miércoles, 10 de junio de 2026

DESPLIEGUE DE TROPAS EN EL SECTOR CHIRINOS SUYO PIURA TENSIÓN EN LA FRONTERA NORTE DEL PERÚ 1997

En 1997, el Perú era gobernado por el ingeniero Alberto Kenya Fujimori en un contexto de profunda incertidumbre geopolítica. Dos años antes, el 17 de febrero de 1995, se había firmado la Declaración de Paz de Itamaraty en la ciudad de Brasilia. Este documento se suscribió en presencia de los representantes de Argentina, Brasil, Chile y los Estados Unidos de América, en su condición de países garantes del Protocolo de Río de Janeiro del 29 de enero de 1942. A pesar de que dicho acuerdo se consolidó mientras las tropas de ambos países aún sostenían cruentos combates en el valle del Alto Cenepa, el paso del tiempo no había frenado las intenciones del gobierno de Ecuador de buscar una salida soberana hacia el río Amazonas. Por el contrario, la situación para ambos gobernantes se tornaba cada vez más difícil de manejar, dejando a las armas y a la guerra total como la única alternativa viable.

Ante la inminencia del conflicto, los entrenamientos se intensificaron para el personal de la 32ª División de Infantería, con sede en el cuartel "Ramón Zavala" de la ciudad de Trujillo. Fue así como el 21 de diciembre de 1997, por tercera vez en medio de la emergencia, un convoy militar partió desde aquellas instalaciones. En esa oportunidad, me desplacé junto al personal de la compañía de comunicaciones en una época marcada por el inicio de las lluvias y una densa humedad. Tras una dura jornada en la que tuvimos que cruzar un río empujando los vehículos, logramos ocupar nuevamente la llanura boscosa de la región de Chirinos, en el distrito de Suyo, departamento de Piura, justo al frente de la ciudad ecuatoriana de Macará.

Mientras las tropas permanecíamos desplegadas en el terreno, los diplomáticos de Perú y Ecuador intensificaban sus labores para lograr la ejecución definitiva del Protocolo de Río de Janeiro y el fallo arbitral de Braz Dias de Aguiar. Estos instrumentos jurídicos ratificaban al Perú la posesión total de todo el valle del Cenepa —un territorio que hasta entonces estaba delimitado pero no demarcado—, incluyendo la cota 1061, conocida como la falsa Tiwinza. Asimismo, se buscaba trazar la línea fronteriza en los 78 kilómetros pendientes comprendidos entre los hitos Cunhime Sur, 20 de Noviembre, Cusumaza Bumbuiza y Yaupi Santiago. No obstante, alegando razones de dignidad nacional, Ecuador condicionaba las negociaciones exigiendo la entrega de la falsa Tiwinza como parte de su territorio, aduciendo que allí descansaban sus muertos, que sus soldados habían resistido en ese lugar hasta la llegada de la misión de observadores militares de los países garantes y que jamás se habían rendido. Esta petición fue rechazada reiteradamente por el gobierno peruano, prolongando por más de dos años y medio unas intensas y estériles negociaciones diplomáticas que no lograban colmar las expectativas de ninguna de las dos naciones.

El sector de responsabilidad de la 32ª División de Infantería, con sede en la ciudad de Trujillo, comprendía los hitos Chiqueros y Gramalotal; un área extensa y accidentada donde realizamos minuciosos reconocimientos a pie. En la llanura de la región de Chirinos, el personal de comunicaciones nos desplegamos para tender cables de campaña WD-1/TT. Este cableado estructuró la red telefónica alterna, un elemento táctico indispensable para garantizar los enlaces durante el estacionamiento y el relevo de posiciones de las unidades de maniobra y de apoyo de combate. Asimismo, en la posición estratégica del cerro Chivato, instalamos estaciones de radio relay equipadas con sistemas IRA. Fue en ese exigente escenario donde probamos por primera vez en el campo el moderno sistema de comunicaciones asignado a las unidades de combate: el radio VHF-FM/PRC-730 V (S) CNR 900. Este equipo transmisor-receptor portátil de mochila operaba en muy alta frecuencia (VHF), ofreciendo 2320 canales de radiofrecuencia con una separación de 25 kHz en una gama de 30.00 a 87.975 MHz, lo que representaba un salto tecnológico crucial para la seguridad de nuestras transmisiones.

