miércoles, 1 de mayo de 2019

PASARRAYA DISTRITO DE ALTO SAPOSOA SAN MARTÍN MIS RECUERDOS DE PATRULLAJE CONTRASUBVERSIVO 1994

Crónica en el Alto Saposoa y Agua Blanca: El Cruce del Río y el Último Patrullaje (1994)

Pasarraya es la capital del distrito del Alto Saposoa, en la provincia de Huallaga. Por las inmediaciones de este hermoso y acogedor distrito recorre el serpenteante y caudaloso río Saposoa, cuyas aguas de color marrón constituyen su principal característica, sobre todo durante las épocas de lluvia. Hoy, el tiempo se ha encargado de traerme el recuerdo de mis pasos por estas tierras, acontecidos durante la segunda semana de octubre del año 1994.

En el silencio de la noche, siendo las 01:30 horas, nuestra patrulla de cuarenta y dos hombres, procedente del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, marchaba en paralelo por las riberas del río Saposoa. Avanzábamos río abajo, buscando un puerto que nos permitiera cruzar hacia el sector sur del distrito. Después de caminar un largo tramo por una trocha flanqueada por la densa vegetación, hallamos un acceso y una pequeña balsa improvisada con maderas de topa. En la oscuridad, oculto en el monte, el río emitía murmullos amenazantes; nadie sabía a ciencia cierta los secretos que guardaban sus corrientes. Para algunos, cruzarlo nadando en plena oscuridad y con el uniforme puesto representaba una decisión de vida o muerte. De manera muy particular, yo era consciente de mis limitaciones en el agua; por ello, parado en la orilla, sentí cómo un profundo temor brotaba de mi alma. La distancia me parecía enorme para mis fuerzas: de orilla a orilla había más de sesenta metros. En ese instante, viví momentos de absoluto silencio, pero los minutos avanzaban implacables. Fue entonces cuando comprendí que el riesgo más grande en la vida es no arriesgar; el soldado que no arriesga nada, no hace nada y no es nada en este mundo.

En el lado sur del distrito de Agua Blanca existe un cerro con una mina de sal que los pobladores locales explotan para su consumo. En esta cadena de montañas serpentean trochas muy antiguas por donde también transitaban las columnas armadas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Debido a esto, las patrullas del Ejército nos movilizábamos constantemente hacia dicho sector, un terreno empinado y sumamente difícil de transitar, con la finalidad de ejecutar emboscadas. Por aquellas rutas caminé durante la última semana de octubre de 1994, en el que sería mi último patrullaje en la zona. En esa misión nos acompañaron cinco civiles del pueblo que operaban como ronderos; ellos cargaron a la espalda las municiones y granadas de reserva, así como nuestras provisiones y pertrechos de campaña.

Crónica en el Alto Saposoa: El Liderazgo de "Marte", el Hombre en Punta y el Diluvio en la Cumbre

La patrulla estaba bajo el mando de un teniente del Ejército a quien conocíamos con el seudónimo de loco "Marte". Graduado como comando, era un oficial excelente y altamente capacitado; aquella noche, en plena oscuridad y dando el ejemplo, se lanzó a la turbulenta correntada del río Saposoa. Llevaba enganchado a la cintura uno de los extremos de una soga con la cual jalaría la pequeña balsa improvisada, la cual iba cargada con los fusiles, las mochilas, el lanzacohetes RPG, el equipo de radio y el resto de pertrechos.

Los informes de inteligencia daban cuenta de que, durante la última semana de octubre, una columna subversiva de Sendero Luminoso se desplazaría por las trochas de la Mina de Sal. Por tal motivo, organizamos dos patrullas de veintiún hombres cada una y nos movilizamos hacia dicho sector con la finalidad de ejecutar una emboscada. El paisaje de la zona era impresionante, configurado por cataratas, cascadas y caminos sinuosos en medio del monte. En este patrullaje me desempeñé como "hombre en punta", avanzando cien metros por delante de los grupos de asalto y seguido a una distancia de diez metros por un sargento segundo. Durante la inmensa subida, marcada por pequeñas entradas y salidas dentro de una densa vegetación, caminé en un estado de total tensión; a pesar de mi fortaleza física, mis piernas ya no respondían y el cansancio era absoluto. Sin embargo, superando las dificultades, cumplí la misión. En este tipo de terrenos, el combatiente de vanguardia se encuentra siempre al borde de la muerte. El soldado que avanza lo hace en total desventaja, puesto que el adversario a la defensiva permanece bajo cubierta y abrigo, observándolo todo sin ser visto. Ubicados en puntos estratégicos y con amplio campo visual, los francotiradores enemigos no suelen fallar en esas situaciones y pueden eliminarte en cuestión de segundos; asimismo, uno queda expuesto a los encuentros inopinados. En estos desplazamientos en la selva, el primero en caer es el hombre en punta; ese es el riesgo real, pero gracias a Dios logramos coronar la cumbre más alta de la cadena de montañas sin novedad alguna, constatando que no había huellas recientes de subversivos.

