El eco de las punas en
Huancabamba Urpay Pataz, La Libertad 1993
Huancabamba es un pueblo
colgado del cielo, un nido de adobe y tejas que desafía los vientos a casi tres
mil quinientos metros sobre el nivel del mar, en las entrañas de la provincia
de Pataz. Desde sus cumbres, el horizonte se quiebra para mostrar, al otro lado
del abismo, las siluetas lejanas de Llampao, Pincharacra y Arcaypata. Quienes
caminamos esos senderos bajo las lluvias implacables de marzo de 1993, llevamos
grabados en la memoria nombres que suenan a nostalgia y misterio: Parihuana,
Ucrumarca, Ushnu, Huasibamba y el histórico distrito de Taurija. Para la
patrulla Huascarán, aquellos parajes no eran solo mapas; eran el
escenario de una guerra silenciosa y fría contra el PCP Sendero Luminoso.
La historia que hoy recuerdo
con nitidez ocurrió meses después, el 21 de julio de aquel año. Eran las trece
horas con cuarenta y cinco minutos de una tarde densa. A lo lejos, ajena al
peligro, una columna subversiva del PCP Sendero Luminoso de ciento veinte
combatientes de la fuerza principal descansaba entre las sombras de Llampao,
Pincharacra y Arcaypata. Iban bajo el mando del temido camarada Gerardo.
Aquel grupo arrastraba tres
días de banquete y propaganda. Habían tomado la zona la noche del 18 de julio,
asaltando la casa hacienda del «Sordo» Gonzales, exalcalde de Tayabamba. En un
acto de calculada demagogia, sacrificaron sesenta y ocho reses en los corrales
de la hacienda y repartieron hasta el último pedazo de carne, oveja y becerro
entre las familias más empobrecidas, aquellas que, aun lamiéndose las heridas
del desastroso gobierno de Alan García Pérez, vieron en el saqueo un alivio
temporal. Granos, leche, queso y huevos cambiaron de manos. La hacienda quedó
reducida a escombros, una ruina que días después yo mismo verificaría in
situ con la patrulla Huascarán, recogiendo el testimonio asombrado
de los comuneros.
Pero el festín de los
subversivos terminó de golpe. Aquella tarde del 21 de julio, la patrulla Pantro,
compuesta por treinta soldados del Servicio Militar Obligatorio y liderada por
el teniente de infantería Castañeda Castro, apareció de la nada por la parte
alta. Venían desde la Base Contrasubversiva de la Mina Marsa, moviéndose como
fantasmas entre las rocas. El factor sorpresa casi fue total, pero las voces de
alerta de algunos campesinos rompieron el viento.
Los senderistas, viéndose
descubiertos, emprendieron una huida desesperada. Las autoridades locales me
contarían al día siguiente con asombro: «Se escaparon a toda velocidad. En
la prisa, cada uno metió una gallina viva en su mochila; ¡se llevaron más de
ciento veinte gallinas! Corrían hacia Huancabamba, que está justo al frente».
La patrulla de la Mina Marsa
no dio tregua y los persiguió con el corazón en la garganta. En plena carrera,
un soldado disparó un cohete RPG; el estruendo sacudió la cordillera, pero el
proyectil se perdió en la inmensidad del paisaje sin alcanzar su objetivo
debido a la enorme distancia. Ante el inminente choque de fuerzas, los alzados,
que se movían por las laderas con la agilidad de quienes conocen cada piedra,
intentaron bajar hacia el distrito de Huaylillas usando un cerro cónico como
escudo. En una maniobra confusa, dieron la vuelta en la base de la montaña y
volvieron a ganar altura. La patrulla militar, desorientada por la geografía,
perdió el rastro y terminó adentrándose en el distrito de Huaylillas.
Con la moral en alto tras
haber burlado la persecución a pie, la columna senderista ganaba las alturas con
dirección a Huancabamba creyéndose a salvo. Fue entonces cuando el cielo rugió.
Un helicóptero ruso MI-8 artillado apareció entre las nubes, barriendo la zona
con su mirada de acero, listo para el bombardeo. En un acto de astuta
desesperación, el camarada Gerardo ordenó a su gente meterse en la
escuela primaria del pueblo. Confundidos entre las aulas, camuflados entre los
niños y jóvenes que asistían a clases, los subversivos se convirtieron en
escudos humanos. El piloto de la aeronave dio tres vueltas sobre el espacio
aéreo, buscando un blanco claro que jamás encontró, y finalmente se retiró
hacia el horizonte.
Sin embargo, el asedio
constante de las patrullas terrestres y el acoso de los helicópteros empezaron
a agrietar la disciplina de la columna subversiva. El miedo caló hondo. En las
empinadas laderas de Huancabamba, la deserción tocó a la puerta de dos
muchachos reclutados a la fuerza. Uno era el camarada Peter, de apenas
dieciocho años y secundaria completa, arrancado de su centro de labores en las
chacras de coca en el departamento de San Martín; en su huida, abandonó entre
la maleza una ametralladora MGP-79A, propiedad de la Marina de Guerra del Perú,
abastecida con ocho cartuchos. El otro era el camarada Martín, de
veintiún años, analfabeto, capturado en las plantaciones cocaleras del Huallaga
para servir como leñador de la columna; él dejó atrás una vieja escopeta
retrocarga con cinco cartuchos.
Aquellos dos jóvenes caminaron
durante tres semanas largas y hambrientas por las punas desoladas. En agosto de
1993, exhaustos y arrepentidos, se entregaron voluntariamente en el cuartel del
Batallón Contrasubversivo N° 323, en Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión.
El tiempo pasó. Cumplidos mis
cinco meses de destacado en la Base Contrasubversiva de Tayabamba, regresé
también al batallón en Huamachuco el 31 de agosto. Una mañana de lunes de
septiembre, en el Fuerte «Mayor Santiago Zavala», tras finalizar la Lista de
Diana, el oficial de instrucción (S-3) me nombró instructor de temas de
subversión y manejo de equipos de comunicaciones HF (Alta frecuencia) para todo
el personal de tropa.
Frente a mí, formados como
reclutas y vistiendo el uniforme del ejército, estaban ellos: Peter y Martín.
El destino jugaba una de sus cartas más extrañas. Al terminar la instrucción,
el ex camarada Peter se me acercó con timidez, pero con paso firme.
Mirándome a los ojos, con una normalidad que me heló la sangre, me dijo:
—Mi suboficial... Martín y yo
estuvimos en la columna del PCP Sendero Luminoso que se desplazó desde Ongón
hasta Tayabamba con el camarada Gerardo. Usted se salvó de una muerte
segura en el caserío de Pampa Seca el 11 de julio.
El mundo pareció detenerse en
el patio del cuartel. Completamente sorprendido, conteniendo el aliento, los
llevé a un lado y comencé a interrogarlos. Les pregunté lo siguiente:
El juicio de la memoria con el
ex camarada Peter y Martín
—Siéntense —les ordené,
señalando un par de bancas de madera bajo la sombra del tinglado del Fuerte
«Mayor Santiago Zavala».
El eco de las botas de la
tropa marchando en el patio de armas se sentía lejano. Frente a mí, despojados
de la ferocidad que la propaganda senderista les imponía, Peter y Martín
parecían simplemente dos muchachos atrapados en el torbellino de una época
cruel. El primero, con la mirada despierta de quien ha leído libros; el
segundo, con las manos agrietadas por la labranza y el silencio propio del
analfabetismo.
Saqué mi libreta de apuntes.
El aire de Huamachuco era frío, pero mi frente perleaba sudor. Estaba cara a
cara con mi propio pasado, con el hilo invisible que me había salvado de la
muerte semanas atrás.
—Peter —empecé,
clavando mis ojos en los suyos—, dime la verdad. ¿Qué pasó exactamente en la
curva cerca al caserío de Pampa Seca, en el distrito de Ongón, el domingo 11 de
julio de 1993?
