Memorias de la Base Contrasubversiva de Pelejo San Martín (1994-1995).- El
5 de diciembre de 1994, el destino me condujo a las entrañas mismas de la selva
peruana. Procedente del distrito de Huimbayoc, arribé a la localidad de Pelejo,
capital del distrito de El Porvenir, en la provincia de San Martín. Mi misión
era clara y de alta responsabilidad: asumir funciones como jefe de la Base
Contrasubversiva del lugar. Mi nombramiento había llegado de manera oficial y
directa, transmitido mediante un radiograma desde el Puesto de Comando del
Batallón Contrasubversivo N° 28, cuya sede principal se erigía en la provincia
de Rioja.
Administrativa y
operativamente, aquella base en Pelejo dependía por completo de la Base Militar
del distrito de Huimbayoc. Bajo mi mando, el frente defensivo era reducido pero
valiente: apenas contaba con veinte jóvenes de tropa que cumplían su Servicio
Militar Obligatorio. Nuestro arsenal reflejaba las limitaciones de la época; la
dotación de cada hombre consistía en fusiles automáticos ligeros (FAL) de
calibre 7.62 mm, armas robustas que en su mayoría habían sido repotenciadas y
que cargaban a cuestas una historia que se remontaba a sus adquisiciones en los
años setenta.
Pelejo descansaba silencioso
en la margen izquierda del río Huallaga, a unas dos horas de viaje río abajo
desde Huimbayoc. En aquel lejano 1994, el distrito se mostraba al mundo
envuelto en una profunda pobreza y habitado por una escasa población. Sus moradores,
personas de una humildad entrañable, subsistían gracias a la pequeña
agricultura, la ganadería de subsistencia y la pesca diaria en las aguas del
Huallaga. El progreso aún no conocía el camino hacia este rincón: no había
redes de energía eléctrica, ni servicio de agua potable, ni desagüe. Las
pantallas de televisión eran una fantasía inexistente y la pequeña posta médica
local era poco más que un cascarón vacío, sin doctores y desprovisto de
medicamentos básicos.
Sin embargo, en flagrante
contraste con tanta carencia, la ilegalidad sí poseía infraestructura. A tan
solo una hora de camino a pie del pueblo, oculto entre la densa vegetación, se
encontraba un aeropuerto clandestino utilizado por las avionetas de los narcotraficantes.
Una de nuestras misiones más críticas y peligrosas consistía en resguardar y
vigilar aquel aeródromo, con el fin de frustrar los puentes aéreos y el
transporte de droga operado por las llamadas «firmas» peruanas y colombianas.
Paralelamente, el pequeño
puerto del distrito se convertía en nuestro principal escenario de control
diario. Aquel muelle era un paso estratégico y obligado para toda embarcación
que navegara desde Yurimaguas, así como para aquellas que partían de Huimbayoc
y caseríos aledaños. Con el sol a cuestas o bajo la penumbra de la noche
selvática, obligábamos a que tripulantes y pasajeros desembarcaran sin
excepción. Encolumnados y celosamente custodiados por el personal de tropa, los
civiles caminaban con su Documento Nacional de Identidad en la mano hacia las
instalaciones de la base.
Allí manteníamos un registro
minucioso donde se anotaba cada ingreso y salida. En ese mismo puerto, además,
inspeccionábamos con rigurosidad las cargas de los botes. Nuestro objetivo
colateral era frenar a los traficantes de madera que, burlando los controles,
pretendían sacar de noche y de día valiosos cargamentos de caoba e ishpingo con
rumbo a Yurimaguas. Aquella labor rindió grandes frutos: entre los meses de
diciembre de 1994 y enero de 1995, en estricto cumplimiento de las leyes
ambientales emanadas por el Estado peruano a través del naciente INRENA,
logramos incautar tres toneladas de estas maderas preciosas.
En ese rincón olvidado por la modernidad, entre el rugido del río y el peso de nuestros fusiles, defendimos la ley y la soberanía del país en una de las épocas más complejas de nuestra historia republicana.
