sábado, 22 de agosto de 2026

LA 8VA DIVISIÓN DE INFANTERÍA DE LOBITOS: MARCHA NOCTURNA PARA LA CONQUISTA DEL CERRO "COYONITAS"

La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas. - El 10 de julio de 1987, el viento del desierto del distrito de Lobitos soplaba con fuerza. El norte peruano, entre algarrobos y dunas, parecía querer tragarse a los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio, con destino al cerro Coyonitas, ubicado en el distrito de El Alto, provincia de Talara.

Los cuatro batallones de infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios y el de Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de Infantería de Lobitos— se habían transformado en una hilera de lobos del desierto. Al frente de la división, el General de Brigada Atilio Rojas Herrada sabía perfectamente que el desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército extranjero. El reto era mayúsculo: cuarenta kilómetros a pie a través de laberintos de arena y sombras, con un único objetivo final: la conquista del cerro Coyonitas.

Eran las dieciocho horas cuando el portón metálico de la guardia de prevención del glorioso Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en el aire como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de soldados. Al salir del cuartel, nos desplazamos al compás del ruidoso balancín petrolero, aquel armatoste que nosotros conocíamos simplemente como «el zancudo»; nos despedía con su vaivén eterno, extrayendo el crudo de las entrañas de la tierra mediante su sistema de bombeo. Luego cruzamos por la tranquera del polvoriento Puesto de Control N° 2, custodiado firmemente por un oficial y dieciocho soldados del Servicio Militar Obligatorio (SMO). Al pisar la arena carrozable y avanzar para poner nuestras botas en la antigua Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición suave; fue un apagón rotundo que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz de las estrellas.

A la vanguardia, devorando kilómetros con paso firme, marchaba el mayor de infantería Fidel Vivar Anaya. A su lado, el operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso del equipo de radio AN/PRC-77 de fabricación israelí. Vivar era un jefe de los que ya escaseaban: campechano y de mirada franca, pero con una autoridad de hierro que no necesitaba de gritos para hacerse respetar. En su mente, sin embargo, la procesión iba por dentro; sabía que el éxito de la infiltración pendía de un hilo invisible.

Pronto, el plan táctico comenzó a fracturarse en la penumbra. Las compañías de fusileros empezaron a disgregarse, tomando rumbos distintos por las profundas quebradas del terreno. En aquellos cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció por completo. El silencio se volvió denso, roto únicamente por el silbido agudo del viento que jugaba con las ramas de los algarrobos y por el latido acelerado en las sienes de los soldados.

En la mañana de aquel mismo día, de cara a las maniobras, cinco cadetes de infantería de la Escuela Militar de Chorrillos habían arribado procedentes de Lima para realizar sus prácticas profesionales. Sin preámbulos ni anestesia, cada uno fue asignado de inmediato a las compañías de fusileros. Jamás en sus vidas habrían imaginado semejante recibimiento: pocas horas después de pisar el norte, ya se encontraban junto con la Tropa marchando en la inmensidad de la noche piurana.

—Mantenga el paso, operador —susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.

—Sí, mi mayor… pero la arena está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas que le cortaban la circulación de los hombros.

A la espalda de la tropa, las mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de plomo con cada hora transcurrida. Cada companía de fusileros dependía por completo de su operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a los jefes de las companías para su reporte de sus ubicaciones bajo el silencio de la noche. Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta. El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.

A la medianoche, el mayor Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo. El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra, encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de fijarse.

—Dos grados a la izquierda… —manifestó para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con todo los fusileros y la Compañía de Morteros.

Vivar se puso de pie y miró hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando el destello de un casco o el roce de un uniforme en las ramas de los algarrobos. Nada. El desierto se había tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el corazón. Sabía que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.

Junto al personal de la Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor, Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.

—¿Dónde estamos, mi mayor? —preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a calarles los huesos.

Vivar miró a su alrededor. Las dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.

—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los hombros.

El operador de radio interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.

—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada! ¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había dispersado las piezas del tablero.

Para los inexpertos cadetes de Chorrillos, la jornada se transformó en un bautizo de fuego inolvidable. Tras marchar a ciegas durante toda la noche por la hostil geografía, el desierto les cobró el derecho de piso: terminaron perdiendo sus mochilas con todo su equipo en la oscuridad. Al romper el alba, los extenuados jóvenes amanecieron tiritando y muriendo del gélido frío del desierto, aferrados únicamente al fusil asignado que les recordaba que ya no estaban en las aulas de la escuela, sino en el implacable corazón de la 8ª División.

No había tiempo para lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo. El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.

A las cinco de la mañana, nosotros, integrando la vanguardia junto al Mayor Vivar, logramos alcanzar una elevación que en la Carta Nacional figuraba con un nombre profético: la «Loma del Zorro». Desde esa posición estratégica, recortado contra las primeras luces del día, el cerro Coyonitas finalmente se hizo visible ante nuestros ojos; sin embargo, los instrumentos indicaban que todavía nos distaban ocho agónicos kilómetros de marcha. La tensión en la loma era máxima. El plan maestro del General Atilio Rojas Herrada estipulaba que el asalto simulado al campamento de los subversivos del PCP-Sendero Luminoso —una fuerza calculada en quinientos hombres que pernoctaban en las faldas del cerro— debía ejecutarse puntualmente a las 06:00 horas.

Pero el desierto ya había impuesto sus propias reglas. El reloj avanzaba implacable superando la hora cero y las compañías de fusileros seguían sin aparecer en el horizonte, devoradas por las quebradas. El tiempo se congeló en una tensa espera de tres horas bajo el sol naciente, hasta que recién a las ocho de la mañana el grueso de las tropas rezagadas comenzó a coronar la «Loma del Zorro».

Como era de esperarse en el ámbito militar, la demora desató llamadas de atención por todos lados. El rigor de la cadena de mando se hizo sentir con fuerza. Ante el Mayor Vivar, los capitanes y jefes de las compañías de fusileros adujeron en su defensa que la accidentada geografía, plagada de quebradas ciegas y profundos huecos, les había bloqueado el avance bajo la absoluta oscuridad de la noche, provocando que se perdieran irremediablemente en los cañones de arena. El factor sorpresa se había esfumado por completo debido a la geografía norteña. Ante el resultado de la maniobra, el comando de la 8ª División de Infantería tuvo que programar otra marcha para subsanar los errores, pero eso... eso ya es otra historia.

 

 

RECUERDOS DEL CUARTEL: BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ 1977

El costo del juramento con sangre. - La fría mañana del 5 de junio de 1977, un denso silencio envolvía las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112. Nos encontrábamos acantonados en el distrito de Caraz, en pleno corazón del Callejón de Huaylas, bajo la estricta disciplina que caracterizaba a la vida militar de la época. Aquel día, el capitán de ingeniería Raúl Hermosa Ramírez, un oficial natural del Cusco cuya sola presencia imponía temor, se desempeñaba como jefe de línea. La presión en el cuartel era palpable; faltaban apenas dos días para el 7 de junio, fecha sagrada en la que se celebraría la solemne ceremonia del Juramento de Fidelidad a la Bandera.

Los ensayos de orden cerrado eran implacables. Marchábamos una y otra vez sobre la explanada, buscando la perfección en cada paso. En medio de esa tensión, cometí una simple e involuntaria equivocación en un movimiento a pie firme. La reacción del oficial fue inmediata y desproporcionada. Enfurecido, perdiendo los papeles por completo, me propinó una feroz patada con la punta de su borceguí justo debajo de mi rodilla izquierda.

