El Rugido de Cañones en Santa Úrsula: El Sacrificio de Leoncio Prado en Llanos de Huamachuco.-
El
martes 10 de julio de 1883, durante la feroz batalla de Huamachuco, el coronel
Leoncio Prado Gutiérrez combatía montado sobre un caballo moro, vistiendo un
dormán negro y pantalón piamontés; sobre su rostro curtido destacaba la
blancura de su frente bajo un cabello en desorden. En el fragor del combate,
Prado parecía multiplicarse, haciéndose presente en los puntos de mayor
peligro. Se le veía disparar personalmente los cañones emplazados en la loma
del cerro Santa Úrsula y, con la espada en alto, abrirse paso entre la masa de
combatientes. Su voz, ronca por la intensidad de las órdenes y los gritos de
aliento a los suyos, estaba casi afónica, apenas audible. Pese a ello, avanzaba
impertérrito entre las balas enemigas, que parecían respetar tanta bravura
mientras él sorteaba la muerte en cada movimiento. De pronto, el suelo tembló
bajo un estallido seco que levantó ascuas de fuego centelleante: una granada
había detonado a muy corta distancia. Al disiparse la nube de polvo, sus
hombres descubrieron al coronel tendido en tierra, pugnando en vano por
levantarse. Sus fieles asistentes, que corrían jadeantes tras él, alzaron su
cuerpo exánime. Con heridas de gravedad y una fractura severa en la pierna
izquierda, el héroe solo atinó a exclamar: «¡Mi caballo, mi caballo!». Ante el
inminente desastre, los soldados lo subieron con infinito cuidado a la grupa
del noble animal, donde uno de sus ayudantes lo sostuvo para emprender una
lenta retirada del campo de batalla a través del camino inca «La Escalerilla»,
con rumbo al caserío de Cushuro.
Al caer una tarde lúgubre y
enlutada, el herido y sus dos acompañantes ascendían penosamente por el
histórico sendero. El soplo helado del viento de la puna mitigaba el agudo
dolor de la pierna fracturada del combatiente, de cuyos labios no brotó un solo
gemido, queja o señal de arrepentimiento. En plena ruta, el grupo divisó a unos
jinetes y soldados de a pie que se aproximaban: era el general Andrés Avelino
Cáceres, acompañado por los pocos jefes y ayudantes que habían sobrevivido al
desastre. Al interrogar a la comitiva sobre la identidad del herido, Cáceres
escuchó una respuesta serena: «Mi general: soy el coronel Leoncio Prado. He
cumplido con mi deber». En ese instante, la montaña pareció enmudecer; unidos
en el infortunio, los presentes solo hallaron comprensión en el lenguaje del
silencio. Tras el breve encuentro, la marcha continuó. El coronel herido siguió
ascendiendo muy lentamente por aquellos parajes empinados, a más de 4000 metros
sobre el nivel del mar. Según el testimonio del coronel Samuel Alcázar, testigo
presencial de aquel desgarrador momento, la pierna rota del héroe colgaba
indefensa, moviéndose al vaivén del animal como el badajo de una campana.
La Cueva de Huaylillas:
Traición, Reloj de Oro y los Últimos Días de Leoncio Prado.- Las
sombras de la noche terminaron por cerrar el difícil camino inca «La
Escalerilla». Al volverse imposible continuar la marcha con el herido, sus
abnegados soldados trasladaron el cuerpo del coronel hacia una cueva ubicada en
la parte alta del cerro Huaylillas, justo en la cabecera de la laguna Cushuro.
Allí quedó tendido el héroe sobre pellejos de carnero, cubierto apenas con una
manta. En aquel desolado paraje, soportando el viento helado de la puna, sus
fieles soldados Patricio Lanza y Felipe Trujillo permanecieron junto a él en
todo momento, demostrando una lealtad a toda prueba en las horas más difíciles.
Durante dos días, Prado permaneció en la cueva consciente de que su fin se
aproximaba y de que las fuerzas lo abandonaban, sometido a una absoluta
inmovilidad por la gravedad de sus heridas y la fractura. No tuvo más compañía
—como lo reconocerían más tarde los propios cronistas chilenos— que la de sus
leales asistentes, quienes jamás pensaron en abandonarlo. Juntos compartirían
el mismo destino: ser capturados en ese refugio y trasladados al cuartel
general enemigo en Huamachuco.
