miércoles, 27 de marzo de 2019

LA PATRULLA "HUASCARÁN": CENTRO POBLADO DE HUANCABAMBA DISTRITO DE URPAY PROVINCIA PATAZ 1,993

El eco de las punas en Huancabamba Urpay Pataz, La Libertad 1993

Huancabamba es un pueblo colgado del cielo, un nido de adobe y tejas que desafía los vientos a casi tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, en las entrañas de la provincia de Pataz. Desde sus cumbres, el horizonte se quiebra para mostrar, al otro lado del abismo, las siluetas lejanas de Llampao, Pincharacra y Arcaypata. Quienes caminamos esos senderos bajo las lluvias implacables de marzo de 1993, llevamos grabados en la memoria nombres que suenan a nostalgia y misterio: Parihuana, Ucrumarca, Ushnu, Huasibamba y el histórico distrito de Taurija. Para la patrulla Huascarán, aquellos parajes no eran solo mapas; eran el escenario de una guerra silenciosa y fría contra el PCP Sendero Luminoso.

La historia que hoy recuerdo con nitidez ocurrió meses después, el 21 de julio de aquel año. Eran las trece horas con cuarenta y cinco minutos de una tarde densa. A lo lejos, ajena al peligro, una columna subversiva del PCP Sendero Luminoso de ciento veinte combatientes de la fuerza principal descansaba entre las sombras de Llampao, Pincharacra y Arcaypata. Iban bajo el mando del temido camarada Gerardo.

Aquel grupo arrastraba tres días de banquete y propaganda. Habían tomado la zona la noche del 18 de julio, asaltando la casa hacienda del «Sordo» Gonzales, exalcalde de Tayabamba. En un acto de calculada demagogia, sacrificaron sesenta y ocho reses en los corrales de la hacienda y repartieron hasta el último pedazo de carne, oveja y becerro entre las familias más empobrecidas, aquellas que, aun lamiéndose las heridas del desastroso gobierno de Alan García Pérez, vieron en el saqueo un alivio temporal. Granos, leche, queso y huevos cambiaron de manos. La hacienda quedó reducida a escombros, una ruina que días después yo mismo verificaría in situ con la patrulla Huascarán, recogiendo el testimonio asombrado de los comuneros.

Pero el festín de los subversivos terminó de golpe. Aquella tarde del 21 de julio, la patrulla Pantro, compuesta por treinta soldados del Servicio Militar Obligatorio y liderada por el teniente de infantería Castañeda Castro, apareció de la nada por la parte alta. Venían desde la Base Contrasubversiva de la Mina Marsa, moviéndose como fantasmas entre las rocas. El factor sorpresa casi fue total, pero las voces de alerta de algunos campesinos rompieron el viento.

Los senderistas, viéndose descubiertos, emprendieron una huida desesperada. Las autoridades locales me contarían al día siguiente con asombro: «Se escaparon a toda velocidad. En la prisa, cada uno metió una gallina viva en su mochila; ¡se llevaron más de ciento veinte gallinas! Corrían hacia Huancabamba, que está justo al frente».

La patrulla de la Mina Marsa no dio tregua y los persiguió con el corazón en la garganta. En plena carrera, un soldado disparó un cohete RPG; el estruendo sacudió la cordillera, pero el proyectil se perdió en la inmensidad del paisaje sin alcanzar su objetivo debido a la enorme distancia. Ante el inminente choque de fuerzas, los alzados, que se movían por las laderas con la agilidad de quienes conocen cada piedra, intentaron bajar hacia el distrito de Huaylillas usando un cerro cónico como escudo. En una maniobra confusa, dieron la vuelta en la base de la montaña y volvieron a ganar altura. La patrulla militar, desorientada por la geografía, perdió el rastro y terminó adentrándose en el distrito de Huaylillas.

