lunes, 12 de octubre de 2015

LA HISTORIA DE LA BANDA DE MÚSICOS DEL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ

Crónica de la Banda de Banda de Músicos del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán” N° 112.- En el mes de septiembre de 1977, un aire festivo rompió momentáneamente la rigidez de la guarnición en el Callejón de Huaylas. El teniente coronel de ingeniería don Renán Ortiz Guillermo, comandante del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán” N.° 112 con sede en el distrito de Caraz, nos otorgó una autorización especial: debíamos trasladarnos para amenizar la fiesta patronal del distrito de Anta, una localidad cercana al aeropuerto en la jurisdicción de la provincia de Carhuaz. Al llegar, el entusiasmo de la población se desbordó en atenciones. Nos invitaron abundante chicha de jora y cerveza helada; embriagados por la música y la hospitalidad, varios sargentos y cabos de la banda perdieron la cuenta de los vasos. Emocionados y con los rostros encendidos por el alcohol, el retorno se retrasó demasiado. Emprendimos el viaje de regreso bien entrada la noche, hacinados en la tolva de un camión que amablemente nos había proporcionado el alferado de la fiesta.

La fraternidad musical, sin embargo, se evaporó con los tumbos del camino. Desde que el vehículo cruzó el distrito de Ranrahirca hasta las inmediaciones de Yungay, los sargentos y cabos comenzaron a enfrascarse en discusiones subidas de tono dentro de la tolva. Lo que empezó como un intercambio de reclamos borrachos degeneró rápidamente en una trifulca a puño limpio en pleno vehículo en marcha. Ante el caos, el sargento más antiguo de la dotación bramó una orden y obligó a detener el camión cerca del Centro Poblado de Punyan. Los soldados, completamente ebrios, saltaron a un costado de la pista asfáltica y desataron una feroz pelea campal que se prolongó por más de quince minutos. El chofer del camión, un civil ajeno a los códigos del cuartel, contemplaba la escena horrorizado y mudo de espanto desde su cabina, viendo cómo la tropa que integraba la distinguida banda de músicos se molía a golpes sin respetar antigüedades, jerarquías ni grados. Cuando los puños finalmente callaron, el panorama era desastroso: había hombres con los labios partidos, pómulos hinchados y otros que emanaban abundante sangre por la nariz. En esas lamentables condiciones volvieron a subir a la tolva, arrastrando consigo varios instrumentos abollados y lamentando la pérdida de las valiosas boquillas de las trompetas.

Los sargentos, todavía envalentonados por los vapores del alcohol, le mentaban la madre al chofer y lo conminaban a acelerar. Tras recorrer diecisiete tensos kilómetros bajo el manto de la noche, el camión dobló lentamente por la esquina del arco que da la bienvenida al bello distrito de Caraz. El reloj marcaba ya las 23:30 horas. Al ingresar al cuartel, nos percatamos de inmediato de que nos estaban esperando con honda preocupación. En la guardia aguardaban el suboficial Mario Vílchez, oficial de día, y el capitán de día, el subteniente Juan Huamán Traverso. La orden de descender del vehículo fue tajante. Al ver bajar al personal en ese estado etílico, con los uniformes ensangrentados, los rostros desfigurados por la hinchazón y las narices rotas, los oficiales no daban crédito a lo que veían. Nos hicieron formar de inmediato en las inmediaciones de la guardia, donde fuimos sometidos a un breve pero implacable interrogatorio.

Sin perder tiempo, el capitán de día ordenó al oficial de guardia que todo el contingente de músicos fuera depositado en el calabozo. En total, diecinueve castigados fuimos empujados al interior de un ambiente oscuro, estrecho y maloliente. Pasamos la noche entera de pie, pues el espacio no permitía otra postura. En medio de aquella profunda incomodidad, atrapado por el frío de las paredes, me arrepentí con el alma de haber integrado alguna vez la banda de músicos. Para colmo de males, los más ebrios comenzaron a orinar dentro del encierro; el hedor se volvió insoportable a cada instante y el piso, de rincón a rincón, quedó completamente anegado por los orines. Así nos encontró el amanecer, sin haber podido pegar el ojo ni siquiera cinco minutos debido a la pestilencia y la tortura del espacio.

A las 05:30 de la mañana, los cerrojos de hierro crujieron. El oficial de guardia se aproximó y ordenó al cabo de castigados abrir la pesada puerta. Salir de aquel recinto inmundo provocó en nosotros un alivio indescriptible; tras largas horas de asfixia, volvimos a respirar el aire puro de la sierra. Sin embargo, la tregua fue corta. El cabo nos condujo de inmediato a la explanada de la guardia, donde el oficial nos aplicó una severa sanción física que se prolongó por espacio de dos horas. Bajo sus gritos realizamos interminables series de ranas, planchas y polichinelas, hasta que el corneta del cuartel tocó la melodía del rancho, interrumpiendo el castigo para que fuéramos a alimentarnos.

El veredicto final se dictó en el patio. El capitán de día castigó con ocho días de arresto simple al sargento músico reenganchado y a dos de los sargentos de la tropa del Servicio Militar Obligatorio, quienes dieron media vuelta para regresar al fétido calabozo. Los demás, con el cuerpo adolorido y el orgullo por los suelos, nos retiramos en silencio hacia las cuadras para reintegrarnos a nuestras respectivas compañías, jurando no volver a mezclar la chicha de jora con el honor del uniforme.

Los «morocos» en el ruedo: El duelo de bandas en Ticapampa.- La banda del batallón ya se había labrado una bien ganada fama en toda la región. Por eso, en el mes de octubre de 1977, el jefe de la unidad nos envió de comisión al distrito de Ticapampa con la misión de amenizar su fiesta patronal. Salimos muy temprano desde el cuartel de Caraz, acomodados en la tolva de un camión que amablemente había proporcionado el alferado de la festividad. El contingente musical estaba conformado por diecinueve hombres entre sargentos, cabos y soldados, todos bajo la dirección de nuestro maestro, un profesor de música del Colegio Dos de Mayo. Entre los clases y la tropa contábamos con músicos fogueados en agrupaciones civiles: tres sargentos eran naturales de Chiquian, en la provincia de Bolognesi; un soldado provenía de Cajacay y los demás clases eran de los caseríos de Huaraz. La gran mayoría sumaba mucha experiencia en el arte de los vientos, pues al haber sido reclutados mediante la leva forzada, tenían edades que oscilaban entre los veintidós y los veintiocho años. Con semejante personal, estábamos en plenas condiciones de competir con las mejores agrupaciones de la región.

Arribamos a Ticapampa en las primeras horas del día. Al llegar a la casa del alferado, nos recibieron con una hospitalidad desbordante, sirviéndonos un reconstituyente ponche preparado a base de chicha de jora mezclada con huevo batido, acompañado de su respectivo pan serrano y un suculento caldo de carnero sazonado con hierbas aromáticas. Con el cuerpo caliente gracias a ese desayuno bien reforzado, marchamos con rumbo a la Plaza de Armas. Por las calles adyacentes nos cruzábamos con otras bandas del Callejón de Huaylas y de las zonas de Bolognesi que también se dirigían al centro del pueblo. En aquellos tiempos, la población civil era más genuina y original en su vestimenta, conservando la pureza de su lenguaje andino. Al vernos pasar, todos nos miraban con profunda admiración, guardando un estricto respeto hacia el uniforme militar.

Una vez en la plaza, nos ubicamos en las inmediaciones de la puerta principal de la iglesia. En aquella época, el cuadrante de la Plaza de Armas era prácticamente una pampa, un terral rústico que no tenía ni una sola banca. A nuestro lado se acomodó la banda de Huayllacayán, proveniente también de Bolognesi; en total nos reunimos seis agrupaciones musicales, distribuidas estratégicamente a razón de dos grupos en cada esquina.

La banda del batallón, luciendo su característico uniforme de campaña color caqui y los borceguíes bien lustrados, desbordaba confianza ante el inminente «mano a mano» contra los de Huayllacayán. Ellos nos miraban de reojo, con un indisimulable desdén, y rompieron el fuego musical haciendo sonar un huayno característico con el puro sentimiento de Bolognesi. En cuanto las notas de sus trompetas callaron, nosotros respondimos de inmediato y sin dudar: sintonizamos los instrumentos y soplamos con el alma el huayno «Linda Chiquiana», interpretado también al estilo Bolognesi, seguido de un vibrante pasodoble para cerrar con otro huayno de su propia tierra.

El impacto en la multitud fue instantáneo. Los civiles que bailaban y la gente que observaba el espectáculo comenzaron a murmurar con asombro: «Los morocos son muy superiores a todas las bandas. Han tocado pasodoble, han tocado huayno al estilo Bolognesi y huayno al estilo Huaraz; han silenciado por completo a la banda de Huayllacayán». Llenos de entusiasmo, los danzantes rompieron en vítores y hurras hacia la tropa, haciendo resonar el grito de: «¡Batallón, batallón, batallón!». Nosotros, que ya habíamos aplacado la sed del polvo con algunas cervezas invitadas por el público, redoblamos el paso hacia adelante, henchidos de orgullo y demostrando con cada nota por qué estábamos allí representando con honor al Ejército peruano.

sábado, 10 de octubre de 2015

LA HISTORIA DE LA BASE CONTRASUBVERSIVO N° 28 DEL DISTRITO DE YURACYACU RIOJA SAN MARTÍN PERÚ 1994

Memorias del Alto Mayo: La Noche que Llegué a Yuracyacu.- El distrito de Yuracyacu es uno de los nueve territorios que conforman la provincia de Rioja, en el departamento de San Martín. Ubicado en las inmediaciones del río Mayo, este distrito se asienta sobre un fértil valle agrícola dedicado, principalmente, al cultivo de arroz.

Durante el conflicto armado interno, entre los años 1987 y 1992, esta localidad se convirtió en el principal bastión del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Según testimonios de subversivos que se acogieron a la Ley de Arrepentimiento impulsada por el gobierno del presidente Alberto Fujimori, en la zona operaban más de quinientos combatientes. A pesar de estar bien armados, estos elementos carecían de una base ideológica sólida. Estaban comandados por el denominado camarada “Muchachón”, quien fue abatido en un enfrentamiento por el Ejército Peruano. Tras su muerte, y debido a las constantes deserciones y derrotas, las columnas depusieron las armas, tal como lo reconoció posteriormente su líder, Sistero García Torres, conocido como el "comandante Ricardo". El MRTA, víctima de sus propios errores tácticos y estratégicos, fracasó en su intento de consolidar su fortín en San Martín. Sin embargo, a partir de 1993, el territorio abandonado por los tupacamaristas fue invadido por los combatientes de Sendero Luminoso.