El Empobrecido distrito de Pelejo.- Hasta antes de mi llegada, el empobrecido distrito de El Porvenir Pelejo se había convertido en un idílico centro de descanso temporal para las firmas de narcotraficantes colombianos y peruanos. Era el refugio perfecto tras la entrada de sus embarcaciones procedentes de la ciudad de Yurimaguas. En aquellos tiempos, las inmediaciones del pequeño puerto albergaban restaurantes, hostales y casas de hospedaje donde los mafiosos almorzaban plácidamente. Allí pasaban horas de siesta en compañía de hermosas mujeres peruanas, brasileñas y colombianas, bajo una falsa atmósfera de impunidad.Sin embargo, en el instante en que puse mis pies sobre las polvorientas calles de este distrito olvidado por el Estado, el panorama cambió drásticamente. De un momento a otro, todo se sumió en un total silencio; aquellas lacras desaparecieron de la superficie. Por consecuencia, los restaurantes y tiendas comerciales se quedaron sin su principal clientela. Los dueños de los negocios de comida y hospedaje comenzaron a mirarme con un odio profundo y masticado. A través de mis informantes en el pueblo, supe lo que murmuraban a mis espaldas: decían que por mi culpa los negocios locales habían fracasado. El miedo que los narcotraficantes y delincuentes comunes me tenían era tal que, antes de la Navidad de 1994, las mafias —principalmente las colombianas— diseñaron una nueva estrategia para «sacarme la vuelta».
Sabiendo que durante el día
era imposible burlar el puerto bajo mi control, los narcotraficantes
coordinaron una operación nocturna en complicidad con algunos civiles del
pueblo. Alertados y guiados por estos traidores mediante transmisores
portátiles de mano, los mafiosos iniciaron una táctica silenciosa a partir de
la una de la madrugada. Se «colgaban» río abajo en sus deslizadores cargados de
la popular «merca». Aproximadamente a cinco kilómetros antes de llegar al
pequeño puerto —custodiado día y noche por dos de mis centinelas—, apagaban los
motores. A punta de remo, ocultos por la densa oscuridad y pegados a la orilla
del frente, pretendían pasar desapercibidos. La distancia de orilla a orilla,
de unos ciento cincuenta metros, jugaba a su favor en la penumbra.
Advertido de esta audaz
maniobra, decidí instalarme personalmente en las inmediaciones del puerto,
soportando noche tras noche el inclemente ataque de los zancudos. Fue en una de
esas vigilias donde sorprendí in fraganti a un civil del pueblo mientras se
comunicaba por radio con los narcotraficantes, quienes ya habían zarpado en dos
deslizadores desde la zona de Huimbayoc. A lo lejos, el rugido intermitente de
los motores se sentía en la noche, para luego silenciarse de golpe. Los
mafiosos apagaban las máquinas y, aprovechando la negrura y la lluvia
amazónica, avanzaban a puro pulso sobre el agua.
Para contrarrestar esta
vulnerabilidad, ordené la compra de una batería de vehículo de 24 voltios y un
potente reflector que lograba iluminar el río de orilla a orilla. La oscuridad
que los protegía quedó anulada, frustrando por completo sus pretensiones de
alcanzar Yurimaguas. Como acción de guerra psicológica, dispuse además que, en
las tardes, ante la mirada atenta y temerosa de los pobladores, se instalara en
el puerto una ametralladora MAG. Esta poderosa arma, operada sin trípode,
poseía un alcance de precisión de 1800 metros, el cual se extendía hasta un
máximo de 3000 metros al usar su trípode. Para que el mensaje quedara claro,
ejecuté tiros de prueba que cruzaban el Huallaga de margen a margen, y ordené
disparos inopinados durante el silencio de la noche.
Desesperados por el bloqueo absoluto, los narcotraficantes recurrieron a la corrupción en las esferas más altas de la zona. Acudieron ante el capitán «Clover», jefe de la Base Contrasubversiva del distrito de Huimbayoc. Poco después, los emisarios de dos firmas de narcotraficantes se presentaron ante mí. Traían en sus manos supuestos «cariños» enviados supuestamente de parte del mencionado oficial. Sin embargo, aquel soborno no era gran cosa y mi integridad valía mucho más. Con firmeza y sin titubeos, rechacé la dádiva y les cerré el paso de manera definitiva. El Huallaga seguía bajo control del Estado.
