lunes, 12 de octubre de 2015

LA HISTORIA DE LA BANDA DE MÚSICOS DEL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE "HUASCARÁN" N° 112 CARAZ

Crónica de la Banda de Banda de Músicos del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán” N° 112.- En el mes de septiembre de 1977, un aire festivo rompió momentáneamente la rigidez de la guarnición en el Callejón de Huaylas. El teniente coronel de ingeniería don Renán Ortiz Guillermo, comandante del Batallón de Ingeniería Motorizado “Huascarán” N.° 112 con sede en el distrito de Caraz, nos otorgó una autorización especial: debíamos trasladarnos para amenizar la fiesta patronal del distrito de Anta, una localidad cercana al aeropuerto en la jurisdicción de la provincia de Carhuaz. Al llegar, el entusiasmo de la población se desbordó en atenciones. Nos invitaron abundante chicha de jora y cerveza helada; embriagados por la música y la hospitalidad, varios sargentos y cabos de la banda perdieron la cuenta de los vasos. Emocionados y con los rostros encendidos por el alcohol, el retorno se retrasó demasiado. Emprendimos el viaje de regreso bien entrada la noche, hacinados en la tolva de un camión que amablemente nos había proporcionado el alferado de la fiesta.

La fraternidad musical, sin embargo, se evaporó con los tumbos del camino. Desde que el vehículo cruzó el distrito de Ranrahirca hasta las inmediaciones de Yungay, los sargentos y cabos comenzaron a enfrascarse en discusiones subidas de tono dentro de la tolva. Lo que empezó como un intercambio de reclamos borrachos degeneró rápidamente en una trifulca a puño limpio en pleno vehículo en marcha. Ante el caos, el sargento más antiguo de la dotación bramó una orden y obligó a detener el camión cerca del Centro Poblado de Punyan. Los soldados, completamente ebrios, saltaron a un costado de la pista asfáltica y desataron una feroz pelea campal que se prolongó por más de quince minutos. El chofer del camión, un civil ajeno a los códigos del cuartel, contemplaba la escena horrorizado y mudo de espanto desde su cabina, viendo cómo la tropa que integraba la distinguida banda de músicos se molía a golpes sin respetar antigüedades, jerarquías ni grados. Cuando los puños finalmente callaron, el panorama era desastroso: había hombres con los labios partidos, pómulos hinchados y otros que emanaban abundante sangre por la nariz. En esas lamentables condiciones volvieron a subir a la tolva, arrastrando consigo varios instrumentos abollados y lamentando la pérdida de las valiosas boquillas de las trompetas.

Los sargentos, todavía envalentonados por los vapores del alcohol, le mentaban la madre al chofer y lo conminaban a acelerar. Tras recorrer diecisiete tensos kilómetros bajo el manto de la noche, el camión dobló lentamente por la esquina del arco que da la bienvenida al bello distrito de Caraz. El reloj marcaba ya las 23:30 horas. Al ingresar al cuartel, nos percatamos de inmediato de que nos estaban esperando con honda preocupación. En la guardia aguardaban el suboficial Mario Vílchez, oficial de día, y el capitán de día, el subteniente Juan Huamán Traverso. La orden de descender del vehículo fue tajante. Al ver bajar al personal en ese estado etílico, con los uniformes ensangrentados, los rostros desfigurados por la hinchazón y las narices rotas, los oficiales no daban crédito a lo que veían. Nos hicieron formar de inmediato en las inmediaciones de la guardia, donde fuimos sometidos a un breve pero implacable interrogatorio.

Sin perder tiempo, el capitán de día ordenó al oficial de guardia que todo el contingente de músicos fuera depositado en el calabozo. En total, diecinueve castigados fuimos empujados al interior de un ambiente oscuro, estrecho y maloliente. Pasamos la noche entera de pie, pues el espacio no permitía otra postura. En medio de aquella profunda incomodidad, atrapado por el frío de las paredes, me arrepentí con el alma de haber integrado alguna vez la banda de músicos. Para colmo de males, los más ebrios comenzaron a orinar dentro del encierro; el hedor se volvió insoportable a cada instante y el piso, de rincón a rincón, quedó completamente anegado por los orines. Así nos encontró el amanecer, sin haber podido pegar el ojo ni siquiera cinco minutos debido a la pestilencia y la tortura del espacio.

A las 05:30 de la mañana, los cerrojos de hierro crujieron. El oficial de guardia se aproximó y ordenó al cabo de castigados abrir la pesada puerta. Salir de aquel recinto inmundo provocó en nosotros un alivio indescriptible; tras largas horas de asfixia, volvimos a respirar el aire puro de la sierra. Sin embargo, la tregua fue corta. El cabo nos condujo de inmediato a la explanada de la guardia, donde el oficial nos aplicó una severa sanción física que se prolongó por espacio de dos horas. Bajo sus gritos realizamos interminables series de ranas, planchas y polichinelas, hasta que el corneta del cuartel tocó la melodía del rancho, interrumpiendo el castigo para que fuéramos a alimentarnos.