El impacto fue brutal. El cuero rígido del calzado militar me abrió la piel de inmediato, dejando una profunda herida lacerada que comenzó a sangrar profusamente. A pesar del dolor agudo que me nubló la vista, la férrea disciplina me obligó a mantenerme firme en las filas. No fue sino hasta horas más tarde, durante el ansiado periodo de descanso, cuando logré retirarme el borceguí en la intimidad de la cuadra. Al hacerlo, descubrí con horror que mi calcetín estaba completamente empapado de sangre. Aun así, el miedo a las represalias me hizo guardar un silencio sepulcral; tragué saliva y no emití una sola queja. En esas deplorables condiciones físicas, y con la herida expuesta al roce continuo del uniforme, tuve que continuar marchando hasta las 12 del día, bajo la radiación solar abrasadora del mediodía ancashino.

Con el paso de los días, la situación empeoró drásticamente. La zona afectada de mi pierna izquierda comenzó a tornarse de un color morado oscuro y se hinchó de manera alarmante debido a la infección. El dolor se volvió tan agudo e intolerable que me resultaba casi imposible apoyar el pie para caminar. Sin embargo, los sargentos de sección se mostraron implacables y desalmados; lejos de compadecerse, me amenazaban constantemente con castigos peores para evitar a toda costa que acudiera a la enfermería. Con un desdén que buscaba quebrar mi moral, me espetaban:

—Soldado, si por una simple herida ya pretendes visita médica, en una eventual guerra con Chile no soportarás los rigores de la vida extrema.

La situación se volvió insostenible. Una madrugada, sintiendo que la fiebre me consumía y que la pierna ya no me respondía, decidí arriesgarlo todo. Le pedí permiso al soldado que cubría el segundo turno de imaginaria, inventando una urgencia, y salí cojeando de la cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Una vez fuera, aprovechando las sombras de la noche y el silencio del cuartel, me desvié sigilosamente hacia la enfermería del batallón que estaba ubicado en las inmediaciones del Centro de Comunicaciones del Batallón. Muy pensativo ingresé arrastrando los pasos, esperando lo peor.

Al encender la luz y examinar la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de servicio se llevó las manos a la cabeza. Su rostro reflejó una mezcla de asombro y profunda indignación:

—¡Huevón! Estando con la pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habían pedido visita médica antes?

Aquel grito, mezcla de insulto y salvación, marcó el fin de mi calvario en las líneas de instrucción. Desde ese preciso instante, se me prohibió regresar a la cuadra de la Compañía de Comando y Servicios. Quedé internado de urgencia en la sanidad. Fueron necesarias tres largas semanas de aislamiento y la aplicación de decenas de dosis de penicilina para que mi cuerpo lograra vencer la infección y comenzara a recuperarme lentamente.

En aquella época de dictadura militar y tensiones geopolíticas, el maltrato físico y psicológico estaba normalizado en los cuarteles peruanos. Nadie se quejaba por esa clase de golpes; el silencio era un mecanismo de supervivencia. Los abusos eran el pan de cada día, y la situación se tornaba aún más feroz e implacable para aquellos soldados que eran etiquetados como indisciplinados. Mi cicatriz quedó como el verdadero y doloroso costo de aquel juramento que hasta el día de hoy me acompaña como si fuera una medalla o condecoración de mi paso por el ejército.

viernes, 21 de agosto de 2026

SERVICIO DE GUARDIA EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO HUASCARÁN N° 112 CARAZ 1977

Memorias de un centinela en Caraz. - Corría el año de 1977 cuando formé parte de la Compañía Comando y Servicios del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, en la región de Áncash. El 29 de septiembre de aquel año, el mismísimo día de mi onomástico, fui nombrado para el servicio de guardia. Por entonces, ostentaba con orgullo el grado de cabo del Servicio Militar Obligatorio. Al llegar la medianoche, me correspondió ocupar el puesto de centinela en la puerta principal durante el segundo turno, una guardia que se extendía desde las 00:00 hasta las 03:00 horas de la madrugada.

Permanecí aquellas tres interminables horas en la soledad del torreón principal, aferrado a mi fusil FAL, dotado con una cacerina abastecida de 20 municiones y la bayoneta calada. En medio de la penumbra y el aislamiento de la torre, cada cinco minutos tenía la obligación de "rugir", es decir, dar la voz de alerta a todo pulmón para comunicarme con el centinela del torreón número uno. Mi grito debía rasgar la densa quietud de la noche caracina, retumbando con fuerza: «Para el Perú la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la puerta principal, sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno, canta en tu puesto!». De inmediato, desde la oscuridad de las instalaciones, el otro centinela contestaba en el mismo tono: «¡Puesto de vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia número dos, canta en tu puesto!». De esa manera, a través de una cadena perfecta y coordinada de voces, nos manteníamos en un estado de alerta permanente.

A pesar de aquellos gritos desesperados por romper el silencio, el cansancio acumulado de la madrugada vencía implacablemente a algunos soldados. Quedarse dormido en los torreones significaba arriesgarse a lo peor: que el oficial o el sargento de ronda te quitaran el fusil FAL. En aquellos tiempos, permitir que te arrebataran el armamento reglamentario estando de servicio era considerado una falta gravísima. Desde el instante en que el arma desaparecía de tus manos, ya te sabías un hombre muerto. La masacre física y psicológica que esperaba al infractor al finalizar la guardia, ya fuera por parte del oficial o del sargento de guardia, era sencillamente implacable. No existía el perdón ni la clemencia; el castigo se cobraba de inmediato. El infractor amanecía haciendo interminables series de ranas, rampando sobre la tierra dura o plantado inmóvil bajo el frío glacial que descendía de las cumbres del callejón de Huaylas.

El día de mi cumpleaños pasé toda la jornada en constante actividad, con el casco de fibra firmemente puesto y cubriendo diversos turnos en los torreones, antes de asumir aquel exigente segundo turno en la puerta principal. Aquella noche, el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez se desempeñaba como oficial de guardia. Al finalizar mis tres horas de facción, cuando el relevo de la tropa se dispuso a cambiar los puestos, el suboficial me separó bruscamente de la fila. Se plantó con firmeza frente a mí y, con una voz cargada de dureza, me recriminó: «Perro, no has rugido ni mierda».

Bajo el injusto pretexto de que no había cumplido bien mis funciones, me ordenó repetir el turno como castigo, obligándome a enganchar de inmediato el tercer turno, que iba desde las 03:00 hasta las 06:00 de la mañana. Para colmo de males, en este nuevo y agotador lapso, me ordenó colocarme en el torreón en la posición "de cabeza", de modo que mis borceguíes quedaran apuntando hacia el cielo, simulando que mis botas eran mi testa. Por fortuna, como el servicio se realizaba estrictamente con el casco de fibra puesto, logré soportar la tortuosa posición apoyando la cabeza contra el suelo del puesto de vigilancia.

En aquellos tiempos, la vida en el cuartel era sumamente exigente, marcada por un régimen de sanciones extremas y un rigor inquebrantable. Hoy, después de casi cinco décadas de distancia, escribo este recuerdo para que las nuevas generaciones conozcan la verdadera naturaleza de lo que fue el Servicio Militar Obligatorio de antaño. En nuestra época no había espacio para las quejas ni para los llantos; no existían la Defensoría del Pueblo ni los organismos de Derechos Humanos que vigilaran el trato al soldado. Eran, simplemente, las etapas duras y rústicas de la vida que, para bien o para mal, los soldados del Perú supimos soportar con el frente en alto y el honor intacto.

viernes, 14 de agosto de 2026

ENTREVISTA CON EL GENERAL DE BRIGADA MARCELO VALVERDE NEYRA EN EL CUARTEL GENERAL DE PUNO PERÚ

Testimonio de Dignidad en el Altiplano: Frente a la Injusticia y el Hostigamiento Laboral. - El 28 de febrero de 2014, cuando llevaba casi un mes asignado a la Compañía de Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña en la ciudad de Puno, recibí la orden de presentarme en el despacho del señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra, comandante general de la gran unidad de combate. Siendo las 09.00 me desplacé a pie desde el cuartel Manco Cápac, vestido rigurosamente con el uniforme de diario A1, llegando a la comandancia general subí al segundo piso. Ingresé a la oficina cumpliendo estrictamente el protocolo y las normas reglamentarias para la entrevista con el señor Comandante General de la Gran Unidad de Combate.

