viernes, 12 de junio de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" TRASLADA DESDE TAYABAMBA A HUAMACHUCO 70 RECLUTAS 8 DE ABRIL DE 1993

Aquel jueves 8 de abril de 1993, a las ocho de la mañana, el rugido bronco de dos camiones casi seminuevos contratados rompió el tenso silencio del alejado distrito de Tayabamba. En la Oficina de Reclutamiento, setenta jóvenes de la zona acababan de ser convertidos, de un plumazo y por la fuerza de la leva, en reclutas del Ejército del Perú. Bajo la mirada vigilante de la patrulla “Huascarán”, los muchachos subieron a las tolvas con el corazón en un puño. Entre sus manos apretaban rústicos costalillos llenos con algunas mudas de ropa y fiambres preparados a prisa por sus madres, muchas de las cuales se quedaban atrás, en la plaza, con las lágrimas en los ojos viendo partir a sus hijos hacia la incertidumbre. Les esperaba un viaje agónico y eterno de veinticuatro horas hacia el sector de La Cuchilla, sede del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.

El miedo se sentaba con ellos en la madera del camión. Nadie podía olvidar que las rutas de Buldibuyo y Molino Viejo estaban malditas; hacía muy poco, la tierra aún sangrante de Frailones había sido testigo de una feroz emboscada que costó la vida a veintidós personas entre militares, policías y civiles. Con ese recuerdo quemándoles la mente, los motores arrancaron.

A paso lento, devorando las sinuosas curvas de la sierra, los camiones se internaron en la inmensidad de los Andes. La ruta era una trocha angosta, un serpentín de tierra y piedra suelta tallado a golpes en la falda de la cordillera, flanqueado por abismos verticales que devoraban la mirada. El traqueteo del viaje se mezclaba con un silencio espeso, casi asfixiante. Nadie hablaba; todos miraban hacia los cerros con los ojos muy abiertos, buscando entre las rocas escarpadas y el ichu seco cualquier destello de metal o movimiento sospechoso que anunciara el desastre. La noche nos cayó encima al pasar por la profundidad de la localidad de Chagual, justo donde la geografía se vuelve más hostil, encajonada entre cerros gigantescos que parecían cerrarse sobre nosotros como un manto pesado, agudizando la paranoia y el frío de la puna.

Como jefe de la patrulla, recuerdo perfectamente cuando nos cubrió el manto negro de la noche. Bajo esa inmensa penumbra avanzaban los camiones. Pasando Chagual, el relieve se volvió aún más traicionero, quebrado por curvas ciegas donde la visibilidad era nula. Cada cierto tramo, el primer vehículo se detenía en seco ante el peligro de un derrumbe provocado o una barricada oculta en la oscuridad. En esos momentos de máxima tensión, bajaban dos hombres de mi patrulla y avanzaban a pie con el fusil amartillado para verificar minuciosamente el camino, palpando el fango y las piedras, acompañados por el chulillo —el ayudante del camionero—. En esa ruta de muerte, rodeada de peñascos ideales para el ocultamiento del enemigo, los choferes sabían que el más mínimo error de cálculo los despeñaría al vacío o los entregaría a una emboscada, por lo que se aseguraban su propia supervivencia palmo a palmo a lo largo del camino.

Fue recién en las primeras horas de la mañana del viernes 9 de abril cuando la luz del nuevo día trajo consigo el milagro de la supervivencia, disipando la densa neblina que flotaba sobre los desfiladeros. Al fondo del camino divisaron los muros del cuartel en Huamachuco. El convoy logró ingresar a la base sin novedad alguna. Un suspiro colectivo de alivio recorrió el cuerpo de los setenta muchachos y de los soldados de la patrulla: atrás, perdido en la lejanía, había quedado el temido desfiladero de Molino Viejo, en el distrito de Cochorco. Aquel cañón era territorio de nadie, una garganta profunda de roca viva y pasajes estrechos, una zona de peligro absoluto donde las columnas del PCP Sendero Luminoso y sus aliados del narcotráfico solían aprovechar la ventaja de la altura para ejecutar emboscadas relámpago y robar armamento, sobre todo a los efectivos de la policía.

Para los hombres de la patrulla “Huascarán”, cruzar ese infierno geográfico sin pegar un ojo, con el camión intacto y la vida de los setenta civiles a salvo, significó la primera gran victoria de una guerra que apenas comenzaba.

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