Huanapampa, Pataz: El retorno de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993).-Cuando salimos de la Puerta del Monte, aquella tarde el camino demostró no tener piedad. Nos enfrentamos a una cuesta empinada que parecía arañar el cielo de la puna. A más de 4,200 metros sobre el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso nos exigía un tributo amargo de sangre y sudor. Aquel era un territorio hostil, reservado únicamente para los verdaderos hombres de infantería.
A mitad del ascenso,
descubrimos trincheras de piedra construidas por el enemigo. Como respuesta
defensiva y señal de advertencia, el suboficial alzó su arma y disparó una
granada de fusil Strin contra uno de los parapetos; la explosión retumbó en la
inmensidad del cerro, dejando un eco denso a pólvora en el viento helado.
La subida se volvió un
auténtico calvario. Avanzábamos apenas quince o veinte metros y las piernas,
extenuadas, se nos quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no
respondía. Sin embargo, con un esfuerzo supremo y el orgullo militar como único
motor, coronamos la cima: un paraje desolado donde el frío calaba hasta el
alma. Tras un breve descanso de treinta minutos en la cumbre de la montaña, por
donde existe desde hace siglos un camino intermedio, iniciamos el descenso
siguiendo el mismo sendero.
Al llegar a Huanapampa, el
ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las
autoridades y los comuneros salieron a nuestro encuentro, mirándonos fijamente
como si vieran a un pelotón de fantasmas. En la zona ya se rumoreaba lo peor.
—¿Hay muertos en la patrulla?
—preguntaban algunos curiosos entre murmullos.
De pronto, entre la multitud,
apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado a nuestro jefe,
el suboficial Miguel Pineda Ramírez, que desistiera de marchar hacia las zonas
del distrito de Ongón. Al verlo con vida, la mujer rompió en llanto, lo abrazó
con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento al Dios Todopoderoso.
Segundos después, una joven estudiante de pedagogía llegada de Tayabamba se
abrió paso sollozando:
—Suboficial, todos comentaban
que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo vivo —dijo, estrechándolo en un
abrazo genuino.
El pueblo entero se volcó a
atender a sus protectores. Las autoridades nos condujeron al local comunal,
donde aquella promesa que nos hacíamos en el camino se hizo realidad: platos
rebosantes de comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en
mano. Para combatir la gélida noche, los campesinos nos entregaron frazadas de
lana de oveja tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional
cama del hombre andino rural.
Sin embargo, el peligro no
había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas,
el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de
guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una
pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca
de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de
evitar una sorpresa de Sendero Luminoso.
Aquella noche, ayudé al
suboficial Pineda a acomodar dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo
de tierra, justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras
conciliábamos el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación
nos amargaba el pecho. Sabíamos perfectamente que el hambre padecida durante
esos diez días no era culpa de la geografía, sino de los generales delincuentes
que, en complicidad con el comandante del Batallón Contrasubversivo N° 323 de
Huamachuco, se habían robado a manos llenas los viáticos de los soldados que
poníamos el pecho en el frente.
Hoy, treinta y tres años después, la pequeña iglesia del caserío de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo a nuestro jefe; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».

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