Mientras los diplomáticos de ambos países agotaban las vías políticas, principalmente a lo largo de 1997 y parte de 1998, las brigadas de la Región Militar del Norte intensificaron el entrenamiento en sus respectivas áreas de operaciones. Los batallones de infantería, grupos de artillería del entonces 32ª Brigada de Infantería ejecutaron un riguroso completamiento de cuadros, intensas prácticas de tiro y una revisión minuciosa de los planes de operaciones vigentes. Como parte de esta preparación disuasiva, realizamos patrullajes y reconocimientos a pie directamente sobre la línea de frontera, cubriendo sectores críticos como el centro poblado de La Tina, bajo la jurisdicción del distrito de Suyo, y la provincia de Ayabaca, región Piura

En el distrito de Suyo, perteneciente a la provincia de Ayabaca, Piura, se consolidó nuestro teatro de operaciones. Entre los sectores de Cachaco, Cachaquito, el cerro Chivato y la llanura boscosa de la región de Chirinos, el personal de reconocimiento, comunicaciones, artillería y morteros entrenamos intensamente en el mismo terreno. Estas localidades peruanas se sitúan estratégicamente frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, cuyo aeropuerto, el José María Velasco Ibarra, constituía nuestra meta principal de conquista en caso de iniciarse el conflicto. Para alcanzar este objetivo, el contingente de diversos batallones se sometió a un riguroso adiestramiento en una calurosa zona tropical. La instrucción abarcó desde el manejo analítico del fusil de dotación individual hasta el dominio de medios alámbricos —como el teléfono de campaña TA-312/PT y la central telefónica de doce abonados SB-22/PT— y sistemas inalámbricos en frecuencias VHF (muy alta frecuencia) y HF (alta frecuencia). Asimismo, perfeccionamos el tiro indirecto con morteros de 80 y 120 milímetros, posicionando al Observador Adelantado (OA) en la cima del cerro Chivato, y ejecutamos prácticas con ametralladoras, lanzacohetes RPG y los sistemas de armas más sofisticados de la época. En este proceso de adaptación, comprendimos que el éxito en el combate dependía de la resistencia física, el valor y la inteligencia de los combatientes; factores decisivos en la guerra moderna.

El esfuerzo logístico fue extremo: durante una semana completa marchamos por los cerros tendiendo el cable de campaña WD-1/TT. En misiones de reconocimiento, patrullamos varios kilómetros por las riberas del caudaloso y turbulento río Calvas, desplazándonos río abajo y río arriba en las inmediaciones del Puente Internacional que separa a ambas naciones. Durante estas incursiones, constatamos que en las faldas de los cerros que circundan la ciudad de Macará, las tropas ecuatorianas habían construido complejas líneas defensivas compuestas por trincheras y casamatas de concreto y ladrillo. Estas fortificaciones estaban dispuestas de forma escalonada para albergar a fusileros, sirvientes de armas colectivas y francotiradores, permaneciendo meticulosamente camufladas por la densa vegetación de la zona.

Hacia el mes de julio de 1998, la crisis alcanzó su punto de máximo retorno cuando se detectó que las tropas ecuatorianas se habían instalado nuevamente en diversos sectores del valle del Cenepa, en la región Amazonas. Con las negociaciones diplomáticas completamente estancadas, el escenario se redujo drásticamente a dos opciones: alcanzar una salida pacífica forzada o desatar una guerra a gran escala por todos los frentes. En este contexto de alta tensión, y como una primera medida orientada a desestabilizar el frente interno de Ecuador, el Servicio de Inteligencia del Perú llegó a planificar operaciones asimétricas extremas, incluyendo la ejecución de atentados con coches bomba en la ciudad de Quito, la capital ecuatoriana. Esta estrategia de guerra psicológica complementaba los planes de un ataque masivo y abierto, para el cual se habían analizado minuciosamente todas las capacidades y vulnerabilidades militares del adversario.

