Bajo el Cielo de los
Comunicantes en Puno Perú.- Todos
los que hemos pasado por los cuarteles de la Costa, Sierra y Selva guardamos
una íntima experiencia de la vida militar. Cada uno posee su propia visión y ha
alcanzado distintos logros en la institución; algunos somos patriotas, mientras
que muchos otros son oportunistas que solo buscan oscuros beneficios. También
están quienes llevan el uniforme simplemente como un medio de subsistencia y
envejecen arrinconados detrás de un escritorio, para luego pasar a la situación
de retiro con todos los honores, entre discursos y abrazos.
Mi trayectoria en el Ejército
comenzó en enero de 1984 y se extendió durante 35 años, seis meses y quince
días. Cumplí con mi deber en el Servicio Militar Obligatorio como soldado de
tropa durante dos años; luego, estudié tres años en la Escuela Técnica del
Ejército para graduarme como suboficial. Desde aquellos tiempos, el uniforme de
campaña se convirtió para mí en una distinción constante e inextinguible.
Cambiaron los colores y los modelos, pero cada uno de ellos marcó de forma
ineludible mi conducta.
Pasé los mejores años de mi
existencia en unidades de combate vistiendo el uniforme de campaña, la mayor
parte del tiempo en lugares remotos, desiertos y en la selva, un lapso en el
que jamás me beneficié con viáticos ni cambios de colocación de favor. En la
década de 1990, presté servicios en batallones contrasubversivos con
permanencia en bases de la Sierra y la Selva. Asimismo, en febrero de 1995,
combatí en el Valle del Alto Cenepa contra las tropas invasoras del Ecuador, un
escenario donde estuve a punto de perder la vida.
En los últimos años, con la
incorporación de la mujer al Ejército, ellas comenzaron a participar junto a
los varones en los entrenamientos y exámenes de esfuerzo físico. En esas
circunstancias, me impuse una estricta consigna personal: ninguna mujer, por
más joven que fuera, debía superarme en las pruebas físicas. Sin embargo, el
día en que una joven teniente de 26 años me ganó en la carrera de velocidad de
tres mil metros, tomé una decisión drástica. Dejé voluntariamente las filas del
Ejército al considerarme no apto para continuar con la vida castrense y
solicité mi pase a la situación militar de retiro. Si ya no puedes correr ni
hacer planchas al ritmo de la tropa, es mejor dar un paso al costado; es
preferible abandonar la institución por convicción antes de que te den de baja
por considerarte viejo y obsoleto.
El 1 de junio viajé por
motivos de salud al Hospital Militar Central en la ciudad de Lima, donde
permanecí hasta el 25 de ese mes. Aproveché ese tiempo para tramitar mi pase a
la situación de retiro, por lo que me apersoné a la JATSOE para consultar los requisitos.
De conformidad con lo dispuesto en el DS N° 003-82 CCFFAA del 28 de abril de
1982, preparé toda la documentación y le entregué el expediente al delegado de
la Brigada para que lo remitiera por la vía más rápida a la guarnición de Puno.
Allí, el comandante Riojas y el General de Brigada Marcelo Valverde Neyra
firmaron la solicitud sin dilaciones y enviaron de inmediato el expediente al
Cuartel General del Ejército en San Borja, Lima.
De este modo, mediante la
Resolución del Comando de Personal del Ejército N° 930 SJATSO/DACTSO N°
2/T/MTEL/02.00, firmada el 3 de julio de 2014 en el Fuerte “Manco Cápac” de la
4.ª Brigada de Montaña en Puno, se dispuso que a partir del 15 de julio yo me
encontraría en la otra orilla: la situación militar de retiro. Informé
oportunamente sobre mi situación laboral a la teniente Calizaya, oficial de
personal de la Compañía de Comunicaciones N° 4, pero ella me aclaró:
"Mientras no vea en mis manos tu resolución de pase a la situación militar
de retiro, continúas de servicio". Con ese argumento, me nombró para
cumplir la denominada "rueda chica" durante tres días seguidos. El viernes
11, sábado 12 y domingo 13 cumplí funciones como oficial de día; además, los
días 14 y 15 de julio continué desempeñándome como jefe del centro de
comunicaciones N°4.