A las 14:30 horas, el personal ocupó la parte más alta del cerro para descansar bajo la sombra de inmensos árboles. Los ronderos, habituados a la vida en el monte, alistaron de inmediato sus escopetas y salieron a cazar unas aves negras de cresta y pico rojo, similares a un pavo, conocidas en la región como paujiles. Retornaron con cuatro ejemplares que pelaron y prepararon rápidamente a la brasa; con esa carne nos alimentamos los cuarenta y siete hombres de la patrulla aquella tarde.

Tras esa austera cena a base de paujil, el contingente permaneció descansando bajo una temperatura agradable y soleada, por lo que decidimos pasar la noche en la cima del cerro. Al caer la oscuridad, tendimos ramas sobre el suelo y las cubrimos con plásticos, acostándonos protegidos por lonas que hacían las veces de ponchos de jebe. A las 01:00 horas, nos sorprendió una lluvia torrencial e imparable, similar a un diluvio. De inmediato nos pusimos de pie con el uniforme empapado; empleamos cinco minutos en asegurar las mochilas y en cubrir los cañones de los fusiles con bolsas plásticas para protegerlos del agua. Acto seguido, iniciamos el descenso por una trocha angosta, colindante con profundos acantilados y en medio de una oscuridad absoluta, teniendo como destino el distrito de Pasarraya, en el Alto Saposoa.

La doctrina militar formal estipula que durante la noche no se debe encender ningún tipo de luz para no delatar la posición frente al enemigo; sin embargo, durante aquella marcha rompimos esas normas dictadas muchas veces desde los escritorios de tácticos mediocres. Si no hubiera sido por el uso de las linternas de mano aquella madrugada, muchos soldados habrían terminado en abismos de más de mil metros de profundidad, desde donde difícilmente se habrían podido rescatar sus restos. Protegimos nuestras espaldas, las mochilas y el armamento con plásticos, y continuamos la bajada manteniendo intervalos de medio metro entre hombre y hombre. En esta clase de misiones, el soldado debe priorizar siempre su fusil, pues sin él no es nada. Debíamos proteger el arma tal como lo ordenaba el instructor Gamboa en la película La ciudad y los perros: el fusil jamás debe tocar el suelo; es preferible romperse la cara antes que soltarlo. Para el soldado, el arma es tan importante como sus propios órganos vitales. Con esas mismas frases, casi al pie de la letra, advertimos e instruimos a la tropa para el cuidado del armamento durante la marcha, exigiendo el correaje bien asegurado y el cañón apuntando hacia abajo para evitar el ingreso de la intensa lluvia. Avanzamos por una trocha sinuosa y sumamente resbaladiza por donde corría abundante agua y rodaban piedras, sorteando además inmensos árboles caídos que debíamos superar como si fuesen obstáculos de una pista de combate. Para este tipo de desplazamientos extremos no contábamos con ponchos de jebe reglamentarios ni con un botiquín de primeros auxilios para atender eventuales accidentes.

Crónica en el Alto Saposoa: El Abandono de la Montaña, el Retorno de los Recuerdos y el Cruce Crítico

Siendo las 07:45 horas, arribamos al flanco este del distrito de Pasarraya, capital del Alto Saposoa. Las montañas circundantes de este hermoso valle amanecieron abrigadas por una densa neblina que permaneció estancada durante largo rato, abrazada a la copa de los árboles; a lo lejos, se percibía el rugir amenazante del caudaloso y turbulento río Saposoa, el cual nos separaba de la localidad en mención. Ocupamos un emplazamiento estratégico donde hallamos dos viviendas con techados de hojas de plátano. El inmueble presumiblemente pertenecía a narcotraficantes, quienes, ante la inminente proximidad de la patrulla militar, habían escapado del lugar. En su huida dejaron una gran cantidad de hojas de coca en proceso de secado, tres sacos de arroz de excelente calidad y quince gallos de pelea en sus respectivos corrales. Aquella mañana, estos animales nos sirvieron de sustento para saciar el hambre, terminando todos en las ollas de campaña. Desde este punto, los cinco ronderos emprendieron el retorno hacia el distrito de Agua Blanca, habiendo cumplido exitosamente su misión de apoyo.