A la par de estos movimientos estratégicos, la vida diaria en los cuarteles reflejaba la excepcionalidad del momento. Entre 1997 y 1998, el pago de las remuneraciones a los oficiales, técnicos, suboficiales y personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio se realizaba en efectivo a través de las tesorerías de los batallones y subunidades. En medio de las planillas de pago y las boletas, comenzaron a distribuirse afiches oficiales firmados de puño y letra por el general de ejército y jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Nicolás de Bari Hermoza Ríos. Las proclamas contenían un mensaje tajante: "Ecuador no quiere firmar la paz, tenemos que actuar con decisión y valor atacándolos por todos los frentes hasta la victoria final, confío en ustedes". Sin embargo, esta consigna de ofensiva total colisionaba con los movimientos de la diplomacia. Ante la creciente sospecha de que el presidente Alberto Fujimori pretendía ceder territorio en Tiwinza con tal de asegurar el tratado, en las filas militares circulaban fuertes rumores de resistencia interna; la postura institucional del Ejército era clara en no ceder un solo centímetro de soberanía. Esta coyuntura dejó en evidencia los profundos desacuerdos y la fractura táctica que existía entre la clase política de turno y los altos mandos de las Fuerzas Armadas, quienes veían con desconfianza las concesiones en la mesa de negociaciones tras el esfuerzo desplegado en el terreno.

Al concluir la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995, el gobierno peruano concretó la adquisición a Bielorrusia de veintiún aviones de combate MiG-29 y dieciocho Sukhoi Su-25. Se trataba de material de segunda mano, cuyas deficientes condiciones técnicas generaron un profundo malestar en la Fuerza Aérea del Perú, debido a la alarmante falta de repuestos y de soporte técnico oficial por parte del fabricante. Las sospechas sobre este millonario desembolso de 536.6 millones de dólares se confirmaron trágicamente el 2 de diciembre de 1997, cuando un caza MiG-29 se precipitó a tierra en Chiclayo durante un vuelo de entrenamiento. Este accidente desveló que las aeronaves, presentadas meses antes con una espectacular campaña publicitaria, operaban en un estado deplorable y rayano en la chatarra. El valor real de la flota apenas alcanzaba los 132.2 millones de dólares, lo que evidenció una gigantesca sobrevaloración destinada al pago de comisiones ilegales. Investigaciones posteriores determinaron que esta red de corrupción benefició directamente a Vladimiro Montesinos Torres y al presidente Alberto Fujimori con sobornos individuales que superaron los 50 millones de dólares para cada uno, repartiéndose el resto del botín entre otros cómplices de la cúpula gubernamental.

La búsqueda de justicia frente a este oscuro negociado que puso en riesgo la soberanía nacional se prolongó por cerca de veinticinco años, alcanzando su sentencia definitiva en el año 2021. Para entonces, tanto Fujimori como Montesinos ya se encontraban purgando condenas de veinticinco años de prisión por graves delitos de corrupción y violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, el dictamen final generó una profunda indignación: a los demás coautores e implicados en la millonaria estafa se les impuso una pena de apenas cuatro años de privación de la libertad. De esta manera, la organización criminal logró retener e impunemente licuar aproximadamente el 66% del dinero total desembolsado por el Estado peruano, distribuyendo esa colosal fortuna entre utilidades ilícitas y el pago de dádivas.

Frente a las graves deficiencias de la flota aérea, el gobierno se vio obligado a repotenciar los aviones de origen francés Mirage 2000, así como los ya obsoletos cazabombarderos soviéticos Sukhoi Su-22, entre otras aeronaves. En lo que respecta al Ejército, la administración de Fujimori no adquirió material bélico de última generación ni sistemas modernos de comunicaciones de campaña para ejecutar la proyectada invasión a Ecuador. En su lugar, la estrategia se limitó a un masivo redespliegue logístico internos: desde la Región Militar del Sur, específicamente de Arequipa y Moquegua, se movilizaron los batallones de blindados con sus antiguos tanques rusos T-55, arrastrando consigo también a batallones de artillería e infantería del centro y sur del país. De este modo, cerca del 80% del material bélico destinado a la línea de fuego correspondía a adquisiciones realizadas durante el gobierno institucional del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970. En las trincheras, los fusileros dependíamos de nuestros viejos fusiles FAL, ametralladoras Uzi y ametralladoras MAG de los modelos 1958 y 1969; armamento que, en su gran mayoría, solo había sido repotenciado.

