viernes, 22 de mayo de 2015

LA PATRULLA "HUASCARÁN" EN LA "PUERTA DEL MONTE" TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ MES DE JULIO 1993

Los Soldados de la Niebla: En la Puerta del Monte. - Existen lugares en el mundo donde la tierra parece dividirse en dos. Uno de ellos es La Puerta del Monte, un imponente paisaje esculpido por la naturaleza en las alturas de la provincia de Pataz, en La Libertad. Quien se asoma a esta formación geológica puede ser testigo de un milagro visual: el punto exacto donde la fría y soberbia sierra andina se rinde ante el abrazo verde y exuberante de la selva amazónica.

Pero este paraje no solo divide paisajes, también resguarda secretos del pasado. En el año 1993, la mítica patrulla Huascarán avanzaba a paso firme por este territorio. En aquellos tiempos no existían los motores ni el asfalto; solo una angosta e interminable trocha de herradura que unía a pie la capital, Tayabamba, con el lejano distrito de Ongón. El silencio de la montaña era engañoso. Más allá de su sobrecogedora belleza, las sombras del sendero ocultaban las pisadas clandestinas de una época violenta. Por ese mismo suelo de piedra y barro caminaban los combatientes del PCP Sendero Luminoso y los llamados "traqueteros", hombres que desafiaban a la muerte cargando el peso de la droga en sus mochilas. La Puerta del Monte no solo era un límite geográfico, sino el testigo silencioso de quienes huían, de quienes perseguían y de quienes buscaban sobrevivir en el confín del mundo.

El calendario marcaba el jueves 8 de julio de 1993. A las cinco de la tarde, un viento helado y cortante comenzó a lamer los rostros agrietados de los hombres de la patrulla "Huascarán". Habían ocupado un paraje desolado, un páramo mudo suspendido a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde la respiración es un lujo y el horizonte se desdibuja entre la niebla. Atrás quedaban veintisiete kilómetros de marcha forzada desde la Base Contrasubversiva de Tayabamba; adelante, la inmensidad hostil que conducía al distrito de Ongón. Aquella noche no hubo rancho ni tregua. Pernoctamos con el estómago vacío, sintiendo el crujir del hambre en las entrañas, desamparados por la logística en una tierra sin Dios ni ley: no había un solo enfermero en la fila, ni un mísero bolsón de primeros auxilios para remendar los cuerpos heridos.

Julio era el mes del verano serrano, una época de cielos falsamente limpios y noches de congelación. La tensión en la provincia de Pataz se respiraba en el aire ralo. El servicio de inteligencia militar ya había lanzado su lúgubre advertencia: una columna subversiva del PCP Sendero Luminoso, de fuerza indeterminada, avanzaba sigilosa desde la selva alta de Tocache, en San Martín. Su objetivo era quebrar la espina dorsal andina de Pataz mediante el terror, el adoctrinamiento, la propaganda armada y el aniquilamiento sistemático de las autoridades políticas. Para contener el derrame de sangre, la patrulla "Huascarán" se convirtió en un fantasma que perseguía a otro. En medio de esa cacería humana, el suboficial de segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez, cruzó por primera vez el temido paso de la Puerta del Monte. No era una marcha rutinaria; era el acoso tenaz a una fuerza guerrillera de ciento veinte combatientes, un ejército de sombras que se movía bajo el mando implacable del camarada “Gerardo”.

Ocho días después, el 16 de julio de 1993, el escenario se trasladó al caserío de Utcubamba. A las siete de la mañana, tras soportar el suplicio de un ayuno forzado que ya superaba las setenta y dos horas, la orden de marcha volvió a resonar. El destino final era, nuevamente, la Puerta del Monte.

La patrulla "Huascarán" se puso en movimiento bajo mi mando directo, asumiendo la vanguardia de la operación. Avanzábamos como hombres que caminan sobre dinamita, aplicando cada protocolo de seguridad aprendido en los manuales y templado en el combate. Dos hombres en punta se desplazaban a cien metros por delante del grueso de la columna, ofreciendo sus cuerpos como el primer escudo ante una emboscada inminente.

Pasado el mediodía, el cansancio acumulado cobró su tributo más alto. Nos encontrábamos a escaso un kilómetro de la Puerta del Monte. El aire quemaba los pulmones y la debilidad del ayuno prolongado quebró las piernas de los soldados. Los hombres de la vanguardia, tras recorrer tramos ridículamente cortos, empezaron a flaquear. A cada cien metros, una voz rota solicitaba el relevo. Algunos se desplomaban de bruces sobre el camino ancestral; otros se sentaban pesadamente en las rocas, con las cabezas gachas y los fusiles pesando como plomo, aduciendo que las fuerzas los habían abandonado por completo.

El peligro latía a la vuelta del sendero. Saber al enemigo tan cerca y ver a la tropa rendirse ante la fatiga encendió en mí la chispa de la desesperación y el deber. Con la urgencia de quien sabe que un segundo de debilidad significa la muerte, me planté frente a ellos y les increpé con dureza, intentando inyectarles con mis gritos el aliento que sus cuerpos exhaustos ya no podían fabricar. La Puerta del Monte aguardaba adelante, silenciosa y mortal.

El Fusil FAL “Mochito” y los Perros Guerreros. -
El rumor traído por los campesinos que bajaban de la cordillera corría como pólvora entre las filas: los subversivos del PCP Sendero Luminoso aguardaban agazapados, con los fusiles listos, en los roquedales de la Puerta del Monte. El miedo es contagioso a cuatro mil metros de altura, y la tropa, agotada y al límite de sus fuerzas, guardó un silencio pesado. Querían ver mi reacción. En sus ojos vidriosos se leía un desafío mudo: necesitaban saber si el hombre que los lideraba poseía el valor necesario para caminar directo hacia la muerte, o si el miedo lo quebraría primero.

No hubo espacio para la duda. Demostrando el coraje que se le exige a un comandante, me abrí paso entre el personal y me coloqué a la vanguardia. Me convertí en el "hombre en punta", el primer blanco en caso de una emboscada. Avancé confiado en dos únicas fuerzas: Dios en el cielo y, en mis manos, mi viejo fusil FAL "Mochito". Aquella arma era una extensión de mi propio cuerpo y jamás me había fallado. Con ella, en los días buenos, era capaz de derribar gavilanes en pleno vuelo a más de cuatro metros de altura; disparar con el "Mochito" era firmar una sentencia de tiro seguro. El mote del fusil no era gratuito: tenía la manivela de la palanca de armar fracturada, reducida a un tetoncito metálico y rebelde que me obligaba a jalar con fuerza para meter el cartucho en la recámara.

Al iniciar el despliegue, tres sombras peludas se me adelantaron por el sendero: el "Cuto", la "Cucurucha" y la "Blanca". Estos perros, criados en el rigor de las bases contrasubversivas, eran tres soldados más de la patrulla "Huascarán". Atacaban con una bravura feroz a cualquier extraño y poseían un instinto infalible para olfatear el peligro antes de que se materializara. Al amparo de su trote fiel, acometí un camino empinado, de curvas cerradas y traicioneras, dejando al grueso de la tropa rezagada a unos trescientos metros de distancia. Al coronar las últimas pendientes, el instinto de supervivencia me hizo parapetarme detrás de una enorme roca. Allí permanecí, inmóvil durante cinco minutos que parecieron siglos, apaciguando los latidos del corazón y meditando el siguiente paso. Luego, divisé una trocha densa, techada por la vegetación, y decidí avanzar a paso largo y decidido a lo largo de quinientos metros. Cuando los árboles finalmente se abrieron, la arboleda dio paso al páramo. Mis botas pisaron las piedras de la Puerta del Monte. El reloj marcaba exactamente las 13:45 horas.

El silencio del paraje era asfixiante. Para romper la insoportable tensión que se había incrustado en mis músculos tras largas horas de peligro inminente, alcé al "Mochito" y solté varias ráfagas al aire. El tableteo del fusil retumbó en los abismos, liberando la adrenalina acumulada y anunciando a la cordillera que la vanguardia del Ejército Peruano estaba de pie en el objetivo.

Las Chozas de la Frontera. - Aquel paraje no era un lugar cualquiera: la Puerta del Monte era la cicatriz geográfica donde la rigurosa zona andina se rinde ante la inmensidad verde de la selva alta. En mitad de esa frontera natural se levantaban dos chozas miserables. Al aproximarme, sorprendí a un campesino ganadero que custodiaba un botín macabro: dos enormes piernas de toro, costillares ensangrentados y dos cabezas de ganado frescas. Al interrogarlo con severidad, el hombre, temblando por la impresión, soltó una verdad que nos heló la sangre:

—Jefe, ayer los compañeros llegaron antes del mediodía —dijo, señalando las cumbres—. La mayoría se metió en las trincheras que están en las partes altas; allí los esperaban para emboscarlos. Mientras tanto, abajo en la pampa, para alimentar a toda su gente, fusilaron dos toros granadazos, de cinco años cada uno. Han comido harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí nomás, en las inmediaciones, pero la presencia constante del helicóptero los puso muy indecisos. Hoy en la mañana, a eso de las once, optaron por retirarse con dirección al caserío de Pachacrahuay. Recién acaban de voltear aquel cerro del frente... Dicen que sus combatientes son ciento veinte hombres, jefe. Además, tienen personal leñador y cargadores para llevar sus medicamentos.

Mientras terminaba de hablar con el comunero, agudicé la mirada hacia el entorno. Mi personal, aplicando el entrenamiento al pie de la letra, ya se había desplegado de forma impecable en formación de combate. Estaban mimetizados, aprovechando cubiertas y abrigos naturales tanto en la parte baja como en las crestas del cerro, listos para repeler un ataque. En la guerra contrasubversiva, la primera regla es dudar hasta de la propia sombra. Sospechando una trampa, ordené de inmediato un reconocimiento riguroso en los sectores más altos del cerro. Mientras mis hombres batían la zona, el campesino insistía una y otra vez, jurando por su vida que no mentía:

—Jefe, no te preocupes, te doy mi palabra. Los senderistas ya están a la vuelta de aquel cerro, posiblemente bajando hacia Pachacrahuay. Eso sí, están bien armados, pero andan cortos de munición.

El Banquete con la carne de res sobrante de los “terrucos: - Una vez asegurado el perímetro y descartada la presencia del enemigo en las alturas, impartí la orden a la tropa de romper posiciones y reunirse en los alrededores de la choza. El hambre, que ya arrastrábamos por más de cincos días, trocó la disciplina militar en una urgencia primitiva. Los soldados se abalanzaron sobre los restos de carne que los "terrucos" habían dejado abandonados.

En pocos minutos, la pampa se llenó del humo de fogatas improvisadas. La tropa comenzó a cocinar la res en caldos improvisados o asando los trozos directamente sobre piedras calientes. La carne, salada, grasosa y cocida a medias por la prisa del momento, nos supo al manjar más exquisito de la tierra. Comimos hasta el hartazgo, devorando cada caloría para devolverle la vida a los músculos secos. El rancho improvisado nos devolvió el alma al cuerpo y encendió de nuevo el valor en los rostros de los soldados y de los tres perros de guerra.