El lunes 14 de julio me
encontraba como oficial de día saliente. Desde las primeras horas, el cielo
puneño se había vestido, como pocas veces, de un azul eléctrico; un tono que yo
llamaría, literalmente, el “color de los comunicantes”. Bajo ese firmamento me
estaba despidiendo del Ejército. Al finalizar el rancho con el personal de
tropa, me dirigí al almacén de armamento para realizar el relevo del material
con el oficial de día entrante. Como siempre, el control fue riguroso: contamos
físicamente los viejos fusiles FAL, las ametralladoras MAG, los lanzacohetes
RPG y las subametralladoras UZI. Eran armas de la década de 1970 que guardaban
mil historias en los campos de tiro. Al terminar, todo el material quedó
entregado sin novedad.
Recuerdo que, al finalizar las
actividades del relevo, todo el personal formó para la lista de diana. Como
siempre, el oficial de día saludó con energía: "Compañía, buenos días.
Subordinación y valor. ¡Atención a la lista!", a lo que todos
respondimos con fuerza. Presentía que aquella sería mi última lista de diana
vistiendo el uniforme digitalizado color arena; por ello, grabé en mi mente la
imagen del personal formado, todos con el cabello corto, frente al oficial de
día entrante. El frío de la mañana, cobijado bajo el brillante sol del estío
serrano, me abrazaba con fuerza a modo de despedida; era un ambiente puro, pero
a la vez muy triste. El reloj plateado SEIKO, que durante 25 años me había
acompañado en las bases contrasubversivas de la Sierra y la Selva, y en el
conflicto del Alto Cenepa de 1995, brilló esa mañana más que nunca. Fue
entonces cuando tuve la certeza de mi partida. Como si se tratara de una
película, todas mis vivencias en los cuarteles se proyectaron en mi mente:
desde mis inicios en la 9.ª División Blindada en Tumbes, en el año 1984, hasta
esos últimos instantes.
Al concluir la lista, vi que
se aproximaba el sargento mensajero. Presumí que traía noticias para mí y,
convencido de que mi tiempo allí había terminado, lo esperé. A su llegada, me
comunicó que mi resolución de pase a la situación militar de retiro, procedente
del Cuartel General del Ejército en Lima, ya se encontraba en la oficina postal
del Cuartel General de la Cuarta Brigada de Montaña. En ese momento volví a
mirar hacia arriba; el cielo infinito permanecía teñido de ese azul eléctrico
que, desde tempranas horas, me había anunciado una triste y silenciosa
despedida, sin abrazos, sin brindis y sin la ceremonia de despedida de la
bandera de guerra.
Aquel día, a las 10:00 horas,
salí del cuartel “Manco Cápac” con rumbo a la Comandancia General de la
Brigada. Caminé despacio, aún con la ilusión de una ceremonia de despedida.
Cuando llegué a la oficina postal y tomé el sobre, el corazón me retumbó en el
pecho. En el acto, procedí a abrir el documento que contenía la Resolución del
Comando de Personal del Ejército N° 930 SJATSO/DACTSO N° 2/T/MTEL/02.00,
firmada el 3 de julio de 2014.
De regreso, crucé con alivio
el viejo portón del antiguo cuartel “Manco Cápac” ante la atenta mirada de los
soldados de la guardia de prevención, pasando con el documento en la mano.
Doblando la curva, caminé entre los bosques de cipreses modelados por la mano
del hombre. Tras el breve recorrido, llegué a la esquina y contemplé el patio
de armas, que permanecía en completo silencio; ni por casualidad transitaba
nadie por las inmediaciones. Ante aquel sorpresivo vacío, avancé pensativo.
Crucé el inmenso patio y me presenté de inmediato en la oficina de personal
(S-1), donde la teniente de comunicaciones Eliza Calizaya y su adjunta, una
suboficial, recibieron mi resolución. Tras coordinar telefónicamente con el
mayor de comunicaciones Edgar López, jefe de la compañía, la oficial se volvió
hacia mí y me dijo: “Técnico, para usted no hay nada. El mayor dice que se
retire inmediatamente”.
Ante aquella ingrata
respuesta, cargada de discriminación e injusticia, me dirigí en el acto a la
oficina del mayor López, a quien encontré sentado en su escritorio revisando
unos documentos. La conversación fue breve pero sumamente tensa; el oficial no dejó
de mirar sus papeles en ningún momento, demostrando con su actitud que mis
peticiones no le importaban. En esos instantes, él era incapaz de comprender lo
que yo llevaba por dentro; mis anhelos de tantos años por despedirme de la
bandera de guerra se fueron al tacho. Pensé entonces que, muy posiblemente, el
oficial había recibido una orden superior y temía que, de acceder a mi
solicitud, su carrera pudiera verse perjudicada con una sanción. Le hablé de
mis 35 años y seis meses de servicios, y de mi calificación por acción de armas
como Defensor de la Patria. Aunque me escuchó, supe que mis palabras no tocaron
su corazón. Me retiré de ahí con una profunda frustración, con el dolor de
saber que no me permitieron despedirme de la bandera de guerra.