Con la moral en alto tras haber burlado la persecución a pie, la columna senderista ganaba las alturas con dirección a Huancabamba creyéndose a salvo. Fue entonces cuando el cielo rugió. Un helicóptero ruso MI-8 artillado apareció entre las nubes, barriendo la zona con su mirada de acero, listo para el bombardeo. En un acto de astuta desesperación, el camarada Gerardo ordenó a su gente meterse en la escuela primaria del pueblo. Confundidos entre las aulas, camuflados entre los niños y jóvenes que asistían a clases, los subversivos se convirtieron en escudos humanos. El piloto de la aeronave dio tres vueltas sobre el espacio aéreo, buscando un blanco claro que jamás encontró, y finalmente se retiró hacia el horizonte.

Sin embargo, el asedio constante de las patrullas terrestres y el acoso de los helicópteros empezaron a agrietar la disciplina de la columna subversiva. El miedo caló hondo. En las empinadas laderas de Huancabamba, la deserción tocó a la puerta de dos muchachos reclutados a la fuerza. Uno era el camarada Peter, de apenas dieciocho años y secundaria completa, arrancado de su centro de labores en las chacras de coca en el departamento de San Martín; en su huida, abandonó entre la maleza una ametralladora MGP-79A, propiedad de la Marina de Guerra del Perú, abastecida con ocho cartuchos. El otro era el camarada Martín, de veintiún años, analfabeto, capturado en las plantaciones cocaleras del Huallaga para servir como leñador de la columna; él dejó atrás una vieja escopeta retrocarga con cinco cartuchos.

Aquellos dos jóvenes caminaron durante tres semanas largas y hambrientas por las punas desoladas. En agosto de 1993, exhaustos y arrepentidos, se entregaron voluntariamente en el cuartel del Batallón Contrasubversivo N° 323, en Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión.

El tiempo pasó. Cumplidos mis cinco meses de destacado en la Base Contrasubversiva de Tayabamba, regresé también al batallón en Huamachuco el 31 de agosto. Una mañana de lunes de septiembre, en el Fuerte «Mayor Santiago Zavala», tras finalizar la Lista de Diana, el oficial de instrucción (S-3) me nombró instructor de temas de subversión y manejo de equipos de comunicaciones HF (Alta frecuencia) para todo el personal de tropa.

Frente a mí, formados como reclutas y vistiendo el uniforme del ejército, estaban ellos: Peter y Martín. El destino jugaba una de sus cartas más extrañas. Al terminar la instrucción, el ex camarada Peter se me acercó con timidez, pero con paso firme. Mirándome a los ojos, con una normalidad que me heló la sangre, me dijo:

—Mi suboficial... Martín y yo estuvimos en la columna del PCP Sendero Luminoso que se desplazó desde Ongón hasta Tayabamba con el camarada Gerardo. Usted se salvó de una muerte segura en el caserío de Pampa Seca el 11 de julio.

El mundo pareció detenerse en el patio del cuartel. Completamente sorprendido, conteniendo el aliento, los llevé a un lado y comencé a interrogarlos. Les pregunté lo siguiente:

El juicio de la memoria con el ex camarada Peter y Martín

—Siéntense —les ordené, señalando un par de bancas de madera bajo la sombra del tinglado del Fuerte «Mayor Santiago Zavala».

El eco de las botas de la tropa marchando en el patio de armas se sentía lejano. Frente a mí, despojados de la ferocidad que la propaganda senderista les imponía, Peter y Martín parecían simplemente dos muchachos atrapados en el torbellino de una época cruel. El primero, con la mirada despierta de quien ha leído libros; el segundo, con las manos agrietadas por la labranza y el silencio propio del analfabetismo.

Saqué mi libreta de apuntes. El aire de Huamachuco era frío, pero mi frente perleaba sudor. Estaba cara a cara con mi propio pasado, con el hilo invisible que me había salvado de la muerte semanas atrás.