Saciados y con el estómago lleno, reanudamos la marcha. Sin embargo, el destino nos cobraría pronto el precio de la glotonería: a las pocas horas de camino, la sal y la grasa pesada de la carne de toro encendieron en nuestras gargantas una sed abrasadora e insufrible, volviendo el ascenso por la cordillera un nuevo calvario bajo el sol del verano serrano. Pero la patrulla "Huascarán" volvía a marchar, y la Puerta del Monte quedaba atrás, conquistada.

La Patrulla de los Pies Sangrantes. - El sol de la tarde empezaba a quebrar su luz sobre el páramo cuando, a las tres en punto, una silueta deshecha emergió de la espesura del monte. Era la patrulla "Judío". Al frente caminaba el subteniente Reynaldo López Palomino, seguido por un puñado de hombres que avanzaban con una lentitud penosa, más parecidos a espectros que a soldados de la República.

El grupo presentaba un aspecto insólito. En mitad de la columna arrastraban una mula confiscada en el camino; el lomo del animal crujía bajo el peso acumulado de las mochilas de la tropa, el pesado equipo de radio Thomson TRC 340 y los borceguíes militares que los soldados ya no soportaban en los pies. Coronando la carga, amarradas de las patas, pataleaban dos gallinas robadas en algún corral campesino. Pero lo que más llamaba la atención eran sus calzados: casi toda la tropa había abandonado las botas de reglamento. En su lugar, calzaban ojotas de jebe negro o zapatillas gastadas, probablemente despojadas a los "traqueteros" —aquellos mochileros del narcotráfico que trepaban desde los abismos de Ongón, Tocache o el Monzón, quebrando la maleza con cargas de droga a la espalda para abastecer las avionetas en el aeropuerto clandestino de Urpay—. En esas trochas sinuosas, encontrarse de frente con esos labriegos de la coca, ya fuera marchando en silencio o descansando a la sombra de los árboles, era parte del paisaje habitual. Una actividad ilegal tan antigua como la misma vida republicana, y que en secreto había levantado las fortunas de los comerciantes exitosos y los dueños de camiones en las calles de Tayabamba.

El subteniente López Palomino y sus hombres estaban destruidos. La gran mayoría cojeaba ostensiblemente, dejando un rastro invisible de dolor a cada paso; las heridas en carne viva dentro de los calzados de fortuna sangraban sin tregua. El propio oficial avanzaba con una dificultad alarmante, doblegado por el suplicio de las llagas y el peso de un hambre de barrios días. Durante todo el trayecto desde el caserío de Pampa Seca hasta la Puerta del Monte, su patrulla se había mantenido a mi retaguardia. Era una patrulla híbrida, compuesta por reclutas de la costa y de la sierra que carecían de la menor experiencia en el infierno quebrado de Pataz. Jamás en sus vidas habían caminado dos días seguidos con el estómago vacío una distancia de 78 kilómetros, y mucho menos bajo la asfixiante tensión psicológica de saber que a unas cuantas lomas de distancia acechaba una columna subversiva de ciento veinte combatientes armados.

Al llegar a las inmediaciones de la choza, el personal de la patrulla "Judío" se desmoronó sobre la tierra como si les hubieran cortado las cuerdas. Quedaron tendidos, extenuados, mudos de puro agotamiento. Al ver sus rostros pálidos, calculé que necesitarían por lo menos hasta las seis de la tarde para recuperar un hálito de vida. Fue entonces cuando decidí que la patrulla "Huascarán" no podía perder el impulso de la marcha.

Me acerqué al subteniente y mantuvimos una conversación breve, marcada por la urgencia del terreno:

—Mi subteniente, me voy a adelantar —le dije, acomodándome las correas del fusil—. Ya los esperé como tres horas aquí arriba. Además, el peligro inmediato ha pasado; a estas horas los terrucos ya deben haber alcanzado el caserío de Pachacrahuay.

Sin perder un minuto, ordené el despliegue de mis hombres de la patrulla “Huascarán”. Dejamos atrás las chozas y iniciamos el descenso con destino al caserío de Huanapampa, cuyas luces a lo lejos prometían el bullicio de su fiesta patronal, un contraste irreal con la muerte que nos había pisado los talones.

Las Sombras de la Puna. - Aquel mes de julio de 1993 se cerraba con un sabor amargo para las armas de la patria. Durante semanas, la columna de Sendero Luminoso había recorrido como un fantasma implacable un total de siete distritos y decenas de caseríos en toda la provincia de Pataz, ejecutando un minucioso trabajo de propaganda y adoctrinamiento político entre las comunidades campesinas.

En todo momento, los subversivos demostraron ser maestros en el arte de eludir el combate abierto. Se nos habían escapado de las manos en el caserío de Arcaypata; habían sobrevivido milagrosamente a los bombardeos aéreos de los helicópteros MI-8 en las gélidas alturas de Huancabamba y en las cumbres de Ucrumarca. Para darles caza o destruirlos, mis hombres y yo habíamos patrullado día y noche, cruzando desfiladeros y durmiendo a la intemperie bajo la lluvia de la puna, pero el resultado final fue un implacable saldo negativo. Los pobladores de la zona jugaban en nuestra contra: colaboraban abiertamente con ellos, sirviendo como una red invisible de informantes que alertaba cada movimiento del Ejército.

Además, era de justicia reconocer la superioridad del enemigo en ese entorno hostil. Los senderistas eran hombres de una habilidad asombrosa; conocían aquellos cerros como las vizcachas como la palma de sus manos. En los desplazamientos sobre las altas punas, simplemente nos superaban: donde nuestros soldados penaban por el aire ralo, ellos no caminaban, ellos corrían ladera arriba por las pendientes más empinadas.

La patrulla "Huascarán" regresaba con los cuerpos molidos y el fusil caliente, conscientes de que, aunque la Puerta del Monte había sido cruzada, en la guerra ideológica de los Andes el resultado político les seguía sonriendo a las sombras del Huallaga.

domingo, 17 de mayo de 2015

LA PATRULLA "HUASCARÁN" EN EL CASERÍO DE UTCUBAMBA DISTRITO DE ONGÓN PROVINCIA DE PATAZ JULIO 1993

Las Gargantas del Rio Mishollo y el Velo de la Selva.- El caserío de Utcubamba era apenas un pequeño lunar de vida suspendido en medio del verdor tierno, espeso y siempre silencioso de la selva de Ongón. Para alcanzarlo desde La Puerta del Monte no había más opción que entregarse a un sendero ancestral. Era una serpiente de tierra que se avanzaba a pie, custodiada en las profundidades del valle por el rugido eterno del río Mishollo.

A ese rincón apartado del mundo arribé un viernes 9 de julio de 1993. A mi mando marchaba la patrulla Huascarán: veinte soldados del Servicio Militar Obligatorio. Eran muchachos reclutados del Perú profundo, curtidos en la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba, cuyos rostros jóvenes cargaban ya con el peso de una guerra silenciosa. Nos habían desplegado para dar seguridad durante el IX Censo Nacional y IV de Vivienda, en días donde el peligro no solo acechaba en las sombras, sino que caminaba con frecuencia por esos mismos parajes bajo las banderas del PCP Sendero Luminoso.

La calma aparente de la manigua se quebró el jueves 15 de julio. Eran las diecisiete horas y el calor de la selva baja caía como plomo derretido sobre nuestras espaldas cuando retornamos a Utcubamba desde el caserío de Pampa Seca. Pero ya no estábamos solos. La urgencia del combate nos había hermanado en el camino con la patrulla Judío, liderada por el subteniente de infantería Reynaldo López Palomino. Éramos ahora una sola fuerza de cuarenta y dos hombres avanzando a marcha forzada. Con los ojos inyectados en sangre y el aliento corto, perseguíamos los rastros frescos de la columna principal del enemigo: aquellos mismos ciento veinte hombres que, bajo el mando del camarada "Gerardo", pretendían cruzar las cumbres hacia la zona andina de Pataz.

La noche andina, rápida y traicionera, cayó sobre nosotros antes de que pudiéramos verles las caras. Sin saber con exactitud dónde se ocultaban y con la visibilidad reducida a cero, ordené detener la marcha en la explanada verde del caserío. Allí, sobre la hierba húmeda y cubiertos apenas por la lona de nuestros viejos capotines de campaña, pasamos las horas soportando el frío de la madrugada y los rigores de un hambre feroz que nos roía las entrañas desde hacía cinco días.

El viernes 16 de julio amaneció con el sonido metálico de los fusiles. A las siete de la mañana, los hombres comenzaron a ajustarse las mochilas y el equipo para reiniciar el repliegue. Aquella mañana el estómago siguió vacío; no hubo rancho para nadie. Justo antes de dar la orden de avance, dos campesinos de mirada esquiva y voz temblorosa se acercaron a la columna. Traían una advertencia que congeló el ambiente: los senderistas nos esperaban más adelante, atrincherados en el paraje de La Puerta del Monte, ese quiebre natural donde la selva se rinde ante la sierra de Pataz.

Asumí la vanguardia al frente de la patrulla Huascarán, guiando a mis hombres habituados a las largas marchas en los Andes. Iniciamos el ascenso al borde del abismo. El avance se volvió un ejercicio de paciencia y nervios templados. El terreno se estrechaba a cada paso, rompiéndose en subidas empinadas, bajadas resbaladizas y curvas tan cerradas que la densa vegetación nos robaba cualquier dominio visual a larga distancia. Caminábamos encajonados en la roca cubierta de follaje, sintiendo la proximidad de la muerte en cada tramo del camino, con la sospecha constante de una emboscada inminente. Abajo, en el fondo de la quebrada, el río Mishollo rugía con más fuerza, como un aviso de lo que aguardaba a los caídos antes de tributar sus aguas al caudal del Huallaga.

Fue una jornada donde la tensión se podía cortar con las bayonetas. El camino parecía maldito; no cruzamos un solo viajero, ni un alma a quien interrogar. Los civiles se habían esfumado, escondidos en sus chozas por el miedo cerval a quedar atrapados en el fuego cruzado. En la punta de la columna, los soldados más astutos avanzaban cuerpo a tierra, realizando reconocimientos minuciosos tramo a tramo para abrir paso a los grupos de asalto. Con los flancos cubiertos, la vanguardia alerta y la retaguardia en tensión, cada hombre caminaba con el dedo pegado al disparador, listo para escupir fuego a la primera sombra. A trescientos metros por detrás, cuidándonos las espaldas como una sombra fiel, se desplazaba la patrulla Judío del subteniente López Palomino.

Sin embargo, el destino de aquella tarde no estaba escrito en las armas, sino en el cielo. Los subversivos, fieles a su doctrina de eludir el combate cuando no tienen la certeza absoluta de la victoria, decidieron no presentar batalla. Aprovechando que la geografía les ofrecía una ruta de escape, huyeron hacia el caserío de Pachacrahuay para fundirse con la tierra. Aquellos días, la naturaleza decidió tomar partido por ellos.

Justo cuando un helicóptero de apoyo militar sobrevolaba la zona arañando las nubes, buscando desesperadamente un claro entre los árboles para abrir fuego y descargar su castigo desde el aire, el cielo se cerró por completo. Las intensas lluvias y una neblina densa, blanca y pesada como una mortaja, cubrieron la huida del enemigo. La tormenta impidió la acción aérea y borró sus rastros, dejando a las patrullas solas en la inmensidad del monte, masticando la frustración bajo el agua, mientras el eco de los motores de la aeronave se perdía a lo lejos entre las montañas de Pataz.