El general, quien me esperaba a solas, me invitó a sentarme y abrió la conversación de manera directa:
—Técnico Miguel Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con su persona y su conducta. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus superiores, principalmente con sus comandantes de batallón. Hay que vivir en paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca. Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4. ¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?

Le contesté con firmeza, pero con absoluto respeto:
—Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos comandantes de batallón. Sin embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las leyes y de nuestros reglamentos; sobre todo, amo a esta institución y siempre trabajo para que el Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos batallones el Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He trabajado con comandantes de batallón que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE para los procesos electorales; también con comandantes que le robaban los uniformes a la tropa o que sustraían el combustible de los vehículos de combate y de apoyo. Incluso permitían el robo del combustible destinado a la cocción de alimentos, el cual se quedaba en el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las unidades, terminando ese dinero en los bolsillos de los señores generales.

Hice una pausa y continué detallando la precariedad a la que nos exponían:
—Mientras eso ocurría, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por todos lados para poder cocinarle a la tropa del servicio militar. En ocasiones, me vi obligado a utilizar el dinero destinado a la compra de víveres frescos y carne para adquirir esa leña. Cuando reclamé por estas injusticias a algunos comandantes y capitanes, bajo la sombra comenzaron a tildarme de resentido social, terrorista y comunista. Mi General, soy veterano de guerra; participé en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los miles de soldados que nada han recibido de la institución ni del Estado. El 9 de diciembre de 1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la presidencia de Alberto Fujimori, un grupo de 1200 combatientes calificados como Defensores de la Patria recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares americanos y un incentivo económico de tres mil soles. En cambio, el otro grupo de 2800 Defensores de la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos siquiera un saludo del Comando del Ejército ni del gobierno peruano.

Concluí mi descargo mirando fijamente la realidad de mi legajo:
—Es cierto que cada vez que presenté mis reclamos para recibir estos beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones amañadas. También es verdad que por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; las inspectorías, de manera abusiva, archivaron todas mis peticiones. Los malos elementos del Ejército han difundido informes falsos sobre mí sin prueba alguna. En las diferentes inspectorías de la Región Militar del Norte y en la inspectoría de la Segunda Región Militar en la ciudad de Lima, me han interrogado por resentido social, terrorista y comunista porque, para ellos, ser patriota y anti corrupto significa ser un criminal.

El general intervino nuevamente y concluyó de forma diplomática:
—Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones y ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí para actuar con justicia.

A lo largo del camino también encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad. Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la espera de un memorándum de destaque, me advirtió:
—No vaya a ser que te destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a tener problemas con el comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si fueran sus domésticos. Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho.

El capitán prosiguió explicándome su propia situación:
—Dueño de los malos tratos de ese comandante hacia mi persona, decidí solicitar mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo tranquilo.

Pasamos un par de horas conversando; yo le compartí mis experiencias en las operaciones del Alto Cenepa y él me relató sus vivencias en el VRAEM.

Llegó el mes de marzo y pensé que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones. Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los batallones se negaban a recibirme en sus unidades debido a los informes falsos que circulaban sobre mí.

Un día de ese mes, mientras cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, me miró sorprendido y me dijo en tono desafiante:
—¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una investigación y es muy posible que te sancionen con rigor.

En el acto, le respondí de frente y sin titubear:
—Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No gasten papel por gusto.

El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares; una vez allí decidí mi pase a la situación militar de retiro, me apersoné a la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General del Ejército y solicité mi pase a la situación militar de retiro.

jueves, 30 de julio de 2026

BAUTIZO DE FUEGO : BATALLON DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

"Los Hueveros": El primer tiro con FAL

—¡Frente a sus respectivos blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar, cargar!

La orden del oficial de tiro resonó en el aire frío como un latigazo. De inmediato, los doce reclutas repetimos la frase a todo pulmón; una respuesta mecánica que buscaba espantar el miedo mientras nos arrojábamos al suelo polvoriento. Con los fusiles ya apuntando al frente, la voz del instructor volvió a quebrar el silencio:

—¡Apunten... fuego!

Al mismo tiempo, el toque estridente del cornetero de servicio anunció el inicio de la descarga.

Apretar el gatillo por primera vez, sintiendo el rugido y el retroceso violento de la munición de guerra, es una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquier recluta. El nerviosismo flotaba en el ambiente, espeso y contagioso. A la espalda de cada fusilero, los sargentos monitores vigilaban como sombras, listos para corregir el más mínimo titubeo. De pronto, alguien rompió la tensión con el primer estallido y el resto lo secundó de inmediato en una reacción en cadena. Disparamos apurados, temiendo quedar rezagados ante un cronómetro implacable que devoraba los segundos de la serie.

—¡Alto el fuego! ¡Nadie dispara! ¡Fusileros... de pie!

La contraorden suspendió el estruendo. Los tiradores se incorporaron con movimientos torpes y pensativos. Arrastrando las botas, caminamos junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de blancos. El momento de la verdad aguardaba en las siluetas de cartón. Al tratarse del debut con el arma, la cruda realidad no tardó en aparecer: varios no habían acertado un solo impacto.

En la jerga del cuartel, a estos desafortunados se les llamaba coloquialmente «hueveros», y para ellos no había compasión. La sanción cayó de inmediato, severa y humillante. Consistía en cargar una pesada piedra sobre el hombro y emprender una marcha forzada hacia la cumbre del cerro más cercano. Desde la cima, con el pecho exigido por la altura y la vergüenza, cada uno debía gritar a los cuatro vientos: «¡Soy un huevero por no darle al blanco!», dejando que el eco de la cordillera multiplicara su castigo.

—¡Soldado Juan Pérez Valverde, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!

Las voces se perdían en la inmensidad del paisaje. Tras cumplir la penitencia en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, exhausto y con el hombro magullado. Ahí no terminaba el calvario: los monitores los aguardaban con los brazos cruzados, listos para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a la nada. Mientras el sol seguía su curso, los ejercicios continuaban.

miércoles, 15 de julio de 2026

POEMA AL CAERÍO DE PAMPA SECA ONGON PATAZ

 Caserío de Pampa Seca: El Camino de las Tres Sombras

Hay un camino dentro de la selva alta que muerde la roca,
un cordón de herradura que une dos mundos,
donde la sierra en la selva desboca
sus dolores más hondos y profundos.

Por esa ruta de frío y de ceja espinosa,
bajó la Patrulla Huascarán un día,
compartiendo la yuca y la mesa rústica,
siendo el único escudo en la noche sombría.
Soldados humildes de fusil y uniforme desgastado,
que en Pampa Seca hallaron un hogar hermano,
mientras el viento silbaba su desgarro
en el olvido eterno del suelo peruano.

Pero el sendero también guarda el espanto,
la huella sangrienta, el paso maldito,
las huestes rojas que sembraron llanto,
rompiendo la paz con su oscuro mito.
Sendero cruzaba con armas de muerte,
buscando el refugio de la densa neblina,
dejando a los pueblos a su mala suerte,
bajo la sombra que todo camina.

Y tras el terror, la miseria que empuja,
los traqueteros de carga pesada,
mochilas de polvo que el diablo dibuja,
subiendo la cuesta de madrugada.
Hombres de Urpay, de Tayabamba valientes,
que cargan la droga por falta de pan,
cruzando los ríos, doblando los dientes,
jugando la vida por donde se van.