El muchacho tragó saliva, pero
su voz no tembló. Había una mezcla de respeto militar y alivio en su confesión:
—En esa curva, mi suboficial,
a dos kilómetros de Pampa Seca... usted volvió a nacer. Sobre un pequeño morro,
con un campo de vista amplísimo, los mandos habían preparado una emboscada
perfecta. Lo veíamos todo sin ser vistos. Para cada hombre de su patrulla,
teníamos listos cinco tiradores.
Hizo una pausa, mirando el
suelo del cuartel antes de continuar.
—Pero los mandos se
confundieron. Sabían por Inteligencia que su patrulla contaba exactamente con
veintiún hombres y conocían al detalle el armamento que portaban. Sin embargo,
aquel domingo, cuando los vimos aparecer por el camino con rumbo a Ongón, contamos
treinta y seis hombres desde los observatorios. Nos confundimos por completo.
No sabíamos que usted había colocado dentro de la columna a los civiles
viajeros con sus mochilas. Los mandos adujeron que andábamos cortos de munición
y granadas; pensaron que si aparecía más personal del ejército íbamos a perder.
Optaron por no atacar. Ustedes pasaron sin problemas a solo cincuenta metros de
nuestras posiciones.
Un escalofrío me recorrió la
espalda. Las mochilas de aquellos campesinos que nos acompañaban en la ruta
habían sido nuestros verdaderos escudos.
—Ese día jugaron a la política
en Pampa Seca —continué, recordando un extraño episodio—. ¿Es cierto que tus ex
camaradas intentaron emborracharme en el caserío? ¿Qué buscaban?
Peter
asintió levemente, con una sombra de sonrisa frustrada en el rostro.
—Sí, mi suboficial. Los mandos
ordenaron: «Hay que sorprenderlos haciéndonos pasar como profesores. Les
invitamos licor, los emborrachamos y les quitamos las armas». Ese era el
plan. Pero los designados regresaron al campamento más preocupados que nunca.
Usted les había dicho con total seguridad que venían más patrullas en camino y
que las Fuerzas Especiales de Lima estaban por aterrizar. Eso los descolocó por
completo.
—¿Y de verdad creían que era
tan fácil? ¿En otros lugares habían logrado quitar armas emborrachando a los
jefes de patrulla?
—Sí, ocurrió en el Huallaga
—respondió de inmediato—. Allá emborracharon a un capitán. En una sola noche le
quitaron quince fusiles FAL, un lanzacohetes RPG, abundante munición, cacerinas
y un equipo de radio Thomson TRC 372. Por eso pensaron que con usted resultaría
igual.
Giré la mirada hacia Martín,
que permanecía firme, escuchando con atención.
—Martín, hablemos de la
tarde del 21 de julio. El relato que me llegó decía que huyeron hacia
Huancabamba cuando apareció la aviación. ¿Qué ocurrió cuando el helicóptero
apareció en las proximidades de Parihuana, cerca de Huancabamba, mientras
escapaban hacia Taurija?
El muchacho, de hablar pausado
y rústico, respondió con sinceridad:
—Cuando apareció ese
helicóptero, mi suboficial, Peter y yo ya nos habíamos abierto de la
columna. Ya éramos desertores. Presumo que los compañeros que se quedaron se
habrán escondido en las casas, confundiéndose con los propios campesinos y los
niños de la escuela para evitar que el aparato los bombardeara.
Volví con Peter. Había
algo que me inquietaba profundamente de los choques armados en la sierra de
Pataz: la disciplina táctica de Sendero.
—Peter, tú viste el
movimiento de la columna desde adentro. ¿Cómo es la instrucción militar de los
combatientes de Sendero Luminoso? ¿Por qué se movían con tanta destreza?