El Centinela del Bajo Huallaga de Hambre.- Al llegar a la Base Contrasubversiva del
distrito, mi primera tarea fue asumir las funciones del jefe saliente: un
suboficial de tercera conocido bajo el seudónimo de «Marco». Lo que encontré al
recibir el puesto fue una radiografía de la más absoluta precariedad. Las
instalaciones militares no eran más que el precario local comunal del distrito,
un espacio austero donde debían convivir veintiún hombres en condiciones
infrahumanas. Allí no existían catres ni camarotes para el personal de tropa.
Los soldados dormían directamente sobre el suelo, habiendo acondicionado sus
camas sobre hojas de árboles, cartones y costales viejos, cubriéndose apenas
con frazadas gastadas por el tiempo y algunas sábanas de tocuyo blanco. Para el
jefe de la base, el único privilegio era una pequeña tarima hecha con palos
rústicos sobre la que descansaba un colchón viejo.
La miseria se extendía hasta
la cocina. Las ollas de las que disponía la tropa pertenecían en su totalidad a
los pobladores más humildes que vivían en las inmediaciones de la base, quienes
de buena fe las habían prestado. Sin embargo, aquellos utensilios estaban
obsoletos: no tenían asas y lucían parchados, con huecos por todas partes. Los
soldados, además, carecían en su mayoría de uniformes reglamentarios completos.
La escasez lo inundaba todo, devorando también las provisiones del rancho
diario. Cada mañana, el soldado ranchero preparaba una avena rala acompañada de
plátano sancochado. El almuerzo consistía invariablemente en arroz graneado
sazonado con manteca blanca, frejol, un modesto guiso de atún, plátanos
sancochados y refresco de aguaje; una combinación que volvía a repetirse de
forma idéntica a la hora de la cena. En aquellos tiempos de crisis, el Estado
peruano invertía apenas la suma de dos soles con cincuenta céntimos (S/ 2.50)
diarios por cada soldado, el equivalente aproximado a un dólar americano de la
época. Con ese presupuesto ínfimo, la tropa sostenía el cuerpo mientras
defendía la patria.
Aquella base no solo padecía
hambre y frío; también sufría de un aislamiento tecnológico aterrador. Nuestro
único cordón umbilical con el exterior era un antiguo equipo de radio de
fabricación francesa, el Thomson de alta frecuencia HF/BLU TRC 340. Era un
aparato al límite de su vida útil que solo funcionaba durante media hora antes
de apagarse automáticamente, debido al recalentamiento crónico de uno de sus
circuitos integrados. Para colmo de males, su batería ALI 116 debía recargarse
mediante un generador manual ALG 106, cuya manivela evidenciaba un desgaste
total en la base debido al uso constante y extenuante.
Este sistema de
radiocomunicación transmitía y recibía la señal en «claro», lo que significaba
que su señal de irradiación —en frecuencias de 1.5 MHz a 29.999 MHz— carecía de
encriptación y podía ser interceptada con alarmante facilidad por el enemigo o las
firmas del narcotráfico. Aun así, era el único medio que nos mantenía en
contacto con el Puesto de Comando Avanzado acantonado en el distrito de Rioja.
Obligados por los problemas técnicos del aparato, la comunicación se limitaba
estrictamente a las horas de reporte militar: por las mañanas de 08:00 a 08:30
horas, al mediodía de 12:00 a 12:30 horas, y por las noches de 20:00 a 20:30
horas.
Fuera de esos breves treinta minutos de conexión obligatoria, la realidad nos golpeaba con dureza. Ante la total escasez de medios de información de fuente abierta, más allá de los límites geográficos de aquel empobrecido distrito, permanecíamos atrapados en la inmensidad de la selva: completamente sordos, mudos y ciegos.
El Peso de la Justicia en la Base militar.- En aquellos tiempos de fuego y aislamiento,
durante el apogeo de las luchas contrasubversivas, la Base Militar tuvo que
transformarse en mucho más que un fortín de guerra. El personal de oficiales y
suboficiales nos vimos obligados a asumir los roles más diversos: hacíamos el
trabajo de policías, jueces, psicólogos y conciliadores. A las precarias
instalaciones de la Base Contrasubversiva acudían diariamente civiles del
distrito y de los caseríos aledaños, personas de toda condición social que
buscaban desesperadamente una pizca de orden. Llegaban a asentar denuncias de
todo tipo: peleas vecinales, encarnizados líos familiares, robo de animales de
corral y, en los casos más trágicos, violaciones de menores de edad.