La noche del 7 de marzo de 1994 quedó grabada en mi memoria. Una lluvia torrencial golpeaba con furia los techos de calamina, haciendo tambalear las viejas estructuras del precario alojamiento destinado a los técnicos y suboficiales del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja. El estruendo del agua y los truenos alteraban mi estado emocional. Inquieto y sumido en profundos pensamientos, me acosté sin poder conciliar el sueño. A las 01:30 horas, mis peores previsiones se cumplieron: un soldado de la guardia ingresó abruptamente al alojamiento. Me ordenó equiparme a la mayor brevedad posible para integrarme a una patrulla de refuerzo. El destino era la base militar de Yuracyacu, la cual soportaba en ese instante un intenso hostigamiento por parte de elementos subversivos.

Mientras alistaba mi equipo y verificaba el fusil, las cacerinas, las municiones y las granadas, una ráfaga de preguntas e interrogantes inundó mi mente. Salí a paso ligero hacia la guardia de prevención, donde esperaba una camioneta doble cabina (4x4) con personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) y un teniente a bordo. Subí de inmediato. Al cruzar la tranquera de control, el temor a una emboscada se hizo presente. Patrullar en la selva es una experiencia completamente distinta a operar en la sierra. En medio de una oscuridad absoluta, el pequeño vehículo avanzaba por una trocha carrozable flanqueada por una densa vegetación. Era mi primera misión en ese tipo de terreno. Tras una hora y media de viaje, arribamos al distrito. El silencio era total. En la base contrasubversiva, una parte del personal permanecía alerta en las trincheras y otra se resguardaba dentro de las instalaciones, todos completamente equipados. El jefe de la base, un teniente con el seudónimo de "Voltaire", nos informó que el ataque se había limitado a una breve ráfaga de ametralladora disparada desde el monte, sin consecuencias que lamentar. Nadie volvió a dormir esa noche.

Al día siguiente, el 8 de marzo a las 08:00 horas, la situación dio un giro. Mediante un radiograma, el mayor Abraham, oficial de operaciones (S-3) del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, me ordenó permanecer destacado en la base militar de Yuracyacu hasta el 31 de mayo de 1994. El teniente y la patrulla de refuerzo emprendieron el retorno al puesto de comando en Rioja.

La guarnición quedó bajo el mando de un subteniente de infantería —cuyo nombre de combate también era "Voltaire"—, un suboficial y cuarenta soldados del SMO, todos ellos nativos de la región de la selva. El oficial y el suboficial solo permanecieron en el puesto hasta finales de marzo; el subteniente fue destacado al 5.º CIR y el suboficial tuvo que retornar a Lima para resolver problemas legales ante la Justicia Militar.

Desde el momento de mi llegada, noté graves faltas de disciplina entre el personal de tropa, lo que me causó una profunda impresión negativa. El control real de la base no lo ejercían los oficiales, sino un sargento segundo apodado "Tigre", respaldado por otro sargento segundo de nombre de combate "Alpashira". Tanto el subteniente como el suboficial, al carecer de experiencia en combate, eran incapaces de imponer su autoridad y mostraban un evidente temor hacia los sargentos. El personal de tropa solo se levantaba por las mañanas o salía a formar si el sargento "Tigre" daba su consentimiento. En términos del argot militar peruano, los soldados, mediante una resistencia pasiva, le hacían "llorar" la situación a los novatos mandos a cargo.

La Patrulla a Nuevo Cajamarca y la Advertencia en la Cocina.- Durante la segunda semana de marzo, la crisis de autoridad se hizo aún más evidente. El subteniente "Voltaire" salió de patrulla al mando de veinte hombres de tropa con dirección al Valle de la Conquista y las zonas altas de Nuevo Cajamarca. Aquella misión estuvo plagada de contratiempos debido a la insubordinación del personal bajo su comando, especialmente durante los desplazamientos y los periodos de descanso. A su retorno a la base, el oficial, visiblemente frustrado, me confesó lo sucedido: «Durante el patrullaje he tenido serios problemas con este personal de tropa. Resulta que solo descansaban cuando el sargento segundo Tigre lo ordenaba, y continuaban la marcha únicamente cuando él decidía hacer el alto». Aquello dejó demostrado que el oficial estaba prácticamente "pintado", despojado de su autoridad y convertido en un elemento más de la patrulla.

La tropa actuaba bajo la firme creencia de que un oficial y un suboficial sin experiencia real en combate no tenían la capacidad ni el derecho de comandarlos. Esta indisciplina diaria se convirtió en mi principal fuente de preocupación. Debido a mi formación y carácter, mi primera reacción fue apelar a la fuerza; pensé en utilizar el palo para doblegar y dominar a los dos líderes de la insubordinación. Sin embargo, tras meditarlo durante algunos días, decidí buscar otra perspectiva.

Una tarde me acerqué a la cocina de la base, donde una señora civil preparaba el rancho para todo el personal. Conversé con ella sobre el comportamiento de la tropa y su respuesta fue una advertencia que me heló la sangre: «Suboficial, no se ponga exigente ni abusivo con este personal, porque a punta de balazos lo van a hacer bailar, tal como lo hicieron antes con el teniente Jhonatan. Tenga, sobre todo, mucho cuidado con el sargento Tigre y con Alpashira. Le suplico, suboficial, no se meta con ellos, porque le irá muy mal». Ante la gravedad de aquella advertencia y el peso del antecedente, decidí que lo más prudente era dejar pasar las indisciplinas, limitándome a informar de cada ocurrencia al oficial al mando de la base.

