Crónica de la Banda de Banda
de Músicos del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán” N° 112.- En
el mes de septiembre de 1977, un aire festivo rompió momentáneamente la rigidez
de la guarnición en el Callejón de Huaylas. El teniente coronel de ingeniería don
Renán Ortiz Guillermo, comandante del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán”
N.° 112 con sede en el distrito de Caraz, nos otorgó una autorización especial:
debíamos trasladarnos para amenizar la fiesta patronal del distrito de Anta,
una localidad cercana al aeropuerto en la jurisdicción de la provincia de
Carhuaz. Al llegar, el entusiasmo de la población se desbordó en atenciones.
Nos invitaron abundante chicha de jora y cerveza helada; embriagados por la
música y la hospitalidad, varios sargentos y cabos de la banda perdieron la
cuenta de los vasos. Emocionados y con los rostros encendidos por el alcohol,
el retorno se retrasó demasiado. Emprendimos el viaje de regreso bien entrada
la noche, hacinados en la tolva de un camión que amablemente nos había
proporcionado el alferado de la fiesta.
La fraternidad musical, sin
embargo, se evaporó con los tumbos del camino. Desde que el vehículo cruzó el
distrito de Ranrahirca hasta las inmediaciones de Yungay, los sargentos y cabos
comenzaron a enfrascarse en discusiones subidas de tono dentro de la tolva. Lo
que empezó como un intercambio de reclamos borrachos degeneró rápidamente en
una trifulca a puño limpio en pleno vehículo en marcha. Ante el caos, el
sargento más antiguo de la dotación bramó una orden y obligó a detener el
camión cerca del Centro Poblado de Punyan. Los soldados, completamente ebrios,
saltaron a un costado de la pista asfáltica y desataron una feroz pelea campal
que se prolongó por más de quince minutos. El chofer del camión, un civil ajeno
a los códigos del cuartel, contemplaba la escena horrorizado y mudo de espanto
desde su cabina, viendo cómo la tropa que integraba la distinguida banda de
músicos se molía a golpes sin respetar antigüedades, jerarquías ni grados.
Cuando los puños finalmente callaron, el panorama era desastroso: había hombres
con los labios partidos, pómulos hinchados y otros que emanaban abundante
sangre por la nariz. En esas lamentables condiciones volvieron a subir a la
tolva, arrastrando consigo varios instrumentos abollados y lamentando la
pérdida de las valiosas boquillas de las trompetas.
Los sargentos, todavía
envalentonados por los vapores del alcohol, le mentaban la madre al chofer y lo
conminaban a acelerar. Tras recorrer diecisiete tensos kilómetros bajo el manto
de la noche, el camión dobló lentamente por la esquina del arco que da la
bienvenida al bello distrito de Caraz. El reloj marcaba ya las 23:30 horas. Al
ingresar al cuartel, nos percatamos de inmediato de que nos estaban esperando
con honda preocupación. En la guardia aguardaban el suboficial Mario Vílchez,
oficial de día, y el capitán de día, el subteniente Juan Huamán Traverso. La
orden de descender del vehículo fue tajante. Al ver bajar al personal en ese
estado etílico, con los uniformes ensangrentados, los rostros desfigurados por
la hinchazón y las narices rotas, los oficiales no daban crédito a lo que
veían. Nos hicieron formar de inmediato en las inmediaciones de la guardia,
donde fuimos sometidos a un breve pero implacable interrogatorio.
Sin perder tiempo, el capitán
de día ordenó al oficial de guardia que todo el contingente de músicos fuera
depositado en el calabozo. En total, diecinueve castigados fuimos empujados al
interior de un ambiente oscuro, estrecho y maloliente. Pasamos la noche entera
de pie, pues el espacio no permitía otra postura. En medio de aquella profunda
incomodidad, atrapado por el frío de las paredes, me arrepentí con el alma de
haber integrado alguna vez la banda de músicos. Para colmo de males, los más
ebrios comenzaron a orinar dentro del encierro; el hedor se volvió insoportable
a cada instante y el piso, de rincón a rincón, quedó completamente anegado por
los orines. Así nos encontró el amanecer, sin haber podido pegar el ojo ni
siquiera cinco minutos debido a la pestilencia y la tortura del espacio.
A las 05:30 de la mañana, los
cerrojos de hierro crujieron. El oficial de guardia se aproximó y ordenó al
cabo de castigados abrir la pesada puerta. Salir de aquel recinto inmundo
provocó en nosotros un alivio indescriptible; tras largas horas de asfixia,
volvimos a respirar el aire puro de la sierra. Sin embargo, la tregua fue
corta. El cabo nos condujo de inmediato a la explanada de la guardia, donde el
oficial nos aplicó una severa sanción física que se prolongó por espacio de dos
horas. Bajo sus gritos realizamos interminables series de ranas, planchas y
polichinelas, hasta que el corneta del cuartel tocó la melodía del rancho,
interrumpiendo el castigo para que fuéramos a alimentarnos.
El veredicto final se dictó en
el patio. El capitán de día castigó con ocho días de arresto simple al sargento
músico reenganchado y a dos de los sargentos de la tropa del Servicio Militar
Obligatorio, quienes dieron media vuelta para regresar al fétido calabozo. Los
demás, con el cuerpo adolorido y el orgullo por los suelos, nos retiramos en
silencio hacia las cuadras para reintegrarnos a nuestras respectivas compañías,
jurando no volver a mezclar la chicha de jora con el honor del uniforme.
Los «morocos» en el ruedo: El
duelo de bandas en Ticapampa.- La banda del batallón ya se
había labrado una bien ganada fama en toda la región. Por eso, en el mes de
octubre de 1977, el jefe de la unidad nos envió de comisión al distrito de
Ticapampa con la misión de amenizar su fiesta patronal. Salimos muy temprano
desde el cuartel de Caraz, acomodados en la tolva de un camión que amablemente
había proporcionado el alferado de la festividad. El contingente musical estaba
conformado por diecinueve hombres entre sargentos, cabos y soldados, todos bajo
la dirección de nuestro maestro, un profesor de música del Colegio Dos de Mayo.
Entre los clases y la tropa contábamos con músicos fogueados en agrupaciones
civiles: tres sargentos eran naturales de Chiquian, en la provincia de
Bolognesi; un soldado provenía de Cajacay y los demás clases eran de los
caseríos de Huaraz. La gran mayoría sumaba mucha experiencia en el arte de los
vientos, pues al haber sido reclutados mediante la leva forzada, tenían edades
que oscilaban entre los veintidós y los veintiocho años. Con semejante
personal, estábamos en plenas condiciones de competir con las mejores
agrupaciones de la región.
Arribamos a Ticapampa en las
primeras horas del día. Al llegar a la casa del alferado, nos recibieron con
una hospitalidad desbordante, sirviéndonos un reconstituyente ponche preparado
a base de chicha de jora mezclada con huevo batido, acompañado de su respectivo
pan serrano y un suculento caldo de carnero sazonado con hierbas aromáticas.
Con el cuerpo caliente gracias a ese desayuno bien reforzado, marchamos con
rumbo a la Plaza de Armas. Por las calles adyacentes nos cruzábamos con otras
bandas del Callejón de Huaylas y de las zonas de Bolognesi que también se
dirigían al centro del pueblo. En aquellos tiempos, la población civil era más
genuina y original en su vestimenta, conservando la pureza de su lenguaje
andino. Al vernos pasar, todos nos miraban con profunda admiración, guardando
un estricto respeto hacia el uniforme militar.
Una vez en la plaza, nos
ubicamos en las inmediaciones de la puerta principal de la iglesia. En aquella
época, el cuadrante de la Plaza de Armas era prácticamente una pampa, un terral
rústico que no tenía ni una sola banca. A nuestro lado se acomodó la banda de
Huayllacayán, proveniente también de Bolognesi; en total nos reunimos seis
agrupaciones musicales, distribuidas estratégicamente a razón de dos grupos en
cada esquina.
La banda del batallón,
luciendo su característico uniforme de campaña color caqui y los borceguíes
bien lustrados, desbordaba confianza ante el inminente «mano a mano» contra los
de Huayllacayán. Ellos nos miraban de reojo, con un indisimulable desdén, y
rompieron el fuego musical haciendo sonar un huayno característico con el puro
sentimiento de Bolognesi. En cuanto las notas de sus trompetas callaron,
nosotros respondimos de inmediato y sin dudar: sintonizamos los instrumentos y
soplamos con el alma el huayno «Linda Chiquiana», interpretado también al
estilo Bolognesi, seguido de un vibrante pasodoble para cerrar con otro huayno
de su propia tierra.
El impacto en la multitud fue instantáneo. Los civiles que bailaban y la gente que observaba el espectáculo comenzaron a murmurar con asombro: «Los morocos son muy superiores a todas las bandas. Han tocado pasodoble, han tocado huayno al estilo Bolognesi y huayno al estilo Huaraz; han silenciado por completo a la banda de Huayllacayán». Llenos de entusiasmo, los danzantes rompieron en vítores y hurras hacia la tropa, haciendo resonar el grito de: «¡Batallón, batallón, batallón!». Nosotros, que ya habíamos aplacado la sed del polvo con algunas cervezas invitadas por el público, redoblamos el paso hacia adelante, henchidos de orgullo y demostrando con cada nota por qué estábamos allí representando con honor al Ejército peruano.