El veredicto final se dictó en el patio. El capitán de día castigó con ocho días de arresto simple al sargento músico reenganchado y a dos de los sargentos de la tropa del Servicio Militar Obligatorio, quienes dieron media vuelta para regresar al fétido calabozo. Los demás, con el cuerpo adolorido y el orgullo por los suelos, nos retiramos en silencio hacia las cuadras para reintegrarnos a nuestras respectivas compañías, jurando no volver a mezclar la chicha de jora con el honor del uniforme.

Los «morocos» en el ruedo: El duelo de bandas en Ticapampa.- La banda del batallón ya se había labrado una bien ganada fama en toda la región. Por eso, en el mes de octubre de 1977, el jefe de la unidad nos envió de comisión al distrito de Ticapampa con la misión de amenizar su fiesta patronal. Salimos muy temprano desde el cuartel de Caraz, acomodados en la tolva de un camión que amablemente había proporcionado el alferado de la festividad. El contingente musical estaba conformado por diecinueve hombres entre sargentos, cabos y soldados, todos bajo la dirección de nuestro maestro, un profesor de música del Colegio Dos de Mayo. Entre los clases y la tropa contábamos con músicos fogueados en agrupaciones civiles: tres sargentos eran naturales de Chiquian, en la provincia de Bolognesi; un soldado provenía de Cajacay y los demás clases eran de los caseríos de Huaraz. La gran mayoría sumaba mucha experiencia en el arte de los vientos, pues al haber sido reclutados mediante la leva forzada, tenían edades que oscilaban entre los veintidós y los veintiocho años. Con semejante personal, estábamos en plenas condiciones de competir con las mejores agrupaciones de la región.

Arribamos a Ticapampa en las primeras horas del día. Al llegar a la casa del alferado, nos recibieron con una hospitalidad desbordante, sirviéndonos un reconstituyente ponche preparado a base de chicha de jora mezclada con huevo batido, acompañado de su respectivo pan serrano y un suculento caldo de carnero sazonado con hierbas aromáticas. Con el cuerpo caliente gracias a ese desayuno bien reforzado, marchamos con rumbo a la Plaza de Armas. Por las calles adyacentes nos cruzábamos con otras bandas del Callejón de Huaylas y de las zonas de Bolognesi que también se dirigían al centro del pueblo. En aquellos tiempos, la población civil era más genuina y original en su vestimenta, conservando la pureza de su lenguaje andino. Al vernos pasar, todos nos miraban con profunda admiración, guardando un estricto respeto hacia el uniforme militar.

Una vez en la plaza, nos ubicamos en las inmediaciones de la puerta principal de la iglesia. En aquella época, el cuadrante de la Plaza de Armas era prácticamente una pampa, un terral rústico que no tenía ni una sola banca. A nuestro lado se acomodó la banda de Huayllacayán, proveniente también de Bolognesi; en total nos reunimos seis agrupaciones musicales, distribuidas estratégicamente a razón de dos grupos en cada esquina.

La banda del batallón, luciendo su característico uniforme de campaña color caqui y los borceguíes bien lustrados, desbordaba confianza ante el inminente «mano a mano» contra los de Huayllacayán. Ellos nos miraban de reojo, con un indisimulable desdén, y rompieron el fuego musical haciendo sonar un huayno característico con el puro sentimiento de Bolognesi. En cuanto las notas de sus trompetas callaron, nosotros respondimos de inmediato y sin dudar: sintonizamos los instrumentos y soplamos con el alma el huayno «Linda Chiquiana», interpretado también al estilo Bolognesi, seguido de un vibrante pasodoble para cerrar con otro huayno de su propia tierra.

El impacto en la multitud fue instantáneo. Los civiles que bailaban y la gente que observaba el espectáculo comenzaron a murmurar con asombro: «Los morocos son muy superiores a todas las bandas. Han tocado pasodoble, han tocado huayno al estilo Bolognesi y huayno al estilo Huaraz; han silenciado por completo a la banda de Huayllacayán». Llenos de entusiasmo, los danzantes rompieron en vítores y hurras hacia la tropa, haciendo resonar el grito de: «¡Batallón, batallón, batallón!». Nosotros, que ya habíamos aplacado la sed del polvo con algunas cervezas invitadas por el público, redoblamos el paso hacia adelante, henchidos de orgullo y demostrando con cada nota por qué estábamos allí representando con honor al Ejército peruano.

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