Buscando una salida institucional, le propuse al subteniente poner a disposición del Puesto de Comando del Batallón a los cinco clases más antiguos, argumentando que ya habían cumplido demasiado tiempo en la base y necesitaban una rotación urgente. Sin embargo, el joven oficial, que cuidaba sus galones como si pesaran una tonelada de oro, rechazó la propuesta de inmediato: «No, imposible. El comandante va a decir que no tengo comando, y eso sería una mancha negativa en mi foja de servicios. Si me hacen el relevo por esto sería peor, porque al final del año me calificarían mal». De este modo, por temor a truncar su carrera y por salvaguardar su reputación ante los superiores, el oficial prefirió no dar solución a la indisciplina. Al final, en la base contrasubversiva de Yuracyacu, todo continuó exactamente igual.

El Encuentro con lo Desconocido: Patrulla a las Partes Altas. - El 17 de marzo, a las 08:00 horas de una mañana de sol intenso, llegó mi turno de salir de patrulla. Me asignaron el mando de veinte hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio para recorrer el mismo itinerario que días antes había transitado el subteniente "Voltaire": la ruta hacia el Valle de la Conquista y las partes altas de Nuevo Cajamarca. El desafío ahora era mío. El sargento segundo "Tigre" y el sargento segundo "Alpashira" —clases con mucha experiencia en combates contrasubversivos— formaban una vez más en la patrulla, esta vez bajo mi mando directo. Afortunadamente, y gracias a Dios, no se presentaron problemas durante el desplazamiento ni en los momentos de descanso.

Caminamos durante todo el día sorteando troncos, palos y una trocha seca sepultada bajo una densa y asfixiante vegetación. Al caer la tarde, tras una jornada extenuante, salimos del monte y llegamos a una comunidad nativa. Era un asentamiento cuyos habitantes vivían prácticamente sin contacto con la civilización. Hombres y mujeres se sustentaban exclusivamente de lo que la tierra y la selva les proveían: yuca, papaya, plátano y masato. En sus alrededores criaban sajinos —esos animales silvestres parecidos a los cerdos—, además de gallinas, patos y pavos.

Aquella población no hablaba quechua ni español; se comunicaban en su propio idioma nativo, el cual solo algunos de mis soldados de la selva lograban entender a medias. A través de ellos, nos explicaron que en su comunidad no existían los ladrones, razón por la cual todas sus rústicas viviendas permanecían siempre abiertas, sin puertas ni candados. Decidimos pasar la noche en ese lugar, donde el verdadero enemigo terminó siendo la implacable naturaleza: nubes de zancudos nos atacaron sin tregua durante el día y la noche, haciendo imposible el descanso.

La Prueba del Fango y el Relevo del Mando. - El 18 de marzo, segundo día de desplazamiento dentro del monte y bajo una lluvia torrencial, se convirtió en una jornada imposible de olvidar. Aquel personal de tropa de la selva, habituado a transitar por esos parajes hostiles, decidió poner a prueba mi capacidad y mi resistencia física. Me guiaron por trochas de pésimo acceso y senderos angostos dominados por densos pantanos. En varios tramos, el agua turbia y el barro me llegaban hasta el pecho. Soportando el aguacero, me mantuve firme pisando los talones de los hombres en punta. Su clara intención era dejarme rezagado en medio de la nada, pero no lo consiguieron; empapado y exhausto, los seguí sin tregua por donde avanzaban. Incluso me hicieron cruzar el imponente río Mayo a bordo de una canoa sumamente pequeña. Tras largas y extenuantes horas de marcha, al caer una tarde lluviosa, alcanzamos una vivienda de madera. El propietario nos brindó su valioso apoyo ofreciéndonos comida y cobijo para pasar la noche.

Al día siguiente, el 19 de marzo a las 17:00 horas, la patrulla bajo mi mando retornó sin novedad a la base contrasubversiva de Yuracyacu tras haber recorrido el Valle de la Conquista y las partes altas de Nuevo Cajamarca. Logré demostrarles que no se quebrarían mis fuerzas con facilidad.

El 2 de abril de 1994 trajo consigo un cambio en la base militar. Por la mañana se incorporó el subteniente de infantería Marco Morán Gonzales, conocido bajo el apelativo de combate "Franco". Con él había tenido el honor de trabajar en el año 1990 en el glorioso Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31, perteneciente a la 8.ª División de Infantería con sede en el distrito de Lobitos, Talara. El subteniente "Franco" asumió de inmediato la jefatura de la base militar. No obstante, al ser un oficial subalterno que tampoco contaba con experiencia previa en combates ni patrullajes en selva, se vio de manos atadas. No pudo hacer nada para corregir la arraigada indisciplina del personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio. Al igual que su antecesor, prefirió dejar pasar los días de su destaque para evitarse mayores complicaciones.

El Desafío Final y el Hallazgo en Rioja. - El 15 de abril llegó la fecha del licenciamiento para la promoción de los sargentos "Tigre" y "Alpashira". Con ellos, se marchaban de la base un total de quince individuos entre clases y soldados. Esa mañana se recibió un radiograma con la orden expresa para que el propio jefe de la base realizara una rigurosa revista de prendas al personal por licenciarse. Sin embargo, los soldados se habían adelantado: en horas de la madrugada prepararon sus maletines y los aseguraron firmemente con candados.

Cuando el subteniente "Franco" ingresó a la cuadra para cumplir con la disposición, el sargento "Tigre" se plantó firme ante el oficial y, desafiando abiertamente su autoridad, se negó rotundamente a que revisaran los equipajes. Incapaz de imponer su comando una vez más, el oficial guardó un completo silencio y se retiró del lugar. Momentos después, en el patio de formación, se me acercó y me ordenó: «Suboficial Diego, saca a este personal al patio para la revista». Evaluando la tensión del momento y para evitar quedar desautorizado frente al resto del personal de retén que observaba la escena, decidí no acatar la orden directa. Con el vehículo de traslado ya estacionado afuera y el motor encendido, ordené el embarque inmediato de los licenciados. Los trasladé directamente hacia el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 28, acantonado en el distrito de Rioja, para ponerlos a disposición del oficial de personal (S-1).