LA PATRULLA "HUASCARÁN": CASERÍO DE PAMPA SECA DISTRITO DE ONGÓN PATAZ LA LIBERTAD PERÚ JULIO 1993

El Refugio de los Olvidados (Pampa Seca). - La noche del viernes 9 de julio de 1993 cayó como un manto pesado sobre el olvidado caserío de Pampa Seca en la Selva alta de Pataz. A las siete y media, envuelta en una oscuridad total y devorada por la neblina, la patrulla "Huascarán" —reducida temporalmente a veinte hombres bajo el mando del suboficial Miguel Pineda Ramírez— divisó las luces débiles de un pequeño caserío. Era Pampa Seca, un rincón de adobe y paja sumido en la extrema pobreza y borrado por completo de los mapas del Estado peruano.

Los soldados arrastraban los pies, hambrientos y al límite de la resistencia física, tras haber dejado atrás la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba. Sabían que pisaban terreno minado: por las inmediaciones de aquellas chozas humildes corría el camino ancestral que interconectaba a Tayabamba con el distrito de Ongón. Una trocha de herradura que no solo unía pueblos aislados, sino que servía también como corredor estratégico para los combatientes armados del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso en su guerra declarada contra el Estado.

Cuando las siluetas de los militares aparecieron entre las sombras, el silencio del pueblo se rompió. De inmediato, los ancianos, las mujeres y los niños salieron de sus viviendas, empujados por una mezcla de temor y curiosidad, procurando enterarse con disimulo del propósito de nuestra presencia. En medio de esa tensa expectación se nos presentó el presidente de la Comunidad de Pampa Seca. Con la autoridad que le otorgaba el respeto de su gente, escuchó nuestro pedido de auxilio: necesitábamos con urgencia alimento y un techo donde guarecernos.

Aquel hombre, en un acto de profunda humanidad que contrastaba con la hostilidad del conflicto, no dudó ni murmuró. En el acto, dio órdenes precisas a las cocinas comunales. Al cabo de un rato, los veinte soldados exhaustos recibimos humeantes platos de caldo de gallina y plátanos sancochados. Fue un bálsamo milagroso; solo después de esa cena caliente, los cuerpos de la tropa volvieron a su estado normal, recuperando la cordura y el calor que el hambre extrema nos había arrebatado durante la jornada.

Para pasar la noche, el presidente nos cedió la casa comunal. Bajo ese techo rústico, los soldados comenzaron a acomodarse sobre sus mantas para conciliar un sueño largamente postergado. A las nueve en punto, el servicio del primer turno de guardia ocupó sus puestos en la penumbra exterior. Para un comandante de patrulla, las horas de la madrugada son un territorio infestado de fantasmas; la mente no descansa sabiendo que el enemigo acecha en el monte y que es peligroso confiarse en el instinto de una tropa físicamente destruida. El riesgo de una sorpresa nocturna latía en cada crujido del viento, pero la fortuna estuvo de nuestro lado y el amanecer llegó sin novedad.

Al despuntar el alba, la luz del sol de selva alta desnudó la cruda realidad de Pampa Seca. Era un paraje habitado por almas sumamente humildes, donde la mano de la República era un mito: la educación para los niños y jóvenes era completamente nula y el servicio de salud, una fantasía inexistente. Allí, en la antesala de la Puerta del Monte, la patrulla "Huascarán" comprobó una vez más que la guerra se libraba en las entrañas de un Perú olvidado.

El Fulbito de las Sombras (Pampa Seca, 10 de julio). - El sábado 10 de julio de 1993 amaneció con un cielo limpio y un sol radiante que invitaba a un engañoso sosiego. Decidí que la patrulla permanecería en Pampa Seca veinticuatro horas más; los muchachos necesitaban restañar las ampollas y recuperar el aliento tras el castigo de la marcha. El día transcurrió en una calma aparente y los pobladores, desafiando las carencias de su propia miseria, abrieron sus despensas para proveernos de abundante comida. Parecía que la guerra nos daba una tregua.

Sin embargo, el peligro caminaba en silencio a pocos metros de nuestro refugio. A las tres de la tarde, la columna de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso alcanzó el extremo norte del caserío, deteniéndose a escasos ochenta metros de nuestras posiciones. Al percatarse de que una patrulla del Ejército Peruano ocupaba el pueblo, los subversivos retrocedieron con la cautela de un felino, camuflándose de inmediato en la espesura del monte. Desde su escondite, despacharon a tres vigías hacia las faldas del cerro para vigilar nuestros movimientos.

La tropa, cuyos ojos se habían adiestrado en la desconfianza, no tardó en alertarme sobre la presencia de siluetas sospechosas en las alturas. Alcé los binoculares y enfoqué las lentes hacia las lomas: allí estaban. Tres hombres vestidos de negro nos observaban fijamente. Permanecieron estáticos durante quince minutos, mostrándose sin armas para no levantar sospechas. En ese instante, subestimando la astucia del enemigo, no le dimos el peso debido al hallazgo y bajamos la guardia. Fue un error táctico que casi nos cuesta la vida.

A las 15:40 horas, la estrategia senderista mutó hacia el engaño. Quince hombres jóvenes, de entre veinte y veintiocho años, irrumpieron en el caserío con una familiaridad impostada. Se presentaron ante mí asegurando ser profesores de la escuela del cercano caserío de San Francisco y distrito de Ongon. Con sonrisas ensayadas, me propusieron organizar un partido de fulbito en la pequeña canchita de tierra de Pampa Seca y, como gesto de bienvenida, se ofrecieron a invitar dos cajas de cerveza y algunos tragos de licor para la tropa.

Mientras hablaban, soltaban preguntas con un disimulo ensayado: querían saber con exactitud cuántos soldados conformaban mi dotación y si había otras patrullas operando en la retaguardia. En ese momento, mi sexto sentido militar se encendió como una alarma. Olfateé la trampa de inmediato: querían emborrachar al personal, relajar la disciplina y calcular nuestras fuerzas para borrarnos del mapa esa misma noche.

Manteniendo la sangre fría, decidí jugar mi propia carta en esa partida de ajedrez mortal. Les sostuve la mirada y les mentí con absoluta seguridad:
—Aceptaría el partido, muchachos, pero atrás viene un capitán con cincuenta hombres armados y están a punto de entrar al caserío. Además, mañana temprano aterriza un helicóptero con comandos de las Fuerzas Especiales de Lima para iniciar un gran operativo de cerco en toda la zona.

La respuesta cayó sobre ellos como un balde de agua helada. Sus rostros se desencajaron y el nerviosismo los delató.
—Jefe, nosotros pensábamos que ustedes eran los únicos aquí —dijo uno de ellos, retrocediendo—. Si vienen más militares, no se va a poder jugar tranquilos. Mejor nos retiramos.

Se dieron la vuelta y se perdieron por el mismo camino por el que habían llegado. En ese instante, ninguno de mis soldados sospechaba que aquellos supuestos maestros eran, en realidad, los combatientes de vanguardia del PCP Sendero Luminoso. Estoy convencido de que los campesinos de Pampa Seca sabían perfectamente quiénes eran esos jóvenes, pero el terror les cosió la boca y prefirieron el silencio.

La confirmación de mis sospechas llegó con el crepúsculo. Al caer la noche, los hombres y mujeres del caserío desaparecieron en su totalidad, dejando las chozas desiertas. Intrigado y con la alarma encendida, abordé a los pocos niños que merodeaban por el lugar y les pregunté por sus padres.
—Se han ido a la chacra, jefe —respondieron con timidez.

¿A la chacra de noche y en mitad de la oscuridad? Aquella explicación absurda fue la prueba definitiva. Presintiendo que los comuneros habían sido desalojados por orden de los subversivos para dejar el terreno libre para un ataque nocturno, impartí la orden de alerta máxima. Esa noche nadie durmió en Pampa Seca. Pasamos las horas de la madrugada con el dedo puesto en el disparador del FAL "Mochito", con los ojos clavados en la neblina y esperando un asalto que, afortunadamente, el temor a los supuestos refuerzos del Ejército terminó por disuadir. Amanecimos con vida, listos para la jornada del domingo donde los mismos tres hombres de negro nos esperarían en la curva del morro.

La Curva del Corral de Piedra (Domingo, 11 de julio). -El domingo 11 de julio de 1993 amaneció con un sol radiante que hería los ojos. A las siete de la mañana, la patrulla "Huascarán" —veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando del suboficial Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde Pampa Seca con destino al distrito de Ongón. Para asegurar la ruta, desde la madrugada la patrulla retuvo a todo civil que transitaba por la zona. En total, quince viajeros entre hombres, mujeres y niños, junto a tres burros cargados de fardos, fueron integrados al centro de la columna militar. Con ese andar parsimonioso, dictado por el paso de los pequeños y los animales, la comitiva volteó la primera ladera del caserío.

El camino avanzaba flanqueado por el abismo y la densa vegetación. Entre esa esquina y la siguiente curva, dominada por un imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros y medio. Fue en ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el horizonte con los binoculares, rompió el silencio:
—Mi suboficial, otra vez el aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá adelante. Dos están en la parte alta del morro y uno justo debajo del camino.

Tal como había sucedido el día anterior, la fatiga acumulada hizo que el reporte no recibiera la trascendencia debida. La columna continuó su avance lento bajo el sol serrano hasta coronar la curva del morro.

Allí, en mitad de la nada, se levantaba una sola vivienda protegida por un amplio corral con muros de piedra alta, colindante con una chacra densa de platanales. Al llegar a la entrada del corral, me topé con una escena de alta tensión: los hombres en punta y el grupo de asalto se habían amontonado frente a la puerta, exigiendo a gritos ingresar a la fuerza para pedirle agua y plátanos a la dueña del inmueble. La anciana, con el rostro desencajado y temblando de pies a cabeza, me clavó la mirada en un ruego desesperado:
—Señor, por favor, le pido que su personal no entre a mi corral. Yo misma voy a sacar todo lo que están pidiendo.

La mujer desapareció tras los muros de adobe y, en cuestión de minutos, regresó cargando un balde con agua y una pesada cabeza de plátanos. Mientras los soldados bebían con desesperación y tomaban las frutas, el instinto me obligó a trepar a uno de los muros de piedra. Con el fusil FAL "Mochito" al hombro, barrí las crestas del cerro buscando a los tres hombres de negro, pero la visual solo me devolvió un mar de achupallas —esas plantas espinosas y densas de la altura— que coronaba la cumbre.

Al bajar del muro, una alarmante lucidez me golpeó el pecho. Leí la verdad en las lágrimas contenidas de la anciana; sus ojos suplicantes y mudos me gritaban que nos largáramos de inmediato. En ese mismísimo instante, parte de los combatientes del PCP Sendero Luminoso se encontraban escondidos dentro de su casa, y el grueso de la columna aguardaba agazapado a escasos metros, camuflado entre la vegetación de las achupallas. Era una emboscada perfecta y silenciosa. De haber dado un solo paso en falso dentro de aquel corral, en ese sector de casa se habría convertido en un matadero para ambos bandos.

—¡Fuera de aquí! ¡Muévanse ya! —increpé a la tropa con voz cortante.

