El Silencio Sombrío de los Elegidos.-En los últimos tiempos, el
Ejército del Perú ha creado un grado y puesto honorífico para los Técnicos
Jefes Superiores, denominado “Técnico Supervisor General del Ejército”.
Normalmente, este nombramiento se realiza en una ceremonia oficial de
imposición, bajo el pretexto de que sirve como un estímulo para el estamento de
supervisores, técnicos y suboficiales que propicia elevar la moral, reafirmar
la disciplina y consolidar el profesionalismo.
Sin embargo, para el señor
Supervisor General no hay voz ni voto. Su puesto es puro figuretismo vacío,
propio de las dinámicas actuales de la institución; un reconocimiento que jamás
tendrá peso real mientras sigan desfilando humillados, creyendo en la falsa
disciplina que inculcan comandantes, coroneles y generales cuyos bolsillos se
han llenado con miles de billetes malhabidos, producto de las
"cutras" de toda la vida. La razón no caduca para aquellos que hemos
permanecido largos años en las filas del Ejército; en el camino, muchos hemos
visto y experimentado todo tipo de injusticias, corrupción y discriminación.
Señor Técnico Supervisor
General: si por tu silencio sombrío eres considerado el más eficiente, el más
disciplinado y el ejemplo a seguir para los jóvenes, pienso que en el fondo
tiemblas al traicionar a tu propia conciencia, aquella que un día te inculcó
moralidad al ritmo de los tambores en la Escuela Técnica del Ejército. Todavía
estás a tiempo de despertar esa conciencia dormida para no ocupar ese
vergonzoso puesto de “Felipillo del siglo XXI”.
A lo largo de mi permanencia
en las filas trabajé con dos técnicos que ya estaban proyectados para ocupar
ese puesto honorífico; compartí alojamiento con ellos y los conozco como si los
hubiera parido, aunque por respeto omitiré sus nombres. Con los años, ambos
llegaron a ser Técnicos Supervisores Generales del Ejército. El gran mérito de
estos supuestos "ejemplares disciplinados" consiste en agachar la
cabeza ante las grandes injusticias, los abusos y, sobre todo, ante la
corrupción. En sus respectivas especialidades son uno más del montón; en su
mayoría, han envejecido cumpliendo labores administrativas detrás de los
escritorios, siendo los típicos "furrieles" de las unidades y grandes
unidades. Señores, demostrado está que ellos aplican la típica filosofía del
"NPT" (No Pelees con el Tema) para vivir felices. Se comportan
como el sordo, el ciego y el mudo, y jamás levantan la voz cuando ante sus
narices pasa el robo del combustible destinado a la cocción del rancho de la
tropa o el carburante de los vehículos de combate y de apoyo. Tampoco reclaman
cuando no se les pagan los viáticos por participar en los patrullajes o en las
elecciones municipales y presidenciales —dinero enviado directamente por la
ONPE—, ni cuando les retienen los bonos por labores en las Zonas de Emergencia
(ZZEE) o los pagos por el convenio minero. Por ese silencio cómplice, a fin de
año, estos "Felipillos" son recompensados con las más altas
calificaciones.
En el Ejército del Perú se nos
habla de profesionalismo y disciplina cuando son los altos mandos quienes,
sobre todo a partir de la década de 1990, violan sistemáticamente los derechos
laborales y las especialidades del personal de técnicos y suboficiales. Por
ejemplo, un suboficial de tercera egresado de la Escuela Técnica como mecánico
de vehículos a rueda, al llegar a un batallón de combate, es destinado
inmediatamente como auxiliar del oficial de operaciones (S-3). De esta manera,
el suboficial novato se convierte en un eterno y experto oficinista; pasan los
años y ya no recuerda nada de su especialidad. Como no existen exámenes
prácticos y rigurosos para el ansiado ascenso, su jefe inmediato lo califica
con nota sobresaliente por su labor de oficina, dejándole el camino libre para
llegar a ser “Técnico Supervisor General del Ejército”. Al final, él mismo se
consuela diciendo: "Mejor es trabajar en la oficina que estar en los
galpones, metido debajo de los vehículos con el mameluco sucio".
Existen casos peores con el
personal de técnicos y suboficiales que procede de la tropa. En su mayoría,
iniciaron sus labores como soldados furrieles, luego se reengancharon y, tras
dos periodos (cuatro años), ascendieron al grado de suboficial de reserva.