Pampa Seca es testigo de lo que se esconde,
camino de sangre, de lucha y valor;
un pueblo olvidado que a nadie responde,
pero que resiste con fuerza y honor.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Poema a la “Patrulla Huascarán” Tayabamba Pataz

De Tayabamba salieron los soldados,
Base Trescientos Veintitrés de Pataz,
jóvenes del servicio, obligados,
a devolverle a la nación su paz.
Fue en las jornadas de un julio de fuego,
guerra interna de amargo sinsabor,
donde la vida se volvía un juego
frente al embate del bando subversivo.

Desde Pampa Seca, allá en Ongón,
se inició la marcha sin vacilar,
siguiendo el rastro, con resolución,
que el enemigo pretendía dejar.
Ciento veinte huestes de la subversión,
bajo el mando del «camarada Gerardo»,
marchaban con rumbo de destrucción,
desde Tocache sembrando su dardo.

Somos de la patrulla «Huascarán»,
glorioso brazo del suelo peruano,
ciento cincuenta y seis kilómetros de marcha van
a pie, cruzando el abismo serrano y la selva.
Día y noche en la puna inclementes,
en la densa vegetación de la selva,
dormitando a la intemperie, valientes,
esperando que la aurora devuelva.

Bajo un frío infernal de la altura,
sin rancho, sin viáticos ni un botiquín,
el soldado SMO con premura
marcha firme cuidando el confín.
Los políticos dicen sin pena
que presupuesto jamás ha existido,
mientras la tropa su copa llena
con el sueldo de hambre y olvido.

Sus hijos no van a las patrullas,
los ricos no arriesgan su propia piel,
mientras las calles se visten de bullas
ellos gobiernan desde su tropel.
Pero el soldado no pide favores,
la patria es el único y fiel ideal,
mis pies encallecidos, señores,
nunca exigieron descanso fatal.

viernes, 12 de junio de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" TRASLADA 70 RECLUTAS DESDE TAYABAMBA A HUAMACHUCO 8 DE ABRIL DE 1993

Aquel jueves 8 de abril de 1993, a las ocho de la mañana, el rugido bronco de dos camiones casi seminuevos contratados por la Oficina de Reclutamiento (OR) rompió el tenso silencio en las inmediaciones de la plaza de armas del alejado distrito de Tayabamba. En la Oficina de Reclutamiento, setenta jóvenes de la zona acababan de ser convertidos, de un plumazo y por la fuerza de la leva, en reclutas del Ejército del Perú. Bajo la mirada vigilante de la patrulla “Huascarán”, los muchachos subieron a las tolvas con el corazón en un puño. Entre sus manos apretaban rústicos costalillos llenos con algunas mudas de ropa y fiambres preparados a prisa por sus madres, muchas de las cuales se quedaban atrás, en la plaza, con las lágrimas en los ojos viendo partir a sus hijos hacia la incertidumbre. Les esperaba un viaje agónico y eterno de veinticuatro horas hacia el sector de La Cuchilla, sede del Batallón Contrasubversivo N° 323 del distrito de Huamachuco, provincia José Faustino Sánchez Carrión, La Libertad.

El miedo se sentaba con ellos en la madera del camión. Nadie podía olvidar que las rutas de Buldibuyo y Molino Viejo estaban malditas; hacía muy poco, la tierra aún sangrante de Frailones había sido testigo de una feroz emboscada que costó la vida a veintidós personas entre militares, policías y civiles. Con ese recuerdo quemándoles la mente, los motores arrancaron.

A paso lento, devorando las sinuosas curvas de la sierra, los camiones se internaron en la inmensidad de los Andes. La ruta era una trocha angosta, un serpentín de tierra y piedra suelta tallado a golpes en la falda de la cordillera, flanqueado por abismos verticales que devoraban la mirada. El traqueteo del viaje se mezclaba con un silencio espeso, casi asfixiante. Nadie hablaba; todos miraban hacia los cerros con los ojos muy abiertos, buscando entre las rocas escarpadas y el ichu seco cualquier destello de metal o movimiento sospechoso que anunciara el desastre. La noche nos cayó encima al pasar por la profundidad de la localidad de Chagual, justo donde la geografía se vuelve más hostil, encajonada entre cerros gigantescos que parecían cerrarse sobre nosotros como un manto pesado, agudizando la paranoia y el frío de la puna.

Como jefe de la patrulla, recuerdo perfectamente cuando nos cubrió el manto negro de la noche. Bajo esa inmensa penumbra avanzaban los camiones. Pasando Chagual, el relieve se volvió aún más traicionero, quebrado por curvas ciegas donde la visibilidad era nula. Cada cierto tramo, el primer vehículo se detenía en seco ante el peligro de un derrumbe provocado o una barricada oculta en la oscuridad. En esos momentos de máxima tensión, bajaban dos hombres de mi patrulla y avanzaban a pie con el fusil amartillado para verificar minuciosamente el camino, palpando el fango y las piedras, acompañados por el chulillo —el ayudante del camionero—. En esa ruta de muerte, rodeada de peñascos ideales para el ocultamiento del enemigo, los choferes sabían que el más mínimo error de cálculo los despeñaría al vacío o los entregaría a una emboscada, por lo que se aseguraban su propia supervivencia palmo a palmo a lo largo del camino.

Fue recién en las primeras horas de la mañana del viernes 9 de abril cuando la luz del nuevo día trajo consigo el milagro de la supervivencia, disipando la densa neblina que flotaba sobre los desfiladeros. Al fondo del camino divisaron los muros del cuartel en Huamachuco. El convoy logró ingresar a la base sin novedad alguna. Un suspiro colectivo de alivio recorrió el cuerpo de los setenta muchachos y de los soldados de la patrulla: atrás, perdido en la lejanía, había quedado el temido desfiladero de Molino Viejo, en el distrito de Cochorco. Aquel cañón era territorio de nadie, una garganta profunda de roca viva y pasajes estrechos, una zona de peligro absoluto donde las columnas del PCP Sendero Luminoso y sus aliados del narcotráfico solían aprovechar la ventaja de la altura para ejecutar emboscadas relámpago y robar armamento, sobre todo a los efectivos de la policía.

Para los hombres de la patrulla “Huascarán”, cruzar ese infierno geográfico sin pegar un ojo, con el camión intacto y la vida de los setenta civiles a salvo, significó la primera gran victoria de una guerra que apenas comenzaba.

miércoles, 10 de junio de 2026

DESPLIEGUE DE TROPAS EN EL SECTOR CHIRINOS SUYO PIURA TENSIÓN EN LA FRONTERA NORTE DEL PERÚ 1997

En 1997, el Perú era gobernado por el ingeniero Alberto Kenya Fujimori en un contexto de profunda incertidumbre geopolítica. Dos años antes, el 17 de febrero de 1995, se había firmado la Declaración de Paz de Itamaraty en la ciudad de Brasilia. Este documento se suscribió en presencia de los representantes de Argentina, Brasil, Chile y los Estados Unidos de América, en su condición de países garantes del Protocolo de Río de Janeiro del 29 de enero de 1942. A pesar de que dicho acuerdo se consolidó mientras las tropas de ambos países aún sostenían cruentos combates en el valle del Alto Cenepa, el paso del tiempo no había frenado las intenciones del gobierno de Ecuador de buscar una salida soberana hacia el río Amazonas. Por el contrario, la situación para ambos gobernantes se tornaba cada vez más difícil de manejar, dejando a las armas y a la guerra total como la única alternativa viable.

