Huanapampa, Pataz: El retorno
de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993)
El reloj marcaba las 19:30
horas del 16 de julio de 1993 cuando los veintiún hombres de la patrulla
«Huascarán» divisaron a lo lejos, bajo la inmensa penumbra, la luz tenue de
algunos mecheros del caserío de Huanapampa. Atrás quedaban nueve días de caminata
ciega e interminable por el distrito de Ongón; días de mucho peligro ante un
inminente enfrentamiento contra las huestes subversivas del PCP-Sendero
Luminoso, marcados por el hambre, la lluvia y una frustración silenciosa que
les pesaba tanto como el armamento.
Horas antes, en el paraje
conocido como la Puerta del Monte, la fortuna les había dado la espalda. Una
columna de ciento veinte combatientes del Partido Comunista del Perú - Sendero
Luminoso, liderada por el implacable camarada «Gerardo», se les había escapado
entre los cerros. El clima andino jugaba a favor de la subversión: los
helicópteros de apoyo MI-8 jamás pudieron romper la muralla de neblina densa y
lluvia eterna que cubría el valle. Protegidos por esa mortaja gris, los
subversivos lograron huir de la selva hacia la sierra de Pataz por la ruta del
caserío de Pachacrahuay.
A las 15:10 horas, el
suboficial EP Miguel Pineda ordenó el repliegue definitivo desde la Puerta del
Monte. El cansancio mordía los huesos, pero los jóvenes y experimentados
hombres del Servicio Militar Obligatorio intentaban engañar a la fatiga con la
ilusión del regreso.
—Mi suboficial, hay fiesta en Huanapampa —le decían con los ojos brillando de
anticipación—. Ahí nos van a invitar comida en abundancia y harta chicha de
jora. Hay que avanzar como sea.
El camino no tenía piedad; era
una cuesta empinada que arañaba el cielo de la puna. A más de 4200 metros sobre
el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso exigía un tributo de sangre y
sudor. Aquel era un territorio reservado solo para los verdaderos hombres de
infantería. A mitad del ascenso, la patrulla descubrió trincheras de piedra
construidas por el enemigo. Como respuesta defensiva y advertencia, el
suboficial alzó su arma y disparó una granada de fusil Strin contra uno de los
parapetos; la explosión retumbó en la inmensidad del cerro, dejando un eco de
pólvora en el viento helado.
La subida se volvió un
calvario. Avanzaban quince o veinte metros y las piernas, extenuadas, se
quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no daba más. Con un
esfuerzo supremo y el orgullo militar como único motor, coronaron la cima: un
paraje desolado donde el frío calaba hasta el alma. Tras un breve descanso de
treinta minutos en la cumbre de la montaña, por donde existe desde hace siglos
un camino intermedio, iniciaron el descenso siguiendo el mismo sendero.
Al llegar a Huanapampa, el
ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las
autoridades y los comuneros salieron a su encuentro, mirándolos como si vieran
a un pelotón de fantasmas. En la zona se rumoreaba lo peor.
—¿Hay muertos en la patrulla? —preguntaban algunos curiosos entre murmullos.
De pronto, entre la multitud,
apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado al suboficial
Pineda que desistiera de marchar hacia Ongón. Al verlo con vida, la mujer
rompió en llanto, lo abrazó con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento
al Dios Todopoderoso. Segundos después, una joven estudiante de pedagogía
llegada de Tayabamba se abrió paso sollozando:
—Suboficial, todos comentaban que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo
vivo —dijo, estrechándolo en un abrazo genuino.
El pueblo entero se volcó a
atender a sus protectores. Las autoridades los condujeron al local comunal,
donde aquella promesa de los soldados se hizo realidad: platos rebosantes de
comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en mano. Para combatir
la gélida noche, los campesinos les entregaron frazadas de lana de oveja
tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional cama del hombre
andino rural.
Sin embargo, el peligro no
había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas,
el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de
guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una
pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca
de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de
evitar una sorpresa del PCP-Sendero Luminoso.
Aquella noche, el suboficial
Pineda acomodó dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo de tierra,
justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras conciliaba
el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación le amargaba el
pecho. Sabía que el hambre padecida durante esos diez días no era culpa de la
geografía, sino de los generales delincuentes que, en complicidad con el
comandante del Batallón Contrasubversivo N.° 323 de Huamachuco, se habían
robado a manos llenas los viáticos de los soldados que ponían el pecho en el
frente.
Treinta y tres años después, la pequeña iglesia de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo al suboficial; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».

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