El peso de la justicia recaía
sobre nuestros hombros sin más herramientas que la astucia y la disciplina. En
ciertas ocasiones, tras evaluar la gravedad de la falta, deteníamos al
denunciado y lo confinábamos en el calabozo. Para los civiles de la zona, la
sola idea de permanecer en aquel calabozo bajo tierra por varios días les
provocaba un pánico paralizante. Era un recinto subterráneo, completamente
oscuro, maloliente y plagado de roedores. El miedo que inspiraba este encierro
era tan efectivo que, antes de cruzar el umbral hacia la oscuridad, muchos de
los detenidos «cantaban» todos sus pecados sin oponer resistencia. Acto
seguido, y siempre ante la presencia de testigos comunales, lográbamos pactar
arreglos salomónicos que devolvían la paz temporal a las partes en conflicto.
Para no actuar a ciegas en un
terreno que no era el nuestro, en la Base Militar custodiábamos como un tesoro
algunos libros de derecho civil y penal, además de ciertos manuales de
psicología. Apoyados estrictamente en estas bibliografías, fungíamos de magistrados
y consejeros. Esta preparación improvisada nos era de vital utilidad, sobre
todo para explicar a los pobladores la gravedad y las consecuencias legales de
los delitos de violación sexual.
En las zonas más profundas de la selva de San Martín, el abuso y el embarazo prematuro eran realidades alarmantemente frecuentes entre niñas de apenas nueve a quince años de edad; a esa corta edad, muchas ya se encontraban gestando, un drama social que para la época casi no causaba novedad en el entorno. Durante mi permanencia en la base, observé con profunda preocupación que numerosas niñas menores de doce años ya cargaban con un embarazo, principalmente en los caseríos más aislados y en el vecino distrito de Papaplaya. A estas pequeñas embarazadas, la tropa nativa de la selva, habituada a esa dura cotidianidad, solía llamarlas a manera de burla «las buchizapitas», un crudo modismo local que hacía alusión directa a sus vientres abultados. En medio de aquella geografía hostil, la base militar era el último e imperfecto árbitro de una sociedad abandonada a su suerte.
El Cariño del Colombiano Pescado.- Una mañana de diciembre de 1994, pocos días antes de la Navidad, un acontecimiento rompió la tensa calma en el distrito de Pelejo. Hasta las instalaciones de la Base Contrasubversiva llegó un narcotraficante colombiano conocido bajo el seudónimo de «Pescado». Lo recibí en la pequeña sala de visitas, un espacio contiguo a mi modesto dormitorio. El extranjero, un hombre de baja estatura y apariencia humilde, fue directo al grano y sin preámbulos me dijo:
—Jefe, nosotros sabemos de los problemas de provisiones y las grandes
necesidades que tienen ustedes. Por eso, he venido a entregarle mi colaboración
para que pasen una buena Navidad. Aquí tiene una boleta de pago para que
recojan sus provisiones en la tienda del señor Fasabi, y un sobre con mil
dólares americanos.
Mientras aquello sucedía, la
tropa de servicio permanecía en alerta, observando cada movimiento. En el acto,
mandé llamar al sargento de seudónimo «Chancho», el más antiguo entre el
personal de tropa, para hacerlo partícipe y testigo transparente de todo lo
recibido. En ese instante, una profunda sensación de alivio y felicidad me
embargó ante aquel auxilio inesperado.
—Jefe, no se preocupe, mi apoyo es incondicional —agregó el colombiano,
asegurando que no solicitaba ningún tipo de favor a cambio.
Pensando que su misión estaba
cumplida, el emisario se levantó de la pequeña banca de madera, me dio la mano
y se retiró con destino al vecino distrito de Papaplaya. En cuanto el
colombiano cruzó el puente del pueblo, reuní de inmediato a todo el personal de
tropa. Ordené a diez hombres dirigirse con la boleta en la mano hacia el
comercio del señor Fasabi. Cuando los soldados retornaron, traían consigo un
cargamento impresionante. Aquel narcotraficante había abastecido a la base
infinitamente mejor de lo que jamás lo había hecho el propio Comando del
Ejército a través de su deficiente Servicio de Intendencia: llegaron tres sacos
de azúcar, tres sacos de arroz, cinco cajas de leche, diez paquetes de fideos,
dos sacos de harina, cuatro bolsas de quince kilos de avena, cajas enteras de
condimentos, dos cajas de aceite y cinco cajas de atún.
