jueves, 30 de julio de 2026

BAUTIZO DE FUEGO : BATALLON DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO N° 112 CARAZ HUAYLAS ANCASH 1977

"Los Hueveros": El primer tiro con FAL

—¡Frente a sus respectivos blancos, tirador tendido, con una cacerina y diez cartuchos, aprovisionar, cargar!

La orden del oficial de tiro resonó en el aire frío como un latigazo. De inmediato, los doce reclutas repetimos la frase a todo pulmón; una respuesta mecánica que buscaba espantar el miedo mientras nos arrojábamos al suelo polvoriento. Con los fusiles ya apuntando al frente, la voz del instructor volvió a quebrar el silencio:

—¡Apunten... fuego!

Al mismo tiempo, el toque estridente del cornetero de servicio anunció el inicio de la descarga.

Apretar el gatillo por primera vez, sintiendo el rugido y el retroceso violento de la munición de guerra, es una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquier recluta. El nerviosismo flotaba en el ambiente, espeso y contagioso. A la espalda de cada fusilero, los sargentos monitores vigilaban como sombras, listos para corregir el más mínimo titubeo. De pronto, alguien rompió la tensión con el primer estallido y el resto lo secundó de inmediato en una reacción en cadena. Disparamos apurados, temiendo quedar rezagados ante un cronómetro implacable que devoraba los segundos de la serie.

—¡Alto el fuego! ¡Nadie dispara! ¡Fusileros... de pie!

La contraorden suspendió el estruendo. Los tiradores se incorporaron con movimientos torpes y pensativos. Arrastrando las botas, caminamos junto al oficial y los soldados tapadores hacia la línea de blancos. El momento de la verdad aguardaba en las siluetas de cartón. Al tratarse del debut con el arma, la cruda realidad no tardó en aparecer: varios no habían acertado un solo impacto.

En la jerga del cuartel, a estos desafortunados se les llamaba coloquialmente «hueveros», y para ellos no había compasión. La sanción cayó de inmediato, severa y humillante. Consistía en cargar una pesada piedra sobre el hombro y emprender una marcha forzada hacia la cumbre del cerro más cercano. Desde la cima, con el pecho exigido por la altura y la vergüenza, cada uno debía gritar a los cuatro vientos: «¡Soy un huevero por no darle al blanco!», dejando que el eco de la cordillera multiplicara su castigo.

—¡Soldado Juan Pérez Valverde, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Jorge Botello Pérez, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!
—¡Soldado Isaac Caldua Salazar, diez balas disparadas, cero puntos, soy huevero!

Las voces se perdían en la inmensidad del paisaje. Tras cumplir la penitencia en la cumbre, el personal regresaba a la zona de mantenimiento con la roca a cuestas, exhausto y con el hombro magullado. Ahí no terminaba el calvario: los monitores los aguardaban con los brazos cruzados, listos para aplicarles tandas adicionales de ranas y planchas como castigo por haber desperdiciado valiosa munición disparando a la nada. Mientras el sol seguía su curso, los ejercicios continuaban.

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