Descansamos durante todo el día en el inmueble abandonado. Como es evidente, tras consumir el suculento caldo preparado con los quince gallos de pelea, el personal se encontraba plenamente reconfortado. Al caer la noche, permanecimos uniformados y con los borceguíes puestos, en estricta alerta ante cualquier orden. En esas circunstancias, a las 02:00 horas, el sonido de una avioneta rompió el silencio; la aeronave sobrevoló el valle de forma casi circular, iluminando el terreno con potentes luces. La presencia de un vuelo a esa hora de la madrugada evidenciaba que se trataba de narcotraficantes. Por tal motivo, el comando ordenó formar de inmediato a la patrulla en plena oscuridad, iniciando una marcha a paso largo con destino al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis, en el Alto Saposoa. Avanzamos por una trocha cubierta de densa vegetación hasta alcanzar nuevamente las orillas del río Saposoa. Debido a las intensas lluvias de la madrugada anterior, el caudal se encontraba sumamente crecido y violento. En un pequeño puerto ribereño hallamos una balsa hecha de maderas de topa. A esta precaria embarcación, el teniente "Marte" amarró una soga de sesenta metros y, demostrando un valor ejemplar, se lanzó al agua uniformado en medio de la total oscuridad. Nadó contra la corriente para trasladar la línea hasta la orilla opuesta, desde donde nos esperó. Una vez posicionado, ordenó al grueso de la tropa cruzar nadando en grupos de cinco en cinco. Mis respetos absolutos para los soldados nativos de la selva: su destreza para la natación en ríos caudalosos es sobresaliente. En plena noche y con el uniforme reglamentario a cuestas, cruzaron nadando una distancia superior a los sesenta metros de margen a margen.

Por mi parte, permanecí en la orilla inicial junto a ocho soldados con la responsabilidad de asegurar el armamento y el equipo sobre la balsa de topa. Mientras ellos amarraban firmemente por ambos lados los fusiles, las mochilas, la ametralladora MAG, el lanzacohetes RPG y el equipo de radio Thomson TRC-340, mi mente se convirtió en un torbellino de dilemas y el temor caló profundamente en mí. En ese instante de tensión, acudieron a mi memoria los recuerdos de mi juventud: las épocas en que lograba nadar más de cien metros en una profunda represa de la hacienda agrícola Santa Rosa, en Sayán (Huacho), al norte de Lima; asimismo, recordé los nados en el río Pallar en Huamachuco y las inmersiones con mis compañeros en los profundos remolinos del río Chusgón durante mi Servicio Militar Obligatorio en el año 1978. Aquellas vivencias de antaño emergieron como un acicate de valor y moral, pero era consciente de que habían transcurrido muchos años desde entonces.

El entrenamiento recibido en los cuarteles se había limitado a piscinas de veinticinco metros y en traje de baño, preparación básica que no garantizaba en absoluto el éxito al cruzar un río crecido bajo una oscuridad impenetrable. En medio de aquella desesperación, el miedo físico fue inmenso; repetía para mis adentros: «¡Son más de sesenta metros, son más de sesenta metros!». Sin embargo, en mi condición de líder, no podía exteriorizar ni justificar el temor ante la tropa. Jamás había nadado uniformado de noche y mucho menos en condiciones de visibilidad nula. Llegué a contemplar la idea de subirme a la balsa junto al armamento, pero la vergüenza ante mis subordinados me lo impidió. Para evitar accidentes, los ocho soldados se distribuyeron en la seguridad de la embarcación, colocándose cuatro a cada lado para sostenerla. En ese momento, el oficial ordenó el cruce desde la otra orilla y el personal que ya había cruzado comenzó a jalar el cargamento con fuerza extrema a través de la soga. Ante la urgencia, me colgué de la parte posterior de la balsa, aferrándome firmemente a una soga gruesa entre las crucetas de la madera de topa sin soltarla por nada. Fuimos arrastrados por la corriente mientras el personal jalaba desde el otro lado. Al encallar el cargamento en la orilla opuesta, el teniente preguntó de inmediato: «¿Dónde está el suboficial? ¿Dónde está el suboficial?», pues la combinación de la oscuridad, la estrechez del terreno y el lodo denso dificultaron mi salida y me mantuvieron oculto por unos instantes. Una vez reunidos y con el uniforme completamente empapado, recuperamos el armamento y las mochilas. Reasumí de inmediato mi posición como hombre en punta en una trocha sumamente fangosa y de tránsito complejo. Ejecutamos una marcha forzada extenuante hasta el aeródromo del Centro Poblado Mayor de Rejis, lugar al que arribamos a las 06:40 horas. No hallamos ninguna evidencia física del aterrizaje de la aeronave que presumíamos de los narcotraficantes. Aquel desplazamiento nocturno, con todos los riesgos extremos a los que se expuso al personal, constituyó un error táctico y resultó en una jornada sumamente agotadora.

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