A partir del 18 de diciembre
de 1994, la realidad nutricional de mis hombres cambió de forma radical,
pasando a disfrutar de un rancho tipo A1 en el desayuno, el almuerzo y la cena.
Con el dinero en efectivo, comprábamos diariamente gallinas, pescado fresco,
carne de sajino, chancho, verduras y abundantes plátanos verdes. Por primera
vez en meses, nos sentimos verdaderamente como soldados dignos al servicio de
la patria; la tropa del Servicio Militar Obligatorio desbordaba felicidad. El
cambio fue tan notorio que, cuando soldados de tránsito de otras bases
militares probaban la comida de nuestro rancho, quedaban atónitos. Uno de
ellos, con amargura, me confesó:
—Mi suboficial, en esta base sí me gustaría servir. Aquí la tropa come bien y
en cantidad, mientras que allá, en mi base, el capitán nos mata de hambre.
El bienestar transformó el
espíritu de la guarnición: se fomentó una disciplina férrea y un profundo
respeto hacia los civiles. Con el dinero restante, acudí ante un carpintero
local y le ordené la entrega urgente, en un lapso de quince días, de veinte catres
fabricados con madera de ishpingo. Además, compré veinte colchones nuevos,
ollas, pailas, baldes y enseres de cocina para desterrar los utensilios viejos
y perforados. Aquel año pasamos una Navidad inolvidable junto a todo mi
personal, celebrando con pavos y panetones una cena digna. Asimismo, utilicé
ese fondo para entregar cien soles a cada soldado que salía de permiso a
lugares lejanos, garantizando que tuvieran cubiertos sus pasajes y
alimentación.
Con el tiempo, comprendí la
magnitud del engranaje que operaba en la zona. Antes de mi llegada, todos mis
antecesores habían convivido cómodamente con las firmas colombianas y peruanas,
permitiendo la salida de numerosos vuelos cargados de droga desde el rústico
aeropuerto ubicado a una hora de camino a pie. Pero aquel negocio no
beneficiaba únicamente al jefe de la base de turno; era un esfuerzo conjunto y
perfectamente coordinado. Para permitir el aterrizaje de las aeronaves,
entraban activamente en el negocio el alcalde distrital, el teniente gobernador
y el presidente del comité de autodefensa o jefe de los ronderos. Todas las
autoridades participaban del festín ilegal.
Para comprar el silencio y la
complicidad de aquella población abandonada por el Estado, los narcotraficantes
habían financiado la adquisición de un motor generador de luz de corriente
alterna y una antena parabólica. Al asumir el mando, hallé el grupo electrógeno
frente a la base, resguardado en un pequeño inmueble; de hecho, mi propio
personal de tropa se encargaba de encenderlo y apagarlo cada noche en el
horario de 19:00 a 22:00 horas, utilizando parte de los veinte cilindros de
petróleo que las firmas habían comprado.
Según los testimonios de la
familia Ríos Orbe, quienes tenían sus parcelas agrícolas en las inmediaciones
de la pista de aterrizaje, cada vuelo le costaba a las firmas la suma de
treinta mil dólares americanos, y en ocasiones llegaban a despachar hasta tres
aeronaves consecutivas. Los intermediarios de los mafiosos murmuraban incluso
que la propia DEA se encontraba coludida con el tráfico, pues afirmaban que en
horas previamente coordinadas se apagaban los radares de control, abriendo la
ventana de tiempo necesaria para que las avionetas ingresaran y salieran con
rumbo directo a Colombia.
Mirando hacia atrás, no lo niego: en los lugares donde laboré en la selva, acepté las propinas de los narcotraficantes peruanos y colombianos. Pero tengo la conciencia tranquila de saber que cada dólar de ese dinero fue empleado estrictamente en el rancho, la dignidad y el bienestar de los soldados que la patria me había encomendado proteger en el olvido del Huallaga.