Los soldados reaccionaron al instante. Abandonaron el corral y corrieron a lo largo de doscientos metros por un sendero estrecho y sinuoso, aprovechando las cubiertas naturales que nos protegían los flancos derecho e izquierdo. El grupo de seguridad y los quince civiles apuramos el paso, dejando atrás el peligro invisible. El terreno comenzó a cambiar, abriéndose ante nosotros el imponente y verde paisaje de la ceja de selva peruana. Caminando con una calma recuperada a la fuerza, a la una en punto de la tarde divisamos una inmensa llanura. Los civiles que acompaño a la patrulla se detuvieron, señalaron las primeras techumbres y me dijeron:
—Jefe, este es el distrito de Ongón.

El Silencio de Ongón y la Virgen del Capotín. - Al pisar la plaza de armas de Ongón, los quince viajeros se despidieron de la patrulla y continuaron el viaje hacia sus hogares. El pueblo nos recibió en un silencio sepulcral, pero la huella de la subversión saltó a la vista de inmediato. En el centro de la pampa de pasto natural, la fachada lateral de la iglesia —un muro blanqueado con yeso que guardaba el silencio de los siglos— mostraba cuatro círculos concéntricos pintados a mano. El suelo circundante estaba alfombrado de casquillos percutidos y cicatrices de impactos de bala recientes. La columna del camarada "Gerardo" había utilizado la pared lateral del templo sagrado como polígono de tiro apenas dos días antes de nuestra llegada.

Días después, gracias a la información secreta que logramos obtener de algunos comuneros locales, pudimos reconstruir la asombrosa escena que ocurrió dentro de aquel recinto profanado.

Tras utilizar la pared exterior como blanco de sus fusiles y ametralladoras, los alzados mandaron llamar a las autoridades bajo amenazas de muerte. Exigieron abrir la puerta principal, que permanecía clausurada por un candado antiguo y pesado. Una vez que el cerrojo cedió, los combatientes subversivos irrumpieron en el templo con las botas sucias de pólvora y fango.

El mando principal de la columna, armado con su fusil AKM y portando un temible puñal de combate sujeto a la cintura, se aproximó al altar. Con la punta del arma blanca comenzó a remover los cajones sagrados, buscando oro o riquezas. Al levantar la mirada, se topó con la imagen de la Virgen del Carmen, la patrona de Ongón. Los guerrilleros se acercaron esperando encontrar coronas de plata o telas finas, pero se detuvieron en seco al notar la extrema humildad de la santa. Vestía una tela roída, vieja y descolorida por el tiempo; no había un solo gramo de riqueza en su altar. Una extraña fascinación recorrió a los subversivos.

—Esta santa es de los nuestros —sentenció el mando, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni de una capa es dueña.

Ocurrió entonces un hecho irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres se despojaron de sus armas por un instante. Se arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho, comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les enseñaron en la infancia. Al terminar el rezo, en un arranque de devoción armada, el jefe subversivo se desabotonó su capotín de campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto del frío en los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de la patrona, un trofeo de fe y guerra que quedó flotando en la penumbra del templo de Ongón.

El Regreso de las Sombras (lunes 12 de julio). -A las seis de la mañana del lunes 12 de julio de 1993, bajo la frescura de las primeras luces, ordené reiniciar la marcha de retorno. Dejamos atrás el misterio de Ongón y enfilamos con paso lento y preventivo de vuelta al caserío de Pampa Seca.

El camino de herradura se mostraba inusualmente desierto. En aquella ruta sinuosa no cruzamos a un solo civil, un silencio andante que rompió la rutina de un sendero que solía estar infestado de caminantes en ambas direcciones. En aquellas profundidades de la ceja de selva, donde no existen los carros ni las motos y todo el transporte se mide a fuerza de pulmón y bota, las trochas ocultaban el flujo constante del narcotráfico: mochileros que salían de la floresta con la espalda doblada por el peso de la cocaína, refinada o en bruto, con destino a la sierra, mientras otros se internaban en el monte para abastecer los laboratorios clandestinos.

A las once de la mañana, tras cinco horas de caminata en mitad de un paisaje imponente pero mudo, volvimos a pisar el humilde caserío de Pampa Seca, aquel rincón olvidado por el Estado peruano que de inmediato transformé en mi Puesto de Comando (PC). Al ingresar, el presidente de la Comunidad salió a nuestro encuentro. El hombre estaba pálido, con el terror pintado en las facciones de la cara.

—¡Jefe, recién se han ido! ¡Recién se han ido! —exclamó, señalando con el brazo tembloroso hacia la salida del pueblo.
—Dime, ¿quiénes se han ido recién? —le pregunté, conteniendo la respiración.
—Los de Sendero Luminoso, jefe... los de Sendero. Están bien armados. Dicen que la columna la manejan dos exsargentos reenganchados y treinta licenciados del Ejército. Recién acaban de voltear la curva del cerro. Mire esas pintas frescas sobre las piedras... las terminaron de pintar hace apenas media hora.

Un escalofrío recorrió la columna. La noche anterior, mientras mi patrulla capeaba la tormenta bajo los árboles de la iglesia de Ongón, el camarada "Gerardo" y sus huestes habían pernoctado exactamente en el mismo local comunal donde yo había dormido el sábado. El mando subversivo ocupó el pequeño cuarto contiguo, mientras sus hombres descansaban bajo el techo rústico. En Pampa Seca, los campesinos no buscaban problemas; atrapados entre dos fuegos, colaboraban con el bando que llegara primero, y a los senderistas también les prepararon comida, sancochándoles enormes ollas de plátano para saciar el hambre.

Ante la inminencia del peligro, mandé instalar de inmediato la antena del equipo de radio de alta frecuencia Thomson TRC 372. Logré establecer un QSO directo con el Centro de Comunicaciones de la 32ª División de Infantería en Trujillo. El oficial G-3 de Operaciones se puso al aparato en la cabina y le detallé la situación exacta del enemigo. La orden del G-3 fue tajante: prohibido mover la patrulla de Pampa Seca hasta recibir el refuerzo de un oficial con veinte hombres de tropa.

El Cerco Invisible (Del 12 al 14 de julio)

Las horas posteriores se convirtieron en una guerra de nervios alimentada por los reportes de los viajeros que, de cuando en cuando, rompían el aislamiento de la ruta. Los caminantes traían advertencias cruzadas: un día nos aseguraban que los ciento veinte hombres de Sendero Luminoso nos aguardaban emboscados en el puente antes del caserío de Utcubamba; al día siguiente, el rumor cambiaba y afirmaban que la trampa estaba tendida en la pampa misma del caserío de Utcubamba.

A través de la inteligencia recolectada, pudimos reconstruir con precisión milimétrica el arsenal de la columna del camarada "Gerardo". Tenían una fuerza militar respetable: cincuenta y siete fusiles AKM, quince fusiles FAL de reglamento, dos ametralladoras pesadas MAG y un lanzacohetes RPG con una sola granada disponible. El armamento se completaba con un transmisor receptor Thomson TRC 372 —idéntico al nuestro—, veinticinco escopetas retrocargas y una variedad de granadas de mano y de fusil. El resto de la columna lo conformaban cargadores de provisiones, porteadores de medicina y leñadores. Sin embargo, su talón de Aquiles era la logística: andaban muy limitados de munición. El propio "Gerardo" solo cargaba dos cacerinas con sesenta cartuchos en total, y la mayoría de sus combatientes apenas portaban treinta tiros en el chaleco. Lo que los volvía verdaderamente peligrosos era su experiencia de combate; el núcleo duro de la fuerza estaba integrado por aquellos dos exsargentos reenganchados y los treinta licenciados del Ejército Peruano que conocían a la perfección los manuales, las tácticas y las flaquezas de la tropa.

El clima de la ceja de selva se alió con el enemigo, la lluvia y la densa neblina. A las dos de la tarde del lunes, el eco lejano de los rotores de un helicóptero MI-8 rompió la densa monotonía del cielo. La aeronave del Ejército intentó aproximarse, pero las tormentas repentinas y los bancos de neblina cerraron el paso por completo. El piloto pasó sobre las nubes, incapaz de divisar la pampa de aterrizaje, y tuvo que desviar el rumbo hacia Tocache, en San Martín, para pasar la noche. El martes y el miércoles transcurrieron bajo un bloqueo meteorológico absoluto; el cielo permaneció encapotado y, aunque escuchábamos el sobrevuelo de la nave intentando romper la niebla, el aterrizaje fue imposible. Estábamos cercados por el clima, con el enemigo esperando al final del sendero.

El Descenso del "Judío" (Jueves 15 de julio). - El jueves 15 de julio, el invierno de la floresta nos dio un respiro. El amanecer rompió con un cielo soleado, limpio y totalmente despejado de nubes. A las diez y media de la mañana, el zumbido característico del helicóptero MI-8 retumbó por el flanco este de las montañas.

El piloto de la aviación del Ejército ejecutó una maniobra soberbia, digna de los mejores elogios: metió la pesada aeronave en una picada violenta hacia el fondo de la quebrada, desafiando las corrientes de aire, y logró estabilizar la nave posándose en el aire a escasos metros sobre una chacra densa de plátanos. Las puertas laterales se abrieron y, en un despliegue rápido, el personal de refuerzo comenzó a saltar hacia la maleza. Era la patrulla "Judío", al mando del subteniente de infantería Reynaldo López Palomino.

Tan pronto como el helicóptero se elevó perdiéndose entre los cerros, el subteniente y sus veinte hombres treparon la pendiente desde el fondo de la quebrada hasta alcanzar el caserío de Pampa Seca. Al encontrarnos en el Puesto de Comando, procedí a informarle de inmediato y con lujo de detalles la situación del terreno, la proximidad de la columna de "Gerardo" y la certeza de que nos esperaban para medir fuerzas en la ruta hacia Utcubamba. La patrulla "Huascarán" ya no estaba sola; el tablero de la guerra en Pataz volvía a moverse.






viernes, 15 de mayo de 2015

LA PATRULLA HUASCARÁN EN EL DISTRITO DE ONGÓN PROVINCIA DE PATAZ LA LIBERTAD 11 DE JULIO DE 1993

Los Huéspedes del Silencio. - El domingo 11 de julio de 1993 amaneció con un sol radiante que hería los ojos. A las ocho y media de la mañana, la patrulla "Huascarán" —una dotación de veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando del suboficial de segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde el caserío de Pampa Seca. Su destino final era el hermoso y ecológico distrito de Ongón, un rincón de ceja de selva aislado del mundo.

La guerra impone sus propias leyes de supervivencia. Para evitar filtraciones que alertaran al enemigo, desde las primeras luces de la madrugada la patrulla retuvo preventivamente a todo civil que transitara por la ruta. En total, quince viajeros entre hombres, mujeres y niños, junto a tres burros cargados de fardos, fueron integrados al centro de la columna militar. Con ese paso lento y pesado, dictado por el andar de los pequeños y los animales, la comitiva volteó la primera ladera de Pampa Seca.

El camino avanzaba flanqueado por el abismo. Entre esa esquina y la siguiente curva, dominada por un imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros y medio. Fue en ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el horizonte con los binoculares, rompió el silencio:

—Mi suboficial, otra vez el aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá adelante. Dos están en la parte alta del morro y uno justo debajo del camino.

Tal como había sucedido el día anterior, la fatiga y la rutina hicieron que el reporte no recibiera la trascendencia debida. La columna continuó su avance parsimonioso, meciéndose bajo el sol de la selva alta.