Al llegar a la puerta del cuartel de Rioja, nos esperaba el propio comandante Miguel, jefe del batallón. Con voz enérgica, el comandante mandó formar a los quince hombres y les ordenó abrir los maletines de inmediato, vaciando todo el contenido en el suelo. La sorpresa fue mayúscula y alarmante: del interior de los equipajes cayeron dos granadas de fusil Instalaza, cinco granadas de mano, una gran cantidad de municiones para fusil FAL y varios uniformes "parchis" completamente nuevos.

Ante la gravedad del contrabando de material de guerra, el comandante puso el grito en el cielo. Volteó hacia mí y me increpó con dureza: «¿Por qué el subteniente Franco no pasó la revista reglamentaria?». Ante su reclamo, opté por guardar un estricto silencio militar. Al día siguiente, me enteré de que al subteniente "Franco" le había sido impuesta una sanción de arresto simple de cuatro días por una evidente y grave falta de comando.

La Caída del MRTA y el Avance de Sendero Luminoso. - Desde una perspectiva histórica y estratégica, entre los años 1988 y 1992, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) operó como una organización político-militar de ideología marxista-leninista, con un marcado carácter nacionalista y latinoamericanista. Su objetivo era acumular fuerzas para tomar el poder del Estado mediante la lucha armada. Durante aquel periodo, el departamento de San Martín se convirtió en su fortín inexpugnable, y el distrito de Yuracyacu fue elegido como el Cuartel General de uno de sus frentes de combate más importantes. Informaciones de Inteligencia de la época estimaban que en este distrito se concentraban aproximadamente quinientos combatientes uniformados y fuertemente armados. Estaban bajo las órdenes del mando militar conocido como "Muchachón", quien finalmente cayó abatido en un enfrentamiento contra patrullas del Ejército Peruano. Aunque el MRTA logró convocar a un gran número de personas —principalmente obreros, campesinos y desocupados—, sus filas padecían una profunda carencia de base ideológica. Esto aceleró su fracaso operativo y su posterior derrota militar, empujando a muchos de sus militantes a deponer las armas y acogerse a la Ley de Arrepentimiento decretada por el gobierno de Alberto Fujimori.

A partir de 1992, el poderío del MRTA en la región comenzó a decaer drásticamente debido a la contundente acción de los batallones contrasubversivos del Ejército. Sin embargo, mientras las fuerzas del orden se concentraban en combatir a las huestes de Víctor Polay Campos, las columnas del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) avanzaron subrepticiamente. Para el año 1993, la organización terrorista dirigida por Abimael Guzmán Reynoso, el autodenominado presidente "Gonzalo", había ocupado casi por completo los territorios abandonados por el MRTA en el departamento de San Martín. Cuando el Comando del Ejército advirtió la maniobra, Sendero Luminoso ya se había establecido con extrema violencia en todas las provincias de la región.

Alianzas Inesperadas y el Control en Yuracyacu. -Este avance senderista provocó una reacción inesperada. Impulsados por el deseo de venganza frente a sus antiguos rivales y la pérdida de sus zonas de influencia, varios mandos y combatientes del MRTA comenzaron a colaborar activamente con el Ejército Peruano para combatir de forma conjunta a Sendero Luminoso. Uno de estos colaboradores fue el mando militar tupacamarista conocido bajo el seudónimo de "Grillo", a quien tuve la oportunidad de conocer personalmente en las instalaciones del cuartel de la ciudad de Tarapoto. Cuando las patrullas del Ejército se alistaban para salir a combatir a las columnas senderistas en el monte, el camarada "Grillo" se integraba a las filas de la patrulla militar, portando el uniforme reglamentario y armado exactamente como cualquier otro soldado de la República.

Esta pacificación forzada y el proceso de reinserción civil se vivían con rigurosidad en nuestra zona de operaciones. Para el año 1994, en el distrito de Yuracyacu, la Base Militar mantenía un registro oficial de ciento dos combatientes arrepentidos del MRTA. El control sobre este personal era estricto: todos los domingos, sin excepción, debían presentarse en las instalaciones de la base contrasubversiva para pasar la lista de presencia reglamentaria. Posteriormente, participaban de manera obligatoria en la ceremonia cívica de izamiento del Pabellón Nacional, un acto que simbolizaba el retorno del principio de autoridad del Estado en un territorio que alguna vez pretendió ser un bastión subversivo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

LA HISTORIA DEL BATALLÓN CONTRASUBVERSIVO N° 28 DISTRITO DE RIOJA SAN MARTÍN PERÚ 1994 - 1995

El Batallón Contrasubversivo “teniente EP Luis García Ruiz” N° 28 fue creado el 1 de enero de 1982, sobre la base del personal de la Compañía “B” del 5º CIR. Inicialmente, se encontraba acantonado en el Fuerte Militar “Soldado Alfredo Vargas Guerra”, en la ciudad de Iquitos, departamento de Loreto.