Algunos envejecen como choferes de coroneles y generales, y otros detrás de los
escritorios, cumpliendo siempre funciones administrativas. No obstante, en el
papel y según su OME (Ocupación Militar Especializada), figuran con
especialidades técnicas: mecánicos de maquinaria pesada, mecánicos de tanques o
mecánicos de vehículos a rueda. Pero basta ir a verlos para comprobar que de
mecánica no saben nada. Si por azar se ordena un examen para el ascenso, todos
reciben sus respectivas "paporretas"; se las memorizan día y noche, y
rinden sus pruebas con un resultado formalmente satisfactorio.
El personal de oficiales se
rige por una ley que define estrictamente sus funciones, de las cuales no
pueden retroceder; hay una labor específica para el subteniente, otra para el
teniente, otra para el capitán, y así sucesivamente. En cambio, para el estamento
de técnicos y suboficiales no existe un marco de funciones específicas. Bajo la
eterna denominación de "por necesidad de servicio", siempre nos han
empleado de manera informal, sin una ley que nos ampare de los abusos o del
despojo de nuestras especialidades. Les cuento mi propia experiencia: en el año
2007, el Comando del Ejército ordenó que me apartaran de mi especialidad de
mecánico y operador de comunicaciones. Durante siete años no la ejercí. Como es
natural ante este tipo de arbitrariedades, solicité una audiencia en la
Inspectoría del Cuartel General del Fuerte "Rafael Hoyos Rubio", en
el distrito del Rímac. Para mi pesar, el coronel inspector me espetó: “¿Qué
ley te ampara para tu reclamo? ¿Por qué no postulaste a la Escuela Militar para
ser oficial? Dígame, ¿dónde dice que no puedes trabajar como oficinista o como
policía militar?”. El resultado de mi petición para volver a mi
especialidad fue negativo; según los "justos inspectores", mi
solicitud era improcedente. Al igual que muchos técnicos y suboficiales, este
humilde servidor ocupó de manera informal la función de oficial de guardia
durante 23 largos años consecutivos (desde 1984 hasta 2006), cuando dicha
responsabilidad corresponde netamente a los subtenientes y tenientes.
En las unidades
contrasubversivas de las zonas de Sierra y Selva, además de cumplir con las
obligaciones de mi especialidad, desempeñé de manera informal otras funciones
como comandante de patrulla u oficial de guardia. Cabe preguntarse: ¿por qué el
Comando del Ejército no formaliza en los reglamentos internos el trabajo que
realiza el personal de técnicos y suboficiales, sobre todo en las unidades de
combate? Si uno recurre al Reglamento del Servicio Interior, la gran mayoría de
los párrafos detalla únicamente las funciones de los oficiales y del personal
de tropa; sobre los técnicos y suboficiales, apenas si existe información de
sus especialidades en menos de media línea.
Durante el conflicto de 1995
en la campaña militar del Alto Cenepa contra el Ecuador, cumplí y combatí bajo
la función de comandante de patrulla. Sin embargo, años después, cuando se
dispuso el reconocimiento como Defensor de la Patria, me entregaron la Resolución
del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas N° 328 CCFFAA/DAANN, firmada el 21
de septiembre de 2012, en cuya parte considerativa figuraba como función
desempeñada: mecánico de comunicaciones y electrónica, y no como
comandante de patrulla. Al reclamar por este desaire, me contestaron fríamente
que me habían calificado de acuerdo a mi OME (Ocupación Militar Especializada).
La desigualdad es histórica.
El 9 de diciembre de 1999, Día del Ejército, el Comando entregó a 1200
combatientes calificados como Defensores de la Patria por sus acciones en el
Cenepa una medalla de oro valorizada en mil dólares americanos y un incentivo
económico de tres mil nuevos soles. Todos los premiados pertenecían a la
guarnición de Lima. En cambio, los 2870 combatientes que nos encontrábamos
asignados a las provincias a lo largo del Perú no recibimos ningún premio ni
incentivo económico. Esas son las "cutras" de los "honestos,
disciplinados y justos" generales del Ejército.
Señor Técnico Supervisor
General del Ejército: en las unidades de combate cumplimos diversas funciones
que son propias de los oficiales, y en los enfrentamientos, tanto en el frente
interno como en el externo, asumimos sus mismos roles. Somos soldados profesionales
en el campo técnico y militar; no somos más ni menos que un oficial superior.
¿Cómo es posible, entonces, que los caducos reglamentos del Ejército nos sigan
catalogando como "personal auxiliar"? Ese tipo de denominación
proviene de los tiempos de la dominación española, cuando los colonizadores
tenían a sus "indios auxiliares". Frente a tantas injusticias e
informalidad arrastradas por décadas, los "ejemplares, disciplinados y
arrastrados" técnicos supervisores de los últimos tiempos, domesticados
hasta el tuétano, asumen el cargo sin voz ni voto y se convierten en los
Felipillos del siglo XXI.