A las diez en punto de la mañana, la patrulla alcanzó la curva fatal al pie del morro. Lo que ninguno de los veintiún soldados sabía era que, agazapados entre las rocas y la maleza, a escasos cincuenta metros de distancia, ciento veinte delincuentes terroristas del PCP Sendero Luminoso, bajo el mando implacable del camarada "Gerardo", mantenían los dedos puestos en los gatillos. Era una emboscada perfecta, letal y silenciosa. La patrulla "Huascarán" y los quince civiles desfilaron frente a los cañones enemigos completamente expuestos.

Por razones que solo el destino conoce, las armas subversivas no abrieron fuego. Quizás la presencia de los niños y las mujeres contuvo la orden de muerte, o tal vez el factor sorpresa ya no encajaba en los planes de "Gerardo". Un milagro invisible selló los labios de la muerte aquella mañana; de haberse desatado el combate en ese embudo inhóspito, la pampa se habría convertido en un cementerio masivo. Sin sospechar el abismo que acababan de cruzar, los hombres del suboficial Pineda Ramírez continuaron la marcha, perdiéndose rumbo a Ongón.

La Virgen del Capotín. - Días antes de aquel encuentro místico en el camino, la columna de Sendero Luminoso había tomado el distrito de Ongón. Su ingreso no fue pacífico, pero sí teatral. Lo primero que hicieron los mandos subversivos fue marchar hacia la iglesia local. En una de las paredes laterales, un muro blanqueado con yeso que guardaba el silencio de los siglos, pintaron cuatro círculos concéntricos de distintos tamaños. Aquel muro sagrado se transformó, bajo el imperio del terror, en el blanco para sus ejercicios de tiro; el eco de los fusiles y las ametralladoras rompió para siempre la paz del pueblo.

La puerta principal del templo, sin embargo, resistía fuertemente clausurada por un candado colonial, herrumbroso y pesado. Los alzados ordenaron llamar a las autoridades locales con tono amenazante, exigiendo las llaves bajo pena de muerte. Una vez abierto el cerrojo, los combatientes irrumpieron en el recinto con las botas sucias de barro y pólvora.

El mando principal de la columna, un hombre frío que portaba un fusil AKM y llevaba un temible puñal de combate sujeto a la cintura, se aproximó al pequeño altar. Con la punta del puñal comenzó a remover los cajones sagrados, buscando oro, plata o los diezmos de la parroquia. Al levantar la mirada, se topó con los ojos de madera de la Virgen del Carmen, la patrona de Ongón.

Los guerrilleros se acercaron para arrancar las joyas de la imagen, pero se detuvieron en seco. La santa no ostentaba oro, ni piedras preciosas, ni brocados finos en su vestimenta. Su manto era una tela humilde, roída por la humedad y el tiempo. Una extraña fascinación, mezcla de respeto campesino y doctrina política, recorrió a los subversivos.

—Esta santa es de los nuestros —sentenció el mando principal, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni siquiera tiene capa.

Ocurrió entonces un hecho irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres, acostumbrados a la crueldad del aniquilamiento, se despojaron de sus armas por un instante. Se arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho, comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les enseñaron sus madres en la infancia.

Al terminar el rezo, en un arranque de devoción armada, el mando subversivo se desabotonó su capotín de campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto de la lluvia y el frío en los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de la patrona, un trofeo de guerra y fe que quedó flotando en la penumbra del templo del distrito de Ongón.

El Silencio de Ongón. - A la una en punto de la tarde, la patrulla "Huascarán" coronó los setenta y ocho kilómetros de marcha forzada que separaban el frío andino de Tayabamba de la ceja de selva de Ongón. Pasábamos de golpe de la rigurosa sierra a la humedad espesa de la floresta, arribando a un distrito tan remoto que la modernidad de las carreteras aún no se atrevía a rayar sus mapas.

Al pisar el pueblo, una atmósfera irreal nos envolvió: los pájaros enmudecieron de súbito, y los árboles que cercaban el verdor de la plaza de armas nos recibieron en un silencio total, sepulcral.
—¿Por qué tanto silencio? —me pregunté en voz baja, mientras sentía que la piel se me erizaba.

En los alrededores de la pampa rectangular que servía de plaza, nadie asomó el rostro. Ni por curiosidad, ni una ventana entreabierta, ni el juego habitual de los niños en las calles. En el código no escrito de la guerra contrasubversiva, la deserción visual de un pueblo es la señal más clara de un peligro inminente. Como comandante de patrulla, el instinto me obligó a desplegar las defensas de inmediato: ordené ocupar las cuatro esquinas de la plaza, mimetizando a los veinte hombres bajo cubiertas y abrigos naturales, listos para repeler el fuego si los subversivos empezaban a disparar. Las autoridades políticas brillaron por su ausencia; ningún civil se presentó ante nosotros. Aquella total indiferencia solo significaba una cosa: los pobladores, escondidos en el fondo de sus chozas o en sus chacras, cumplían a rajatabla las consignas impuestas por la columna senderista.

Ante aquel escenario hostil, encendí el equipo de radio de alta frecuencia HF/BLU Thomson TRC 372. Las ondas surcaron el espacio buscando el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 en Huamachuco. Reporté con precisión la frialdad de la población civil, advirtiendo que no contábamos con rancho para la tropa ni alojamiento seguro. La respuesta del comandante Manuel León Rocha fue tajante: ordenó el repliegue inmediato hacia el caserío de Pampa Seca.

Sin embargo, el cielo dictó otra cosa. Aquella tarde caía un sol de fuego, una radiación tan alta que quemaba los uniformes. Decidimos buscar un respiro y nos sentamos bajo la sombra protectora de los árboles, en la parte posterior del templo, posponiendo la partida para las seis de la tarde. Pero a las cuatro, el verano de la selva alta se quebró: una lluvia infernal y cerrada se desplomó sobre Ongón. El agua no paró hasta las once de la noche, volviendo el camino de herradura un fango intransitable y forzándonos a pasar la noche entera guarecidos bajo las ramas.

Fue la mano del destino. Si hubiéramos obedecido la orden de repliegue por la tarde, nos habríamos estrellado de frente contra las huestes del camarada "Gerardo". A esas mismas horas, la columna de ciento veinte combatientes ya descansaba en el caserío de Pampa Seca, ocupando exactamente el mismo local comunal que mi patrulla había abandonado por la mañana.

¿Por qué decidimos quedarnos bajo la sombra aduciendo que el calor era insufrible? ¿Por qué aquella tormenta no cesó hasta las veintitrés horas? Hoy, más de un cuarto de siglo después, sigo formulando esas preguntas sin hallar una respuesta lógica. Tal vez no fue la física, sino el milagro silencioso de la Virgen del Carmen, que desde el altar de la iglesia profanada intervino para evitar una matanza salvaje entre hermanos de la misma sangre y clase social.

Soportando los embates de la tormenta y el desprecio de un pueblo mudo, amanecimos con el estómago pegado al espinazo y la garganta seca, sentados al pie de los troncos húmedos. En esa madrugada de duermevela, tuve un sueño recurrente: caminaba sobre una trocha regada de sangre derramada y, detrás de mí, una mujer de apariencia muy humilde iba limpiando la ruta; a su paso, las manchas rojas se borraban por completo. A las cuatro de la mañana desperté asustado, con el corazón galopando en el pecho. Me puse de pie de inmediato para inspeccionar los puestos de vigilancia. Entre la niebla del amanecer, los centinelas permanecían alertas. Gracias a Dios, todo estaba sin novedad.

El Mapa de la Memoria. - En el recuerdo indeleble de la Patrulla "Huascarán" —aquellos muchachos del Perú profundo que entregaron su juventud a la patria— quedan grabados para siempre los nombres de los parajes donde se jugó la vida de la República: el hermoso distrito de Ongón, las piedras de Pampa Seca, el ayuno de Utcubamba y el paso fronterizo de la Puerta del Monte. Una geografía del dolor y el honor que se extiende por Tayabamba, Huarichaca, Huanapampa, Guachapita, Arcaypata y Collay; cruzando por Huaylillas, las pendientes de Pachacrahuay, Buldibuyo, Asia, las heladas cumbres de Ucrumarca, y los distritos de Taurija, Urpay, Santiago de Challas, Huancaspata y otros.

Para todos aquellos que alguna vez pisaron esas punas, queda el eco de una verdad que la historia oficial muchas veces olvida:

"Somos soldados del glorioso Ejército del Perú. Desde muy lejos hemos venido solamente por quererte, solamente por liberarte. Todas las noches hemos patrullado en las altas punas, durmiendo a la intemperie bajo un frío infernal, lejos de los brazos de quienes amamos. Nos dicen que no hay uniformes, nos dicen que no hay rancho... eso es lo de menos. La clase política siempre nos repite que falta presupuesto para mejorar los sueldos de hambre, que no hay fondos para elevar las propinas de vergüenza. Nosotros nunca te pedimos nada. Mis pies encallecidos jamás me reclamaron un descanso en esta larga marcha por la paz".

En aquellos años de plomo, cuando el destino del país pendía de un hilo, aquellos veintiún hombres patrullamos día y noche las profundidades de la selva y las alturas desoladas de las punas. No lo hicimos por la paga, ni por la gloria de los periódicos de la ciudad de Lima; lo hicimos simplemente porque la mente y el espíritu nos impulsaban a construir una paz duradera. Una paz para siempre.

domingo, 10 de mayo de 2015

PATRULLAJE CONTRASUBVERSIVO EN EL DISTRITO DE ONGON PROVINCIA DE PATAZ LA LIBERTAD PERÚ JULIO 1993

Durante el primer gobierno del ingeniero Alberto Kenya Fujimori Fujimori, en la primera semana del mes de julio del año 1993 se inicia el IX Censo Nacional de población y IV de vivienda, en esas fechas también el servicio de inteligencia informó que una columna subversiva del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso de cantidad no precisada se desplazaría por las zonas del distrito de Ongon, pocedentes de Tocache, departamento de San Martín con la misión de realizar acciones armadas e impedir y ajusticiar al personal civil a cargo del censo nacional.

El día miércoles 7 de julio en la noche en la Base del distrito de Tayabamba, provincia de Pataz, el capitán con seudónimo "águila" me nombra para desplazarme con destino al distrito de Ongon al mando de la patrulla "Huascarán" conformado por 20 hombres de tropa SMO con la misión de emboscar y enfrentar al grupo subversivo del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso que según los informes de inteligencia se desplazaban desde la provincia de Tocache por las rutas del distrito de Ongon, luego para incursionar en las diferentes zonas andinas de la provincia de Pataz, principalmente en el distrito de Tayabamba y distrito de Buldibuyo, Taurija, Urpay, Huancaspata, Santiago de Challas y otros para aniquilar autoridades como alcaldes, gobernadores, profesores, jueces y enfrentar a las fuerzas del orden. 

El día jueves 8 de julio de 1993, siendo las 08:00 horas, una mañana soleado y cielo despejado, la patrulla "Huascarán" conformado por 20 hombres de Tropa SMO bajo mi comando abandonó la Base Contrasubversivo N° 323 del distrito de Tayabamba, provincia de Pataz y nos desplazamos a pie con destino al distrito de Ongon para enfrentar a los grupos subversivos del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, hasta ese momento de cantidad no precisado, iniciando la marcha pasamos por el antiguo camino que está en las inmediaciones del caserío de Collay y luego volteando una curva llegamos al caserío de Huanapampa con sus pobladores dedicados exclusivamente a la pequeña  agricultura y ganadería, hasta ahí ya habíamos recorrido aproximadamente 8 kilómetros de distancia, aun nos faltaba recorrer 70 kilómetros de distancia hasta llegar a la plaza de armas del distrito de Ongon.

