La sombra del "Brujo de los Andes" en Huayrongha, Challhuayaco, San Marcos, Huari, Ancash.- El 23 de mayo de 2017, mis pasos me llevaron finalmente hasta el histórico paraje de Huayrongha, un rincón suspendido en el tiempo cerca de Coyllur, perteneciente al caserío de Challhuayaco, en el sector sur del distrito de San Marcos, provincia de Huari, Áncash. Al contemplar ese imponente y encajonado paisaje andino, no pude evitar sentir que el viento aún guardaba el eco de las herraduras y los susurros de una de las epopeyas más grandes de nuestra patria: la Campaña de la Breña.
Fue allí, en ese mismo suelo,
donde el lunes 11 de junio de 1883, en horas de la tarde, el Ejército del
Centro hizo un alto en su marcha. Eran dos mil doscientos cuarenta hombres
extasiados por el cansancio, procedentes del distrito de Aguamiro, en Huánuco.
Al mando de aquella fuerza de gigantes andinos iba el general Andrés Avelino
Cáceres. Aquella noche fría de junio, las fogatas de los breñeros iluminaron
las laderas de Huayrongha, cobijando el sueño de un ejército que se negaba a
rendirse ante el invasor.
Al día siguiente, el martes 12
de junio, cuando el reloj marcaba las siete de la mañana, la quietud del paraje
se rompió. El general Cáceres ordenó levantar el campamento y marchó
decididamente en vanguardia, tomando la delantera con rumbo al histórico distrito
de Chavín de Huántar, adonde llegó una hora antes que el grueso de sus tropas
para asegurar la plaza.
En la década de 1970, la
historia viva aún caminaba por esas tierras. Tuve la fortuna de conversar con
algunos familiares y comuneros de avanzada edad que, siendo niños o habiendo
heredado el recuerdo intacto de sus padres, fueron testigos presenciales de
aquel glorioso desplazamiento. Sus relatos eran puros, libres de los libros de
historia escolares. Me contaban, con los ojos llenos de brillo y nostalgia,
cómo habían visto al general Cáceres descender desde las alturas de Huayrongha,
pasando por Coyllur y el caserío de Challhuayaco, montado con prestancia sobre
un hermoso caballo negro de frente blanca.
A la retaguardia de aquel mar
de bayonetas y ponchos, protegiendo el alma de la resistencia, se desplazaba su
esposa, la señora Antonia Moreno de Cáceres, junto a sus tres pequeñas hijas.
Viajaban acompañadas por un valiente grupo de mujeres, todas ellas fuertemente
custodiadas por los indomables guerrilleros y montoneros de las punas, hombres
que daban la vida por la seguridad de la familia del «Brujo de los Andes».
El destino quiso que el paso
del ejército coincidiera con el mes de junio, la época sagrada en que los
campesinos de estas zonas cosechan el trigo y la cebada. Como manda la
tradición andina para mitigar el esfuerzo de la siega, las familias habían
preparado abundante chicha de jora. Al ver aparecer al caudillo y a sus hombres
por los senderos de Challhuayaco, los comuneros salieron a su encuentro, no con
temor, sino con los brazos abiertos y cántaros llenos del sagrado licor de
maíz. El jefe breñero, conmovido por la lealtad de su pueblo, detuvo su marcha
por un instante, levantó el vaso y brindó con generosidad junto a sus escoltas
y secretarios, sellando un pacto de sangre y tierra que la memoria de
Huayrongha jamás ha de olvidar.
.jpg)