Esta falta de inversión derivó en un desorden y una improvisación absoluta en el frente logístico. Los batallones de combate carecían de camiones de apoyo orgánicos para trasladar al personal y los pertrechos hacia la frontera. El uso de vehículos civiles —como los volquetes requisados a las municipalidades y al Ministerio de Transportes— desató un grave conflicto técnico para las transmisiones: estos camiones operaban con baterías de 12 voltios de corriente continua (VDC), mientras que los equipos de radio vehiculares de VHF y HF del Ejército requerían estrictamente una alimentación de 24 VDC. Esta incompatibilidad impidió la instalación del soporte de comunicaciones en el transporte civil, quebrando la cadena de mando móvil. Pese a este caos organizativo, la moral del soldado peruano se mantuvo incólume; permanecíamos completamente mentalizados en la captura de la ciudad ecuatoriana de Macará, con la consigna táctica de asaltar sus entidades financieras y confiscar sus vehículos para sostener la marcha. No obstante, los planes de contingencia diseñados por las secciones de instrucción (S-3) demostraron ser inviables en la práctica: el plan de requisición de transporte privado fracasó rotundamente en zonas como Caraz, donde las empresas se negaron de forma tajante a entregar sus unidades y chóferes para el esfuerzo bélico.

El 30 de julio de 1998, tras participar en los desfiles por Fiestas Patrias, inicié un periodo de vacaciones por quince días con destino a la ciudad de Lima. Sin embargo, esa misma tarde, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, con sede en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, se comunicó telefónicamente con mis familiares en la capital para disponer mi retorno inmediato a la subunidad. Al llegar al domicilio e informarme de la urgencia, me comuniqué de inmediato con el despacho del Mayor EP Carlos Romero, quien de forma tajante ordenó: "Suboficial Pineda, por los medios más rápidos tiene que retornar a esta. Mañana pasa lista a las 06:00 horas, ¿comprendido?". Tras confirmar la orden, colgué la llamada sumida en la incertidumbre. Debido a la escasez de oficiales en aquella época, yo desempeñaba las funciones de Oficial de Logística (S-4), custodiaba los almacenes de repuestos de maquinaria pesada y de armamento, y además ejercía como jefe del Centro de Comunicaciones. Ante tales responsabilidades, supuse que se trataba de alguna pérdida en las instalaciones o del extravío de las llaves por parte de los sargentos que trabajaba con el suscrito. Cavilando sobre estos escenarios, me despedí presurosamente de mi familia y me dirigí al paradero informal de autobuses de Fiori, en la Panamericana Norte, donde abordé el primer vehículo hacia la ciudad de Huaraz. Tras viajar toda la noche, arribé a la capital de Áncash a las 05:30 horas del día siguiente, transbordando de inmediato a una combi hacia Caraz, adonde llegué a las 06:45 horas.

Al trasponer la puerta del cuartel tras una caminata apresurada, la escena me dejó completamente estupefacto. Lejos de un problema de almacenes, todo el personal militar se encontraba ya aprestado a bordo de los viejos volquetes de la Municipalidad de Caraz y del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. La subunidad permanecía en "Alerta Azul", el estado de máxima disposición que ordenaba el desplazamiento inmediato hacia la frontera para ocupar las posiciones asignadas frente a la ciudad ecuatoriana de Macará, bajo el mando de la 32ª División de Infantería de Trujillo. Durante el 31 de julio y el 1 de agosto, las tropas permanecimos embarcadas y listas para marchar, en una tensa espera que encendía la ansiedad de todo el contingente. Finalmente, en la tarde del 2 de agosto, el Centro de Comunicaciones recibió un radiograma criptografiado de carácter "Oscar Papa" proveniente de la jefatura de división en Trujillo. El mensaje ordenaba suspender el desplazamiento a la línea de frontera hasta nueva orden. Con un profundo alivio mezclado con la adrenalina acumulada, procedimos a descargar los pertrechos de guerra, las provisiones y los equipos, mientras el personal de todos los grados guardaba sus bolsas de impedimenta y mochilas, desactivando así el amago de una invasión inminente.