Ante la inminencia del conflicto, los entrenamientos se intensificaron para el personal de la 32ª División de Infantería, con sede en el cuartel "Ramón Zavala" de la ciudad de Trujillo. Fue así como el 21 de diciembre de 1997, por tercera vez en medio de la emergencia, un convoy militar partió desde aquellas instalaciones. En esa oportunidad, me desplacé junto al personal de la compañía de comunicaciones en una época marcada por el inicio de las lluvias y una densa humedad. Tras una dura jornada en la que tuvimos que cruzar un río empujando los vehículos, logramos ocupar nuevamente la llanura boscosa de la región de Chirinos, en el distrito de Suyo, departamento de Piura, justo al frente de la ciudad ecuatoriana de Macará.

Mientras las tropas permanecíamos desplegadas en el terreno, los diplomáticos de Perú y Ecuador intensificaban sus labores para lograr la ejecución definitiva del Protocolo de Río de Janeiro y el fallo arbitral de Braz Dias de Aguiar. Estos instrumentos jurídicos ratificaban al Perú la posesión total de todo el valle del Cenepa —un territorio que hasta entonces estaba delimitado pero no demarcado—, incluyendo la cota 1061, conocida como la falsa Tiwinza. Asimismo, se buscaba trazar la línea fronteriza en los 78 kilómetros pendientes comprendidos entre los hitos Cunhime Sur, 20 de Noviembre, Cusumaza Bumbuiza y Yaupi Santiago. No obstante, alegando razones de dignidad nacional, Ecuador condicionaba las negociaciones exigiendo la entrega de la falsa Tiwinza como parte de su territorio, aduciendo que allí descansaban sus muertos, que sus soldados habían resistido en ese lugar hasta la llegada de la misión de observadores militares de los países garantes y que jamás se habían rendido. Esta petición fue rechazada reiteradamente por el gobierno peruano, prolongando por más de dos años y medio unas intensas y estériles negociaciones diplomáticas que no lograban colmar las expectativas de ninguna de las dos naciones.

El sector de responsabilidad de la 32ª División de Infantería, con sede en la ciudad de Trujillo, comprendía los hitos Chiqueros y Gramalotal; un área extensa y accidentada donde realizamos minuciosos reconocimientos a pie. En la llanura de la región de Chirinos, el personal de comunicaciones nos desplegamos para tender cables de campaña WD-1/TT. Este cableado estructuró la red telefónica alterna, un elemento táctico indispensable para garantizar los enlaces durante el estacionamiento y el relevo de posiciones de las unidades de maniobra y de apoyo de combate. Asimismo, en la posición estratégica del cerro Chivato, instalamos estaciones de radio relay equipadas con sistemas IRA. Fue en ese exigente escenario donde probamos por primera vez en el campo el moderno sistema de comunicaciones asignado a las unidades de combate: el radio VHF-FM/PRC-730 V (S) CNR 900. Este equipo transmisor-receptor portátil de mochila operaba en muy alta frecuencia (VHF), ofreciendo 2320 canales de radiofrecuencia con una separación de 25 kHz en una gama de 30.00 a 87.975 MHz, lo que representaba un salto tecnológico crucial para la seguridad de nuestras transmisiones.

Mientras los diplomáticos de ambos países agotaban las vías políticas, principalmente a lo largo de 1997 y parte de 1998, las brigadas de la Región Militar del Norte intensificaron el entrenamiento en sus respectivas áreas de operaciones. Los batallones de infantería, grupos de artillería del entonces 32ª Brigada de Infantería ejecutaron un riguroso completamiento de cuadros, intensas prácticas de tiro y una revisión minuciosa de los planes de operaciones vigentes. Como parte de esta preparación disuasiva, realizamos patrullajes y reconocimientos a pie directamente sobre la línea de frontera, cubriendo sectores críticos como el centro poblado de La Tina, bajo la jurisdicción del distrito de Suyo, y la provincia de Ayabaca, región Piura

En el distrito de Suyo, perteneciente a la provincia de Ayabaca, Piura, se consolidó nuestro teatro de operaciones. Entre los sectores de Cachaco, Cachaquito, el cerro Chivato y la llanura boscosa de la región de Chirinos, el personal de reconocimiento, comunicaciones, artillería y morteros entrenamos intensamente en el mismo terreno. Estas localidades peruanas se sitúan estratégicamente frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, cuyo aeropuerto, el José María Velasco Ibarra, constituía nuestra meta principal de conquista en caso de iniciarse el conflicto. Para alcanzar este objetivo, el contingente de diversos batallones se sometió a un riguroso adiestramiento en una calurosa zona tropical. La instrucción abarcó desde el manejo analítico del fusil de dotación individual hasta el dominio de medios alámbricos —como el teléfono de campaña TA-312/PT y la central telefónica de doce abonados SB-22/PT— y sistemas inalámbricos en frecuencias VHF (muy alta frecuencia) y HF (alta frecuencia). Asimismo, perfeccionamos el tiro indirecto con morteros de 80 y 120 milímetros, posicionando al Observador Adelantado (OA) en la cima del cerro Chivato, y ejecutamos prácticas con ametralladoras, lanzacohetes RPG y los sistemas de armas más sofisticados de la época. En este proceso de adaptación, comprendimos que el éxito en el combate dependía de la resistencia física, el valor y la inteligencia de los combatientes; factores decisivos en la guerra moderna.

El esfuerzo logístico fue extremo: durante una semana completa marchamos por los cerros tendiendo el cable de campaña WD-1/TT. En misiones de reconocimiento, patrullamos varios kilómetros por las riberas del caudaloso y turbulento río Calvas, desplazándonos río abajo y río arriba en las inmediaciones del Puente Internacional que separa a ambas naciones. Durante estas incursiones, constatamos que en las faldas de los cerros que circundan la ciudad de Macará, las tropas ecuatorianas habían construido complejas líneas defensivas compuestas por trincheras y casamatas de concreto y ladrillo. Estas fortificaciones estaban dispuestas de forma escalonada para albergar a fusileros, sirvientes de armas colectivas y francotiradores, permaneciendo meticulosamente camufladas por la densa vegetación de la zona.

Hacia el mes de julio de 1998, la crisis alcanzó su punto de máximo retorno cuando se detectó que las tropas ecuatorianas se habían instalado nuevamente en diversos sectores del valle del Cenepa, en la región Amazonas. Con las negociaciones diplomáticas completamente estancadas, el escenario se redujo drásticamente a dos opciones: alcanzar una salida pacífica forzada o desatar una guerra a gran escala por todos los frentes. En este contexto de alta tensión, y como una primera medida orientada a desestabilizar el frente interno de Ecuador, el Servicio de Inteligencia del Perú llegó a planificar operaciones asimétricas extremas, incluyendo la ejecución de atentados con coches bomba en la ciudad de Quito, la capital ecuatoriana. Esta estrategia de guerra psicológica complementaba los planes de un ataque masivo y abierto, para el cual se habían analizado minuciosamente todas las capacidades y vulnerabilidades militares del adversario.

A la par de estos movimientos estratégicos, la vida diaria en los cuarteles reflejaba la excepcionalidad del momento. Entre 1997 y 1998, el pago de las remuneraciones a los oficiales, técnicos, suboficiales y personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio se realizaba en efectivo a través de las tesorerías de los batallones y subunidades. En medio de las planillas de pago y las boletas, comenzaron a distribuirse afiches oficiales firmados de puño y letra por el general de ejército y jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Nicolás de Bari Hermoza Ríos. Las proclamas contenían un mensaje tajante: "Ecuador no quiere firmar la paz, tenemos que actuar con decisión y valor atacándolos por todos los frentes hasta la victoria final, confío en ustedes". Sin embargo, esta consigna de ofensiva total colisionaba con los movimientos de la diplomacia. Ante la creciente sospecha de que el presidente Alberto Fujimori pretendía ceder territorio en Tiwinza con tal de asegurar el tratado, en las filas militares circulaban fuertes rumores de resistencia interna; la postura institucional del Ejército era clara en no ceder un solo centímetro de soberanía. Esta coyuntura dejó en evidencia los profundos desacuerdos y la fractura táctica que existía entre la clase política de turno y los altos mandos de las Fuerzas Armadas, quienes veían con desconfianza las concesiones en la mesa de negociaciones tras el esfuerzo desplegado en el terreno.