Peter —empecé, clavando mis ojos en los suyos—, dime la verdad. ¿Qué pasó exactamente en la curva cerca al caserío de Pampa Seca, en el distrito de Ongón, el domingo 11 de julio de 1993?

El muchacho tragó saliva, pero su voz no tembló. Había una mezcla de respeto militar y alivio en su confesión:

—En esa curva, mi suboficial, a dos kilómetros de Pampa Seca... usted volvió a nacer. Sobre un pequeño morro, con un campo de vista amplísimo, los mandos habían preparado una emboscada perfecta. Lo veíamos todo sin ser vistos. Para cada hombre de su patrulla, teníamos listos cinco tiradores.

Hizo una pausa, mirando el suelo del cuartel antes de continuar.

—Pero los mandos se confundieron. Sabían por Inteligencia que su patrulla contaba exactamente con veintiún hombres y conocían al detalle el armamento que portaban. Sin embargo, aquel domingo, cuando los vimos aparecer por el camino con rumbo a Ongón, contamos treinta y seis hombres desde los observatorios. Nos confundimos por completo. No sabíamos que usted había colocado dentro de la columna a los civiles viajeros con sus mochilas. Los mandos adujeron que andábamos cortos de munición y granadas; pensaron que si aparecía más personal del ejército íbamos a perder. Optaron por no atacar. Ustedes pasaron sin problemas a solo cincuenta metros de nuestras posiciones.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Las mochilas de aquellos campesinos que nos acompañaban en la ruta habían sido nuestros verdaderos escudos.

—Ese día jugaron a la política en Pampa Seca —continué, recordando un extraño episodio—. ¿Es cierto que tus ex camaradas intentaron emborracharme en el caserío? ¿Qué buscaban?

Peter asintió levemente, con una sombra de sonrisa frustrada en el rostro.

—Sí, mi suboficial. Los mandos ordenaron: «Hay que sorprenderlos haciéndonos pasar como profesores. Les invitamos licor, los emborrachamos y les quitamos las armas». Ese era el plan. Pero los designados regresaron al campamento más preocupados que nunca. Usted les había dicho con total seguridad que venían más patrullas en camino y que las Fuerzas Especiales de Lima estaban por aterrizar. Eso los descolocó por completo.

—¿Y de verdad creían que era tan fácil? ¿En otros lugares habían logrado quitar armas emborrachando a los jefes de patrulla?

—Sí, ocurrió en el Huallaga —respondió de inmediato—. Allá emborracharon a un capitán. En una sola noche le quitaron quince fusiles FAL, un lanzacohetes RPG, abundante munición, cacerinas y un equipo de radio Thomson TRC 372. Por eso pensaron que con usted resultaría igual.

Giré la mirada hacia Martín, que permanecía firme, escuchando con atención.

Martín, hablemos de la tarde del 21 de julio. El relato que me llegó decía que huyeron hacia Huancabamba cuando apareció la aviación. ¿Qué ocurrió cuando el helicóptero apareció en las proximidades de Parihuana, cerca de Huancabamba, mientras escapaban hacia Taurija?

El muchacho, de hablar pausado y rústico, respondió con sinceridad:

—Cuando apareció ese helicóptero, mi suboficial, Peter y yo ya nos habíamos abierto de la columna. Ya éramos desertores. Presumo que los compañeros que se quedaron se habrán escondido en las casas, confundiéndose con los propios campesinos y los niños de la escuela para evitar que el aparato los bombardeara.

Volví con Peter. Había algo que me inquietaba profundamente de los choques armados en la sierra de Pataz: la disciplina táctica de Sendero.

Peter, tú viste el movimiento de la columna desde adentro. ¿Cómo es la instrucción militar de los combatientes de Sendero Luminoso? ¿Por qué se movían con tanta destreza?