En el caserío de Huanapampa, siendo las 09:00 horas, una señora que recién había llegado desde la provincia de Tocache, departamento de San Martín; viendo a la patrulla que pasaba por las inmediaciones del mencionado caserío, salió apresurada desde un inmueble ubicado en la parte baja del camino, ella se colocó delate de los hombres en punta y nos impedía el paso, por las circunstancias de una situación imprevista se detiene de la patrulla, en el acto la señora nos informó del desplazamiento de una columna de 120 combatientes de la fuerza principal del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso desde la provincia de Tocache, San Martín con destino a la provincia de Pataz, departamento de la Libertad, este grupo subversivo llegando al distrito de Ongon había previsto su recorrido por la ruta del caserío de Pampa Seca, caserío de Utcubamba y Puerta del Monte, para incursionar en los caseríos y distrito de la provincia de Pataz, principalmente de Tayabamba y Buldibuyo, para llevar a cabo acciones armadas. La dama campesina en todo momento nos suplicó, nos rogó para desistir la marcha, manifestando lo siguiente: Dijo, “Jóvenes no vayan, ellos son más que ustedes, en armas y personal, ustedes tienen una vida larga por delante, no arriesguen sus vidas”, a pesar de esta información decidimos continuar la marcha, porque nos habían dado la misión de enfrentar a este grupo subversivo del PCP SL, ya sea emboscándolo o en enfrentamiento frontal para que el personal civil a cargo del IX Censo Nacional de población y IV de vivienda realice sus labores sin peligro. A pesar de las advertencias de la señora para desistir la marcha por la cantidad de subversivos bien armados en el camino, continuamos, pues ya habíamos recibido la orden de la superioridad para enfrentarlos y no podíamos retroceder; ergo, proseguimos la marcha por el cerro que está al frente de este caserío, en la puna hemos caminado todo el día, en estos lugares ya no hay habitantes, solamente se ven ichus y pastos naturales propios del ande peruano; desde las altas punas bajamos para llegar a la Puerta del Monte. Existen lugares en el mundo donde la tierra parece dividirse en dos. Uno de ellos es La Puerta del Monte, un imponente paisaje esculpido por la naturaleza en las alturas de la provincia de Pataz, en La Libertad. Quien se asoma a esta formación geológica puede ser testigo de un milagro visual: el punto exacto donde la fría y soberbia sierra andina se rinde ante el abrazo verde y exuberante de la selva amazónica.

Este paraje no solo divide paisajes, sino que también resguarda secretos del pasado. En el año 1993, la mítica patrulla Huascarán avanzaba a paso firme por este territorio. En aquellos tiempos no existían los motores ni el asfalto; solo una angosta e interminable trocha de herradura que unía a pie la capital, Tayabamba, con el lejano distrito de Ongón. El silencio de la montaña era engañoso. Más allá de su sobrecogedora belleza, las sombras del sendero ocultaban las pisadas clandestinas de una época violenta. Por ese mismo suelo de piedra y barro caminaban los combatientes de Sendero Luminoso y los llamados "traqueteros", hombres que desafiaban a la muerte cargando el peso de la droga en sus mochilas. La Puerta del Monte no era solo un límite geográfico, sino el testigo silencioso de quienes huían, de quienes perseguían y de quienes buscaban sobrevivir en el confín del mundo.

En este místico lugar existía un tambo: un pequeño inmueble con techo de calamina que servía de hospedaje para los viajeros. Allí, la patrulla Huascarán pernoctó la noche del 8 de julio, soportando el hambre, el frío extremo y los peligros de la naturaleza. Gracias a Dios, el grupo amaneció sin novedad.

En esta travesía es digno resaltar la lealtad de "Cuto", "Cucurucha" y "Blanca", los perros que formaban parte de la patrulla contrasubversiva. Durante las noches, permanecían en alerta permanente ante cualquier movimiento extraño en las inmediaciones; ladraban de un lado a otro y custodiaban el perímetro hasta el amanecer. Durante los desplazamientos marchaban a la vanguardia, deteniendo a todo desconocido que venía en sentido contrario. Se ponían muy bravos, y solo se calmaban cuando un miembro de la patrulla intercedía para dejar pasar a los civiles viajeros.

Hoy, mientras escribo estas líneas, han pasado más de 33 años. Por su naturaleza animal, ellos dejaron este mundo hace mucho tiempo, pero tengo la total certeza de que, en algún rincón de esta tierra, los restos de esos fieles compañeros descansan en paz.

El día 09 de Julio 1993, siendo las 06:00 horas, reiniciamos la marcha desde la Puerta del Monte con destino al caserío de Utcubamba. D
esde la puerta del Monte se ingresa a un callejón que viene a ser una ruta troncal, por el medio se desplaza el río Mishollo de gran caudal, es el principal camino de herradura para los viajeros a las zonas de la Región San Martín y zona Sierra de la Región La Libertad. En el camino adornado de un manto verde como es normal el paisaje es muy hermoso, en el camino no se ven casas salvo en lugares conocidos al borde del camino se ubican algunos caseríos de poca población; eso si, a los mochileros con droga se les encuentra a cada pasó, estos "traqueteros" desde muchos años han transitado por estos caminos con su cocaína sobre la espalda con destino al distrito de Urpay. El personal de tropa hambriento ingresaba a las chacras y conseguía principalmente plátanos y papayas, comiendo frutas y tomando agua sobrevivimos durante las horas del día, así avanzamos por este sendero de entradas y salidas con acantilados profundos que en algunas partes presentan mucho peligro; después de caminar por mas de cinco horas siendo las 11:15 horas llegamos al caserío de Utcubamba, donde descansamos por lapso de 30 minutos. Desde el caserío de Utcubamba se realizó una marcha forzada con destino al caserío de Pampa Seca, en este tramo del camino no hay chacras ni frutas en las inmediaciones, por lo que personal permaneció de hambre, lo único que nos quedaba era alargar el paso pues se hacía tarde para llegar al ansiado caserío. Como en cualquier zona tropical durante las horas del día hace intenso calor, originando fatiga en el personal, pasamos por un lugar muy hermoso donde encontramos una hermosa catarata, es muy impresionante este bello paisaje, pasando la zona de la catara se nos presentó un camino angosto de pequeñas curvas de subida y nos condujo hasta el caserío de Pampa Seca, a donde llegamos siendo las 19:30 horas, hambrientos, extenuados y escaldados; desde sus humildes viviendas salen las personas mayores y los niños a curiosear, procurando enterarse con cierto disimulo de nuestra presencia, en esas circunstancias se nos presentó el Presidente de la Comunidad, a quien le pedimos alimentación y alojamiento, él sin dudas ni murmuraciones mandó preparar caldo de gallina y plátanos sancochado para todo el personal de la patrulla, después de la cena recién volvimos al estado normal. Para pasar la noche ocupamos la casa comunal, bajo este techo algunos comenzaron a descansar, mientras el servicio de primer turno siendo las 21:00 horas ocupó sus puestos, en estas situaciones para el jefe de la patrulla es preocupante las horas de la noche, pues uno no se pude confiar en una tropa cansada y el riesgo es constante, pero gracias a Dios amanecimos sin novedad.

El día viernes 9 de julio de 1993, siendo las 11:00 horas aproximadamente, grupos subversivos de 120 hombres al mando del camarada Gerardo hacía su ingreso al distrito de Ongón, provincia de Pataz y pernoctaron en este distrito apoyado por el pueblo y las autoridades políticas. Cuando los combatientes subversivos entraron al distrito de Ongon, lo primero que hicieron fue ir a la iglesia donde en uno de sus paredes laterales blanqueado con yeso hicieron cuatro círculos de diferentes tamaños que les sirvió de blanco para los ejercicios de tiro con fusil y ametralladoras. La puerta del templo estaba bien asegurada con un candado muy antiguo. Los combatientes subversivos mandaron llamar a las autoridades, ordenaron abrir la puerta e ingresaron. El mando subversivo armado con un fusil AKM también llevaba en la cintura un temible puñal, y con el removió los cajones en el pequeño altar, los guerrilleros vieron que la santa Virgen Del Carmen no ostentaba de joyas ni riquezas en su vestimenta; por ende, admirando la sencillez de la imagen, dijeron, "esta santa es de los nuestros, es tan pobre que ni siquiera tiene capa". Delante de la imagen los guerrilleros algunos minutos permanecieron arrodillados y también rezaron, instantes que el mando subversivo se sacó su capotin de campaña y se la colocó a la imagen como capa sagrada.

El día sábado 10 de Julio permanecimos en el mismo caserío para recuperarnos del cansancio, era un día soleado y reinaba la tranquilidad, pasamos las horas del día conversando con los campesinos, ellos a pesar de su pobreza nos apoyaron con almuerzo y cena para todo el personal de la patrulla; en esas circunstancias siendo las 15:00 horas una columna de combatientes del Partido Comunista de Perú Sendero Luminoso, había llegado hasta la esquina del lado norte, a 80 metros de distancia, ahí los subversivos se enteran que la patrulla del Ejército se encontraba en el caserío de Pampa Seca y como es normal ellos retroceden silenciosamente y se esconden en el monte enviando tres vigías a las faldas del cerro y desde este lugar nos habrían observado, la tropa que estaba bien alerta a estas situaciones me informó de hombres sospechosos con vestimenta de color negro en el cerro y como tenía un aparato óptico (binocular) constaté a las tres personas quienes durante 15 minutos permanecieron sin armas, luego, no le dimos la debida importancia. Siendo las 15:40 horas aparecen 15 individuos jóvenes de 20 a 28 años edad aproximadamente y me dijeron que eran profesores del caserío de San Francisco y me proponen para jugar un partido de fulbito en la pequeña "canchita" de tierra de este caserío y además como bienvenida querían invitar a la patrulla 2 cajas de cerveza y algunos tragos más, constantemente me preguntaban si habían otras patrullas y de la cantidad de la tropa, en ese momento mi sexto sentido comenzó a funcionar bien, les engañé diciendo que atrás venía un capitán con 50 hombres y que estaban por llegar y además les dije que el día de mañana llegará un helicóptero con las Fuerzas Especiales para realizar un gran operativo en el distrito de Ongon, ante mi respuesta se quedaron asustados y me dijeron: "jefe nosotros pensamos que ustedes eran los únicos, si viene otros no se podrá jugar, mejor nos retiramos", y se fueron, hasta ahí nadie de la patrulla se imaginaba que estos eran terrucos del PCP Sendero Luminoso, pienso que la gente civil si sabía de la presencia de los senderistas, pero todos se callaron. Esa noche los campesinos del pequeño caserío de Pampa Seca en su totalidad desaparecieron; sintiéndome algo incomodo entonces les pregunté a algunos niños que merodeaban por la inmediaciones ¿tus padres donde están?, quienes me dijeron: "se han ido a la chacra, en la chacra van a dormir, ¿a la chacra de noche para qué? entonces presentí algo malo y tomé las medidas de seguridad del caso, organice a la patrulla para la defensa  y amanecimos en alerta total.