El 10 de agosto de 1998, el abogado Jorge Jamil Mahuad Witt asumió la presidencia de Ecuador, cumpliendo el anhelo de Alberto Fujimori de negociar directamente con un nuevo interlocutor para alcanzar la paz. Ambos mandatarios implementaron una estrategia vertical denominada "diplomacia presidencial", un controvertido mecanismo que provocó la inmediata renuncia del ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Eduardo Ferrero Costa. Entre septiembre y octubre de 1998, Fujimori y Mahuad sostuvieron reuniones bilaterales en diversos países; si bien los detalles íntimos de aquellas citas quedaron en el campo de la especulación, los resultados jurídicos no tardaron en materializarse. En Brasilia, Mahuad aceptó finalmente la opinión técnica de los Países Garantes respecto a la demarcación de la Cordillera del Cóndor, validando el Protocolo de Río de Janeiro de 1942. Días después, el 5 de octubre en Washington, Fujimori accedió a una fórmula para salvar el honor militar ecuatoriano: otorgar a perpetuidad un terreno de un kilómetro cuadrado como propiedad privada, pero sin soberanía, en el área de la "Falsa Tiwinza", lugar donde se ubicaba el cementerio de las tropas de Ecuador. Conscientes de que esta salida encendería el debate público y militar en ambas naciones, los presidentes solicitaron formalmente al mandatario brasileño, Fernando Henrique Cardoso, y al presidente estadounidense, Bill Clinton, que los Países Garantes presentaran dicha fórmula como un arbitraje vinculante de "terceras partes", instando a los congresos de Lima y Quito a ratificarlo de forma inapelable. Esta concesión se materializaría meses después, el 11 de mayo de 1999, con la publicación de los Decretos Supremos N.º 011 y 012-99-PCM; resoluciones consideradas inconstitucionales por diversos juristas, mediante las cuales el Ejecutivo peruano declaró de necesidad pública y autorizó la transferencia formal de dicha propiedad en el distrito del Cenepa a favor del gobierno ecuatoriano.

El 26 de octubre de 1998 se selló formalmente la paz definitiva con la firma del Acta de Brasilia. Para legitimar el acuerdo, el gobierno de Fujimori declaró feriado nacional, dispuso el abanderamiento obligatorio de las ciudades y ordenó la realización de desfiles festivos en las plazas de armas de todo el país, movilizando a colegios, instituciones públicas y comités de programas sociales como el "Vaso de Leche". Sin embargo, las celebraciones civiles contrastaban drásticamente con el profundo descontento y la indignación que se respiraba en las instalaciones militares debido a la sesión de Tiwinza. Aquella mañana, en el cuartel de Caraz, el jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112 decretó día libre para el contingente: los oficiales, técnicos y suboficiales se replegaron a sus domicilios y el personal de tropa salió de paseo. Yo permanecí en el cuartel cumpliendo mis funciones como Oficial de Guardia en la puerta principal. Desde el puesto de prevención observaba en televisión las transmisiones desde Brasilia con un profundo sentimiento de frustración, mientras afuera las viviendas lucían la bandera nacional y la población se congregaba en la plaza de armas local para festejar una paz que sacrificaba territorio.

Alrededor de las 11:00 horas, la tensa calma de la guardia se rompió con la llegada apresurada de Héctor Crivilleros, subprefecto de la provincia de Huaylas. Exaltado, la autoridad política increpó: “¿Dónde está el jefe de la Compañía? ¿Por qué el personal militar no está en la plaza para iniciar la ceremonia?”. Le informé con serenidad que el jefe se encontraba en la ciudad de Huaraz y que la tropa gozaba de franco, permaneciendo únicamente el personal de servicio básico. La respuesta exasperó aún más al funcionario oficialista, quien pretendió imponer su jerarquía: “Yo soy el representante del gobierno y en este momento te ordeno que organices una escolta y te presentes en la plaza de armas para iniciar el desfile”. Ante su insistencia y su intento de trasponer la línea de la puerta principal por la fuerza, cerré el paso con firmeza militar y le ordené tajantemente que se retirara. Frente a su porfía, la indignación contenida por los manejos de la cúpula política se desbordó en una frase categórica: “Usted y su presidente traidor váyanse a la mierda y no me joda más”. Obligado a replegarse, el subprefecto se retiró murmurando amenazas de denuncias ante las instancias superiores, a lo que respondí con absoluta indiferencia y honor: “Informa a quien quieras y retírese”. Quince minutos después, los acordes de la banda de músicos marcaron el inicio del desfile en la capital de Huaylas; un acto donde, de manera inusual y como mudo testimonio de la digna resistencia de nuestra subunidad, ese día solo marcharon los civiles.

