"Los Hueveros": El primer
tiro con FAL
—¡Frente a sus respectivos
blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar,
cargar!
La orden del oficial de tiro
resonó en el aire frío como un latigazo. De inmediato, los doce reclutas
repetimos la frase a todo pulmón; una respuesta mecánica que buscaba espantar
el miedo mientras nos arrojábamos al suelo polvoriento. Con los fusiles ya
apuntando al frente, la voz del instructor volvió a quebrar el silencio:
—¡Apunten... fuego!
Al mismo tiempo, el toque
estridente del cornetero de servicio anunció el inicio de la descarga.
Apretar el gatillo por primera
vez, sintiendo el rugido y el retroceso violento de la munición de guerra, es
una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquier
recluta. El nerviosismo flotaba en el ambiente, espeso y contagioso. A la
espalda de cada fusilero, los sargentos monitores vigilaban como sombras,
listos para corregir el más mínimo titubeo. De pronto, alguien rompió la
tensión con el primer estallido y el resto lo secundó de inmediato en una
reacción en cadena. Disparamos apurados, temiendo quedar rezagados ante un
cronómetro implacable que devoraba los segundos de la serie.
—¡Alto el fuego! ¡Nadie
dispara! ¡Fusileros... de pie!
La contraorden suspendió el
estruendo. Los tiradores se incorporaron con movimientos torpes y pensativos.
Arrastrando las botas, caminamos junto al oficial y los soldados tapadores
hacia la línea de blancos. El momento de la verdad aguardaba en las siluetas de
cartón. Al tratarse del debut con el arma, la cruda realidad no tardó en
aparecer: varios no habían acertado un solo impacto.
En la jerga del cuartel, a
estos desafortunados se les llamaba coloquialmente «hueveros», y para ellos no
había compasión. La sanción cayó de inmediato, severa y humillante. Consistía
en cargar una pesada piedra sobre el hombro y emprender una marcha forzada
hacia la cumbre del cerro más cercano. Desde la cima, con el pecho exigido por
la altura y la vergüenza, cada uno debía gritar a los cuatro vientos: «¡Soy un
huevero por no darle al blanco!», dejando que el eco de la cordillera
multiplicara su castigo.
—¡Soldado Juan Pérez Valverde,
diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy
huevero!
Las voces se perdían en la inmensidad del paisaje. Tras cumplir la penitencia en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, exhausto y con el hombro magullado. Ahí no terminaba el calvario: los monitores los aguardaban con los brazos cruzados, listos para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a la nada. Mientras el sol seguía su curso, los ejercicios continuaban.