El día domingo 11 de julio de 1993, siendo las 08:30 horas,  una mañana muy soleado, todo el personal se encontraba sin rancho y reiniciamos el desplazamiento desde el caserío de Pampa Seca con destino al distrito de Ongon, previo a este desplazamiento desde las horas de la madrugada detuvimos a todos los viajeros que se dirigían al distrito en mención y alrededores, en total reunimos a 15 viajeros adultos, entre hombres, mujeres y además 5 niños, este personal civil se desplazó dentro de la patrulla con sus tres burros de carga y dos caballos, con ellos volteamos la curva del caserío rumbo Norte. Desde esta esquina hasta la siguiente curva que tiene la forma de un morro hay una distancia aproximado de dos kilómetros y medio, uno de los hombres en punta que portaba el aparato óptico (binocular) me informa que nuevamente había observado a tres hombres vestidos de negro, dos en la parte alta del morro y uno debajo del camino, así como en el día anterior no le dimos la debida importancia y continuamos con la marcha a ritmo de paso lento de las mujeres y niños. Llegando a la curva, hallamos una sola casa que en la parte baja del camino, al lado había una chacra con abundante plantas de plátanos, en la puerta de este inmueble los hombres en punta se habían reunido, pedían agua y plátanos, cuando llegué les encontré en estos ajetreos, la señora dueña de la casa estaba totalmente asustada quien me suplica para que el personal de tropa se retire, ante la insistencia de la Tropa la señora sacó un racimo de plátanos y una jarra con agua, repartió rápidamente a ocho hombres de Tropa, mientras yo subí a un muro de piedra tratando de ver a los hombres vestidos de negro, pero solo observé cantidad de achupallas en la parte alta, al bajar le increpé a la tropa ordenando para que se desplacen a paso largo por que habíamos perdido demasiado tiempo, los hombres en punta y el grupo de asalto se fueron a prisa por un camino angosto y sinuoso entre muros de piedra, detrás de ellos a paso de camino el grupo de seguridad y los civiles nos desplazamos con total tranquilidad, divisando un hermoso paisaje de esta parte de la Selva del Perú. Caminando lentamente llegamos al medio de una inmensa pampa, donde los civiles me dijeron: “jefe este es el distrito de Ongon” y eran las 13:00 horas, donde observamos que los subversivos habían realizado ejercicios de tiro en círculos hecho en una de las paredes de la iglesia, había cantidad de impacto de bala y casquillos en las inmediaciones, posiblemente el ejercicio de tiro se realizó dos días antes de mi llegada, en este lugar también los civiles que acompañaron a la patrulla se retiraron y siguieron su camino con destino a su lugares de origen.

En el distrito había total silencio, ni por curiosidad nadie se asomó por las inmediaciones, este tipo de conductas en los pobladores te hace pensar en muchos peligros, y uno como comandante de patrulla tiene que tomar las medidas se seguridad en forma inmediata. La plaza de armas que es una pampa cubierto de pasto natural de forma casi rectangular lo ocupamos en sus cuatro esquinas, siempre en cubiertas y abrigos para estar protegidos en casos de ataques de los grupos subversivos. Las autoridades políticas brillaron por su ausencia, ningún civil se nos presentó, ante la presencia del personal militar la población permaneció muy indiferente y se escondieron es sus viviendas, pienso que les éramos incómodos; por ende, inmediatamente informé al Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, les informé a través de las ondas del equipo de radio de HF/BLU Thomson TRC 372, detallando que toda la población se mostraba indiferente ante nuestra presencia y que no había rancho ni alojamiento para el personal, y como respuesta el señor Comandante me ordenó para replegarme inmediatamente al caserío de Pampa Seca. Pero aquella tarde había alta radiación solar, motivo por el cual nos sentamos bajo la sombra de los árboles en la parte posterior del templo, lugar donde coordinamos posponiendo el retorno para las 18:00 horas, en esas horas de la tarde siendo las 16:00 horas se nos presentó una lluvia infernal que no paró hasta las 23 horas, impidiendo la marcha, por lo que decidimos quedarnos ahí toda la noche. Si me hubiera desplazado en las horas de la tarde con destino al caserío de Pampa Seca, con total seguridad me enfrentaba a las huestes del camarada "Gerardo" que en esas horas ya descansaban en este caserío ocupando el mismo local comunal que mi patrulla en horas de la mañana había abandonado. ¿porqué decidimos quedarnos bajo la sombra, aduciendo mucho calor?, ¿porqué la lluvia no paró hasta las 23:00 horas?, no habrá sido un milagro de la santa Virgen del Carmen del distrito de Ongon que de esta manera evitó una matanza entre hermanos, han pasado 25 años, aun sido pensando en este caso. Siempre en la parte posterior de la iglesia, soportando los embates de la naturaleza y la indiferencia de los pobladores amanecimos sentados al pie de los árboles, aquella madrugada soñé mucha sangre derramada en el camino y un hombre muy humilde iba limpiando el camino y las manchas de sangre se borraban, siendo las 04:00 horas me desperté muy asustado, en el acto me levanté, procediendo a verificar a los centinelas e sus puestos, gracias a Dios todo estaba sin novedad.
  
El día lunes 12 de julio, siendo las 06:00 horas, 
bajo la sombra fresca de la mañana a paso lento reiniciamos la marcha de retorno con destino al caserío de Pampa Seca; en el camino no hallamos ningún personal civil viajero que normalmente en su mayoría son viajeros que transitan en ambas direcciones, los que salen de las zonas de la selva en su mayoría cargan cocaína refinada o en bruto, es decir algunos salen a la zona Sierra y otros ingresan a la Selva, aquí no hay carros, no hay motos, todo el transporte es a pie y en algunos sectores el camino es muy difícil de transitar; así, caminando bajo el silencio cubierto por un hermoso paisaje, siendo las 11:00 horas, nuevamente retornamos al humilde caserío de Pampa Seca, olvidado por el Estado peruano. El caserío de Pampa Seca es de escasa población, este humilde caserío se convirtió en mi Puesto de Comando (PC), a mi arribo nuevamente se me presenta el presidente de la comunidad, quien todo asustado me dice lo siguiente: “Jefe recién se han ido, jefe recién se han ido”, a quien le pregunté ¿dime, quienes se han ido recién? y contestó “los de Sendero Luminoso, los de Sendero Luminoso; jefe están bien armados, dicen que la columna lo conforman dos ex sargentos reenganchados y 30 licenciados del Ejército, recién han volteado la curva, esas pintas sobre las piedras lo pitaron hace media hora. Ante esta inesperada información, nuevamente puse en funcionamiento el equipo de radio de Alta Frecuencia Thomso TRC 372, esta vez informé directamente al G-3 (Operaciones) de la 32ª División de Infantería con sede en la ciudad de Trujillo. Les informe todo detalladamente vía las ondas de radio frecuencia y como respuesta me aconsejaron esperar refuerzo de un oficial con 20 hombres. Aquella tarde el cielo se nubló por completo, y el helicóptero no pudo aterrizar, la nave pasó sobre las nubes. Los viajeros a pie que nunca falta en este camino me informaban diciendo que los Senderistas me estaban esperando en el puente antes del caserío Utcubamba, al día siguiente me decían que me estaban esperado en la pampa (plaza de armas) del caserío de Utcubamba. Los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, tenían un efectivo de 120 hombres, armados con 57 fusiles AKM, 15 fusiles FAL, 02 ametralladoras MAG, 01 lanzacohetes RPG con una sola granada, 01 transmisor receptor Thomson TRC 372, 25 retrocargas y diversos tipos de granadas de mano y de fusil, el grupo lo completaban los cargadores de provisiones, cargadores de medicinas y leñadores, en cuanto a municiones se encontraban muy limitados, el camarada "Gerardo" el mando tenía dos cacerinas con 60 cartuchos, en su mayoría los combatientes tenían solo 30 cartuchos, esta columna se había desplazado procedente de Tocache, departamento de San Martín, entre sus columnas contaba con 2 ex sargentos reenganchados del Ejército y 30 licenciados también del Ejército. El día domingo en la noche el mando durmió en el pequeño cuarto junto al local comunal donde dormí el sábado en la noche y sus combatientes durmieron en el local comunal, en estas situaciones los campesinos del lugar no se hacen problemas, con normalidad ellos colaboran con ambos bandos, para ellos también les prepararon comida sobre todo le sancocharon harto plátano. Recibido toda la información del caso, mande instalar el equipo de radio Thomson TRC 372 para realizar un QSO con el Centro de Comunicaciones de la 32va División de Infantería de Trujillo, el oficial G-3 Operaciones se puso en la cabina a quien le informé todo lo relacionado de la presencia de los elementos subversivos, dicho oficial de Operaciones me ordenó para no moverme de este lugar mientras no reciba el refuerzo de un oficial y 20 hombres de Tropa. En la Selva las condiciones del clima varían de un momento a otro acompañado de tormentas y neblinas que cubren toda la zona, aquel día siendo las 14:00 se escucha a lo lejos el sonido de los rotores del helicóptero MI 8, pero era imposible su aterrizaje, la nave pasó sobre Pampa Seca y se había dirigido a Tocache para pasar la noche, el día martes y miércoles la zona permaneció nublado todo el día, pero a pesar de estos inconvenientes el helicóptero sobrevoló la zona pero no pudo aterrizar, recién el día jueves 15 el cielo amaneció soleado y totalmente despejado, tal es así que siendo las 10:30 horas el helicóptero MI 8 apareció por la parte alta del lado Oeste, en una maniobra digno de elogio el piloto guió a la nave en picada y se fue hasta el fondo de la quebrada para posar en el aire sobre una chacra de plátanos, donde saltó el personal de la patrulla "judio" al mando del subteniente de infantería López Palomino Reynaldo, luego la nave se fue, el personal del la patrulla subió desde la quebrada y llegaron al caserío, inmediatamente le informé al oficial todo lo relacionado a la presencia de los subversivos.