Esta unidad lleva su nombre en honor al valeroso oficial Luis García Ruiz, quien en abril de 1933 tuvo una destacada participación en el combate de Yabuyanos contra las cañoneras colombianas Cartagena y Santa María en el río Putumayo, donde las fuerzas peruanas infligieron una derrota al enemigo. Años más tarde, durante la campaña militar de 1941, el teniente García Ruiz combatió con éxito contra las fuerzas invasoras de Ecuador en el sector de Rocafuerte. El 11 de agosto de ese mismo año ofrendó su vida en acción de armas al comandar el asalto a una posición enemiga, dejando un legado de valor, abnegación y estricto cumplimiento del deber.

En el año 1990, con el objetivo de combatir a las organizaciones subversivas y a las mafias del narcotráfico, el batallón fue destacado a la ciudad de Pucallpa, en la provincia de Coronel Portillo, departamento de Ucayali. Posteriormente, en 1991, durante el gobierno de Alberto Fujimori y ante el notable avance de los grupos terroristas PCP Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el Comando del Ejército reestructuró la unidad como el Batallón Contrasubversivo N° 28, trasladando su sede central al distrito de Rioja, en el departamento de San Martín. Para completar sus cuadros, se reclutó a personal nativo de la selva peruana procedente de Pucallpa, San Martín y Nauta (Loreto). Sus bases contrasubversivas se desplegaron estratégicamente a lo largo de todo el valle, abarcando localidades como Yuracyacu, Soritor, Tabalosos, San José de Sisas, Yurimaguas, Yarina, Pelejo, San Martín de Alao, Picota, Agua Blanca, Santa Rosa, Naranjos, Huimbayoc, Chazuta, Pongo de Caynarichi, Nueva Cajamarca y Naranjillo.

Durante el transcurso de la guerra interna, el Batallón Contrasubversivo N° 28 entabló numerosos combates en el Huallaga. El 6 de marzo de 1994, a las 17:45 horas, en una tarde nublada y lluviosa, llegué al distrito de Rioja con el grado de suboficial de primera, tras haber sido cambiado de colocación a esta unidad. El puesto de comando funcionaba de manera provisional en un antiguo y precario campamento del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. Desde allí, el comandante dirigía las operaciones de todas las bases subordinadas de la zona.

Al ingresar al cuartel, fui conducido de inmediato a la Oficina de Personal (S-1), donde verificaron mi PC-15 y firmaron mi papeleta de tránsito. Acto seguido, un soldado me guio hacia la Oficina de Inteligencia (S-2). Allí recibí recomendaciones verbales sobre las medidas de seguridad indispensables y se me entregó una Libreta Electoral con una identidad falsa para poder desplazarme protegido por las distintas bases. Al ser mi primera vez en una zona de emergencia en terreno selvatico en pleno conflicto armado, el temor era inevitable.

Fui asignado al alojamiento de técnicos y suboficiales, un antiguo galpón de maquinaria pesada acondicionado con camarotes y roperos rústicos. Al instalar mi catre en un rincón, comencé a escuchar las conversaciones de los efectivos más antiguos. Hablaban con insistencia sobre las bases de Huimbayoc, Agua Blanca, Pelejo y Naranjos, zonas con alta presencia del narcotráfico. Muchos técnicos y suboficiales experimentados buscaban ser destacados a estos puestos debido al dinero ilícito que, según ellos, abundaba en dichas posiciones "rentables". Escuchar aquello me causó una profunda sorpresa y desconcierto.

Al día siguiente, 7 de marzo de 1994, a las 08:00 horas, durante la Lista de Diana, el Oficial de Operaciones (S-3) me nombró para ser destacado a la Base Contrasubversiva de Huimbayoc. Al enterarse, los técnicos veteranos manifestaron su envidia: "Pinche, estás bien recomendado con el S-3; a esa base solo van los conocidos y los que tienen influencias", me decían. Mientras ellos ambicionaban ese puesto, yo solo sentía un profundo temor a sufrir una emboscada en la espesura del monte y las trochas. Ese día no pude viajar hacia mi destino debido a que los autobuses provenientes de Lima y Chiclayo pasaron completamente llenos hacia Tarapoto, por lo que tuve que regresar al galpón.

Aquella noche desató una lluvia torrencial. La fuerza de la tormenta golpeaba el techo de calamina y hacía crujir las viejas estructuras del precario alojamiento. El ruido ensordecedor y los truenos alteraron por completo mi estado emocional, impidiéndome conciliar el sueño. En medio de esa tensa vigilia, a las 01:30 de la madrugada, un soldado de la guardia ingresó abruptamente para ordenarme equiparme de inmediato: debía integrarme a una patrulla de refuerzo con destino al distrito de Yuracyacu. La base militar de esa localidad estaba sufriendo en esos instantes un intenso hostigamiento con disparos de fusiles y ametralladoras desde el monte, desconociéndose si los atacantes pertenecían a Sendero Luminoso o al MRTA.

A las 02:00 horas, una patrulla integrada por veinte hombres y comandada por un teniente se encontraba lista en la puerta de la guardia a bordo de una camioneta 4x4 de doble cabina. Corrí desde el galpón y subí al vehículo. Durante el desplazamiento en la oscuridad a través de un sendero cerrado por la vegetación, la tensión era máxima; la posibilidad de caer en una emboscada en el monte no salía de mi mente. Permanecí alerta junto al personal de tropa, aferrando mi fusil FAL que ya llevaba calzada una granada de fusil String. Finalmente, a las 03:00 de la mañana, ingresamos a la Base Contrasubversiva de Yuracyacu. Al llegar constatamos que el ataque enemigo había sido breve, pero la patrulla completa permaneció en alerta máxima hasta el amanecer.