Durante este cautiverio en la
montaña ocurrieron hechos de profunda carga emotiva. El miércoles 11 de julio,
el sacerdote Víctor Corrales, capellán del Ejército de la Breña, llegó hasta la
cueva enviado por el general Cáceres. El religioso le impartió la bendición al
coronel y se marchó, dejando al héroe debatiéndose entre la vida y la muerte,
bajo el cuidado vigilante de Lanza y Trujillo. Al día siguiente, en las
inmediaciones de la laguna Cushuro, los soldados contactaron a Julián Carrión,
un humilde campesino que vivía en una choza cercana, para pedirle que viajara a
Huamachuco en busca de medicamentos. Carrión aceptó la misión. Al carecer de
dinero, el coronel herido anotó las medicinas que necesitaba en el reverso de
un sobre que llevaba su nombre y le entregó al campesino su reloj de oro, un
valioso obsequio que los patriotas cubanos le habían otorgado y que conservaba
como recuerdo de sus campañas libertarias en la isla.
La tragedia que enlutaría a la patria comenzó a sellarse el jueves 12 de julio, cuando Carrión arribó a Huamachuco. Al intentar cumplir el encargo, entregó el sobre y el reloj a un intermediario que, por desgracia, no actuó con discreción y reveló la identidad del ilustre paciente. La noticia corrió rápidamente por el pueblo hasta llegar a oídos del alto mando chileno apostado en la Plaza de Armas. De inmediato, las fuerzas de ocupación capturaron al campesino y lo obligaron a confesar la ubicación exacta del refugio. Aquella delación involuntaria marcó el inicio del fin para el héroe de tantas jornadas gloriosas, cuya vida culminaría poco después ante un pelotón de fusilamiento, tras haber ofrendado su sangre en defensa de la nación.
La Sentencia Oculta: Captura,
Honor y el Destino Final de Leoncio Prado.- El día viernes 13 de julio, en
horas de la mañana, guiados por el detenido Julián Carrión los chilenos
organizaron un plan de captura al mando del teniente de artillería Aníbal
Fuenzalida Lazo, quien al mando de 50 hombres se constituyó a la cueva donde se
encontraba el oficial peruano herido, a quien lo hallaron tendido sobre
pellejos de oveja, tapado con una manta y con la pierna izquierda completamente
destrozado. El primero en llegar a la cueva fue el soldado chileno José Manuel
Poblete, en ese momento también se apersonó el cabo primero chileno Silvestre
Mellado, quien inmediatamente mandó dar aviso con Poblete al oficial al mando;
cuando llegó Fuenzalida, en el acto el coronel Prado le pidió al oficial
chileno para que le diera un tiro en la cabeza, porque sufría dolores atroces
por las heridas y la fractura. Capturado el coronel Leoncio Prado y sus
dos ayudantes, en horas de la tarde del mismo día lo trasladan al distrito de
Huamachuco.
El teniente Fuenzalida pensó
que por la gravedad de sus heridas y la fractura en la pierna izquierda del
prisionero el coronel Alejandro Gorostiaga le perdonaría la vida. Para el
traslado del oficial prisionero se preparó una camilla rustica y se bajó al
distrito de Huamachuco. Aquí Fuenzalida se presentó ante el mayor Fontesilla,
quien hizo colocar al oficial prisionero en una de las habitaciones de la casa
del señor Marino Acosta propietario del inmueble ocupado por los chilenos
convertido como Cuartel General de la artillería. En este inmueble permanecía
un ciudadano asiático "chino" que fue el cocinero de la familia
Acosta, quien cumpliendo la orden de su patrón durante la ocupación quedó al
cuidado del inmueble y como asistente de Prado durante su cautiverio. Prado se
hizo muy amigo del teniente Fuenzalida siendo a su vez visitado por muchos
jefes y oficiales chilenos, captándose la simpatía y confianza de todos, en
esos momentos nadie hablaba de fusilamiento, pero a él no se le escapó que se
pensase en ello, ya que los cirujanos chilenos se excusaron de cortarle la
pierna, o de curarlo. Al respecto, finalizado la guerra, en Santiago el
teniente Aníbal Fuenzalida, un año después de los hechos dijo lo siguiente:
"Que, si hubiera sabido que lo iban a fusilar, no lo hubiera tomado
prisionero".













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