Ecuador había priorizado de manera inteligente su defensa antiaérea; como consecuencia de nuestra falta de previsión, al inicio de las operaciones perdimos varias naves, entre helicópteros y aviones, debido al acertado accionar de las baterías misileras del enemigo.
  5. ¿Por qué escaseó el rancho y el apoyo logístico para el personal que se encontraba en pleno combate? Muchos de nosotros permanecimos soportando el hambre por más de una semana, subsistiendo a duras penas con una sola ración de campaña embolsada que nos entregaron para cubrir todo ese periodo.
  6. ¿Por qué se envió a combatir a las tropas procedentes del Frente Huallaga pésimamente mal uniformadas, sin chalecos balísticos, sin cascos de protección y portando mochilas y fornituras en completo estado de deterioro?
  7. ¿Por qué se insistió en emplear helicópteros y aviones en misiones de carga y ataque, sabiendo que el Ecuador tenía instalado un denso y eficiente sistema de defensa antiaérea en las partes altas del valle del Cenepa?
  8. ¿Por qué no se emplearon morteros pesados de 81 y 120 milímetros para batir las posiciones ecuatorianas, posicionando para ello Observadores Adelantados (OA) en el «Helipuerto Tormenta», ¿ubicado en la Cota 1274?
  9. ¿Por qué se ordenó el empleo de obuses Oto Melara de 105 milímetros, a sabiendas de que la eficacia de este tipo de artillería en un terreno selvático, quebrado y con un espeso dosel forestal es completamente nula?
  10. En sus frecuentes conferencias y exposiciones, ¿por qué no les informa la verdad a sus oyentes? Usted sabe perfectamente, señor General, que las tropas de Ecuador nunca abandonaron la falsa Tiwinza por la vía de las armas; el retiro de las fuerzas del norte del territorio peruano se debió exclusivamente a la presión diplomática de los cuatro países garantes, por lo que jamás existió una separación de fuerzas real en el campo de batalla.
  11. ¿Por qué en sus discursos enaltece tanto la labor del personal de oficiales y de la tropa, dejando de lado a los suboficiales? ¿Acaso ignora, señor General, que muchos suboficiales también asumimos con valor la función de comandantes de patrulla, combatiendo en la línea de fuego exactamente igual que los oficiales?
  12. ¿Por qué el personal de reservistas movilizados y los civiles nativos conocidos como yachis, que trabajaron dentro del teatro de operaciones arriesgando sus vidas a la par del personal militar en actividad, no fueron debidamente empadronados ni figuran en los partes de guerra oficiales? ¿Quién es el verdadero responsable de esta omisión? Este personal no puede seguir siendo ignorado por los sucesivos gobiernos y la clase política.

Quedo a la espera de sus respuestas, las cuales son una deuda histórica con los defensores del Cenepa.

Atentamente,
Un Combatiente del Batallón Contrasubversivo N.° 28 de Rioja

martes, 8 de septiembre de 2020

GENERAL MARIANO IGNACIO PRADO LA HISTORIA OCULTA DE LA TRAICIÓN DURANTE LA GUERRA CON CHILE

8 de octubre de 1879, en la punta de Angamos, Mejillones, en aquellos tiempos mar boliviano, el Perú ya había perdido el monitor Huáscar y solo le quedaba un pequeño barco que era la corbeta Unión. El gobierno del traidor Mariano Ignacio Prado resolvió hacer una colecta nacional para comprar dos blindados que podían significar la salvación del Perú, esta se llevó a cabo en el último domingo del mes de noviembre del año en curso, cuentan los que vivieron en aquellos tiempos que todo el Perú había acudido a ese llamado, desde las esferas más acaudaladas hasta los más pobres, las mujeres entregaron sus joyas y los niños sus alcancías.

Por los mismos días llegaba al puerto del Callao procedente de Santiago de Chile, don Nicolás de Piérola, país donde se encontraba exiliado con el amparo de la burguesía chilena que tenía el poder en esa nación. Apenas desembarcó comenzó a conspirar en la oscuridad contra el gobierno cosa que era costumbre en él, porque este fue el eterno revoltoso con sus montoneras y que siempre fueron derrotadas por los gobernantes de turno.

El día jueves 18 de diciembre de 1879, siendo las 16:00 horas, el presidente Prado, a escondidas se escapó dejando sus funciones como presidente del Perú, en plena Guerra con Chile, su destino inicial fue Estados Unidos de Norte América; para no despertar sospechas se escapó el día que cumplió los 53 años de edad, siendo General del Ejército se desertó de manera clandestina, usando nombre falso de Jhon Cristian perteneciente a un familiar suyo; abordó el vapor Correo Payta de propiedad de la Compañía chilena Pacific Navegation Compani, nave que procedía del puerto chileno de Valparaiso. Se escapó porque Chile nos había declarado la guerra y él no quería pelear con sus socios chilenos, pues el General Prado había amasado mucha fortuna en país del sur, tenía muchas propiedades, negocios, minas y el Banco Montegro. Hombre de origen pobre, durante su primer gobierno hizo plata con la compra sobrevalorada de dos barcos viejos Manco Cápac y Atahualpa.