El Retorno de las Firmas para
pasar sus Vacaciones. - A mediados de diciembre de 1994, el
Huallaga pareció entrar en una tregua ficticia. Los narcotraficantes
colombianos abandonaron en masa sus posiciones en Juan Guerra, Chazuta y el
Pongo de Aguirre. Regresaron a su país para disfrutar de unos placenteros días
de Navidad y fiestas de fin de año con las ganancias de la mercancía. En el
pueblo de Pelejo, los murmullos corrían como la pólvora: los pobladores
comentaban que los últimos «nachos» se habían escapado burlando mi control en
la oscuridad de la noche, auxiliados por civiles traidores, sacando toneladas
de droga en sus deslizadores río abajo. Decían también que las firmas no
volverían a asomar las narices sino hasta mediados de enero de 1995. Con esa
información de inteligencia nativa en las manos, me armé de paciencia y me
dispuse a esperarlos. Meses atrás, los mismos lugareños me habían advertido
sobre el ostentoso estilo de vida de estos capos: ingresaban a sus zonas de
operaciones escoltados por hermosas modelos brasileñas, colombianas y peruanas,
con quienes convivían en los campamentos ocultos de la selva.
La espera concluyó el 16 de
enero de 1995. Siendo exactamente las quince horas, la sirena invisible de la
alerta se encendió cuando mis centinelas interceptaron dos deslizadores en el
puerto. El primero de ellos, donde viajaba el capo colombiano conocido como
«Jimi» junto a sus cuatro guardaespaldas —a quienes ya tenía identificados
desde mis días en Huimbayoc— y ocho imponentes mujeres de acento extranjero,
maniobró rápidamente al verse descubierto y se atracó en la orilla opuesta del
río. Cuando bajé corriendo al muelle, los encontré parapetados al frente,
midiendo la distancia de ciento veinte metros de agua que nos separaba.
Sin embargo, el segundo
deslizador no tuvo la misma suerte y quedó retenido en nuestra orilla por el
personal de tropa. Al aproximarme para la inspección, constaté que el timonel
era un sujeto de contextura gruesa, otro viejo conocido de las rutas de Huimbayoc.
Al verse acorralado por los fusiles FAL, el hombre mudó la altanería por la
súplica:
—Jefe, estamos llegando recién desde Colombia y andamos casi sin plata —me dijo
con voz temblorosa—. Yo sé que estamos en falta con usted. La otra semana
recién nos va a llegar el dinero de la firma. Déjenos pasar, que quede como un
pendiente y nos regularizamos sin falta a fin de mes.
En ese instante de máxima
tensión, sentí el impulso eléctrico de liberar una ráfaga de fusil FAL sobre la
embarcación y terminar con la farsa. El dedo me temblaba en el disparador, pero
la fría razón militar me contuvo. Esos delincuentes siempre alardeaban de
circular con el visto bueno y la protección de los altos mandos «de arriba», y
en una base aislada de veinte hombres, declarar una guerra abierta contra las
cabezas del poder institucional era una sentencia de muerte. Para preservar la
vida de mi tropa, decidí «hacerme el cojudo» y tragarse la indignación. Aquel
día los dejé pasar sin que desembolsaran un solo céntimo. Sin embargo, la
confirmación de la podredumbre del sistema no tardó en llegar: al día
siguiente, mis informantes me confirmaron que en la Base Contrasubversiva de
Huimbayoc las firmas sí habían pagado puntualmente el cupo correspondiente al
capitán.
Aquella vida en la primera línea del Huallaga no daba tregua al cuerpo ni a la mente. En mi condición de jefe de Base, mi rutina se convirtió en un calvario de vigilancia extrema: permanecía despierto y en alerta desde las seis de la mañana hasta la una de la madrugada. Eran diecinueve horas de servicio ininterrumpido y agotador, tras las cuales recién me retiraba a mi modesta tarima a conciliar un sueño ligero, con el uniforme puesto y el arma al alcance de la mano, pensando siempre en el peligro inminente de un ataque. Así pasaron los días, en un ciclo infinito de desgaste físico y mental, sin un solo día de descanso, sosteniendo el orden del distrito a pura fuerza de voluntad.














