Corría el año de 1977 cuando formé parte de la Compañía Comando y Servicios del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, en la provincia de Huaylas, Ancash. El 29 de septiembre de aquel año, el mismísimo día de mi onomástico, me nombraron de servicio de guardia. Por entonces ostentaba el grado de cabo del Servicio Militar Obligatorio y, al llegar la medianoche, me tocó ocupar el puesto de centinela en la puerta principal durante el segundo turno, que se extendía desde las 00:00 hasta las 03:00 horas.
Permanecí esas tres
interminables horas en el torreón principal, con el fusil dotado de cacerina
abastecida y la bayoneta calada. En aquella soledad andina, cada cinco minutos
tenía que "rugir" a todo pulmón para alertar al centinela del torreón
número uno. Mi grito debía rasgar el silencio de la noche caracina: «Para el
Perú la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la puerta
principal, sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno, canta
en tu puesto!». De inmediato, desde la oscuridad de las instalaciones, el otro
centinela contestaba: «¡Puesto de vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto
de vigilancia número dos, canta en tu puesto!». Así, en una cadena perfecta de
voces que desafiaba a la sierra, nos manteníamos despiertos en medio de la
nada.
A pesar de los gritos
desesperados, el cansancio de la madrugada vencía a algunos soldados. Quedarse
dormido significaba arriesgarse a que te quitaran el fusil FAL. En aquellos
tiempos, permitir que te arrebataran el armamento estando de servicio era considerado
un delito gravísimo. Desde ese instante, uno ya se sabía hombre muerto; la
masacre que esperaba al infractor al finalizar la guardia, ya fuera a manos del
oficial de guardia o del sargento de guardia, era implacable. No existía el perdón. El castigo
se cobraba de inmediato: el infractor amanecía haciendo ranas, rampando sobre
la tierra o de plantón bajo el frío glacial del callejón de Huaylas.
El día de mi cumpleaños pasé
toda la jornada de servicio con el casco de fibra puesto, cubriendo turnos en los
torreones, antes de asumir ese segundo turno en la puerta principal. Aquella
noche, el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez se encontraba como oficial
de guardia. Al finalizar mis tres horas, cuando el turno de facción relevaba los
puestos, el suboficial me separó de la fila. Se plantó frente a mí y me
recriminó con dureza: «Perro, no has rugido ni mierda».
Bajo el pretexto de que no
había cumplido bien mis funciones, me mandó repetir el turno como castigo,
obligándome a enganchar el tercero, desde las 03:00 hasta las 06:00 horas. Para
colmo de males, en este nuevo lapso me ordenó colocarme en el torreón "de
cabeza", de modo que mis borceguíes quedaran apuntando hacia arriba,
simulando ser mi testa. Por fortuna, como el servicio se realizaba
estrictamente con el casco de fibra puesto, pude soportar el castigo apoyando
la cabeza contra el suelo del puesto.
En aquellos tiempos a ese tipo de tratos y
sanciones extremas se llegaba en la vida de cuartel. Hoy, después de casi cinco
décadas, escribo este recuerdo para que las nuevas generaciones conozcan la
verdadera naturaleza de lo que fue el Servicio Militar Obligatorio de antaño.
No había quejas, no había llantos; no existían la Defensoría del Pueblo ni los
Derechos Humanos. Eran, simplemente, etapas duras de la vida que, para bien o
para mal, los soldados del Perú supimos soportar con el pecho al frente.
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