Al concluir la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995, el gobierno peruano concretó la adquisición a Bielorrusia de veintiún aviones de combate MiG-29 y dieciocho Sukhoi Su-25. Se trataba de material de segunda mano, cuyas deficientes condiciones técnicas generaron un profundo malestar en la Fuerza Aérea del Perú, debido a la alarmante falta de repuestos y de soporte técnico oficial por parte del fabricante. Las sospechas sobre este millonario desembolso de 536.6 millones de dólares se confirmaron trágicamente el 2 de diciembre de 1997, cuando un caza MiG-29 se precipitó a tierra en Chiclayo durante un vuelo de entrenamiento. Este accidente desveló que las aeronaves, presentadas meses antes con una espectacular campaña publicitaria, operaban en un estado deplorable y rayano en la chatarra. El valor real de la flota apenas alcanzaba los 132.2 millones de dólares, lo que evidenció una gigantesca sobrevaloración destinada al pago de comisiones ilegales. Investigaciones posteriores determinaron que esta red de corrupción benefició directamente a Vladimiro Montesinos Torres y al presidente Alberto Fujimori con sobornos individuales que superaron los 50 millones de dólares para cada uno, repartiéndose el resto del botín entre otros cómplices de la cúpula gubernamental.

La búsqueda de justicia frente a este oscuro negociado que puso en riesgo la soberanía nacional se prolongó por cerca de veinticinco años, alcanzando su sentencia definitiva en el año 2021. Para entonces, tanto Fujimori como Montesinos ya se encontraban purgando condenas de veinticinco años de prisión por graves delitos de corrupción y violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, el dictamen final generó una profunda indignación: a los demás coautores e implicados en la millonaria estafa se les impuso una pena de apenas cuatro años de privación de la libertad. De esta manera, la organización criminal logró retener e impunemente licuar aproximadamente el 66% del dinero total desembolsado por el Estado peruano, distribuyendo esa colosal fortuna entre utilidades ilícitas y el pago de dádivas.

Frente a las graves deficiencias de la flota aérea, el gobierno se vio obligado a repotenciar los aviones de origen francés Mirage 2000, así como los ya obsoletos cazabombarderos soviéticos Sukhoi Su-22, entre otras aeronaves. En lo que respecta al Ejército, la administración de Fujimori no adquirió material bélico de última generación ni sistemas modernos de comunicaciones de campaña para ejecutar la proyectada invasión a Ecuador. En su lugar, la estrategia se limitó a un masivo redespliegue logístico internos: desde la Región Militar del Sur, específicamente de Arequipa y Moquegua, se movilizaron los batallones de blindados con sus antiguos tanques rusos T-55, arrastrando consigo también a batallones de artillería e infantería del centro y sur del país. De este modo, cerca del 80% del material bélico destinado a la línea de fuego correspondía a adquisiciones realizadas durante el gobierno institucional del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970. En las trincheras, los fusileros dependíamos de nuestros viejos fusiles FAL, ametralladoras Uzi y ametralladoras MAG de los modelos 1958 y 1969; armamento que, en su gran mayoría, solo había sido repotenciado.

Esta falta de inversión derivó en un desorden y una improvisación absoluta en el frente logístico. Los batallones de combate carecían de camiones de apoyo orgánicos para trasladar al personal y los pertrechos hacia la frontera. El uso de vehículos civiles —como los volquetes requisados a las municipalidades y al Ministerio de Transportes— desató un grave conflicto técnico para las transmisiones: estos camiones operaban con baterías de 12 voltios de corriente continua (VDC), mientras que los equipos de radio vehiculares de VHF y HF del Ejército requerían estrictamente una alimentación de 24 VDC. Esta incompatibilidad impidió la instalación del soporte de comunicaciones en el transporte civil, quebrando la cadena de mando móvil. Pese a este caos organizativo, la moral del soldado peruano se mantuvo incólume; permanecíamos completamente mentalizados en la captura de la ciudad ecuatoriana de Macará, con la consigna táctica de asaltar sus entidades financieras y confiscar sus vehículos para sostener la marcha. No obstante, los planes de contingencia diseñados por las secciones de instrucción (S-3) demostraron ser inviables en la práctica: el plan de requisición de transporte privado fracasó rotundamente en zonas como Caraz, donde las empresas se negaron de forma tajante a entregar sus unidades y chóferes para el esfuerzo bélico.

El 30 de julio de 1998, tras participar en los desfiles por Fiestas Patrias, inicié un periodo de vacaciones por quince días con destino a la ciudad de Lima. Sin embargo, esa misma tarde, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, con sede en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, se comunicó telefónicamente con mis familiares en la capital para disponer mi retorno inmediato a la subunidad. Al llegar al domicilio e informarme de la urgencia, me comuniqué de inmediato con el despacho del Mayor EP Carlos Romero, quien de forma tajante ordenó: "Suboficial Pineda, por los medios más rápidos tiene que retornar a esta. Mañana pasa lista a las 06:00 horas, ¿comprendido?". Tras confirmar la orden, colgué la llamada sumida en la incertidumbre. Debido a la escasez de oficiales en aquella época, yo desempeñaba las funciones de Oficial de Logística (S-4), custodiaba los almacenes de repuestos de maquinaria pesada y de armamento, y además ejercía como jefe del Centro de Comunicaciones. Ante tales responsabilidades, supuse que se trataba de alguna pérdida en las instalaciones o del extravío de las llaves por parte de los sargentos que trabajaba con el suscrito. Cavilando sobre estos escenarios, me despedí presurosamente de mi familia y me dirigí al paradero informal de autobuses de Fiori, en la Panamericana Norte, donde abordé el primer vehículo hacia la ciudad de Huaraz. Tras viajar toda la noche, arribé a la capital de Áncash a las 05:30 horas del día siguiente, transbordando de inmediato a una combi hacia Caraz, adonde llegué a las 06:45 horas.

Al trasponer la puerta del cuartel tras una caminata apresurada, la escena me dejó completamente estupefacto. Lejos de un problema de almacenes, todo el personal militar se encontraba ya aprestado a bordo de los viejos volquetes de la Municipalidad de Caraz y del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. La subunidad permanecía en "Alerta Azul", el estado de máxima disposición que ordenaba el desplazamiento inmediato hacia la frontera para ocupar las posiciones asignadas frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, bajo el mando de la 32ª División de Infantería de Trujillo. Durante el 31 de julio y el 1 de agosto, las tropas permanecimos embarcadas y listas para marchar, en una tensa espera que encendía la ansiedad de todo el contingente. Finalmente, en la tarde del 2 de agosto, el Centro de Comunicaciones recibió un radiograma criptografiado de carácter "Oscar Papa" proveniente de la jefatura de división en Trujillo. El mensaje ordenaba suspender el desplazamiento a la línea de frontera hasta nueva orden. Con un profundo alivio mezclado con la adrenalina acumulada, procedimos a descargar los pertrechos de guerra, las provisiones y los equipos, mientras el personal de todos los grados guardaba sus bolsas de impedimenta y mochilas, desactivando así el amago de una invasión inminente.

El 10 de agosto de 1998, el abogado Jorge Jamil Mahuad Witt asumió la presidencia de Ecuador, cumpliendo el anhelo de Alberto Fujimori de negociar directamente con un nuevo interlocutor para alcanzar la paz. Ambos mandatarios implementaron una estrategia vertical denominada "diplomacia presidencial", un controvertido mecanismo que provocó la inmediata renuncia del ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Eduardo Ferrero Costa. Entre septiembre y octubre de 1998, Fujimori y Mahuad sostuvieron reuniones bilaterales en diversos países; si bien los detalles íntimos de aquellas citas quedaron en el campo de la especulación, los resultados jurídicos no tardaron en materializarse. En Brasilia, Mahuad aceptó finalmente la opinión técnica de los Países Garantes respecto a la demarcación de la Cordillera del Cóndor, validando el Protocolo de Río de Janeiro de 1942. Días después, el 5 de octubre en Washington, Fujimori accedió a una fórmula para salvar el honor militar ecuatoriano: otorgar a perpetuidad un terreno de un kilómetro cuadrado como propiedad privada, pero sin soberanía, en el área de la "Falsa Tiwinza", lugar donde se ubicaba el cementerio de las tropas de Ecuador. Conscientes de que esta salida encendería el debate público y militar en ambas naciones, los presidentes solicitaron formalmente al mandatario brasileño, Fernando Henrique Cardoso, y al presidente estadounidense, Bill Clinton, que los Países Garantes presentaran dicha fórmula como un arbitraje vinculante de "terceras partes", instando a los congresos de Lima y Quito a ratificarlo de forma inapelable. Esta concesión se materializaría meses después, el 11 de mayo de 1999, con la publicación de los Decretos Supremos N.º 011 y 012-99-PCM; resoluciones consideradas inconstitucionales por diversos juristas, mediante las cuales el Ejecutivo peruano declaró de necesidad pública y autorizó la transferencia formal de dicha propiedad en el distrito del Cenepa a favor del gobierno ecuatoriano.

El 26 de octubre de 1998 se selló formalmente la paz definitiva con la firma del Acta de Brasilia. Para legitimar el acuerdo, el gobierno de Fujimori declaró feriado nacional, dispuso el abanderamiento obligatorio de las ciudades y ordenó la realización de desfiles festivos en las plazas de armas de todo el país, movilizando a colegios, instituciones públicas y comités de programas sociales como el "Vaso de Leche". Sin embargo, las celebraciones civiles contrastaban drásticamente con el profundo descontento y la indignación que se respiraba en las instalaciones militares debido a la sesión de Tiwinza. Aquella mañana, en el cuartel de Caraz, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112 decretó día libre para el contingente: los oficiales, técnicos y suboficiales se replegaron a sus domicilios y el personal de tropa salió de paseo. Yo permanecí en el cuartel cumpliendo mis funciones como Oficial de Guardia en la puerta principal. Desde el puesto de prevención observaba en televisión las transmisiones desde Brasilia con un profundo sentimiento de frustración, mientras afuera las viviendas lucían la bandera nacional y la población se congregaba en la plaza de armas local para festejar una paz que sacrificaba territorio.

Alrededor de las 11:00 horas, la tensa calma de la guardia se rompió con la llegada apresurada de Héctor Crivilleros, subprefecto de la provincia de Huaylas. Exaltado, la autoridad política increpó: “¿Dónde está el jefe de la Compañía? ¿Por qué el personal militar no está en la plaza para iniciar la ceremonia?”. Le informé con serenidad que el jefe se encontraba en la ciudad de Huaraz y que la tropa gozaba de franco, permaneciendo únicamente el personal de servicio básico. La respuesta exasperó aún más al funcionario oficialista, quien pretendió imponer su jerarquía: “Yo soy el representante del gobierno y en este momento te ordeno que organices una escolta y te presentes en la plaza de armas para iniciar el desfile”. Ante su insistencia y su intento de trasponer la línea de la puerta principal por la fuerza, cerré el paso con firmeza militar y le ordené tajantemente que se retirara. Frente a su porfía, la indignación contenida por los manejos de la cúpula política se desbordó en una frase categórica: “Usted y su presidente traidor váyanse a la mierda y no me joda más”. Obligado a replegarse, el subprefecto se retiró murmurando amenazas de denuncias ante las instancias superiores, a lo que respondí con absoluta indiferencia y honor: “Informa a quien quieras y retírese”. Quince minutos después, los acordes de la banda de músicos marcaron el inicio del desfile en la capital de Huaylas; un acto donde, de manera inusual y como mudo testimonio de la digna resistencia de nuestra subunidad, ese día solo marcharon los civiles.

Desde la cúspide del poder político, los hilos de la crisis de agosto de 1998 se movían bajo una presión asfixiante. El propio presidente Alberto Fujimori calificaría posteriormente aquellos días como uno de los momentos más decisivos de su década de gobierno, consciente de que los ejércitos de Perú y Ecuador se encontraban una vez más frente a frente en la frontera, en una escalada que amenazaba con rebasar los límites de la Cordillera del Cóndor. La gravedad de la situación quedó al descubierto tras el retorno del canciller Eduardo Ferrero Costa de su último intento por frenar las hostilidades. Desconcertado, el mandatario escuchó al jefe de las relaciones internacionales admitir ante el Consejo de Defensa: “Presidente, me arrepiento de haber propuesto una solución diplomática, los ecuatorianos nos han traicionado. Ya no hay nada que hacer”. Con la diplomacia aparentemente agotada, las Fuerzas Armadas peruanas completaron sus aprestos para ejecutar una acción de fuerza inmediata orientada a desalojar las tropas infiltradas; un movimiento táctico que sumiría inevitablemente a ambas naciones en una guerra total. Sin embargo, en medio del inminente estallido, Fujimori apostó por un último margen de maniobra temporal: a escasos días de que el abogado Jamil Mahuad Witt asumiera la presidencia de Ecuador, intuyó que este nuevo gobernante sería el interlocutor definitivo para alcanzar un entendimiento. Bajo esa premisa, emitió una orden estricta de no iniciar ninguna medida de fuerza hasta que el mandatario electo tomara posesión del cargo.

La transición política del 10 de agosto de 1998 destrabó el conflicto. Durante su discurso de investidura ante el Congreso ecuatoriano, y frente a los dignatarios internacionales concurrentes, Mahuad formuló un llamado abierto a buscar de manera conjunta el camino definitivo hacia la paz. El gesto otorgó un respiro a la administración peruana e inauguró la fase de "diplomacia presidencial", un canal de comunicación directo entre ambos jefes de Estado que avanzó en la resolución de los asuntos pendientes hasta encallar en el punto más espinoso: la delimitación de la frontera. Para superar el entrampamiento sin romper la voluntad de pacificación, ambos mandatarios tomaron la determinación de someter el trazo final al arbitraje vinculante e inapelable de los Países Garantes. Previamente, y tras un arduo debate político en Lima y Quito, los congresos de las dos naciones aprobaron por amplia mayoría el compromiso de acatar el dictamen técnico de los garantes antes de que este fuese siquiera redactado, sellando así una apuesta histórica por la vía pacífica.