Mi traslado forzoso en el año
2007 al Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército (Oficina de
Personal) fue una violación a mis derechos laborales y un castigo directo por
haber reclamado los viáticos del personal del Batallón de Ingeniería de Combate
Motorizado N° 32 del distrito de Caraz, Huaylas. Dicho personal había
participado en las elecciones presidenciales y municipales del año 2006, y tras
varias semanas de espera, el comando se negaba a pagarnos. Presenté una queja
ante la Inspectoría de la 32.ª Brigada de Infantería (BI) en Trujillo y ante el
Ministerio de Defensa. Mi reclamo fue atendido y nos pagaron a todos, pero a
cambio me gané una sanción amañada de ocho días de arresto simple, firmada por
el general Ágreda Vargas, comandante general de la 32.ª BI, perteneciente a la
Región Militar del Norte.
Debido al proceso de cambios
del año fiscal 2006, fui destacado desde Caraz hacia el Cuartel General del
Ejército en San Borja, Lima, presentándome el jueves 1 de febrero de 2007. En
este inmenso complejo militar coexisten múltiples oficinas donde laboran
coroneles, comandantes, oficiales subalternos, técnicos, suboficiales y
empleados civiles. La Oficina de Personal quedaba en el primer piso. En un
rincón de aquel espacio permanecí sentado en una pequeña silla durante cinco
meses consecutivos sin hacer nada. A cada instante me preguntaba cómo había
llegado a ese lugar donde la gente pasaba el día entero concentrada en las
pantallas de los monitores con papeles en la mano. Los "dueños de la
institución", vulnerando mi formación técnica, me estaban arrinconando
contra mi voluntad en el grupo de los "papelucheros" de oficina. Tras
cumplir el primer mes en esa inactividad forzada, me animé a solicitar un
puesto de labor, pero me respondieron que, por orden superior, en la JATSOE aún
no decidían mi nuevo destino. Comprendí entonces que mi situación era crítica.
Una marea de ideas comenzó a revolverse en mi cabeza: ¿Me someterán a un
consejo de investigación? ¿Me darán de baja? ¿Qué me sucederá? Lo único que
quería era salir de ese largo castigo. Sentado en aquella silla, recordaba a
cada instante los años de felicidad que pasé en las unidades de combate,
especialmente mis vivencias en la infantería; extrañaba las carreras de diez
kilómetros, las prácticas de tiro con fusil, los disparos de mortero y la
instrucción del material de comunicaciones de campaña.
En la Oficina de Personal me
tenían sumamente controlado durante todo el día; debía pedir permiso tanto para
ir al baño como para salir al rancho del mediodía, y a mi retorno siempre tenía
que dar cuenta. Durante ese lapso, en la Inspectoría de dicha dependencia me
sometieron a interrogatorios bajo la acusación de ser terrorista y comunista.
En el Perú, lamentablemente, ser anticorrupción y patriota se ha convertido en
sinónimo de terrorismo; este tipo de señalamientos es muy común en el ámbito
político peruano, especialmente durante las campañas de elecciones
presidenciales. En ese trance permanecí hasta el 30 de junio, sintiendo en esos
momentos que todos a mi alrededor eran mis enemigos.
A pesar de la presión, yo
continuaba reclamando e insistía en todo momento para retornar al Batallón de
Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 en Caraz, o para ser enviado a un
batallón de combate en el VRAEM. Ante mi insistencia, en la JATSOE me propusieron
laborar en el Batallón de la Policía Militar N° 511; su intención era verme con
un casco blanco, parado en la puerta de las oficinas. Me negué por completo a
esa asignación, haciendo respetar mi especialidad como mecánico y operador de
comunicaciones del Ejército.
Señor Técnico Supervisor
General del Ejército: usted no se da cuenta de que, desde el año 2000, el
Comando del Ejército nos ha convertido en mediocres en nuestras respectivas
especialidades. Esto lo han logrado a través de falsas capacitaciones basadas en
simples paporretas y mediante ascensos al grado inmediato superior otorgados
sin exámenes reales. Si en estos momentos se sometiera al personal de técnicos
y suboficiales a un riguroso examen en sus respectivas especialidades y de
esfuerzo físico, estoy seguro de que el 50% resultaría desaprobado y tendría
que ser dado de baja por inaptitud profesional y física.