Desde la cúspide del poder político, los hilos de la crisis de agosto de 1998 se movían bajo una presión asfixiante. El propio presidente Alberto Fujimori calificaría posteriormente aquellos días como uno de los momentos más decisivos de su década de gobierno, consciente de que los ejércitos de Perú y Ecuador se encontraban una vez más frente a frente en la frontera, en una escalada que amenazaba con rebasar los límites de la Cordillera del Cóndor. La gravedad de la situación quedó al descubierto tras el retorno del canciller Eduardo Ferrero Costa de su último intento por frenar las hostilidades. Desconcertado, el mandatario escuchó al jefe de las relaciones internacionales admitir ante el Consejo de Defensa: “Presidente, me arrepiento de haber propuesto una solución diplomática, los ecuatorianos nos han traicionado. Ya no hay nada que hacer”. Con la diplomacia aparentemente agotada, las Fuerzas Armadas peruanas completaron sus aprestos para ejecutar una acción de fuerza inmediata orientada a desalojar las tropas infiltradas; un movimiento táctico que sumiría inevitablemente a ambas naciones en una guerra total. Sin embargo, en medio del inminente estallido, Fujimori apostó por un último margen de maniobra temporal: a escasos días de que el abogado Jamil Mahuad Witt asumiera la presidencia de Ecuador, intuyó que este nuevo gobernante sería el interlocutor definitivo para alcanzar un entendimiento. Bajo esa premisa, emitió una orden estricta de no iniciar ninguna medida de fuerza hasta que el mandatario electo tomara posesión del cargo.

La transición política del 10 de agosto de 1998 destrabó el conflicto. Durante su discurso de investidura ante el Congreso ecuatoriano, y frente a los dignatarios internacionales concurrentes, Mahuad formuló un llamado abierto a buscar de manera conjunta el camino definitivo hacia la paz. El gesto otorgó un respiro a la administración peruana e inauguró la fase de "diplomacia presidencial", un canal de comunicación directo entre ambos jefes de Estado que avanzó en la resolución de los asuntos pendientes hasta encallar en el punto más espinoso: la delimitación de la frontera. Para superar el entrampamiento sin romper la voluntad de pacificación, ambos mandatarios tomaron la determinación de someter el trazo final al arbitraje vinculante e inapelable de los Países Garantes. Previamente, y tras un arduo debate político en Lima y Quito, los congresos de las dos naciones aprobaron por amplia mayoría el compromiso de acatar el dictamen técnico de los garantes antes de que este fuese siquiera redactado, sellando así una apuesta histórica por la vía pacífica.

No obstante, esta alta arquitectura diplomática ignoraba el sentir y el pundonor militar que se custodiaba en las guarniciones. El 26 de octubre de 1998, mientras los presidentes rubricaban el Acta de Brasilia y el gobierno fujimorista decretaba el abanderamiento nacional en medio de festejos populares, las subunidades del Ejército masticaban la amargura de lo que consideraban una claudicación territorial. Fue en ese escenario de descontento generalizado donde las tensiones entre la clase política y los defensores de la frontera se hicieron tangibles en el cuartel de Caraz. El intento de instrumentalización por parte de las autoridades civiles del régimen, encarnadas en la figura del exasperado subprefecto provincial que pretendió forzar la participación de una escolta militar en las celebraciones de la plaza de armas, colisionó directamente con la dignidad del personal de guardia. El rechazo categórico a desfilar ante una paz que entregaba Tiwinza y la expulsión de la autoridad gubernamental del recinto militar no hicieron sino materializar la profunda fractura existente: aquel día, la firme resistencia de la guardia de prevención dejó los cuarteles en silencio, permitiendo que únicamente los civiles marcharan bajo los acordes de la banda.

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