Testimonio de Dignidad en el
Altiplano: Frente a la Injusticia y el Hostigamiento Laboral. - El 28
de febrero de 2014, cuando llevaba casi un mes asignado a la Compañía de
Comunicaciones N° 4 de la 4.ª Brigada de Montaña en la ciudad de Puno, recibí la orden de
presentarme en el despacho del señor General de Brigada Marcelo Valverde Neyra,
comandante general de la gran unidad de combate. Siendo las 09.00 me desplacé a
pie desde el cuartel Manco Cápac, vestido rigurosamente con el uniforme de
diario A1, llegando a la comandancia general subí al segundo piso. Ingresé a la oficina cumpliendo estrictamente el protocolo y las normas
reglamentarias para la entrevista con el señor Comandante General de la Gran Unidad de Combate.
El general, quien me esperaba
a solas, me invitó a sentarme y abrió la conversación de manera directa:
—Técnico Miguel Pineda, lo he llamado porque existen ciertos informes relacionados con
su persona y su conducta. Los reportes indican que usted es muy hostil y que en
los batallones donde ha laborado siempre ha tenido problemas con sus
superiores, principalmente con sus comandantes de batallón. Hay que vivir en
paz; solo trabajando en armonía podemos vivir tranquilos y respetar nuestros
reglamentos y leyes para alcanzar los objetivos trazados por el comando de esta
Gran Unidad de Combate. Junto con el G-1 estamos evaluando enviarlo al Batallón
de Ingeniería de Combate Motorizado N° 4, acantonado en la ciudad de Juliaca.
Mientras tanto, seguirá pasando lista en la Compañía de Comunicaciones N° 4.
¿Tiene alguna pregunta o alguna queja?
Le contesté con firmeza, pero
con absoluto respeto:
—Mi General, es verdad que he tenido problemas con algunos comandantes de batallón. Sin
embargo, soy un hombre de paz, sumamente respetuoso de las leyes y de nuestros
reglamentos; sobre todo, amo a esta institución y siempre trabajo para que el
Ejército sea grande y respetado. Por desgracia, en algunos batallones el
Comando del Ejército nombra a comandantes delincuentes. He trabajado con comandantes de batallón que se negaban a pagar los viáticos enviados por la ONPE para los procesos electorales;
también con comandantes que le robaban los uniformes a la tropa o que sustraían
el combustible de los vehículos de combate y de apoyo. Incluso permitían el
robo del combustible destinado a la cocción de alimentos, el cual se quedaba en
el Servicio de Intendencia y nunca llegaba a las unidades, terminando ese
dinero en los bolsillos de los señores generales.
Hice una pausa y continué
detallando la precariedad a la que nos exponían:
—Mientras eso ocurría, yo, como oficial de rancho, tenía que buscar leña por
todos lados para poder cocinarle a la tropa del servicio militar. En ocasiones,
me vi obligado a utilizar el dinero destinado a la compra de víveres frescos y
carne para adquirir esa leña. Cuando reclamé por estas injusticias a algunos
comandantes y capitanes, bajo la sombra comenzaron a tildarme de resentido
social, terrorista y comunista. Mi General, soy veterano de guerra; participé
en la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 y formo parte de los miles de
soldados que nada han recibido de la institución ni del Estado. El 9 de
diciembre de 1995, durante la celebración del Día del Ejército bajo la
presidencia de Alberto Fujimori, un grupo de 1200 combatientes calificados como
Defensores de la Patria recibieron una medalla de oro valorizada en mil dólares
americanos y un incentivo económico de tres mil soles. En cambio, el otro grupo
de 2800 Defensores de la Patria fuimos engañados e ignorados; no recibimos
siquiera un saludo del Comando del Ejército ni del gobierno peruano.
Concluí mi descargo mirando
fijamente la realidad de mi legajo:
—Es cierto que cada vez que presenté mis reclamos para recibir estos
beneficios, lo único que obtuve fueron sanciones amañadas. También es verdad
que por defender la verdad he tenido problemas con la superioridad; las
inspectorías, de manera abusiva, archivaron todas mis peticiones. Los malos
elementos del Ejército han difundido informes falsos sobre mí sin prueba
alguna. En las diferentes inspectorías de la Región Militar del Norte y en la inspectoría
de la Segunda Región Militar en la ciudad de Lima, me han interrogado por
resentido social, terrorista y comunista porque, para ellos, ser patriota y anti
corrupto significa ser un criminal.
El general intervino
nuevamente y concluyó de forma diplomática:
—Son problemas que suceden en la vida; no estamos ajenos a estas situaciones y
ataques. En mi comando hay que trabajar en paz y tranquilidad, respetando
siempre nuestros reglamentos. Cualquier inconveniente me informa; estoy aquí
para actuar con justicia.
A lo largo del camino también
encontré personas de buenos principios con quienes entablé una sincera amistad.
Un domingo de febrero conocí por casualidad al capitán Domínguez, oficial del
Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Al comentarle que me encontraba a la
espera de un memorándum de destaque, me advirtió:
—No vaya a ser que te destaquen al Batallón de Infantería N° 55; ahí vas a
tener problemas con el comandante Riojas. Ese tipo trata a su personal como si
fueran sus domésticos. Si llegas a ese batallón, no te dejes pisar el poncho.
El capitán prosiguió
explicándome su propia situación:
—Dueño de los malos tratos de ese comandante hacia mi persona, decidí solicitar
mi destaque al Batallón de Servicios N° 4, donde ahora trabajo tranquilo.
Pasamos un par de horas
conversando; yo le compartí mis experiencias en las operaciones del Alto Cenepa
y él me relató sus vivencias en el VRAEM.
Llegó el mes de marzo y pensé
que en los primeros días recibiría el memorándum de traslado al Batallón de
Ingeniería de Combate Motorizado N° 4 en Juliaca. Mientras esperaba la
documentación, continué formando en el flanco derecho de la Compañía de Comunicaciones.
Pasaron los días y las semanas; llegó el 31 de marzo y el documento nunca
llegó. Ante aquella parálisis, me convencí de que los comandantes de los
batallones se negaban a recibirme en sus unidades debido a los informes falsos
que circulaban sobre mí.
Un día de ese mes, mientras
cruzaba el patio de armas del Fuerte Manco Cápac, me encontré con un comandante
de comunicaciones de apellido Tupayachi, un oficial cuzqueño que laboraba en la
Inspectoría de la brigada. Al ver mi marbete, se detuvo, me miró sorprendido y
me dijo en tono desafiante:
—¿Tú eres el famoso Pineda? Por si acaso te voy avisando que te vamos a citar a
la Inspectoría, porque han llegado unos documentos que ameritan una
investigación y es muy posible que te sancionen con rigor.
En el acto, le respondí de
frente y sin titubear:
—Si hay pruebas, fusílenme. Por si acaso, yo no he robado ni he traicionado a
mi Ejército. Si he matado gente, ha sido en combate y en casos de guerra. No
gasten papel por gusto.
El oficial no esperaba una respuesta de ese calibre y se retiró avergonzado. Al haber cumplido dos meses consecutivos en ese limbo administrativo, opté por solicitar los 30 días de vacaciones correspondientes al año fiscal 2014. El 1 de abril viajé a la ciudad de Lima para reunirme con mis familiares; una vez allí decidí mi pase a la situación militar de retiro, me apersoné a la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General del Ejército y solicité mi pase a la situación militar de retiro.

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