15 de julio de 1993, una mañana de intensa radiación solar, siendo las 11:00 horas, se inicia el desplazamiento de repliegue y persecución a la columna subversiva del PCP Sendero Luminoso desde el caserío de Pampa Seca con destino al caserío de Utcubamba
.- Después de hacer un planeamiento detallado con el subteniente de Infantería Reynaldo López Palomino (judío), quien había llegado procedente del Batallón Contrasuversivo N° 323  del distrito de Huamachuco al mando de 20 hombres de Tropa SMO como refuerzo a la patrulla "Huascarán" conformado por 20 hombres de Tropa SMO bajo mi comando. La patrulla "Huascarán" inició el desplazamiento de vanguardia de repliegue y persecución con destino al caserío de Utcubamba, nuevamente se nos presentó la hermosa catarata en las inmediaciones del camino con una impresionante caída, donde aprovechamos la oportunidad para esta foto de recuerdo, por las inmediaciones pasa el único camino en ambas direcciones; por ende, en este lugar de alguna manera todos se mojan, pasando este sector hallamos pintas dejados por los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, este grupo subversivo durante su desplazamiento con destino a los distritos de la provincia de Pataz, había dejado pintas con la hoz y el martillo en las piedras de todo el recorrido, en todo el recorrido dejaban pintas que decía: "Honor y gloria camarada Norah" (cuyo nombre real era Augusta La Torre Carrasco) fallecida el 14 de noviembre de 1988 a la edad de 42 años. En desplazamientos de este tipo el jefe de la patrulla tiene que tomar todas las medidas de seguridad del caso a fin evitar encuentros inopinados, sobre todo para no ser emboscado, el desplazamiento fue mas lento porque en ciertos lugares se realizó reconocimiento del terreno para el paso del grueso de la patrulla, así avanzamos distanciados con la segunda patrulla con un intervalo de 200 metros, en el camino un campesino nos informó lo siguiente: Dijo " ayer los compañeros se encontraba en el puente cerca al caserío de Utcubamba", ante esta información adopté la siguiente medidas, separé al personal de la patrulla en parejas, primero llegaron hasta el puente dos sargentos quienes verificaron las inmediaciones detalladamente, mientras el grueso del personal se encontraba atrás listo para intervenir ante cualquier contingencia, pero los subversivos ya se habían dirigido a la puerta del Monte, limite con la zona Sierra. Al pasar el puente subí a un inmueble que se encontraba sobre el camino al patear la puerta encontré solo a un anciano de edad muy avanzada. Durante este desplazamiento nadie ingresó a las chacras, el personal de alguna manera velaba por su seguridad porque en mi condición de jefe de la patrulla les había advertido de los peligros, como es normal durante el recorrido por la misma tensión no sentimos hambre ni sed, pero gracias a Dios se avanzó y llegamos al caserío en mansión siendo las 18:00 horas, no hubo rancho para nadie, después de medía hora apareció el subteniente y su personal, todos dormimos en la pampa tapados solo con nuestros capotines de campaña. 

Desplazamiento de repliegue y persecución desde el caserío de Utcubamba con destino a la Puerta del Monte.-
 
El día 16 de julio, siendo las 07:00 horas, soportando los rigores del hambre de más cinco días, reiniciamos la marcha con destino al paraje conocido como la Puerta del Monte. avanzamos tomando todas las medidas de seguridad del caso en vanguardia, los flancos y retaguardia. Después del mediodía cuando la patrulla bajo mi comando se encontraba aproximadamente a un kilómetro de distancia de la Puerta del Monte, los hombres en punta ya no querían avanzar, a cada 100 metros solicitaban ser relevados, algunos se quedaban echados y otros sentados, aduciendo estar muy cansados se negaron avanzar; ante tal actitud del personal de Tropa estando próximo al enemigo como es normal les increpé a todos. Los campesinos viajeros nos habían informado que los subversivos nos esperaban en la Puerta del Monte; por ende, adrede, el personal de Tropa quería ver mi reacción, querían que les demuestre mi valor; pues bien, demostrando valor me coloqué delante de ellos, es decir en mi condición de comandante de Patrulla me puse como hombre en punta. Inicie el desplazamiento confiado en Dios y en mi fusil FAL "mochito" que nunca me había fallado, con este fusil varias veces maté a los gavilanes en pleno vuelo a más de 400 metros de altura, dispar con este fusil era tiro seguro, le puse el nombre de "mochito" por qué la manivela de la palanca de armar estaba rota, solamente tenía un tetoncito que servía para jalar la palanca para cargar el cartucho en la recamara del fusil. Cuando inicié el desplazamiento se me adelantaron por lejos el perro "cuto" y las perras "cucurucha y blanca", estos animales que formaban como parte de la patrulla atacaba con bravura a todo extraño y nos alertaba de todo peligro. Confiado en estos animales caminé por un camino empinado de curvas cerradas, seguido por el personal de tropa a 300 metros de distancia. Al subir las últimas curvas me coloqué detrás de una piedra, donde permanecí como cinco minutos meditando, luego decidí avanzar a paso largo aproximadamente 500 metros hasta que logré salir de la selva, colocando mis pies en la Puerta del Monte siendo las 13:45 horas. Como para bajar la tensión acumulada solté ráfagas de disparos como señal de mi llegada, liberando de esta manera la tensión acumulada de largas horas. Este lugar es el límite entre la zona andina y la selva, en las inmediaciones existía dos chozas donde vivía un campesino a quien le sorprendí con dos piernas de toro, costillas y dos cabezas, cuando le pregunté al respecto, me dijo lo siguientes: "Jefe, ayer los compañeros llegaron en horas de la mañana, la mayoría permaneció en las trinchera, otros fusilaron dos toros grandes en la pampa y han cocinado harta carne para su personal, han comido hasta saciarse, pasaron la noche aquí en las inmediaciones; hoy, siendo las 11:00 horas se han desplazado con destino al caserío de Pachacrahuay, recién acaba de voltear aquel cerro del frente". Finalizado la conversación con el campesino me percato que en las inmediaciones del lugar todo mi personal se había ubicado como para entrar en acción de combate, se encontraban en cubiertas y abrigos, por parte baja, por la parte alta del cerro. En estas situaciones uno tiene que dudar hasta de la sombra; por ende se realizó reconocimientos sobre todo de la parte alta, en ese momento también el campesino me juraba de su información inicial, ergo tomando todas las medidas de seguridad del caso le ordené a la tropa a bajar y reunirse en las inmediaciones de la choza. Como consecuencia del hambre de mas de 36 horas en las inmediaciones de la choza el personal de Tropa comenzó a cocinar la carne sobrante de los "terrucos" carne de res medio crudo cominos en caldo y asado en piedras, pero todos quedamos muy satisfechos, que luego en el camino nos dio mucha sed por haber consumido carne salada y con mucha grasa. Siendo las 15:00 horas, el subteniente López Palomino Reynaldo apareció con su patrulla, habían confiscado una mula, en este animal habían cargado las mochilas de su personal, el equipo de radio Thomson TRC 340, borceguíes de la Tropa y otras cosas mas, también habían robado dos gallinas, este personal en vez de borceguíes se había puesto ojotas de jebe y otros usaban zapatillas, posiblemente robados a los campesinos viajeros, muchos cojeaban y presentaban en sus pies ampollas que por el largo trajinar se habían convertido en heridas sangrante, hasta el mismo oficial caminaba con mucha dificultad por las heridas y como consecuencia del cansancio, en ese momento le dije: Mi subteniente me iré adelante porque ya les esperé como tres horas, además ya no hay peligro y me desplacé con destino al caserío de Huanapampa.

Desplazamiento de repliegue desde la Puerta del Monte con destino al caserío de Huanapampa.- Desde el paraje conocido como la Puerta del Monte, siendo las 15:10 horas iniciamos el repliegue con destino al caserío de Huanapampa, el personal de Tropa me decía lo siguiente: "Mi suboficial hay fiesta en el caserío de Huanapampa, ahí nos invitaran comida en abundancia y harta chicha de jora". Desde la Puerta del Monte hay un camino ascendente hacía la parte alta de la puna, en este paraje en las partes altas encontramos trincheras de los subversivos hechas de piedra, a una de esas trincheras disparé una granada de fusil Strin que al momento del impacto origino una gran explosión; en ese momento el subteniente de infantería López Palomino Reynaldo habría estado en la choza de los campesinos mandando preparar su suculento caldo de gallina y su personal de Tropa habría estado descansando plácidamente, pero fueron sorprendidos por la gran explosión, por ende rápidamente se habían colocado sus mochilas y cogieron sus fusiles, ellos pensando que habían emboscado a la patrulla bajo mi comando, reaccionaron bien, corrieron, otros por el camino, otros por la parte baja donde había una pampa pantanosa, y lo más triste según la versión de los soldados de la patrulla del oficial, habían dejado la olla del caldo de gallina hirviendo, dejaron la mula cargado con los borceguíes de la tropa, dejaron una batería del equipo de radio Thomson TRC-340, pero ya no nos alcanzaron, pues el personal de mi patrulla ya se encontraba en la parte alta. Caminar en este lugar es solo para los hombres de Infantería de a verdad, caminado 15 a 20 metros nos quedábamos "clavados" en el camino totalmente extenuados, en las piernas, en la parte posterior de las rodillas ya no había fuerza, que interminable fue el camino en esta subida en plena puna, así subiendo lentamente llegamos a la parte alta del cerro, un paraje totalmente desolado de frío intenso, donde descansamos durante 20 minutos. Desde este lugar todo el camino es en bajada hasta el caserío de Huanapampa que se encontraba de fiesta patronal, donde llegamos siendo las 19:30 horas, inmediatamente se nos presentan las autoridades y al vernos se quedaron totalmente absortos, algunos curiosos preguntaban si habían muertos, a mí se me presentó una chica estudiante de pedagogía de Tayabamba y me decía “suboficial todos comentaban diciendo que habías muerto, gracias a Dios te veo vivo” y me abrazó. En esos momentos las autoridades nos conducen hacía el local comunal, donde nos invitaron abundante comida y chicha de jora a todo el personal de la patrulla, además nos prestaron pellejos de carnero y frazadas para pasar la noche. Aquella noche yo dormí sobre los pellejos de carnero en la puerta de la pequeña iglesia que vemos en la presente fotografía, la iglesia es tan igual como de hace 25 años, en nada ha cambiado y la tropa del servicio de reten descaso dentro de una pequeña sala de un inmueble al frente de la iglesia y el personal de la reserva descansó en un inmueble en la parte lateral de la pequeña iglesia, para engañar al enemigo siempre permanecíamos dispersados por turnos para evitar sorpresas.

Desplazamiento de repliegue desde el caserío de Huanapampa con destino al distrito de Tayabamba.- El día 17 de julio, una mañana soleado y cielo muy despejado, siendo las 09:15 horas, el personal de la patrulla "Huascarán" bajo mi comando se desplazó de regreso con destino a la Base Contrasubversivo del distrito de Tayabamba a donde llegamos siendo las 10:50 horas, gracias a Dios todos sin novedad, durante 10 días habíamos permanecido en el sector del distrito de Ongon provincia de Pataz, soportando todo tipo de peligros y sobre todo de hambre y frío. Formando a mi patrulla en el pequeño patio de armas de la Base Contrasubversivo le dí parte de las novedades de la patrulla "Huascaran", al capitán de infantería Jorge Sánchez Flores (Jefe de la Base Contrasubversivo), conocido con el seudónimo de capitán "águila", quien me dijo lo siguiente: "por gusto arriesgaste la vida del personal de la patrulla, si en el caserío de Huanapampa recibiste la información certera relacionado al desplazamiento de 120 combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso ¿porqué no retornaste?, inmediatamente hubiéramos dado cuenta al Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco para que se desplacen dos patrullas en helicópteros", concluyó. La patrulla del subteniente López Palomino Reynaldo, llegó a la Base siendo las 15:00 horas y grande fue la sorpresa que encontró el capitán "águila" pues al realizar la verificación de las mochilas de este personal se halló droga de las buenas, había un kilo de cocaína pura escondido en la gamela de campaña del personal de Tropa, mas de la mitad de la patrulla fue sorprendido con droga camuflada en sus útiles de rancho, se confiscó en total 12 kilos, no se cual habría sido el destino final de todo lo incautado, en estas situaciones el capitán en mención era tan hipócrita mostrando su doble personalidad, nos hablaba de la moral y de las buenas costumbres cuando el mismo era tremendo inmoral, pues él también estaba inmerso en recibir las coimas de los narcotraficantes, pues la zona de Pataz y principalmente el Distrito de Tayabamba vive del narcotráfico, donde están involucrados todo los efectivos de la Policía Nacional del Perú, el alcalde, el gobernador.