—La instrucción en las filas del partido es muy parecida a la que se imparte aquí en el Ejército —explicó con naturalidad—. Enseñan las técnicas y tácticas de armamentos, patrullaje, montaje, desmontaje y mantenimiento de todo tipo de fusiles. La única diferencia es que la mitad del día se pasa en la escuela ideológica, repitiendo el pensamiento del partido.

—Eso explica muchas cosas... ¿Es verdad entonces que hay licenciados del Ejército en sus filas?

Peter asintió con gravedad.

—Muchos, mi suboficial. En la columna del camarada Gerardo había dos exsargentos reenganchados y al menos treinta licenciados del Ejército. La mayoría de ellos eran exclases, sargentos que sabían perfectamente cómo operaba una patrulla militar. Por eso, cuando la patrulla Pantro de la mina Marsa nos asaltó en Arcaypata por la parte alta de Pincharacra, pudimos reaccionar.

El muchacho parecía revivir la huida en su mente.

—Corrimos a toda velocidad, la tropa no nos alcanzó. Desde el otro lado del cerro, algunos camaradas que eran licenciados se burlaban a gritos de la ineficacia de los soldados. Pero cuando la patrulla disparó el lanzacohetes RPG, el estruendo asustó a los mandos. Ante la proximidad del peligro, corrimos hacia abajo simulando que íbamos a Huaylillas; dimos la vuelta en la base de la montaña cónica y volvimos a ganar altura. La patrulla militar se perdió en el camino y se fue equivocadamente hacia el pueblo. Fracasaron en la persecución. Fue justo en medio de ese descontrol en el cerro cuando Martín y yo vimos la oportunidad. Yo arrojé el fusil MGP, que apenas tenía ocho cartuchos, y Martín botó su vieja retrocarga. Corrimos hasta perdernos en la puna. Caminamos dos semanas completas por las alturas, muriendo de frío, hasta que llegamos a Huamachuco para entregarnos.

Al escucharlos, entendí el cierre de un círculo perfecto. Ambos muchachos se habían acogido a la Ley del Arrepentimiento decretada por el gobierno de Alberto Fujimori. Habían dejado las filas del terror para ingresar voluntariamente al servicio militar obligatorio, precisamente en el Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.

El destino, caprichoso y circular, me había llevado de vuelta al Puesto de Comando tras cinco meses de duros combates en la Base de Tayabamba. Ahora, aquellos dos antiguos enemigos eran mis soldados. En las semanas siguientes, bajo el frío cielo de la libertad, les impartí instrucción en el manejo de equipos de radio de Muy Alta Frecuencia (VHF) y Alta Frecuencia (HF), preparándolos para las tácticas de una guerra convencional y el patrullaje técnico. Demostraron ser hombres leales a su nueva bandera.

El tiempo corrió como el agua de los ríos de Pataz. En enero de 1995, el conflicto del Cenepa estalló en la frontera norte con el Ecuador. El batallón fue movilizado y aquellos muchachos marcharon junto a nosotros a defender la soberanía nacional. Permanecieron tres meses en las líneas de fuego de Tumbes, demostrando el valor que alguna vez les fue arrebatado a la fuerza.

Finalmente, en el mes lluvioso de julio de 1995, Peter y Martín se licenciaron con honores, vistiendo con orgullo el uniforme del glorioso Ejército del Perú.

A veces, cuando cierro los ojos, regreso a aquel mes de marzo de 1993. Me veo de nuevo marchando a pie bajo la lluvia torrencial, liderando a la patrulla Huascarán por los senderos de Huancabamba, Parihuana y Ucrumarca. Vuelvo a recorrer los caminos empinados de Jucusbamba, Ushnu y Huasibamba hasta llegar a Taurija. Eran los años del fuego y la ceniza, los tiempos en que Sendero Luminoso pretendía dominar las cumbres. Pero hoy, en el silencio de la memoria, aquellos nombres ya no suenan a peligro; suenan a la historia de los hombres que sobrevivimos para contarla.



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