Fue entonces cuando el oficial
se animó a decirme: “Técnico, qué se va a hacer. Es una orden de la
superioridad, proceda a retirarse”. Él estaba cumpliendo al pie de la letra
la consigna del comandante General de la Brigada, quien, escondido detrás de su
escritorio, había emitido una orden precisa contra un soldado patriota; un
soldado tildado injustamente de “terrorista y comunista” en las Inspectorías y
en los sectores de Inteligencia. Mi anhelo de tantos años, el de despedirme de
la tropa formada en el patio de armas, no se cumplió. Ante la total
indiferencia de los oficiales, técnicos y suboficiales, no estreché la mano de
superiores ni de subalternos. En el acto, me retiré a la casucha que me servía
de alojamiento bajo un techo de calamina agujereado por todos lados. De
inmediato, me quité el que sería mi último uniforme de campaña digitalizado de
color arena y los borceguíes. Tardé una hora en guardar mis pertenencias en la
maleta y en mi bolsa de impedimenta, y, en completo silencio, me retiré de la
Compañía de Comunicaciones N° 4. Mientras caminaba hacia la guardia de
prevención, nadie se asomó por las ventanas. Cargando a la espalda el pesado
bulto, crucé el viejo portón ante la mirada silenciosa del personal de tropa de
la guardia. Me retiré para siempre.
En el Ejército del Perú parece
haber un lugar preferencial para aquellos que trabajan dentro del círculo de
leales a los jefes corruptos y traidores; en ese espacio no caben los patriotas
leales a la institución y a la patria. Cuando esos incondicionales —mediocres
que han envejecido detrás de los escritorios agachando la cabeza— pasan a la
situación militar de retiro, para ellos sí hay ceremonias de despedida. Ellos
sí se despiden de la bandera de guerra, reciben estatuillas de oro, platos
recordatorios de plata, diplomas, brindis y discursos de elogio. Cabe
preguntarse: ¿por qué existen ceremonias de despedida para ese tipo de
personal?, ¿qué aportaron realmente durante sus largos años en la institución?,
¿qué méritos tienen?, ¿acaso inventaron algo? Sus supuestos méritos consisten
en haber permanecido robando el dinero del rancho de la tropa, el combustible
para la cocción de alimentos, el carburante de los vehículos de combate y de
apoyo, los uniformes de los soldados y hasta el dinero enviado por la ONPE para
el pago de viáticos durante los procesos electorales.
El gran mérito, considerado
excepcional para muchos técnicos y suboficiales, es haber trabajado por años
como choferes de los generales. Otros, envejecidos detrás de los escritorios
como "papelucheros", también son bien recompensados. Ni qué hablar
del personal del Servicio de Intendencia, que a lo largo de los años se ha
dedicado a "cutrear" el combustible y el rancho por orden expresa de
los "honestos y disciplinados" generales; mientras que, en las
unidades de combate, la gran mayoría opera como cómplice de los robos de los
comandantes. Estos "leales" venden su alma con la única intención de
obtener una buena calificación. Gracias a ese silencio cómplice, a fin de año
reciben como recompensa las notas necesarias para el ansiado ascenso. Los
miembros de este círculo son premiados con puestos en las embajadas de todo el
mundo y con el ascenso al grado máximo de Técnico jefe Superior. Cuando ellos
se retiran, hay fiestas y homenajes. Yo, en cambio, no recibí nada, ni un
saludo. ¿Quién se habrá quedado con el plato de plata que por derecho me
correspondía?
Desde el año 1990, en un
Ejército profundamente politizado, son pocos los elementos que brillan por sus
propios medios. En su mayoría predomina una masa de mediocres que, si se
sometieran a un examen estricto, serían dados de baja por no ser aptos en sus
respectivas especialidades; muchos de ellos sufren de sobrepeso y ni siquiera
aprueban los exámenes de esfuerzo físico.
En los cuarteles, ante las injusticias y la corrupción que cometían algunos comandantes, coroneles y generales, me convertí en un elemento recalcitrante. Por ello me gané enemigos de mucho peso, los mismos que, sin prueba alguna, se dedicaron a difamarme y me tildaron de terrorista y comunista.

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