No obstante, esta alta arquitectura diplomática ignoraba el sentir y el pundonor militar que se custodiaba en las guarniciones. El 26 de octubre de 1998, mientras los presidentes rubricaban el Acta de Brasilia y el gobierno fujimorista decretaba el abanderamiento nacional en medio de festejos populares, las subunidades del Ejército masticaban la amargura de lo que consideraban una claudicación territorial. Fue en ese escenario de descontento generalizado donde las tensiones entre la clase política y los defensores de la frontera se hicieron tangibles en el cuartel de Caraz. El intento de instrumentalización por parte de las autoridades civiles del régimen, encarnadas en la figura del exasperado subprefecto provincial que pretendió forzar la participación de una escolta militar en las celebraciones de la plaza de armas, colisionó directamente con la dignidad del personal de guardia. El rechazo categórico a desfilar ante una paz que entregaba Tiwinza y la expulsión de la autoridad gubernamental del recinto militar no hicieron sino materializar la profunda fractura existente: aquel día, la firme resistencia de la guardia de prevención dejó los cuarteles en silencio, permitiendo que únicamente los civiles marcharan bajo los acordes de la banda.

martes, 2 de junio de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" : CASERÍO DE HUANAPAMPA TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 16 DE JULIO DE 1993

Huanapampa, Pataz: El retorno de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993).-Cuando salimos de la Puerta del Monte, aquella tarde el camino demostró no tener piedad. Nos enfrentamos a una cuesta empinada que parecía arañar el cielo de la puna. A más de 4,200 metros sobre el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso nos exigía un tributo amargo de sangre y sudor. Aquel era un territorio hostil, reservado únicamente para los verdaderos hombres de infantería.

A mitad del ascenso, descubrimos trincheras de piedra construidas por el enemigo. Como respuesta defensiva y señal de advertencia, el suboficial alzó su arma y disparó una granada de fusil Strin contra uno de los parapetos; la explosión retumbó en la inmensidad del cerro, dejando un eco denso a pólvora en el viento helado.

La subida se volvió un auténtico calvario. Avanzábamos apenas quince o veinte metros y las piernas, extenuadas, se nos quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no respondía. Sin embargo, con un esfuerzo supremo y el orgullo militar como único motor, coronamos la cima: un paraje desolado donde el frío calaba hasta el alma. Tras un breve descanso de treinta minutos en la cumbre de la montaña, por donde existe desde hace siglos un camino intermedio, iniciamos el descenso siguiendo el mismo sendero.

Al llegar a Huanapampa, el ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las autoridades y los comuneros salieron a nuestro encuentro, mirándonos fijamente como si vieran a un pelotón de fantasmas. En la zona ya se rumoreaba lo peor.

—¿Hay muertos en la patrulla? —preguntaban algunos curiosos entre murmullos.

De pronto, entre la multitud, apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado a nuestro jefe, el suboficial Miguel Pineda Ramírez, que desistiera de marchar hacia las zonas del distrito de Ongón. Al verlo con vida, la mujer rompió en llanto, lo abrazó con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento al Dios Todopoderoso. Segundos después, una joven estudiante de pedagogía llegada de Tayabamba se abrió paso sollozando:

—Suboficial, todos comentaban que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo vivo —dijo, estrechándolo en un abrazo genuino.

El pueblo entero se volcó a atender a sus protectores. Las autoridades nos condujeron al local comunal, donde aquella promesa que nos hacíamos en el camino se hizo realidad: platos rebosantes de comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en mano. Para combatir la gélida noche, los campesinos nos entregaron frazadas de lana de oveja tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional cama del hombre andino rural.

Sin embargo, el peligro no había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas, el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de evitar una sorpresa de Sendero Luminoso.

Aquella noche, ayudé al suboficial Pineda a acomodar dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo de tierra, justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras conciliábamos el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación nos amargaba el pecho. Sabíamos perfectamente que el hambre padecida durante esos diez días no era culpa de la geografía, sino de los generales delincuentes que, en complicidad con el comandante del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, se habían robado a manos llenas los viáticos de los soldados que poníamos el pecho en el frente.

Hoy, treinta y tres años después, la pequeña iglesia del caserío de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo a nuestro jefe; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».

lunes, 25 de mayo de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE CRUDA DE RES "LA PUERTA DEL MONTE" PATAZ 1993

Testimonio de la patrulla "Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz.- La tarde del viernes 16 de julio de 1993 lucía falsamente pacífica bajo un sol brillante. El resplandor del fuego andino caía a plomo sobre nuestras espaldas; éramos veintiún hombres los que conformábamos la patrulla «Huascarán». Con el fusil FAL firmemente sujeto en las manos, llevábamos el cuerpo cubierto por el mismo uniforme descolorido: la chompa verde modelo "Jorge Chávez", el pasamontaña y las botas gastadas. En ese instante, sentíamos el alma suspendida de un hilo.

Desde el caserío de Utcubamba, seguíamos el rastro fresco de una columna del PCP-Sendero Luminoso. Se trataba de ciento veinticuatro combatientes conformados por campesinos cocaleros procedentes de la provincia de Tocache, en la región San Martín. Aquel ejército guerrillero avanzaba invisible bajo el mando del implacable camarada «Gerardo», sembrando consignas, terror y muerte a su paso.

A las 13:30 horas, tras quince kilómetros de una marcha forzada que nos calaba hasta los huesos, el terreno finalmente cedió. Pusimos nuestras botas en el solitario paraje de Puerta del Monte, en la provincia de Pataz, a 3,365 metros sobre el nivel del mar. Aquel lugar era una auténtica bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de selva; hacia adelante, la helada puna.

Llevábamos los labios partidos, los ojos hundidos y el estómago vacío. Flotábamos en un limbo de privaciones tras nueve días de marcha constante, durmiendo a la intemperie con el fusil al pecho. Sobrevivíamos apenas a base de tragos de agua y plátanos verdes arrancados a toda prisa en los caminos de Ongón. El hambre ya no era una simple sensación; se había convertido en un animal salvaje que nos pegaba las tripas al espinazo.

Allí, donde el viento empezaba a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan Montes, un campesino de mirada esquiva y manos curtidas por el frío. Al romper la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de nuestra patrulla, contuvo el aliento. Bajo el techo de paja descansaba el botín del enemigo: dos piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado que aún goteaban sangre fresca.

—Jefe —nos habló el campesino con voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del militar—. Ayer llegaron los «compañeros». La mayoría se atrincheró en las alturas esperando emboscarlos. Otros bajaron a la pampa, fusilaron a mis toros bravos y comieron harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del helicóptero. Hoy a las once de la mañana se desplazaron con rumbo al caserío de Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son más de cien hombres, jefe. Tienen leñadores, cargadores de medicinas, andan bien armados, pero con pocas municiones.

El hombre hizo una pausa, queriendo ofrecer un aliento de paz que en esa cordillera no existía.

Pero en ese momento, a los hombres de la «Huascarán» no les importaban los fusiles enemigos. El hambre acumulada era un monstruo más feroz que cualquier columna subversiva. Olvidando el protocolo y la prudencia, los soldados del Servicio Militar Obligatorio se abalanzaron sobre los restos de carne que los terroristas habían abandonado esa misma mañana.

El paraje se convirtió en un escenario de supervivencia pura. El silencio tenso se rompió con el crujir de la madera. Algunos soldados improvisaron un caldo en las pequeñas ollas del campesino; otros, más desesperados, filetearon los trozos de res y los arrojaron directamente sobre las piedras calientes que el sol de mediodía había convertido en planchas de cocina.

No hubo banquetes solemnes, sino una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los veintiún soldados compartimos la comida con Cuto, Cucurucha y Blanca, los tres perros de la patrulla que arrastraban las costillas marcadas por la caminata y el hambre. Comieron en un mutismo casi sagrado. Era una carne semicruda, hervida apenas con un puñado de sal, un asado que todavía chorreaba sangre viva entre los dientes y sabía a hierro y a miedo. Sabían que devoraban la ración que el enemigo había dejado atrás en su huida, pero el estómago lleno trajo una bendición momentánea. Después de una semana de agonía, estaban satisfechos.

Sin embargo, la cordillera andina no perdona los regalos del enemigo.

Pocas horas después, la patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó violentamente, obligándolos a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4,000 metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura.

Las entrañas de los soldados se transformaron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos. El ascenso a las alturas se convirtió en un nuevo calvario, donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.