martes, 2 de junio de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" : CASERÍO DE HUANAPAMPA TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 16 DE JULIO DE 1993

Huanapampa, Pataz: El retorno de la patrulla «Huascarán» (16 de julio de 1993).-Cuando salimos de la Puerta del Monte, aquella tarde el camino demostró no tener piedad. Nos enfrentamos a una cuesta empinada que parecía arañar el cielo de la puna. A más de 4,200 metros sobre el nivel del mar, el aire escaseaba y cada paso nos exigía un tributo amargo de sangre y sudor. Aquel era un territorio hostil, reservado únicamente para los verdaderos hombres de infantería.

A mitad del ascenso, descubrimos trincheras de piedra construidas por el enemigo. Como respuesta defensiva y señal de advertencia, el suboficial alzó su arma y disparó una granada de fusil Strin contra uno de los parapetos; la explosión retumbó en la inmensidad del cerro, dejando un eco denso a pólvora en el viento helado.

La subida se volvió un auténtico calvario. Avanzábamos apenas quince o veinte metros y las piernas, extenuadas, se nos quedaban clavadas en el suelo arcilloso. El cuerpo ya no respondía. Sin embargo, con un esfuerzo supremo y el orgullo militar como único motor, coronamos la cima: un paraje desolado donde el frío calaba hasta el alma. Tras un breve descanso de treinta minutos en la cumbre de la montaña, por donde existe desde hace siglos un camino intermedio, iniciamos el descenso siguiendo el mismo sendero.

Al llegar a Huanapampa, el ambiente festivo de la celebración patronal se congeló por un instante. Las autoridades y los comuneros salieron a nuestro encuentro, mirándonos fijamente como si vieran a un pelotón de fantasmas. En la zona ya se rumoreaba lo peor.

—¿Hay muertos en la patrulla? —preguntaban algunos curiosos entre murmullos.

De pronto, entre la multitud, apareció la misma anciana que el 8 de julio le había suplicado a nuestro jefe, el suboficial Miguel Pineda Ramírez, que desistiera de marchar hacia las zonas del distrito de Ongón. Al verlo con vida, la mujer rompió en llanto, lo abrazó con fuerza y elevó una plegaria de agradecimiento al Dios Todopoderoso. Segundos después, una joven estudiante de pedagogía llegada de Tayabamba se abrió paso sollozando:

—Suboficial, todos comentaban que usted había muerto. Gracias a Dios lo veo vivo —dijo, estrechándolo en un abrazo genuino.

El pueblo entero se volcó a atender a sus protectores. Las autoridades nos condujeron al local comunal, donde aquella promesa que nos hacíamos en el camino se hizo realidad: platos rebosantes de comida caliente y jarras de chicha de jora pasaron de mano en mano. Para combatir la gélida noche, los campesinos nos entregaron frazadas de lana de oveja tejidas por ellos mismos y pellejos de carnero, la tradicional cama del hombre andino rural.

Sin embargo, el peligro no había pasado y la disciplina militar no admitía descuidos. A las 21:00 horas, el suboficial dispuso la estrategia para burlar al enemigo: el primer turno de guardia ocupó puntos estratégicos en la oscuridad; el retén se ocultó en una pequeña sala frente a la iglesia, y la reserva se apostó en un inmueble cerca de la salida del pueblo. Permanecer dispersos y alertas era la única forma de evitar una sorpresa de Sendero Luminoso.

Aquella noche, ayudé al suboficial Pineda a acomodar dos pellejos de carnero y una manta sobre el suelo de tierra, justo delante de la puerta de madera de la pequeña iglesia. Mientras conciliábamos el sueño bajo las estrellas de Pataz, una profunda indignación nos amargaba el pecho. Sabíamos perfectamente que el hambre padecida durante esos diez días no era culpa de la geografía, sino de los generales delincuentes que, en complicidad con el comandante del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, se habían robado a manos llenas los viáticos de los soldados que poníamos el pecho en el frente.

Hoy, treinta y tres años después, la pequeña iglesia del caserío de Huanapampa permanece intacta, con la misma puerta de madera que sirvió de escudo a nuestro jefe; un monumento silencioso que aún custodia el recuerdo de los veintiún hombres de la patrulla «Huascarán».

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