El 8 de marzo, a las 08:00 horas, el teniente conocido bajo el seudónimo de "Rolando" retornó junto al resto de la patrulla de refuerzo al Puesto de Comando en el distrito de Rioja. Por mi parte, permanecí destacado en la Base Contrasubversiva de Yuracyacu desde ese mes hasta el 31 de mayo de 1994, fecha en la que recibí una nueva orden de desplazamiento para integrarme a la base del distrito de Agua Blanca.

Entre los años 1990 y 1992, el distrito de Yuracyacu, bajo la jurisdicción de la provincia de Rioja en el departamento de San Martín, operó como el Cuartel General de uno de los frentes de lucha más activos del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). De acuerdo con los informes de inteligencia militar, en el apogeo de su despliegue en la zona, esta organización subversiva llegó a concentrar a cerca de 500 combatientes uniformados y fuertemente armados. Este frente estuvo comandado por el mando político-militar conocido como "Muchachón", quien posteriormente cayó abatido en combate contra las patrullas del Ejército Peruano. Aunque el grupo logró captar a un número significativo de pobladores locales —principalmente obreros, campesinos y desocupados—, la estructura adolecía de una sólida base ideológica entre sus combatientes, lo que precipitó su declive operativo. Tras ser derrotados militarmente, gran parte de sus militantes optaron por acogerse a los beneficios de la Ley de Arrepentimiento decretada por el gobierno de Alberto Fujimori.

Desde 1988, el departamento de San Martín se había constituido como un bastión inexpugnable para el MRTA; sin embargo, a partir de 1992 su capacidad operativa decayó drásticamente debido al asedio de las patrullas de los batallones contrasubversivos del Ejército. Esta transición fue aprovechada por las columnas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, las cuales ocuparon de manera subrepticia las áreas geográficas abandonadas por las huestes de Víctor Polay Campos. Para el último trimestre de 1993, la presencia de la organización dirigida por Abimael Guzmán, el camarada "Gonzalo", se había extendido con gran agresividad en todas las provincias de San Martín. Ante esta situación, y motivados por un afán de represalia, antiguos mandos y combatientes arrepentidos del MRTA comenzaron a colaborar activamente con el Ejército Peruano, uniendo esfuerzos para combatir a Sendero Luminoso. Entre ellos se encontraba el exmando tupacamaruta bajo el seudónimo de “Grillo”, a quien conocí personalmente en el cuartel de la ciudad de Tarapoto. Este colaborador residía dentro de las instalaciones militares y, cada vez que las patrullas del Ejército salían a operar contra las columnas senderistas, se integraba a las filas uniformado y armado como un soldado regular.

El MRTA, durante su periodo de mayor beligerancia entre 1988 y 1992, se autodefinía como una organización político-militar de ideología marxista-leninista, de carácter nacionalista y latinoamericanista, cuyo objetivo central era la toma del poder mediante la vía armada. Para el año 1994, en el distrito de Yuracyacu se encontraban registrados un total de 102 combatientes de esta agrupación acogidos a la Ley de Arrepentimiento. Este personal tenía la obligación de pasar lista en la Base Militar todos los domingos y participar activamente en la ceremonia cívica de izamiento del Pabellón Nacional.

El panorama cambió drásticamente el 6 de febrero de 1995. Con motivo del estallido del Conflicto Armado con el Ecuador en el sector del Alto Cenepa (provincia de Condorcanqui, Amazonas), el personal del Batallón Contrasubversivo N° 28 fue movilizado de urgencia a bordo de aviones Antonov del Ejército y de la Fuerza Aérea con destino al aeródromo de El Valor, en Bagua. Desde allí, el contingente se trasladó por vía terrestre hasta Mesones Muro, navegó el río Marañón hasta la Base Militar de Ciro Alegría, y finalmente fue insertado en helicópteros hacia el Puesto de Vigilancia N° 1.

El domingo 12 de febrero de 1995, el batallón entabló combate directo contra las tropas de la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 "Patria" del Ejército del Ecuador en las inmediaciones de la Cota 1232. Aquella tarde, el enfrentamiento arrojó un saldo de seis efectivos peruanos heridos por esquirlas debido al fuego concentrado de morteros de 60 mm.

Al día siguiente, el lunes 13 de febrero, la intensidad de los combates en la Cota 1232 cobró la vida del sargento segundo de Servicio Militar Obligatorio (SMO) Inocente Nicolás Vásquez Gonzáles. El sargento, conocido entre la tropa como "Lechuza", falleció a consecuencia del impacto directo de una esquirla de mortero de 60 mm que le amputó el hombro y el brazo derecho. Esta sensible baja ocurrió durante un ataque sorpresivo perpetrado por la Brigada "Patria" de Latacunga Ecuador contra una reducida fuerza peruana de 86 combatientes, quienes se encontraban dispersos y desorientados en la densa vegetación tras las acciones del día anterior. Esa jornada concluyó con un saldo trágico de 27 heridos adicionales.

El 22 de febrero, fecha que las fuerzas armadas ecuatorianas recordarían como el “miércoles negro”, el Batallón Contrasubversivo N° 28 participó activamente con una compañía de fusileros reforzada con 15 lanzacohetes RPG-7. El empleo masivo de estos lanzadores permitió batir de manera eficaz las posiciones atrincheradas de las tropas ecuatorianas en el sector denominado El Maizal. Desde su inserción el 8 de febrero de 1995, la unidad mantuvo una participación ininterrumpida en el frente del Valle del Cenepa por espacio de dos meses y 22 días, replegándose del Puesto de Vigilancia N° 1 el 30 de abril de 1995, una vez que los observadores militares de los países garantes (MOMEP) ordenaron la desmilitarización de la zona de conflicto.