—La instrucción en las filas
del partido es muy parecida a la que se imparte aquí en el Ejército —explicó
con naturalidad—. Enseñan las técnicas y tácticas de armamentos, patrullaje,
montaje, desmontaje y mantenimiento de todo tipo de fusiles. La única diferencia
es que la mitad del día se pasa en la escuela ideológica, repitiendo el
pensamiento del partido.
—Eso explica muchas cosas...
¿Es verdad entonces que hay licenciados del Ejército en sus filas?
Peter
asintió con gravedad.
—Muchos, mi suboficial. En la
columna del camarada Gerardo había dos exsargentos reenganchados y al
menos treinta licenciados del Ejército. La mayoría de ellos eran exclases,
sargentos que sabían perfectamente cómo operaba una patrulla militar. Por eso,
cuando la patrulla Pantro de la mina Marsa nos asaltó en Arcaypata por
la parte alta de Pincharacra, pudimos reaccionar.
El muchacho parecía revivir la
huida en su mente.
—Corrimos a toda velocidad, la
tropa no nos alcanzó. Desde el otro lado del cerro, algunos camaradas que eran
licenciados se burlaban a gritos de la ineficacia de los soldados. Pero cuando
la patrulla disparó el lanzacohetes RPG, el estruendo asustó a los mandos. Ante
la proximidad del peligro, corrimos hacia abajo simulando que íbamos a
Huaylillas; dimos la vuelta en la base de la montaña cónica y volvimos a ganar
altura. La patrulla militar se perdió en el camino y se fue equivocadamente
hacia el pueblo. Fracasaron en la persecución. Fue justo en medio de ese
descontrol en el cerro cuando Martín y yo vimos la oportunidad. Yo
arrojé el fusil MGP, que apenas tenía ocho cartuchos, y Martín botó su
vieja retrocarga. Corrimos hasta perdernos en la puna. Caminamos dos semanas
completas por las alturas, muriendo de frío, hasta que llegamos a Huamachuco
para entregarnos.
Al escucharlos, entendí el
cierre de un círculo perfecto. Ambos muchachos se habían acogido a la Ley del
Arrepentimiento decretada por el gobierno de Alberto Fujimori. Habían dejado
las filas del terror para ingresar voluntariamente al servicio militar obligatorio,
precisamente en el Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.
El destino, caprichoso y
circular, me había llevado de vuelta al Puesto de Comando tras cinco meses de
duros combates en la Base de Tayabamba. Ahora, aquellos dos antiguos enemigos
eran mis soldados. En las semanas siguientes, bajo el frío cielo de la libertad,
les impartí instrucción en el manejo de equipos de radio de Muy Alta Frecuencia
(VHF) y Alta Frecuencia (HF), preparándolos para las tácticas de una guerra
convencional y el patrullaje técnico. Demostraron ser hombres leales a su nueva
bandera.
El tiempo corrió como el agua
de los ríos de Pataz. En enero de 1995, el conflicto del Cenepa estalló en la
frontera norte con el Ecuador. El batallón fue movilizado y aquellos muchachos
marcharon junto a nosotros a defender la soberanía nacional. Permanecieron tres
meses en las líneas de fuego de Tumbes, demostrando el valor que alguna vez les
fue arrebatado a la fuerza.
Finalmente, en el mes lluvioso
de julio de 1995, Peter y Martín se licenciaron con honores,
vistiendo con orgullo el uniforme del glorioso Ejército del Perú.
A veces, cuando cierro los ojos, regreso a aquel mes de marzo de 1993. Me veo de nuevo marchando a pie bajo la lluvia torrencial, liderando a la patrulla Huascarán por los senderos de Huancabamba, Parihuana y Ucrumarca. Vuelvo a recorrer los caminos empinados de Jucusbamba, Ushnu y Huasibamba hasta llegar a Taurija. Eran los años del fuego y la ceniza, los tiempos en que Sendero Luminoso pretendía dominar las cumbres. Pero hoy, en el silencio de la memoria, aquellos nombres ya no suenan a peligro; suenan a la historia de los hombres que sobrevivimos para contarla.