El 22 de diciembre llegó a Guayaquil, lugar donde renunció a la presidencia de la república del Perú y se fue a Paris donde permaneció escondido gozando con el dinero del pueblo. Terminada la guerra con Chile, Prado preparó su retorno al Perú. El gobierno del general Andrés A. Cáceres, por decreto del 11 de diciembre de 1886, levantó los impedimentos que obstruían su retorno. Cuando pisó suelo peruano, numerosas personalidades de la época olvidando el escuro pasado del traidor, muchos le recibieron entre aplausos, entre ellas el edecán del presidente Cáceres. ​ Instalado de nuevo en el Perú, Prado prefirió mantenerse al margen de la actividad pública, pero en dos oportunidades fue elegido presidente de la Sociedad Fundadores de la Independencia y Vencedores del 2 de mayo de 1866 (1890-1891 y 1896-1897).​ Pero poco después viajó una vez más a Europa, por motivos de salud, y murió en París, Francia, el 5 de mayo de 1901, afectado de un cáncer lumbar, enfermedad que ya se había manifestado incluso durante la guerra del Pacífico y que le había limitado la realización de algunas actividades físicas. Repatriados sus restos mortales, con todos los honores de la alta clase social limeña y militares fue enterrado en el Cementerio Presbítero Maestro, en donde actualmente se encuentra junto a la tumba de su hijo Manuel Prado Ugarteche. Esta indignante traición no se enseña en las escuelas y colegios, es cierto que la amnesia del pueblo no tiene límites, su familia en el Perú fue poderosa y acaudalada, ostentando lujo con el dinero del pueblo.

martes, 1 de septiembre de 2020

LA MUERTE DEL SARGENTO EP ANTONIO CANCHAPARAN MARCOS COMBATE DE TIWINZA 21 DE FEBRERO DE 1995

EL 21 de febrero de 1995, siendo las 05:00 horas, en las inmediaciones de Tiwinza, se escucha el trajinar de las tropas ecuatorianas. Los peruanos han recibido la disposición de que el Batallón Contrasubversivo N° 16 de Tingo María realice un ataque frontal, junto con el Batallón Contrasubversivo N° 314 de Huánuco. También participan la Compañía Especial de Comandos 115 de Tarapoto, el Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, y las patrullas del Batallón de Comandos “Comandante Espinar” N° 19 de Lima.

Siendo las 06:00 horas aproximadamente los hombres del BCS N° N° 16, bajan silenciosamente la montaña boscosa hacia el río, alguien rompe una rama y del lado ecuatoriano un soldado grita ¿quién vive?, del lado peruano un capitán responde: “Ecuador”; la voz del lado ecuatoriano pide identificación de la patrulla; los peruanos creen que están en la Montañita, pero aquella posición está un kilómetro más abajo, no saben que han llegado a la misma Tiwintza, principal fortín de los ecuatorianos.

Cerca al río Cenepa, en total silencio, las fuerzas peruanas se agrupan para iniciar el ataque, sorpresivamente se desata el fuego de ambos bandos, los ecuatorianos desde sus trincheras bajo tierra responden el ataque peruano, las hojas de los árboles se hacen picadillo por el cadencioso tiro en ráfaga de cientos de fusiles FAL peruano y HK de los ecuatorianos y por las explosiones del RPG7 peruano, estrellándose contra los gruesos troncos que servía como abrigo y cubierta a las fuerzas ecuatorianas. 

El combate se intensifica por todo lado, hay disparos de lanzacohetes, disparos de cientos de fusiles de todo tipo; en esas circunstancias el combatiente peruano conocido como “Delta” dispara las cintas de munición de su ametralladora MAG contra el enemigo atrincherado. Momentos que mira caer al sargento Antonio Canchaparan Marcos, conocido como (Jilguero), se dice a sí mismo, “se estará camuflando para que no le lleguen los tiros”, pero “jilguero”, su promoción no se mueve; algunos minutos todo se vuelve en un silencio sepulcral; aprovechando este intervalo del  silencio el tirador de la ametralladora corre y se acerca donde el caído, le dice: "no mueras, no nos dejes, ¡valor!, ¡ vuelve a la vida!", pero el combatiente ¡ay! siguió muriendo; el polo verde estampado con logo del ejército aún humea, se nota un tiro de fusil en el pecho, otro en el hombro y uno en el brazo. Uno de los hombres en punta del Batallón Contrasubversivo N° 16 de Tingo María, está muerto, su cuerpo yace entre árboles en la orilla del río Cenepa, simplemente sucede que no ha tenido miedo de morir por su patria, su mirada hacía el infinito se pierde en la eternidad, su rostro está firme, y dice: Yo estoy aquí, nunca me sentí derrotado. 

Se reanuda el combate, pero con más intensidad, los árboles son arrancados por las explosiones que ensordecen a los combatientes: Misiles de lanza cohetes RPG7 de los peruanos y laza cohetes LAW de los ecuatorianos van de aquí para allá destrozando la vegetación, los heridos en ambos lados se cuentan por decenas, dos muertos yacen en las inmediaciones del río Cenepa: El Teniente ecuatoriano Geovanny Calles Lezcano y el sargento 2do peruano Antonio Canchaparan Marcos, uno por cada ejército.