A partir de noviembre de 1997, el Batallón Contrasubversivo N° 28 fue reestructurado y renombrado como el Batallón de Infantería de Selva N° 28 (BIS N° 28). Bajo esta nueva denominación, la unidad asumió la responsabilidad del Sistema de Vigilancia de Fronteras en el límite territorial con Colombia, desplegando sus capacidades en la zona del río Pastaza con el propósito de reforzar los puestos de vigilancia y optimizar el control de la soberanía en dicho sector.




LEY Nº 31177

 

LA PRESIDENTA A. I. DEL CONGRESO

DE LA REPÚBLICA

POR CUANTO:

EL CONGRESO DE LA REPÚBLICA;

Ha dado la Ley siguiente:

LEY QUE OTORGA BENEFICIOS A LOS EXCOMBATIENTES DE LAS FUERZAS ARMADAS DE LA LUCHA CONTRATERRORISTA, MODIFICANDO LA LEY 24053, LEY QUE DENOMINA “CAMPAÑA MILITAR DE 1941”, A LOS GLORIOSOS HECHOS DE ARMAS CUMPLIDOS EN ZARUMILLA Y EN LA FRONTERA NOR ORIENTE; Y QUE DECLARA EL 31 DE JULIO DÍA CENTRAL CONMEMORATIVO; Y LA LEY 29248, LEY DEL SERVICIO MILITAR

Artículo 1. Objeto de la Ley

La presente ley tiene por objeto incorporar a los excombatientes de la lucha terrorista de las Fuerzas Armadas que participaron en el proceso de Pacificación Nacional entre los años 1980-2000, a los alcances del artículo 10 de la Ley 24053, Ley que denomina “Campaña Militar de 1941”, a los gloriosos hechos de armas cumplidos en Zarumilla y en la Frontera Nor Oriente; y que declara el 31 de Julio Día Central Conmemorativo. Así mismo, modificar el artículo 61 de la Ley 29248, Ley del Servicio Militar, en reconocimiento por sus contribuciones en la pacificación nacional.

Artículo 2. Modificación del artículo 10 de la Ley 24053, Ley que denomina “Campaña Militar de 1941”, a los gloriosos hechos de armas cumplidos en Zarumilla y en la Frontera Nor Oriente; y que declara el 31 de Julio Día Central Conmemorativo.

Modificase el artículo 10 de la Ley 24053, Ley que denomina “Campaña Militar de 1941”, a los gloriosos hechos de armas cumplidos en Zarumilla y en la Frontera Nor Oriente; y que declara el 31 de Julio Día Central Conmemorativo, conforme al siguiente texto:

“Artículo 10. Los beneficios de la presente ley, se harán extensivos a los excombatientes del conflicto de 1933 que el Comando Conjunto acredite como defensores calificados. Igual derecho les asiste a los excombatientes de los años 1978, 1981 y 1995, calificados como Defensores de la Patria por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y a los excombatientes de la lucha contra el terrorismo, que cuenten con parte de guerra formulado en su oportunidad y hayan calificado como Defensores de la Democracia mediante la Ley 29031, Ley que instituye los Días de los Defensores de la Democracia y crea la condecoración; con cargo al presupuesto del Ministerio de Defensa y del Ministerio del Interior, según corresponda”.

Artículo 3. Modificación del numeral 4 del artículo 61 de la Ley 29248, Ley del Servicio Militar

Modificase el numeral 4 del artículo 61 de la Ley 29248, Ley del Servicio Militar, en los siguientes términos:

“Artículo 61.- De los beneficios de los licenciados

El personal licenciado del Servicio Militar Acuartelado tiene los beneficios siguientes:

4. Prioridad para acceder a los distintos servicios que brinda el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo a través de sus programas, de acuerdo a los requisitos que éstos establezcan, conforme a los convenios de cooperación que el Ministerio de Defensa deberá celebrar con el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo. En el caso de los licenciados que participaron en el proceso de Pacificación Nacional en la lucha contra el terrorismo entre los años 1980-2000, se tendrá en consideración esta situación, para efectos de las evaluaciones médicas de audiometría, oftalmología y psicología que les realice el Ministerio de Trabajo.

DISPOSICIONES COMPLEMENTARIAS

FINALES

PRIMERA. Calificación de los beneficiarios de la presente ley

Encargase al Consejo de la Condecoración, creado por el artículo 3 de la Ley 29031, Ley que instituye los Días de los Defensores de la Democracia y crea la condecoración, la calificación como Defensores de la Democracia a los excombatientes de la lucha contraterrorista, que cuenten con parte de guerra formulado en su oportunidad, para ser beneficiarios de la presente ley.

SEGUNDA. Exclusión

Los efectos de la presente ley no son aplicables a las personas que tengan sentencia firme condenatoria por la comisión de delitos.

POR TANTO:

Habiendo sido reconsiderada la Ley por el Congreso de la República, insistiendo en el texto aprobado en sesión del Pleno realizada el día trece de junio de dos mil dieciocho, de conformidad con lo dispuesto por el artículo 108 de la Constitución Política del Perú, ordeno que se publique y cumpla.

En Lima, a los veintiséis días del mes de abril de dos mil veintiuno.

MIRTHA ESTHER VÁSQUEZ CHUQUILIN

Presidenta a. i. del Congreso de la República

LUIS ANDRÉS ROEL ALVA

Segundo Vicepresidente del Congreso de la República

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