El impacto me abrió la piel de
inmediato. La herida lacerada quedó expuesta y comenzó a sangrar profundamente.
Más tarde, durante las horas de descanso, cuando logré retirarme el borceguí,
descubrí que la media estaba completamente empapada de sangre; aun así, guardé
silencio y no me quejé. En esas deplorables condiciones tuve que continuar
marchando toda la mañana bajo una radiación solar abrasadora.
Con el paso de los días, la
zona afectada en mi pierna izquierda se tornó morada y se hinchó
considerablemente. El dolor se volvió tan intenso que ya no podía caminar, pero
los sargentos de sección eran implacables y me amenazaban constantemente para
evitar que acudiera a la enfermería. Con desdén, me decían:
—Soldado, si por esa simple
herida pretendes visita médica, en una guerra con Chile no soportarás los
rigores de la vida extrema.
Una madrugada, le pedí permiso
al soldado que cubría el segundo turno de imaginaria y salí cojeando de la
cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Desde allí, aprovechando las
sombras, me desvié directamente hacia la enfermería del batallón e ingresé en
total silencio. Al ver la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de
servicio exclamó sorprendido:
—¡Huevón! Estando con la
pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito
de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habías pedido visita médica?
Desde ese momento, ya no
regresé a la cuadra de la Compañía de Comando y Servicios. Quedé internado y,
tras tres semanas de recibir decenas de dosis de penicilina, comencé a
recuperarme lentamente. En aquella época, nadie se quejaba por esa clase de
golpes o maltratos físicos y psicológicos, los cuales llegaban a ser peores
para los soldados considerados indisciplinados.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario